Dado que carecen de originalidad y que los exabruptos forman parte de una campaña secular de basurización del ciudadano laico, conviene examinar el caso de las injurias proferidas por el joven Juan Pablo Castro Gamble en su contexto, en la red que le da sentido. Es decir, en la cuna educativa que modela ese discurso de odio, en el fervor mediático que alienta el linchamiento de la comunidad homosexual, en el proceso de chivoexpiatorización tan caro al conservadurismo.
Las ofensas del joven Juan Pablo Castro Gamble se transformarán mañana en golpes contra el valet parking, siguiendo el ejemplo de Miguel Sacal; pasado mañana los golpes secundarán injurias a la policía, a la manera de las ladies de Polanco. No es una coincidencia fortuita que la ira y la arrogancia corran en estos tres escenarios creados, dirigidos y protagonizados por gesticuladores, que no razonadores, prepotentes.
El de Castro Gamble es un caso que debería llamar a reflexión a su universidad, a su partido, en especial a su candidata Josefina Vázquez Mota que lo exhibe con orgullo maternal en fotografías que han dado incontables vueltas a la red en segundos. Deslindarse de sus declaraciones, como lo han hecho los dirigentes del Pan señalando que ese partido desconoce esas estrategias, de que Juan Pablo Castro Gamble nada tiene que ver con los principios panistas, es la forma menos adecuada de abordar un tema grave. Por otro lado, las excusas expresadas en el reducido espacio de los 140 caracteres son inaceptables. Juan Pablo Castro Gamble ha sido amadrinado por la candidata Vázquez Mota, empollado en una universidad donde, a juzgar por la estructura de la "propuesta" castrogamblista (?), se promueven los valores de sotana, de donde seguramente saldrá titulado con suma cum laude por su fervoroso ardor contra la laicidad y, como pilón, con la bendición especial del muchacho del uniforme nazi.
Se dice que Juan Pablo Castro Gamble subió a proponer. Dejando de lado prohibiciones y estigmatizaciones como tropos de una retórica inflamada por las llamas del infierno, lo suyo cae más bien en una exhibición de privilegios y la exclusión de quienes no se ajustan a su reducido club religioso. Para él, la tribuna de la Asamblea es una pasarela en donde cuenta más hacer alarde de los privilegios de su clase que una visión social; más el hacer ostensible el narcisismo del privilegiado que la equidad; donde pesa más el catecismo que la democracia; donde cuenta más el dogma que la Constitución.
¿Es esta la educación que proporcionan las instituciones privadas a las clases privilegiadas? ¿Así se entrena a los juniors en universidades confesionales, difundiendo la educación como privilegio, educando en la ira, la confrontación, acentuando la conciencia de clase que ha de defender sus privilegios atacando a quien no los tiene? ¿Para esto alcanza el nuevo catecismo católico? ¿Respaldan las autoridades universitarias de la sotana milagrosa la discriminación contra la nueva mujer que decide y la estigmatización de la comunidad LGBT como programa educativo? ¿El daño institucional lo promueve la comunidad LGBT o el airado desconocimiento del fanatismo? Y paralelamente ¿cómo expresar el incomensurable hartazgo de la comunidad LGBT a ser presa de la estupidez, a que cada vez que no hay nada qué decir salgan con un insulto y se vayan por el supremachismo para intentar salir de la invisibilidad mediocre?
Juan Pablo Castro Gamble grita porque carece de argumentos. Sus insultos son eco de la política gaycida orquestada desde los Pinos. Su simulacro de prestación es un episodio más de la feroz respuesta orquestada por Mariana Gómez del Campo y el secretario de la representación panista César Nava que exigían un referendum para evitar que el jefe de Gobierno firmara la reforma a la Ley de Matrimonio. Fue cómico su fracaso cuando ni siquiera lograron conseguir las firmas necesarias para interponer un recurso que partiera desde la misma ALDF contra las reformas promovidas por la Ley Razú, votada el 21 de diciembre de 2009, la primera Navidad en que la comunidad LGBT gozó del reconocimiento legal de sus nexos afectivos poniendo fin a la campaña de bestialización del homosexual promovida mediáticamente por todos y cada uno de los jerarcas de la iglesia Católica.
