lunes, 7 de marzo de 2016

Daniel Faria (1971/1999 )


Entré en la sombra como alguien que va


Entré en la sombra como alguien que va
Entré despacio al ritmo de un salmo
y había luz
Era una luz como un árbol cuando crece
y estando en flor era un día entero
Entré con la sombra por la cintura como algo conquistado
con la sangre escurriéndome por los pies.
Pero igual aunque no sangrase entraba triunfal
totalmente vencido.
Entré hacia un lazo con salida porque era uno no abierto
y tenía los pies regados por la sangre que da la vida
Tenía unas sandalias de sangre para caminar libre
Entré en la muerte sucesiva, en lo que vive
Era la luz de un árbol cuando crece
y se ensombrece para no quedar sola.



("arquitrave. com", no.44, trad. de uberto stabile)

domingo, 6 de marzo de 2016

Natalia Ginzburg (1916/1991 )

No podemos saberlo



No podemos saberlo. Nadie lo ha dicho.
Quizás allá no quede más que una red desfondada,
cuatro sillas de paja desflecadas y una galleta vieja
mordida de ratones. Es posible que Dios sea un ratón
y que corra a esconderse tan pronto nos vea entrar.
Y es posible que en cambio sea esa galleta vieja
mordisqueada y mohosa. No podemos saber.
Quizá Dios tiene miedo de nosotros y escape, y largamente
deberemos llamarlo y llamarlo con los nombres más dulces
para inducirlo a volver. Desde un punto lejano del cuarto
él nos mirará fijo, inmóvil.
Quizá Dios es pequeño como un grano de polvo,
y podremos verlo solamente al microscopio,
minúscula sombra azul detrás del cristalito, minúscula
ala negra perdida en la noche del microscopio,
y nosotros allí en pie, mudos, contemplándolo, en vilo.
Quizá Dios es grande como el mar, y lanza espuma y truena.
Quizá Dios es frío como el viento de invierno,
tal vez brama y retumba en un rumor que ensordece,
y deberemos llevar las manos a los oídos,
y agachados, temblando, replegarnos al suelo.
No podemos saber cómo es Dios. Y de todas las cosas
que quisiéramos saber, esta es la única verdaderamente esencial.
Quizá Dios es tedioso, tedioso como la lluvia
y aquel paraíso suyo es un tedio mortal.
Quizá Dios tiene anteojos negros, un echarpe de seda,
dos mastines a los flancos. Quizás use polainas
y está sentado en un rincón y no dice palabra.
Quizá tiene el pelo teñido, una radio a transistores
y se broncea las piernas en la terraza de un rascacielos.
No podemos saber. Ninguno sabe nada.
Quizá no bien lleguemos nos mandará al espacio
a comprarle pan, salame y una damajuana de vino.
Quizá Dios es tedioso, tedioso como la lluvia
y aquel paraíso suyo es la consabida música
un revolar de velos, de plumas, y de nubes
y un aroma de lirios y un tedio de muerte,
y cada tanto una media palabra para pasar el tiempo.
Quizá Dios es dos, una réplica de esposos
librados al sopor de una mesa de hotel.
Quizá Dios no tiene tiempo. Dirá que nos vayamos
y volvamos más tarde. Nosotros nos iremos de paseo,
nos sentaremos sobre un banco a contar trenes que pasan,
las hormigas, los pájaros, las naves. De aquella alta ventana
Dios se asomará a mirar las calles y la noche.
No podemos saber. Nadie lo sabe.
Es posible incluso que Dios tenga hambre y nos toque saciarlo,
quizás muere de hambre, y tiene frío, y tiembla de fiebre,
bajo una manta sucia, infestada de pulgas
y deberemos correr en busca de leche y de leña,
y telefonear a un médico, y quién sabe si a tiempo
encontraremos un teléfono, y la guía, y el número
en la noche demente, quién sabe si tendremos suficiente dinero.


("el muchacho de los helados.blogspot", trad. leopoldo brizuela)

sábado, 5 de marzo de 2016

Jorge Teillier (1935/1996 )

Carta a un cura rural

Querido amigo, sin duda está usted en un pueblo
encerrado por los barrotes de la lluvia
invitando a cenar a inquietantes personajes
como Apollinaire, Cendrars o Braulio Arenas.

El jardín parroquial no ha perdido su encanto
ni el huerto su frescor.
Siempre se huele a retamos,
siempre se oye el silbido de un tren.

