jueves, 31 de octubre de 2013

Eugenio Montale (1896/1981 )

Después de la lluvia

Sobre la arena mojada aparecen ideogramas
como patas de gallina. Miro hacia atrás
pero no veo refugios o asilos de aves.
Habrá pasado un pato cansado, quizá cojo.
No sabría descifrar ese lenguaje
aunque fuera chino. Bastará un soplo
de viento para borrarlo. No es cierto
que la Naturaleza sea muda. Habla sin ton ni son
y la única esperanza es que no se ocupe
demasiado de nosotros.


(texto tomado del blog "otra iglesia es imposible", versión de Carlos Vitale.)

miércoles, 30 de octubre de 2013

Michoacán: otro Estado "fallido"

El obispo de Apatzingán, Miguel Patiño, reveló que la ola de violencia que azota a Michoacán ha cobrado la vida de 5 sacerdotes y  ha complicado la labor social de la iglesia en el estado.
El prelado dijo que la situación que predomina en el estado es complicada, pues la ciudadanía no cuenta con las garantías de seguridad necesarias para que realice sus tareas cotidianas e incluso desconfían de las propias autoridades para levantar una denuncia cuando son víctimas de algún crimen.
Además de estos hechos violentos, el obispo denunció que la Iglesia no puede acudir a las comunidades de Tierra Caliente a realizar tareas de labor social “porque la misma gente de ahí nos pide que no lo hagamos porque la zona no es segura” y afirmó que Michoacán tiene todas las características de un estado fallido y que los hechos que han ocurrido en los últimos días corroboran que el gobierno no tiene el poder para regresar la paz al estado.
El día de ayer  los cuerpos de cinco jornaleros asesinados aparecieron abandonados en una camioneta en la carretera que va desde La Piedad  hasta El Salto, en el municipio de La Piedad, Michoacán, informaron las autoridades mexicanas a la agencia DPA. Las víctimas eran originarias del vecino estado de Guerrero.
Desde mayo pasado el gobierno mexicano implementó una estrategia de seguridad en Michoacán, en el marco de la cual desplegó miles de militares y policías en el área para que contrarresten las acciones del crimen organizado pero la violencia ha continuado.


(Hay quienes sostienen que la violencia en todo México ha alterado el orden del universo, nota depurada del sitio "sin embargo")

John F. Deane poeta


Fugitivo
 
El viejo, en su bata bordada, de color ciruela madura,
está sentado en silencio, en su propio mundo; más allá
                                                        /de las altas ventanas
hay tulipanes de un encendido rojo sangre, narcisos
fúnebres, desordenados por el viento. El amor llega
tambaleándose a su alrededor; él se contiene ausente,
                                                                /resuelto a partir,
me abandona a la mitad de la oración, mis palabras
cada una de ellas, como pétalos, cayendo alrededor de mis pies.
 
 
(texto tomado del blog "ogham", versión: Esteban Moore)  

martes, 29 de octubre de 2013

Sharon Olds, poeta




El barquero

Tres años después de su muerte, mi padre
vuelve a trabajar. Después de veinticinco años
desempleado, está muy contento
de haber sido contratado, llega puntual,
trabajador incansable. Se sienta
en la proa de la barca, dulce timonel,
de espalda a los pasajeros. Está muerto,
pero se arrodilla erguido, mirando hacia delante,
a la otra orilla. Alguien ha cerrado
su boca, de modo que se lo ve más cómodo
—ni sediento, ni necesitado— los ojos
abiertos, bajo el iris la línea negra
que apareció con su muerte. Está tranquilo.
Su nuevo empleo es una broma entre los dos,
le encanta bromear conmigo, no ha perdido
su cara de póquer. Mascarón de proa de marfil,
hombre alto, demacrado, costillas, pezones, labios,
cada vez que traigo a alguien
y lo pongo en el barco y lo empujo,
mi padre lo lleva remando a través del río
hacia la lejana orilla. No hablamos:
él sabe que se trata de alguien
de quien me quiero deshacer, alguien
que me hace sentir fea y asustada. No le digo
como lo hacías tú. Él conoce el oficio
y lo disfruta. Cuando arrojo a alguien dentro
él no mira hacia atrás: lo lleva directamente
al infierno. Quiere trabajar para mí
hasta que yo muera. Sabe que entonces
iré hasta él, subiré a su barca
y me dejaré llevar, estiraré mi mano amplia
hacia la suya, lo ayudaré a desembarcar,
nos abrazaremos como dos que nunca nacieron,
desnudos, sin respirar, nos cubriremos
hasta los labios con el oscuro manto de la tierra
y descansaremos juntos al final de la jornada.

