La barriada
Padre, hoy duermo en casa de la abuela, que vive en una barriada miserable donde cada crimen es archivado como caso paranormal. La abuela sabe que tiene tres hijos pero no los recuerda. Por la tarde se ensimisma y borda gritos de vencejo.
Tu hermano el loco se partió el cuello contra el fondo del pasillo, después de una carrera aplaudida desde la puerta por los críos del vecindario. Los miembros se le enredan improbables alrededor del cuerpo, como ramas de bonsái, y nadie quiere sacudirle el polvo del abrigo.
A la mesa está sentado tu hermano el ciego, que tiene un agujero en la barriga. Cuando come, los garbanzos se le cuelan, caen rodando y escriben en braille sobre el suelo: Yo nunca he hecho daño. La abuela suspira.
Tú estás muerto, padre, pero también estás vivo porque te puedo llamar para contarte que los tres cadáveres de los que hablo no aparecen solo en este poema.
La barriada donde vive la abuela, ahora que todo lo pierdo, se llama miedo de clase.
("imán")
martes, 7 de febrero de 2017
lunes, 6 de febrero de 2017
Coral Bracho (1951 )
Que caiga esa lluvia fina
En esta oscura verdad
que abre sus mantos y sus ebrias mareas para protegernos,
que abre sus alas tristes para ahuyentarnos,
para decir que sí
que caiga esa lluvia fina frente al umbral;
que caiga como aleteo, como irrupción brevísima.
Como un mensajero que, empapado y ardiendo en fiebre,
viene de lejos.
Trae los pliegos, trae las palabras.
Pero el dibujo de la lluvia se extiende
y no deja oír. No deja ver
lo que está sucediendo. Y es que
lo que se acerca,
lo que nos habla
y nos agarra de los hombros con fuerza,
lo que nos grita y nos sacude es la lluvia,
es el confín que se desdibuja.
Tiritamos, ardiendo, frente a esa puerta,
frente a ese puente levadizo que nadie baja.
Nadie se apresta a oír.
Esta verdad oscura, esta oscilante levedad
como el murmullo de un sinfín de murciélagos,
todos tanteando,
todos brotando a un tiempo en las despiertas
galerías de la sangre, todos tratando
de salir de las torres.
Para decir que sí,
que caiga esa lluvia fina contra el umbral,
que caiga sobre los muros;
que los vaya borrando.
(muro fb daniel montoly)
En esta oscura verdad
que abre sus mantos y sus ebrias mareas para protegernos,
que abre sus alas tristes para ahuyentarnos,
para decir que sí
que caiga esa lluvia fina frente al umbral;
que caiga como aleteo, como irrupción brevísima.
Como un mensajero que, empapado y ardiendo en fiebre,
viene de lejos.
Trae los pliegos, trae las palabras.
Pero el dibujo de la lluvia se extiende
y no deja oír. No deja ver
lo que está sucediendo. Y es que
lo que se acerca,
lo que nos habla
y nos agarra de los hombros con fuerza,
lo que nos grita y nos sacude es la lluvia,
es el confín que se desdibuja.
Tiritamos, ardiendo, frente a esa puerta,
frente a ese puente levadizo que nadie baja.
Nadie se apresta a oír.
Esta verdad oscura, esta oscilante levedad
como el murmullo de un sinfín de murciélagos,
todos tanteando,
todos brotando a un tiempo en las despiertas
galerías de la sangre, todos tratando
de salir de las torres.
Para decir que sí,
que caiga esa lluvia fina contra el umbral,
que caiga sobre los muros;
que los vaya borrando.
(muro fb daniel montoly)
domingo, 5 de febrero de 2017
Uriel Martínez (1950 )
LOS INDESEABLES
1.
