sábado, 25 de abril de 2015

José Watanabe (1945/2007 )

Tres piedras blanquecinas sobre la arena



Tres piedras blanquecinas sobre la arena.
Un hombre vino y se sentó en una de ellas, cansado.
Miró a las otras dos sin intención, sólo posó sus ojos
en su superficie como en al aire.
Su mente estaba flotando en una hora antigua.

No escogidas para contemplar, miradas
sin ideas, las piedras
no iban a ser recordadas nunca por ese hombre.
Cuando se fue,

las tres siguieron inmaculadas sobre la arena.


("otra iglesia es imposible")

viernes, 24 de abril de 2015

Carlos Marzal (1961 )

Cálculos infinitesimales

La luz de esas estrellas ya ha ocurrido.
En una lejanía inapropiada
para nuestra penosa sensatez,
Ya han muerto las estrellas que miramos.
Millones de millones años luz,
agujeros del tiempo inconcebibles,
la confabulación de la energía,
más allá de cuanto nos resulta soportable
en una aterradora fiesta sin nosotros.
Todo el escrupulosos asombro de la ciencia
parece que conduce hasta este asombro
con que contempla el cielo un ignorante.
Según nos dicen, hay que seguir viviendo
cercados de preguntas sin respuestas.
Nuestras lentes exploran las galaxias
y nuestra pequeñez sólo es tangible
en el inmaculado abismo de los números,
en el sagrado horror
de cálculos infinitesimales.

¿Hacia dónde conducen estas cavilaciones
de aturdido astrofísico? Estas cavilaciones
no conducen.Estas cavilaciones ya han estado,
ya han sido desde mí en otro yo que ha muerto
en la distancia. Todo lo que refulge es luz marchita.
Ser es un fui que n no soy yo contempla
desconcertado desde un planeta ajeno.
La Historia y el futuro han sido para siempre
y acosan desde lejos, ya ocurridos.
La vida es la nostalgia incorregible
de habitar un rincón del firmamento
que sólo se ha erigido en el pasado
y cuyo planiferio hemos perdido.

Así que cuando te amo ya te he amado.
El dolor que te causo y que me causas
es un dolor tan viejo que no duele,
aunque puedas pensar que está doliéndonos,
y ese fuego eucarístico en el que me consumo
es un simple capricho de las cronologías,
un voluntario error de apreciación
con respecto al pasmoso suceder de las cosas.
Nuestra felicidad ya no nos pertenece,
vivimos de prestado en lontananza,
que es el inconcebible tiempo de las constelaciones.
La perpetua ordalía de tu cuerpo
es el altar de una ciudad hundida
en donde los ahogados de mí mismo
aún mantienen un culto que ha perdido a sus fieles.
El temblor de quererte, el estremecimiento
de coincidir contigo en esta nada
quizá es una ilusión de mi memoria astral.
Y el caso es que no importa.
No importa que no podamos ser, porque hemos sido;
no importa que en ti no pueda estar, porque ya estuve,
no importa si lo que ya ha acabado nunca nace.
Me incumbe la conciencia del álgebra celeste
y en lugar de alejarme de ti los números me acercan.
No puedo comprender esas distancias
y aunque las comprendiera no las vivo.
Hay una plenitud crepuscular
en la conspiración del universo
para que no nos encontremos tú y yo.
Ya no concibo una embriaguez más grande
que ese convencimiento con que irradias
la falsa luz de las estrellas muertas.


("poética y poesía", fundación juan march, madrid, 2005)

jueves, 23 de abril de 2015

Constantino Cavafis (1863/1933 )

Los caballos de Aquiles

Cuando vieron muerto a Patroclo,
tan valiente, tan fuerte y tan joven,
los caballos de Aquiles prorrumpieron en llanto;
su inmortal condición se indignó
ante la obra de la muerte que veían.
Alzaron su cabeza, sacudieron las largas crines,
golpearon el suelo con las patas, y lloraron
a Patroclo, a quien sentían inánime —destruido—
una carne abyecta ahora —el espíritu disipado—
indefenso —sin aliento—
hacia la inmensa Nada vuelto desde la vida.

