Imaginémonos dentro de los pensamientos de Sylvia Plath muy, muy temprano por la mañana, el 11 de Febrero de 1963. Estamos en Londres, en la casa del 23 Fitzroy Road, cerca de Regent’s Park. Ha sido un invierno terrible, el peor en cien años, con un frío que hace literalmente explotar las cañerías. Ya sabemos que va pasar, pero vamos llegando poco a poco a la imaginación de Plath en sus últimos momentos.
Hace varios meses que Plath, de treinta años, separada hace unos cinco meses de su marido, el poeta Ted Hughes, se ha estado despertando a esta con el alba —en hora azul, como lo describe ella misma— para escribir. En esas horas, antes que se despiertan sus hijos (Frieda, una nena de 2 años, y Nicholas, un bebé con apenas nueve meses) Plath escribe, poseída. Ha encontrado su verdadera voz, la musa la dirige, apoyando una mano sobre su hombro. Plath escribe un poema por día, a veces más. Pero este día, el 11 de Febrero de 1963 –un lunes– Plath se ha despertado para dedicarse a su segundo arte: el suicidio.
En el poema Lady Lazarus —uno de los que escribió en esos días— dice, sobre el suicidio:
I have done it again.
One year in every ten
I manage it—
(Lo he hecho de nuevo / un año de cada diez / lo logro).
Y también dice, en el mismo poema:
Dying
Is an art, like everything else.
I do it exceptionally well.
I do it so it feels like hell.
I do it so it feels real.
I guess you could say I’ve a call.
(Morirse / es un arte / como todas las otras cosas. / Lo hago excepcionalmente bien. / Lo hago para que se siente como el infierno. / Lo hago para que se siente real. / Supongo que podrías decir que tengo una vocación.)
En esta mañana helada londinense, cuando la ciudad aún estaba en silencio, Plath fue al cuarto de sus hijos, que dormían, y les dejó vasos de leche y pan con manteca, por si se despertaban con hambre. Pasó después a la cocina y con una toalla selló el espacio entre la puerta y el suelo. Abrió el horno y con otra toalla se hizo una almohada para apoyar su cabeza en el mismo horno. Prendió el gas al máximo y se recostó. Fue su segundo, o cuarto, intento de suicidio, dependiendo de cómo llevas la cuenta (¿Un choque de auto el año pasado, cuenta? ¿Un episodio con un cuchillo cuando tenía 10 años? Según ella, sí.) Lo único relevante ahora es que este intento fue exitoso.
¿Cómo podemos imaginar que pasaba en la imaginación de Plath en sus últimos momentos? Por allí, como los ahogados, vio su vida entera pasar por delante de sus ojos.
Plath vivió una vida encantada, pero con un gusano incrustado en el corazón. Nació en Boston, Massachusetts en 1932. Su padre, Otto, un inmigrante alemán, era un entomólogo, experto en abejas, que enseñaba biología y lenguaje alemán en la Boston University. La esposa de Otto, Aurelia, era de padres austríacos y tenía 21 años menos que su marido. Lo había conocido cuando era alumna en la universidad. Plath pasó su infancia, junto con su hermano menor, en un pueblo de clase media obrera, al lado del mar. La calle de su casa terminaba, literalmente, en el océano Atlántico.
Sylvia era una alumna brillante. Se adelantó un año en el colegio. Escribía poemas desde que era niña y su primer poema fue publicado en un diario de Boston, en un suplemento para niños, cuando tenía ocho años. Ese mismo año su padre murió. Testarudo y frugal, Otto, estaba seguro que tenía cáncer de pulmón y rehusó ir al médico. En realidad tenía diabetes y podría haber sido tratado y curado, pero cuando por fin fue diagnosticado ya era tarde.
Con su madre y hermano se mudaron a un arbolado suburbio de Boston, llamado Wellesley. Nunca tuvieron mucho dinero, pero tampoco nunca les falto nada (gracias a la madre, que terminó siendo profesora en Boston University, como Otto.)
Aparte de la sombra de la muerte de su padre, la vida de Sylvia fue puro sol. Le iba bien en el colegio y se ganaba todos los premios que había por ganar. Leía y escribía con la pasión y certeza de una elegida. Aun de adolescente logró publicar un puñado de cuentos en revistas nacionales. Era ambiciosa pero también le gustaba pasarlo bien. Le gustaban mucho salir con chicos, pero los tiempos eran complicados para las relaciones sexuales. Escribía voluminosamente en un diario todas sus impresiones, ambiciones y ocurrencias. No era una chica depresiva, pero si extremadamente autoexigente.
Cuando llegó el momento de ir a la universidad consiguió una beca completa en uno de los mejores colleges de mujeres en los Estados Unidos, Smith. Smith tenía un nivel académico comparable con Harvard, Princeton o cualquiera de las universidades del Ivy League. Allí, floreció. Estudio literatura. Sacaba puntajes casi perfectos en todas las materias salvo algunas obligatorias como gimnasia. Seguía publicando cuentos cortos en revistas nacionales y hasta ganó importantes cifras de dinero con eso. A la par de estudiar, trabajaba, como condición de la beca.
Smith, por más alto nivel académico que tuviera, no era un lugar feminista. El rol explicito de la universidad era preparar a las jóvenes mujeres para ser buenas esposas. Había una ceremonia a fin de año en la cual todas las graduadas hacían una carrera empujando un aro y cuyo premio simbólico para la ganadora era que sería la primera en casarse.
Gloria Steinem, que asistió a Smith en los años cincuenta, dijo: "el único mecanismo que te podría cambiar la vida era el casamiento, y después de eso asumías la existencia de tu marido. Así era la vida en ese momento".
En los diarios de Plath (se publicó una monumental selección de casi 800 páginas en 2000) no se le ve quejándose de las restricciones y las convenciones de la sociedad. Al contrario, quería casarse y tener hijos. Su problema era encontrar un hombre adecuado. Quería alguien con una inteligencia tan brillante y feroz como la suya. Y quería, también un hombre masculino, fuerte e imponente.
Tras su tercer año de college (se recibe, tradicionalmente en cuatro) fue aceptada en un programa súper exigente para pasar un mes como periodista en Nueva York en la revista Mademoiselle. Pero no pudo disfrutar de esa experiencia. En Julio de ese año, 1950, quería volver a Boston y hacer un taller de ficción en Harvard, pero su aplicación fue rechazada. Para una persona tan autoexigente como Plath fue un fracaso catastrófico.
Sola, en la casa de su madre en Wellesley, ese verano hizo un intento de suicidio macabro. Una mañana consiguió el frasco de píldoras para dormir que su madre guardaba bajo llave y bajó al sótano de la casa. Allí encontró un pequeño espacio entre el piso y la planta baja. Se instaló, como en una catacumba, cerrándose tras unas piedras pesadas, y se tomó todas las píldoras. Obviamente, nadie la encontró. En total pasaron tres días en los que su desaparición fue noticia de tapa en los diarios principales de Boston. Por fin, y por mera casualidad, su abuela, bajando al sótano para hacer la lavandería, la descubrió.
En los próximos meses Plath fue sometida a unos tratamientos de electroshock que, más que mejorarla, le aumentaron exponencialmente su angustia. Terminó en un psiquiátrico de la universidad de Harvard llamado McClean. (Allí se trataron a eminentes escritores como el poeta Robert Lowell y el novelista David Foster Wallace.) Fue un año muy difícil pero el orgullo y ambición de Plath, junto al apoyo total de sus mentores en Smith, lograron que lo sobrellevara. Terminó la universidad, un año tarde, con los más altos honores. Su tesis era sobre el uso del doble en la obra de Dostoievski. Además ganó una prestigiosa beca para estudiar literatura en Cambridge, en Inglaterra.
Acá comienza la larga fase terminal de su vida, en la cual encontró su voz como poeta pero también sembró su fin. Por fin conoce el hombre de su vida, uno que reúne todas las características que ella consideraba mínimas para su cónyuge. En una fiesta le presentan a Ted Hughes, un hombre alto, muy masculino, misterioso y, aún a los 25 años, un poeta excepcional. Plath dijo que él era, "un cantante, un cuentista un león y un trotamundos" (a singer, story-teller, lion and world-wanderer).
En esa fiesta Plath, eufórica, le canta versos de Hughes mismo a Hughes. Hughes la aparta a una habitación para hablar más en privado. El la quiere besar, ella lo abraza y lo muerde la mejilla hasta sangrar. Después Hughes diría que "el sistema solar nos casó esa noche". Se casaron, de hecho, solo tres meses después.
Es casi imposible que convivan dos poetas en paz en un matrimonio, especialmente cuando ambos tienen ambiciones desmesuradas. Y más aun cuando el arte de ambos consiste en mirar abismos, de entrar en oscuridades violentas para volver a la luz y contar de ese tránsito. Hughes, casi de inmediato, se convirtió en un poeta exitoso, alabado en Inglaterra y los Estados Unidos, como uno de los mejores de su generación. Sus poemas son sobre la tensión y la violencia escondida en la naturaleza y el mundo de los animales. Plath seguía escribiendo, pero sin tanto éxito –comparado con el de su marido. Sus temas: la muerte, el cuerpo, el microcosmos de la angustia cotidiana y autobiográfica dentro del macrocosmos de un universo indescifrable, frío y hostil.
Intentaron vivir en Smith, donde su Alma mater le ofreció a Plath trabajo como profesora. Intentaron vivir en Boston, como freelance. Se mudaron a Londres e intentaron allí. Plath le escribía a su madre que era feliz, que había logrado todo lo que se había propuesto en la vida. Tuvo una hija. Se embarazó nuevamente y tuvo un aborto espontáneo. Después tuvo un hijo. Hughes iba de triunfo en triunfo. Plath escribía, prosa, poemas, una novela autobiográfica que publicó en Inglaterra con pseudónimo, una primera colección de poemas. Para los estándares de cualquiera hubiera sido una vida exitosa.
Hughes tenía fama de mujeriego, y al fin se fue con otra mujer llamada Assia Wevill. Plath, devastada, enrabiada, sola con sus dos hijos, fue para delante con su vida. Antes de la separación habían alquilado un departamento en el edificio donde había vivido en gran poeta Irlandés, William Butler Yeats. Allí pasó Plath sus últimos meses escribiendo versos que la pondrían entre los mejores poetas estadounidenses del siglo XX.
Volvemos a la mañana del 11 de Febrero de 1963. Es imposible saber lo que pasaba dentro de la imaginación de Plath mientras moría. Pero nos podríamos imaginar este monólogo, construido de frases de los poemas de su colección Ariel, que Hughes publicó en 1965, y que fue dedicado a Frieda y Nicolas, los infantes que la niñera vio llorando en una ventana y hizo a unos obreros forzar la puerta del departamento de Plath, ya demasiado tarde.