Según los altos dignatarios de la iglesia ni los perros se entregan a prácticas homosexuales. Siguiendo esa pseudológica de sacristía se podría afirmar que ni los perros se entregan a vociferaciones crispadas como las de Juan Pablo Castro y continuar: ¿Se ha visto a perros católicos? Que quede claro que la bestialización es un recurso del sadismo católico contra los no creyentes. El razonamiento laico denuncia esa falsa lógica, lesiva de la dignidad humana. Sin embargo, es obvio que se pueden revertir los términos.
Jalisco y Baja California Sur interpusieron recursos para no reconocer en sus territorios los derechos humanos de la comunidad LGBT, en una clara voluntad de transformar a México en un Apartheid, donde se practicara la purificación genérica mientras que los poderosos lobies de la iglesia orquestaron una actividad para que en los estados se decretara al vapor que el matrimonio era sólo entre un hombre y una mujer heterosexuales, violando la laicidad del Estado. Esto sin duda contribuye a la debilidad estatal por la cual México ha sido declarado un estado fallido. Esta degradación del Estado tiene entre otros motivos el hecho de que es manipulado por estados extranjeros. Sin duda se ha perdido soberanía al arrodillar a la tradición de Juárez y los liberales frente al Vaticano.
Juan Pablo Castro vocifera en tribuna lo que ha escuchado en su casa, oído en su universidad; lo que repiten sus amigos, maestros, familiares, líderes políticos. Practica la estigmatización como estrategia para subrayar sus privilegios. Juan Pablo Castro es un caso de desinformación, de la fuerza del prejuicio sobre la razón, del fracaso de un sistema educativo doctrinal, basado en la repetición dogmática, que adiestra para el odio y la dominación a través del latigazo del desprecio. Siendo parte de las enardecidas huestes juveniles de Josefina Vásquez Mota, se puede temer que México siga siendo un “pueblo de mujeres enlutadas”, basado en la represión, en la repetición de dogmas.
Juan Pablo Castro Gamble no dice nada: es dicho por el odio del cristopanismo que a la hora de la hora lo desconoce y quiere meterlo al clóset.
(Durante la semana Juan Pablo repudió en tribuna los matrimonios entre personas del mismo sexo legalizados desde el 2009 por la Asamblea Legislativa del DF, de filiación predominantemente perredista, a los que llamó "parejas de jotos". Ante la polémica desatada de repudio a la expresión racista y cuasifascista, el Partido Acción Nacional se deslindó. Nota tomada del blog ´mester de jotería´, de Antonio Marquet, llamada "Nacido para insultar".)
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lunes, 12 de marzo de 2012
domingo, 10 de julio de 2011
EL RACISMO IMBORRABLE, BRASIL
Nieta de esclavos, hija de lavandera y de un conductor de tranvía, Luislinda nació en un barrio periférico de Salvador de Bahía. Junto con sus hermanos, recuerda haber pasado mucho tiempo mariscando y lavando ropa para poder pagarse los estudios. “Por la mañana iba al colegio y por la tarde lavaba ropa. Yo quería ayudar a mi madre, y ella quería que estudiáramos”.
Aunque en Salvador de Bahía la mayoría de la población es negra o mestiza, en la escuela Luislinda destacaba por el color oscuro de su piel. Hacía más de 60 años que se había abolido la esclavitud en el país, pero la sociedad cambia lentamente. “Los niños negros no solían ir a la escuela porque no les daban el estímulo de hacerlo, así que en clase había poquitos como yo. Los otros niños se apartaban de nosotros, por negros y por pobres. Pero yo no me daba cuenta de la gravedad de la situación porque por entonces no se hablaba de racismo”.
Pero lo había. Un día, su maestro encargó a los alumnos que compraran material para estudiar geometría. Los enseres debían ser de plástico, pero el padre de Luislinda sólo pudo pagar unos fabricados con madera. “Cuando mi profesor lo vió, me dijo que si no podía traer el material que me pedía, que dejara de estudiar y me pusiera a cocinar feijoadas para las blancas, porque así sería más feliz”.
Ya han pasado 60 años desde ese día, pero Luislinda todavía llora cuando recuerda ese triste episodio. “¡Me sentí tan humillada!”, asegura. Salió corriendo del aula, y cuando se hubo recompuesto, regresó y le espetó a su maestro: “No voy a cocinar feijoadas. Estudiaré y seré jueza y cuando crezca, volveré para llevarte preso”.