(texto tomado del blog "otra iglesia es imposible", traducción de Mori Ponsowy.)

lunes, 28 de octubre de 2013

Lou Reed total

Tenía pésimo carácter, era manipulador y lo odiaban casi todos lo que habían trabajado con él, con Andy Warhol a la cabeza. Sin embargo, ninguno de ellos podía dejar de reconocer la dimensión extraordinaria de su obra, su cualidad única para lograr que la poesía, el rock y la vanguardia musical salieran juntos a dar un paseo por el lado salvaje de Nueva York, del mundo, de la vida. Lou Reed, que falleció ayer a los 71 años por causas todavía no determinadas –-había sido sometido a un trasplante de hígado en mayo pasado– fue eso y mucho más, en cinco décadas de carrera que transformaron no sólo al rock sino a la cultura occidental toda. Sin Velvet Underground, la banda que lideró a fines de los ’60, no podría siquiera imaginarse al glam, al punk ni al rock alternativo. Así de monumental fue la influencia de Reed, poeta del rock y rockero poético. Y así lo reconocieron siempre David Bowie, Kraftwerk, Luca Prodan, los Strokes, los Ramones, U2, Iggy Pop, Patti Smith, Duran Duran, Television, R.E.M., Sonic Youth, Pixies y Morrissey, entre muchísimos otros colegas.
Así de enorme, también, es el agujero que deja su fallecimiento en los corazones de miles de seguidores en todo el mundo: la relación con la obra de Reed casi nunca podía ser casual, más allá de que haya tenido algunas canciones que sonaron en las radios. Con él había que ir a lo profundo, dejar que sus palabras lacerantes volvieran a cortar esa llaga mal cicatrizada, hacer propios dolores ajenos como forma de aprendizaje, sufrir y gozar los latigazos, asomarse (desde lejos, en lo posible) a los abismos del suicidio y la adicción, sentir el desgarro de que te arranquen a un hijo de las manos, percibir la espada de Damocles del cáncer sobre tu cabeza, enamorarse de la persona más equivocada posible, teñir de nostalgia un día perfecto, tener sexo en los lugares más cochambrosos, dejar correr la adrenalina del que va a pegar drogas a los barrios bajos, meterse en las orgías más zarpadas... Reed lograba eso con sus canciones. Y no precisaba mirar desde un púlpito ni pretender identificaciones vacuas: era un tipo culto que escribía desde las tripas, como pocos lo han hecho en la historia del rock.
Antes de formatear buena parte de la música contemporánea con el primer álbum de The Velvet Underground, Lou Reed ya había pagado derecho de piso en el mundo de las letras y en el de las melodías. Nacido en Brooklyn el 2 de marzo de 1942, Lewis Allan
Reed se crió en el seno de una típica familia judía de clase media y aprendió a tocar la guitarra por el interés que le despertaban las canciones que escuchaba por la radio. Como al personaje de su canción “Rock’n’roll”, lo que se colaba por el éter le salvó la vida. Y después, cuando se fue a estudiar literatura a la Universidad de Syracuse –donde tuvo como mentor al poeta Delmore Schwartz–, primero se propuso ser escritor, pero enseguida descubrió que podía hacer que las canciones dijeran algo más que “nena, ¿quieres bailar?”. “Pensé que todos los compositores sólo escribían sobre una pequeñísima parte de la experiencia humana”, contó Reed. “Considerando que un disco podía ser como una novela, podías escribir sobre otras cosas. Era tan obvio que me maravillaba que no estuviera haciéndolo todo el mundo. ¡Agarremos Crimen y castigo y convirtámoslo en una canción de rock and roll!”
Mientras, debió soportar que sus padres lo sometieran a tratamientos de electroshock para “curarle” su bisexualidad y, de paso, esas ideas locas de dedicarse a vivir con una guitarra eléctrica colgando encima de su campera de cuero negra. Cuando salió del hospital, contó más tarde, se había “convertido en un vegetal”. “No podés leer un libro porque llegás a la página 17 y tenés que ir de vuelta a la 1. O dejás el libro durante una hora y cuando querés seguir donde habías terminado, no podés porque no te acordás de lo que leíste. Tenés que empezar todo de nuevo. Si dabas una vuelta a la manzana, te olvidabas de dónde estabas.” Más tarde, Reed volcó en la canción “Kill Your Sons” ese extremo sentimiento de sentirse traicionado por sus padres.
