Ese sábado fui temprano al mercado
donde escogí fruta como si fuese el último
sábado de septiembre.
Regresé pronto a casa porque esperaba
que volvieras a primera hora, como
no ha sido nunca tu caso.
Ese mismo día preparé con cronómetro el café,
el pan con mantequilla, los cubitos de queso
sin grasa como lo indicó el médico.
Eliminé la sal de mesa, incluí dos rajas
de toronja, un varejón de apio y un ramo
insignificante de perejil.
Abrí las puertas, las ventanas, las cortinas;
revisé el orden de cama, muebles, chanclas
y filamentos de lámparas.
Te esperaba de un momento a otro con el enjuague
bucal azul, el gel anestésico, el rastrillo
para suavizar el día, las llaves oscuras para
abrir tu cuerpo.
La mañana de ese sábado, el último sábado
de mes, me levanté con una certeza.
domingo, 6 de octubre de 2013
sábado, 5 de octubre de 2013
Rubem Fonseca, ensayista
Bebiendo con Dylan Thomas en Nueva York
En el aeropuerto del Galeón, esperando abordar el moderno Constellation que me llevaría a Nueva York en más o menos veinte horas, un sujeto me preguntó por qué no iba, como él, a Europa, a París, en vez de perder mi tiempo en Estados Unidos. Había desdén en su voz. Los connaisseurs de nuestra burguesía aún no habían descubierto Manhattan. Era 1953, septiembre.
"Times Square es igualita a la Rúa Larga" (Río de Janeiro) dijo convencido. Y tal vez tuviera alguna razón; ambas eran sucias y pobladas por una plebe de tontos y gente muy pobre; en Río, miran las armas en los aparadores de las tiendas de caza y pesca, y en Manhattan los letreros luminosos de los cines y teatros. En las mañanas de los días hábiles, cientos de individuos de dientes cariados y ropa: descolorida ocupaban las banquetas de la Rúa Larga, caminando en el sentido de la avenida Río Branco "como una enorme oruga". En Times Square era por la noche cuando provincianos y burgueses y delincuentes se mezclaban en un ambiente rufianesco de quimera y violencia. Dos calles amenazadoras.
Al llegar a Nueva York, me fui a vivir al Hotel Albert, que tenía la veleidad de llamarse The Albert. Estaba en una calle, University Place, cercana a Greenwich Village. Fue allí donde treinta años antes residió y escribió uno de sus libros Thomas Wolfe, adonde llegó venido de Harvard para enseñar en la Universidad de Nueva York.
The Albert era un hotel en ruinas que todavía ostentaba algo de su antiguo esplendor. Las lámparas de cristal cortado hacían brillar los pasamanos de metal de sus escaleras, y los rojos tapetes agujerados le daban un aire decadente, pero grandioso y digno. Pasadas algunas noches, sin embargo, The Albert comenzó a parecerme siniestro. Las luces de mi enorme habitación eran débiles y, en la penumbra amarillenta, las cortinas y los muebles oscuros me entristecían. En aquel cuarto leí a Wolfe por primera vez. Uno de los porteros del hotel, un negro de cabellos blancos y una inofensiva afición a mentir, me aseguró que yo estaba en el mismo cuarto de Wolfe, y que él había visto al escritor trabajando -esto es, rasgando los papeles que escribía. "Writers are crazy people", dijo. El libro que Wolfe escribió en ese entonces fue "Of Time and the River". Es la historia de un joven que sale de casa para estudiar en una universidad distante, esperando huir de los recuerdos de su infancia y convertirse en un gran escritor; sufre decepciones amorosas, viaja al extranjero y entonces esos recuerdos, que él pensaba haber borrado de su memoria, vuelven todos -nombres de ríos y accidentes geográficos, colores, olores y sabores, los rostros de su familia. Movido por la nostalgia y reconciliado consigo mismo, el joven vuelve a casa.
En The Albert sufrí de insomnio, lo que me llevó varias veces a salir por las calles, casi siempre rumbo a Washington Square, que quedaba cerca del hotel. Cubierto con un abrigo grueso, negro, que había comprado tan pronto como llegué, me acostaba en el círculo de cemento del centro del parque, con la cabeza apoyada en el borde que lo circunda, y me quedaba viendo al cielo, mirando el día rayar y al sol hacer refulgir las alamedas cubiertas de rojizas hojas otoñales, mientras unos vagabundos, hombres y mujeres, me pedían cigarros y me contaban sus desgracias, siempre con un hondo aliento de alcohol que ni el frío húmedo conseguía disipar.
