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| Más de cien fotografías de indocumentados desaparecidos en México fueron exhibidas en Querétaro por familiares originarios de Honduras, El Salvador y Nicaragua para demandar apoyo para su localización. Con información de Notimex. Foto Reuters, tomada de Milenio. |
domingo, 6 de noviembre de 2011
Mamás de centroamericanos
Turquía: un caso de menor prostituida
La historia de N.Ç. empieza cuando dos mujeres se le aproximaron y le propusieron acostarse con hombres por dinero. Tras tener relaciones sexuales con 26 personas, entre ellas varios políticos, profesores y militares, decidió denunciarlo a la policía. Ocurrió en 2002 y N.Ç. tenía tan solo 13 años. Su caso ha escandalizado a la sociedad turca, no tanto porque ocurriera, sino porque la Corte Suprema de Apelación ha decidido esta semana reducir la condena de los 26 sospechosos. El motivo: “la niña dio su consentimiento a las relaciones” , de las que obtuvo dinero a cambio y era “consciente de sus actos” según el juez.
La sentencia de la Corte Suprema de Apelación turca, ratifica la decisión del juzgado local de Mardim, localidad kurda donde se cometieron los hechos. En esta región del sudeste turco, terriblemente patriarcal, los abusos a las mujeres tanto en forma de violencia doméstica o de crímenes de honor, son habituales. Según la Asociación de Defensa de los Derechos de la Mujer ROJ, tan solo en 2010 hubo 73 muertes por violencia doméstica y 113 mujeres se suicidaron por presiones familiares. Sin embargo, el caso de N.Ç. ha encendido las alarmas de las mujeres turcas que ven como la justicia ha fallado en protegerlas, una vez más.
Y es que llueve sobre mojado en la Corte Suprema de Apelación Hace pocos meses, un juez de la sala sugería que a los violadores se les podría reducir la condena si aceptaban casarse con su víctima. El chaparrón de críticas fue tal que el magistrado tuvo que retractarse de sus palabras, pero siguió en su puesto, a pesar de las insistentes demandas de las organizaciones feministas por que fuera relevado.
En el caso de N.Ç. nadie va a dar marcha atrás en la corte. En motivo legal, según la judicatura, es que el crimen se cometió en 2002, antes de la reforma del actual código penal -en 2005-, por lo cual debe ser juzgado con base en base la antigua legislación. En ella se estipula que si la menor consiente una relación sexual la pena por violación se reduce de 10 a 1 u 6 años de prisión, dependiendo el caso. Según el juez, la joven, que recibió dinero por sus favores, “era consciente de lo que sucedía”, o lo que es lo mismo , suficientemente madura para decidir sobre su cuerpo.
Zeyneb Gültekin, coordinadora de la plataforma de derechos humanos de la Fundación Heinrich Böll, denuncia que “la justicia lo que está intentando es limpiar los trapos sucios”. “Los jueces turcos admiten que su misión principal es proteger los intereses del Estado” asegura Gültekin. Se trata de una herencia del pasado kemalista que todavía está presente en ciertos sectores de la sociedad como el ejercito o la judicatura. “Casi todos los 26 imputados que violaron a la niña durante un año son funcionarios del estado: militares, profesores, políticos. Este caso particular refleja que sus intereses sobrepasan los de los ciudadanos, incluso cuando son víctimas”, asegura la investigadora.
Para Gültekin, que los crímenes se cometieran en el sudeste del país por funcionarios enviados desde Ankara es una muestra de la cooperación “secreta” entre oficiales turcos “tan común en una zona del país de mayoría kurda”. “La prensa explica que la joven tuvo que someterse a varias operaciones porque no podía sentarse correctamente. Ningún médico denunció el hecho, esto los hace cómplices y muestran que había mucha gente importante implicada”, explica. “Definitivamente el Estado ha fallado en proteger a sus mujeres, y a sus niños”.
El caso está ahora siendo investigado por la Corte Europea de Derechos Humanos. Todavía queda saber si cumple los requisitos para admitirlo a trámite. De hacerlo, engrosará la ya de por sí larga lista de causas turcas en el tribunal.
(nota editorial tomada del blog `mujeres`, autora Blanca López Arangüena, El País.)
La sentencia de la Corte Suprema de Apelación turca, ratifica la decisión del juzgado local de Mardim, localidad kurda donde se cometieron los hechos. En esta región del sudeste turco, terriblemente patriarcal, los abusos a las mujeres tanto en forma de violencia doméstica o de crímenes de honor, son habituales. Según la Asociación de Defensa de los Derechos de la Mujer ROJ, tan solo en 2010 hubo 73 muertes por violencia doméstica y 113 mujeres se suicidaron por presiones familiares. Sin embargo, el caso de N.Ç. ha encendido las alarmas de las mujeres turcas que ven como la justicia ha fallado en protegerlas, una vez más.
Y es que llueve sobre mojado en la Corte Suprema de Apelación Hace pocos meses, un juez de la sala sugería que a los violadores se les podría reducir la condena si aceptaban casarse con su víctima. El chaparrón de críticas fue tal que el magistrado tuvo que retractarse de sus palabras, pero siguió en su puesto, a pesar de las insistentes demandas de las organizaciones feministas por que fuera relevado.
En el caso de N.Ç. nadie va a dar marcha atrás en la corte. En motivo legal, según la judicatura, es que el crimen se cometió en 2002, antes de la reforma del actual código penal -en 2005-, por lo cual debe ser juzgado con base en base la antigua legislación. En ella se estipula que si la menor consiente una relación sexual la pena por violación se reduce de 10 a 1 u 6 años de prisión, dependiendo el caso. Según el juez, la joven, que recibió dinero por sus favores, “era consciente de lo que sucedía”, o lo que es lo mismo , suficientemente madura para decidir sobre su cuerpo.
Zeyneb Gültekin, coordinadora de la plataforma de derechos humanos de la Fundación Heinrich Böll, denuncia que “la justicia lo que está intentando es limpiar los trapos sucios”. “Los jueces turcos admiten que su misión principal es proteger los intereses del Estado” asegura Gültekin. Se trata de una herencia del pasado kemalista que todavía está presente en ciertos sectores de la sociedad como el ejercito o la judicatura. “Casi todos los 26 imputados que violaron a la niña durante un año son funcionarios del estado: militares, profesores, políticos. Este caso particular refleja que sus intereses sobrepasan los de los ciudadanos, incluso cuando son víctimas”, asegura la investigadora.
Para Gültekin, que los crímenes se cometieran en el sudeste del país por funcionarios enviados desde Ankara es una muestra de la cooperación “secreta” entre oficiales turcos “tan común en una zona del país de mayoría kurda”. “La prensa explica que la joven tuvo que someterse a varias operaciones porque no podía sentarse correctamente. Ningún médico denunció el hecho, esto los hace cómplices y muestran que había mucha gente importante implicada”, explica. “Definitivamente el Estado ha fallado en proteger a sus mujeres, y a sus niños”.
El caso está ahora siendo investigado por la Corte Europea de Derechos Humanos. Todavía queda saber si cumple los requisitos para admitirlo a trámite. De hacerlo, engrosará la ya de por sí larga lista de causas turcas en el tribunal.
