El viaje interior
Fuera de ti no esperes encontrar
lo que dentro de ti nunca has buscado.
No es más hermoso el sol de otros lugares,
por lejanos que estén:
lo que importa es la luz que da vida a tus ojos.
No fatigues tus días
en recorrer países en busca de otros mundos.
No tardes en emprender el viaje a tu interior,
no vaya a ser que pronto sea tarde:
no estás de ti tan cerca como crees,
ni es tanto el tiempo de que aún dispones
para descubrirte y conquistarte.
(fuente: "rua das petras")
lunes, 30 de junio de 2014
domingo, 29 de junio de 2014
Uriel Martínez (1950 )
Certezas
Tengo una prueba indudable
de que viniste: ya no abres
mis heridas.
Tengo otra: dormiré como nunca
y sin el presentimiento
de que volcarás la cama.
Una más: al irte hice
a un lado, de modo casi
imperceptible, el pasado.
Una certeza: caerán estrellas
aerolitos y basura cósmica
lejos de casa.
Otra más: hojearé el cuaderno
de notas y veré tu cara
pero olvidaré tu nombre.
Y la última, innegable,
envejeceremos lejos uno
del otro.
Tengo una prueba indudable
de que viniste: ya no abres
mis heridas.
Tengo otra: dormiré como nunca
y sin el presentimiento
de que volcarás la cama.
Una más: al irte hice
a un lado, de modo casi
imperceptible, el pasado.
Una certeza: caerán estrellas
aerolitos y basura cósmica
lejos de casa.
Otra más: hojearé el cuaderno
de notas y veré tu cara
pero olvidaré tu nombre.
Y la última, innegable,
envejeceremos lejos uno
del otro.
sábado, 28 de junio de 2014
Javier Acosta (1967 )
Mar de los Fríos
Los monjes duermen,
hoy cala tanto el frío
que te puso la noche
su erizada bufanda de neblina
-luna.
(fuente: Manual del extravío, Mantis Editores-IZC Zacatecas, México, 2014)
Los monjes duermen,
hoy cala tanto el frío
que te puso la noche
su erizada bufanda de neblina
-luna.
(fuente: Manual del extravío, Mantis Editores-IZC Zacatecas, México, 2014)
viernes, 27 de junio de 2014
Pat Mora (1942 )
El desierto es mi madre
Le digo, dame de comer.
Me sirve rojas tunas en nopal espinoso.
Le digo, juguetea conmigo.
Me salpica la cara con gotitas de lluvia en día asoleado.
Le digo, asústame.
Me grita con truenos y me tira relámpagos.
Le digo, abrázame.
Me susurra, “Acuéstate aquí”.
Le digo, cúrame.
Me da manzanilla, orégano y yerbabuena.
Le digo, acaríciame.
Me roza la cara con su cálido aliento.
Le digo, hazme bella.
Me ofrece turquesa para mis dedos,
una flor rosada para mi cabello.
Le digo, cántame.
Me arrulla con sus canciones de viento.
Le digo, enséñame.
Y florece en el brillo del sol,
en el silencio de la nieve,
en las arenas más secas.
El desierto es mi madre.
El desierto es mi madre.
El desierto es mi madre poderosa.
(fuente: "emma gunst.blogspot")
jueves, 26 de junio de 2014
Rodrigo D. Sancho Ferrer (1982 )
Paisaje epílogo
Así lo cuentan:
en las antiguas casas holandesas
se cubrían con crespones
de seda de luto
los cuadros donde aparecían representados
paisajes,
para que el alma del muerto,
dispuesta a abandonar el cuerpo,
no se distrajera en su ultimo viaje
añorando todo lo que iba a dejar atrás.
Me pregunto de qué modo
habría que amputar la memoria
o esos ojos que silenciosos
han mirado desde siempre
para adentro,
vueltos, como calcetines,
hacia la inmensa geografía
del alma,
para no retenerla.
Qué sedas serían necesarias,
pienso,
qué kilométrica cantidad de tela,
qué paciencia
cuando todos tienen prisa.
