Imaginémonos dentro de los pensamientos de Sylvia Plath muy, muy temprano por la mañana, el 11 de Febrero de 1963. Estamos en Londres, en la casa del 23 Fitzroy Road, cerca de Regent’s Park. Ha sido un invierno terrible, el peor en cien años, con un frío que hace literalmente explotar las cañerías. Ya sabemos que va pasar, pero vamos llegando poco a poco a la imaginación de Plath en sus últimos momentos.
Hace varios meses que Plath, de treinta años, separada hace unos cinco meses de su marido, el poeta Ted Hughes, se ha estado despertando a esta con el alba —en hora azul, como lo describe ella misma— para escribir. En esas horas, antes que se despiertan sus hijos (Frieda, una nena de 2 años, y Nicholas, un bebé con apenas nueve meses) Plath escribe, poseída. Ha encontrado su verdadera voz, la musa la dirige, apoyando una mano sobre su hombro. Plath escribe un poema por día, a veces más. Pero este día, el 11 de Febrero de 1963 –un lunes– Plath se ha despertado para dedicarse a su segundo arte: el suicidio.
En el poema Lady Lazarus —uno de los que escribió en esos días— dice, sobre el suicidio:
I have done it again.
One year in every ten
I manage it—
(Lo he hecho de nuevo / un año de cada diez / lo logro).
Y también dice, en el mismo poema:
Dying
Is an art, like everything else.
I do it exceptionally well.
I do it so it feels like hell.
I do it so it feels real.
I guess you could say I’ve a call.
(Morirse / es un arte / como todas las otras cosas. / Lo hago excepcionalmente bien. / Lo hago para que se siente como el infierno. / Lo hago para que se siente real. / Supongo que podrías decir que tengo una vocación.)
En esta mañana helada londinense, cuando la ciudad aún estaba en silencio, Plath fue al cuarto de sus hijos, que dormían, y les dejó vasos de leche y pan con manteca, por si se despertaban con hambre. Pasó después a la cocina y con una toalla selló el espacio entre la puerta y el suelo. Abrió el horno y con otra toalla se hizo una almohada para apoyar su cabeza en el mismo horno. Prendió el gas al máximo y se recostó. Fue su segundo, o cuarto, intento de suicidio, dependiendo de cómo llevas la cuenta (¿Un choque de auto el año pasado, cuenta? ¿Un episodio con un cuchillo cuando tenía 10 años? Según ella, sí.) Lo único relevante ahora es que este intento fue exitoso.
¿Cómo podemos imaginar que pasaba en la imaginación de Plath en sus últimos momentos? Por allí, como los ahogados, vio su vida entera pasar por delante de sus ojos.
Plath vivió una vida encantada, pero con un gusano incrustado en el corazón. Nació en Boston, Massachusetts en 1932. Su padre, Otto, un inmigrante alemán, era un entomólogo, experto en abejas, que enseñaba biología y lenguaje alemán en la Boston University. La esposa de Otto, Aurelia, era de padres austríacos y tenía 21 años menos que su marido. Lo había conocido cuando era alumna en la universidad. Plath pasó su infancia, junto con su hermano menor, en un pueblo de clase media obrera, al lado del mar. La calle de su casa terminaba, literalmente, en el océano Atlántico.
Sylvia era una alumna brillante. Se adelantó un año en el colegio. Escribía poemas desde que era niña y su primer poema fue publicado en un diario de Boston, en un suplemento para niños, cuando tenía ocho años. Ese mismo año su padre murió. Testarudo y frugal, Otto, estaba seguro que tenía cáncer de pulmón y rehusó ir al médico. En realidad tenía diabetes y podría haber sido tratado y curado, pero cuando por fin fue diagnosticado ya era tarde.
Con su madre y hermano se mudaron a un arbolado suburbio de Boston, llamado Wellesley. Nunca tuvieron mucho dinero, pero tampoco nunca les falto nada (gracias a la madre, que terminó siendo profesora en Boston University, como Otto.)