(nota editorial tomada del blog `mujeres`, autora Blanca López Arangüena, El País.)
sábado, 5 de noviembre de 2011
Primeros gays en Chile
¿Se lo digo a mi mujer o no se lo digo?, y si se lo cuento, ¿cómo lo hago? Probablemente preguntas como éstas pasaron por la cabeza de más de un agente de la Brigada de Vicios. Es que el suyo no era un trabajo común, no era como llegar y decir: "Cariño, ¿recuerdas el anuncio del concierto que dará ese que dicen que es el mejor pianista vivo? Pues bien, me acerqué a él en un baño para caballeros, lo suficiente para que se comprobara su conducta impropia y pudieran arrestarlo. Excelente, ¿no?".
Para Claudio Arrau, no. Cuarenta años antes del caso de George Michael, el pianista cayó en la misma trampa: un baño, un agente que seduce, otro que espera la falta para aparecer y detener. Era el 17 de junio de 1957 cuando sucedía la "conducta impropia" en Sydney, Australia.
Culpable y multado resultó Arrau en primera instancia. Apeló, argumentando un malentendido. Dos meses después abandonó el país, dejando su gira inconclusa y el caso abierto. En febrero de 1958 se retiraron los cargos, no por inocencia, sino por una cláusula que beneficiaba a los acusados sin historial.
La anécdota es parte de Raro, el último libro de Oscar Contardo (Siútico), que se lanza hoy a las 19.30 horas en la Feria del Libro. Descrito como una historia gay de Chile, desde la Colonia hasta el presente, según su autor no tiene la "morbosidad de sacar del closet" ni de "indagar en la vida sexual de nadie, sino en la repercusión que ésta tiene en la sociedad y en la forma en que las instituciones reaccionan". Y se nota. En esa línea, la aparición del caso de Arrau viene a graficar una época en la que la policía tenía un rol de control social. Pero, además, la historia muestra la invisibilidad del tema en Chile, porque acá poco y nada se supo.
Poco y nada se sabía en general de la historia de la homosexualidad local. Por eso el tono de Raro es el de la autocensura, de decir y desdecir, lo que según Contardo "no puede ser de otra forma, porque las fuentes son así, pero a pesar de todo queda un rastro, débil, pero queda". Como los informes judiciales y la prensa que perpetuaron el caso en Australia o como los diarios, cartas y libros que siembran de referencias homosexuales la cultura local.
"Encima tienen hombres tan importantes", le escribió Engels a Marx comentando la posibilidad de que los gays se agruparan. La historia mundial está llena de casos de homosexuales célebres, y Chile no es la excepción. El listado es particularmente fecundo en las artes, por eso Raro ahonda en una larga lista de artistas chilenos. Pero para Contardo no se trata de un área "más gay", sino más tolerante y expuesta: "Dadas las características del trabajo creativo y la necesidad de expresión que involucra, es más difícil en estas actividades ocultar o disfrazar la historia privada".
Los cruces aparecen claros. Augusto d'Halmar crea la que se considera la primera novela hispanoamericana en tocar el tema gay (Pasión y muerte del cura Deusto), mientras en vida se enamoró de su discípulo más destacado: Fernando Santiván. Alone escribe en La sombra inquieta el primer personaje afeminado de la literatura nacional, mientras vive una doble vida gracias al departamento que él llama "el palacio de todas las libertades". También aparece Víctor Jara, quien remontó en 1968 Entreteniendo al señor Sloane, la primera obra con un beso homosexual. Tres años después, en portada de diario lo acusaron de haber ido con el folclorista Rolando Alarcón a una fiesta con menores de edad, todos de sexo masculino. Sin pruebas que acrediten la acusación, Raro se la juega por el montaje en una época en que ser gay era ofensivo para cualquier bando político. Y para muchos sigue siéndolo, agrega Contardo. Un motivo más para entender por qué Raro es "un relato sobre la violencia, la vergüenza y el miedo".
(La primera generación ilustrada abiertamente gay en México se conoció como los Contemporáneos. Y aunque hay quien ha afirmado que sólo pueden considerarse el núcleo de ese grupo a Xavier Villaurrutia y a Salvador Novo, fueron más, entre ellos el médico humanista -le conseguía y regalaba recetas para comprar cocaína a Antonin Artaud-, Elías Nandino, los tres poetas. Pero cada sociedad y cada generación tienen sus propios demonios, tabúes y miedos. Es el caso de los chilenos que tuvieron una poeta premio Nóbel. Nota tomada del diario La Tercera, autora Estefanía Etcheverría.)
Para Claudio Arrau, no. Cuarenta años antes del caso de George Michael, el pianista cayó en la misma trampa: un baño, un agente que seduce, otro que espera la falta para aparecer y detener. Era el 17 de junio de 1957 cuando sucedía la "conducta impropia" en Sydney, Australia.
Culpable y multado resultó Arrau en primera instancia. Apeló, argumentando un malentendido. Dos meses después abandonó el país, dejando su gira inconclusa y el caso abierto. En febrero de 1958 se retiraron los cargos, no por inocencia, sino por una cláusula que beneficiaba a los acusados sin historial.
La anécdota es parte de Raro, el último libro de Oscar Contardo (Siútico), que se lanza hoy a las 19.30 horas en la Feria del Libro. Descrito como una historia gay de Chile, desde la Colonia hasta el presente, según su autor no tiene la "morbosidad de sacar del closet" ni de "indagar en la vida sexual de nadie, sino en la repercusión que ésta tiene en la sociedad y en la forma en que las instituciones reaccionan". Y se nota. En esa línea, la aparición del caso de Arrau viene a graficar una época en la que la policía tenía un rol de control social. Pero, además, la historia muestra la invisibilidad del tema en Chile, porque acá poco y nada se supo.
Poco y nada se sabía en general de la historia de la homosexualidad local. Por eso el tono de Raro es el de la autocensura, de decir y desdecir, lo que según Contardo "no puede ser de otra forma, porque las fuentes son así, pero a pesar de todo queda un rastro, débil, pero queda". Como los informes judiciales y la prensa que perpetuaron el caso en Australia o como los diarios, cartas y libros que siembran de referencias homosexuales la cultura local.
"Encima tienen hombres tan importantes", le escribió Engels a Marx comentando la posibilidad de que los gays se agruparan. La historia mundial está llena de casos de homosexuales célebres, y Chile no es la excepción. El listado es particularmente fecundo en las artes, por eso Raro ahonda en una larga lista de artistas chilenos. Pero para Contardo no se trata de un área "más gay", sino más tolerante y expuesta: "Dadas las características del trabajo creativo y la necesidad de expresión que involucra, es más difícil en estas actividades ocultar o disfrazar la historia privada".
Los cruces aparecen claros. Augusto d'Halmar crea la que se considera la primera novela hispanoamericana en tocar el tema gay (Pasión y muerte del cura Deusto), mientras en vida se enamoró de su discípulo más destacado: Fernando Santiván. Alone escribe en La sombra inquieta el primer personaje afeminado de la literatura nacional, mientras vive una doble vida gracias al departamento que él llama "el palacio de todas las libertades". También aparece Víctor Jara, quien remontó en 1968 Entreteniendo al señor Sloane, la primera obra con un beso homosexual. Tres años después, en portada de diario lo acusaron de haber ido con el folclorista Rolando Alarcón a una fiesta con menores de edad, todos de sexo masculino. Sin pruebas que acrediten la acusación, Raro se la juega por el montaje en una época en que ser gay era ofensivo para cualquier bando político. Y para muchos sigue siéndolo, agrega Contardo. Un motivo más para entender por qué Raro es "un relato sobre la violencia, la vergüenza y el miedo".