Cómo borrar lo que se imprime
cuando cerramos los ojos,
después de haber mirado.
(fuente: "rima interna", El Cultural)
Así lo cuentan:
en las antiguas casas holandesas
se cubrían con crespones
de seda de luto
los cuadros donde aparecían representados
paisajes,
para que el alma del muerto,
dispuesta a abandonar el cuerpo,
no se distrajera en su ultimo viaje
añorando todo lo que iba a dejar atrás.
Me pregunto de qué modo
habría que amputar la memoria
o esos ojos que silenciosos
han mirado desde siempre
para adentro,
vueltos, como calcetines,
hacia la inmensa geografía
del alma,
para no retenerla.
Qué sedas serían necesarias,
pienso,
qué kilométrica cantidad de tela,
qué paciencia
cuando todos tienen prisa.
Cómo borrar lo que se imprime
cuando cerramos los ojos,
después de haber mirado.
(fuente: "rima interna", El Cultural)
miércoles, 25 de junio de 2014
Efraín Huerta, poeta
Los hombres del alba
Y después, aquí, en el oscuro seno del río mas oscuro,
en lo más hondo y verde de la vieja ciudad,
estos hombres tatuados: ojos como diamantes,
bruscas bocas de odio más insomnio,
algunas rosas o azucenas en las manos
y una desesperante ráfaga de sudor.
Son los que tienen en vez de corazón
un perro enloquecido
o una simple manzana luminosa
o un frasco con saliva y alcohol
o el murmullo de la una de la mañana
o un corazón como cualquiera otro.
Son los hombres del alba.
Los bandidos con la barba crecida
y el bendito cinismo endurecido,
los asesinos cautelosos
con la ferocidad sobre los hombros,
los maricas con fiebre en las orejas
y en los blandos riñones,
los violadores,
los profesionales del desprecio,
los del aguardiente en las arterias,
los que gritan, aúllan como lobos
con las patas heladas.
Los hombres más abandonados,
más locos, más valientes:
los más puros.
Ellos están caídos de sueño y esperanzas,
con los ojos en alto, la piel gris
y un eterno sollozo en la garganta.
Pero hablan. al fin la noche es una misma
siempre, y siempre fugitiva:
es un dulce tormento, un consuelo sencillo,
una negra sonrisa de alegría,
un modo diferente de conspirar,
una corriente tibia temerosa
de conocer la vida un poco envenenada.
Ellos hablan del día. Del día,
que no les pertenece, en que no se pertenecen,
en que son más esclavos; del día,
en que no hay más camino
que un prolongado silencio
o una definitiva rebelión.
Pero yo sé que tienen miedo del alba.
Sé que aman a la noche y sus lecciones escalofriantes.
Sé de la lluvia nocturna cayendo
como sobre cadáveres.
Sé que ellos construyen con sus huesos
un sereno monumento a la angustia.
Ellos y yo sabemos estas cosas:
que la gemidora metralla nocturna,
después de alborotar brazos y muertes,
después de oficiar apasionadamente
como madre del miedo,
se resuelve en rumor,
en penetrante ruido,
en cosa helada y acariciante,
en poderoso árbol con espinas plateadas,
en reseca alambrada:
en alba. En alba
con eficacia de pecho desafiante.
Entonces un dolor desnudo y terso
aparece en el mundo.
Y los hombres son pedazos de alba,
son tigres en guardia,
son pájaros entre hebras de plata,
son escombros de voces.
Y el alba negrera se mete en todas partes:
en las raíces torturadas,
en las botellas estallantes de rabia,
en las orejas amoratadas,
en el húmedo desconsuelo de los asesinos,
en la boca de los niños dormidos.
Pero los hombres del alba se repiten
en forma clamorosa,
y ríen y mueren como guitarras pisoteadas,
con la cabeza limpia
y el corazón blindado.
(fuente: Poesía 1935-1968, ed. Joaquín Mortiz-SEP, México, 1986, col. Lecturas Mexicanas, no. 54, segunda serie.)