Aparte de la sombra de la muerte de su padre, la vida de Sylvia fue puro sol. Le iba bien en el colegio y se ganaba todos los premios que había por ganar. Leía y escribía con la pasión y certeza de una elegida. Aun de adolescente logró publicar un puñado de cuentos en revistas nacionales. Era ambiciosa pero también le gustaba pasarlo bien. Le gustaban mucho salir con chicos, pero los tiempos eran complicados para las relaciones sexuales. Escribía voluminosamente en un diario todas sus impresiones, ambiciones y ocurrencias. No era una chica depresiva, pero si extremadamente autoexigente.
Cuando llegó el momento de ir a la universidad consiguió una beca completa en uno de los mejores colleges de mujeres en los Estados Unidos, Smith. Smith tenía un nivel académico comparable con Harvard, Princeton o cualquiera de las universidades del Ivy League. Allí, floreció. Estudio literatura. Sacaba puntajes casi perfectos en todas las materias salvo algunas obligatorias como gimnasia. Seguía publicando cuentos cortos en revistas nacionales y hasta ganó importantes cifras de dinero con eso. A la par de estudiar, trabajaba, como condición de la beca.
Smith, por más alto nivel académico que tuviera, no era un lugar feminista. El rol explicito de la universidad era preparar a las jóvenes mujeres para ser buenas esposas. Había una ceremonia a fin de año en la cual todas las graduadas hacían una carrera empujando un aro y cuyo premio simbólico para la ganadora era que sería la primera en casarse.
Gloria Steinem, que asistió a Smith en los años cincuenta, dijo: "el único mecanismo que te podría cambiar la vida era el casamiento, y después de eso asumías la existencia de tu marido. Así era la vida en ese momento".
En los diarios de Plath (se publicó una monumental selección de casi 800 páginas en 2000) no se le ve quejándose de las restricciones y las convenciones de la sociedad. Al contrario, quería casarse y tener hijos. Su problema era encontrar un hombre adecuado. Quería alguien con una inteligencia tan brillante y feroz como la suya. Y quería, también un hombre masculino, fuerte e imponente.
Tras su tercer año de college (se recibe, tradicionalmente en cuatro) fue aceptada en un programa súper exigente para pasar un mes como periodista en Nueva York en la revista Mademoiselle. Pero no pudo disfrutar de esa experiencia. En Julio de ese año, 1950, quería volver a Boston y hacer un taller de ficción en Harvard, pero su aplicación fue rechazada. Para una persona tan autoexigente como Plath fue un fracaso catastrófico.
Sola, en la casa de su madre en Wellesley, ese verano hizo un intento de suicidio macabro. Una mañana consiguió el frasco de píldoras para dormir que su madre guardaba bajo llave y bajó al sótano de la casa. Allí encontró un pequeño espacio entre el piso y la planta baja. Se instaló, como en una catacumba, cerrándose tras unas piedras pesadas, y se tomó todas las píldoras. Obviamente, nadie la encontró. En total pasaron tres días en los que su desaparición fue noticia de tapa en los diarios principales de Boston. Por fin, y por mera casualidad, su abuela, bajando al sótano para hacer la lavandería, la descubrió.
En los próximos meses Plath fue sometida a unos tratamientos de electroshock que, más que mejorarla, le aumentaron exponencialmente su angustia. Terminó en un psiquiátrico de la universidad de Harvard llamado McClean. (Allí se trataron a eminentes escritores como el poeta Robert Lowell y el novelista David Foster Wallace.) Fue un año muy difícil pero el orgullo y ambición de Plath, junto al apoyo total de sus mentores en Smith, lograron que lo sobrellevara. Terminó la universidad, un año tarde, con los más altos honores. Su tesis era sobre el uso del doble en la obra de Dostoievski. Además ganó una prestigiosa beca para estudiar literatura en Cambridge, en Inglaterra.
Acá comienza la larga fase terminal de su vida, en la cual encontró su voz como poeta pero también sembró su fin. Por fin conoce el hombre de su vida, uno que reúne todas las características que ella consideraba mínimas para su cónyuge. En una fiesta le presentan a Ted Hughes, un hombre alto, muy masculino, misterioso y, aún a los 25 años, un poeta excepcional. Plath dijo que él era, "un cantante, un cuentista un león y un trotamundos" (a singer, story-teller, lion and world-wanderer).