(La primera generación ilustrada abiertamente gay en México se conoció como los Contemporáneos. Y aunque hay quien ha afirmado que sólo pueden considerarse el núcleo de ese grupo a Xavier Villaurrutia y a Salvador Novo, fueron más, entre ellos el médico humanista -le conseguía y regalaba recetas para comprar cocaína a Antonin Artaud-, Elías Nandino, los tres poetas. Pero cada sociedad y cada generación tienen sus propios demonios, tabúes y miedos. Es el caso de los chilenos que tuvieron una poeta premio Nóbel. Nota tomada del diario La Tercera, autora Estefanía Etcheverría.)
Las cenicientas del narco
Hace 11 años, Angie Sanclemente Valencia era coronada como Reina del Café en su país, Colombia. Pero esta bella modelo no solo se dedicó a las pasarelas sino también al narcotráfico, según falló ayer la justicia de Argentina. Sanclemente fue condenada por participar en una trama que llevaba cocaína de Buenos Aires a España con escala previa en Cancún (México). La modelo, según la sentencia, se encargaba de reclutar a bellas jóvenes en Argentina para que oficiaran de mulas para trasladar la droga.
La Policía argentina buscaba a Sanclemente desde diciembre de 2009, pero la joven colombiana estuvo prófuga durante seis meses hasta que finalmente fue hallada en un hostal juvenil de Buenos Aires. Mientras su abogado y su madre alegaban que Sanclemente temía ser violada o herida en la cárcel, la modelo publicaba en Facebook fotos suyas por la capital argentina. Ella se defendió diciendo que en realidad el narcotraficante era su novio argentino, pero el tribunal que la juzgó no le creyó.
La historia de Sanclemente no es la primera ni única en la que una modelo o reina de belleza latinoamericana se involucra en el tráfico de drogas. En una región en la que prolifera una industria alrededor de las miss y en la que sobran las mujeres atractivas, los ricos narcotraficantes buscan rodearse de esta clase de novias, esposas y amantes. En más de una ocasión, las parejas de los narcos terminan involucrándose en el negocio. Sus habilidades para los números a veces superan a las de sus acompañantes, según el periodista y escritor Víctor Ronquillo, autor del libro La Reina del Pacífico y otras mujeres del narco. La vida de las narconovias también está retratada en Las muñecas de los narcos, de Andrés López y Juan Camilo Ferrand, Las Fantásticas, de López, Jaque mate, de Rosso José Serrano, y Amando a Pablo, odiando a Escobar, de Virgina Vallejo, la pareja de Pablo Escobar, el famoso líder del cártel de Medellín (1949-1993).
2006, dos modelos argentinas, María Belén Téllez y Jessica Almada, fueron detenidas en Barcelona cuando llevaban en sus maletas 18 kilos de cocaína. Estuvieron presas durante 15 meses hasta que la justicia española comprobó que la droga pertenecía al manager que las acompañaba. Tras salir del presidio, Téllez escribió un libro, Diario personal, y Almada posó desnuda para la revista Interviú.
En julio pasado, otra modelo argentina Daiana Antivero, de 18 años, fue arrestada en el aeropuerto internacional de Buenos Aires, el de Ezeiza, cuando llevaba 5 kilos de cocaína con rumbo a Holanda. También fueron detenidos su novio, holandés, y otras cuatro personas.
La mexicana Laura Elena Zúñiga Huizar había sido elegida Nuestra Belleza Sinaloa 2008 y al año siguiente fue detenida en su país cuando estaba junto a integrantes del cártel de Jalisco, armados y con miles de dólares en efectivo. Zúñiga permaneció 40 días arrestada y finalmente fue liberada porque se la halló inocente. Después de aquel episodio, reanudó su carrera de modelo.
En Perú, la vedette Paola Ruiz pasó 15 días en prisión porque era investigada por su relación con un narcotraficante de su país. Su compatriota Malú Costa, también actriz, cumple desde 2007 una condena de ocho años por colaborar con su novio en la venta de pastillas de éxtasis en discotecas de lujo de Lima.
En Bolivia, en febrero pasado, fue arrestada por unos días la modelo Mariana Molina, reina del carnaval de Santa Cruz de la Sierra, porque estaba sospechada de ser testaferro de un cartel de drogas de su país. La joven de 20 años tiene dos coches valorados en 73.000 euros, en uno de ellos llevaba 7.300 debajo del asiento, y una vivienda que cuesta 102.000. Ella declaró que todo eso se lo “habían regalado los hombres casados con los que salía”.
La modelo colombiana Juliana Sossa, Miss Turismo Antioquía 2008, fue detenida el pasado enero en México junto con otras seis personas. Se la presume vinculada con el tráfico de drogas por su supuesto noviazgo con un acusado de narcotráfico.
Rubias y voluptuosas. Así las quieren los narcotraficantes. Su dinero las atrae. Su violencia las secuestra. Y algunas veces su negocio las corrompe.
(nota de Alejandro Rebossio tomada de El País. Por lo menos la vida de estas chicas no resulta aburrida como una telenovela protagonizada por Kate del Castillo con el sello barato de Televisa.)
La Policía argentina buscaba a Sanclemente desde diciembre de 2009, pero la joven colombiana estuvo prófuga durante seis meses hasta que finalmente fue hallada en un hostal juvenil de Buenos Aires. Mientras su abogado y su madre alegaban que Sanclemente temía ser violada o herida en la cárcel, la modelo publicaba en Facebook fotos suyas por la capital argentina. Ella se defendió diciendo que en realidad el narcotraficante era su novio argentino, pero el tribunal que la juzgó no le creyó.
La historia de Sanclemente no es la primera ni única en la que una modelo o reina de belleza latinoamericana se involucra en el tráfico de drogas. En una región en la que prolifera una industria alrededor de las miss y en la que sobran las mujeres atractivas, los ricos narcotraficantes buscan rodearse de esta clase de novias, esposas y amantes. En más de una ocasión, las parejas de los narcos terminan involucrándose en el negocio. Sus habilidades para los números a veces superan a las de sus acompañantes, según el periodista y escritor Víctor Ronquillo, autor del libro La Reina del Pacífico y otras mujeres del narco. La vida de las narconovias también está retratada en Las muñecas de los narcos, de Andrés López y Juan Camilo Ferrand, Las Fantásticas, de López, Jaque mate, de Rosso José Serrano, y Amando a Pablo, odiando a Escobar, de Virgina Vallejo, la pareja de Pablo Escobar, el famoso líder del cártel de Medellín (1949-1993).
2006, dos modelos argentinas, María Belén Téllez y Jessica Almada, fueron detenidas en Barcelona cuando llevaban en sus maletas 18 kilos de cocaína. Estuvieron presas durante 15 meses hasta que la justicia española comprobó que la droga pertenecía al manager que las acompañaba. Tras salir del presidio, Téllez escribió un libro, Diario personal, y Almada posó desnuda para la revista Interviú.
En julio pasado, otra modelo argentina Daiana Antivero, de 18 años, fue arrestada en el aeropuerto internacional de Buenos Aires, el de Ezeiza, cuando llevaba 5 kilos de cocaína con rumbo a Holanda. También fueron detenidos su novio, holandés, y otras cuatro personas.
