jueves, 23 de agosto de 2012
Ecce "Momo"
![]() |
| Cecilia Giménez, autora de la"restauración" de un cristo de la ciudad de Borja, Zaragoza, España,expresó a una televisora que no entiende el pedo que ha levantado su trabajo, iniciativa que realizó a la luz pública y con el consentimiento del sacerdote responsable de la iglesia del pueblo. Los descendientes del autor han hablado de una posible demanda si no se puede recuperar el trazo original, en tanto que Ceci se encama por un cuadro de ansiedad. Foto de Tve en El Mundo. |
Hilario Barrero (1946 )
Cors e cor"
Para Susana Reisz
X.
Villaurrutia
Lo más que acertarán,
después de haber sabido de este
amor,
será que hubo dos nombres que se
amaban
mordisco y dentellada, nieve y
niebla floridas,
dos cuerpos belicosos en constante
batalla por ser uno,
tu pupila cazando mi cadera,
asaetando con su flecha de
líquen
el torso acorazado de mi gozo;
otros envidiarán la urna de tu
noche,
el rosetón de tu mirada en
fuego,
tus medidas, el filo de tus uñas,
la lenta madrugada de tu fusta;
los menos tratarán,
gozosamente,
de dormir nuestra siesta anárquica y
salvaje,
copiar nuestras posturas, nuestros
ritos y acentos,
usar nuestros juguetes, oler la
primavera de tu ingle
y entrar en el recinto
amurallado
después de resolver los códigos
sagrados de tu sangre.
Todos ignorarán mi miedo de
perderte,
de esta incesante lucha por poseer
tu espacio,
ser dueño de tu boca, perro fiel de
tu tumba,
propietario del bosque de tu
pecho
y depender de ti, esclavo de tu
aliento,
devoto siervo de tu antiguo nombre,
molde para tu oro, tierra para tus
flores de cilicios.
Y así, mientras ahondas los muros de
mi boca
con la lenta carroza de tu
lengua,
saliva enajenada, plomo que me
envenena la garganta,
y me unges con el óleo caliente de
tu muerte,
unido al arbotante de tu piedra
ser el arco sumiso que defiende tu
ojiva.
(de In tempore belli)
(texto tomado de "portal de poesía")
(texto tomado de "portal de poesía")
miércoles, 22 de agosto de 2012
Directora del Cereso "levantada"
La directora del Centro de Readaptación de Cieneguillas, Fabiola Quiroz Zárate,
fue “levantada” en las inmediaciones de su domicilio en el municipio de
Fresnillo, junto con personal asignado como su escolta.
Aunque de manera oficial esta información no ha sido confirmada por el gobierno el estado, un funcionario de la Secretaría de Seguridad Pública dio a conocer que la directora del penal fue atajada por un grupo armado cuando se encontraba afuera de su domicilio, ubicado en la calle Toma de Zacatecas 1109, de la colonia Francisco Villa.
Esta colonia es una de las más conflictivas y peligrosas de Fresnillo; en ella se han registrado varias balaceras.
De acuerdo con las versiones obtenidas por Apro en la SSP y fuentes militares, Fabiola Quiroz habría sido levantada en el transcurso de la noche o en las primeras horas de la mañana, cuando salía de su domicilio con rumbo al Cereso.
Fabiola Quiroz sustituyó a Roberto González, el anterior director, que sólo duró unos pocos meses en el cargo, pues luego de sufrir un atentado en la salida de Zacatecas a Fresnillo –en el 2011- renunció.
Aún no hay datos sobre la identidad del grupo armado que “levantó” a la funcionaria. Sin embargo, en el penal de Cieneguillas hay un predominio de internos vinculados a los Zetas.
En mayo del 2009, un comando de este grupo delictivo “rescató” a 53 internos en una operación que se había planeado con toda anticipación y que duró unos pocos minutos, sin un solo disparo y sin que fueran alcanzados o interceptados por autoridad policíaca alguna.
En las últimas semanas se habían efectuado en Cieneguillas tres cateos con apoyo de la Policía estatal, la Policía Federal y el resguardo del Ejército.
En estas revisiones fueron aseguradas armas punzocortantes, teléfonos y aparatos de radiocomunicación, así como centenares de televisores.
Ayer martes, el gobierno del estado dio a conocer mediante un comunicado el traslado de 65 internos de penales estatales a centros de readaptación federales, “como parte de las medidas de control y de reducción de presión” en esos centros penitenciarios.
La mayoría de esos internos -54 procesados, cinco sentenciados del fuero federal y seis del fuero común- estaban recluidos precisamente en Cieneguillas.
Fueron llevados a los penales federales de Ciudad Juárez, Guasave e Islas Marías, informó el gobierno estatal.
Hoy mismo, varias horas después del traslado y de la desaparición de la directora de Cieneguillas, los custodios del penal suspendieron sus labores y formaron una comisión para entrevistarse con el Secretario de Gobierno, a fin de exigirle el cumplimiento de varias condiciones de trabajo que no les han sido atendidas, entre ellas un tercer turno que han demandado desde hace años.