Durante el último semestre en la universidad, mientras tomaba drogas y tocaba con su bandita de la época, Reed compuso dos de las canciones que cambiarían el panorama del corpus literario rockero unos años más tarde, cuando las publicara en el debut de The Velvet Underground: “Heroin” y “I’m Waiting for the Man”. La primera era la descripción de los vaivenes emocionales de un shoot de heroína; la segunda, el cúmulo de sensaciones al ir a pegar esa droga a Harlem. Con ese bagaje, Reed se recibió, volvió a casa de sus padres en Freeport y de allí se fue a Nueva York, donde consiguió trabajo componiendo canciones que remedaran los estilos de moda en el sello Pickwick. Era como una fábrica de temas-chorizo en la que cobraba 25 dólares por semana y no recibía derechos de autor. Las canciones sonaban prefabricadas, compuestas a las apuradas y grabadas con recursos mínimos. Sin embargo, en ese contexto hostil, Reed se formó como compositor, metió algunas letras y sonidos interesantes y conoció a un músico galés que se codeaba con lo más granado de la avant garde neoyorquina pero cobraba unos verdes para grabar en Pickwick: John Cale.
Con el agregado del guitarrista Sterling Morrison y la baterista Maureen Tucker (Angus McLise, el batero original, no llegó a grabar), The Velvet Underground estuvo listo para cruzar la alta poesía con la podredumbre de los callejones y la vanguardia con el más básico rock’n’roll. Entonces Andy Warhol, que ya era toda una estrella, descubrió a la banda y le propuso asociarse a un proyecto llamado Exploding Plastic Inevitable: el cuarteto, hierático y con rigurosos lentes oscuros, tocaba mientras se proyectaban sobre los músicos varias películas del artista plástico en simultáneo, se usaban luces estroboscópicas (una novedad en los ’60) y algunas “estrellas” de la Factory warholiana subían al escenario a bailar y agitar látigos. La entrada de la modelo alemana Nico, que tenía pocos antecedentes como cantante, fue sugerencia de Warhol. Y también fue él quien “produjo” The Velvet Underground and Nico y quien diseñó la banana despegable de su portada.
Las canciones del debut de Velvet Underground, aparecido en marzo de 1967, iban de la placidez de “Sunday Morning” al ruido extremo de “The Black Angel’s Death Song”, del submundo de las drogas de “Heroin” y “I’m Waiting for the Man” a la declaración de amor de “I’ll Be Your Mirror”, de las chicas malas de “Femme Fatale” y “Run Run Run” al sadomasoquismo de “Venus in Furs”. Es una obra monumental, un cachetazo bien neoyorquino al hippismo de la costa oeste, tan influyente como los discos de Los Beatles, los Stones y Bob Dylan. Pero, claro, no vendió demasiadas copias, dada la temática y lo avanzado de su propuesta. Es todo un lugar común, a esta altura, decir que los pocos que compraron el disco comenzaron su propia banda. Un lugar común con mucho fundamento, por cierto.
Si Lou Reed no hubiera vuelto a grabar una sola canción en su vida, igual ese debut de Velvet Underground alcanzaría para ubicarlo bien alto entre los máximos creadores de la historia del rock. Pero hizo mucho, mucho más, incluso a la altura de semejante obra maestra. Con el cuarteto grabó tres álbumes más: el abrasivo White Light, White Heat (’68), The Velvet Underground (’69, ya con Doug Yule en lugar de Cale) y Loaded (’70), antes de refugiarse nuevamente en la casa paterna a ver el horizonte. Algunas de las canciones contenidas en esos álbumes son clásicos de Reed, como “Sister Ray”, “Candy Says”, “Pale Blue Eyes” (la que él prefería entre las de su cosecha), “Sweet Jane” y “Rock’n’roll”.