Estoy aterrorizada de esta cosa oscura, que duerme dentro de mí. Todo el día siento sus vueltas emplumadas, su maldad… Como me gustaría creer en la ternura… Después de todo, estoy viva solamente por un accidente… Un milagro caminante, mi piel, brillosa como la pantalla de una lámpara nazi… Carne, hueso, allí no hay nada… Herr Dios, Herr Lucifer, cuidado, cuidado… Nadie me miraba antes, ahora me miran… He sufrido la atrocidad de los atardeceres… No me muevo, la escarcha hace una flor, el rocío hace una estrella, la campana muerta, la campana muerta. Alguien está terminada… ¿Puro? ¿Qué significa? Las lenguas del infierno son lerdas… ¿Mi calor no te asombra? ¿Y mi luz? La mujer es perfeccionada, su cuerpo muerto lleva la sonrisa de su logro… Cada niño muerto enrollado, una serpiente blanca, cada uno a su pequeña botella de leche… De las cenizas me levanto, y me devoro los hombres como el aire.
Hughes fue el heredero de las obras de Sylvia Plath pero también de su dolor. Assia Wevill, la mujer por cual abandonó a Plath tuvo una hija. Cuando esa niña tenía cuatro años, Assia Wevill se metió en su cocina y, junto con la criatura, se suicidó abriendo el gas del horno. Nicolás, el hijo de Ted y Sylvia, se suicidó ahorcándose en Alaska, donde era biólogo marino, en 2009.
Hughes murió en 1998 después de publicar una colección de poemas llamado Birthday Letters, todos dedicados a Plath. En uno, titulado "Ouija", cuenta como él y Plath se comunicaban con un espíritu (Hughes era ocultista). En el poema Plath le pregunta al espíritu si serán famosos. La voz le contesta: "La fama vendrá. Especialmente para ti. La fama no se puede evitar. Y cuando viene pagarás por ella con tu felicidad, con tu marido, y con tu vida".
Para las feministas, Hughes es el asesino de facto de Plath. Amenazaban asesinarlo a él. No le perdonaron quemar los últimos diarios de su esposa "para que sus hijos no tuvieran que leerlos". La tumba que erigió para Plath en Heptonstall dice: En memoria a Sylvia Plath Hughes. 1932-1963. Hasta entre las llamas feroces se puede plantar el loto de oro. Sistemáticamente, ha sido vandalizado: borraron "Hughes" a golpes de piedras.
Hoy Plath tendría 81 años, la misma edad que Geoffrey Hill, el poeta más importante de Inglaterra y uno que, en su avanzada edad, ha encontrado una fuente secreta de productividad poética. Todo podría haber sido diferente. Podría haber superado su mal momento; podría haber encontrado una nueva vida; podría haber escrito tanto más. Hubiera ayudado tanto a sus devotos lectores si hubiera elegido seguir viviendo y escribiendo.
Pero estos son sentimientos que provocan todos los suicidios. Plath buscó su muerte en su obra. Hizo un macabro arte de la muerte, tanto en sus palabras como el los hechos. Al fin solo hay desamparo y vidas quebradas.
(¿Recuerdas que un amigo alguna vez te habló del poeta ocultista W.B. Yeats, quien había inodado a otros en ese camino: quién hubiese imaginado que la pareja de Sylvia Plath era, como ella, al parecer, ocultista? Ensayo de Andrés Hax en el sitio "revista ñ", Clarín.)
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sábado, 7 de septiembre de 2013
viernes, 30 de agosto de 2013
Heaney, emblema de Irlanda
Considerado el alma lírica de Irlanda, el poeta y dramaturgo irlandés Seamus Heaney, ganador del premio Nobel de Literatura en 1995, murió hoy a los 74 años tras una corta enfermedad.
En un comunicado, su familia confirmó el fallecimiento del escritor sin concretar cuál fue la dolencia que acabó con su vida esta mañana en un hospital de Dublín, ciudad en la que residía desde 1976.
La reacción del Gobierno irlandés no se hizo esperar: el ministro de las Artes, Jimmy Deenihan, le alabó no sólo por su trabajo como escritor sino también por promocionar su país.
"Era un hombre muy modesto, muy humilde y accesible. Era una enorme figura internacional, un gran embajador para la literatura y para Irlanda. Allá donde viajes y hables de poesía y literatura, el nombre de Seamus Heaney aparece inmediatamente", señaló Deenihan.
Con Heaney se va la figura más destacada de la poesía irlandesa desde William Butler Yates (1865-1939); como Yates, Heaney obtuvo el premio más prestigioso de su profesión y, también como él, su reputación e influencia fue más allá de los círculos literarios.
Autor de diez libros de poesía ("Death of a Naturalist" y "Field Work", entre ellos) y una "Antología Poética", Heaney también se dedicó a escribir ensayos ("The Government of the Tongue") y una obra de teatro ("The cure at Troy").
Nacido el 3 de abril de 1939 en una granja cercana a la localidad de Derry, en Irlanda del Norte, fue el primero de los ocho hijos de una familia católica dedicada a la agricultura.
Su abuelo y su padre heredaron de sus antepasados una pala para cavar la tierra, un instrumento que él cambió por la pluma desde sus años de universitario.
"Pero no tengo pala para seguir a hombres como ellos/ Entre mi índice y mi pulgar/ la corpulenta pluma descansa/ Cavaré con ella", manifestaba en uno de sus poemas más célebres, "Digging", incluido en su "Death of a Naturalist" (1966).
Tras destacar como un alumno brillante en el bachillerato desde 1951 a 1957, decidió sumergirse en las letras y estudió literatura inglesa en la Queen's University de Belfast, universidad a la que volvería en 1966 como profesor.
Sus trabajos iniciales, publicados en 1962 bajo el seudónimo "Incertus", ya reflejaban su ideología nacionalista contraria al dominio británico de Irlanda del Norte, postura que siempre mantuvo dentro y fuera de su obra, si bien criticó en ocasiones el derrotismo de los católicos irlandeses.
En sus versos se respiraba el ambiente rural de Irlanda del Norte y la vida campesina en la que Heaney se había criado, derivando posteriormente a una visión más completa del hombre, de la posesión y la desposesión.
Su compromiso nacionalista le llevó a desplazarse con su familia a la República de Irlanda en 1972 y, una vez allí, abrió su poesía a temas más universales que denotaban su fascinación por el simbolismo, lo misterioso y lo ambiguo.
En 1975 volvió a la enseñanza, que ejerció en universidades de todo el mundo, entre ellas las de Berkeley (San Francisco) y Harvard (Nueva York), hasta que en la década de los ochenta pasó a ocupar la cátedra de Poesía en la Universidad de Oxford (Inglaterra).
Su obra cumbre, 'North' (1975), es una alusión a la guerra de resistencia católica por la ocupación británica de Irlanda del Norte. En ella, aunque no muestra afinidad con los activistas republicanos, confiesa comprender su "pasión por la venganza tribal".
El 5 de octubre de 1995 la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura por su "obra literaria de belleza lírica y profundidad ética, que exalta los milagros de cada día y el pasado vivido".
Anteriormente, Heaney recibió el Premio de la Academia irlandesa de las letras y el Premio Bennett. Fue también doctor "honoris causa" en la Queen's University de Belfast, el centro donde cursó sus estudios universitarios.
Estaba casado desde 1965 con Marie Devlin, con la que había tenido una hija y dos hijos.
(nota tomada del sitio "el mundo")
En un comunicado, su familia confirmó el fallecimiento del escritor sin concretar cuál fue la dolencia que acabó con su vida esta mañana en un hospital de Dublín, ciudad en la que residía desde 1976.
La reacción del Gobierno irlandés no se hizo esperar: el ministro de las Artes, Jimmy Deenihan, le alabó no sólo por su trabajo como escritor sino también por promocionar su país.
"Era un hombre muy modesto, muy humilde y accesible. Era una enorme figura internacional, un gran embajador para la literatura y para Irlanda. Allá donde viajes y hables de poesía y literatura, el nombre de Seamus Heaney aparece inmediatamente", señaló Deenihan.
Con Heaney se va la figura más destacada de la poesía irlandesa desde William Butler Yates (1865-1939); como Yates, Heaney obtuvo el premio más prestigioso de su profesión y, también como él, su reputación e influencia fue más allá de los círculos literarios.
Autor de diez libros de poesía ("Death of a Naturalist" y "Field Work", entre ellos) y una "Antología Poética", Heaney también se dedicó a escribir ensayos ("The Government of the Tongue") y una obra de teatro ("The cure at Troy").
Nacido el 3 de abril de 1939 en una granja cercana a la localidad de Derry, en Irlanda del Norte, fue el primero de los ocho hijos de una familia católica dedicada a la agricultura.
Su abuelo y su padre heredaron de sus antepasados una pala para cavar la tierra, un instrumento que él cambió por la pluma desde sus años de universitario.
"Pero no tengo pala para seguir a hombres como ellos/ Entre mi índice y mi pulgar/ la corpulenta pluma descansa/ Cavaré con ella", manifestaba en uno de sus poemas más célebres, "Digging", incluido en su "Death of a Naturalist" (1966).
Tras destacar como un alumno brillante en el bachillerato desde 1951 a 1957, decidió sumergirse en las letras y estudió literatura inglesa en la Queen's University de Belfast, universidad a la que volvería en 1966 como profesor.
Sus trabajos iniciales, publicados en 1962 bajo el seudónimo "Incertus", ya reflejaban su ideología nacionalista contraria al dominio británico de Irlanda del Norte, postura que siempre mantuvo dentro y fuera de su obra, si bien criticó en ocasiones el derrotismo de los católicos irlandeses.
En sus versos se respiraba el ambiente rural de Irlanda del Norte y la vida campesina en la que Heaney se había criado, derivando posteriormente a una visión más completa del hombre, de la posesión y la desposesión.
Su compromiso nacionalista le llevó a desplazarse con su familia a la República de Irlanda en 1972 y, una vez allí, abrió su poesía a temas más universales que denotaban su fascinación por el simbolismo, lo misterioso y lo ambiguo.
En 1975 volvió a la enseñanza, que ejerció en universidades de todo el mundo, entre ellas las de Berkeley (San Francisco) y Harvard (Nueva York), hasta que en la década de los ochenta pasó a ocupar la cátedra de Poesía en la Universidad de Oxford (Inglaterra).