Y después, aquí, en el oscuro seno del río mas oscuro,
en lo más hondo y verde de la vieja ciudad,
estos hombres tatuados: ojos como diamantes,
bruscas bocas de odio más insomnio,
algunas rosas o azucenas en las manos
y una desesperante ráfaga de sudor.
Son los que tienen en vez de corazón
un perro enloquecido
o una simple manzana luminosa
o un frasco con saliva y alcohol
o el murmullo de la una de la mañana
o un corazón como cualquiera otro.
Son los hombres del alba.
Los bandidos con la barba crecida
y el bendito cinismo endurecido,
los asesinos cautelosos
con la ferocidad sobre los hombros,
los maricas con fiebre en las orejas
y en los blandos riñones,
los violadores,
los profesionales del desprecio,
los del aguardiente en las arterias,
los que gritan, aúllan como lobos
con las patas heladas.
Los hombres más abandonados,
más locos, más valientes:
los más puros.
Ellos están caídos de sueño y esperanzas,
con los ojos en alto, la piel gris
y un eterno sollozo en la garganta.
Pero hablan. al fin la noche es una misma
siempre, y siempre fugitiva:
es un dulce tormento, un consuelo sencillo,
una negra sonrisa de alegría,
un modo diferente de conspirar,
una corriente tibia temerosa
de conocer la vida un poco envenenada.
Ellos hablan del día. Del día,
que no les pertenece, en que no se pertenecen,
en que son más esclavos; del día,
en que no hay más camino
que un prolongado silencio
o una definitiva rebelión.
Pero yo sé que tienen miedo del alba.
Sé que aman a la noche y sus lecciones escalofriantes.
Sé de la lluvia nocturna cayendo
como sobre cadáveres.
Sé que ellos construyen con sus huesos
un sereno monumento a la angustia.
Ellos y yo sabemos estas cosas:
que la gemidora metralla nocturna,
después de alborotar brazos y muertes,
después de oficiar apasionadamente
como madre del miedo,
se resuelve en rumor,
en penetrante ruido,
en cosa helada y acariciante,
en poderoso árbol con espinas plateadas,
en reseca alambrada:
en alba. En alba
con eficacia de pecho desafiante.
Entonces un dolor desnudo y terso
aparece en el mundo.
Y los hombres son pedazos de alba,
son tigres en guardia,
son pájaros entre hebras de plata,
son escombros de voces.
Y el alba negrera se mete en todas partes:
en las raíces torturadas,
en las botellas estallantes de rabia,
en las orejas amoratadas,
en el húmedo desconsuelo de los asesinos,
en la boca de los niños dormidos.
Pero los hombres del alba se repiten
en forma clamorosa,
y ríen y mueren como guitarras pisoteadas,
con la cabeza limpia
y el corazón blindado.
(fuente: Poesía 1935-1968, ed. Joaquín Mortiz-SEP, México, 1986, col. Lecturas Mexicanas, no. 54, segunda serie.)
martes, 24 de junio de 2014
Denise Levertov (1923/1997 )
La mente que parpadea
Señor, no vos,
soy yo la que está ausente.
Al principio
la fe era una alegría que guardaba en secreto,
para mí sola
en lugares sagrados:
una ojeada rápida y ya- y luego de nuevo,
en círculos.
Desde hace mucho que te nombro
pero ahora
eludo tu presencia.
Me detengo
a pensar en vos y mi mente
al instante,
como un pez mínimo, sale disparada,
se escapa
hacia las sombras, hacia resplandores que destellan
incesantes sobre
los giros y revueltas del río.
Ni por un segundo
se queda quieto mi ser sino que revolotea
por cualquier parte,
en cada lugar donde pueda girar. No vos,
yo estoy ausente.
Vos sos la corriente, el pez, la luz,
la sombra que late,
vos sos la presencia sin cambios donde todo
se mueve y cambia.
¿Cómo puedo concentrar mi parpadeo, percibir
en el corazón de la fuente
el zafiro que sé que está ahí?
(fuente: "hasta donde llega la voz", versión: Tom Maver)
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