Zeus vio las lágrimas de esos inmortales
caballos y sintió lástima. “En las bodas de Peleo”,
dijo, “no he debido actuar tan irreflexivamente.
Habría sido mejor no haberos regalado,
infelices caballos. ¿Qué ibais a hacer allí,
entre esos pobres seres, juguetes del destino?
A vosotros que estáis libres de la muerte y la vejez,
os atormentan calamidades pasajeras. En sus apuros
el hombre os ha atrapado”. Pero sus lágrimas,
por la calamidad eterna de la muerte,
seguían derramando los dos nobles animales.

1897


("otra iglesia es imposible", versión: francisco rivera)

miércoles, 22 de abril de 2015

Eloy Sánchez Rosillo (1948 )

Una muchacha


Ha salido, tal vez, de su casa hace un rato.
No va a ninguna parte. Da gusto, en primavera,
pasear a estas hora sin rumbo, mientra cae
la tarde lentamente y vuelan los vencejos
en la luz que declina. Ha estado en un jardín;
pasó por una plaza y por una alameda.
Tiene ganas de andar.
                                   Ahora, el azar la trae,
despacio, hasta mi calle. Yo, aburrido, me asomo
a un balcón de mi casa, y, al mirar hacia abajo,
la veo venir. Tendrá veinte años apenas.
Camina con la gracia que regala la vida
a quien es bello y joven: gloria breve del cuerpo;
milagro de lo efímero, que cifra en su relámpago
visos de eternidad.
                              Ajena a mi mirada,
se va acercando. El oro del sol último brilla
en su piel, en sus ojos, en el dulce desorden
oscuro de su pelo. En este instante, cruza
de una acera a la otra. No sabe que la observo,
que su fugaz presencia me hace feliz. Muy pronto
pasará por la puerta de la casa en que vivo.
Ya llega. Ya ha pasado. Y sigue. Y va alejándose.
Dentro de unos momentos doblará aquella esquina.

                                                                                    (de Autorretratos)

("poética y poesía", fundación juan march, madrid, mmv)

martes, 21 de abril de 2015

Philip Blake Morrison (1950 )

Contra dietas


Por favor, amor, basta de dietas.
Ya leí los textos de por qué
ayuda a la autoestima. Te he observado
corriendo en plazas y sudando en cintas.
Me despojé de unos kilos yo también.
Pero basta. ¿Qué son unos rollitos
entre amigos? Por dos kilos
no vale luchar tanto.
Estoy hasta acá de las sin sal.
Llegué a cuestionar la premisa.
Míralo desde mi punto de vista,

quiero más, no menos, de ti.


("la biblioteca de marcelo leites", trad. de andrew graham yooll)

lunes, 20 de abril de 2015

Luis García Montero (1958 )

Hay aviones que despegan desde ningún lugar
Y que aterrizan en ninguna parte

Nadie puede bañarse en lágrimas dos veces
en el mismo aeropuerto.

En la bandeja pongo
el reloj, la cartera, el teléfono móvil
y el cinturón. De golpe
las ordenanzas de seguridad
ayudan a entender la despedida.

Y nada es decisivo,
nada quiere importarme,
ni el fracaso del lunes, ni el misterio del sábado
con sus torpes vestidos melancólicos,
ni el sol de las agendas perdidas en la nieve.
Todo da igual, insisto,
respeten mi insistencia.

No es grave la aduana.
El reloj que me piden y devuelvo
ha sabido esperar en todas las esquinas
de la ciudad, en los amaneceres
cuando fue necesario levantarse,
y en el último tren,
y en los bares cerrados.

La cartera que entrego no guarda documentos
sino un barrio con álamos y niños escondidos,
la luz en los cristales de un balcón
y las primeras cartas mojadas por la lluvia,
ese agua de ayer que no deshace
letras ni direcciones en los sobres.
No es grave la memoria.

Tampoco se han quejado
los números borrosos del teléfono,
porque detrás no existe un restaurante,
un puesto de trabajo, un domicilio.
Ya no cuentan los mapas navegables
en los días de siempre,
y las voces que quedan van conmigo.

No es grave el cinturón. Estoy desnudo,
respeten mi desnudo sin espejo,
y sin manos de nadie,
y sin besos primero al abrir los botones,
y sin piel conocida al lado de mi piel.
Tan sólo dos colmillos sobre mi identidad,
dos heridas pequeñas en el cuello.

La luna me interroga,
¿quién soy yo?,
perdonen mi insistencia,
y no sé contestarle.

Nadie puede bañarse en lágrimas dos veces
en el mismo aeropuerto,
porque siempre hay aviones que despegan
desde ningún lugar

y que aterrizan en ninguna parte.