Su obra cumbre, 'North' (1975), es una alusión a la guerra de resistencia católica por la ocupación británica de Irlanda del Norte. En ella, aunque no muestra afinidad con los activistas republicanos, confiesa comprender su "pasión por la venganza tribal".
El 5 de octubre de 1995 la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura por su "obra literaria de belleza lírica y profundidad ética, que exalta los milagros de cada día y el pasado vivido".
Anteriormente, Heaney recibió el Premio de la Academia irlandesa de las letras y el Premio Bennett. Fue también doctor "honoris causa" en la Queen's University de Belfast, el centro donde cursó sus estudios universitarios.
Estaba casado desde 1965 con Marie Devlin, con la que había tenido una hija y dos hijos.
(nota tomada del sitio "el mundo")
martes, 20 de agosto de 2013
Poeta Gonzalo Rojas, reunido
Si acaso hay coherencia en los inicios, a Gonzalo Rojas le toca nacer en Lebu, que es como los blancos entendieron el vocablo Leufu, que en lengua mapuche significa “Torrente Hondo”. No está mal el nombre de ese ventoso pueblo chileno para la aparición de Gonzalo Rojas.
No está mal como imagen inicial para alguien que intentó engarzar cada palabra a un gesto. Alguien que buscó hacerse cargo de la escritura: ese anhelo de naufragar en otra parte.
En algunos momentos, la lectura de Gonzalo Rojas remite a la película más extravagante de Herzog. Como tal vez recuerden, no se entiende por qué los indígenas del Amazonas le siguen con fervor silencioso el delirio al alucinado de Kinski en Fitzcarraldo . No se entiende por qué lo acompañan en esa travesía de la nave remontando un morro en medio de la jungla. Desespera tanta entrega y sumisión. Hasta que le cortan los cabos una madrugada y el barco a la deriva comienza a tropezar a través de un cañadón de aguas enrarecidas. “Queríamos desafiar y aplacar los espíritus malignos del río”, explicarán más tarde.
Las 968 páginas de Integra , la obra completa de Rojas, aluden de alguna manera a ese gesto alocado y primitivo de Fitzcarraldo. El libro puede leerse como la biografía de un chico tartamudo y tímido que atraviesa las grandes aguas, que se suelta a sí mismo las amarras, para dejarse ir alegremente por los rápidos del lenguaje. Por el Torrente Hondo. Y si acaso resultan propicios los astros, Rojas nace un 20 de diciembre del año 1917. Es decir, bajo el signo de Sagitario, bajo la aureola del centauro. En la intimidad, el poeta sonreía sobre esa imagen simbólica, graficada por el hombre conviviendo con el animal, el animal que nace –justamente– de la cintura para abajo. “Si Bataille sitúa la experiencia del éxtasis entre lo animal y lo religioso, diría que yo animalizo mi espíritu y espiritualizo mi animal”, aceptaba el autor de El alumbrado . Es que una de las frecuencias más certeras de la poética que se recopila en Integra , es la del erotismo atravesado por la palabra que parece urgente pero nunca lo es: uno de los grandes artilugios de Rojas. Esa voz anhelante del vacío entre brazos ajenos, ese religioso de cinturas de azabache. Alguien que hizo de su obsesión central su bastón y su ancla. Una excusa para hablar de la poesía.
Otra de las certezas que se tiene a través de la poesía completa del chileno –que perteneció a la promoción del 38, pero que se abrió tozudamente del creacionismo y el surrealismo ortodoxo de sus contemporáneos– es la idea central de que en la vida se escribe un solo, único, extenso poema, que va y viene como las mareas, que se enrosca por dentro como una madreselva y, si el duende aparece, en algunos pocos momentos, sobre esa enredadera de lenguaje, brotará el efecto preciso: la palabra relámpago.
Un solo poema. Lo dice en el prólogo de su gran trabajo la editora Fabienne Bradu. Como el ciego que llora contra un sol implacable, dice el primer verso del primer poema, “El sol y la muerte”. “En lo sacro del pezón de la preñez cuyo hocico/ es el beso grande contra la muerte” puede leerse en el que cierra el libro: “Así que cuando nace el nacedor”.
El erotismo entonces, pero también su exilio político, el virtuosismo a la hora del poema necrológico para despedir a los amigos, y sobre todo esa porfía por lo decisivo: desplazar a las palabras de su estadío de símbolo hacia otro, más concreto. La palabra como una realidad aparte.
Se sabe que Gonzalo Rojas, apenas si conoció a su padre. Y que le había tocado, como herencia, un caballo colorado: cuando le robaron ese caballo, años después, el niño finalmente lloró la muerte de su padre. Igualmente, Rojas –en esas incursiones alocadas que hacen quienes escriben como Rojas– lo traía de retorno. En el poema, el niño Gonzalo Rojas, funda un mito: logra que su padre regrese, una y otra vez, de los fondos de una mina de carbón. “(...) Ahí viene el hombre, ahí viene/ embarrado, enrabiado contra la desventura, furioso/ contra la explotación, muerto de hambre, allí viene/ debajo de su poncho de Castilla/ Ah minero inmortal/ ésta es tu casa/ de roble, que tú mismo construiste. Adelante:/ te he venido a esperar, yo soy el séptimo/ de tus hijos. No importa/ que hayan pasado tantas estrellas por el cielo de estos años/ que hayamos enterrado a tu mujer en un terrible agosto,/ porque tú y ella estais multiplicados. No/ importa que la noche nos haya sido negra/ por igual a los dos/-Pasa, no estés ahí/ mirándome, sin verme, debajo de la lluvia”. Las notas al pie de Integra es otro acierto. Producen el efecto deseado por Fabienne Bradu: reproducen la manera en que Rojas –con acotaciones sugerentes– presentaba sus poemas cuando los decía frente a otros. Y es interesante la manera en que el poeta retoma textos publicados para volver sobre ellos, retocados, para colocarlos en un nuevo libro, como un intérprete que repara en un viejo tema para equilibrar o levantar el ritmo en un recital.
“A Pablo le tocó casi toda la costa”, dirá de su contemporáneo Neruda. Mucho se ha hablado sobre su encono contra la metafísica burlona de su otro gran compatriota, Nicanor Parra. Entre ambos, Gonzalo Rojas jugó su propio partido. Pero lo jugó a fondo.
No hay obra completa que no resista filtraciones, cumbres borrascosas, deslices, pero Gonzalo Rojas entra en esa categoría esencial de poetas que se atesoran con gusto en un libro. Un libro que se abrirá de vez en cuando, al voleo, una madrugada, para encontrar allí el destello de una voz que cantó para quedarse.
(reseña de Camilo Sánchez en el sitio "revista ñ", Clarín.)
No está mal como imagen inicial para alguien que intentó engarzar cada palabra a un gesto. Alguien que buscó hacerse cargo de la escritura: ese anhelo de naufragar en otra parte.
En algunos momentos, la lectura de Gonzalo Rojas remite a la película más extravagante de Herzog. Como tal vez recuerden, no se entiende por qué los indígenas del Amazonas le siguen con fervor silencioso el delirio al alucinado de Kinski en Fitzcarraldo . No se entiende por qué lo acompañan en esa travesía de la nave remontando un morro en medio de la jungla. Desespera tanta entrega y sumisión. Hasta que le cortan los cabos una madrugada y el barco a la deriva comienza a tropezar a través de un cañadón de aguas enrarecidas. “Queríamos desafiar y aplacar los espíritus malignos del río”, explicarán más tarde.
Las 968 páginas de Integra , la obra completa de Rojas, aluden de alguna manera a ese gesto alocado y primitivo de Fitzcarraldo. El libro puede leerse como la biografía de un chico tartamudo y tímido que atraviesa las grandes aguas, que se suelta a sí mismo las amarras, para dejarse ir alegremente por los rápidos del lenguaje. Por el Torrente Hondo. Y si acaso resultan propicios los astros, Rojas nace un 20 de diciembre del año 1917. Es decir, bajo el signo de Sagitario, bajo la aureola del centauro. En la intimidad, el poeta sonreía sobre esa imagen simbólica, graficada por el hombre conviviendo con el animal, el animal que nace –justamente– de la cintura para abajo. “Si Bataille sitúa la experiencia del éxtasis entre lo animal y lo religioso, diría que yo animalizo mi espíritu y espiritualizo mi animal”, aceptaba el autor de El alumbrado . Es que una de las frecuencias más certeras de la poética que se recopila en Integra , es la del erotismo atravesado por la palabra que parece urgente pero nunca lo es: uno de los grandes artilugios de Rojas. Esa voz anhelante del vacío entre brazos ajenos, ese religioso de cinturas de azabache. Alguien que hizo de su obsesión central su bastón y su ancla. Una excusa para hablar de la poesía.
Otra de las certezas que se tiene a través de la poesía completa del chileno –que perteneció a la promoción del 38, pero que se abrió tozudamente del creacionismo y el surrealismo ortodoxo de sus contemporáneos– es la idea central de que en la vida se escribe un solo, único, extenso poema, que va y viene como las mareas, que se enrosca por dentro como una madreselva y, si el duende aparece, en algunos pocos momentos, sobre esa enredadera de lenguaje, brotará el efecto preciso: la palabra relámpago.
Un solo poema. Lo dice en el prólogo de su gran trabajo la editora Fabienne Bradu. Como el ciego que llora contra un sol implacable, dice el primer verso del primer poema, “El sol y la muerte”. “En lo sacro del pezón de la preñez cuyo hocico/ es el beso grande contra la muerte” puede leerse en el que cierra el libro: “Así que cuando nace el nacedor”.
El erotismo entonces, pero también su exilio político, el virtuosismo a la hora del poema necrológico para despedir a los amigos, y sobre todo esa porfía por lo decisivo: desplazar a las palabras de su estadío de símbolo hacia otro, más concreto. La palabra como una realidad aparte.
