domingo, 2 de abril de 2017

Uriel Martínez (1950 )

Herencia de silencios

                       

1.
Presté mis servicios profesionales en una librería de Dogville, La Azotea, cerrada por insolvencia económica hace un trimestre. Dogville es un pueblo sureño a donde llegué por descuido de los hados o mi inconsciente. Como es lógico durante esa década hice amigos. Los más generosos se aventuraron a leer mis recomendaciones, así encontré fanáticos de la obra de Rubem Fonseca y Patricia Highsmith, por ejemplo; lectores de Claudio Magris y Mario Bellatin, verbigracia. Poco a poco me fui ganando la confianza de los noveles lectores de aquellas plumas que yo había conocido años atrás, en mis años universitarios. Incluso uno de mis amigos y confidente, me preguntó qué hacer con su biblioteca, llegado el momento pues de un tiempo a esta parte empezó a anidar en su interior la idea de que moriría pronto y súbitamente. Para esto, cada tres meses veía al cardiólogo, llevaba un régimen estricto en materia de alimentos y bebidas, evitaba la emociones fuertes -si es que son evitables los suicidios consumados, los secuestro express de conocidos y familiares y cosas por el estilo-, era amante de la siesta antes de ingerir alimentos; era asiduo de las pelis de Netflix, de las corridas de toros y de los puros cubanos, etcétera. El sexo, me confiaba, era ya parte de su pasado tormentoso, atormentado.

2.
De entrada descartó mi consejo de donar su hato de libros a la biblioteca municipal, de formar una asociación civil que acogiera a lectores jóvenes de su acervo, incluso se negó a organizar sorteos en lotes temático sobre la Segunda Guerra Mundial, el pasado prehispánico, escritores del Siglo de Oro, la Colonia y el Nuevo Mundo. Toda esas ideas sueltas ya las había contemplado y las descartaba por temor a que su preciado "tesoro" terminara en bazares, librerías de ocasión o, sencillamente, en el muladar de Dogville. Luego lo persuadí de elaborar testamento en que me nombrara si no el destinatario por lo menos el albacea de su vasta colección, en caso, claro, de que muriese antes que yo. Después de rumiar durante semanas esta ultima idea, me dijo a la hora del café que la aceptaba en caso de que yo hiciese el mismo testamento notariado, es decir, donarle mis libros si yo fallecía antes. Acepté de inmediato pues no tenía yo a quién delegarle la losa pesada de mis libros, revistas, folletos y pasquines. Para festejar el acuerdo me dijo que, en lo sucesivo, él cubriría el monto de consumo semanal de pastel y café que invariablemente nos ocupaba; incluido el costo del testamento que le preparaba, ya, el notario del pueblo, Desquicio.

3.
-No, no tengo inconveniente en que intervenga ese notario, respondí a su duda. Desquicio es el decano de los notarios del pueblo, los más de los cuales se ocupan de asuntos del crimen organizado, los partidos políticos de pacotilla, de los divorcios y matrimonios instantáneos y otras zarandajas propias de un pueblo rabón y perdido en las estribaciones de la Sierra Madre, Dogville. Apenas la semana pasada firmamos el documento redactado al alimón y en presencia de familiares de mi amigo y conocidos míos. Se evitó la presencia de la prensa, de embajadores de la madre Iglesia, de líderes empresariales y del bajo mundo de cafés, bares y sectas del universo masón y gay. Gracias a este acuerdo convenido, razonado y fundamentado comienzo a andar ligero por la vida. Deseo que mi amigo haya experimentado esta misma sensación de sosiego, El mundo, dicen, está hecho de detalles, de atenciones mínimas, de pequeños acuerdos y obsequios.

4.
Esta mañana, al abrir mi correo electrónico, me he encontrado con una amarga novedad, proveniente de varias plumas y e mails distintos: mi amigo murió esta madrugada en el baño de su casa: la chica que hace el aseo lo encontró sentado en el inodoro, en chanclas y con la dentadura en el regazo, sobre un periódico del día anterior, en la página que detallaba la corrida de toros de temporada. Cerré rápidamente el correo y apagué la laptop. Estoy por emprender un viaje a la capital del país a entrevistarme con uno de los principales distribuidores de libros de ocasión de México, quien me prometió nombrarme titular y representante de la zona centro norte del negocio. El futuro no está en los libros electrónicos, mi amigo, está en los libros usados, de medio uso, me confió la primera vez que hablamos por celular. Por pura casualidad me enteré, gracias a un círculo de intelectuales de feisbuk, que este comerciante que me contactó por amigos comunes se dedica también a la edición de libros apócrifos y autores fantasmas.

5.
Gracias a su iniciativa han aparecido obras póstumas de autores chilenos, argentinos y peruanos como los diarios del exilio de César Vallejo, de Roberto Arlt y Roberto Bolaño, todas falsas y de próxima aparición. Me juró tenerme contemplado para la redacción de la correspondencia secreta de Ricardo Piglia y las hermanas Ocampo, sudamericanos presentes en el inconsciente colectivo de una buena franja del Cono Sur. Me he traído mi laptop a la central camionera. En el trayecto de ocho horas a la gran ciudad redactaré el primer borrador del Diario de un Perturbado, que quizá lo presente bajo el nombre de cualquier roberto o un Martín Adán, no sé, lo dejaré un poco al azar.

                                                                                                       Dogville, marzo de 2017

1 comentario:

H. Barrero dijo...

Si como poeta tienes una voz, como prosista tienes un estilo. Estupendo "Diário".