Antes de septiembre terminé mudándome y me fui a vivir, la primera de muchas veces, al Chelsea. El Hotel Chelsea estaba en la Calle 23, entre la Séptima y la Octava avenidas. Alguien lo tildó de "anomalía gótica victoriana", debido tal vez al tejado de pizarra, a las torres y balcones de hierro forjado. Construido en 1884, fue, desde aquella época, residencia de artistas y escritores. Fueron huéspedes permanentes Mark Twain, William Dean Howells, O. Henry, Edgard Lee Masters, James T. Farrel, Mary McCarthy, Virgil Thomson (el compositor), Brendam Benham, Nelson Algren, William Burroughs, Vladimir Nabokob, Gregory Corso, Arthur Miller, Julius Lester y otros, inclusive Wolfe, huésped en 1937 y 1938, probablemente evadido, como yo, delAlbert. En el Chelsea, Wolfe terminó sus dos últimos libros,antes de viajar para Baltimore. Seguramente no existió hotel en este planeta donde hubieran residido tantos escritores importantes. Una investigación en los libros de registro del Chelsea revelaría aún a varios otros, no sólo americanos y europeos, sino también de otras partes del mundo. El edificio se consideraba monumento histórico de la ciudad, y su fachada ostentaba una placa de bronce con el nombre de algunos de sus ilustres ocupantes.
Pasé a frecuentar el bar del Chelsea. (Después transformado en un restaurante español llamado Don Quijote, donde, por lo menos hasta 1977, se bebía buen vino y se comía una paella mediocre). El bar estaba lleno de escritores y artistas, principalmente de teatro y de las artes visuales. Entre ellos se destacaba Dylan Thomas, tenido por uno de los más importantes poetas de su generación. Oriundo de gales, publicó su primer libro, "Eighteen poems", a los veinte años, y le fue reconocido enseguida como un trabajo de fuerte originalidad y talento. Dylan Thomas realizaba su cuarta tournée por Estados Unidos, y tenía una vez más un gran éxito, principalmente en Nueva York, por la manera violentamente emotiva con que leía sus poemas, y por la percepción penetrante con que trataba los temas del nacimiento y la muerte, la alegría, el dolor y la belleza. También era famoso por sus borracheras y groserías, que se perdonaban por ser él, como dijo uno de sus cronistas, John Brinnin, "el más puro poeta lírico del siglo veinte".
Un día estaba él recargado sobre la barra del bar y coincidió que quedáramos uno junto al otro. Dylan bebía cerveza y whisky, alternados. No me acuerdo de qué conversamos. Recuerdo sus ojos ligeramente desencajados, inteligentes, con la luz que sólo existe en la mirada de los poetas que se despiden de la vida. A lo blanco de la esclerótica lo cruzaban finas venas rojizas que parecían cambiar el color del iris. Su rostro era rollizo y vulnerable como un globo sin forma. La voz era levemente gutural, pero sin aristas, velada, aunque mostraba todas las tensiones de su mente. Los escritores alcohólicos son cosa común. Las conversaciones de borrachos no son para tomarse en serio. No le di importancia. Es así como los poetas más jóvenes tratan a los más viejos.
Pero al llegar a mi
cuarto, antes de dormir, escribí, en una carta:
El bar era oscuro y encerrado; Dylan bebía encogido, parecía
temer que le pisaran los pies, que se rieran de él, sintiéndose viejo e
hinchado: esas pequeñas cosas horribles que nos suceden a todos borrachos,
cansados y tristes. ¿Dónde estaría la furia? ¿Dónde, la ira contra la luz que
se oscurecía en este bar del hotel de la Calle 23? A su lado sentí el aliento
del animal finalmente domesticado: parecía dispuesto a entrar en la noche plena
y misericordiosa de la que habla en su poesía.
Durante la madrugada de ese día, una ambulancia vino a recoger a Dylan Thomas y lo llevó para morir en el hospital Saint Vicent. Era noviembre. Pronto llegó la nieve y no tardó mucho la ciudad en olvidar al poeta.
En el aeropuerto del Galeón, esperando abordar el moderno Constellation que me llevaría a Nueva York en más o menos veinte horas, un sujeto me preguntó por qué no iba, como él, a Europa, a París, en vez de perder mi tiempo en Estados Unidos. Había desdén en su voz. Los connaisseurs de nuestra burguesía aún no habían descubierto Manhattan. Era 1953, septiembre.
"Times Square es igualita a la Rúa Larga" (Río de Janeiro) dijo convencido. Y tal vez tuviera alguna razón; ambas eran sucias y pobladas por una plebe de tontos y gente muy pobre; en Río, miran las armas en los aparadores de las tiendas de caza y pesca, y en Manhattan los letreros luminosos de los cines y teatros. En las mañanas de los días hábiles, cientos de individuos de dientes cariados y ropa: descolorida ocupaban las banquetas de la Rúa Larga, caminando en el sentido de la avenida Río Branco "como una enorme oruga". En Times Square era por la noche cuando provincianos y burgueses y delincuentes se mezclaban en un ambiente rufianesco de quimera y violencia. Dos calles amenazadoras.