Cumpliendo sus deseos, a los 39 años se licenció en derecho, y 3 años después se convirtió en la primera jueza negra de Brasil. Con la madurez de los años y la experiencia acumulada, se dio cuenta del racismo silente pero presente en su país, especialmente en Salvador de Bahía, y consecuente con sus principios y la Constitución, en 1993 se hizo famosa por dictar la primera sentencia del país por un delito de racismo, condenando una cadena de supermercados por acusar falsamente a una mujer de raza negra de robar en sus instalaciones. “La mayoría de jueces son blancos, y cuando hay un caso de racismo lo suelen pasar por el delito más blando. Por eso se necesitan más jueces negros”, asevera.
Debido a sus orígenes, Luislinda demuestra una gran vocación social y de servicio, dirigida especialmente a la población pobre, negra y de la periferia de Salvador de Bahia. “Un día regresé al barrio donde vivía y vi que todo continuaba igual, y que la gente no acudía a la justicia porque no tenían la ropa elegante que creían que debían ponerse para asistir a un juicio, o que no tenían dinero para pagarse un pasaje de autobús. Así que me dije, si ellos no vienen a mi, iré yo a ellos”.
Ideó varios proyetos para acercar el Tercer Poder a la ciudadanía, desplazándose barrio a barrio y a las escuelas. Incluso impartió justicia de forma itinerante. Ella y su oficina se instalaron en un autobús que recorría los lugares más alejados de la ciudad con el fin de resolver casos y otras cuestiones administrativas. “Allí hacíamos de todo, desde registros de nacimiento, hasta defunciones, porque como los tribunales quedan en el centro de la ciudad, la gente de la periferia no se acerca para hacerse los papeles. Además, muchos tienen miedo de la institución porque conocen amigos o parientes que están en la cárcel y temen que si van a un juzgado no van a volver a casa”.
Lo mismo hizo por vía marítima para incluir a las islas. Siguiendo el mismo estilo que por vía terrestre, realizaba entre 30 y 40 audiencias diarias, con juicios rápidos que a veces no se llegaban a celebrar. “Muchas veces me sentaba con las partes a hablar y resolvíamos el caso con una mediación, sin necesidad de abrir un contencioso”.
Luislinda ha recibido numerosos premios en Brasil por favorecer el acceso a la justicia y a la igualdad. Sin embargo, y a pesar del reconocimiento merecido, la institución a la que pertenece le ha puesto las cosas muy difíciles. “Después que en 2006 me dieran el Premio de Acceso a la Justicia, el presidente del Tribunal de Justicia de Bahia me llamó y me prohibió que continuara trabajando con la justicia itinerante. Y no me dió un motivo. Como salía mucho en los medios de comunicación, creo que tenía miedo que me volviera demasiado influyente”, se lamenta.
No fue ni la primera ni la última vez que cortaron las alas a su carrera profesional, pero la frustración, que todavía le enciende el corazón, no le sacó energía para continuar trabajando, en esta ocasión creando juzgados especiales para atender casos de violencia de género. Ella conocía bien este tipo de historias, puesto que a pesar de ser jueza, ha experimentado en sus propias carnes el acoso de un marido machista. “Me golpeaba bastante a menudo pero yo no quería divorciarme porque para mi padre habría sido un disgusto”. Finalmente se divorció cuando su padre murió, a los 103 años.
Su poder institucional no le privó durante 6 años de los golpes de su marido, ni tampoco de la discriminación por raza que asegura que todavía sufre por parte de la sociedad. Hace unos años, quiso comprarse una vivienda en una zona residencial de alto standing y cuando quiso visitar la zona con su hijo, los vigilantes les prohibieron el paso. “¡Los guardas de seguridad no nos dejaban pasar porque pensaban que queríamos atracarlos! Al final hablamos con el promotor immobiliario y pudimos visitar la finca, pero con dos policías armados en nuestro coche y otro vehículo policial siguiéndonos por detrás”.
Luislinda luce orgullosa una vestimenta multicolor y un peinado rastafari en honor a sus orígenes africanos, pero asegura que ello le continúa dificultando su carrera profesional. A pesar que el año pasado fue nombrada desembargadora sustituta del Tribunal de Justicia de Bahia, un cargo superior dentro del sistema judicial brasileño, 12 meses después le dieron la plaza definitiva a otra jueza, de raza blanca. “Me sentí muy humillada y despreciada porque yo tengo muchos más méritos y antigüedad que la otra mujer, pero no tengo padrinos. Sufro racismo institucional, un racismo que mata el alma y destruye el cuerpo”.