Lou Reed (’72), su primer disco solista, traía varias de las canciones que habían quedado inéditas en VU, pero su sonido de rock genérico no ayudó a su suerte. Quien sí lo hizo fue uno de sus admiradores, David Bowie, quien le propuso producirle su próximo trabajo. Transformer (‘72) mostraba una cara glam de Reed y la ambigüedad sexual estaba expuesta en primer plano. “Mi primer álbum estaba lleno de canciones de amor, en éste son todas canciones de odio”, dijo el cantante. “Perfect Day”, “Vicious”, “Satellite of Love” y especialmente “Walk on the Wild Side” llevaron al disco a los charts, algo impensado para el poeta oscuro del rock. “Cualquier canción que mencione el sexo oral, la prostitución masculina, las drogas y el valium, y así y todo la pasen por la radio tiene que ser muy cool”, dijo el crítico Nick Kent respecto del “Walk...”.
Si el mundo esperaba otro disco accesible después de Transformer, Reed ciertamente lo decepcionó: Berlin (1973) es la desgarradora historia de una pareja de junkies en la que hay niños que lloran, un suicidio, todo mal... Y así y todo, ese disco conceptual producido por Bob Ezrin es otra obra maestra de Reed. El álbum recién fue tocado en vivo y en orden más de treinta años después de su salida. Ese patrón de “disco comercial” versus “obra artística difícil de digerir” se repetiría más adelante en la carrera de Reed, lo que quizás haya boicoteado sus posibilidades de ventas, pero que ciertamente estableció sus credenciales como artista que se cagaba en las concesiones.
Reed hizo giras en las que simulaba inyectarse mientras cantaba “Heroin”. Se tiñó el pelo de rubio. Bajó a tierra. Dejó las drogas. Volvió a las drogas. Volvió a dejarlas. Estuvo en pareja con una transexual. Se dejó ganar por la vida burguesa. Se casó con una fan. Reapareció como poeta rockero. La muerte de Andy Warhol lo llevó a juntarse con John Cale, lo que desembocó en un regreso bastante pobre (en términos artísticos) de Velvet Underground. Se divorció. Puteó a los republicanos y a los más extremos los acusó de incestuosos. Se casó con la cantante y artista multimedia Laurie Anderson. Grabó un disco basado en Edgar Allan Poe, otro para hacer tai chi y uno con Metallica.
Y en el medio, dejó otra cantidad de obras de una altura difícil de empardar. Por ejemplo, Metal Machine Music (’75), que también es difícil de escuchar: un vinilo doble cuyas cuatro caras solamente contienen ruido blanco y manipulaciones electrónicas. “No hay paneos. No hay sincronización. No”, decía en una suerte de manifiesto el sobre interno de ese álbum que tantos fueron a devolver y que el crítico Lester Bangs declaró el mejor disco de la historia. O The Blue Mask (’78), con una dupla de guitarras impresionante junto a Robert Quine. Y, claro, el enorme New York (’89), en el que retrató como nadie el esperpento del final de la era Reagan-Bush. Y “Magic and Loss” (’92), sobre cómo lidiar con la enfermedad y las pérdidas. Y hasta Ecstasy (2000), que lo trajo a Buenos Aires por segunda vez (la primera había sido en 1996, para la presentación de Set the Twilight Reeling; volvió en 2008 para acompañar a su esposa en un par de temas).
En 1987, hablando sobre su carrera con un periodista de RollingStone, Reed dijo una frase que puede sonar pedante, pero que no está exenta de realidad: “Siempre pensé que si se la veía como un libro, entonces ahí tenés la Gran Novela Norteamericana, cada disco como un capítulo. Están todos en orden cronológico. Agarrá todo, apilalo y escuchalo en orden: ahí está mi Gran Novela Norteamericana”. ¿Habrá sido una tardía justificación para su mentor Delmore Schwartz, que odiaba el rock? ¿O el arrepentimiento por no haber cumplido su sueño juvenil de consagrarse como escritor? Como fuera, su obra, amplificada por el poder de la música, trasciende esas carencias. Pero la idea de escucharla en orden sí tiene sentido. Tal vez sea la mejor manera de despedir a un artista tan crucial que, a pesar de haber sido acusado de convertir a varias generaciones en zombies drogones, les salvó la vida a unos cuantos. Igual que le pasó a él cuando el rock’n’roll le llegó desde la radio.