Al llegar a Nueva York, me fui a vivir al Hotel Albert, que tenía la veleidad de llamarse The Albert. Estaba en una calle, University Place, cercana a Greenwich Village. Fue allí donde treinta años antes residió y escribió uno de sus libros Thomas Wolfe, adonde llegó venido de Harvard para enseñar en la Universidad de Nueva York.
The Albert era un hotel en ruinas que todavía ostentaba algo de su antiguo esplendor. Las lámparas de cristal cortado hacían brillar los pasamanos de metal de sus escaleras, y los rojos tapetes agujerados le daban un aire decadente, pero grandioso y digno. Pasadas algunas noches, sin embargo, The Albert comenzó a parecerme siniestro. Las luces de mi enorme habitación eran débiles y, en la penumbra amarillenta, las cortinas y los muebles oscuros me entristecían. En aquel cuarto leí a Wolfe por primera vez. Uno de los porteros del hotel, un negro de cabellos blancos y una inofensiva afición a mentir, me aseguró que yo estaba en el mismo cuarto de Wolfe, y que él había visto al escritor trabajando -esto es, rasgando los papeles que escribía. "Writers are crazy people", dijo. El libro que Wolfe escribió en ese entonces fue "Of Time and the River". Es la historia de un joven que sale de casa para estudiar en una universidad distante, esperando huir de los recuerdos de su infancia y convertirse en un gran escritor; sufre decepciones amorosas, viaja al extranjero y entonces esos recuerdos, que él pensaba haber borrado de su memoria, vuelven todos -nombres de ríos y accidentes geográficos, colores, olores y sabores, los rostros de su familia. Movido por la nostalgia y reconciliado consigo mismo, el joven vuelve a casa.
En The Albert sufrí de insomnio, lo que me llevó varias veces a salir por las calles, casi siempre rumbo a Washington Square, que quedaba cerca del hotel. Cubierto con un abrigo grueso, negro, que había comprado tan pronto como llegué, me acostaba en el círculo de cemento del centro del parque, con la cabeza apoyada en el borde que lo circunda, y me quedaba viendo al cielo, mirando el día rayar y al sol hacer refulgir las alamedas cubiertas de rojizas hojas otoñales, mientras unos vagabundos, hombres y mujeres, me pedían cigarros y me contaban sus desgracias, siempre con un hondo aliento de alcohol que ni el frío húmedo conseguía disipar.
Antes de septiembre terminé mudándome y me fui a vivir, la primera de muchas veces, al Chelsea. El Hotel Chelsea estaba en la Calle 23, entre la Séptima y la Octava avenidas. Alguien lo tildó de "anomalía gótica victoriana", debido tal vez al tejado de pizarra, a las torres y balcones de hierro forjado. Construido en 1884, fue, desde aquella época, residencia de artistas y escritores. Fueron huéspedes permanentes Mark Twain, William Dean Howells, O. Henry, Edgard Lee Masters, James T. Farrel, Mary McCarthy, Virgil Thomson (el compositor), Brendam Benham, Nelson Algren, William Burroughs, Vladimir Nabokob, Gregory Corso, Arthur Miller, Julius Lester y otros, inclusive Wolfe, huésped en 1937 y 1938, probablemente evadido, como yo, delAlbert. En el Chelsea, Wolfe terminó sus dos últimos libros,antes de viajar para Baltimore. Seguramente no existió hotel en este planeta donde hubieran residido tantos escritores importantes. Una investigación en los libros de registro del Chelsea revelaría aún a varios otros, no sólo americanos y europeos, sino también de otras partes del mundo. El edificio se consideraba monumento histórico de la ciudad, y su fachada ostentaba una placa de bronce con el nombre de algunos de sus ilustres ocupantes.
Pasé a frecuentar el bar del Chelsea. (Después transformado en un restaurante español llamado Don Quijote, donde, por lo menos hasta 1977, se bebía buen vino y se comía una paella mediocre). El bar estaba lleno de escritores y artistas, principalmente de teatro y de las artes visuales. Entre ellos se destacaba Dylan Thomas, tenido por uno de los más importantes poetas de su generación. Oriundo de gales, publicó su primer libro, "Eighteen poems", a los veinte años, y le fue reconocido enseguida como un trabajo de fuerte originalidad y talento. Dylan Thomas realizaba su cuarta tournée por Estados Unidos, y tenía una vez más un gran éxito, principalmente en Nueva York, por la manera violentamente emotiva con que leía sus poemas, y por la percepción penetrante con que trataba los temas del nacimiento y la muerte, la alegría, el dolor y la belleza. También era famoso por sus borracheras y groserías, que se perdonaban por ser él, como dijo uno de sus cronistas, John Brinnin, "el más puro poeta lírico del siglo veinte".