En un país donde la mitad de la población tiene la piel oscura, las mujeres negras sufren triple discriminación, por raza, clase y género. Son la cara de la pobreza, de los trabajos mal remunerados y de los embarazos no deseados durante la adolescencia. Y su grado de representación en los órganos de poder es prácticamente nulo. Luislinda, sin embargo, ha logrado ser una excepción y quiere convertirse en un ejemplo para las demás. Por eso lucha y reivindica su plaza de desembargadora. “Los negros no hemos nacido para ser marginales, para servir a los demás o para ser traficantes de droga. Los negros también tenemos inteligencia, somos competentes y podemos ser jueces, ministros o gobernadores”. Sin embargo, esta no es su meta final. “Mi sueño es convertirme en presidenta del país”.
(Los negros han nacido también para ministros, gobernadores, jueces como sueña Luislinda, aunque en el pasado han sido también santos, compositores, cantantes, actrices, hoy hay un presidente de aquel lado del río Bravo con una mujer de color y dos descendientes con la misma pigmentación. Sin negros no habría blues, jazz, ni una premio Nobel de Literatura, ni otro de la Paz. La madre Teresa de Calcuta habría muerto más joven sin un bebé de color a arrullar en brazos. Nota de Anna Viñas tomada del blog Ellas del diario El Mundo).
Aunque en Salvador de Bahía la mayoría de la población es negra o mestiza, en la escuela Luislinda destacaba por el color oscuro de su piel. Hacía más de 60 años que se había abolido la esclavitud en el país, pero la sociedad cambia lentamente. “Los niños negros no solían ir a la escuela porque no les daban el estímulo de hacerlo, así que en clase había poquitos como yo. Los otros niños se apartaban de nosotros, por negros y por pobres. Pero yo no me daba cuenta de la gravedad de la situación porque por entonces no se hablaba de racismo”.
Pero lo había. Un día, su maestro encargó a los alumnos que compraran material para estudiar geometría. Los enseres debían ser de plástico, pero el padre de Luislinda sólo pudo pagar unos fabricados con madera. “Cuando mi profesor lo vió, me dijo que si no podía traer el material que me pedía, que dejara de estudiar y me pusiera a cocinar feijoadas para las blancas, porque así sería más feliz”.
Ya han pasado 60 años desde ese día, pero Luislinda todavía llora cuando recuerda ese triste episodio. “¡Me sentí tan humillada!”, asegura. Salió corriendo del aula, y cuando se hubo recompuesto, regresó y le espetó a su maestro: “No voy a cocinar feijoadas. Estudiaré y seré jueza y cuando crezca, volveré para llevarte preso”.
Cumpliendo sus deseos, a los 39 años se licenció en derecho, y 3 años después se convirtió en la primera jueza negra de Brasil. Con la madurez de los años y la experiencia acumulada, se dio cuenta del racismo silente pero presente en su país, especialmente en Salvador de Bahía, y consecuente con sus principios y la Constitución, en 1993 se hizo famosa por dictar la primera sentencia del país por un delito de racismo, condenando una cadena de supermercados por acusar falsamente a una mujer de raza negra de robar en sus instalaciones. “La mayoría de jueces son blancos, y cuando hay un caso de racismo lo suelen pasar por el delito más blando. Por eso se necesitan más jueces negros”, asevera.
Debido a sus orígenes, Luislinda demuestra una gran vocación social y de servicio, dirigida especialmente a la población pobre, negra y de la periferia de Salvador de Bahia. “Un día regresé al barrio donde vivía y vi que todo continuaba igual, y que la gente no acudía a la justicia porque no tenían la ropa elegante que creían que debían ponerse para asistir a un juicio, o que no tenían dinero para pagarse un pasaje de autobús. Así que me dije, si ellos no vienen a mi, iré yo a ellos”.
Ideó varios proyetos para acercar el Tercer Poder a la ciudadanía, desplazándose barrio a barrio y a las escuelas. Incluso impartió justicia de forma itinerante. Ella y su oficina se instalaron en un autobús que recorría los lugares más alejados de la ciudad con el fin de resolver casos y otras cuestiones administrativas. “Allí hacíamos de todo, desde registros de nacimiento, hasta defunciones, porque como los tribunales quedan en el centro de la ciudad, la gente de la periferia no se acerca para hacerse los papeles. Además, muchos tienen miedo de la institución porque conocen amigos o parientes que están en la cárcel y temen que si van a un juzgado no van a volver a casa”.