En esa fiesta Plath, eufórica, le canta versos de Hughes mismo a Hughes. Hughes la aparta a una habitación para hablar más en privado. El la quiere besar, ella lo abraza y lo muerde la mejilla hasta sangrar. Después Hughes diría que "el sistema solar nos casó esa noche". Se casaron, de hecho, solo tres meses después.
Es casi imposible que convivan dos poetas en paz en un matrimonio, especialmente cuando ambos tienen ambiciones desmesuradas. Y más aun cuando el arte de ambos consiste en mirar abismos, de entrar en oscuridades violentas para volver a la luz y contar de ese tránsito. Hughes, casi de inmediato, se convirtió en un poeta exitoso, alabado en Inglaterra y los Estados Unidos, como uno de los mejores de su generación. Sus poemas son sobre la tensión y la violencia escondida en la naturaleza y el mundo de los animales. Plath seguía escribiendo, pero sin tanto éxito –comparado con el de su marido. Sus temas: la muerte, el cuerpo, el microcosmos de la angustia cotidiana y autobiográfica dentro del macrocosmos de un universo indescifrable, frío y hostil.
Intentaron vivir en Smith, donde su Alma mater le ofreció a Plath trabajo como profesora. Intentaron vivir en Boston, como freelance. Se mudaron a Londres e intentaron allí. Plath le escribía a su madre que era feliz, que había logrado todo lo que se había propuesto en la vida. Tuvo una hija. Se embarazó nuevamente y tuvo un aborto espontáneo. Después tuvo un hijo. Hughes iba de triunfo en triunfo. Plath escribía, prosa, poemas, una novela autobiográfica que publicó en Inglaterra con pseudónimo, una primera colección de poemas. Para los estándares de cualquiera hubiera sido una vida exitosa.
Hughes tenía fama de mujeriego, y al fin se fue con otra mujer llamada Assia Wevill. Plath, devastada, enrabiada, sola con sus dos hijos, fue para delante con su vida. Antes de la separación habían alquilado un departamento en el edificio donde había vivido en gran poeta Irlandés, William Butler Yeats. Allí pasó Plath sus últimos meses escribiendo versos que la pondrían entre los mejores poetas estadounidenses del siglo XX.
Volvemos a la mañana del 11 de Febrero de 1963. Es imposible saber lo que pasaba dentro de la imaginación de Plath mientras moría. Pero nos podríamos imaginar este monólogo, construido de frases de los poemas de su colección Ariel, que Hughes publicó en 1965, y que fue dedicado a Frieda y Nicolas, los infantes que la niñera vio llorando en una ventana y hizo a unos obreros forzar la puerta del departamento de Plath, ya demasiado tarde.
Estoy aterrorizada de esta cosa oscura, que duerme dentro de mí. Todo el día siento sus vueltas emplumadas, su maldad… Como me gustaría creer en la ternura… Después de todo, estoy viva solamente por un accidente… Un milagro caminante, mi piel, brillosa como la pantalla de una lámpara nazi… Carne, hueso, allí no hay nada… Herr Dios, Herr Lucifer, cuidado, cuidado… Nadie me miraba antes, ahora me miran… He sufrido la atrocidad de los atardeceres… No me muevo, la escarcha hace una flor, el rocío hace una estrella, la campana muerta, la campana muerta. Alguien está terminada… ¿Puro? ¿Qué significa? Las lenguas del infierno son lerdas… ¿Mi calor no te asombra? ¿Y mi luz? La mujer es perfeccionada, su cuerpo muerto lleva la sonrisa de su logro… Cada niño muerto enrollado, una serpiente blanca, cada uno a su pequeña botella de leche… De las cenizas me levanto, y me devoro los hombres como el aire.
Hughes fue el heredero de las obras de Sylvia Plath pero también de su dolor. Assia Wevill, la mujer por cual abandonó a Plath tuvo una hija. Cuando esa niña tenía cuatro años, Assia Wevill se metió en su cocina y, junto con la criatura, se suicidó abriendo el gas del horno. Nicolás, el hijo de Ted y Sylvia, se suicidó ahorcándose en Alaska, donde era biólogo marino, en 2009.