Un día estaba él recargado sobre la barra del bar y coincidió que quedáramos uno junto al otro. Dylan bebía cerveza y whisky, alternados. No me acuerdo de qué conversamos. Recuerdo sus ojos ligeramente desencajados, inteligentes, con la luz que sólo existe en la mirada de los poetas que se despiden de la vida. A lo blanco de la esclerótica lo cruzaban finas venas rojizas que parecían cambiar el color del iris. Su rostro era rollizo y vulnerable como un globo sin forma. La voz era levemente gutural, pero sin aristas, velada, aunque mostraba todas las tensiones de su mente. Los escritores alcohólicos son cosa común. Las conversaciones de borrachos no son para tomarse en serio. No le di importancia. Es así como los poetas más jóvenes tratan a los más viejos.
Durante la madrugada de ese día, una ambulancia vino a recoger a Dylan Thomas y lo llevó para morir en el hospital Saint Vicent. Era noviembre. Pronto llegó la nieve y no tardó mucho la ciudad en olvidar al poeta.
(texto tomado íntegro del sitio "proyecto patrimonio", traducción de Lourdes Hernández F.)
viernes, 4 de octubre de 2013
Márkaris y el ciego Tiresias
En la tercera parte de su trilogía de la crisis, Petros Márkaris saca a Grecia del euro. Su última novela, Pan, educación y libertad (Tusquets), se inicia el 31 de diciembre de 2013, el día antes de que el país se rinda a lo inevitable y diga adiós a la moneda única. España e Italia comparten su triste destino. Pero eso no marca el fin de la pesadilla o el inicio de la recuperación. Es tan solo la continuación con otros moldes de un vía crucis que implica devaluaciones, impagos de salarios, desempleo escandaloso, quiebra del Estado, protestas crónicas, enfrentamientos de clase y generacionales, búsqueda estéril de los culpables, desencanto con los políticos, auge de la extrema derecha xenófoba y pérdida de fe en el futuro.
Es ficción, pero también es realidad. Puede que Grecia no salga del euro dentro de tres meses, tal vez no lo haga nunca, pero con dracma o sin dracma la crisis existencial se ha instalado para quedarse en el país que inventó la democracia. Y Márkaris y su creación literaria, el comisario Kostas Jaritos, se han convertido en sus cronistas.
En Con el agua al cuello, Márkaris arremetía contra banqueros y especuladores. En Liquidación final, contra el fraude fiscal. Y en Pan, educación y libertad, por fin, contra algunos de quienes combatieron la dictadura de los coroneles pero que luego contribuyeron a la corrupción generalizada que culminó en el desastre actual. Su manera de castigarlos es que los maten. Técnicamente, son víctimas. Per los asesinos los ven como criminales que deben ser ajusticiados. Tampoco Márkaris muestra compasión con ellos. Y su policía, Jaritos, se limita a buscar a los vengadores porque esa es su obligación, no porque crea que merecen ser castigados.
El escritor griego tiene ya muchos años (76) y demasiada obra publicada como para preocuparse por ser mal interpretado. Por eso, y tras dejar clara su condena a la ultraderecha xenófoba que anhela la emergencia de un Hitler de nuevo cuño, se despacha a gusto y sin complejos contra la generación de la Politécnica. Es una referencia a los sucesos de noviembre de 1973 cuando la dictadura de los coroneles ordenó el asalto a sangre y fuego de la Universidad Politécnica, en el centro de Atenas, violando su fuero, con objeto de desalojar a los estudiantes que la ocupaban. Hubo decenas de muertos y siguió una dura represión con centenares de detenidos y torturados. Fue el comienzo del fin del régimen, aunque la puntilla se la dio un año más tarde la crisis de Chipre.
Para parte de los griegos, un número considerable de los héroes o no tan héroes de esas jornadas trágicas se cobraron con creces la factura cuando se produjo la restauración democrática. Consiguieron títulos y honores académicos sin merecerlos, se hicieron ricos gracias al tráfico de influencias, utilizaron los partidos, los sindicatos y el aparato estatal para su exclusivo beneficio personal. El grito de guerra de los rebeldes de 1973 fue “¡Pan, educación y libertad!”. De ahí el título del libro. Y de ahí la marca que el asesino en serie va dejando sobre los tres cadáveres: Pan en el de un empresario de éxito. Educación en el de un laureado profesor universitario. Libertad en el de un líder sindical. Tres ídolos con pies de barro.
Opina Jaritos: “Igual que en la jerarquía eclesiástica se empieza de diácono para ascender a obispo, en la generación de la Politécnica se empezaba siendo un simple luchador antifascista para llegar a ser empresario, profesor universitario o alto cargo sindical”. Y la viuda de uno de los asesinados, conocedora de que su marido era un fraude, explica que esa misma gente “ocupó todos los puestos relevantes cuando cayó la dictadura militar, y a todos los niveles: en la política y los sindicatos, en las cooperativas agrícolas y en la enseñanza”. Y no para contribuir al bien común, sino al suyo propio.