Al momento, integrantes de la Policía estatal han asumido las funciones de vigilancia del centro penitenciario, con el resguardo exterior de elementos del Ejército.
El gabinete de seguridad se encuentra reunido en el Palacio de Gobierno. Se espera una comunicación oficial sobre todos estos hechos.
(Ya dejó de ser "presunto" secuestro, es una acción violenta consumada según autoridades de gobierno: esta mañana la directora de 43 años fue "levantada", mientras que San Luis Potosí y Aguascalientes levantaron un "muro" de seguridad para revisar el ingreso de zacatecanos a esas entidades próximas "por la alta peligrosidad" que vive todo el Estado. Nota reproducida de Apro y Notimex, agencias noticiosas en línea.)
Aunque de manera oficial esta información no ha sido confirmada por el gobierno el estado, un funcionario de la Secretaría de Seguridad Pública dio a conocer que la directora del penal fue atajada por un grupo armado cuando se encontraba afuera de su domicilio, ubicado en la calle Toma de Zacatecas 1109, de la colonia Francisco Villa.
Esta colonia es una de las más conflictivas y peligrosas de Fresnillo; en ella se han registrado varias balaceras.
De acuerdo con las versiones obtenidas por Apro en la SSP y fuentes militares, Fabiola Quiroz habría sido levantada en el transcurso de la noche o en las primeras horas de la mañana, cuando salía de su domicilio con rumbo al Cereso.
Fabiola Quiroz sustituyó a Roberto González, el anterior director, que sólo duró unos pocos meses en el cargo, pues luego de sufrir un atentado en la salida de Zacatecas a Fresnillo –en el 2011- renunció.
Aún no hay datos sobre la identidad del grupo armado que “levantó” a la funcionaria. Sin embargo, en el penal de Cieneguillas hay un predominio de internos vinculados a los Zetas.
En mayo del 2009, un comando de este grupo delictivo “rescató” a 53 internos en una operación que se había planeado con toda anticipación y que duró unos pocos minutos, sin un solo disparo y sin que fueran alcanzados o interceptados por autoridad policíaca alguna.
En las últimas semanas se habían efectuado en Cieneguillas tres cateos con apoyo de la Policía estatal, la Policía Federal y el resguardo del Ejército.
En estas revisiones fueron aseguradas armas punzocortantes, teléfonos y aparatos de radiocomunicación, así como centenares de televisores.
Ayer martes, el gobierno del estado dio a conocer mediante un comunicado el traslado de 65 internos de penales estatales a centros de readaptación federales, “como parte de las medidas de control y de reducción de presión” en esos centros penitenciarios.
La mayoría de esos internos -54 procesados, cinco sentenciados del fuero federal y seis del fuero común- estaban recluidos precisamente en Cieneguillas.
Fueron llevados a los penales federales de Ciudad Juárez, Guasave e Islas Marías, informó el gobierno estatal.
Hoy mismo, varias horas después del traslado y de la desaparición de la directora de Cieneguillas, los custodios del penal suspendieron sus labores y formaron una comisión para entrevistarse con el Secretario de Gobierno, a fin de exigirle el cumplimiento de varias condiciones de trabajo que no les han sido atendidas, entre ellas un tercer turno que han demandado desde hace años.
Al momento, integrantes de la Policía estatal han asumido las funciones de vigilancia del centro penitenciario, con el resguardo exterior de elementos del Ejército.
El gabinete de seguridad se encuentra reunido en el Palacio de Gobierno. Se espera una comunicación oficial sobre todos estos hechos.
(Ya dejó de ser "presunto" secuestro, es una acción violenta consumada según autoridades de gobierno: esta mañana la directora de 43 años fue "levantada", mientras que San Luis Potosí y Aguascalientes levantaron un "muro" de seguridad para revisar el ingreso de zacatecanos a esas entidades próximas "por la alta peligrosidad" que vive todo el Estado. Nota reproducida de Apro y Notimex, agencias noticiosas en línea.)
Ecce Homo "restaurado"
![]() |
| El lienzo "Ecce homo" de Elías García Martínez fue intervenido por una anciana de ochenta años, sin autorización de nadie pese a que es parte del patrimonio cultural sacro de Borja, Zaragoza, España. Hasta después de cometido el atentado se buscará restaurar la obra original, hasta donde sea humanamente posible. Nota de El Mundo en línea. |
Carlos Velázquez el pantagruélico
Un conjunto de relatos que se proponen como una apuesta total, con un vertiginoso cambio de registros —de la farsa a la tragedia, del esperpento a la moraleja, de la sátira al realismo posmoderno: se trata de La marrana negra de la literatura rosa, editada por Sexto Piso en 2010. A Carlos Velázquez (Torreón, 1978) le han bastado dos libros de cuentos (La marrana… y La Biblia vaquera, FETA, 2008) para irrumpir como una voz contundente y renovadora en la literatura mexicana de nuestros días.