La mexicana Laura Elena Zúñiga Huizar había sido elegida Nuestra Belleza Sinaloa 2008 y al año siguiente fue detenida en su país cuando estaba junto a integrantes del cártel de Jalisco, armados y con miles de dólares en efectivo. Zúñiga permaneció 40 días arrestada y finalmente fue liberada porque se la halló inocente. Después de aquel episodio, reanudó su carrera de modelo.
En Perú, la vedette Paola Ruiz pasó 15 días en prisión porque era investigada por su relación con un narcotraficante de su país. Su compatriota Malú Costa, también actriz, cumple desde 2007 una condena de ocho años por colaborar con su novio en la venta de pastillas de éxtasis en discotecas de lujo de Lima.
En Bolivia, en febrero pasado, fue arrestada por unos días la modelo Mariana Molina, reina del carnaval de Santa Cruz de la Sierra, porque estaba sospechada de ser testaferro de un cartel de drogas de su país. La joven de 20 años tiene dos coches valorados en 73.000 euros, en uno de ellos llevaba 7.300 debajo del asiento, y una vivienda que cuesta 102.000. Ella declaró que todo eso se lo “habían regalado los hombres casados con los que salía”.
La modelo colombiana Juliana Sossa, Miss Turismo Antioquía 2008, fue detenida el pasado enero en México junto con otras seis personas. Se la presume vinculada con el tráfico de drogas por su supuesto noviazgo con un acusado de narcotráfico.
Rubias y voluptuosas. Así las quieren los narcotraficantes. Su dinero las atrae. Su violencia las secuestra. Y algunas veces su negocio las corrompe.
(nota de Alejandro Rebossio tomada de El País. Por lo menos la vida de estas chicas no resulta aburrida como una telenovela protagonizada por Kate del Castillo con el sello barato de Televisa.)
viernes, 4 de noviembre de 2011
Otra distinción al Diario de Juárez
Distrito Federal— El Consejo Ciudadano del Premio Nacional de Periodismo A.C ., dio a conocer este jueves a los ganadores del Premio Nacional de Periodismo 2010 en las categorías de reportaje, noticia, crónica, entrevista, artículo de opinión, divulgación científica y cultural, fotografía, caricatura y trayectoria periodística.
El jurado calificador conformado por Dorangélica de la Rocha Almazán, Gerardo Galarza Torres, Ana Bertha Uribe Alvarado, Antonio Helguera Martínez, Francisco Mata Rosas, Karla Iberia Sánchez, Lourdes del Carmen Lugo, Raúl Camacho Muñoz y Salvador Estrada Rodríguez eligió de entre mil 25 trabajos al del equipo de redacción de El Diario de Juárez “Qué quieren de nosotros?”, como el mejor artículo de fondo/opinión.
En la categoría de reportaje resultó ganadora la serie el “Círculo de la Pobreza” del periodista Raciel Martínez Blas, publicado en Noticias Voz e Imagen de Oaxaca; en noticia será premiada Sarahí Méndez de Foro TV por el trabajo “Persecución de Ladrones”, y del mismo medio René Raúl Druker Colín con “Dosis de ciencia Cucarachas” en el ámbito de divulgación científica y cultural.
En crónica, el jurado integrado por periodistas, académicos y ciudadanos involucrados en el quehacer periodístico, determinó que el premio fuera otorgado a Paola Aguirre Praga del Zócalo de Saltillo por el trabajo “Nacapa”, y en entrevista a Patricia Vega de la Revista Emeequis por “Luis Valdez, director y dramaturgo chicano. Una plática con el padre Zootsuit y el teatro chicano”.
Roberto Espinosa Ibarra y Eduardo Chávez Téllez, del Canal Judicial, fueron los ganadores en la categoría de fotografía con el trabajo titulado “Voces, origen de una nación”, y Omar Díaz Trujillo del diario El Universal con “De vuelta a la realidad” en caricatura/humor. Mientras que por trayectoria periodística recibirá el galardón este año Eduardo del Río “RIUS”.
La presidenta del jurado, Dorangélica de la Rocha Almazán, destacó que ante los constantes ataques a los integrantes del gremio periodístico, hoy más que nunca los trabajadores ganadores representan y contribuyen a la dignificación del quehacer periodístico y su función social ante el Estado democrático, así como ser promotores del ejercicio de la libertad de expresión.
En esta décima edición del concurso, detalló, predominó el tema de la violencia en los trabajos presentados, así como el de pobreza y jóvenes.
Gerardo Galarza, director editorial adjunto de Excélsior, comentó que en la deliberación para elegir a los trabajos ganadores quedó muy claro que detrás de cada uno existió un esfuerzo colectivo, refrendando el hecho de que el periodismo es un trabajo en equipo.
La ceremonia de premiación se realizará el próximo 30 de noviembre en el Palacio de Minería a las 11:00 horas, en la cual se les entregará a los ganadores la escultura “El Águila”, diseñada por el maestro Juan Soriano, 50 mil pesos y un diploma.
(El artículo de fondo/opinión distinguido con la presea era una súplica al crimen organizado que se había ensañado con la muerte de dos periodistas del Diario de Juárez, en donde se adivinaba una rabia a punto de estallar por la forma alevosa con la que se trataba y se continúa tratando al periodismo crítico y objetivo en un país en que todos merecemos mejor suerte. Nota tomada del mismo diario. Se incluye un comentario a propósito de la aparición de el editorial premiado.)
http://misalivatodolocura.blogspot.com/2010/09/medios-y-poder.html
El jurado calificador conformado por Dorangélica de la Rocha Almazán, Gerardo Galarza Torres, Ana Bertha Uribe Alvarado, Antonio Helguera Martínez, Francisco Mata Rosas, Karla Iberia Sánchez, Lourdes del Carmen Lugo, Raúl Camacho Muñoz y Salvador Estrada Rodríguez eligió de entre mil 25 trabajos al del equipo de redacción de El Diario de Juárez “Qué quieren de nosotros?”, como el mejor artículo de fondo/opinión.
En la categoría de reportaje resultó ganadora la serie el “Círculo de la Pobreza” del periodista Raciel Martínez Blas, publicado en Noticias Voz e Imagen de Oaxaca; en noticia será premiada Sarahí Méndez de Foro TV por el trabajo “Persecución de Ladrones”, y del mismo medio René Raúl Druker Colín con “Dosis de ciencia Cucarachas” en el ámbito de divulgación científica y cultural.
En crónica, el jurado integrado por periodistas, académicos y ciudadanos involucrados en el quehacer periodístico, determinó que el premio fuera otorgado a Paola Aguirre Praga del Zócalo de Saltillo por el trabajo “Nacapa”, y en entrevista a Patricia Vega de la Revista Emeequis por “Luis Valdez, director y dramaturgo chicano. Una plática con el padre Zootsuit y el teatro chicano”.
Roberto Espinosa Ibarra y Eduardo Chávez Téllez, del Canal Judicial, fueron los ganadores en la categoría de fotografía con el trabajo titulado “Voces, origen de una nación”, y Omar Díaz Trujillo del diario El Universal con “De vuelta a la realidad” en caricatura/humor. Mientras que por trayectoria periodística recibirá el galardón este año Eduardo del Río “RIUS”.
La presidenta del jurado, Dorangélica de la Rocha Almazán, destacó que ante los constantes ataques a los integrantes del gremio periodístico, hoy más que nunca los trabajadores ganadores representan y contribuyen a la dignificación del quehacer periodístico y su función social ante el Estado democrático, así como ser promotores del ejercicio de la libertad de expresión.