No fueron los únicos. Aunque muchos de ellos sigan aún en lo alto de la pirámide, luego llegaron otros. Lo peor es que contribuyeron, cuando no fueron responsables directos, a llevar al desastre a una Grecia que se acostumbró a vivir con una corrupción estructural y por encima de sus posibilidades. Y ahora el pueblo exige la rendición de cuentas. En la vida real, eso se refleja en las protestas callejeras y en las urnas. En la ficción de Márkaris, la solución es mucho más drástica: el asesinato.
La Grecia que se muestra en Pan, educación y libertad es la de la mendicidad convertida en profesión, la de los padres que hacen una olla común con sus hijos independizados, la del pluriempleo que no llega ni para cubrir los gastos más esenciales, la de la conversión de los emigrantes en cabezas de turco, la del auge de Amanecer Dorado (hoy por fin en la picota), la de la dura lucha por la vida de mucha gente decente, la de la falta de esperanza. Y la de la rabia contra los responsables del desaguisado.
Márkaris también resucita la peseta. Ahora solo falta que surja un émulo suyo que ilustre el desastre español desde la novela negra, un género que le iría como anillo al dedo.
(reseña de Luis Matías López en el sitio "público.es")
Es ficción, pero también es realidad. Puede que Grecia no salga del euro dentro de tres meses, tal vez no lo haga nunca, pero con dracma o sin dracma la crisis existencial se ha instalado para quedarse en el país que inventó la democracia. Y Márkaris y su creación literaria, el comisario Kostas Jaritos, se han convertido en sus cronistas.
En Con el agua al cuello, Márkaris arremetía contra banqueros y especuladores. En Liquidación final, contra el fraude fiscal. Y en Pan, educación y libertad, por fin, contra algunos de quienes combatieron la dictadura de los coroneles pero que luego contribuyeron a la corrupción generalizada que culminó en el desastre actual. Su manera de castigarlos es que los maten. Técnicamente, son víctimas. Per los asesinos los ven como criminales que deben ser ajusticiados. Tampoco Márkaris muestra compasión con ellos. Y su policía, Jaritos, se limita a buscar a los vengadores porque esa es su obligación, no porque crea que merecen ser castigados.
El escritor griego tiene ya muchos años (76) y demasiada obra publicada como para preocuparse por ser mal interpretado. Por eso, y tras dejar clara su condena a la ultraderecha xenófoba que anhela la emergencia de un Hitler de nuevo cuño, se despacha a gusto y sin complejos contra la generación de la Politécnica. Es una referencia a los sucesos de noviembre de 1973 cuando la dictadura de los coroneles ordenó el asalto a sangre y fuego de la Universidad Politécnica, en el centro de Atenas, violando su fuero, con objeto de desalojar a los estudiantes que la ocupaban. Hubo decenas de muertos y siguió una dura represión con centenares de detenidos y torturados. Fue el comienzo del fin del régimen, aunque la puntilla se la dio un año más tarde la crisis de Chipre.
Para parte de los griegos, un número considerable de los héroes o no tan héroes de esas jornadas trágicas se cobraron con creces la factura cuando se produjo la restauración democrática. Consiguieron títulos y honores académicos sin merecerlos, se hicieron ricos gracias al tráfico de influencias, utilizaron los partidos, los sindicatos y el aparato estatal para su exclusivo beneficio personal. El grito de guerra de los rebeldes de 1973 fue “¡Pan, educación y libertad!”. De ahí el título del libro. Y de ahí la marca que el asesino en serie va dejando sobre los tres cadáveres: Pan en el de un empresario de éxito. Educación en el de un laureado profesor universitario. Libertad en el de un líder sindical. Tres ídolos con pies de barro.
Opina Jaritos: “Igual que en la jerarquía eclesiástica se empieza de diácono para ascender a obispo, en la generación de la Politécnica se empezaba siendo un simple luchador antifascista para llegar a ser empresario, profesor universitario o alto cargo sindical”. Y la viuda de uno de los asesinados, conocedora de que su marido era un fraude, explica que esa misma gente “ocupó todos los puestos relevantes cuando cayó la dictadura militar, y a todos los niveles: en la política y los sindicatos, en las cooperativas agrícolas y en la enseñanza”. Y no para contribuir al bien común, sino al suyo propio.
No fueron los únicos. Aunque muchos de ellos sigan aún en lo alto de la pirámide, luego llegaron otros. Lo peor es que contribuyeron, cuando no fueron responsables directos, a llevar al desastre a una Grecia que se acostumbró a vivir con una corrupción estructural y por encima de sus posibilidades. Y ahora el pueblo exige la rendición de cuentas. En la vida real, eso se refleja en las protestas callejeras y en las urnas. En la ficción de Márkaris, la solución es mucho más drástica: el asesinato.