Con todos los pronósticos en contra en agosto del año 2007 se abrió la librería La Azotea, libros de altura, sin patrocinio alguno, como una acción de vida filantrópica. De todos los indeseables que se acercaron, el más enigmático de todos fue un gato callejero del que no me percaté en qué momento invadió el espacio. Una mañana, al abrir la puerta metálica de entrada, "sentí" que alguien estaba ahí. Luego de percibir la presencia de un ser real, un invasor, un precarista, vi la tierra de un tiesto revuelta, excavada y la planta panda como en la temporada de ventarrones -que en Dogville son inmisericordes-; dirigí la mirada como el paneo de una cámara de cine en una cinta de terror, inmóvil mi cuerpo, hasta que lo vi. El animal me veía, echado de perfil sobre una fila de libros en la parte superior de un librero. "Quítate de ahí", le ordené, "vas a apestar los libros". Siguió inmóvil, como si procesara la orden cortante y seca. Me acerqué a la mesa de novedades donde tengo, además, un calendario triangular por mes, una libreta de ventas, un vaso-lapicero y suplementos pendientes de revisión. Revisé el cuaderno de tareas, la bitácora del día y los libros que llevaría esa mañana para entregar. Antes de salir le advertí: "Te vas antes de mi regreso, ¿me oíste?" El forastero no parpadeaba mientras me veía y escuchaba las palabras de bienvenida.
2.
Recién abierta la librería apareció un ratón pequeño. Aparición que atribuí a que ahí cerca, recién inaugurada una fonda, se fumigó el local y el roedor salió huyendo de un exterminio seguro. La primera vez que percibí su presencia fue en la lectura de una obra de Ian McEwan, de reojo registré vagamente un desplazamiento -imaginé que era una hoja seca de árbol esa temporada de vientos incómodos-; no le di importancia. Pero días después me percaté de quien era. Consulté a un conocido antes de comprar una ratonera y un veneno encontrado en el supermercado. Cada mañana me acercaba a la trampa, ahí estaba el migajón de pan untado con la carnada mortal. La carnada disminuía sin que el mecanismo de la trampa se accionara en mi ausencia. "El ratón irá secándose por dentro", me dijo mi asesor, "no dejes de cambiarle el pan y el veneno." Hasta que un día encontré, detrás de las cajas de cartón de embalaje, el pellejo del indeseado. Pude también conseguir un gato para que con su sola presencia ahuyentara al roedor pero de sólo pensar que impregnaría el negocio de pelos y del olor característico de heces, preferí la ratonera.
3.
Una visita diametralmente opuesta era la perrita de mis vecinas, Luna. Observé que cada vez que me veía, soltaba un chorro de orines. Al principio sus necesidades fisiológicas las expelía a la entrada del edificio de donde ella y yo vivíamos; según la distancia, yo le llamaba por su nombre y ella arrojaba de gusto, supongo, la fuente del riñón. Hasta que una mañana apareció -el negocio nunca tuvo canceles ni muros de cristal- y expelió y expelió hasta formar un charco de orines. "Es la última vez que vienes y me haces esto", cogí una escoba y una cubeta de agua. Empecé a lavar mientras Luna veía y escuchaba mi llamada de atención. Luego apliqué un chorro de cloro y pasé el trapeador. Pero la mancha de orines no cedía. "Vete a tu casa". Con los ojos atentos detrás del greñero que los cubrían, me obedeció. Con el paso del tiempo, el sol y el viento, la marca canina se desvaneció.
4.
Ese mismo día que apareció el gato gris de manchas negras y ojos ágata, a mi regreso al mediodía, hora de abrir, lo busqué de nuevo. Recorrí los libreros, busqué detrás de las filas de libros, me asomé al cuarto del aparato de música y a la bodega de cartón y ánforas de agua destilada, al wc. "Dónde andas", pregunté en voz alta. El invasor se hallaba detrás de un atril de madera donde exhibía libros. Me veía atentamente. Me acerqué. "Ya te dije que te vayas, no quiero animales en mi negocio". Levanté la cortina metálica principal. Era cerca del mediodía, cuando pasan colegiales de regreso a casa. Estaba sentado a la mesa de lectura y de apuntes cuando le ofrecí a una madre de familia el gato. Hizo cara de espanto, al igual que sus dos hijos uniformados, "No nos gustan los gatos". Supuse alguna alergia, como es común en aquellos que prefieren otros animales de compañía.