(semblanza de Roque Casciero tomada íntegra del sitio "página/12".)

Donald Justice (1925/2004 )

Variaciones sobre un texto de Vallejo

Me moriré en París con aguacero…

Moriré en Miami bajo el sol,
un día en que el sol sea muy brillante,
un día como los días que recuerdo, un día como otros,
un día que nadie conoce ni recuerda todavía,
y el sol brillará entonces en las gafas oscuras de los desconocidos
y en los ojos de unos pocos amigos de infancia
y en los de los primos sobrevivientes junto a la tumba,
mientras los sepultureros, a cierta distancia, en la sombra inmóvil de las palmeras,
apoyados en sus palas, y fumando,
hablan en español en voz baja, por consideración.

Creo que será un domingo como el de hoy,
sólo que brillará el sol, la lluvia se habrá detenido,
y el viento que hoy hace que todos los arbustos se pongan de rodillas;
y creo que será un domingo porque hoy,
cuando saqué este papel y empecé a escribir,
nunca antes nada me había parecido tan en blanco,
mi vida, estas palabras, el papel, el gris domingo;
y mi perro, temblando bajo una mesa a causa de la tormenta,
levantó la vista hacia mí, sin comprender,
y mi hijo leía en silencio, y mi esposa dormía.

Donald Justice está muerto. Un domingo salió el sol ,
brillaba en la bahía, brillaba en los edificios blancos,
los coches bajaban por la calle lentamente, como siempre, eran tantos,
algunos con los faros encendidos a pesar del sol,
y al cabo de un rato los sepultureros con sus palas
regresaron junto a la tumba bajo la luz del sol,
y uno de ellos hundió la pala en la tierra
para levantar unos pocos terrones de la negra arcilla calcárea de Miami,
y esparció la tierra, y escupió,
volviendo la cara repentinamente, por consideración.


(texto tomado del blog "otra iglesia es imposible",versión de Jonio González.)

domingo, 27 de octubre de 2013

Terrorismo en Michoacán

Miles de michoacanos se quedaron sin energía eléctrica la madrugada de este domingo, con apagones en al menos 10 municipios, luego de una serie de ataques a subestaciones de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) por parte de presuntos grupos del crimen organizado.
Además, en Morelia sujetos intentaron incendiar tres gasolinerías, así como en el municipio de Tarimbaro.
Cerca de las 3:00 horas la energía eléctrica fue cortada en subestaciones eléctricas de varios municipios como Zamora, La Piedad, Zamora, Zacápu, Jacona, Maravatío, Álvaro Obregón, Zitácuaro, Tarímbaro, Apatzingán y Morelia.
Tras los ataques sólo hubo daños materiales, confirmó el gobierno del estado esta mañana a través de su cuenta oficial de Twitter, y agregó que ya se trabajaba para restablecer la energía en los municipios afectados.
A través de llamados de emergencia, la Secretaría de Seguridad Pública supo de diversos hechos en varios municipios del estado, donde se intentó sabotear las subestaciones de la CFE.
Según un comunicado, se implementaron operativos policiacos para resguardar las instalaciones de la CFE, que reporta daños en por lo menos nueve subestaciones. Las mayores afectaciones son en Zamora, La Piedad, Apatzingán, Zinapécuaro y Uruapan.
Elementos de la Policía Federal vigilan la subestación ubicada en la salida a Salamanca, frente al Tecnológico de Morelia, luego de que un grupo armado intentara arrojar bombas molotov a dicho complejo.
En el lugar, de acuerdo a la información de autoridades policiales, fueron abandonadas un total de 131 bombas caseras, que aparentemente serían lanzadas contra transformadores de la CFE.
Por otro lado, por ser instalaciones federales, la Procuraduría General de la República (PGR) será la encargada de realizar las indagatorias en torno al ataque contra la CFE.
De acuerdo con lo informado por autoridades estatales, la Procuraduría General de Justicia de Michoacán, colaborará con las investigaciones y rendirá un informe de los datos en su poder.
Por lo pronto, autoridades estatales y federales mantienen vigilancia extrema en instalaciones de la CFE.
En tanto, tres gasolinerías de Morelia y otra en Tarímbaro fueron atacadas también esta madrugada por sujetos que intentaron incendiarlas con bombas molotov.
Aproximadamente a las 1:30 horas varios hombres armados llegaron a la estación El Trébol, sobre la carretera que conduce a Álvaro Obregón, y arrojaron los artefactos sin lograr que se consumieran las bombas despachadoras.
Simultáneamente y del mismo modo fueron atacadas las gasolinerías El Pípila, Estadio y Santa María, lo que dejó cuantiosos daños materiales.
Elementos de las policías Federal y Estatal implementaron un operativo en otras estaciones, en prevención de más atentados.


(despacho tomado del sitio "proceso")