En esta décima edición del concurso, detalló, predominó el tema de la violencia en los trabajos presentados, así como el de pobreza y jóvenes.
Gerardo Galarza, director editorial adjunto de Excélsior, comentó que en la deliberación para elegir a los trabajos ganadores quedó muy claro que detrás de cada uno existió un esfuerzo colectivo, refrendando el hecho de que el periodismo es un trabajo en equipo.
La ceremonia de premiación se realizará el próximo 30 de noviembre en el Palacio de Minería a las 11:00 horas, en la cual se les entregará a los ganadores la escultura “El Águila”, diseñada por el maestro Juan Soriano, 50 mil pesos y un diploma.
(El artículo de fondo/opinión distinguido con la presea era una súplica al crimen organizado que se había ensañado con la muerte de dos periodistas del Diario de Juárez, en donde se adivinaba una rabia a punto de estallar por la forma alevosa con la que se trataba y se continúa tratando al periodismo crítico y objetivo en un país en que todos merecemos mejor suerte. Nota tomada del mismo diario. Se incluye un comentario a propósito de la aparición de el editorial premiado.)
http://misalivatodolocura.blogspot.com/2010/09/medios-y-poder.html
jueves, 3 de noviembre de 2011
Murakami y la belleza del desastre
1Q84 , la nueva novela de Haruki Murakami, tiene mil páginas y se publicó en tres tomos. Al autor le llevó tres años escribirla y es posible leer aproximadamente la mitad en un vuelo de once horas entre Nueva York y Honolulu. Murakami parece desanimado al escuchar la noticia –la relación de la escritura con el tiempo de lectura nunca resulta alentadora para un escritor–, pese a lo cual, si hay algo que constituye una prueba de la capacidad hipnótica de una novela, es que se lea durante todo un vuelo de larga distancia. Durante esas once horas, uno desaparece por completo en el mundo de Murakami.
Estamos en la suite presidencial del Hyatt, Waikiki, que domina una playa perfecta enmarcada por montañas. Murakami, que a los 62 años sigue pareciendo un skateboarder adolescente, divide su tiempo entre Hawaii, Japón y un tercer lugar que llama Allá. Ahí es donde desaparece todas las mañanas mientras escribe sus novelas, un lugar poblado por los personajes que han llegado a definir su estilo: enigmáticos, inexpresivos, rebosantes de grandes emociones reprimidas y presentados con una distancia que –algo que no es común en un novelista que vende millones– le ha valido una categoría de culto.
“No me pienso como un artista”, dice más de una vez el escritor durante la entrevista. Sólo soy un tipo que puede escribir. Sí.”
La sofisticación de Murakami aprovecha un pasado interesante al frente de un club de jazz a los veintitantos años así como su rutina igualmente interesante de Ironman. Como detalló hace poco en sus memorias De qué hablo cuando hablo de correr, Murakami se levanta casi siempre a las cuatro de la mañana, escribe hasta mediodía, pasa la tarde entrenándose para maratones y revolviendo negocios de discos viejos, y se va a dormir, con su esposa, a las nueve de la noche. Como régimen, es casi tan famoso como sus novelas y tiene el aire limpio y fanático de una corrección del caos de su segunda década de vida. También es el tipo de disciplina necesario para producir mil páginas complicadas en tres años. Para Murakami, que tiene la constitución de un toro, es una cuestión de fuerza. “Es algo físico. Si uno sigue escribiendo todos los días durante tres años, se fortalece. Por supuesto que también hay que ser fuerte en el plano mental, pero ante todo hay que tener fuerza física. Eso es muy importante.” Su hábito de repetición, ya se trate de un tic estilístico o de un efecto colateral de la traducción del japonés, hace que todo lo que Murakami dice suene infinitamente profundo. Ha escrito sobre la importancia metafórica de su costumbre de correr: completar una acción todos los días constituye una suerte de ejemplo kármico para su escritura. “Sí”, dice. “Necesito fuerza porque tengo que abrir la puerta.” Hace el gesto de abrir una puerta. “Todos los días voy a mi escritorio, me siento y prendo la computadora. En ese momento tengo que abrir la puerta. Es una puerta grande, pesada. Hay que entrar a la Otra Habitación. En términos metafóricos, claro. Y hay que volver a este lado de la habitación. Y hay que cerrar la puerta. Hace falta fuerza física, literalmente, para abrir y cerrar la puerta. Si pierdo esa fuerza, ya no podré escribir una novela. Podré escribir algunos cuentos, pero no una novela.” ¿Hay que superar algún elemento de miedo en esos actos de cada mañana? “Es sólo rutina”, dice, y se ríe. “Es bastante aburrido. Es rutina, pero la rutina es muy importante.” ¿Porque hay un caos interno? “Sí. Viajo a mi inconsciente. Tengo que entrar a ese caos. Pero el acto de ir y volver es una suerte de rutina. Hay que ser práctico. Cada vez que digo que si se quiere escribir una novela hay que ser práctico, la gente se aburre. Se siente decepcionada.” Una persona que se levanta tan temprano puede vivir casi dos vidas. Es una figura de Murakami: la vida dividida en dos, ya sea por un cambio drástico de circunstancias o en la brecha entre la vida interior y exterior de un yo dividido. En su nueva novela, la protagonista, Aomame –“Arvejas” en japonés– tiene un comienzo bastante realista atrapada en el tránsito en el interior de un taxi en una autopista de Tokio. Es 1984, un guiño a George Orwell. Para no llegar tarde, se baja del taxi y toma por una escalera de mantenimiento en desuso para llegar al nivel del suelo, donde se encuentra en un mundo paralelo que llama 1Q84 . Como buena parte de la ficción de Murakami, combina una narrativa realista atrapante con el tipo de surrealismo delirante –relojes que levitan, perros que explotan, una entidad llamada la “Gente Pequeña” que emerge por la boca de una cabra muerta– destinado a desconcertar al lector y llevarlo a preguntarse si no será todo una estupidez, duda que el autor incorpora a la novela. “La gente se ve inmersa en un lago de misteriosos interrogantes”, dice un editor en 1Q84 a su escritor estrella. “Es probable que los lectores tomen esa falta de explicación como un indicio de pereza del autor.” El escritor de ficción responde: “Si un autor lograra escribir una historia compuesta de forma en extremo interesante, que atrapara al lector hasta el final, ¿quién podría calificar a ese escritor de perezoso?” En el mes que pasó desde su publicación, se vendieron un millón de ejemplares de 1Q84 en Japón.