Hablamos de un narrador anormal. Alguien que ha bebido en todos los ríos de la literatura, quien ha pastado en las inabarcables estepas del lenguaje, siendo al mismo tiempo un personaje rabioso que arrasa e incendia los bosques de su propia genealogía.
Más que ponderar su maliciosa ingeniería narrativa, su delirante variedad, su intención demoledora de tópicos acerca de la “literatura del norte” o los relativos a la sexualidad machista norteña, como bien lo ha señalado Geney Beltrán, este breviario de la anormalidad muestra ante todo a un autor moralista.
Carlos Velázquez es un escritor de esta estirpe. Moralista a la manera del Nabokov de Lolita o del Petronio del Satiricón, con quien se emparienta también en su vistosa recreación de la picaresca o su efectiva apropiación de los coloquialismos de su tiempo. Reconsiderando la manera en que el término “moralista” ha devenido casi en un insulto que refiere a una cierta solemnidad chata y a una defensa fundamentalista de las costumbres, el autor se preocupa por sus personajes no sólo como un orfebre o como un titiritero. Vive con ellos, se preocupa no de realizarles un juicio sumario en función de sus aberraciones, sino que se entromete en los laberínticos resquicios de sus dilemas y sus decisiones. En esta colección de relatos donde todo se gangrena por mutuo roce, donde la realidad y el deseo son dos siameses de la imposibilidad: un maniquí de humo y otro de fuego, un guiñol de burla detrás del cual siempre está la piedad. Esta determinación de escribir y de leer desde la entraña de los personajes es lo que vuelve la apuesta del coahuilense una literatura rabiosamente viva.Como en una secuencia de Tod Browning o Álex de la Iglesia, este coro de monstruos, esta subespecie de anomalías son albañiles zombies construyendo la realidad deseada a base de ladrillos de inconformidad. Desde la estúpida y ambiciosa belleza de barrio que resume sus proyectos aspiracionales en nunca volver a ingerir tamales —oprobioso símbolo de la jodidez que cifrará su condena— o la embarazada asesina, el travesti narigón o el beisbolista felizmente sodomizado, todas son vidas como granadas de fragmentación fallidas, buscando en vano detonar el anhelado cambio. Y está la derrota eterna de la clase media:“El barrio te acaba”, el laberinto insondable de los vacíos suburbanos, la humillación de la fama y la ceniza poesía del páramo marital: “una pureza fría que se encariña a las corvas”. Pero peor, mucho peor que la veleidad del espejismo, más terrible que el sueño molido a patadas —otra vez el sadismo moralista— la azarosa cumbre del anhelo conseguido: “Se quedó dormida como un triunfador”.En La marrana… la vida es un barrio que te aniquila. Una bestia que se te aparece en sueños para devolverte al verdadero ser. Un autista que luego de mil peripecias y agandayes se queda con todas las canicas. Una verdad que, más que la verga, la belleza, la calle, o la fortuna, es la única tirana.
Estamos ante un escritor con un oído finísimo. Como un minotauro travieso confundiendo el delirio de Ariadna. Muchos hilos, muchas versiones. Muchas voces a través del laberinto de las realidades y de los deseos: un monstruo tejiendo sarapes en el fondo del abismo.
De ahí que ante una realidad atroz, incompleta, deambulen seres con una psique modificada, como un carro tuneado. Serpientes que se muerden la cola: criaturas en las vías de la autodestrucción debido a su violento afán de dejar de ser animales heridos.
Porque la convivencia es imposible y el mundo es un puticlub. Y la sociedad y la familia son sólo otras criaturas deformes: “La distancia insalvable con otras personas nos condena a la sociopatía asistida”; “Las parejas que colocan en su vida hijos como el Municipio arbotantes en una colonia”.Narradores como Élmer Mendoza han señalado el carácter anfibio y polisémico de la prosa de Velázquez, una voz que asume profundidades y digresiones cuasinovelísticas en un género erróneamente considerado menor. Lo cierto es que desde Enrique Serna —otro redomado moralista— pocas veces se había visto un narrador con tanto poderío y con altísimas dosis de mala leche. Porque más allá de estar inserto en ese grupo de narradores que Álvaro Enrigue ha clasificado en torno al término de “realidad ampliada”, en Carlos Velázquez el humor es llaga supurante y florida máscara, carnaval de contradicciones y de caídas. Todos y cada uno de sus personajes son huérfanos enmascarados, cuidadas superficies que en su mismo afán de ocultarse revelan bizarras profundidades. Como la música que atraviesa de cabo a rabo la obra en forma de corriente subterránea. Narraciones que fluyen con una música de lucha como música de fondo, ese sordo ruido de los cuerpos al desencontrarse, del murmullo indómito de criaturas como crisálidas interrumpidas al filo del asfalto. Como todos los libros que transforman nuestra noción de los valores literarios y acerca de las posibilidades y los alcances de la escritura, la prosa de La marrana negra de la literatura rosa es un artefacto omnidireccional, un congal con cuartos infinitos. Farsas que —como la vida— devienen en tragedia y viceversa. Estamos ante un carnicero y un músico. Un entomólogo cruel y un filósofo.