La Grecia que se muestra en Pan, educación y libertad es la de la mendicidad convertida en profesión, la de los padres que hacen una olla común con sus hijos independizados, la del pluriempleo que no llega ni para cubrir los gastos más esenciales, la de la conversión de los emigrantes en cabezas de turco, la del auge de Amanecer Dorado (hoy por fin en la picota), la de la dura lucha por la vida de mucha gente decente, la de la falta de esperanza. Y la de la rabia contra los responsables del desaguisado.
Márkaris también resucita la peseta. Ahora solo falta que surja un émulo suyo que ilustre el desastre español desde la novela negra, un género que le iría como anillo al dedo.
(reseña de Luis Matías López en el sitio "público.es")
jueves, 3 de octubre de 2013
Juan Bañuelos (1932 )
Una hora en nuestro rostro
Esta hora en el rostro
se extiende como una onda en el agua
(luego es íntima amarga
la congelada hora abierta como un ojo).
El oído que sabe lo que pesa el silencio,
la boca que despierta con la mudez de un árbol
y la piedra que suena en mi carne,
saben que el rostro mío
es hijo de una hora: la espesura de tigres
en el guante del aire.
La enardecida naranja en la rama
abre su ácido puño,
y el aroma señala con su dedo amarillo
todo lo que perdura:
la sosegada linterna que los viejos
ruedan en nuestro pulso de astillas,
para que en nuestro rostro
la hora sea solamente
lo que el vuelo en el corazón alcanza.
(texto tomado de Espejo humeante, ed. Joaquín Mortiz, col. Las dos orillas, México, 1968.)
Esta hora en el rostro
se extiende como una onda en el agua
(luego es íntima amarga
la congelada hora abierta como un ojo).
El oído que sabe lo que pesa el silencio,
la boca que despierta con la mudez de un árbol
y la piedra que suena en mi carne,
saben que el rostro mío
es hijo de una hora: la espesura de tigres
en el guante del aire.
La enardecida naranja en la rama
abre su ácido puño,
y el aroma señala con su dedo amarillo
todo lo que perdura:
la sosegada linterna que los viejos
ruedan en nuestro pulso de astillas,
para que en nuestro rostro
la hora sea solamente
lo que el vuelo en el corazón alcanza.
(texto tomado de Espejo humeante, ed. Joaquín Mortiz, col. Las dos orillas, México, 1968.)
miércoles, 2 de octubre de 2013
Erica Jong, autora
17 advertencias en busca de un poema feminista
1. Cuídate del hombre que critica la ambición; los dedos le hormiguean dentro de los guantes.
2. Cuídate del hombre que critica la guerra por entre los dientes apretados.
3. Cuídate del hombre que critica a las escritoras; su pene es pequeño y no sabe escribir.
...
4. Cuídate del hombre que quiere protegerte; te protegerá de todo, menos de sí mismo.
5. Cuídate del hombre que sabe cocinar; llenará tu cocina de cacerolas grasientas.
6. Cuídate del hombre que ama tu alma; es un estúpido.
7. Cuídate del hombre que critica a su madre; es un hijo de puta.
8. Cuídate del hombre que dice "hijo de puta" como si fuera una sola palabra; es un fracasado.
9. Cuídate del hombre que ama demasiado la muerte; se está asegurando.
10. Cuídate del hombre que ama demasiado la vida; es un tonto.
11. Cuídate del hombre que critica demasiado a los psiquiatras; tiene miedo.
12. Cuídate del hombre que confía demasiado en los psiquiatras; les debe dinero.
13. Cuídate del hombre que elige tus vestidos; quiere llevarlos.
14. Cuídate del hombre que te parezca inofensivo; te sorprenderá.
15. Cuídate del hombre al que sólo le importan los libros; se correrá como una gota de tinta.
16. Cuídate del hombre que escribe floridas cartas de amor; está preparándose para años de silencio.
17. Cuídate del hombre que elogia a las mujeres liberadas; está pensando en dejar su trabajo.
(recetario tomado del blog "emma gunst")
martes, 1 de octubre de 2013
El padre de Juan Rulfo
Entre las múltiples lecturas que admite la obra de Juan Rulfo está la que concierne a la figura del padre: Juan Preciado viene a Comala porque le dijeron que aquí vivía su padre, un tal Pedro Páramo.
Siguiendo la pauta clásica de que el narrador no debe explicar nada, como pedía Walter Benjamin, el novelista mexicano más importante de todos los tiempos no hace explícita, por supuesto, su experiencia del padre. En la novela Pedro Páramo, si bien se lee, hay alusiones al padre personal del escritor, solo discernibles si se conocen pormenores del hecho biográfico que marcó el resto de su vida a partir de los seis años. Sin embargo, hay un texto, al margen de su obra de “pura invención literaria”, que lleva por título Mi padre y que apareció en Los cuadernos de Juan Rulfo de la editorial Era hace varios años.