5.
No me di por derrotado. El último intento que hice por deshacerme del invasor, antes del oscurecer y ya bajada la cortina, fue colocar un cenicero de cristal limpio, al borde exterior de la puerta de entrada con leche y migajas de pan. "Chito, chito, chito", repetí varias veces hasta que el minino atendió la invitación -llevaba varios días sin alimento alguno, supuse. Cuando vi que empezaba a beberse la leche, cerré la puerta de acceso, eché llave y subí al tercer piso, donde vivo hace cerca de dos décadas. Antes de conciliar el sueño alcancé a escuchar los maullidos del animal que se había quedado sin techo. Una descarga eléctrica me recorrió la espina dorsal. La mañana siguiente, temprano, vi el cenicero limpio, sin migajas ni leche. El indeseable había desaparecido.
6.
Mucho tiempo después, quizá nueve años cumplidos con el negocio de libros, en una plática con una amiga, supe que son los muertos cercanos a nosotros quienes nos envían animales de compañía en un intento de comunicación y diálogo. Recordé al minino de ojos ágata primero; y luego me acordé del ratón envenenado.
Dogville, febrero 2017
sábado, 4 de febrero de 2017
Jack Gilbert (1925/2012 )
Errar y volar
Todos olvidan que Ícaro también ascendió.
Es igual cuando el amor se acerca a su final,
o cuando el matrimonio fracasa y todos dicen
«ellos sabían que era un error», que «jamás
funcionaría» todos dicen. Que ella era
lo bastante mayor para comprender. Pero lo
que vale la pena lo vale aunque esté mal hecho.
Como estar ahí, en ese océano del verano
al otro lado de la isla mientras
el amor se apagaba en ella, las estrellas
ardían con tanto exceso en esas noches que
nadie pudo decirte que no perdurarían.
Cada mañana, ella dormía en mi cama
como una visitación, era su dulzura
como antílope inmóvil en la niebla temprana.
Cada tarde la veía volver a través
del páramo ardiente, después de nadar,
y veía la luz del mar a su espalda y el cielo enorme
al otro lado del paisaje. La escuchaba hablar
mientras almorzábamos. ¿Cómo pueden decir
que el matrimonio fracasó? Como aquellos que
regresaron de Provenza (cuando aún era Provenza)
y dijeron que era hermosa pero su comida grasienta.
Creo que Ícaro no fracasó en su caída,
se iba aproximando a la consumación de su triunfo.
("el poeta ocasional", trad. pablo de cuba soria)
Todos olvidan que Ícaro también ascendió.
Es igual cuando el amor se acerca a su final,
o cuando el matrimonio fracasa y todos dicen
«ellos sabían que era un error», que «jamás
funcionaría» todos dicen. Que ella era
lo bastante mayor para comprender. Pero lo
que vale la pena lo vale aunque esté mal hecho.
Como estar ahí, en ese océano del verano
al otro lado de la isla mientras
el amor se apagaba en ella, las estrellas
ardían con tanto exceso en esas noches que
nadie pudo decirte que no perdurarían.
Cada mañana, ella dormía en mi cama
como una visitación, era su dulzura
como antílope inmóvil en la niebla temprana.
Cada tarde la veía volver a través
del páramo ardiente, después de nadar,
y veía la luz del mar a su espalda y el cielo enorme
al otro lado del paisaje. La escuchaba hablar
mientras almorzábamos. ¿Cómo pueden decir
que el matrimonio fracasó? Como aquellos que
regresaron de Provenza (cuando aún era Provenza)
y dijeron que era hermosa pero su comida grasienta.