Un Diógenes a pleno día, con su lámpara encendida, buscando a través de las calles envenenadas el palpitar último de la vida.
(reseña de Alejandro Pérez Cervantes tomada de la revista electrónica Replicante, diciembre 2011.)
Hablamos de un narrador anormal. Alguien que ha bebido en todos los ríos de la literatura, quien ha pastado en las inabarcables estepas del lenguaje, siendo al mismo tiempo un personaje rabioso que arrasa e incendia los bosques de su propia genealogía.
Más que ponderar su maliciosa ingeniería narrativa, su delirante variedad, su intención demoledora de tópicos acerca de la “literatura del norte” o los relativos a la sexualidad machista norteña, como bien lo ha señalado Geney Beltrán, este breviario de la anormalidad muestra ante todo a un autor moralista.
Carlos Velázquez es un escritor de esta estirpe. Moralista a la manera del Nabokov de Lolita o del Petronio del Satiricón, con quien se emparienta también en su vistosa recreación de la picaresca o su efectiva apropiación de los coloquialismos de su tiempo. Reconsiderando la manera en que el término “moralista” ha devenido casi en un insulto que refiere a una cierta solemnidad chata y a una defensa fundamentalista de las costumbres, el autor se preocupa por sus personajes no sólo como un orfebre o como un titiritero. Vive con ellos, se preocupa no de realizarles un juicio sumario en función de sus aberraciones, sino que se entromete en los laberínticos resquicios de sus dilemas y sus decisiones. En esta colección de relatos donde todo se gangrena por mutuo roce, donde la realidad y el deseo son dos siameses de la imposibilidad: un maniquí de humo y otro de fuego, un guiñol de burla detrás del cual siempre está la piedad. Esta determinación de escribir y de leer desde la entraña de los personajes es lo que vuelve la apuesta del coahuilense una literatura rabiosamente viva.Como en una secuencia de Tod Browning o Álex de la Iglesia, este coro de monstruos, esta subespecie de anomalías son albañiles zombies construyendo la realidad deseada a base de ladrillos de inconformidad. Desde la estúpida y ambiciosa belleza de barrio que resume sus proyectos aspiracionales en nunca volver a ingerir tamales —oprobioso símbolo de la jodidez que cifrará su condena— o la embarazada asesina, el travesti narigón o el beisbolista felizmente sodomizado, todas son vidas como granadas de fragmentación fallidas, buscando en vano detonar el anhelado cambio. Y está la derrota eterna de la clase media:“El barrio te acaba”, el laberinto insondable de los vacíos suburbanos, la humillación de la fama y la ceniza poesía del páramo marital: “una pureza fría que se encariña a las corvas”. Pero peor, mucho peor que la veleidad del espejismo, más terrible que el sueño molido a patadas —otra vez el sadismo moralista— la azarosa cumbre del anhelo conseguido: “Se quedó dormida como un triunfador”.En La marrana… la vida es un barrio que te aniquila. Una bestia que se te aparece en sueños para devolverte al verdadero ser. Un autista que luego de mil peripecias y agandayes se queda con todas las canicas. Una verdad que, más que la verga, la belleza, la calle, o la fortuna, es la única tirana.
Estamos ante un escritor con un oído finísimo. Como un minotauro travieso confundiendo el delirio de Ariadna. Muchos hilos, muchas versiones. Muchas voces a través del laberinto de las realidades y de los deseos: un monstruo tejiendo sarapes en el fondo del abismo.
De ahí que ante una realidad atroz, incompleta, deambulen seres con una psique modificada, como un carro tuneado. Serpientes que se muerden la cola: criaturas en las vías de la autodestrucción debido a su violento afán de dejar de ser animales heridos.
Porque la convivencia es imposible y el mundo es un puticlub. Y la sociedad y la familia son sólo otras criaturas deformes: “La distancia insalvable con otras personas nos condena a la sociopatía asistida”; “Las parejas que colocan en su vida hijos como el Municipio arbotantes en una colonia”.Narradores como Élmer Mendoza han señalado el carácter anfibio y polisémico de la prosa de Velázquez, una voz que asume profundidades y digresiones cuasinovelísticas en un género erróneamente considerado menor. Lo cierto es que desde Enrique Serna —otro redomado moralista— pocas veces se había visto un narrador con tanto poderío y con altísimas dosis de mala leche. Porque más allá de estar inserto en ese grupo de narradores que Álvaro Enrigue ha clasificado en torno al término de “realidad ampliada”, en Carlos Velázquez el humor es llaga supurante y florida máscara, carnaval de contradicciones y de caídas. Todos y cada uno de sus personajes son huérfanos enmascarados, cuidadas superficies que en su mismo afán de ocultarse revelan bizarras profundidades. Como la música que atraviesa de cabo a rabo la obra en forma de corriente subterránea. Narraciones que fluyen con una música de lucha como música de fondo, ese sordo ruido de los cuerpos al desencontrarse, del murmullo indómito de criaturas como crisálidas interrumpidas al filo del asfalto. Como todos los libros que transforman nuestra noción de los valores literarios y acerca de las posibilidades y los alcances de la escritura, la prosa de La marrana negra de la literatura rosa es un artefacto omnidireccional, un congal con cuartos infinitos. Farsas que —como la vida— devienen en tragedia y viceversa. Estamos ante un carnicero y un músico. Un entomólogo cruel y un filósofo.