La exposición narrativa en la novela, dice Rodrigo Rey Rosa, es un procedimiento casi inconsciente. Es como un sueño dirigido que solo se consigue en la dinámica propia de la escritura. Juan se encomienda a su propia invención. Se abandona a la fantasía y allí, en ese corazón de las tinieblas, la voluntad consciente no gobierna. Se pone a escribir “a ver qué sale”.
“Mi padre murió un amanecer oscuro, sin esplendor ninguno, entre tinieblas. Lo amortajaron como si hubiera sido cualquier hombre y lo enterraron bajo la tierra como se hace con todos los hombres. Nos dijeron: “Su padre ha muerto”, en esa hora del despertar, cuando no duelen las cosas; cuando nacen los niños, cuando matan a los condenados a muerte. En esa hora del sueño, cuando uno está a la mitad del sueño dentro de los sueños inútiles, pero llevaderos, fatales, pero necesarios”.
Juan intuye otro matiz en la hora del lobo (cuando nacen los niños, mueren los moribundos, atacan por hambre los perros de montaña) y dice que también es el instante de los fusilamientos: “cuando matan a los condenados a muerte”.
Y el niño que había en él, y que nunca dejó de llevarlo adentro, dice no: mi padre no ha muerto, no puede morir. Nadie puede morir mientras uno duerme.
“Yo soñaba que tenía un venado entre mis brazos. Un venado dormido, pequeño como un pájaro sin alas; tibio como un corazón quieto y palpitante, pero adormecido”.
Si el lector se fija puede entrever en la obra de no pocos novelistas la alusión al padre, en Philip Roth y John Updike, por ejemplo, este último autor de un cuento al final de su vida: Las lágrimas de mi padre. Héctor Abad Faciolince, en El olvido que seremos, se va directo sobre la figura de su padre. Guadalupe Nattel, en su reciente El matrimonio de los peces rojos, dedica el último relato a la creación o recreación de un personaje importante: su padre. Vicente Quirate escribe sobre su padre muerto en La invencible. Ya lo había hecho Ricardo Garibay en Beber un cáliz. Hacen lo mismo Jorge Hernández Campos, obsesivamente, la norteamericana Siri Hustvedt en La mujer que tiembla, y el enorme chiapaneco Jaime Sabines en la elegía sobre el mayor militar que fue su padre.
“Mi padre fue un hombre bueno”, anotaba Juan en su cuaderno. “Vivió en esa época en que todo era malo. En que no se podían hacer planes para el mañana, pues el mañana era incierto y el hoy no terminaba nunca”.
(texto del escritor Federico Campbell acerca de Rulfo el inagotable; tomado del sitio "río doce".)
Siguiendo la pauta clásica de que el narrador no debe explicar nada, como pedía Walter Benjamin, el novelista mexicano más importante de todos los tiempos no hace explícita, por supuesto, su experiencia del padre. En la novela Pedro Páramo, si bien se lee, hay alusiones al padre personal del escritor, solo discernibles si se conocen pormenores del hecho biográfico que marcó el resto de su vida a partir de los seis años. Sin embargo, hay un texto, al margen de su obra de “pura invención literaria”, que lleva por título Mi padre y que apareció en Los cuadernos de Juan Rulfo de la editorial Era hace varios años.
La exposición narrativa en la novela, dice Rodrigo Rey Rosa, es un procedimiento casi inconsciente. Es como un sueño dirigido que solo se consigue en la dinámica propia de la escritura. Juan se encomienda a su propia invención. Se abandona a la fantasía y allí, en ese corazón de las tinieblas, la voluntad consciente no gobierna. Se pone a escribir “a ver qué sale”.
“Mi padre murió un amanecer oscuro, sin esplendor ninguno, entre tinieblas. Lo amortajaron como si hubiera sido cualquier hombre y lo enterraron bajo la tierra como se hace con todos los hombres. Nos dijeron: “Su padre ha muerto”, en esa hora del despertar, cuando no duelen las cosas; cuando nacen los niños, cuando matan a los condenados a muerte. En esa hora del sueño, cuando uno está a la mitad del sueño dentro de los sueños inútiles, pero llevaderos, fatales, pero necesarios”.
Juan intuye otro matiz en la hora del lobo (cuando nacen los niños, mueren los moribundos, atacan por hambre los perros de montaña) y dice que también es el instante de los fusilamientos: “cuando matan a los condenados a muerte”.
Y el niño que había en él, y que nunca dejó de llevarlo adentro, dice no: mi padre no ha muerto, no puede morir. Nadie puede morir mientras uno duerme.
“Yo soñaba que tenía un venado entre mis brazos. Un venado dormido, pequeño como un pájaro sin alas; tibio como un corazón quieto y palpitante, pero adormecido”.