Mientras yo le escribo
creo que usted mira la casa del ahorcado
y sus viejos libros reposan
hasta que lleguen a leerlos sus vecinos.

(Dios mío, déjame admirar a este cura rural
él sabe más que yo de los misterios que nos acompañan
y lo que escribe en verso en su blanca habitación
no es sino un susurro tuyo que yo amaría recoger)

Querido amigo, permítame pues que me una
al huérfano, al caballo golpeado, a sus abejas
y que me sea posible oír sus cantos
en el momento justo del Juicio Final.



("el muchacho de los helados.blogspot")

viernes, 4 de marzo de 2016

Raúl Gómez Jattin (1945/1997 )

Pájaro

En la clínica mental vivo
un pedazo de mi vida.
Allí me levanto con el sol
y entre tanto escribo
mi dolor y mi angustia.
Sin angustias ni dolores
ataraxia del espíritu
en que mi corazón
como una mariposa
brilla con la luz
y se opaca como un pájaro
al darse cuenta
de los barrotes que lo encierran.



("el muchacho de los helados.blogspot")

jueves, 3 de marzo de 2016

Seamus Heaney (1939/2013 )

Cavar



Entre índice y pulgar
descansa mi lapicera, calzada como un revólver.

Bajo la ventana, el ruido limpio y áspero
de la pala al hundirse en el pedregullo:
es mi padre, que cava. Lo miro

hasta que su espalda arqueada se dobla
entre los canteros, y reaparece veinte años atrás
agachado entre los surcos de papas
donde cavaba.

Con la bota rústica encajada en la pala, y el mango
haciendo palanca en la rodilla,
iba arrancando los tallos, hundía hasta el fondo el filo brillante
para esparcir las papas nuevas, que juntábamos
fascinados por su dureza fría en las manos.

Por dios, cómo manejaba la pala el viejo.
Igual que el de él.

Mi abuelo cortaba más turba en un día
que cualquier otro en la turbera de Toner.
Una vez le llevé leche en una botella
tapada con un corcho de papel. Él se paró
a tomarla y enseguida volvió a agacharse
a cortar y tajar con esmero, arrojando los terrones
sobre el hombro, más y más hondo,
en busca de la turba buena. Cavando.

El olor frío del moho de las papas, el chapoteo
de la turba empapada, los cortes secos de un filo
contra las raíces vivas se despiertan en mi cabeza.
Pero yo no tengo pala con que seguir a esos hombres.

Entre el pulgar y el índice
descansa mi lapicera.

Con ella, cavaré.



("el placard", versión sandra toro)

miércoles, 2 de marzo de 2016

José Watanabe (1945/2007 )

El topo


Estaba ahí,
acorralado en el ruedo de los curiosos. Sus garras
escarbaban inútilmente el cemento de la vereda,
y sangraban. No avanzaba,
sólo esponjaba y contraía su cuerpo
según su miedo. Y con su hocico,
rosado y móvil, husmeaba,
lejos de las oscuras galerías,
el aire soleado de los hombres.

Jamás habíamos visto un topo.
Habían capturado un mito, un animal
de bestiario. Por eso
nuestra mente demoraba, se estremecía
no podía creer
que bajo la realidad estridente del sol
hubiera otro animal

de carne lastimada como la nuestra.



("libros")

martes, 1 de marzo de 2016

Cees Nooteboom (1933 )

Goulimine


Lo que más recuerdo del viaje a Goulimine, en el profundo sur, son los niños con ardillas. Aparecen de repente, en las colinas, en un recodo del camino, sus cuerpos de niños integrándose en el paisaje como si formaran parte de la vegetación local. Sostienen en alto un objeto que se mueve. Me detengo y descubro que es una ardilla que han apresado y que pretenden vender. El animal cuelga sujeto a una cuerda que le aprieta el cuello, parece una letra arábiga realizada en piel, la larga cola  arrimada al cuerpo, los ojos espantados moviéndose de un lado a otro. Más adelante, en el Atlas,  veo un Volkswagen alemán desvencijado detenerse junto a dos de esos niños. Una muchacha rubia se apea del coche y se acerca a ellos. Cuando descubre lo que los niños venden, se queda un momento paralizada y a continuación se pone a vomitar contra la pared de roca de la montaña. Los chicos se echan a reír, porque no saben cómo reaccionar.



("hotel nómada", ed. debolsillo, méxico, 2008, trad. isabel-clara lorda vidal)