Cierta clase de pérdida
De uso compartido: las épocas del año, los libros y algo de música.
Las llaves, las tazas de té, la cesta del pan, sábanas y una cama.
Un ajuar de palabras, de gestos, traídos, usados, gastados.
Unas normas de casa respetadas. Dichas. Hechas. Y siempre tendida la mano.
Me enamoré del invierno, de un septeto vienés y del verano.
De mapas, de una cabaña en la montaña, de una playa y una cama.
Un culto hecho de fechas, de irrevocables promesas,
de adorar un poco y ser devoto ante nada,
(…los periódicos doblados, las cenizas frías, el trozo de papel con una nota a mano)
de religión intrépida, puesto que la iglesia era esta cama.
De la vista del lago surgió mi inagotable pintura.
Desde el balcón había que saludar a la gente, mis vecinos.
A salvo junto a la chimenea cobraba su color más intenso mi pelo.
Era el timbre de la puerta al sonar la alarma de mi alegría.
No es a ti a quien perdí,
sino al mundo.
("life vest under your seat", s/c al traductor)
martes, 7 de mayo de 2019
lunes, 6 de mayo de 2019
Ted Hughes (1930/1998 )
Los caballos
Subí a través del bosque en la hora oscura antes del alba.
Un aire amenazante, una quietud de hielo;
ni una hoja, ni un pájaro:
un mundo hecho de escarcha. Llegué a lo alto del bosque
donde creaba al respirar figuras retorcidas en la luz de hierro.
Pero drenaban ya la oscuridad los valles
y luego –ennegreciendo los vestigios grises– en la linde
del claro se abrió el cielo. Y vi entonces los caballos.
Enormes en la espesa niebla –diez en total–
quietos como menhires. Respiraban inmóviles,
sus crines lacias, sus precisos cascos angulados,
sin hacer ningún ruido.
Pasé a su lado. Ninguno resopló ni giró la cabeza.
Fragmentos grises, silenciosos
de un silencioso mundo gris.
Y arriba en la ladera me detuve a escuchar el vacío.
Y el lamento de un pájaro mostró su filo en el silencio.
De a poco era posible percibir detalles. Luego
brotó naranja, rojo el rojo sol
en silencio, y rompiendo desde el centro una rasgada nube,
sacudió el fondo abierto, hizo ver el azul
y los grandes planetas suspendidos.
Yo volví,
tropezando en la fiebre de mi sueño, hacia el bosque
desde las cimas encendidas,
a donde estaban los caballos. Ahí seguían,
ahora humeando y brillantes en la luz,
sus lacias crines pétreas, sus cascos delicados
conmoviéndose en el deshielo mientras todo alrededor
fulguraba en los fuegos de la escarcha. Pero seguían en silencio.
Ninguno hizo un sonido,
con sus cabezas suspendidas, sin apuro, igual que el horizonte,
muy arriba del valle, bajo los altos rayos rojos.
En las calles ruidosas, a través de los años, las personas,
ojalá pueda siempre recordar este sitio solitario
entre los rayos y las nubes rojas, donde escuché los pájaros,
donde escuché durar los horizontes.
("hablar de poesía", trad. alejandro crotto y diego alfaro palma)
domingo, 5 de mayo de 2019
Uriel Martínez (1950 )
La vecina
de abajo
Ya había oscurecido el domingo, ya habías cotejado tus correos, el muro y tenías abierta la puerta de casa para que la luz del día se desvaneciera gradualmente, cuando llegó sin previo aviso mi vecina del segundo piso. Me puso sus garras, como es costumbre en ella, en el muslo izquierdo. Le dije que su dueña me pidió ya no darle leche ni chocolates, que ya no era una muchacha sino una adulta, recién desparasitada. Esto por prescripción veterinaria. Que se comportara como tal, le pedí. Entonces me levanté, cogí una galleta salada Gamesa y se la aventé al corredor. Cerré la puerta. Cuando se hubo ido, reabrí y ahí estaba, intacta, la galleta.
Aunque
Aunque no es noche salgo al
balcón y veo
los coches que
van llegando
al tanatorio, veo
si alguien
ha tirado una piedra
al cristal
de la ventana; ni aire
hace ni pasa
nadie, será un alma
sin puertas,
una sed lejana, una
nube que
nadie ve que va o viene.
Hotel
Hace cuanto
que no
coincido
contigo en aquel
hotel de
mala muerte,
en aquel
estanque de aguas
negras, en
aquel Río de los Perros,
en aquel
templo derruido
en que
juraste amor y fidelidad
sin fin, en
aquellas noches
en que nadie
ni nosotros vislumbramos
desenlace.
El regreso
Regresas a
Ítaca porque a dónde más irías, aunque las ráfagas en las paredes y los muros
derribados hablan mucho de una ciudad que no te ama. Ni tú a ella.
(muro fb del
autor)
sábado, 4 de mayo de 2019
Fernando Pessoa (1888/1935 )
No tengas nada en las manos
No tengas nada en las manos
ni una memoria en el alma,
que -cuando un día tus manos
pongan el óbolo último,
cuando las manos te abran-,
nada se te caiga de ellas.
¿Qué trono te quieren dar
que Átropos no te lo quite?
¿Qué laurel que no se mustie
en los arbitrios de Minos?
¿Qué horas que no te conviertan
en la estatua de sombra?
¿Que serás cuando, de noche,
estés al fin del camino?
