domingo, 31 de julio de 2016
Uriel Martínez (1950 )
El derrumbe
te pedí buscaras con tiempo
otra alcancía, no donde
almacenar penas sino
de barro para estrellarla;
una y otra vez supliqué
te procurases un cajero
automático para vaciarse
las 24 horas;
recuerda que no te hiciste
del colchón en que se
guardan billetes, joyas
y pagarés para emergencias;
te pedí encarecidamente
no marcaras por cobrar
al móvil, al timbre ni
a mi paciencia;
si llegó el derrumbe, el derrumbe fue procurado
[Inédito]
sábado, 30 de julio de 2016
Derek Walcott (1930 )
Mapa del Nuevo Mundo
1
Archipiélagos
Al final de esta frase, comenzará la lluvia.
Al filo de la lluvia, un velero.
Poco a poco el velero perderá de vista las islas;
se desvanecerá en la bruma
la fe en los puertos de una raza entera.
La guerra de diez años ha terminado.
La cabellera de Helena: una nube gris:
Troya: un foso blanco de ceniza
a orillas de la mar donde llovizna.
La llovizna se tensa como las cuerdas de un arpa.
Un hombre con la vista empañada presiente la lluvia
y tañe el primer verso de la Odisea.
(pleno verano, poesía selecta, vaso roto, trad. josé luis rivas, barcelona, 2012)
1
Archipiélagos
Al final de esta frase, comenzará la lluvia.
Al filo de la lluvia, un velero.
Poco a poco el velero perderá de vista las islas;
se desvanecerá en la bruma
la fe en los puertos de una raza entera.
La guerra de diez años ha terminado.
La cabellera de Helena: una nube gris:
Troya: un foso blanco de ceniza
a orillas de la mar donde llovizna.
La llovizna se tensa como las cuerdas de un arpa.
Un hombre con la vista empañada presiente la lluvia
y tañe el primer verso de la Odisea.
(pleno verano, poesía selecta, vaso roto, trad. josé luis rivas, barcelona, 2012)
viernes, 29 de julio de 2016
Carilda Oliver Labra (1924 )
Esta memoria
Esta memoria
que se cierne como los gorriones
en la rama más alta de mí misma,
este escuchar la noche
cuando hace sombra y el perfume
persiste en su influencia,
esas costumbres tuyas
en la casa,
húmeda del ensueño y la porfía.
La casa donde amabas tu inocencia
sigue guardando
esos primores de ceniza,
sigue con tu respiración flotando. A cuestas
trae los fantasmas pensativos:
está mi padre
rodando entre las cosas
( quería decirme: ¡hija,
al fin nos conocimos!... )
Y han vuelto algunos pétalos
que de un botón remoto habían caído.
Ha vuelto todo el tiempo
que borramos,
en este instante en que repito tu nombre
y sin embargo no es latido.
Telarañas me enseñan donde tengo
olvidada la nuca.
Está sin sábanas el lecho,
en un sillón florece el frío.
¿Cuál es el mago que te trae ahora
y te pone a bruñirme las ojeras,
cuál es el rico
que me da tu cuerpo?
Ya no es posible hallarte en remolinos,
la sorpresa sería
comerte con los ojos.
La casa,
la casa enorme con soledades y heliotropos,
lúgubre, vacía,
la casa centenaria sigue goteando
sobre mis heridas.
Arrancaré el azogue de todos sus espejos
buscándote.
Arrancaré las cenefas, los umbrales,
buscándote.
Arrancaré los muebles, los mosaicos,
el sol,
la selva que en el patio ha dado un solo paso,
mi insomnio de leona enternecida;
arrancaré el recuerdo
buscándote,
y he de encajar de nuevo en tus costillas.
Arrancaré los rincones de la casa,
la casa,
sí
la casa donde nos podrimos.
Ha de quedar algún pedazo tuyo entre raíces,
alguna vibración de tus entrañas,
algún cabello que cayó de pronto
y luego fue un hilo de agonía,
el dejo de tu voz entre las horas:
ha de quedar el giro de tu mano, al fin, llamando:
algo espantoso y bello.
Y yo sabré quien eres,
yo te reconoceré
de rodillas ante el grifo del agua,
yo te reconoceré
aunque sea por el gusto del fango;
y te daré por muerto entonces,
devastado este reino;
pero tranquila,
en orden,
porque tendré el consuelo
de imaginarte a salvo de los hombres.
("de sibilas y pitias")
Esta memoria
que se cierne como los gorriones
en la rama más alta de mí misma,
este escuchar la noche
cuando hace sombra y el perfume
persiste en su influencia,
esas costumbres tuyas
en la casa,
húmeda del ensueño y la porfía.