Hughes murió en 1998 después de publicar una colección de poemas llamado Birthday Letters, todos dedicados a Plath. En uno, titulado "Ouija", cuenta como él y Plath se comunicaban con un espíritu (Hughes era ocultista). En el poema Plath le pregunta al espíritu si serán famosos. La voz le contesta: "La fama vendrá. Especialmente para ti. La fama no se puede evitar. Y cuando viene pagarás por ella con tu felicidad, con tu marido, y con tu vida".
Para las feministas, Hughes es el asesino de facto de Plath. Amenazaban asesinarlo a él. No le perdonaron quemar los últimos diarios de su esposa "para que sus hijos no tuvieran que leerlos". La tumba que erigió para Plath en Heptonstall dice: En memoria a Sylvia Plath Hughes. 1932-1963. Hasta entre las llamas feroces se puede plantar el loto de oro. Sistemáticamente, ha sido vandalizado: borraron "Hughes" a golpes de piedras.
Hoy Plath tendría 81 años, la misma edad que Geoffrey Hill, el poeta más importante de Inglaterra y uno que, en su avanzada edad, ha encontrado una fuente secreta de productividad poética. Todo podría haber sido diferente. Podría haber superado su mal momento; podría haber encontrado una nueva vida; podría haber escrito tanto más. Hubiera ayudado tanto a sus devotos lectores si hubiera elegido seguir viviendo y escribiendo.
Pero estos son sentimientos que provocan todos los suicidios. Plath buscó su muerte en su obra. Hizo un macabro arte de la muerte, tanto en sus palabras como el los hechos. Al fin solo hay desamparo y vidas quebradas.
(¿Recuerdas que un amigo alguna vez te habló del poeta ocultista W.B. Yeats, quien había inodado a otros en ese camino: quién hubiese imaginado que la pareja de Sylvia Plath era, como ella, al parecer, ocultista? Ensayo de Andrés Hax en el sitio "revista ñ", Clarín.)
sábado, 7 de septiembre de 2013
viernes, 6 de septiembre de 2013
Lemebel, premio iberoamericano
"Qué buena onda", fue la primera reacción del escritor chileno Pedro Lemebel, al enterarse que había sido galardonado con el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso 2013, instituido en 2001 por la Universidad de Talca en memoria del autor que le da nombre. Al ser contactado por teléfono por el jurado, reunido en Santiago de Chile, preguntó a continuación: "De cuánto es (el premio)?". Y al saber que el galardón está dotado este año con un diploma, una medalla y 50.000 dólares, espetó: "Me voy a poner tetas".
Nacido en Santiago en 1952, Lemebel, escritor, cronista, artista plástico y también activista gay y travesti, es autor de libros de crónicas como La esquina es mi corazón (1995), Loco afán (1996), De Perlas y cicatrices (1998) y Adiós Mariquita Linda (2004). Según destacó el jurado, el chileno "ha logrado proponer una representación heterogénea y compleja de la sociedad chilena, en la que inscribe las imágenes de género y clase social, con una importante proyección hacia el resto de la sociedad", informó. "Nuestra decisión ha sido a favor de la creatividad estética, de la poética a través de la crónica, con los varios registros de voces que él plantea", añadió durante la conferencia de prensa Francine Masiello, de la Universidad de Carolina en Berkeley.
Además de esa "original" obra escrita, el presidente del jurado, Javier Pinedo, subrayó que Lemebel se ha destacado por "sus acciones de arte, su manera de vestirse como mujer, sus provocaciones en actos literarios, su oposición al canon social". Porque Lemebel ha sufrido tanto la marginalidad de la pobreza, "que es una marginalidad extrema, más allá de un país que hoy tiene éxitos económicos", y también "una marginalidad sexual, que es una mezcla muy explosiva en sociedades tan primarias como ésta".
"Ser homosexual y pobre" ha llevado a Lemebel a proyectar una "obra muy crítica frente a lo que sucedió". "Y me parece que eso es también lo que este jurado está premiando", subrayó Pinedo, director del Instituto de Estudios Humanísticos de la Universidad de Talca. Paradójicamente, la homosexualidad marcó también la vida de José Donoso (1924-1996), quien según los expertos en su obra, su propia hija y lo que él mismo deslizó, sufrió una permanente angustia por esa condición, que nunca llegó a reconocer abiertamente.
