martes, 21 de octubre de 2014

Gloria Fuertes (1917/1998 )

Hoy no me atrevo


Hoy no me atrevo a pisar por tu postigo
por si inquieto tus piedras y mis brazos me duelen.
No me atrevo a buscar por tus ojos
por si no hallo en ellos lo que busco.
No, no tengo valor para peinarte
y apenas puedo encontrarte en el pasillo.
Déjame tus manos…
es sólo para contar tus dedos.
Permíteme tu alma,

es sólo para tomar medidas.


(fuente: "cómo cantaba mayo en la noche")

lunes, 20 de octubre de 2014

Argentina: narrativa 1950

"Hágase la luz": Witold

1.
En el principio está Gombrowicz. Es imposible no visualizar al escritor polaco radicado en Argentina como un actor que da cuenta del peronismo al iluminar literariamente a los jóvenes de cabellera negra, piel aceite-ladrillo, boca color tomate y dentadura deslumbrante. En gran parte de su obra, entre la que destacan su Diario argentino o Trasatlántico, sus personajes se desplazan en vagabundeo homosexual por la estación de trenes de Retiro y sus inmediaciones, el puerto y el barrio que están colmados en ese entonces por representantes de la Argentina del “interior”, los “cabecitas negras” sobre los cuales el peronismo arbitrara su discurso redentor. Gombrowicz compara a estos jóvenes obreros con las melodías de Mozart, a los mozos de los bares porteños con Rodolfo Valentino, alaba la belleza indígena de los muchachos santiagueños y se queja extasiado de que las espaldas desnudas, la cabeza rizada, negra, la mirada y la sonrisa de los efebos argentinos son el veneno que lo intoxican. En sus caminatas nocturnas por esos caminos, Gombrowicz o sus personajes vagan para hallar a la juventud masculina, lumpen, baja y bella en la cual Jorge Luis Borges o Adolfo Bioy Casares no encuentran ningún encanto y en la que para el escritor polaco se cifra el destino de la Argentina. Y así, evocando el 17 de Octubre Borges y Bioy Casares escriben el canto del gorilaje “La fiesta del Monstruo”, con sus multitudes de seres abyectos, pies planos, basura genética a la que se recoge en un camión y se la arroja a Plaza de Mayo. Gombrowicz: una galería de varones hermosos, trabajadores o lúmpenes, caldo de cultivo de una revolución si no son captados por el fascismo.

2.
Hasta tal punto los sucesos del ’45 son cruciales para el imaginario cultural homoerótico que el que es considerado el primer cuento gay argentino, “La narración de la historia” (1959), de Carlos Correas, relata el encuentro de un joven burgués y estudiante de derecho con un lumpen, morochito, santafesino de 17 años, con quien tiene relaciones sexuales en un baldío después de conocerlo en la calle. Más tarde, a pesar del éxtasis que supuso la relación amorosa, el burgués deja plantado al morochito motivado por un prejuicio de clase. Desde entonces, estudiantes o burgueses y cabecitas negras se acoplarán eróticamente con invariable suerte en la novelística gay argentina: en La boca de la ballena (1973), de Héctor Lastra un joven aristócrata se enamora y fantasea con un villero peronista pero no concreta sus fantasías y finalmente se hace violar por un linyera; en La invasión (1967), de Ricardo Piglia, el macizo y grandote Celaya somete sexualmente a un “morochito” débil consumido en una prisión, quizá como metáfora política de la represión ejercida contra el peronismo en los años que siguieron a la autodenominada Revolución Libertadora o como metáfora de la sumisión al jefe paternalista y demagógico. También, en cierta forma, en nombre del peronismo y de las consignas peronistas se acoplan sindicalistas, las bases, la JP en esa orgía de sexo, violencia y muerte que se relata en “El fiord” (1973), de Osvaldo Lamborghini. Se define como puto y peronista el Nene Brignone, que junto con su amante el Gaucho Dorda realizan el acto épico-heroico de quemar la plata en Plata quemada (1997), de Ricardo Piglia.


(Aunque usted no lo crea, en el artículo de Adrián Melo, "Los putos en la fuente", 17.X.2014, no se cita ninguna obra de Manuel Puig, autor muy anterior a la novelística y narrativa de Piglia.)

domingo, 19 de octubre de 2014

Gonzalo Arango (1931/1976 )

La salvaje esperanza


Eramos dioses y nos volvieron esclavos.
Eramos hijos del Sol y nos consolaron con medallas de lata.
Eramos poetas y nos pusieron a recitar oraciones pordioseras.
Eramos felices y nos civilizaron.
Quién refrescará la memoria de la tribu.
Quién revivirá nuestros dioses.
Que la salvaje esperanza sea siempre tuya,

querida alma inamansable.