La casa donde amabas tu inocencia
sigue guardando
esos primores de ceniza,
sigue con tu respiración flotando. A cuestas
trae los fantasmas pensativos:
está mi padre
rodando entre las cosas
( quería decirme: ¡hija,
al fin nos conocimos!... )
Y han vuelto algunos pétalos
que de un botón remoto habían caído.
Ha vuelto todo el tiempo
que borramos,
en este instante en que repito tu nombre
y sin embargo no es latido.
Telarañas me enseñan donde tengo
olvidada la nuca.
Está sin sábanas el lecho,
en un sillón florece el frío.
¿Cuál es el mago que te trae ahora
y te pone a bruñirme las ojeras,
cuál es el rico
que me da tu cuerpo?
Ya no es posible hallarte en remolinos,
la sorpresa sería
comerte con los ojos.
La casa,
la casa enorme con soledades y heliotropos,
lúgubre, vacía,
la casa centenaria sigue goteando
sobre mis heridas.
Arrancaré el azogue de todos sus espejos
buscándote.
Arrancaré las cenefas, los umbrales,
buscándote.
Arrancaré los muebles, los mosaicos,
el sol,
la selva que en el patio ha dado un solo paso,
mi insomnio de leona enternecida;
arrancaré el recuerdo
buscándote,
y he de encajar de nuevo en tus costillas.
Arrancaré los rincones de la casa,
la casa,
sí
la casa donde nos podrimos.
Ha de quedar algún pedazo tuyo entre raíces,
alguna vibración de tus entrañas,
algún cabello que cayó de pronto
y luego fue un hilo de agonía,
el dejo de tu voz entre las horas:
ha de quedar el giro de tu mano, al fin, llamando:
algo espantoso y bello.
Y yo sabré quien eres,
yo te reconoceré
de rodillas ante el grifo del agua,
yo te reconoceré
aunque sea por el gusto del fango;
y te daré por muerto entonces,
devastado este reino;
pero tranquila,
en orden,
porque tendré el consuelo
de imaginarte a salvo de los hombres.
("de sibilas y pitias")
jueves, 28 de julio de 2016
Fernando Fernández (1964 )
Sala de espera
Uno, sí, la estoy viendo
de cuando en cuando, y después vuelvo a verla,
la espío y oteo
y quedo en vilo
y más tarde la miro todavía, y sí, es verdad,
finjo cierta demencia tras los lentes
aun cuando la mire fijamente
y hasta usted se dé cuenta.
Y sin embargo, dos, no se ve nada,
cosa que usted que debe haberse visto
cientos de veces
bien que debe saber, nada de nada,
ni un amago siquiera de tirante
por más que esté pendiente que nada se le asome
y una y otra vez, y luego una vez más,
se componga el escote.
Pero la culpa, tres,
es sólo suya,
de usted sentada frente a mí en esta sala de espera
que al tiempo que conversa por teléfono
con tres dedos precisos y nerviosa insistencia
se retoca insegura usted consigo
sopesando sus dos pechos opimos
pudorosa y quizás algo coqueta.
Es por esa razón que, cuatro, espío y asomo
y oteo e insisto
y quedo en vilo
aunque finja demencia tras los lentes,
fascinado de ver cómo remueve, y hace pender,
y agita, racimo tal de frutos semejantes,
manifiestos al aire aunque escondidos,
apegados a usted pero volantes.
("las afinidades electivas")
Uno, sí, la estoy viendo
de cuando en cuando, y después vuelvo a verla,
la espío y oteo
y quedo en vilo
y más tarde la miro todavía, y sí, es verdad,
finjo cierta demencia tras los lentes
aun cuando la mire fijamente
y hasta usted se dé cuenta.
Y sin embargo, dos, no se ve nada,
cosa que usted que debe haberse visto
cientos de veces
bien que debe saber, nada de nada,
ni un amago siquiera de tirante
por más que esté pendiente que nada se le asome
y una y otra vez, y luego una vez más,
se componga el escote.
Pero la culpa, tres,
es sólo suya,
de usted sentada frente a mí en esta sala de espera
que al tiempo que conversa por teléfono
con tres dedos precisos y nerviosa insistencia
se retoca insegura usted consigo
sopesando sus dos pechos opimos
pudorosa y quizás algo coqueta.
Es por esa razón que, cuatro, espío y asomo
y oteo e insisto
y quedo en vilo
aunque finja demencia tras los lentes,
fascinado de ver cómo remueve, y hace pender,
y agita, racimo tal de frutos semejantes,
manifiestos al aire aunque escondidos,
apegados a usted pero volantes.