Para Rafael Gumucio, de la Universidad Diego Portales de Chile, el trabajo de Lemebel refleja "la lucha de clases y la identidad sexual, dos fallas en las que él ha resultado un sismógrafo" dentro de una "sociedad en ebullición" como la chilena. Gumucio y Carolina Sancholuz, de la Universidad Nacional de la Plata (Argentina) señalaron además que el jurado tuvo en cuenta que Lemebel es chileno y que este país se apresta a conmemorar el 40 aniversario del golpe de Estado, el 11 de septiembre.
A juicio de Pinedo, estos 40 años "están ayudando al fin del miedo, que es muy difícil en sociedades que han sido profundamente disciplinadas".
"De alguna manera, alguno de los jurados podía pensar que los 40 años significaba reconocer lo que no ha sido reconocido en literatura. Pedro no tiene premios en Chile", resaltó.
Lemebel sí ha sido en varias ocasiones finalista del Premio Altazor con su novela Tengo miedo, Torero (2002), con la recopilación de crónicas, Zanjón de la Aguada (2004) y con sus ensayos Adiós, mariquita linda (2006) y Háblame de amores (2013).
La española María Ángeles Pérez, de la Universidad de Salamanca; y Juan Gelpí, de la Universidad de Puerto Rico, completaron el jurado de este premio, que se entregará durante la Feria Internacional del Libro de Santiago, entre fines de octubre y principios de noviembre. Los últimos ganadores de este premio fueron el español Javier Marías (2008), el mexicano Jorge Volpi (2009), la chilena Diamela Eltit (2010), el nicaragüense Sergio Ramírez (2011) y el mexicano Juan Villoro (2012).
(nota de la agencia Efe tomada del sitio "revista ñ", Clarín.)
Nacido en Santiago en 1952, Lemebel, escritor, cronista, artista plástico y también activista gay y travesti, es autor de libros de crónicas como La esquina es mi corazón (1995), Loco afán (1996), De Perlas y cicatrices (1998) y Adiós Mariquita Linda (2004). Según destacó el jurado, el chileno "ha logrado proponer una representación heterogénea y compleja de la sociedad chilena, en la que inscribe las imágenes de género y clase social, con una importante proyección hacia el resto de la sociedad", informó. "Nuestra decisión ha sido a favor de la creatividad estética, de la poética a través de la crónica, con los varios registros de voces que él plantea", añadió durante la conferencia de prensa Francine Masiello, de la Universidad de Carolina en Berkeley.
Además de esa "original" obra escrita, el presidente del jurado, Javier Pinedo, subrayó que Lemebel se ha destacado por "sus acciones de arte, su manera de vestirse como mujer, sus provocaciones en actos literarios, su oposición al canon social". Porque Lemebel ha sufrido tanto la marginalidad de la pobreza, "que es una marginalidad extrema, más allá de un país que hoy tiene éxitos económicos", y también "una marginalidad sexual, que es una mezcla muy explosiva en sociedades tan primarias como ésta".
"Ser homosexual y pobre" ha llevado a Lemebel a proyectar una "obra muy crítica frente a lo que sucedió". "Y me parece que eso es también lo que este jurado está premiando", subrayó Pinedo, director del Instituto de Estudios Humanísticos de la Universidad de Talca. Paradójicamente, la homosexualidad marcó también la vida de José Donoso (1924-1996), quien según los expertos en su obra, su propia hija y lo que él mismo deslizó, sufrió una permanente angustia por esa condición, que nunca llegó a reconocer abiertamente.
Para Rafael Gumucio, de la Universidad Diego Portales de Chile, el trabajo de Lemebel refleja "la lucha de clases y la identidad sexual, dos fallas en las que él ha resultado un sismógrafo" dentro de una "sociedad en ebullición" como la chilena. Gumucio y Carolina Sancholuz, de la Universidad Nacional de la Plata (Argentina) señalaron además que el jurado tuvo en cuenta que Lemebel es chileno y que este país se apresta a conmemorar el 40 aniversario del golpe de Estado, el 11 de septiembre.