Lo mismo hizo por vía marítima para incluir a las islas. Siguiendo el mismo estilo que por vía terrestre, realizaba entre 30 y 40 audiencias diarias, con juicios rápidos que a veces no se llegaban a celebrar. “Muchas veces me sentaba con las partes a hablar y resolvíamos el caso con una mediación, sin necesidad de abrir un contencioso”.
Luislinda ha recibido numerosos premios en Brasil por favorecer el acceso a la justicia y a la igualdad. Sin embargo, y a pesar del reconocimiento merecido, la institución a la que pertenece le ha puesto las cosas muy difíciles. “Después que en 2006 me dieran el Premio de Acceso a la Justicia, el presidente del Tribunal de Justicia de Bahia me llamó y me prohibió que continuara trabajando con la justicia itinerante. Y no me dió un motivo. Como salía mucho en los medios de comunicación, creo que tenía miedo que me volviera demasiado influyente”, se lamenta.
No fue ni la primera ni la última vez que cortaron las alas a su carrera profesional, pero la frustración, que todavía le enciende el corazón, no le sacó energía para continuar trabajando, en esta ocasión creando juzgados especiales para atender casos de violencia de género. Ella conocía bien este tipo de historias, puesto que a pesar de ser jueza, ha experimentado en sus propias carnes el acoso de un marido machista. “Me golpeaba bastante a menudo pero yo no quería divorciarme porque para mi padre habría sido un disgusto”. Finalmente se divorció cuando su padre murió, a los 103 años.
Su poder institucional no le privó durante 6 años de los golpes de su marido, ni tampoco de la discriminación por raza que asegura que todavía sufre por parte de la sociedad. Hace unos años, quiso comprarse una vivienda en una zona residencial de alto standing y cuando quiso visitar la zona con su hijo, los vigilantes les prohibieron el paso. “¡Los guardas de seguridad no nos dejaban pasar porque pensaban que queríamos atracarlos! Al final hablamos con el promotor immobiliario y pudimos visitar la finca, pero con dos policías armados en nuestro coche y otro vehículo policial siguiéndonos por detrás”.
Luislinda luce orgullosa una vestimenta multicolor y un peinado rastafari en honor a sus orígenes africanos, pero asegura que ello le continúa dificultando su carrera profesional. A pesar que el año pasado fue nombrada desembargadora sustituta del Tribunal de Justicia de Bahia, un cargo superior dentro del sistema judicial brasileño, 12 meses después le dieron la plaza definitiva a otra jueza, de raza blanca. “Me sentí muy humillada y despreciada porque yo tengo muchos más méritos y antigüedad que la otra mujer, pero no tengo padrinos. Sufro racismo institucional, un racismo que mata el alma y destruye el cuerpo”.
En un país donde la mitad de la población tiene la piel oscura, las mujeres negras sufren triple discriminación, por raza, clase y género. Son la cara de la pobreza, de los trabajos mal remunerados y de los embarazos no deseados durante la adolescencia. Y su grado de representación en los órganos de poder es prácticamente nulo. Luislinda, sin embargo, ha logrado ser una excepción y quiere convertirse en un ejemplo para las demás. Por eso lucha y reivindica su plaza de desembargadora. “Los negros no hemos nacido para ser marginales, para servir a los demás o para ser traficantes de droga. Los negros también tenemos inteligencia, somos competentes y podemos ser jueces, ministros o gobernadores”. Sin embargo, esta no es su meta final. “Mi sueño es convertirme en presidenta del país”.
(Los negros han nacido también para ministros, gobernadores, jueces como sueña Luislinda, aunque en el pasado han sido también santos, compositores, cantantes, actrices, hoy hay un presidente de aquel lado del río Bravo con una mujer de color y dos descendientes con la misma pigmentación. Sin negros no habría blues, jazz, ni una premio Nobel de Literatura, ni otro de la Paz. La madre Teresa de Calcuta habría muerto más joven sin un bebé de color a arrullar en brazos. Nota de Anna Viñas tomada del blog Ellas del diario El Mundo).
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