Los elementos del pasado de Murakami son misteriosos hasta para él. No puede decir por qué decidió ser escritor. Simplemente un día se le ocurrió de la nada, mientras miraba un partido de béisbol y sin haber tenido jamás ni la más mínima inclinación en ese sentido. Tenía veintitantos años y seguía con el bar de jazz, que bautizó Peter Cat, como su mascota. El año era 1978. Su período de rebelión más o menos había terminado. Había crecido en la década de 1960 como hijo único de un profesor universitario y un ama de casa. Al igual que el resto de su generación, rechazó el rumbo que se esperaba que tomara. Se casó en cuanto terminó la universidad y, en lugar de seguir estudiando, pidió dinero prestado para abrir el bar y deleitarse en su pasión por la música. A su alrededor, también sus amigos se rebelaban. Algunos se mataron, algo sobre lo que Murakami escribe a menudo. “Se fueron”, dice. “Era una época muy caótica, y todavía los extraño. Por eso a veces me parece muy raro haber llegado a los 62 años. Me siento como una especie de sobreviviente. Siempre que pienso en ellos siento que tengo que vivir y ser fuerte. No quiero desperdiciar años de mi vida. La vida debe ser el propósito más importante. Como sobreviví, tengo la obligación de dar. Por eso cuando escribo ficción cada tanto pienso en los muertos. Los amigos.” En retrospectiva, se da cuenta de qué precaria era su situación. Estaba muy endeudado, trabajaba muchas horas en el bar con su esposa y su futuro era incierto. “En 1968 o 1969, todo podía pasar. Era muy emocionante, pero al mismo tiempo era arriesgado. Lo que estaba en juego era mucho.” ¿Apostó con el bar? “¡El matrimonio fue mi apuesta! Tenía veinte o veintiún años. No sabía nada del mundo. Era estúpido. Inocente. Es una suerte de apuesta. Con mi vida. Pero sobreviví.” Su esposa, Yoko Takahashi, es su primera lectora. La novela producto de su decisión en el partido de béisbol se llamó Hear the Wind Sing y ganó un premio para nuevos escritores en Japón. Durante un tiempo siguió con el bar mientras escribía, y eso fue esencial para su avance, dice. Cuando se vendieron más de tres millones de ejemplares de su novela Tokio blues en Japón, Murakami no necesitó seguir con el bar, si bien en ocasiones vislumbra una existencia paralela en la que siguió en esa vida. No está seguro de que habría sido menos feliz. “¿Tengo una sensación de vidas alternativas? Mmm, sí. Todo me sigue pareciendo muy extraño. A veces me pregunto por qué ahora soy novelista.” Escribe de forma intuitiva, sin un plan. La última novela se le ocurrió mientras se encontraba en un embotellamiento de tránsito en Tokio. ¿Y si saliera de la autopista embotellada y bajara por la escalera de emergencia? ¿La vida cambiaría? “Ese es el punto de partida. Tengo una suerte de premonición de que va a ser un gran libro. Va a ser muy ambicioso. Eso es lo que sabía. Había escrito la novela Kafka en la orilla unos cinco o seis años antes y estaba esperando que apareciera el nuevo libro. Llegó. Sabía que iba a ser un gran proyecto. Es sólo un sentimiento.” Cómo una novela de la extensión de 1Q84 puede al mismo tiempo parecer elíptica es parte de la inteligencia de Murakami, si bien puede dejar al lector con una extraña sensación de insatisfacción. El autor puede justificar la artificialidad de la novela como comentario sobre la naturaleza de la artificialidad en sí, y el tono inexpresivo en ocasiones puede resultar exasperante. “Desde que vio dos lunas en el cielo y una crisálida del aire materializarse en la cama del sanatorio de su padre, nada sorprendía demasiado a Tengo.” Como en novelas anteriores, algunas de las escenas más tiernas se producen al margen de la trama principal. En Tokio blues, quizá su novela más convencional, se daba entre el protagonista y el padre agonizante de su novia. En 1Q84 , son las escenas entre Tengo, de quien Aomame está enamorada, y el padre moribundo de él, a quien le resultaba difícil querer. La mayor parte de los personajes de Murakami tuvo una infancia infeliz, lo que no es casual, dice. Nada grave le pasó en su niñez. Sin embargo, señala, “Sentía que en cierto modo se me maltrataba. Se debe a que mis padres esperaban que su hijo fuera de determinada manera, y yo no lo era.” Se ríe. “Esperaban que tuviera buenas calificaciones en la escuela, pero no era así. No me gustaba estudiar. Sólo quería hacer lo que tenía ganas de hacer. Esperaban que fuera a una buena escuela y consiguiera empleo en Mitsubishi. Pero no lo hice. Yo quería ser independiente. Por eso abrí un club de jazz y me casé cuando estaba en la universidad. No les gustó mucho.” ¿Entonces cómo encontró la seguridad necesaria para hacer lo que quería? “¿Seguridad? ¿En la adolescencia? Porque sabía lo que me gustaba. Me gustaba leer; me gustaba escuchar música; y me gustan los gatos. Esas tres cosas. Por más que era hijo único, podía ser feliz porque sabía qué me gustaba. Esas tres cosas no han cambiado desde mi infancia. Sigo sabiendo qué es lo que me gusta. Eso es seguridad. Si alguien no sabe qué le gusta, está perdido.” En Japón, donde Murakami es el intelectual más reconocido del país, se le pide opinión sobre prácticamente cualquier tema. No le gustan las apariciones públicas; es tímido y modesto, y participa en el debate nacional a través de sus libros. Luego del atentado de 1995 con gas sarín en el subterráneo de Tokio escribió Underground, una serie de ensayos periodísticos. Se siente obligado a representar a su país como novelista japonés y accede en el exterior a una publicidad que no permitiría en Japón. Por otra parte, si bien ha traducido muchos libros occidentales al japonés –como los de Raymond Carver–, traducir a otras lenguas es demasiado difícil, dice. Nunca traduciría sus propias novelas, y se limita a discutir alguna que otra palabra con sus traductores habituales.
Este año estaba en Honolulu cuando el terremoto y el tsunami azotaron Japón. Eso cambió el país, dice. “La gente perdió la confianza. Habíamos trabajado tanto desde el fin de la guerra... sesenta años. Cuanto más nos enriquecíamos, más contentos estábamos. Pero al final no conseguimos la felicidad a pesar de todo lo que trabajamos. Llegó el terremoto y mucha gente tuvo que ser evacuada; tuvo que abandonar su casa y su región. Es una tragedia. Estábamos orgullosos de nuestra tecnología, pero la planta de energía nuclear se convirtió en una pesadilla. Por eso la gente empezó a pensar que tenemos que hacer un drástico cambio de forma de vida. Pienso que es un momento decisivo en Japón.” Lo compara con el 11-S, que, dice, cambió el curso de la historia. Desde la perspectiva de un novelista es un “acontecimiento milagroso”, algo que no puede ser verdad. “Cuando veo los videos de los dos aviones que se estrellan en los edificios, me parece un milagro. No es políticamente correcto decir que es bello, pero debo decir que hay una suerte de belleza en eso. Es horrible, es una tragedia, a pesar de lo cual tiene algo de belleza. Parece demasiado perfecto. La verdad es que no puedo creer que haya pasado. A veces me pregunto si el mundo no sería muy diferente al actual si esos dos aviones no se hubieran estrellado en el edificio.” El cambio que experimentan los japoneses, dice Murakami, es en parte el reconocimiento que se produce al perder tanto y tener que cuestionarse qué es lo importante. Sus propias prioridades son simples, señala. Por ejemplo, no sabe cuánto dinero tiene. “Cuando se es más o menos rico, lo mejor que puede hacerse es no saber cuánto dinero se tiene. Lo mejor que se puede comprar con el dinero es libertad, tiempo. No sé cuánto gano por año. No tengo idea. No sé cuánto pago de impuestos. No quiero pensar en impuestos.” Hay una larga pausa.