A juicio de Pinedo, estos 40 años "están ayudando al fin del miedo, que es muy difícil en sociedades que han sido profundamente disciplinadas".
"De alguna manera, alguno de los jurados podía pensar que los 40 años significaba reconocer lo que no ha sido reconocido en literatura. Pedro no tiene premios en Chile", resaltó.
Lemebel sí ha sido en varias ocasiones finalista del Premio Altazor con su novela Tengo miedo, Torero (2002), con la recopilación de crónicas, Zanjón de la Aguada (2004) y con sus ensayos Adiós, mariquita linda (2006) y Háblame de amores (2013).
La española María Ángeles Pérez, de la Universidad de Salamanca; y Juan Gelpí, de la Universidad de Puerto Rico, completaron el jurado de este premio, que se entregará durante la Feria Internacional del Libro de Santiago, entre fines de octubre y principios de noviembre. Los últimos ganadores de este premio fueron el español Javier Marías (2008), el mexicano Jorge Volpi (2009), la chilena Diamela Eltit (2010), el nicaragüense Sergio Ramírez (2011) y el mexicano Juan Villoro (2012).
(nota de la agencia Efe tomada del sitio "revista ñ", Clarín.)
jueves, 5 de septiembre de 2013
Seamus Heaney, poeta
Un artista
Me fascina imaginar su cólera.
Su obstinación ante la roca, su contención
de la sustancia de las manzanas verdes.
El modo en que supo ser perro ladrando
frente a su imagen ladrando.
Y su odio por la propia actitud
ante el único trabajo que merecía la pena,
la vulgaridad de esperar si acaso
gratitud o admiración, significado
al fin de un robo de sí mismo.
Y el modo en que su fortaleza se erguía,
segura de estar haciendo lo que sabía hacer.
Su frente como una boule arrojada,
surcando el incoloro espacio
tras la manzana y la montaña.
(texto tomado del muro de Catarina Sangrienta, trad. Pura López Colomé.)
Me fascina imaginar su cólera.
Su obstinación ante la roca, su contención
de la sustancia de las manzanas verdes.
El modo en que supo ser perro ladrando
frente a su imagen ladrando.
Y su odio por la propia actitud
ante el único trabajo que merecía la pena,
la vulgaridad de esperar si acaso
gratitud o admiración, significado
al fin de un robo de sí mismo.
Y el modo en que su fortaleza se erguía,
segura de estar haciendo lo que sabía hacer.
Su frente como una boule arrojada,
surcando el incoloro espacio
tras la manzana y la montaña.
(texto tomado del muro de Catarina Sangrienta, trad. Pura López Colomé.)
miércoles, 4 de septiembre de 2013
Jorge Leonidas Escudero (1920 )
Ante la inmensidad
Fue alguna de esas noches en que miraba cielo
en lejanías sobre campo oscuro y vi
cruzárseme un relámpago lejano. Fue tal
como ver chispear una idea
en el umbral de otro mundo.
Es como si en el fondo del desierto hubiera
querido hacerse luz una verdad pero
pasó fugaz y quedé a oscuras.
Parece que la inmensidad
quiere decirme un secreto y al ver
que todavía falta mucho en mí
queda muda.
(texto tomado del blog "otra iglesia es imposible")
Fue alguna de esas noches en que miraba cielo
en lejanías sobre campo oscuro y vi
cruzárseme un relámpago lejano. Fue tal
como ver chispear una idea
en el umbral de otro mundo.
Es como si en el fondo del desierto hubiera
querido hacerse luz una verdad pero
pasó fugaz y quedé a oscuras.
Parece que la inmensidad
quiere decirme un secreto y al ver
que todavía falta mucho en mí
queda muda.