(fuente: blog "la biblioteca de marcelo leites")

sábado, 18 de octubre de 2014

Carlos Marzal (1961 )

La lluvia en Regent´s Park


Debe de estar lloviendo en Regent's Park
Y una suave neblina hará que se extravíe
la hierba en el perfil del horizonte,
los robles a lo lejos, las flores, los arriates.
Pausada, compasiva, descenderá la lluvia
hoy sobre el corazón de la ciudad,
su angustia, su estruendo,
sobre el mínimo infierno inabarcable
de cada pobre diablo.
Igual que aquella tarde en la que fui feliz,
igual que aquella lluvia
que me purificó, caritativa.


En las horas peores,
cuando el desierto avanza,
y no hay robles, ni hay hierba, cuando pienso
que no saldré jamás del laberinto,
y siento el alma sucia,
y el cuerpo, que se arrastra,
cobarde, entre la biografía,
la lluvia, en el recuerdo, me limpia, me acaricia,
me vuelve a hacer aún digno,
aún merecedor
de algún día de gloria de la vida.
La amable, la misericordiosa,
la dulce lluvia inglesa.


(fuente: "rua das petras")

viernes, 17 de octubre de 2014

Eugenio Montejo (1938/2008 )


Esta tierra

Esta tierra jamás ha sido nuestra,
tampoco fue de quienes yacen en sus campos
ni será de quien venga.
Hace mucho palpamos su paisaje
con un llanto de expósitos
abandonados por antiguas carabelas.
Esta tierra de tórridas llanuras
llevamos siglos habitándola y no nos pertenece.
Quienes antes la amaron ya sabían
que no basta pagarla con la vida
o fundar casa en sus montes
para un día merecerla.
Y sin embargo hasta el final permanecieron,
nunca desearon otra visión para sus ojos
ni otro solar para su muerte.
En ella están dormidos y hablan a solas,
a veces se oyen,
alzan sus voces en medio del follaje
y el viento las dispersa.
No serán nuestros sus vastos horizontes,
ninguna gota de sus ríos,
de quienes la pueblen después,
fue ajena siempre en cada piedra,
en cada árbol.
Demasiado verde son los bosques
de sus espacios sin nieve.
Sus colores desnudan las palabras;
en nuestras charlas siempre se delatan
sonidos forasteros.
Esta tierra feraz, sentimental, amarga,
que no se deja poseer,
no será de nosotros ni de nadie
pero hasta en la sombra le pertenecemos.
Ya nuestros cuerpos son palmas de sus costas,
aferrados a indómitas raíces,
que no verá nunca partir
aunque retornen del mar las carabelas.


(fuente: "caína bella")

jueves, 16 de octubre de 2014

Juan Rodolfo Wilcock (1919/1978 )

El vanidoso



   Fanil tiene la piel y los músculos transparentes, tanto que se pueden ver los distintos órganos de su cuerpo, como encerrados en una vitrina; algunos aparentemente en reposo, otros animados de un ritmo peculiar, pero en realidad todos en continua y secreta actividad; lo que, por una serie de motivos, lo vuelve extremadamente desagradable. Sobre todo porque Famil ama exhibirse, y exhibir sus vísceras: recibe a los amigos en traje de baño, se asoma a la ventana con el torso desnudo, se acuesta en el sillón, primero panza abajo, después panza arriba, para que todos puedan admirar el funcionamiento de sus órganos, el color rojo del corazón, el color violeta del hígado, el gris verdoso de los intestinos y el amarillo de ciertas glándulas que ni siquiera él sabe cómo se llaman. Los dos pulmones se inflan como un soplido, el corazón late, las tripas se contorsionan lentamente y la sangre, como un velo carmesí, corre y se vierte por doquier; él hace alarde de eso, y como al parecer goza de óptima salud, a sus amigos ni siquiera les queda el consuelo de descubrir en sus órganos los síntomas incipientes de alguna enfermedad atroz.

   Pero siempre es así: cuando una persona tiene una peculiaridad, en vez de esconderla, alardea y a veces llega a hacer de ella su razón de ser. Fanil bien podría vestirse como todos los demás: si se dejara crecer la barba, con un grueso par de anteojos oscuros, conseguiría quizá pasar inadvertido. Pero él tiene que exhibirse, como si después de todo no tuviésemos todos un corazón, un estómago y dos pulmones. Llegará el día, así al menos lo esperan sus amigos, en que alguien dirá: «Oye, ¿qué es esta mancha blanca que tienes aquí, debajo de la tetilla? Antes no estaba».Y entonces se verá adónde van a parar sus desagradables exhibiciones.


(fuente: "documenta mínima")

miércoles, 15 de octubre de 2014

Claribel Alegría (1924 )

Pequeña muerte


.
Fue una pequeña muerte
tu partida.
Una muerte pequeña que me crece
cuando imagino
a veces que estás cerca
y me obstino en dar vueltas
por las calles
y regreso a mi casa
con la lluvia
cayendo y me asalta tu voz
en la noche

sin horas.


(fuente: "rua das petras")