Un Diógenes a pleno día, con su lámpara encendida, buscando a través de las calles envenenadas el palpitar último de la vida.
(reseña de Alejandro Pérez Cervantes tomada de la revista electrónica Replicante, diciembre 2011.)
martes, 21 de agosto de 2012
Ramón Rubín, descendiente de republicanos
México.- Ramón Rubín Rivas se cuenta entre esos escritores
mexicanos raros que, a pesar del brillo de su obra, nunca parecen abandonar la
penumbra de una vez por todas. No le han faltado admiradores entre sus colegas
escritores –Juan Rulfo, el más grande de ellos–, entre críticos muy destacados
–como Emmanuel Carballo, quien lo sitúa entre los maestros de la narrativa
posrevolucionaria y lo hace figurar en sus Protagonistas de la literatura
mexicana–, ni entre editores exigentes –pienso en Adolfo Castañón en tal
función–. Y sus libros, que además de sus méritos literarios están llenos de
información valiosa sobre la gente y el paisaje de nuestro país, son bien
apreciados por lectores de los más diversos rumbos del conocimiento
–antropólogos, biólogos, geógrafos, filólogos, sociólogos rurales–.
Sin embargo, a 100 años de su natalicio, su nombre aún no es tan familiar como debería entre los lectores de narrativa hispanoamericana.
El propio Rubín lo atribuía, en parte, al hecho de haber publicado casi todos sus libros por su cuenta, en ediciones de autor de reducido tiraje –así se lo señaló a Armando Ponce en una entrevista publicada en Proceso el 27 de junio de 1983, que el lector puede leer gratuitamente en la página virtual de esta revista durante la semana que comienza hoy– y en parte a los desencuentros que tuvo con dos grandes figuras del ámbito literario mexicano: Alfonso Reyes y Agustín Yáñez (véanse los números de Proceso, correspondientes al 22 y 29 de mayo de 1989), quienes –suponía– le habrían impuesto un veto en diversos medios editoriales.
No se puede descartar esa hipótesis pero, aun si así hubiese sido, parece más probable que el principal motivo de la escasa circulación que ha tenido su obra se deba a la actitud que él mismo guardó frente a la vida literaria, y que lo llevó a poner casa aparte, fuera de la República de las Letras.
Rubín fue un espíritu solitario e independiente desde niño. Tal como lo recuerda en sus fascinantes y muy extensas memorias, Rubinescas. Historia de mi vida, producto de una conversación sostenida a lo largo de varios meses con su hija Iyali –de las cuales publicó una pequeña selección El Colegio de Sinaloa en 2005–, pasó buena parte de su infancia en un medio agreste y libérrimo, que más tarde dificultaría su adaptación a la vida escolar en un colegio manejado por curas.
Su infancia estuvo marcada por la cercanía del mar, la exuberancia de la vegetación y la compañía de los animales, llena de descubrimientos y aventuras antes que de libros. Pero la primera novela que leyó de niño –Robinson Crusoe, de Daniel Defoe– tuvo un peso definitivo en su vida, y puede considerarse en más de un sentido como un emblema del destino que abrazaría.
Rubín cuenta que escribió su primera novela cuando era solamente un muchacho, de una manera absolutamente circunstancial, mientras aprendía mecanografía para tener un oficio con el que pudiera ganarse la vida. Su acentuada miopía le incomodaba para copiar los textos que el maestro les daba y optó por escribir lo que la imaginación le dictaba. El resultado fue una novela de amor, “cursilísima”, como él mismo la califica, que pronto acabó en el bote de la basura.
El joven Rubín no pensaba en la literatura como una profesión o un destino. Por lo que cuenta, se convirtió en escritor por una urgencia vital: el deseo (o la necesidad) de contar lo que había visto y oído.
Desde muy joven, Rubín comienza a viajar por la República, muchas veces llevado por la necesidad. La época es muy difícil –su juventud transcurre en los años inmediatamente posteriores a la Depresión de 1929–; las estrecheces que enfrenta su familia lo obligan a buscar trabajo y vivir por temporadas cortas en diferentes pueblos y ciudades del país, y a desempeñar los más diversos oficios. De esa dura y vasta experiencia, cuyo registro confía a una gran cantidad de cuadernos, procede la riqueza que despliega en su obra.
