domingo, 5 de febrero de 2017

Uriel Martínez (1950 )


LOS INDESEABLES



 1.
Con todos los pronósticos en contra en agosto del año 2007 se abrió la librería La Azotea, libros de altura, sin patrocinio alguno, como una acción de vida filantrópica. De todos los indeseables que se acercaron, el más enigmático de todos fue un gato callejero del que no me percaté en qué momento invadió el espacio. Una mañana, al abrir la puerta metálica de entrada, "sentí" que alguien estaba ahí. Luego de percibir la presencia de un ser real, un invasor, un precarista, vi la tierra de un tiesto revuelta, excavada y la planta panda como en la temporada de ventarrones -que en Dogville son inmisericordes-; dirigí la mirada como el paneo de una cámara de cine en una cinta de terror, inmóvil mi cuerpo, hasta que lo vi. El animal me veía, echado de perfil sobre una fila de libros en la parte superior de un librero. "Quítate de ahí", le ordené, "vas a apestar los libros". Siguió inmóvil, como si procesara la orden cortante y seca. Me acerqué a la mesa de novedades donde tengo, además, un calendario triangular por mes, una libreta de ventas, un vaso-lapicero y suplementos pendientes de revisión. Revisé el cuaderno de tareas, la bitácora del día y los libros que llevaría esa mañana para entregar. Antes de salir le advertí: "Te vas antes de mi regreso, ¿me oíste?" El forastero no parpadeaba mientras me veía y escuchaba las palabras de bienvenida.

2.
Recién abierta la librería apareció un ratón pequeño. Aparición que atribuí a que ahí cerca, recién inaugurada una fonda, se fumigó el local y el roedor salió huyendo de un exterminio seguro. La primera vez que percibí su presencia fue en la lectura de una obra de Ian McEwan, de reojo registré vagamente un desplazamiento -imaginé que era una hoja seca de árbol esa temporada de vientos incómodos-; no le di importancia. Pero días después me percaté de quien era. Consulté a un conocido antes de comprar una ratonera y un veneno encontrado en el supermercado. Cada mañana me acercaba a la trampa, ahí estaba el migajón de pan untado con la carnada mortal. La carnada disminuía sin que el mecanismo de la trampa se accionara en mi ausencia. "El ratón irá secándose por dentro", me dijo mi asesor, "no dejes de cambiarle el pan y el veneno." Hasta que un día encontré, detrás de las cajas de cartón de embalaje, el pellejo del indeseado. Pude también conseguir un gato para que con su sola presencia ahuyentara al roedor pero de sólo pensar que impregnaría el negocio de pelos y del olor característico de heces, preferí la ratonera.

3.
Una visita diametralmente opuesta era la perrita de mis vecinas, Luna. Observé que cada vez que me veía, soltaba un chorro de orines. Al principio sus necesidades fisiológicas las expelía a la entrada del edificio de donde ella y yo vivíamos; según la distancia, yo le llamaba por su nombre y ella arrojaba de gusto, supongo, la fuente del riñón. Hasta que una mañana apareció -el negocio nunca tuvo canceles ni muros de cristal- y expelió y expelió hasta formar un charco de orines. "Es la última vez que vienes y me haces esto", cogí una escoba y una cubeta de agua. Empecé a lavar mientras Luna veía y escuchaba mi llamada de atención. Luego apliqué un chorro de cloro y pasé el trapeador. Pero la mancha de orines no cedía. "Vete a tu casa". Con los ojos atentos detrás del greñero que los cubrían, me obedeció. Con el paso del tiempo, el sol y el viento, la marca canina se desvaneció. 

4.
Ese mismo día que apareció el gato gris de manchas negras y ojos ágata, a mi regreso al mediodía, hora de abrir, lo busqué de nuevo. Recorrí los libreros, busqué detrás de las filas de libros, me asomé al cuarto del aparato de música y a la bodega de cartón y ánforas de agua destilada, al wc. "Dónde andas", pregunté en voz alta. El invasor se hallaba detrás de un atril de madera donde exhibía libros. Me veía atentamente. Me acerqué. "Ya te dije que te vayas, no quiero animales en mi negocio". Levanté la cortina metálica principal. Era cerca del mediodía, cuando pasan colegiales de regreso a casa. Estaba sentado a la mesa de lectura y de apuntes cuando le ofrecí a una madre de familia el gato. Hizo cara de espanto, al igual que sus dos hijos uniformados, "No nos gustan los gatos". Supuse alguna alergia, como es común en aquellos que prefieren otros animales de compañía.

5.
No me di por derrotado. El último intento que hice por deshacerme del invasor, antes del oscurecer y ya bajada la cortina, fue colocar un cenicero de cristal limpio, al borde exterior de la puerta de entrada con leche y migajas de pan. "Chito, chito, chito", repetí varias veces hasta que el minino atendió la invitación -llevaba varios días sin alimento alguno, supuse. Cuando vi que empezaba a beberse la leche, cerré la puerta de acceso, eché llave y subí al tercer piso, donde vivo hace cerca de dos décadas. Antes de conciliar el sueño alcancé a escuchar los maullidos del animal que se había quedado sin techo. Una descarga eléctrica me recorrió la espina dorsal. La mañana siguiente, temprano, vi el cenicero limpio, sin migajas ni leche. El indeseable había desaparecido.

6.
Mucho tiempo después, quizá nueve años cumplidos con el negocio de libros, en una plática con una amiga, supe que son los muertos cercanos a nosotros quienes nos envían animales de compañía en un intento de comunicación y diálogo. Recordé al minino de ojos ágata primero; y luego me acordé del ratón envenenado. 

                                                                                              Dogville, febrero 2017

1 comentario:

Ana María Salazar dijo...

Excelente, después de esto, espero la experiencia sobre los ladrones de libros que sobre ellos habrá una crónica, supongo
Buen domingo
MJ