(texto tomado del blog "otra iglesia es imposible")
martes, 3 de septiembre de 2013
Jack Kerouac: tareas
Tuve una infancia hermosa: mi padre era imprentero en Lowell; vagué día y noche por los campos y las orillas del río; escribí novelitas en mi cuarto, la primera a los once años; llevé también un diario e inventé un “periódico” que cubría mis mundos imaginarios de carreras de caballos, béisbol y fútbol. En el Colegio Parroquial de San José recibí tempranamente una excelente educación de los jesuitas, que me permitió después saltar sin escalas al sexto grado de la escuela pública; cuando era chico, viajé con mi familia a Montreal, Quebec; el alcalde de Lawrence (Massachusetts), Billy White, me dio a los once años un caballo en el que pasearon todos los demás niños del vecindario; el caballo se escapó. Acompañado por mi madre y mi tía, hice largas caminatas nocturnas bajo los árboles añejos de Nueva Inglaterra. Escuchaba con atención los chismes que ellas contaban. A los diecisiete años y bajo el influjo de Sebastian Sampas, un joven poeta local que murió luego en la playa de Anzio, decidí ser escritor. A los dieciocho años leí la vida de Jack London y resolví ser también un aventurero, un viajero solitario. Las primeras influencias literarias fueron Saroyan y Hemingway; más tarde, Wolfe (después de romperme una pierna jugando al fútbol con los estudiantes del primer año de Columbia leí a Tom Wolfe y recorrí su Nueva York en muletas). Influido por mi hermano mayor, Gerald Kerouac, que murió a los nueve años en 1926, cuando yo tenía cuatro, durante la infancia pretendí ser un gran pintor y dibujante (él lo era) (y también un santo, según dijeron las monjas) (esto aparece en la próxima novela, Visions of Gerard). Mi padre era moralmente recto, muy alegre; en sus últimos años, lo amargaron Roosevelt y la Segunda Guerra; murió de cáncer de bazo. Mi madre todavía vive. Y yo vivo con ella en una especie de vida monástica que me permitió escribir todo lo que escribí. Pero también escribí en el camino, como vagabundo, ferroviario, exiliado mexicano y peregrino por Europa (como se lee en Viajero solitario). Mi hermana Caroline, casada con Paul E. Blake Jr., de Henderson, N.C, técnico del gobierno en protección antimisilística, tiene un hijo, Paul Jr., mi sobrino, que me llama tío Jack y me quiere mucho. Mi madre se llama Gabrielle; sus largos relatos acerca de Montreal y New Hampshire me enseñaron naturalmente el arte de contar historias. La genealogía de mi familia se remonta a Bretaña, Francia, y a mi primer ancestro norteamericano, el barón Alexandre Louis Lebris de Kérouac de Cornwall, Bretaña; alrededor de 1750 le cedieron tierras a lo largo de la Rivière du Loup después de la victoria de Wolfe sobre Montcalm; sus descendientes se casaron con indias (mohawacks y caughnawagas) y cultivaron papas. El primer descendiente en los Estados Unidos fue mi abuelo Jean-Baptiste Kerouac, carpintero de Nashua, N. H. La madre de mi padre era una Bernier de la familia del explotador Bernier. Todos bretones por el lado de mi padre. Mi madre tiene un nombre normando, L`Evesque.
Mi primera novela en sentido estricto fue The town and the city, escrita, en la tradición del trabajo minucioso y la corrección, en tres años, entre 1946 y 1948, y publicada en 1950 en Harcour Brace. Luego descubrí la prosa “espontánea” y escribí Los subterráneos en tres noches y En el camino en tres semanas.Leí y estudié solo durante toda mi vida. En Columbia batí el record de inasistencia a las clases para quedarme en mi cuarto. Escribía una pieza teatral diaria y leía a, digamos, Louis-Ferdinand Céline en lugar de los “clásicos” del curso.
Tenía mis propias ideas. Se me conoce como “loco, vago y ángel” de “prosa perpetua y desnuda”. Soy también poeta en verso: Mexico City blues. Siempre entendí que la literatura era mi deber en la Tierra. También la prédica de la bondad universal, que los críticos histéricos no supieron advertir bajo la frenética actividad de mis novelas sobre la generación “beat”. No soy realmente un “beat” sino un solitario, lunático y extraño místico católico...
Planes últimos: eremita en los bosques, serena escritura de madurez, dulce insinuación del Paraíso (que nos llega a todos...)
Este texto, “Por favor, haga un breve resumen de su vida”, fue escrito por Jack Kerouac como introducción a los artículos de Viajero solitario, que Caja Negra distribuye esta semana.