Coge las flores, mas déjalas luego
caer, apenas miradas.
Al sol siéntate. Y abdica
para ser el rey de ti mismo.
("de sibilas y pitias", versión de ángel crespo)
No tengas nada en las manos
ni una memoria en el alma,
que -cuando un día tus manos
pongan el óbolo último,
cuando las manos te abran-,
nada se te caiga de ellas.
¿Qué trono te quieren dar
que Átropos no te lo quite?
¿Qué laurel que no se mustie
en los arbitrios de Minos?
¿Qué horas que no te conviertan
en la estatua de sombra?
¿Que serás cuando, de noche,
estés al fin del camino?
Coge las flores, mas déjalas luego
caer, apenas miradas.
Al sol siéntate. Y abdica
para ser el rey de ti mismo.
("de sibilas y pitias", versión de ángel crespo)
viernes, 3 de mayo de 2019
Yannis Ritsos (1909/1990 )
Un marinero viejo
El abuelo en un rincón,
en el otro sus diez nietos,
y nueve velas hincadas
en el pan están ardiendo.
Los niños callan, las madres
se arrancan locas el pelo
y, al fondo, la libertad
mira y suspira en silencio.
Piedras
Llegan y se van los días, sin plan y sin sorpresas.
Las piedras se empapan de luz y de memoria.
Hay uno que coloca una piedra por almohada.
Otro que, antes de bañarse, deja su ropa debajo de una piedra,
que no la lleve el aire. Otro que usa una piedra por escaño
o mojón en su huerto, el cementerio, el establo, el bosque.
Tarde, tras la puesta del sol, al volver a casa,
cualquier piedra de la playa que pongas en tu mesa
es una estatuilla – una pequeña Niki, o el perro de Artemisa -,
y esa piedra en que a mediodía un joven posó sus pies mojados,
es un Patroclo, con pestañas cerradas y sombrías.
("trianarts", trad. román bermejo)
El abuelo en un rincón,
en el otro sus diez nietos,
y nueve velas hincadas
en el pan están ardiendo.
Los niños callan, las madres
se arrancan locas el pelo
y, al fondo, la libertad
mira y suspira en silencio.
Piedras
Llegan y se van los días, sin plan y sin sorpresas.
Las piedras se empapan de luz y de memoria.
Hay uno que coloca una piedra por almohada.
Otro que, antes de bañarse, deja su ropa debajo de una piedra,
que no la lleve el aire. Otro que usa una piedra por escaño
o mojón en su huerto, el cementerio, el establo, el bosque.
Tarde, tras la puesta del sol, al volver a casa,
cualquier piedra de la playa que pongas en tu mesa
es una estatuilla – una pequeña Niki, o el perro de Artemisa -,
y esa piedra en que a mediodía un joven posó sus pies mojados,
es un Patroclo, con pestañas cerradas y sombrías.
("trianarts", trad. román bermejo)
jueves, 2 de mayo de 2019
Constantino Cavafis (1863/1933 )
El viejo
En una esquina del café sonoro de murmullos confusos
un anciano sentado se inclina sobre la mesa,
leyendo un periódico, sin compañía.
Y en el ocaso de su miserable senectud
piensa cuán poco gozó en los años)
cuando tuvo la fuerza y el verbo y la belleza.
Sabe que está muy viejo, y lo siente, y lo ve.
Y, sin embargo, le parece que la juventud
fue ayer. ¡Corto intervalo, corto!
Y piensa en qué forma lo embaucó la prudencia,
cómo de ella se fió y qué locura
cuando la engañadora le decía: «Mañana.
Tienes todo tu tiempo».
Se acuerda de los impulsos que detuvo y cuántas
delicias sacrificó. Ocasiones perdidas
que burla ahora su prudencia insensata.
…A fuerza de rumiar pensamientos y recuerdos
el vértigo lo invade. Y se duerme
inclinado sobre la mesa del café.
("trianarts", trad. fernando arbeláez)
En una esquina del café sonoro de murmullos confusos
un anciano sentado se inclina sobre la mesa,
leyendo un periódico, sin compañía.
Y en el ocaso de su miserable senectud
piensa cuán poco gozó en los años)
cuando tuvo la fuerza y el verbo y la belleza.
Sabe que está muy viejo, y lo siente, y lo ve.
Y, sin embargo, le parece que la juventud
fue ayer. ¡Corto intervalo, corto!
Y piensa en qué forma lo embaucó la prudencia,
cómo de ella se fió y qué locura
cuando la engañadora le decía: «Mañana.
Tienes todo tu tiempo».
Se acuerda de los impulsos que detuvo y cuántas
delicias sacrificó. Ocasiones perdidas
que burla ahora su prudencia insensata.
…A fuerza de rumiar pensamientos y recuerdos
el vértigo lo invade. Y se duerme
inclinado sobre la mesa del café.
("trianarts", trad. fernando arbeláez)
miércoles, 1 de mayo de 2019
Cindy Jiménez Vera (1978 )
Mitopoiesis
Aquel día llegó con una carta de desalojo en las manos. Fue así como el horno, las gavetas, las cortinas y los zapatos dejaron de aparecer en aquellos poemas
domésticos.
Aquel día llegó con una carta de desalojo en las manos. Fue así como el horno, las gavetas, las cortinas y los zapatos dejaron de aparecer en aquellos poemas
domésticos.
("poesía cuatro")
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