("apología de la luz")

domingo, 19 de abril de 2015

CABALLOS DESBOCADOS

                             Uriel Martínez

Preámbulo.
En alguna obra de algún cronista de Indias se afirma que cuando los aborígenes vieron al español montado sobre un caballo, supusieron que uno y otro eran un solo cuerpo. Pero no se sabe, yo al menos, si de esa observación surja la imagen del Centauro, presente en la historia de México con la figura del legendario Pancho Villa. En todo caso la estampa del Minotauro procede de otra vertiente, Grecia, que más tarde desembocará en los dibujos eróticos de Picasso. En cualquier caso, la presencia del caballo proviene de muy lejos, animal martirizado que un día le provocará la locura y la muerte por piedad a Nietszche. Hasta que llegamos a la literatura del siglo XX. Aquí unos botones de muestra  arbitraria.


1.
En las antiguas teogonías, órficas o persas, el visitante es el muerto. El espíritu de la visita está íntimamente entrelazado con la ausencia, por la muerte de algún familiar. Ahora bien, el que llega no es el esperado, sino el caballo que con sus cascos toca a la puerta. Ambas cosas son imposibles, pero su simple potencialidad en la imagen basta para crearle su gravitación. Esperábamos al muerto, que desde luego no vendrá, pero el caballo comienza a golpear la puerta con sus cascos, cosa que tampoco sucederá, pero en ambas inexistencias es posible crear la realidad del terror del caballo como mensajero o trasladador de las dos esferas.

 (José Lezama Lima, Tratados en La Habana.)

2.
Por estas calles camino yo y todos los que humanamente caminan

por esencia me siento un completo animal, un caballo salvaje

que trota por la ciudad alocadamente sudoroso que va pensando

muy triste en ti muy dulce en ti, mis cascos dan contra

el cemento de las calles. Troto y todo el mundo trata

de cercarme, me lanzan piedras y me lanzan sogas

por el cuello, sogas por las patas, me tienden toda clase

de trampas, en un laberinto endemoniado donde los hombres

arman expediciones para darme caza armados con perros policías

y con linternas, y cuando esto sucede mis venas se hinchan

y parto a la carrera a una velocidad jamás igualada

por los hombres, vuelo en el viento y vuelo en el polvo.

( Jorge Pimentel, Balada para un caballo, fragmento)

3.
Al contemplar a Patroclo asesinado/ -tan valeroso, fuerte y joven-/ los caballos de Aquiles empezaron a llorar:/ su naturaleza inmortal se estremeció/ ante la obra de la muerte que veían./ Cimbreaban la cabeza, agitaban las largas crines/ y hacían remecer la tierra con sus cascos;/ se lamentaban por Patroclo/ al verlo inerte -aniquilado-/ tan solo su cruel despojo -su espíritu perdido-/ indefenso -ya sin hálito-/ fundirse en la Gran Nada, arrancado de la vida.

(Constantino Cavafis, Los caballos de Aquiles, fragmento)

4.
Sólo brinqué el lienzo de piedra que últimamente mandó poner mi padre. Hice que el Colorado lo brincara para no ir a dar ese rodeo tan largo que hay que hacer ahora para encontrar el camino. Sé que lo brinqué y después seguí corriendo; pero, como te digo, no había más que humo y humo y humo.

(Juan Rulfo, Pedro Páramo)

5.
Reconocí a los equinos,
uno de ellos tenía voz humana y profética.
El héroe tomó las bridas,
hincó las espuelas y lanzó hacia adelante
su juventud divina.

Corceles sagrados, el destino
los hizo indestructibles
al poner en su frentes negrísimas
-para conjurar miradas sacrílegas-
como talismán
un enorme y purísimo lucero.

(Anghelos Sikelianós, Los caballos de Aquiles, fragmento. )


6.
¿Surgió de bajo tierra?
¿Se desprendió del cielo?
Estaba entre los ruidos,
herido,
malherido,
inmóvil,
en silencio,
hincado ante la tarde,
ante lo inevitable,
las venas adheridas
al espanto,
al asfalto,
con sus crenchas caídas,
con sus ojos de santo,
todo, todo desnudo,
casi azul, de tan blanco.

Hablaban de un caballo.
Yo creo que era un ángel.

(Oliverio Girondo, Aparición urbana)