(texto íntegro, "Mi deber en la tierra", tomado del sitio "radar libros", Página/12, Bs. As.)
lunes, 2 de septiembre de 2013
César Vallejo (1892/1938 )
Hoy me gusta la vida mucho menos...
Hoy me gusta la vida mucho menos,
pero siempre me gusta vivir, ya lo decía.
Casi toqué la parte de mi todo y me contuve
con un tiro en la lengua detrás de mi palabra.
Hoy me palpo el mentón en retirada
y en estos momentáneos pantalones yo me digo:
¡Tánta vida y jamás!
¡Tántos años y siempre mis semanas!...
Mis padres enterrados con su piedra
y su triste estirón que no ha acabado;
de cuerpo entero hermanos, mis hermanos,
y, en fin, mi sér parado y en chaleco.
Me gusta la vida enormemente
pero, desde luego,
con mi muerte querida y mi café
y viendo los castaños frondosos de París
y diciendo:
Es un ojo éste, aquél; una frente ésta, aquélla... Y repitiendo:
¡Tánta vida y jamás me falla la tonada!
¡Tántos años y siempre, siempre, siempre!
Dije chaleco, dije
todo, parte, ansia, dije casi, por no llorar.
Que es verdad que sufrí en aquel hospital que queda al lado
y está bien y está mal haber mirado
de abajo para arriba mi organismo.
Me gustará vivir siempre, así fuese de barriga,
porque, como iba diciendo y lo repito,
¡tánta vida y jamás! ¡Y tántos años,
y siempre, mucho siempre, siempre siempre!
(texto tomado del blog "otra iglesia es imposible")
Hoy me gusta la vida mucho menos,
pero siempre me gusta vivir, ya lo decía.
Casi toqué la parte de mi todo y me contuve
con un tiro en la lengua detrás de mi palabra.
Hoy me palpo el mentón en retirada
y en estos momentáneos pantalones yo me digo:
¡Tánta vida y jamás!
¡Tántos años y siempre mis semanas!...
Mis padres enterrados con su piedra
y su triste estirón que no ha acabado;
de cuerpo entero hermanos, mis hermanos,
y, en fin, mi sér parado y en chaleco.
Me gusta la vida enormemente
pero, desde luego,
con mi muerte querida y mi café
y viendo los castaños frondosos de París
y diciendo:
Es un ojo éste, aquél; una frente ésta, aquélla... Y repitiendo:
¡Tánta vida y jamás me falla la tonada!
¡Tántos años y siempre, siempre, siempre!
Dije chaleco, dije
todo, parte, ansia, dije casi, por no llorar.
Que es verdad que sufrí en aquel hospital que queda al lado
y está bien y está mal haber mirado
de abajo para arriba mi organismo.
Me gustará vivir siempre, así fuese de barriga,
porque, como iba diciendo y lo repito,
¡tánta vida y jamás! ¡Y tántos años,
y siempre, mucho siempre, siempre siempre!
(texto tomado del blog "otra iglesia es imposible")
domingo, 1 de septiembre de 2013
EL BAÑO
En la mañana, antes que anochezca,
me secaré el cuerpo con la toalla
que reposa donde la dejaste.
Sé, lo sé ciegamente, que ya
se desvanecieron tus huellas
en la cresta de la felpa.
Que tus pliegues tus vellos
tus labios y lenguas no están
ni estarán más en sus dobleces.
Que abrazarme a su textura
no me conducirá a nadie,
a nada; y lo deseo vivamente.
Aunque caigan cerca de mi vida
cientos de estrellas fugaces
no pediré un solo deseo
Que me remita a ti, que me lleve
a recuperarte pues es pronto
para tu regreso.
me secaré el cuerpo con la toalla
que reposa donde la dejaste.
Sé, lo sé ciegamente, que ya
se desvanecieron tus huellas
en la cresta de la felpa.
Que tus pliegues tus vellos
tus labios y lenguas no están
ni estarán más en sus dobleces.
Que abrazarme a su textura
no me conducirá a nadie,
a nada; y lo deseo vivamente.
Aunque caigan cerca de mi vida
cientos de estrellas fugaces
no pediré un solo deseo
Que me remita a ti, que me lleve
a recuperarte pues es pronto
para tu regreso.
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