Se sabe que Gonzalo Rojas, apenas si conoció a su padre. Y que le había tocado, como herencia, un caballo colorado: cuando le robaron ese caballo, años después, el niño finalmente lloró la muerte de su padre. Igualmente, Rojas –en esas incursiones alocadas que hacen quienes escriben como Rojas– lo traía de retorno. En el poema, el niño Gonzalo Rojas, funda un mito: logra que su padre regrese, una y otra vez, de los fondos de una mina de carbón. “(...) Ahí viene el hombre, ahí viene/ embarrado, enrabiado contra la desventura, furioso/ contra la explotación, muerto de hambre, allí viene/ debajo de su poncho de Castilla/ Ah minero inmortal/ ésta es tu casa/ de roble, que tú mismo construiste. Adelante:/ te he venido a esperar, yo soy el séptimo/ de tus hijos. No importa/ que hayan pasado tantas estrellas por el cielo de estos años/ que hayamos enterrado a tu mujer en un terrible agosto,/ porque tú y ella estais multiplicados. No/ importa que la noche nos haya sido negra/ por igual a los dos/-Pasa, no estés ahí/ mirándome, sin verme, debajo de la lluvia”. Las notas al pie de Integra es otro acierto. Producen el efecto deseado por Fabienne Bradu: reproducen la manera en que Rojas –con acotaciones sugerentes– presentaba sus poemas cuando los decía frente a otros. Y es interesante la manera en que el poeta retoma textos publicados para volver sobre ellos, retocados, para colocarlos en un nuevo libro, como un intérprete que repara en un viejo tema para equilibrar o levantar el ritmo en un recital.
“A Pablo le tocó casi toda la costa”, dirá de su contemporáneo Neruda. Mucho se ha hablado sobre su encono contra la metafísica burlona de su otro gran compatriota, Nicanor Parra. Entre ambos, Gonzalo Rojas jugó su propio partido. Pero lo jugó a fondo.
No hay obra completa que no resista filtraciones, cumbres borrascosas, deslices, pero Gonzalo Rojas entra en esa categoría esencial de poetas que se atesoran con gusto en un libro. Un libro que se abrirá de vez en cuando, al voleo, una madrugada, para encontrar allí el destello de una voz que cantó para quedarse.
(reseña de Camilo Sánchez en el sitio "revista ñ", Clarín.)
martes, 16 de julio de 2013
El libro y la lectura
La relación con el libro es única y cada uno se la plantea de manera diferente. Vicente Aleixandre acostumbraba a leer tumbado sobre un sofá en el que pasaba gran parte del día. Azorín lo hacía hundido en un sillón de orejas, de espaldas a la ventana, junto a una mesa camilla, de faldas, con un brasero y una manta sobre las piernas, mientras que Guillén, en su casa de Málaga, leía frente a la ventana, una ventana que daba al mar y que le hacía sentir la ficción de vivir en un matisse.
En silencio leía Juan Ramón Jiménez, tan en silencio que acorchaba las habitaciones en que trabajaba para que el ruido no le perturbara la vida y la lectura. Claro que Jiménez, un raro, se lavaba las manos hasta tres o cuatro veces, la última siempre con colonia, antes de coger un libro de alguno de sus poetas favoritos, muchas veces Verlaine. También he leído, no consigo recordar dónde, que Baudelaire era especialmente sensible a la contaminación sonora, e igualmente amigo del aislamiento acústico y las placas de corcho. Y se cuenta que Faulkner dejó un trabajo en la estafeta de la universidad de Mississippi porque el que le estuvieran pidiendo sellos no le dejaba concentrarse en la lectura.
En el otro extremo se encuentra José Hierro, que no sólo leía, sino que también escribía en un bar bullicioso al lado de su casa, en Santander, donde hoy se lee en una placa colocada allí tras su muerte: "Aquí escribe sus poemas José Hierro".
(¿Puedes leer al tiempo que escuchas música? Sí, tu no. Nota en el blog "neorrabioso".)
viernes, 5 de julio de 2013
José Kózer, Premio Iberoamericano Pablo Neruda
El escritor cubano José Kózer fue elegido ganador del Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2013, que entrega el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes y que se conoció hoy en Valparaíso.
El anuncio fue hecho por el ministro de Cultura, Roberto Ampuero, desde la Casa Museo La Sebastiana. El premio es el más importante que entrega el Estado de Chile y consta de 60.000 dólares ($30 millones aprox.)
El jurado fue presidido por el Ministro de Cultura, Roberto Ampuero, y estuvo conformado por Julio Ortega, de Perú; Margo Glantz, mexicana; Roberto Echavarren, uruguayo; y Leonardo Sanhueza Frits y Soledad Fariña Vicuña, de Chile. La elección fue unánime.
Kózer fue notificado telefónicamente por Ampuero, y recibió sorprendido y alegre la noticia desde Miami. "Justo cuando me entero estaba corrigiendo una poesía, muy temprano en la mañana, y aunque me habían dicho que quizás podía quedarme con el premio, fue de todos modos un gran honor", dijo.
Para el Ministro de Cultura, se trata de "un extraordinario poeta, con una obra muy prolija, reconocida internacionalmente, sólida e innovadora. Este premio habla por una parte de la importancia que tiene Pablo Neruda tanto para los chilenos como en su proyección internacional, y al mismo tiempo es una invitación a los chilenos a conocer a nuevos poetas, nuevos creadores del espacio iberoamericano. Esa es justamente una de las labores del Consejo de la Cultura, ampliar y formar audiencias, acercar a la población a la experiencia y goce estético del arte", dijo.
El Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2013 fue ganado el 2012 por Nicanor Parra y el 2011 por Oscar Hahn, ambos chilenos, por lo que se esperaba que en esta oportunidad correspondiera a un poeta extranjero.
El galardón nació en 2004 y se entrega en una ceremonia que realiza el Presidente de la República, el 12 de julio, día del natalicio de Pablo Neruda.
José Kózer es un escritor cubano radicado en Estados Unidos desde 1960. Hijo de emigrantes judíos provenientes de Polonia y Checoslovaquia. Ha publicado más de 50 libros, en su mayoría de poesía, además de diarios y narrativa, clasificado dentro de la estética neobarroca, e identificado como una de las figuras centrales de esta corriente. Durante 30 años ejerció como profesor de literatura hispana en Queens College, Nueva York, donde además fue Jefe de Cátedra del Departamento de Literatura Comparada. Actualmente vive en Hallandale, Florida.
Ha publicado poemarios como “Este judío entre números y letras (1975), “Y así tomaron posesión en las ciudades”, “Bajo este cien”, entre otros.
Recibió la Beca Cintas, la Beca Gulbenkian y el Premio Julio Tovar de Poesía en 1974. Ha sido antologado y publicado en numerosos periódicos y revistas de Europa, América Latina y Estados Unidos.
(nota tomada del sitio "la tercera".)
El anuncio fue hecho por el ministro de Cultura, Roberto Ampuero, desde la Casa Museo La Sebastiana. El premio es el más importante que entrega el Estado de Chile y consta de 60.000 dólares ($30 millones aprox.)
El jurado fue presidido por el Ministro de Cultura, Roberto Ampuero, y estuvo conformado por Julio Ortega, de Perú; Margo Glantz, mexicana; Roberto Echavarren, uruguayo; y Leonardo Sanhueza Frits y Soledad Fariña Vicuña, de Chile. La elección fue unánime.
Kózer fue notificado telefónicamente por Ampuero, y recibió sorprendido y alegre la noticia desde Miami. "Justo cuando me entero estaba corrigiendo una poesía, muy temprano en la mañana, y aunque me habían dicho que quizás podía quedarme con el premio, fue de todos modos un gran honor", dijo.
Para el Ministro de Cultura, se trata de "un extraordinario poeta, con una obra muy prolija, reconocida internacionalmente, sólida e innovadora. Este premio habla por una parte de la importancia que tiene Pablo Neruda tanto para los chilenos como en su proyección internacional, y al mismo tiempo es una invitación a los chilenos a conocer a nuevos poetas, nuevos creadores del espacio iberoamericano. Esa es justamente una de las labores del Consejo de la Cultura, ampliar y formar audiencias, acercar a la población a la experiencia y goce estético del arte", dijo.
El Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2013 fue ganado el 2012 por Nicanor Parra y el 2011 por Oscar Hahn, ambos chilenos, por lo que se esperaba que en esta oportunidad correspondiera a un poeta extranjero.
El galardón nació en 2004 y se entrega en una ceremonia que realiza el Presidente de la República, el 12 de julio, día del natalicio de Pablo Neruda.
José Kózer es un escritor cubano radicado en Estados Unidos desde 1960. Hijo de emigrantes judíos provenientes de Polonia y Checoslovaquia. Ha publicado más de 50 libros, en su mayoría de poesía, además de diarios y narrativa, clasificado dentro de la estética neobarroca, e identificado como una de las figuras centrales de esta corriente. Durante 30 años ejerció como profesor de literatura hispana en Queens College, Nueva York, donde además fue Jefe de Cátedra del Departamento de Literatura Comparada. Actualmente vive en Hallandale, Florida.
Ha publicado poemarios como “Este judío entre números y letras (1975), “Y así tomaron posesión en las ciudades”, “Bajo este cien”, entre otros.
Recibió la Beca Cintas, la Beca Gulbenkian y el Premio Julio Tovar de Poesía en 1974. Ha sido antologado y publicado en numerosos periódicos y revistas de Europa, América Latina y Estados Unidos.
(nota tomada del sitio "la tercera".)
viernes, 14 de junio de 2013
Sylvia y Ted
Dice la contracubierta: "Más allá de la anécdota biográfica, Cartas de
cumpleaños es ya uno de los poemarios fundamentales del siglo XX". De
acuerdo a medias. Es como decir que más allá de la Guerra de Troya, la
Ilíada es una obra maestra, y sí pero más: la Ilíada es ya la
Guerra de Troya, la vampiriza, le da vida eterna, si eso no es una
contradicción, la Guerra de Troya sin la Ilíada no sería más que unas
vasijas encontradas en un descampado. De igual manera Cartas de
cumpleaños, de Ted Hughes, vampiriza la anécdota biográfica de la que
parte, -que sin este libro no sería más que un capítulo de la historia universal
de la Infamia- y vampiriza también la poesía de Sylvia Plath y vampiriza la
poesía anterior de Ted Hughes, elíptica y oscura hasta llegar a este libro
vampiro que nos muerde en el cuello o en el corazón y nos vampiriza extendiendo
sobre nosotros el mismo dolor, el mismo amor que aquí se han destilado para
producirlo. Si el primer cometido de todo poeta es convencer al lector de que se
ponga en su lugar -de donde los grandes poetas nos convierten a los lectores en
grandes poetas: consiguen que nos pongamos en su lugar-, pocos lugares más
desapacibles, trágicos, tremendos que este en el que nos obliga a ponernos Ted
Hughes. No es extraño que los murciélagos protagonicen dos de sus más
emocionantes poemas y que en uno de ellos la mordedura de un murciélago al que
el poeta quiere ayudar a recobrar el vuelo, sea la Muerte.