Creo que Ícaro no fracasó en su caída,
se iba aproximando a la consumación de su triunfo.
("el poeta ocasional", trad. pablo de cuba soria)
viernes, 3 de febrero de 2017
Aldo Luis Novelli (1957 )
Noúmeno
camino por el muelle
entre hombres oscuros
con capas lluviosas
bajo la luna
y la luz amarillenta de un farol de kerosene
arrojan preguntas
inefables
al infinito líquido de mil formas/
mientras encarnan sus anzuelos
con trozos de ángeles caídos
o pequeñas sirenas brillantes/
a veces logran sacar de las fauces marinas
estrellas ilusorias arpías basiliscos o grifos.
alguno dice haber pescado
un unicornio de agua salada
que tiene clavado en la pared de su pieza.
pero todos regresan
noche tras noche
a interrogar al cielo
o discutir con poseidón
por su alquimia personal/
su razón de ser
fuera del mundo cotidiano.
todos regresan
una y otra vez
por el gran pez.
hasta que la muerte los sorprende
escudriñando la infinitud
en actitud oratoria.
("medusaria")
camino por el muelle
entre hombres oscuros
con capas lluviosas
bajo la luna
y la luz amarillenta de un farol de kerosene
arrojan preguntas
inefables
al infinito líquido de mil formas/
mientras encarnan sus anzuelos
con trozos de ángeles caídos
o pequeñas sirenas brillantes/
a veces logran sacar de las fauces marinas
estrellas ilusorias arpías basiliscos o grifos.
alguno dice haber pescado
un unicornio de agua salada
que tiene clavado en la pared de su pieza.
pero todos regresan
noche tras noche
a interrogar al cielo
o discutir con poseidón
por su alquimia personal/
su razón de ser
fuera del mundo cotidiano.
todos regresan
una y otra vez
por el gran pez.
hasta que la muerte los sorprende
escudriñando la infinitud
en actitud oratoria.
("medusaria")
jueves, 2 de febrero de 2017
Javier Sicilia (1956 )
Dolor
No recuerdo a qué vine,
el sol quema y no hay sombra,
como si el tiempo, lejos de casa, se hubiera detenido
y no hubiese camino de regreso.
Hay una larga calle que sube serpenteando hacia otra calle
y los ojos no brillan.
Me dijeron que aquel que estaba vivo ha muerto.
No hay agua aquí ni árboles
ni siquiera un vestigio de su paso,
sino calor y cemento,
cables y edificios
y la calle que sube serpenteando hacia otra calle.
Si hubiera un árbol,
si tan sólo un árbol,
me echaría a su sombra a sentir,
pero hay tanto calor
y los pies se me incendian en los zapatos;
si sólo hubiera un árbol en la calle,
si tan sólo una brisa donde mirar su espalda alejándose, alejándose;
si hubiera un árbol,
si tan sólo una brisa
y no el árido y seco serpentear de la calle que lleva hacia otra calle,
si sólo hubiera un árbol,
un signo sobre el tiempo,
un vestigio de hierba, una brisa;
no el espejismo roto donde miran los ojos el vacío,
sino el simple destello de la hierba en la calle
y la brisa que anunciaba su paso,
pero aquí sólo hay calles
y el destello de los días que han extraviado el tiempo.
Aún no ha oscurecido,
pero dicen que aquel que estaba vivo ha muerto,
y pronto llegará la noche.
He leído tu carta,
me escribes que no has hecho el amor desde hace mucho,
pero que hallas tu vientre henchido y habitado como entonces.
Debería bastarme para sentirme alegre y regresar a casa,
pero perdí el camino
y la calle que sube desemboca a otra calle
y el dolor es tan seco que los pies no responden al asfalto.
No ha oscurecido aún, María,
pero dicen que aquel que estaba vivo ha muerto
y pronto llegará la noche.