("las afinidades electivas")
miércoles, 27 de julio de 2016
Diane Wakoski (1937 )
El mecánico
La mayoría de los hombres usan
los ojos
como metrónomo
para marcar el compás
del caminar de una mujer
cómo sus caderas se ciñen
contra la tela, igual que los higos
en el árbol
justo antes de reventar
sus moradas pieles,
para medir qué tanto
de su andar emplea en la cama
de noche,
la jarra del cielo
llenándose de vía láctea
centellea cada vez
que ella mueve los labios.
pero, claro,
los secretos
no son los golpes obvios
en la canción
que cualquier baterista puede dar
oyendo la velocidad del motor
—hecho también de golpes—
tan rápidos,
sutiles, supongo,
que llegan como un sonido continuo
o el corazón que, por supuesto,
golpea sin ventilador
que lo mantenga
fresco;
es una prueba,
un ritmo,
que no podrían ver
aquellos ojos medidores
aunque tal vez haya algunos
con dedos y oídos
tan cerca de los motores
con aceite limpio circulando por los oídos
que depure la sesera,
quizás algunos...
puedan decir
en qué consiste
el secreto sangrar de una mujer
Como mujer
con estrellas untuosas
en todos los puntos
de mi piel
nunca podría
fiarme de un hombre
que no fuera mecánico;
un hombre que usa sus
ojos,
sus manos,
escucha
al
corazón.
(tomado del muro de alicia digón)
La mayoría de los hombres usan
los ojos
como metrónomo
para marcar el compás
del caminar de una mujer
cómo sus caderas se ciñen
contra la tela, igual que los higos
en el árbol
justo antes de reventar
sus moradas pieles,
para medir qué tanto
de su andar emplea en la cama
de noche,
la jarra del cielo
llenándose de vía láctea
centellea cada vez
que ella mueve los labios.
pero, claro,
los secretos
no son los golpes obvios
en la canción
que cualquier baterista puede dar
oyendo la velocidad del motor
—hecho también de golpes—
tan rápidos,
sutiles, supongo,
que llegan como un sonido continuo
o el corazón que, por supuesto,
golpea sin ventilador
que lo mantenga
fresco;
es una prueba,
un ritmo,
que no podrían ver
aquellos ojos medidores
aunque tal vez haya algunos
con dedos y oídos
tan cerca de los motores
con aceite limpio circulando por los oídos
que depure la sesera,
quizás algunos...
puedan decir
en qué consiste
el secreto sangrar de una mujer
Como mujer
con estrellas untuosas
en todos los puntos
de mi piel
nunca podría
fiarme de un hombre
que no fuera mecánico;
un hombre que usa sus
ojos,
sus manos,
escucha
al
corazón.
(tomado del muro de alicia digón)
martes, 26 de julio de 2016
Raymond Carver
En Suiza
Lo primero que hay que hacer en Zurich
es tomar el trolebús No. 5 al zoológico
hasta el fin del recorrido
y bajarse. Ir sabiendo
lo de los leones. Cómo sus rugidos
pasan desde el complejo del zoológico
al cementerio de Flutern.
Allí camino por
el hermosísimo sendero
que lleva a la tumba de James Joyce.
Siempre fue un hombre de familia, está aquí
con Nora, su mujer, por supuesto.
Y su hijo, Giorgio,
que murió hace unos años.
Lucía, su hija, el gran dolor de su vida,
aún vive, aún confinada
en un sanatorio psiquiátrico.
Cuando le trajeron la noticia
de la muerte de su padre, dijo:
¿Qué está haciendo ese idiota bajo tierra?
¿Cuándo le va a dar por salir?
Nunca nos quita el ojo de encima.
Me quedé un rato. Creo
que le dije al señor Joyce alguna cosa en voz alta.
Debo haberlo hecho. Sé que debí hacerlo.
Pero ahora no recuerdo qué
y tengo que dejar las cosas así.
Una semana después de aquel día, partimos
de Zurich en tren a Lucerna.
Esa mañana temprano, tomé
el trolebús No. 5 una vez más
hasta el final de la línea.
El rugido de los leones cae sobre
el cementerio, como la vez anterior.
El césped ha sido cortado.
Me siento allí por un rato y fumo.
Uno se siente bien estando allí,
junto a la tumba. Yo no tenía
nada que decir esta vez.
Esa noche jugamos en las mesas
del Grand Hotel-Casino
en la costa misma del lago Lucerna.
Más tarde fuimos a ver un espectáculo de striptease.