Pero crece aislado del mundo cultural aun en su nativa Mazatlán, donde no conoce a nadie que escriba o pinte sino hasta que gana un concurso literario local y es buscado por otros jóvenes mazatlecos que escriben y pintan y lo identifican como uno de los suyos.
Ese primer reconocimiento lo anima a viajar a la capital del país para tratar de abrirse paso escribiendo en algún periódico pero, lamentablemente, con mala fortuna. Vuelve a la vida itinerante. Regresa a la Ciudad de México sólo hasta 1938. Lleva algunos de sus cuentos a Revista de Revistas, del diario Excélsior. Los deja de manera casi anónima en el escritorio del jefe de redacción. Cuando éste lo conoce, lo contrata para que escriba un cuento para la revista cada semana. Pero tampoco entonces logra vivir cabalmente de su trabajo literario.
Se enrola como marino. La más importante de sus aventuras en el mar es transportar armas y municiones a España, tierra de su padre, para apoyar la lucha de los republicanos.
En materia de dinero, parece vivir siempre a salto de mata. Sólo conoce la estabilidad económica y hasta cierta prosperidad cuando establece un negocio de fabricación de calzado. La autosuficiencia en el plano económico, como apunta Emmanuel Carballo, lograría mantenerlo al margen de grupos literarios y empleos en la burocracia, y elegir los asuntos sobre los que quiere escribir.
El desahogo económico le permite publicar su primer libro, Cuentos del medio rural mexicano. Primer libro de cuentos mestizos, bajo el sello de Impresora Gráfica, en Guadalajara, en 1942. Él mismo se encarga de hacerlo llegar a algunos reseñistas que le responden con comentarios favorables.
Es prolífico. Escribe cuentos incesantemente. Y es capaz de redactar una novela entera en veinte días. Su trabajo es cada vez más apreciado.
Llega entonces 1954, un año importante en la memoria de Rubín. En julio aparece su novela La bruma lo vuelve azul, dentro de la colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica. Se trata de una impresionante zambullida en el mundo de los huicholes, su drama y su cosmogonía.
En esa época, el ser incluido en una colección tan distinguida, nacida apenas cuatro años antes con la publicación de la poesía reunida de Alfonso Reyes, significaba un timbre de orgullo y un importante reconocimiento al trabajo realizado.
Ese mismo año se ve enfrentado al gobernador de Jalisco, su colega, Agustín Yáñez. Rubín preside un comité para la defensa del lago de Chapala, que desde tiempo atrás está siendo drenado con el consentimiento de las autoridades de Jalisco para abastecer de agua a Guadalajara. Pero el aparente remedio era suicida. Para fortuna de esa ciudad, Rubín gana la batalla.
Y en diciembre de 1954, Jorge Munguía, jefe de redacción de Creación, revista que Rubín dirige, acusa de plagio a Alfonso Reyes. (Al respecto hay que leer el “Inventario” que José Emilio Pacheco publica en Proceso 656.)
Rubín dio por sentado que se había ganado la animadversión de Reyes y, con ella, la exclusión de todo aquel medio o institución en que Reyes tenía influencia. Pero tal cosa no parece probable. Si bien Reyes resintió –como cualquiera– la acusación de plagiario, no existe indicio alguno de que haya buscado una represalia. Por lo menos en su Diario no hay ni la menor mención al asunto. Y, si se quiere una prenda de la grandeza moral de Reyes, bastaría pensar en la manera en que procedió después de la muerte de su padre.
Es factible, sí, que alguno de los admiradores de Reyes haya actuado en contra de Rubín pero, como la propia obra de éste lo demuestra, eso no habría bastado para marginarlo. Rubín tuvo toda su vida una fuerza moral enorme que le permitió superar circunstancias de verdad difíciles. De modo que la hipótesis de un veto no es justa para Reyes ni necesaria para explicar la escasa valoración de la obra de Rubín, que entre 1955 y 1994 sumó 14 títulos a los 11 que ya había publicado.
Las razones por las que su legado narrativo no ha sido suficientemente leído y valorado son otras. Durante mucho tiempo se le ha encasillado como un autor de literatura indigenista, y el nuestro es un país que, por desgracia, aprecia el mundo autóctono bastante menos de lo que se supone. (En nuestras escuelas no se enseña a los niños ni siquiera un vocabulario elemental para decir “hola”, “buenos días”, “me llamo…” en náhuatl, maya o algún otro de los principales idiomas indígenas.)
Por otra parte, suele considerarse como algo desdeñable el realismo que Rubín cultivó en sus libros.
Sí, Ramón Rubín puede ser considerado como uno de los grandes autores indigenistas de México. Pero su obra no se ciñe sólo a ese universo ni su apego al realismo mengua su calidad. Quienes la leen, como Vicente Francisco Torres, quien ha hecho una interesante y completa revisión en el ensayo “Ramón Rubín y el indigenismo” –parte de su libro La otra literatura mexicana– saben que hay en ella mucho que aprender y mucho que disfrutar.