La anécdota biográfica cabe en una entrada de wikipedia: después de conocerse en una fiesta en 1956, y enamorarse, y salir, y vámonos a vivir juntos y unos años de matrimonio y dos hijos, Ted Hughes abandona a Sylvia Plath enamorado de Assia Wevill y cansado de las crisis nerviosas de su mujer, y Sylvia Plath se suicida en 1963 cuando todavía no había estallado como poeta. Su fama de gran poeta empezó entonces, oscureciendo la de Hughes, que, después del suicidio de Assia Wevill (que mató también a la hija que ambos tuvieron), se vio acosado por una incansable cabalgata de acusaciones que, por vía feminista radical -Fay Weldon a la cabeza-, lo imputaba como culpable de la muerte de Plath. Para defenderse, Ted Hughes guardó silencio mientras el buzón se le llenaba de insultos. Siguió escribiendo. Fue poeta laureado, pero no pudo quitarse de encima la mancha de haber acabado con una de las grandes poetas del siglo XX, y de haber ejercido con mano excesiva su papel de albacea de la obra inédita de la que fuera su mujer -destruyó las páginas de su diario donde Plath se asomaba al abismo del suicidio días antes de suicidarse y los plathianos no creyeron la versión de Hughes según la cual destruyó aquellas páginas para defender a sus hijos, pidieron a un juez que le quitaran ese poder a Hughes para que no siguiera destruyendo a Sylvia Plath. El juez no les oyó.
Un año antes de morir, cuando ya estaba gravemente enfermo, Hughes entrega a su editor un libro que fue componiendo pausadamente en todos esos años de silencio. Un libro que tiene un hándicap fundamental: la lectora para la que ha sido escrito y lo protagoniza e inspira no podrá leerlo. El libro es éste: un monumento funerario, sin duda, pero también una extraña celebración de la vida, una vertiginosa conversación entre fantasmas que, dado su carácter narrativo, dada la casi infalible capacidad del poeta para crear imágenes llenas de materialidad -pocos poetas llenan como él sus poemas de vida concreta, animales, naturaleza, prescindiendo de abstracciones, inyectándoles la fuerza del mito-, leemos como una novela trágica, como una tragedia que hipnotiza. Son 88 poemas. Es muy difícil salir incólume de una experiencia tan dolorosa, decisiva, tan bien cantada o contada. Andrew Motion lo dijo bien: "El libro irrumpe con la fuerza de una emoción que surge de una fuente desconocida y leerlo es como sufrir la descarga de un rayo".
Desde los primeros compases de la historia -dos jóvenes que se conocen y se enamoran, "nuestro futuro intentando acontecer"- hay una pura emoción destilada sin asomo de cursilería. Momentos excepcionales: el poema dedicado al día en que Sylvia Plath empieza a recitarle sus poemas a unas vacas que se quedan quietas, el poema dedicado al 9 de Willow Street donde la pareja se instala, el poema en que Sylvia Plath es atada a la vida por un embarazo, el poema dedicado a la Ouija, ese poema milagroso en el que el poeta se encuentra con alguien que lleva un zorro y no sabe si comprárselo para regalárselo a su mujer y no, al final no se lo compra, y ese hecho es el final del matrimonio (contado así parece una tontería: la poesía de Ted Hughes consigue cargar de sentido y significado el hecho nimio, lo transforma, lo magnifica, lo hace convincente). Los poemas de viaje, los viajes que la pareja hace a Francia, a América, a España (Sylvia Plath detestaba España). El poema Soñadores, que incrusta en la narración la presencia de una extraña mujer de belleza extraordinaria, Assia Wevill. La soñadora que había en ella se enamoró de Hughes y el soñador que había en Hughes se enamoró de ella. El poema Robándome a mí mismo. El poema Vida después de la muerte, lleno de lobos hambrientos con despacho universitario o columna en la prensa. El poema, difícil de leer sin echarse a llorar -en serio- sobre los ojos de Sylvia Plath revividos en los ojos de su hijo. El poema Los perros se están comiendo a vuestra madre, sobre la secta de los plathianos que van troceando el cadáver de la poeta en alegres simposios. El dramatis personae del libro no se acaba en Ted Hughes y Sylvia Plath y sus dos hijos, además de la soñadora Assia Wevill: es muy importante la presencia del Papá de Sylvia Plath, a quien Hughes le hace una visita de ultratumba en otro poema impactante. Alguien, al aparecer el libro, dijo que Hughes utilizaba sus mejores armas para quitarse de encima la culpa de haber arrastrado a la depresión a Sylvia Plath y echárselas al Papá de Sylvia Plath. Aunque es evidente que en el drama, el Papá de Sylvia Plath tiene un peso importante -y un peso culpable-, eso no significa que Hughes trate de descargar la propia culpa compartiéndola: en todo caso la multiplica, y el poeta se echa en cara a sí mismo no haber sabido arrebatar a la amada una relación tan perniciosa como la que construyó con su Papá fascista -a quien dedicó un tremebundo poema.
No sé si Cartas de cumpleaños es uno de los libros de poemas fundamentales del siglo XX. Yo diría que no compite en la misma liga que La tierra baldía, Poeta en Nueva York, Trilce, El guardador de rebaños, Morgue o cualquiera de las muchas obras maestras de la poesía del siglo pasado. Hay aquí un tono, un ímpetu, una emoción, un dolor, un amor, una sabiduría, un no sé qué sagrado -también sangre, sangrado- que nos remite a textos que se salen de lo literario. Es acaso lo más cerca que estuvo la poesía del siglo XX de Shakespeare. Es una revelación, tomando la palabra literalmente: acto de desvelar algo que había permanecido oculto. Eso: Cartas de cumpleaños es un texto sagrado, es decir, revela un secreto sin dejar de guardarlo. Como todo gran poeta Hughes nos obliga a ponernos en su lugar: y es un lugar violento, doloroso, opresor, pero también luminoso, emocionante, intenso. Y después de tanto dolor y tanto amor aplastado, sabio: el lugar que alcanza aquél que ha sabido mantenerse en silencio, haberse comido toda su ira y toda su culpa, y ha procesado todos sus recuerdos para alcanzar a repristinarlos y trascenderlos en un texto sobrecogedor.
La edición de Lumen, con introducción de Andre Jaume, traducción de Luis Antonio de Villena y epílogo de Luna Miguel, es modélica.
(reseña de Juan Bonilla en el sitio "el mundo".)
La anécdota biográfica cabe en una entrada de wikipedia: después de conocerse en una fiesta en 1956, y enamorarse, y salir, y vámonos a vivir juntos y unos años de matrimonio y dos hijos, Ted Hughes abandona a Sylvia Plath enamorado de Assia Wevill y cansado de las crisis nerviosas de su mujer, y Sylvia Plath se suicida en 1963 cuando todavía no había estallado como poeta. Su fama de gran poeta empezó entonces, oscureciendo la de Hughes, que, después del suicidio de Assia Wevill (que mató también a la hija que ambos tuvieron), se vio acosado por una incansable cabalgata de acusaciones que, por vía feminista radical -Fay Weldon a la cabeza-, lo imputaba como culpable de la muerte de Plath. Para defenderse, Ted Hughes guardó silencio mientras el buzón se le llenaba de insultos. Siguió escribiendo. Fue poeta laureado, pero no pudo quitarse de encima la mancha de haber acabado con una de las grandes poetas del siglo XX, y de haber ejercido con mano excesiva su papel de albacea de la obra inédita de la que fuera su mujer -destruyó las páginas de su diario donde Plath se asomaba al abismo del suicidio días antes de suicidarse y los plathianos no creyeron la versión de Hughes según la cual destruyó aquellas páginas para defender a sus hijos, pidieron a un juez que le quitaran ese poder a Hughes para que no siguiera destruyendo a Sylvia Plath. El juez no les oyó.
Un año antes de morir, cuando ya estaba gravemente enfermo, Hughes entrega a su editor un libro que fue componiendo pausadamente en todos esos años de silencio. Un libro que tiene un hándicap fundamental: la lectora para la que ha sido escrito y lo protagoniza e inspira no podrá leerlo. El libro es éste: un monumento funerario, sin duda, pero también una extraña celebración de la vida, una vertiginosa conversación entre fantasmas que, dado su carácter narrativo, dada la casi infalible capacidad del poeta para crear imágenes llenas de materialidad -pocos poetas llenan como él sus poemas de vida concreta, animales, naturaleza, prescindiendo de abstracciones, inyectándoles la fuerza del mito-, leemos como una novela trágica, como una tragedia que hipnotiza. Son 88 poemas. Es muy difícil salir incólume de una experiencia tan dolorosa, decisiva, tan bien cantada o contada. Andrew Motion lo dijo bien: "El libro irrumpe con la fuerza de una emoción que surge de una fuente desconocida y leerlo es como sufrir la descarga de un rayo".
Desde los primeros compases de la historia -dos jóvenes que se conocen y se enamoran, "nuestro futuro intentando acontecer"- hay una pura emoción destilada sin asomo de cursilería. Momentos excepcionales: el poema dedicado al día en que Sylvia Plath empieza a recitarle sus poemas a unas vacas que se quedan quietas, el poema dedicado al 9 de Willow Street donde la pareja se instala, el poema en que Sylvia Plath es atada a la vida por un embarazo, el poema dedicado a la Ouija, ese poema milagroso en el que el poeta se encuentra con alguien que lleva un zorro y no sabe si comprárselo para regalárselo a su mujer y no, al final no se lo compra, y ese hecho es el final del matrimonio (contado así parece una tontería: la poesía de Ted Hughes consigue cargar de sentido y significado el hecho nimio, lo transforma, lo magnifica, lo hace convincente). Los poemas de viaje, los viajes que la pareja hace a Francia, a América, a España (Sylvia Plath detestaba España). El poema Soñadores, que incrusta en la narración la presencia de una extraña mujer de belleza extraordinaria, Assia Wevill. La soñadora que había en ella se enamoró de Hughes y el soñador que había en Hughes se enamoró de ella. El poema Robándome a mí mismo. El poema Vida después de la muerte, lleno de lobos hambrientos con despacho universitario o columna en la prensa. El poema, difícil de leer sin echarse a llorar -en serio- sobre los ojos de Sylvia Plath revividos en los ojos de su hijo. El poema Los perros se están comiendo a vuestra madre, sobre la secta de los plathianos que van troceando el cadáver de la poeta en alegres simposios. El dramatis personae del libro no se acaba en Ted Hughes y Sylvia Plath y sus dos hijos, además de la soñadora Assia Wevill: es muy importante la presencia del Papá de Sylvia Plath, a quien Hughes le hace una visita de ultratumba en otro poema impactante. Alguien, al aparecer el libro, dijo que Hughes utilizaba sus mejores armas para quitarse de encima la culpa de haber arrastrado a la depresión a Sylvia Plath y echárselas al Papá de Sylvia Plath. Aunque es evidente que en el drama, el Papá de Sylvia Plath tiene un peso importante -y un peso culpable-, eso no significa que Hughes trate de descargar la propia culpa compartiéndola: en todo caso la multiplica, y el poeta se echa en cara a sí mismo no haber sabido arrebatar a la amada una relación tan perniciosa como la que construyó con su Papá fascista -a quien dedicó un tremebundo poema.