Si el lector se fija puede entrever en la obra de no pocos novelistas la alusión al padre, en Philip Roth y John Updike, por ejemplo, este último autor de un cuento al final de su vida: Las lágrimas de mi padre. Héctor Abad Faciolince, en El olvido que seremos, se va directo sobre la figura de su padre. Guadalupe Nattel, en su reciente El matrimonio de los peces rojos, dedica el último relato a la creación o recreación de un personaje importante: su padre. Vicente Quirate escribe sobre su padre muerto en La invencible. Ya lo había hecho Ricardo Garibay en Beber un cáliz. Hacen lo mismo Jorge Hernández Campos, obsesivamente, la norteamericana Siri Hustvedt en La mujer que tiembla, y el enorme chiapaneco Jaime Sabines en la elegía sobre el mayor militar que fue su padre.
“Mi padre fue un hombre bueno”, anotaba Juan en su cuaderno. “Vivió en esa época en que todo era malo. En que no se podían hacer planes para el mañana, pues el mañana era incierto y el hoy no terminaba nunca”.
(texto del escritor Federico Campbell acerca de Rulfo el inagotable; tomado del sitio "río doce".)
Nietzsche, pensador
A Fragilidade dos Valores
Todas as coisas «boas» foram noutro tempo más; todo o pecado original veio a ser virtude original. O casamento, por exemplo, era tido como um atentado contra a sociedade e pagava-se uma multa, por ter tido a imprudência de se apropriar de uma mulher (ainda hoje no Cambodja o sacerdote, guarda dos velhos costumes, conserva o jus primae noctis). Os sentimentos doces, benévolos, conciliadores, compassivos, mais tarde vieram a ser os «valores por excelência»; por muito tempo se atraiu o desprezo e se envergonhava cada qual da brandura, como agora da dureza.
A submissão ao direito: oh! que revolução de consciência em todas as raças aristocráticas quando tiveram de renunciar à vingança para se submeterem ao direito! O «direito» foi por muito tempo um vetitum, uma inovação, um crime; foi instituído com violência e opróbio.
Cada passo que o homem deu sobre a Terra custou-lhe muitos suplícios intelectuais e corporais; tudo passou adiante e atrasou todo o movimento, em troca teve inumeráveis mártires; por estranho que isto hoje nos pareça, já o demonstrei na Aurora, aforismo 18: «Nada custou mais caro do que esta migalha de razão e de liberdade, que hoje nos envaidece». Esta mesma vaidade nos impede de considerar os períodos imensos da «moralização dos costumes» que precederam a história capital e foram a verdadeira história, a história capital e decisiva que fixou o carácter da humanidade. Então a dor passava por virtude, a vingança por virtude, a renúncia da razão por virtude, e o bem-estar passivo por perigo, o desejo de saber por perigo, a paz por perigo, a misericórdia por opróbio, o trabalho por vergonha, a demência por coisa divina, a conversão por imoralidade e a corrupção por coisa excelente.
Friedrich Nietzsche, in 'A Genealogia da Moral'
(blog "citador.pt)
Todas as coisas «boas» foram noutro tempo más; todo o pecado original veio a ser virtude original. O casamento, por exemplo, era tido como um atentado contra a sociedade e pagava-se uma multa, por ter tido a imprudência de se apropriar de uma mulher (ainda hoje no Cambodja o sacerdote, guarda dos velhos costumes, conserva o jus primae noctis). Os sentimentos doces, benévolos, conciliadores, compassivos, mais tarde vieram a ser os «valores por excelência»; por muito tempo se atraiu o desprezo e se envergonhava cada qual da brandura, como agora da dureza.
A submissão ao direito: oh! que revolução de consciência em todas as raças aristocráticas quando tiveram de renunciar à vingança para se submeterem ao direito! O «direito» foi por muito tempo um vetitum, uma inovação, um crime; foi instituído com violência e opróbio.
Cada passo que o homem deu sobre a Terra custou-lhe muitos suplícios intelectuais e corporais; tudo passou adiante e atrasou todo o movimento, em troca teve inumeráveis mártires; por estranho que isto hoje nos pareça, já o demonstrei na Aurora, aforismo 18: «Nada custou mais caro do que esta migalha de razão e de liberdade, que hoje nos envaidece». Esta mesma vaidade nos impede de considerar os períodos imensos da «moralização dos costumes» que precederam a história capital e foram a verdadeira história, a história capital e decisiva que fixou o carácter da humanidade. Então a dor passava por virtude, a vingança por virtude, a renúncia da razão por virtude, e o bem-estar passivo por perigo, o desejo de saber por perigo, a paz por perigo, a misericórdia por opróbio, o trabalho por vergonha, a demência por coisa divina, a conversão por imoralidade e a corrupção por coisa excelente.
Friedrich Nietzsche, in 'A Genealogia da Moral'
(blog "citador.pt)
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