En estos tiempos en que tanto se ha insistido acerca de que el levantamiento de los zapatistas chiapanecos nos ha hecho conscientes de la situación de los indígenas en nuestro país, Ramón Rubín debe ser saludado como uno de los primeros investigadores literarios de esa realidad, y quienes de veras tienen interés por la literatura mexicana deben volver los ojos a sus libros. El Fondo de Cultura Económica ha publicado siete (seis en su colección Letras mexicanas) que se cuentan entre los mejores:
La bruma lo vuelve azul, novela (1954).
Las cinco palabras, cuentos (1969).
El canto de la grilla, novela (1984).
Cuentos del mundo mestizo (1985).
El callado dolor de los tzotziles, novela (1990).
Los rezagados, Colección Popular, cuentos (1991).
La canoa perdida: novela mestiza (1993).
(nota del poeta Rafael Vargas, reproducida de Proceso en línea.)
Sin embargo, a 100 años de su natalicio, su nombre aún no es tan familiar como debería entre los lectores de narrativa hispanoamericana.
El propio Rubín lo atribuía, en parte, al hecho de haber publicado casi todos sus libros por su cuenta, en ediciones de autor de reducido tiraje –así se lo señaló a Armando Ponce en una entrevista publicada en Proceso el 27 de junio de 1983, que el lector puede leer gratuitamente en la página virtual de esta revista durante la semana que comienza hoy– y en parte a los desencuentros que tuvo con dos grandes figuras del ámbito literario mexicano: Alfonso Reyes y Agustín Yáñez (véanse los números de Proceso, correspondientes al 22 y 29 de mayo de 1989), quienes –suponía– le habrían impuesto un veto en diversos medios editoriales.
No se puede descartar esa hipótesis pero, aun si así hubiese sido, parece más probable que el principal motivo de la escasa circulación que ha tenido su obra se deba a la actitud que él mismo guardó frente a la vida literaria, y que lo llevó a poner casa aparte, fuera de la República de las Letras.
Rubín fue un espíritu solitario e independiente desde niño. Tal como lo recuerda en sus fascinantes y muy extensas memorias, Rubinescas. Historia de mi vida, producto de una conversación sostenida a lo largo de varios meses con su hija Iyali –de las cuales publicó una pequeña selección El Colegio de Sinaloa en 2005–, pasó buena parte de su infancia en un medio agreste y libérrimo, que más tarde dificultaría su adaptación a la vida escolar en un colegio manejado por curas.
Su infancia estuvo marcada por la cercanía del mar, la exuberancia de la vegetación y la compañía de los animales, llena de descubrimientos y aventuras antes que de libros. Pero la primera novela que leyó de niño –Robinson Crusoe, de Daniel Defoe– tuvo un peso definitivo en su vida, y puede considerarse en más de un sentido como un emblema del destino que abrazaría.
Rubín cuenta que escribió su primera novela cuando era solamente un muchacho, de una manera absolutamente circunstancial, mientras aprendía mecanografía para tener un oficio con el que pudiera ganarse la vida. Su acentuada miopía le incomodaba para copiar los textos que el maestro les daba y optó por escribir lo que la imaginación le dictaba. El resultado fue una novela de amor, “cursilísima”, como él mismo la califica, que pronto acabó en el bote de la basura.
El joven Rubín no pensaba en la literatura como una profesión o un destino. Por lo que cuenta, se convirtió en escritor por una urgencia vital: el deseo (o la necesidad) de contar lo que había visto y oído.
Desde muy joven, Rubín comienza a viajar por la República, muchas veces llevado por la necesidad. La época es muy difícil –su juventud transcurre en los años inmediatamente posteriores a la Depresión de 1929–; las estrecheces que enfrenta su familia lo obligan a buscar trabajo y vivir por temporadas cortas en diferentes pueblos y ciudades del país, y a desempeñar los más diversos oficios. De esa dura y vasta experiencia, cuyo registro confía a una gran cantidad de cuadernos, procede la riqueza que despliega en su obra.
Pero crece aislado del mundo cultural aun en su nativa Mazatlán, donde no conoce a nadie que escriba o pinte sino hasta que gana un concurso literario local y es buscado por otros jóvenes mazatlecos que escriben y pintan y lo identifican como uno de los suyos.
Ese primer reconocimiento lo anima a viajar a la capital del país para tratar de abrirse paso escribiendo en algún periódico pero, lamentablemente, con mala fortuna. Vuelve a la vida itinerante. Regresa a la Ciudad de México sólo hasta 1938. Lleva algunos de sus cuentos a Revista de Revistas, del diario Excélsior. Los deja de manera casi anónima en el escritorio del jefe de redacción. Cuando éste lo conoce, lo contrata para que escriba un cuento para la revista cada semana. Pero tampoco entonces logra vivir cabalmente de su trabajo literario.
Se enrola como marino. La más importante de sus aventuras en el mar es transportar armas y municiones a España, tierra de su padre, para apoyar la lucha de los republicanos.