No sé si Cartas de cumpleaños es uno de los libros de poemas fundamentales del siglo XX. Yo diría que no compite en la misma liga que La tierra baldía, Poeta en Nueva York, Trilce, El guardador de rebaños, Morgue o cualquiera de las muchas obras maestras de la poesía del siglo pasado. Hay aquí un tono, un ímpetu, una emoción, un dolor, un amor, una sabiduría, un no sé qué sagrado -también sangre, sangrado- que nos remite a textos que se salen de lo literario. Es acaso lo más cerca que estuvo la poesía del siglo XX de Shakespeare. Es una revelación, tomando la palabra literalmente: acto de desvelar algo que había permanecido oculto. Eso: Cartas de cumpleaños es un texto sagrado, es decir, revela un secreto sin dejar de guardarlo. Como todo gran poeta Hughes nos obliga a ponernos en su lugar: y es un lugar violento, doloroso, opresor, pero también luminoso, emocionante, intenso. Y después de tanto dolor y tanto amor aplastado, sabio: el lugar que alcanza aquél que ha sabido mantenerse en silencio, haberse comido toda su ira y toda su culpa, y ha procesado todos sus recuerdos para alcanzar a repristinarlos y trascenderlos en un texto sobrecogedor.
La edición de Lumen, con introducción de Andre Jaume, traducción de Luis Antonio de Villena y epílogo de Luna Miguel, es modélica.
(reseña de Juan Bonilla en el sitio "el mundo".)
martes, 30 de abril de 2013
Kavafis, hace 150 años
”Que nadie intente descubrir quién soy, por mis acciones más inadvertidas, por mis más velados escritos, sólo a través de ellos quiero ser entendido”, confesó el poeta Konstantinos Kavafis (1863-1933), de quien se cumplen ciento cincuenta años de su nacimiento. A través del lírico “rescate” de una miríada de pequeños-grandes gestos protagonizados por héroes de ampulosos nombres griegos o bizantinos o por hombres sencillos, “arrebatados” a la vida real o totalmente inventados, Kavafis supo extraer sensualidad tanto de los recovecos de la historia como de los “pliegues de la vida”. En su poesía –donde no hay ni un solo atisbo heteronormal–, Aquiles y Patroclo no aparecerán tal como los conocemos en la epopeya, sino al desnudo –y en un amor tan concreto– como si de la pasión de cualquiera de nosotros se tratase.
El último y bien amado de los nueve hijos de la rica –y luego desavenida– familia Kavafis entendía que la historia y la mitología griegas eran, en verdad, una “lucha sin fin”: Patroclo mata a Sarpedón, Héctor le da muerte a Patroclo, Aquiles se ensaña por siempre con Héctor. ¿Quién venga a quién?El vate griego –o filoheleno–, nacido en la diáspora de la Alejandría egipcia, es el poeta que sorprende al muchacho que, por primera vez, “trasnocha, es arrastrado”, y queda inmortalizado en ese momento único –de un paganismo letal– en que “se convierte en algo digno de nuestros ojos”, en la “captura” de ese joven –todavía “hipnotizado por el ilícito placer que acaba de conocer”–, la belleza es sorprendida in fraganti.
Kavafis es el observador de la vida de los muchachos en flor que atraviesan las calles astrosas de esa Alejandría lateral, que recorren su puerto en espera del deseo, que flirtean en las tabernas y se acuestan en esos burdeles que le dan “carne a la carne”. Es en esa urbana verdad donde darán rienda suelta a un intimísimo placer, “alegría e incienso de la vida”. Al festejar ese goce, y su azar –el más real de los dioses–, Kavafis se vuelve un poeta del cruising: “Estaban entre otros muchos/ junto al escaparate iluminado de una vidriera./Sus miradas se encontraron casualmente/y, con timidez, titubeando, expresaron/el ilícito deseo de sus cuerpos./Después, unos cuantos pasos inseguros por la calle/hasta que sonrieron y asintieron levemente con la cabeza.// Y ya en el coche cerrado,/el sensible aproximarse de dos cuerpos, las manos cogidas, los labios juntos”.
En Kavafis, la juventud es un engarce de edades, cuya diadema va de los dulces veinte años a la “alta capacidad sensual” de los treinta: Quimón y sus pulsiones de las veintidós primaveras, Cleito –el bello soñador– de veintitrés, el joven poeta de veinticuatro, el alejandrino “maduro” a sus veinticinco, el muchachote de veintiséis y su atractivo fatal... Kavafis no es sólo el poeta de los jovencitos, sino también –y, en contraparte– el poeta que “trata” la inefable vejez del deseo o la trepidante soledad de quien añora tocar alguna tersa piel y ya no puede: “La vejez de mi cuerpo es una herida de despiadado cuchillo”. ¿Su antídoto? “Trae tus drogas, Arte de la Poesía.../que al menos alivien mi dolor por un rato”.
Kavafis es, también, un poeta de la materia: “Kavafis no habla la palabra (Lacan), habla, una vez más, la cosa”, según dijo Pasolini. Lento en darse a conocer, y nunca satisfecho en la transmisión de su obra, es un poeta que jamás creyó que un poema pudiera llegar a su redacción final. Acaso con el pudor de quien sabe que reparte del deseo, su mejor instantánea, el poeta empezó distribuyendo manuscritos sueltos de sus poemas, a los que luego siguieron folletos, a los que, más tarde –acompañando la evolución de su voz y su salida del closet– transformó en feuilles volantes –mezcla de hojas sueltas y de opúsculo– al que añadía –clips mediante– nuevas separatas de poemas agregados, siempre hechos a mano. En el final de sus poemas más extraordinarios, en una verdadera poesía “emergente” –o del pop-up– Kavafis perfeccionó “su método” cosiendo a mano esos panfletos, con el agregado de unas pocas hojas que se abrían como un abanico.
Del dicho al lecho
Antes de 1911, sus versos expresaban una reticencia que volvía sus poemas joyas de ambigüedad e insinuación; después de 1911, un erotismo franco y afligido (¡la carne es triste!) ganará cada vez más espacio. En muchos de los últimos poemas podríamos decir que el poeta es visitado, como en una lírica alucinación, por su cuerpo de ayer. Como en la escultura griega del Discóbolo –que quizá se trate de un amado del dios Apolo, de nombre Hyakinthos, a quien el dios habría matado sin querer– la poesía de Kavafis se reconoce en ese atleta (del sentimiento) cuyo cuerpo habita en una torsión que implica un adelante y un atrás, oscilación efectiva para que el lance se realice.El año 1911 representa el blanqueo de sus referencias homoeróticas, iniciadas en 1902, bajo el período conocido como “El Kavafis de la letra T”, donde con ese signo rotula el equívoco nombre de un amante: “Esta tarde se me cruzó por la cabeza escribir sobre mi amor. Y sin embargo no voy a hacerlo, tal es la fuerza que tienen los prejuicios. Yo me estoy librando de ellos muy de a poco, pero pienso en quienes son sus esclavos, y bajo cuyos ojos podría caer este papel, y me detengo. ¡Cuántos miedos! Sin embargo, anotaré la letra –T– como insignia de este momento”.
Kavafis, aunque la ame profundamente, se lamenta del “encierro” de su Alejandría natal; sus patrias amorosas e intelectuales han sido, en sus signos positivos y negativos: la Inglaterra de su juventud, donde aprendió el idioma inglés, pero de donde provino la debacle familiar; la Atenas real de sus escritos, a la que, paradójicamente, conoció en breves estadías, y la monumental Constantinopla, donde su apetito se acrecentó en incursiones con su primo Yorgos, que representó un glorioso pero a la vez doliente desarrollo de su sensibilidad, camino que sería la inspiración y el monodrama central de toda su obra.
Kavafis pasó más de treinta años –primero como copista y luego como responsable total de la correspondencia– en el “Servicio de Riegos” de un ministerio público: su tarea no bien remunerada pero tampoco exigente le permitió profundizar el vicio y la escritura. Un cáncer de laringe lo dejó sin voz y tuvo que depender de una libreta para poder comunicarse; allí escribía notas –o últimas impresiones– que ordenó como si fuesen (también) parte de sus refinados, estoicos y hand-made versos.
Con Kavafis se morirá el amante más dilecto de las Moiras: el poeta que celebró, como nadie, los “hermosos cuerpos de aquellos que murieron antes de hacerse viejos”. Para los que a sabiendas (o no) se malograron, para los “ahogados por accidente”, para las víctimas tardías o tempranas de viejas y nuevas pestes, el poeta erigió con bellas palabras –y en esa lengua ideal que es el griego– el más suntuoso de los mausoleos. Acaso para esos “elegidos” Kavafis redactó, durante toda su vida, epitafios que ornan la muerte: todos aquellos cuya belleza ha quedado “a resguardo” son la (re)encarnación de Endimión, el más bello de los mortales, de quien se dice que Selene (la Luna) se enamoró locamente, pidiéndole a Zeus que lo preservara en un sueño eterno para que ella pudiera visitarlo (y amarlo) todas las noches.
Este epigrama podría grabarse en su losa: “No me reprimí. Me entregué completamente y fui,/fui hacia aquellos placeres que eran medio reales,/medio forjados por mi propia mente,/entré en la noche brillante/y bebí un fuerte vino,/como los campeones del placer beben”.
(semblanza del poeta griego reproducida del suplemento "soy", Página/12, autor Walter Romero. Desde aquí se agradece infinitamente al traductor mexicano Cayetano Cantú, quien sabiamente tradujo a Kavafis.)
martes, 5 de febrero de 2013
El poeta se fue

Rubén Bonifaz Nuño, poeta.
Foto: Octavio Gómez
Foto: Octavio Gómez
“Amargo es perder a un amigo”, comienza el décimo poema de Los demonios y los días (1956), uno de los libros más hermosos del bardo. Casi para cumplir 90 años, prácticamente sin el sentido de la vista, este enorme poeta decía a sus amigos más íntimos, postrado desde hacía algunos meses, que ya no quería vivir. Se fue la tarde del jueves pasado. Lega una obra lírica incomparable en la segunda mitad del siglo XX, y una labor inconmensurable en la traducción de los clásicos grecolatinos.
