domingo, 22 de enero de 2017

Uriel Martínez (1950 )

ÚLTIMA HORA. CIERRA LIBRERÍA

                                                para Layo y Janial                                          

1.
Cuando estaba por concretarse el proyecto de la librería "La Azotea", se me grabó lo dicho por un editor que fue de los primeros en escuchar la buena nueva, ¿Es el mejor momento para abrirla?, supuse que nunca llegará el momento ideal para echar a andar un proyecto independiente; y menos en un país sin lectores. Así que la abrí con la intención de amarrar contratos con proveedores que desconfían de ambulantes, manteros, pregoneros y otros. La idea original era abarcar, además de la distribución de libros no comerciales, música ajena al canon impuesto por los medios y películas de cine de autor, con la desventaja de que sólo obtenía un 10 por ciento de descuento en ambos géneros. CD y DVD. Pronto me percaté que era un error no especializarme en la venta de libros de texto, de autoayuda, de best-sellers, de metafísica, de yoga, de meditación, de aromaterapia, flores de Bach y de leyendas de Dogville. Pero el terco no quería repetir catálogos del librero-empresario; y siguió montado en su pegaso.

2.
Me bastaba saber que aunque ya fallecido, contaba con la simpatía del narrador amigo Severino Salazar, de quien no se distribuían sus libros en el primer cuadro de la aldea. Así que me entregué a vestir el espacio en alquiler aquel mes de agosto del año 2007. Aquí sendos grabados de Oliverio Hinojosa y Manuel Felguérez, allá dos fotos enmarcadas, tiestos con tierra negra, carteles del pintor Rufino Tamayo, Museo del Estanquillo, de películas acerca del asesino de John Lennon. En suma, un espacio espiritual según la observación de un amigo, Tapia. Me senté a esperar clientes y a leer, a explorar la internet donde abrí dos blogs de literatura. Tarde o temprano me percaté que daba lo mismo abrir a las diez o a las 13 horas, de todos modos llegaban: 1) aquellos que solicitaban apoyo para reliquias, una intervención quirúrgica delicada, un sepelio de un familiar o la oferta de un plan funerario de usted y los suyos, un contrato de equis cablera; y 2) aquellos que habían heredado una biblioteca del abuelo y les urgía deshacerse de los libros estorbosos y pesados y pedían a gritos que les comprara la herencia jamás deseda. "Pero La Azotea no es librería de viejo", me defendía. Así pasó una década, sin percatarme de la necesidad de renovarse o morir, de reinventar el negocio o de cerrar, llanamente.

3.
Las primeras rupturas se dieron con los proveedores de música y cine. Sucedió que en una feria del libro del pueblo en el espacio de la instancia cultural del gobierno (IZC), vi que ofertaban cintas del catálogo de uno de mis proveedores, a un precio inferior al mío. Llamé. Me explicaron que a raíz de un convenio -no comunicado con La Azotea- se acordó el envío de una dotación absoluta del catálogo. Me despedí con una mentada de madre a los de la distribuidora Zafra. Algo semejante sucedió con Zima, distribuidora que inundó las cadenas de supermercados con sus títulos; y después con una microempresa de Colombia. Me concreté a la venta de libros. Los stocks se reducían y, por ende, la gama clientelar.

4.
Desde antes de instalar la librería hubo aquellos que deseaban sofocar cualquier iniciativa propia. Mientras distribuía una revista editada en la ciudad de México, "Equis", quisieron arrebatarme la representación: con una llamada, que fue grabada y que luego escuché, denunciaron que la venta de suscripciones y al menudeo tenían un costo más alto. Posteriormente, ya instalada La Azotea, negociaron con Pentagrama la presentación de novedades musicales y videos en una librería del centro histórico. Me valió madres el ensayo de boicot y proseguí mi trabajo independiente, hasta el distanciamiento definitivo con la productora, quien ya había perdido con la separación del cantante Óscar Chávez del catálogo.

5.
El año 2016 fue fatal: dispuse de mis ahorros para la vejez hasta quemar las naves. No fue la primera y espero no sea la última, ya en la Comarca Lagunera -Coahuila y Durango-, había vivido una racha parecida. Viví años y meses al día. ¿Qué más da? La Azotea, libros de altura, se metamorfosea: ya es virtual.

6. Desde aquí, deseo que empresas que ofrecen suscripciones a un vasto catálogo de películas (DVD), lleven a la quiebra a mis exproveedores -Zafra y Zima e Ilanga-, me refiero a Netflix y Claro Video más las que se acumulen en la quincena.
                                                                                           Dogville, enero 2017

6 comentarios:

Ana María Salazar dijo...

Una historia ¿o biografía? muy triste y real de La azotea. Vamos!!!. Amigos, conocidos, clientes, lectores, simpatizantes y los que aparecen en edictos y comunicados."los abajo firmantes" Apoyemos otro proyecto!!!.MJ

Uriel Martínez dijo...

Mi compa de la Uni me escribe:

Una librería que cierra nos lleva a tiempos de don Porfirio o de don Benito Juárez. En la ciudad de Veracruz cerraron en los años pasados las pocas librerías que había y sólo quedó una que vende libros de texto a escuelas en épocas de inscripciones. Hay una sucursal de Trillas, que sólo vende libros de su marca. También quitaron las áreas que hubo en dos restaurantes VIPS, los únicos que hay. Quedan Sanborns y Liverpool, pero tú sabes que venden más libros traducidos de autores de EU y los escritores mexicanos no existen, no sólo de literatura sino de otras disciplinas.

Jaime Velázquez

Uriel Martínez dijo...


No pude colocar un comentario en la crónica de la Azotea. Piden más mamadas que las que las que se requieren para bañar al Papa Benedicto. Que si no soy un robot identifique las nalgas de su bisabuela, que marque a qué velocidad va el aire en unas fotos...pinches mamones.

H. Barrero dijo...

No hace falta que diga lo que siento el cierre de "La azotea". La consideraba un poco mia, aunque nunca estuve en ella. Aunque estuve. Supe del olor a libro, del silencio de la palabra, de la luz leyendo en la página de la espera, del librero mirando pasar la vida. Me llegaron marcalibros que ahora ya son historia. Una librería nunca cierra, aunque cierre: en alguna parte queda el recuerdo. Morimos un poco nosotros al no tener una azotea con libros de altura. El paisaje ha perdido luz.

serteco3 dijo...

Tiste, muy triste. Miles y miles de negocios quebrados por cambios en el mercado mundial y seguirá dándose irremediablemente. Se siente muy gacho tener que cerrar o traspasar por 3 cacahuates el bisnes. Mis más sinceras condolencias querido Uriel.

Uriel Martínez dijo...

Mi estimado Serteco 3: dicen que el pez grande se traga al chico. Nunca aspiré a ser pez sierra, ni ballena, ni tiburón, también ha habido Titanics que se hunden, como los grandes imperios, los grandes amores y las lenguas propias de imperios. Un gran abrazo.