¿Pero qué hacer con el recuerdo
de aquella tumba que me venía a mí
en medio del espectáculo,
bajo la luz rosada, muda, del escenario?
No hay nada que hacer.
O sobre el deseo que vino después,
que desplazó todo lo demás
como una ola.
Más tarde, nos sentamos en un banco
debajo de algunos tilos, bajo las estrellas.
Hicimos el amor.
Metiéndonos uno dentro de la ropa del otro.
El lago a unos pocos pasos.
Después, nos mojamos las manos
en el agua fría.
Entonces, volvimos a nuestro hotel,
felices y cansados, dispuestos a dormir
ocho horas.
Todos nosotros, todos nosotros, nosotros todos,
tratando de salvar
nuestras almas inmortales, ciertos caminos
aparentemente más indirectos
y misteriosos
que otros. Estamos pasándola
bien aquí. Pero esperamos
que pronto todo sea revelado.
("el poeta ocasional", trad. adam gai)
Lo primero que hay que hacer en Zurich
es tomar el trolebús No. 5 al zoológico
hasta el fin del recorrido
y bajarse. Ir sabiendo
lo de los leones. Cómo sus rugidos
pasan desde el complejo del zoológico
al cementerio de Flutern.
Allí camino por
el hermosísimo sendero
que lleva a la tumba de James Joyce.
Siempre fue un hombre de familia, está aquí
con Nora, su mujer, por supuesto.
Y su hijo, Giorgio,
que murió hace unos años.
Lucía, su hija, el gran dolor de su vida,
aún vive, aún confinada
en un sanatorio psiquiátrico.
Cuando le trajeron la noticia
de la muerte de su padre, dijo:
¿Qué está haciendo ese idiota bajo tierra?
¿Cuándo le va a dar por salir?
Nunca nos quita el ojo de encima.
Me quedé un rato. Creo
que le dije al señor Joyce alguna cosa en voz alta.
Debo haberlo hecho. Sé que debí hacerlo.
Pero ahora no recuerdo qué
y tengo que dejar las cosas así.
Una semana después de aquel día, partimos
de Zurich en tren a Lucerna.
Esa mañana temprano, tomé
el trolebús No. 5 una vez más
hasta el final de la línea.
El rugido de los leones cae sobre
el cementerio, como la vez anterior.
El césped ha sido cortado.
Me siento allí por un rato y fumo.
Uno se siente bien estando allí,
junto a la tumba. Yo no tenía
nada que decir esta vez.
Esa noche jugamos en las mesas
del Grand Hotel-Casino
en la costa misma del lago Lucerna.
Más tarde fuimos a ver un espectáculo de striptease.
¿Pero qué hacer con el recuerdo
de aquella tumba que me venía a mí
en medio del espectáculo,
bajo la luz rosada, muda, del escenario?
No hay nada que hacer.
O sobre el deseo que vino después,
que desplazó todo lo demás
como una ola.
Más tarde, nos sentamos en un banco
debajo de algunos tilos, bajo las estrellas.
Hicimos el amor.
Metiéndonos uno dentro de la ropa del otro.
El lago a unos pocos pasos.
Después, nos mojamos las manos
en el agua fría.
Entonces, volvimos a nuestro hotel,
felices y cansados, dispuestos a dormir
ocho horas.
Todos nosotros, todos nosotros, nosotros todos,
tratando de salvar
nuestras almas inmortales, ciertos caminos
aparentemente más indirectos
y misteriosos
que otros. Estamos pasándola
bien aquí. Pero esperamos
que pronto todo sea revelado.
("el poeta ocasional", trad. adam gai)
lunes, 25 de julio de 2016
Eduardo Chirinos (1960/2016 )
Una hormiga...
Una hormiga carga con esfuerzo
una hoja.
La hoja es enorme
y multiplica su tamaño. Se trata
de un deber inevitable, de una
obediencia atávica.
Detrás de ella
idénticas hormigas cargan idénticas
hojas. Mañana repetirán el rito,
su razón de ser que ignoro.
Pronto cumpliré cincuenta años.
Pienso en la hormiga.
En su ciega danza hacia la muerte.
("life vest under your seat")
Una hormiga carga con esfuerzo
una hoja.
La hoja es enorme
y multiplica su tamaño. Se trata
de un deber inevitable, de una
obediencia atávica.
Detrás de ella
idénticas hormigas cargan idénticas
hojas. Mañana repetirán el rito,
su razón de ser que ignoro.
Pronto cumpliré cincuenta años.
Pienso en la hormiga.
En su ciega danza hacia la muerte.
("life vest under your seat")
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