“Tengo un contador y mi esposa se ocupa de eso. No me informan nada. Yo me limito a trabajar.” ¡Debe confiar mucho en su esposa! “Llevamos casados cuarenta años o algo así. Sigue siendo mi amiga. Conversamos, siempre conversamos. Me ayuda mucho. Me aconseja en relación con mis libros. Respeto su opinión. A veces discutimos. En ocasiones su opinión es muy dura. Puede serlo.” Tal vez lo necesita. “Eso creo. Si mi editor hiciera lo mismo, me enojaría.” Se encoge de hombros. “Puedo dejar a mi editor, pero no a mi esposa.” El padre murió hace dos años y la madre sigue con vida. Murakami espera que su éxito como novelista los haya alegrado, pero tiene sus dudas. También tiene sus consuelos. Es miembro de un club de corredores de Hawaii, del cual es el integrante mayor. Corre y escribe todos los días. La perseverancia lo es todo. “Me gusta leer libros. Me gusta escuchar música. Colecciono discos. Y gatos. Ahora no tengo ninguno, pero si salgo a caminar y veo un gato me pongo contento.”
(entrevista de Emma Brockes para The Guardian, tomada de Revista Ñ del diario Clarín. Traducción de Joaquín Ibarburu.)
Estamos en la suite presidencial del Hyatt, Waikiki, que domina una playa perfecta enmarcada por montañas. Murakami, que a los 62 años sigue pareciendo un skateboarder adolescente, divide su tiempo entre Hawaii, Japón y un tercer lugar que llama Allá. Ahí es donde desaparece todas las mañanas mientras escribe sus novelas, un lugar poblado por los personajes que han llegado a definir su estilo: enigmáticos, inexpresivos, rebosantes de grandes emociones reprimidas y presentados con una distancia que –algo que no es común en un novelista que vende millones– le ha valido una categoría de culto.
“No me pienso como un artista”, dice más de una vez el escritor durante la entrevista. Sólo soy un tipo que puede escribir. Sí.”
La sofisticación de Murakami aprovecha un pasado interesante al frente de un club de jazz a los veintitantos años así como su rutina igualmente interesante de Ironman. Como detalló hace poco en sus memorias De qué hablo cuando hablo de correr, Murakami se levanta casi siempre a las cuatro de la mañana, escribe hasta mediodía, pasa la tarde entrenándose para maratones y revolviendo negocios de discos viejos, y se va a dormir, con su esposa, a las nueve de la noche. Como régimen, es casi tan famoso como sus novelas y tiene el aire limpio y fanático de una corrección del caos de su segunda década de vida. También es el tipo de disciplina necesario para producir mil páginas complicadas en tres años. Para Murakami, que tiene la constitución de un toro, es una cuestión de fuerza. “Es algo físico. Si uno sigue escribiendo todos los días durante tres años, se fortalece. Por supuesto que también hay que ser fuerte en el plano mental, pero ante todo hay que tener fuerza física. Eso es muy importante.” Su hábito de repetición, ya se trate de un tic estilístico o de un efecto colateral de la traducción del japonés, hace que todo lo que Murakami dice suene infinitamente profundo. Ha escrito sobre la importancia metafórica de su costumbre de correr: completar una acción todos los días constituye una suerte de ejemplo kármico para su escritura. “Sí”, dice. “Necesito fuerza porque tengo que abrir la puerta.” Hace el gesto de abrir una puerta. “Todos los días voy a mi escritorio, me siento y prendo la computadora. En ese momento tengo que abrir la puerta. Es una puerta grande, pesada. Hay que entrar a la Otra Habitación. En términos metafóricos, claro. Y hay que volver a este lado de la habitación. Y hay que cerrar la puerta. Hace falta fuerza física, literalmente, para abrir y cerrar la puerta. Si pierdo esa fuerza, ya no podré escribir una novela. Podré escribir algunos cuentos, pero no una novela.” ¿Hay que superar algún elemento de miedo en esos actos de cada mañana? “Es sólo rutina”, dice, y se ríe. “Es bastante aburrido. Es rutina, pero la rutina es muy importante.” ¿Porque hay un caos interno? “Sí. Viajo a mi inconsciente. Tengo que entrar a ese caos. Pero el acto de ir y volver es una suerte de rutina. Hay que ser práctico. Cada vez que digo que si se quiere escribir una novela hay que ser práctico, la gente se aburre. Se siente decepcionada.” Una persona que se levanta tan temprano puede vivir casi dos vidas. Es una figura de Murakami: la vida dividida en dos, ya sea por un cambio drástico de circunstancias o en la brecha entre la vida interior y exterior de un yo dividido. En su nueva novela, la protagonista, Aomame –“Arvejas” en japonés– tiene un comienzo bastante realista atrapada en el tránsito en el interior de un taxi en una autopista de Tokio. Es 1984, un guiño a George Orwell. Para no llegar tarde, se baja del taxi y toma por una escalera de mantenimiento en desuso para llegar al nivel del suelo, donde se encuentra en un mundo paralelo que llama 1Q84 . Como buena parte de la ficción de Murakami, combina una narrativa realista atrapante con el tipo de surrealismo delirante –relojes que levitan, perros que explotan, una entidad llamada la “Gente Pequeña” que emerge por la boca de una cabra muerta– destinado a desconcertar al lector y llevarlo a preguntarse si no será todo una estupidez, duda que el autor incorpora a la novela. “La gente se ve inmersa en un lago de misteriosos interrogantes”, dice un editor en 1Q84 a su escritor estrella. “Es probable que los lectores tomen esa falta de explicación como un indicio de pereza del autor.” El escritor de ficción responde: “Si un autor lograra escribir una historia compuesta de forma en extremo interesante, que atrapara al lector hasta el final, ¿quién podría calificar a ese escritor de perezoso?” En el mes que pasó desde su publicación, se vendieron un millón de ejemplares de 1Q84 en Japón.