No recuerdo a qué vine
ni qué ciudad es ésta entre las calles;
ya no sé a quién esperas en tu vientre vacío;
la calle sube serpenteando
y el viento silba en la iglesia desierta.
No recuerdo a qué vine.
Aún no ha oscurecido,
pero dicen que pronto llegará la noche.
("rua das petras")
No recuerdo a qué vine,
el sol quema y no hay sombra,
como si el tiempo, lejos de casa, se hubiera detenido
y no hubiese camino de regreso.
Hay una larga calle que sube serpenteando hacia otra calle
y los ojos no brillan.
Me dijeron que aquel que estaba vivo ha muerto.
No hay agua aquí ni árboles
ni siquiera un vestigio de su paso,
sino calor y cemento,
cables y edificios
y la calle que sube serpenteando hacia otra calle.
Si hubiera un árbol,
si tan sólo un árbol,
me echaría a su sombra a sentir,
pero hay tanto calor
y los pies se me incendian en los zapatos;
si sólo hubiera un árbol en la calle,
si tan sólo una brisa donde mirar su espalda alejándose, alejándose;
si hubiera un árbol,
si tan sólo una brisa
y no el árido y seco serpentear de la calle que lleva hacia otra calle,
si sólo hubiera un árbol,
un signo sobre el tiempo,
un vestigio de hierba, una brisa;
no el espejismo roto donde miran los ojos el vacío,
sino el simple destello de la hierba en la calle
y la brisa que anunciaba su paso,
pero aquí sólo hay calles
y el destello de los días que han extraviado el tiempo.
Aún no ha oscurecido,
pero dicen que aquel que estaba vivo ha muerto,
y pronto llegará la noche.
He leído tu carta,
me escribes que no has hecho el amor desde hace mucho,
pero que hallas tu vientre henchido y habitado como entonces.
Debería bastarme para sentirme alegre y regresar a casa,
pero perdí el camino
y la calle que sube desemboca a otra calle
y el dolor es tan seco que los pies no responden al asfalto.
No ha oscurecido aún, María,
pero dicen que aquel que estaba vivo ha muerto
y pronto llegará la noche.
No recuerdo a qué vine
ni qué ciudad es ésta entre las calles;
ya no sé a quién esperas en tu vientre vacío;
la calle sube serpenteando
y el viento silba en la iglesia desierta.
No recuerdo a qué vine.
Aún no ha oscurecido,
pero dicen que pronto llegará la noche.
("rua das petras")
miércoles, 1 de febrero de 2017
Mercedes Álvarez (1979 )
Por mi manía de remendar siempre la ropa...
Por mi manía de remendar siempre la ropa
me abandonaron muchos hombres
por coser los agujeros de las medias
por pegar coderas en mi pulóver
y no desprenderme de mis atuendos
-a veces casi harapos-.
Querían comprarme blusas, faldas
un vestido nuevo pero yo desconfiaba
pensaba
que querían sorprenderme
a medio vestir
en el probador de una tienda
o calzarme el zapato como a Cenicienta
y yo quería ser Santa Clara
y aferrarme al orden natural de las cosas.
Tardé años en entender.
Pero nunca dejé que me vistieran.
("otra iglesia es imposible")
Por mi manía de remendar siempre la ropa
me abandonaron muchos hombres
por coser los agujeros de las medias
por pegar coderas en mi pulóver
y no desprenderme de mis atuendos
-a veces casi harapos-.
Querían comprarme blusas, faldas
un vestido nuevo pero yo desconfiaba
pensaba
que querían sorprenderme
a medio vestir
en el probador de una tienda
o calzarme el zapato como a Cenicienta
y yo quería ser Santa Clara
y aferrarme al orden natural de las cosas.
Tardé años en entender.
Pero nunca dejé que me vistieran.
("otra iglesia es imposible")
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