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Este año, en noviembre, habría alcanzado los 90 de edad. Como ocurre siempre, pensábamos que seguiría entre nosotros mucho tiempo más.
Nos habíamos acostumbrado a verlo fuerte siempre, siempre elegante. Pero en los últimos tiempos acusaba cansancio. Su progresiva ceguera lo abrumaba.
Hace un par de años le pidió a su colega y amigo Eduardo Lizalde que le ayudara a concertar un encuentro con otro poeta, el argentino Juan Gelman. Le gustaba su poesía y quería conocerlo. Convinieron en comer en un restaurante. Le comentó a Lizalde que le gustaría encontrarse con él unos minutos antes de que Gelman llegara.
–Al rato, cuando Juan esté aquí, me vas a ver sonriendo y celebrando el estar juntos. Pero ya son muy pocas las ocasiones para celebrar algo. En realidad, estoy harto. Dependo para todo de que me ayuden. Quisiera morirme.
Arrostró la merma de su salud con una entereza absoluta. Fuera de esporádicas confidencias como ésta, ante amigos íntimos, jamás se le escuchó quejarse. Por el contrario, siempre hizo gala de buen humor.
Su magnífica, honda poesía, sin embargo, estuvo teñida de melancolía desde el principio. El hablante de sus poemas (como ahora suele decirse) es un personaje cargado de una tristeza íntima, antigua. Algo ha perdido, algo no consigue realizar plenamente, su amor no alcanza a salir de las sombras, sus sueños son frutos caídos entre piedras. Sabe que cuando asoma al espejo está mirando un rostro fugaz, que no es más que un indigente al que sólo ampara la belleza.
Es bellísima su poesía. El amor, siempre su tema. En la forma denota un conocimiento profundo de la letras clásicas, y un feliz dominio de la expresión popular, coloquial.
Esto y mucho más salta a la atención de quien la lee.
Ahora es posible leerla en su integridad gracias a la reunión en tres tomos que bajo el título de Poesía completa acaba de poner en circulación el Fondo de Cultura Económica. El primer tomo es De otro modo lo mismo, poemas escritos entre 1945 y 1971; el segundo, Versos (1978-1994), y el tercero, Calacas, el libro con el que, hace 10 años, decidió mirar cara a cara a la muerte (“tin tin, está llamando ahora;/ sé quién es, tin tin, y me resisto/ a abrirle, y estoy, tin tin, abriéndole”).
Acompaña esta compilación un cuarto, esbelto, libro que contiene, a manera de prólogo, un ensayo del poeta hispano Luis García Montero titulado La poesía como destino. Ojalá eso contribuya a que circule más y se lea mejor su obra en España y otros países hispanohablantes. Pero en México el estudio introductorio correspondía, sin duda, a Marco Antonio Campos.
Con la muerte de Bonifaz Nuño no sólo se pierde un poeta y un clasicista incomparable, también un gran estudioso del mundo prehispánico.
Bonifaz: lo suyo –nombre es destino–era hacer el bien, y sus lectores nos contamos entre sus principales beneficiarios. Sus libros son la certeza de que estará entre nosotros por siempre.
(El poeta Rafael Vargas despide al poeta invidente.Nota tomada del sitio "apro".)
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Este año, en noviembre, habría alcanzado los 90 de edad. Como ocurre siempre, pensábamos que seguiría entre nosotros mucho tiempo más.
Nos habíamos acostumbrado a verlo fuerte siempre, siempre elegante. Pero en los últimos tiempos acusaba cansancio. Su progresiva ceguera lo abrumaba.
Hace un par de años le pidió a su colega y amigo Eduardo Lizalde que le ayudara a concertar un encuentro con otro poeta, el argentino Juan Gelman. Le gustaba su poesía y quería conocerlo. Convinieron en comer en un restaurante. Le comentó a Lizalde que le gustaría encontrarse con él unos minutos antes de que Gelman llegara.
–Al rato, cuando Juan esté aquí, me vas a ver sonriendo y celebrando el estar juntos. Pero ya son muy pocas las ocasiones para celebrar algo. En realidad, estoy harto. Dependo para todo de que me ayuden. Quisiera morirme.
Arrostró la merma de su salud con una entereza absoluta. Fuera de esporádicas confidencias como ésta, ante amigos íntimos, jamás se le escuchó quejarse. Por el contrario, siempre hizo gala de buen humor.
Su magnífica, honda poesía, sin embargo, estuvo teñida de melancolía desde el principio. El hablante de sus poemas (como ahora suele decirse) es un personaje cargado de una tristeza íntima, antigua. Algo ha perdido, algo no consigue realizar plenamente, su amor no alcanza a salir de las sombras, sus sueños son frutos caídos entre piedras. Sabe que cuando asoma al espejo está mirando un rostro fugaz, que no es más que un indigente al que sólo ampara la belleza.
Es bellísima su poesía. El amor, siempre su tema. En la forma denota un conocimiento profundo de la letras clásicas, y un feliz dominio de la expresión popular, coloquial.
Esto y mucho más salta a la atención de quien la lee.
Ahora es posible leerla en su integridad gracias a la reunión en tres tomos que bajo el título de Poesía completa acaba de poner en circulación el Fondo de Cultura Económica. El primer tomo es De otro modo lo mismo, poemas escritos entre 1945 y 1971; el segundo, Versos (1978-1994), y el tercero, Calacas, el libro con el que, hace 10 años, decidió mirar cara a cara a la muerte (“tin tin, está llamando ahora;/ sé quién es, tin tin, y me resisto/ a abrirle, y estoy, tin tin, abriéndole”).
Acompaña esta compilación un cuarto, esbelto, libro que contiene, a manera de prólogo, un ensayo del poeta hispano Luis García Montero titulado La poesía como destino. Ojalá eso contribuya a que circule más y se lea mejor su obra en España y otros países hispanohablantes. Pero en México el estudio introductorio correspondía, sin duda, a Marco Antonio Campos.
Con la muerte de Bonifaz Nuño no sólo se pierde un poeta y un clasicista incomparable, también un gran estudioso del mundo prehispánico.
Bonifaz: lo suyo –nombre es destino–era hacer el bien, y sus lectores nos contamos entre sus principales beneficiarios. Sus libros son la certeza de que estará entre nosotros por siempre.
(El poeta Rafael Vargas despide al poeta invidente.Nota tomada del sitio "apro".)
sábado, 2 de febrero de 2013
Szymborska, mecenas inusitada
Sabemos lo que algunos ganadores del Nobel de Literatura hicieron con el dinero del premio. Yeats se compró una jaula de oro para los cincuenta canarios que tenía en su estudio y luego invirtió el dinero en valores seguros de Bolsa. García Márquez metió el dinero en un banco suizo. Samuel Beckett -cuya mujer exclamó «¡Qué catástrofe!» al oír la noticia del premio- destinó el dinero a obras de beneficencia y a ayudar a escritores necesitados, en especial a Djuna Barnes, que por entonces vivía en la miseria en un apartamento de Greenwich Village, y al joven y casi desconocido B. S. Johnson. De Cela sabemos que se compró una casa en Guadalajara, y de otros escritores podemos imaginar que se compraron casas en otros sitios: en París, en Nueva York, o quizá en Venecia o en la Costa Azul.
Hasta ahora parecía que Beckett había sido el único ganador que dedicó el dinero a ayudar a otros escritores. Pero justo ahora, cuando se cumple un año de la muerte de Wislawa Szymborska, se ha sabido que la poeta polaca también donó una parte importante del dinero del Nobel, que ganó en 1996, a ayudar a otros escritores en apuros.
Primero se compró un piso con ascensor en el mismo barrio de Cracovia donde vivía, ya que antes había vivido en un cuarto piso sin ascensor. Y luego le pidió a su secretario que fuera donando el dinero restante a la gente del mundillo literario: poetas, traductores, revistas literarias o incluso editores en crisis (será mejor no imaginar los candidatos que tendría ahora ese dinero en España). La única condición que puso Szymborska fue que todo debía hacerse en secreto. Si algo le disgustaba, era que la tomaran por una especie de «hada madrina» que se podía permitir el lujo de ayudar a los demás. Y si algo le disgustaba -podemos añadir nosotros- es que todo el mundo hablara de ella como una persona «comprometida» o «solidaria».
Todo esto lo ha revelado el joven poeta Michal Rusinek, que fue secretario de Szymborska y ahora preside la fundación que lleva su nombre. Parece ser que Szymborska eligió a Rusinek por su sentido del humor, ya que la poeta no soportaba convivir con nadie que no lo tuviera.
El trabajo de Rusinek consistía en declinar muy educadamente todas las ofertas de viajes y de entrevistas, ya que la poeta odiaba moverse de su ciudad. Por suerte, Rusinek logró convencer a Szymborska para que se dejara entrevistar en unas pocas ocasiones, y gracias a ello hemos podido leer sus opiniones, que están a la altura de sus maravillosas reseñas de libros recogidas en «Lecturas no obligatorias» (Alfabia). «Ya viajaré cuando sea más joven», solía decir al rechazar una invitación. O bien: «Cuando escribo siempre tengo la impresión de que alguien está detrás de mí haciendo muecas. Por eso huyo, todo lo que puedo, de las grandes palabras».
Es bueno saber que Szymborska también supo huir de las grandes palabras cuando quiso ayudar a sus colegas en apuros. Y que lo hiciera sin muecas ni gestos grandilocuentes, como tantos y tantos actores mediocres gesticulando en un escenario.
(nota de Eduardo Jordá copiada y pegada del sitio "abc".)
martes, 26 de junio de 2012
Una parvada de poemas
El festival de poesía más multitudinario de la historia, el Poetry Parnassus de Londres, inaugurará con el sexto bombardeo de poemas del colectivo chileno Casagrande liderado por los poetas Cristóbal Bianchi, Julio Carrasco y José Joaquín Prieto en colaboración con el Southbank Center: cien mil marcapáginas con 300 poemas de 300 poetas contemporáneos de 200 países caerán a las 21 horas del 26 de junio de 2012. Los poemas serán lanzados desde un helicóptero sobre el parque Jubilee Garden en el centro de Londres.
La intervención incluye poemas de 70 poetas en castellano provenientes de Chile, Argentina, Bolivia, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragüa, Panamá, Perú, Puerto Rico, España, Uruguay y Venezuela.