Los elementos del pasado de Murakami son misteriosos hasta para él. No puede decir por qué decidió ser escritor. Simplemente un día se le ocurrió de la nada, mientras miraba un partido de béisbol y sin haber tenido jamás ni la más mínima inclinación en ese sentido. Tenía veintitantos años y seguía con el bar de jazz, que bautizó Peter Cat, como su mascota. El año era 1978. Su período de rebelión más o menos había terminado. Había crecido en la década de 1960 como hijo único de un profesor universitario y un ama de casa. Al igual que el resto de su generación, rechazó el rumbo que se esperaba que tomara. Se casó en cuanto terminó la universidad y, en lugar de seguir estudiando, pidió dinero prestado para abrir el bar y deleitarse en su pasión por la música. A su alrededor, también sus amigos se rebelaban. Algunos se mataron, algo sobre lo que Murakami escribe a menudo. “Se fueron”, dice. “Era una época muy caótica, y todavía los extraño. Por eso a veces me parece muy raro haber llegado a los 62 años. Me siento como una especie de sobreviviente. Siempre que pienso en ellos siento que tengo que vivir y ser fuerte. No quiero desperdiciar años de mi vida. La vida debe ser el propósito más importante. Como sobreviví, tengo la obligación de dar. Por eso cuando escribo ficción cada tanto pienso en los muertos. Los amigos.” En retrospectiva, se da cuenta de qué precaria era su situación. Estaba muy endeudado, trabajaba muchas horas en el bar con su esposa y su futuro era incierto. “En 1968 o 1969, todo podía pasar. Era muy emocionante, pero al mismo tiempo era arriesgado. Lo que estaba en juego era mucho.” ¿Apostó con el bar? “¡El matrimonio fue mi apuesta! Tenía veinte o veintiún años. No sabía nada del mundo. Era estúpido. Inocente. Es una suerte de apuesta. Con mi vida. Pero sobreviví.” Su esposa, Yoko Takahashi, es su primera lectora. La novela producto de su decisión en el partido de béisbol se llamó Hear the Wind Sing y ganó un premio para nuevos escritores en Japón. Durante un tiempo siguió con el bar mientras escribía, y eso fue esencial para su avance, dice. Cuando se vendieron más de tres millones de ejemplares de su novela Tokio blues en Japón, Murakami no necesitó seguir con el bar, si bien en ocasiones vislumbra una existencia paralela en la que siguió en esa vida. No está seguro de que habría sido menos feliz. “¿Tengo una sensación de vidas alternativas? Mmm, sí. Todo me sigue pareciendo muy extraño. A veces me pregunto por qué ahora soy novelista.” Escribe de forma intuitiva, sin un plan. La última novela se le ocurrió mientras se encontraba en un embotellamiento de tránsito en Tokio. ¿Y si saliera de la autopista embotellada y bajara por la escalera de emergencia? ¿La vida cambiaría? “Ese es el punto de partida. Tengo una suerte de premonición de que va a ser un gran libro. Va a ser muy ambicioso. Eso es lo que sabía. Había escrito la novela Kafka en la orilla unos cinco o seis años antes y estaba esperando que apareciera el nuevo libro. Llegó. Sabía que iba a ser un gran proyecto. Es sólo un sentimiento.” Cómo una novela de la extensión de 1Q84 puede al mismo tiempo parecer elíptica es parte de la inteligencia de Murakami, si bien puede dejar al lector con una extraña sensación de insatisfacción. El autor puede justificar la artificialidad de la novela como comentario sobre la naturaleza de la artificialidad en sí, y el tono inexpresivo en ocasiones puede resultar exasperante. “Desde que vio dos lunas en el cielo y una crisálida del aire materializarse en la cama del sanatorio de su padre, nada sorprendía demasiado a Tengo.” Como en novelas anteriores, algunas de las escenas más tiernas se producen al margen de la trama principal. En Tokio blues, quizá su novela más convencional, se daba entre el protagonista y el padre agonizante de su novia. En 1Q84 , son las escenas entre Tengo, de quien Aomame está enamorada, y el padre moribundo de él, a quien le resultaba difícil querer. La mayor parte de los personajes de Murakami tuvo una infancia infeliz, lo que no es casual, dice. Nada grave le pasó en su niñez. Sin embargo, señala, “Sentía que en cierto modo se me maltrataba. Se debe a que mis padres esperaban que su hijo fuera de determinada manera, y yo no lo era.” Se ríe. “Esperaban que tuviera buenas calificaciones en la escuela, pero no era así. No me gustaba estudiar. Sólo quería hacer lo que tenía ganas de hacer. Esperaban que fuera a una buena escuela y consiguiera empleo en Mitsubishi. Pero no lo hice. Yo quería ser independiente. Por eso abrí un club de jazz y me casé cuando estaba en la universidad. No les gustó mucho.” ¿Entonces cómo encontró la seguridad necesaria para hacer lo que quería? “¿Seguridad? ¿En la adolescencia? Porque sabía lo que me gustaba. Me gustaba leer; me gustaba escuchar música; y me gustan los gatos. Esas tres cosas. Por más que era hijo único, podía ser feliz porque sabía qué me gustaba. Esas tres cosas no han cambiado desde mi infancia. Sigo sabiendo qué es lo que me gusta. Eso es seguridad. Si alguien no sabe qué le gusta, está perdido.” En Japón, donde Murakami es el intelectual más reconocido del país, se le pide opinión sobre prácticamente cualquier tema. No le gustan las apariciones públicas; es tímido y modesto, y participa en el debate nacional a través de sus libros. Luego del atentado de 1995 con gas sarín en el subterráneo de Tokio escribió Underground, una serie de ensayos periodísticos. Se siente obligado a representar a su país como novelista japonés y accede en el exterior a una publicidad que no permitiría en Japón. Por otra parte, si bien ha traducido muchos libros occidentales al japonés –como los de Raymond Carver–, traducir a otras lenguas es demasiado difícil, dice. Nunca traduciría sus propias novelas, y se limita a discutir alguna que otra palabra con sus traductores habituales.
Este año estaba en Honolulu cuando el terremoto y el tsunami azotaron Japón. Eso cambió el país, dice. “La gente perdió la confianza. Habíamos trabajado tanto desde el fin de la guerra... sesenta años. Cuanto más nos enriquecíamos, más contentos estábamos. Pero al final no conseguimos la felicidad a pesar de todo lo que trabajamos. Llegó el terremoto y mucha gente tuvo que ser evacuada; tuvo que abandonar su casa y su región. Es una tragedia. Estábamos orgullosos de nuestra tecnología, pero la planta de energía nuclear se convirtió en una pesadilla. Por eso la gente empezó a pensar que tenemos que hacer un drástico cambio de forma de vida. Pienso que es un momento decisivo en Japón.” Lo compara con el 11-S, que, dice, cambió el curso de la historia. Desde la perspectiva de un novelista es un “acontecimiento milagroso”, algo que no puede ser verdad. “Cuando veo los videos de los dos aviones que se estrellan en los edificios, me parece un milagro. No es políticamente correcto decir que es bello, pero debo decir que hay una suerte de belleza en eso. Es horrible, es una tragedia, a pesar de lo cual tiene algo de belleza. Parece demasiado perfecto. La verdad es que no puedo creer que haya pasado. A veces me pregunto si el mundo no sería muy diferente al actual si esos dos aviones no se hubieran estrellado en el edificio.” El cambio que experimentan los japoneses, dice Murakami, es en parte el reconocimiento que se produce al perder tanto y tener que cuestionarse qué es lo importante. Sus propias prioridades son simples, señala. Por ejemplo, no sabe cuánto dinero tiene. “Cuando se es más o menos rico, lo mejor que puede hacerse es no saber cuánto dinero se tiene. Lo mejor que se puede comprar con el dinero es libertad, tiempo. No sé cuánto gano por año. No tengo idea. No sé cuánto pago de impuestos. No quiero pensar en impuestos.” Hay una larga pausa.
“Tengo un contador y mi esposa se ocupa de eso. No me informan nada. Yo me limito a trabajar.” ¡Debe confiar mucho en su esposa! “Llevamos casados cuarenta años o algo así. Sigue siendo mi amiga. Conversamos, siempre conversamos. Me ayuda mucho. Me aconseja en relación con mis libros. Respeto su opinión. A veces discutimos. En ocasiones su opinión es muy dura. Puede serlo.” Tal vez lo necesita. “Eso creo. Si mi editor hiciera lo mismo, me enojaría.” Se encoge de hombros. “Puedo dejar a mi editor, pero no a mi esposa.” El padre murió hace dos años y la madre sigue con vida. Murakami espera que su éxito como novelista los haya alegrado, pero tiene sus dudas. También tiene sus consuelos. Es miembro de un club de corredores de Hawaii, del cual es el integrante mayor. Corre y escribe todos los días. La perseverancia lo es todo. “Me gusta leer libros. Me gusta escuchar música. Colecciono discos. Y gatos. Ahora no tengo ninguno, pero si salgo a caminar y veo un gato me pongo contento.”
(entrevista de Emma Brockes para The Guardian, tomada de Revista Ñ del diario Clarín. Traducción de Joaquín Ibarburu.)
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Indignados de Oakland
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