domingo, 11 de diciembre de 2016

Uriel Martínez (1950 )

Cómo me hice hermafrodita

                                    

a.
Yo no sé cómo. Un día me senté a escribir tiradas de líneas separadas como mi respiración, quebradas por mis balbuceos. Cuando hube terminado vi destellos como las plumas encrespadas de los gallos de pelea, eran plumas, juraría, tornasol. No sé qué descubrí primero, si mis primerizas inquietudes sexuales -con la aparición de los tempranos pelos del pubis, en axilas o labio superior-, o esa forma elemental y primitiva de expresarme por escrito. En algún cuaderno olvidado, en algún cajón, en alguna caja de zapatos, en algún fólder  han de reposar los primeros escritos pasados por los rodillos de aquella Olivetti prestada -primero- y luego adquirida para llevar conmigo como un lunar, un tic, una posesión secreta.

b.
Uno va por la vida como quien va y vuelve por los corredores de la Preparatoria, por los callejones silenciosos de la noche, a la vera del alcohol, la mariguana, los estanques de aguas negras, el sexo inmediato y anónimo. De esos episodios semiclandestinos a veces se concretan perlas, diamantes o enfermedades de transmisión sexual (ETS) intuidas, procuradas, encontradas. Cuando agotamos la carga de diábolos, volteamos, en la feria, a ver las figuras de lámina caídas; hacemos un recuento callado de los patitos muertos: José, Juan, Ricardo, Raúl, Mauricio, fueron abatidos por la enfermedad o cualquier otra aventura procurada, asediada, hostigada, intuida. Deseada, sí, deseada.

c.
Un día me dijeron: asiste a los talleres del décimo piso de Rectoría; y fuí, en las vacaciones escolares. Hubo pruebas de fuego, vicios de escritura evidenciados, deficiencias de lenguaje, lecturas no realizadas. Ahí escuché por vez primera el nombre de un desconocido, Fernando Pessoa, luego vinieron sus heterónimos; después Huidobro, Girondo, Vallejo, los metafísicos ingleses, qué sé yo. Y volví a esos talleres una y otra vez, a los amigos, a la ciudad que me esperaba. Me inscribí en Letras Hispánicas, al tiempo que trabajaba medio día en alguna parte. En el taller de novela leí Orlando, que un día despierta trocado en el otro; descubrí la capacidad camaleónica del escritor, la voz andrógina del creador, el Cástor y el Pólux que habita en él.

d.
Ya no aspiraba a encontrar aquellas envolturas de chicles y caramelos que el niño pasaba por la flama y aparecía una leyenda, una frase, una profecía; ya no procuraría aquellos papelitos que el ave del Pajarero saca de una caja y la extiende con un destino, cualquier medio día de mercado. El "pájaro de la suerte" que ilumina la mañana por un rato. Me avoqué a la lectura de Contemporáneos. Aunque muchos años después, saqué de la cajita que me extendió la Santa Muerte plateada, una tira de papel cuidadosamente impresa: lo leí y lo guardé en la billetera.


[Inédito]

4 comentarios:

Uriel Martínez dijo...

Me escribe de lejos alguien:


Chida prosa, maestro. Un pulso a lo confesional, sin caer en el baboseo enfático, nostálgico...
Abrazote

Y no respondo nada.

Uriel Martínez dijo...

Me dice ella, mi amiga:

El eterno romantico..........

Y no respondo nadita.

Pilar Alba dijo...

Cuánta verdad, cuánta

Cris Gamer dijo...

Ya estabas en el D.F. Ibas para Hispánicas. Como prosa poética, bien. Como biogrfía, le hacen falta datos. El golpe para los patitos muertos empezó poco después, ¿no? En fin, que tengas un buen fin de año.