Algunos de los poeta son: Christian Aedo, Claribel Alegría, Andrés Anwandter, Santiago Barcaza, Gustavo Barrera, Gioconda Belli, Javier Bello, Camilo Brodsky, Juan Carreño, Rocío Cerón, Lucy Cristina Chau, Lia Colombino, Bruno Cuneo, Vanessa Droz, Julio Espinosa, Héctor Figueroa, Andrés Florit, Cristian Gómez, Marcelo Guajardo, Victoria Guerrero, Raúl Henao, Carlos Henrickson, Antonia Hernández, Jaime Huenún, Paulo Huirimilla Oyarzo, Ana Istarú, José-Pablo Jofré, Carmen Matute, Adán Méndez, Hernán Miranda, Roxana Miranda Rupailaf, Melisa Machado, Rodrigo Olavarría, Mayra Oyuela, Marcela Parra, Marcelo Pellegrini, Pedro Pérez Sarduy, Beverly Pérez Rego, David Preiss, María Soledad Quiroga, Alejandra del Río, Matías Rivas, Juan Cristóbal Romero, Mirta Rosenberg, Úrsula Starke, Eli Tolaretxipi, Antonia Torres, Macarena Urzúa y Santiago Vizcaíno.
También caerán del cielo poemas de importantes invitados al festival como Jo Shapcott (Gran Bretaña), el Nobel Seamus Heaney (Irlanda), Wole Soyinka (Nigeria), al laureado Kay Ryan (USA) y Bill Manhire (Nueva Zelanda).
El primer bombardeo de Casagrande se realizó en Santiago de Chile sobre el palacio del gobierno, La Moneda (2001); le siguieron: Dubrovnik (2002), Guernica (2004), Varsovia (2009) y Berlín (2010).
En el marco de los Juegos Olímpicos 2012 y organizado por el Southbank Center del 26 de junio al 1° de julio de 2012, en el festival Poetry Parnassus participarán poetas, raperos, performers o cantautores de las 204 naciones olímpicas y presentarán su obra en más de 50 idiomas, incluyendo: Goun (Benín), Wolof (Gambia), Amharico (Etiopía), Criollo Haitiano, Maorí y Kazako.
Inspirándose en el Monte Parnaso de Grecia, tierra mítica y espiritual de la poesía, hogar de Orfeo y lugar de residencia de la musa poesía, el Poetry Parnassus se hace eco de las Epinicianas, poesías encargadas como parte de los antiguos Juegos Olímpicos.
(¿No es muy descabellado suponer que la idea de lanzar poemas desde un artefacto aéreo, en Chile, haya surgido a raíz de la aparición de una de las mejores novelas de Roberto Bolaño, "Estrella distante", aparecida en el año 1996, en que el personaje principal, un nazi, "escribía" versos en el aire? Nota en Abc en línea. Dibujo en "archivo bolaño".)
jueves, 3 de mayo de 2012
Premian a Ernesto Cardenal
El nicaragüense Ernesto Cardenal obtiene XXI Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Este premio, dotado con 42.100 euros, se suscribe en el marco de cooperación cultural entre Patrimonio Nacional y la Universidad de Salamanca.
Ernesto Cardenal Martínez (Granada, Nicaragua, 1925) es un sacerdote católico, político, escultor y escritor famoso por su obra poética, por la que ha sido galardonado, entre otros, con el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda en 2009. Además, en abril de 2010 fue elegido miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
Este premio tiene como objetivo reconocer el conjunto de la obra de un autor vivo que, por su valor literario, constituye una aportación relevante al patrimonio cultural común de Iberoamérica y España.
Entre los ganadores de este galardón anual se cuentan el chileno Gonzalo Rojas (1992) el madrileño José Hierro (1995) el asturiano Ángel González (1996) el uruguayo Mario Benedetti (1999) el catalán Pere Gimferrer (2000), el argentino Juan Gelman (2005), el valenciano Francisco Brines (2010) o la cubana Fina Garcia.
(nota en El Mundo en línea.)
Ernesto Cardenal Martínez (Granada, Nicaragua, 1925) es un sacerdote católico, político, escultor y escritor famoso por su obra poética, por la que ha sido galardonado, entre otros, con el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda en 2009. Además, en abril de 2010 fue elegido miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
Este premio tiene como objetivo reconocer el conjunto de la obra de un autor vivo que, por su valor literario, constituye una aportación relevante al patrimonio cultural común de Iberoamérica y España.
Entre los ganadores de este galardón anual se cuentan el chileno Gonzalo Rojas (1992) el madrileño José Hierro (1995) el asturiano Ángel González (1996) el uruguayo Mario Benedetti (1999) el catalán Pere Gimferrer (2000), el argentino Juan Gelman (2005), el valenciano Francisco Brines (2010) o la cubana Fina Garcia.
(nota en El Mundo en línea.)
sábado, 18 de diciembre de 2010
HIJO DE POETAS
Montevideo.(EFE).- El cantautor español Joan Manuel Serrat recibió hoy un emotivo y "envidioso" homenaje de sus amigos uruguayos, que le entregaron el primer premio "Memoria del Fuego", instaurado por la revista Brecha, fundada por el escritor Eduardo Galeano.
El catalán recibió el premio, creado para distinguir a los creadores iberoamericanos más destacados por su trayectoria artística y social, durante la celebración del 25 aniversario de la publicación en el histórico teatro Solís de Montevideo.
Ante un abarrotado teatro, Galeano presentó al intérprete con un solemne "yo envidio a Serrat", que justificó aduciendo que "se trata de un hombre cuyas canciones vuelan".
A su vez, el músico festejó el premio sobre todo por la oportunidad que le ofreció para agradecer "lo recibido de Uruguay", país al que enseñaron a querer "muchos hombres y mujeres a lo largo de los años" como Mario Benedetti, Alfredo Zitarrosa o el propio Eduardo Galeano.
Mañana el cantante presentará en el país el espectáculo "Hijo de la luz y de la sombra", en el que ofrecerá "un nuevo manojo" de los poemas del alicantino Miguel Hernández, según explicó en una rueda de prensa el propio Serrat antes de recibir el premio.
"Soy un transmisor de la obra de Miguel Hernández, es el papel que me propuse jugar", aseguró Serrat.
En "Hijo de la luz y de la sombra", el músico recupera ese rol que él mismo se comenzó a imponer en 1972, cuando puso música a diez de los poemas de Hernández para crear canciones tan míticas como "Para la libertad" o "Nanas de cebolla".
El espectáculo que presentará en Uruguay será una propuesta "sumamente dramática", que comenzará con las nuevas versiones de los poemas de Hernández para más tarde arrancar con los clásicos que musicalizó en los años 70 en un disco llamado como el poeta.
A pesar de las cuatro décadas que separan un disco de otro, las canciones "acaban hermanando muy bien", de tal forma que el público termina entendiendo "perfectamente" el sentido del proyecto, que en un principio iba a ser su forma de "sumarse a los festejos" por los cien años del nacimiento del poeta.
"Primero lo que quería era repasar lo que había hecho y empecé a enfrascarme en el trabajo del 72, pero luego me engolosiné y me enfrasque en las nuevas versiones", contó el músico a la prensa uruguaya.
Serrat además se confesó un "enamorado" de Uruguay, el "paisito", donde se siente "siempre igual de a gusto", "arropado" por un público con el que ya tiene una relación de cuarenta años.
(Cuando salió a la luz "Cantares" te enamoraste de Antonio Machado y de Joan Manuel Serrat, del primero porque escribió "Ese hombre del casino provinciano", y del otro porque era hermoso y parecía la musa de cualquier principiante de la versificación. Más adelante, siglos acaso, te enteraste que Serrat pertenece a la estirpe de los cantantes que enferman pronto y mueren pronto: tienes en la punta de la lengua a varios mexicanos pero puede que resulte una falsa profecía. Por eso elevas una oración improvisada por Enrique Morente. Nota de Efe retomada por El Mundo y el blog Los Lavaderos.)
El catalán recibió el premio, creado para distinguir a los creadores iberoamericanos más destacados por su trayectoria artística y social, durante la celebración del 25 aniversario de la publicación en el histórico teatro Solís de Montevideo.
Ante un abarrotado teatro, Galeano presentó al intérprete con un solemne "yo envidio a Serrat", que justificó aduciendo que "se trata de un hombre cuyas canciones vuelan".
A su vez, el músico festejó el premio sobre todo por la oportunidad que le ofreció para agradecer "lo recibido de Uruguay", país al que enseñaron a querer "muchos hombres y mujeres a lo largo de los años" como Mario Benedetti, Alfredo Zitarrosa o el propio Eduardo Galeano.
Mañana el cantante presentará en el país el espectáculo "Hijo de la luz y de la sombra", en el que ofrecerá "un nuevo manojo" de los poemas del alicantino Miguel Hernández, según explicó en una rueda de prensa el propio Serrat antes de recibir el premio.
"Soy un transmisor de la obra de Miguel Hernández, es el papel que me propuse jugar", aseguró Serrat.
En "Hijo de la luz y de la sombra", el músico recupera ese rol que él mismo se comenzó a imponer en 1972, cuando puso música a diez de los poemas de Hernández para crear canciones tan míticas como "Para la libertad" o "Nanas de cebolla".
El espectáculo que presentará en Uruguay será una propuesta "sumamente dramática", que comenzará con las nuevas versiones de los poemas de Hernández para más tarde arrancar con los clásicos que musicalizó en los años 70 en un disco llamado como el poeta.
A pesar de las cuatro décadas que separan un disco de otro, las canciones "acaban hermanando muy bien", de tal forma que el público termina entendiendo "perfectamente" el sentido del proyecto, que en un principio iba a ser su forma de "sumarse a los festejos" por los cien años del nacimiento del poeta.
"Primero lo que quería era repasar lo que había hecho y empecé a enfrascarme en el trabajo del 72, pero luego me engolosiné y me enfrasque en las nuevas versiones", contó el músico a la prensa uruguaya.
Serrat además se confesó un "enamorado" de Uruguay, el "paisito", donde se siente "siempre igual de a gusto", "arropado" por un público con el que ya tiene una relación de cuarenta años.
(Cuando salió a la luz "Cantares" te enamoraste de Antonio Machado y de Joan Manuel Serrat, del primero porque escribió "Ese hombre del casino provinciano", y del otro porque era hermoso y parecía la musa de cualquier principiante de la versificación. Más adelante, siglos acaso, te enteraste que Serrat pertenece a la estirpe de los cantantes que enferman pronto y mueren pronto: tienes en la punta de la lengua a varios mexicanos pero puede que resulte una falsa profecía. Por eso elevas una oración improvisada por Enrique Morente. Nota de Efe retomada por El Mundo y el blog Los Lavaderos.)
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