En materia de dinero, parece vivir siempre a salto de mata. Sólo conoce la estabilidad económica y hasta cierta prosperidad cuando establece un negocio de fabricación de calzado. La autosuficiencia en el plano económico, como apunta Emmanuel Carballo, lograría mantenerlo al margen de grupos literarios y empleos en la burocracia, y elegir los asuntos sobre los que quiere escribir.
El desahogo económico le permite publicar su primer libro, Cuentos del medio rural mexicano. Primer libro de cuentos mestizos, bajo el sello de Impresora Gráfica, en Guadalajara, en 1942. Él mismo se encarga de hacerlo llegar a algunos reseñistas que le responden con comentarios favorables.
Es prolífico. Escribe cuentos incesantemente. Y es capaz de redactar una novela entera en veinte días. Su trabajo es cada vez más apreciado.
Llega entonces 1954, un año importante en la memoria de Rubín. En julio aparece su novela La bruma lo vuelve azul, dentro de la colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica. Se trata de una impresionante zambullida en el mundo de los huicholes, su drama y su cosmogonía.
En esa época, el ser incluido en una colección tan distinguida, nacida apenas cuatro años antes con la publicación de la poesía reunida de Alfonso Reyes, significaba un timbre de orgullo y un importante reconocimiento al trabajo realizado.
Ese mismo año se ve enfrentado al gobernador de Jalisco, su colega, Agustín Yáñez. Rubín preside un comité para la defensa del lago de Chapala, que desde tiempo atrás está siendo drenado con el consentimiento de las autoridades de Jalisco para abastecer de agua a Guadalajara. Pero el aparente remedio era suicida. Para fortuna de esa ciudad, Rubín gana la batalla.
Y en diciembre de 1954, Jorge Munguía, jefe de redacción de Creación, revista que Rubín dirige, acusa de plagio a Alfonso Reyes. (Al respecto hay que leer el “Inventario” que José Emilio Pacheco publica en Proceso 656.)
Rubín dio por sentado que se había ganado la animadversión de Reyes y, con ella, la exclusión de todo aquel medio o institución en que Reyes tenía influencia. Pero tal cosa no parece probable. Si bien Reyes resintió –como cualquiera– la acusación de plagiario, no existe indicio alguno de que haya buscado una represalia. Por lo menos en su Diario no hay ni la menor mención al asunto. Y, si se quiere una prenda de la grandeza moral de Reyes, bastaría pensar en la manera en que procedió después de la muerte de su padre.
Es factible, sí, que alguno de los admiradores de Reyes haya actuado en contra de Rubín pero, como la propia obra de éste lo demuestra, eso no habría bastado para marginarlo. Rubín tuvo toda su vida una fuerza moral enorme que le permitió superar circunstancias de verdad difíciles. De modo que la hipótesis de un veto no es justa para Reyes ni necesaria para explicar la escasa valoración de la obra de Rubín, que entre 1955 y 1994 sumó 14 títulos a los 11 que ya había publicado.
Las razones por las que su legado narrativo no ha sido suficientemente leído y valorado son otras. Durante mucho tiempo se le ha encasillado como un autor de literatura indigenista, y el nuestro es un país que, por desgracia, aprecia el mundo autóctono bastante menos de lo que se supone. (En nuestras escuelas no se enseña a los niños ni siquiera un vocabulario elemental para decir “hola”, “buenos días”, “me llamo…” en náhuatl, maya o algún otro de los principales idiomas indígenas.)
Por otra parte, suele considerarse como algo desdeñable el realismo que Rubín cultivó en sus libros.
Sí, Ramón Rubín puede ser considerado como uno de los grandes autores indigenistas de México. Pero su obra no se ciñe sólo a ese universo ni su apego al realismo mengua su calidad. Quienes la leen, como Vicente Francisco Torres, quien ha hecho una interesante y completa revisión en el ensayo “Ramón Rubín y el indigenismo” –parte de su libro La otra literatura mexicana– saben que hay en ella mucho que aprender y mucho que disfrutar.
En estos tiempos en que tanto se ha insistido acerca de que el levantamiento de los zapatistas chiapanecos nos ha hecho conscientes de la situación de los indígenas en nuestro país, Ramón Rubín debe ser saludado como uno de los primeros investigadores literarios de esa realidad, y quienes de veras tienen interés por la literatura mexicana deben volver los ojos a sus libros. El Fondo de Cultura Económica ha publicado siete (seis en su colección Letras mexicanas) que se cuentan entre los mejores:
La bruma lo vuelve azul, novela (1954).
Las cinco palabras, cuentos (1969).
El canto de la grilla, novela (1984).
Cuentos del mundo mestizo (1985).
El callado dolor de los tzotziles, novela (1990).
Los rezagados, Colección Popular, cuentos (1991).
La canoa perdida: novela mestiza (1993).
(nota del poeta Rafael Vargas, reproducida de Proceso en línea.)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


