En nuestra Sierra Tarahumara, la riqueza y la pobreza coexisten: se causan y se alimentan mutuamente. La miseria de muchos es el enriquecimiento de pocos. Minería a cielo abierto; cultivo de enervantes y hambruna de las comunidades por la sequía son los ejes de la emergencia humanitaria y ambiental en nuestras montañas.
Día a día esta abrupta geografía se transforma por el desplazamiento de millones de toneladas de materiales y la tala de miles de árboles por arte de los grandes proyectos mineros. Las empresas canadienses han caído por acá como los prófugos extremeños que vinieron a conquistarnos hace cinco siglos. Ahora casan sus razones sociales con los locativos indígenas o mestizos: Mine Finders en Huizopa, Agnico Eagle en Ocampo; Coeur d’Alene en Chínipas; Gold Corp en Urique.
Para muestra, el botón de Huizopa, municipio de Madera. La corporación Mine Finders al principio encontró una fuerte resistencia en la directiva del ejido Dolores, inspirada todavía en Arturo Gámiz, quien fue maestro en la pequeña escuela del poblado. Exigían a la corporación una parte razonable de las ganancias, de acuerdo a los reportes a los accionistas de ésta; obras de mitigación de los daños ambientales; casas y solares urbanos adecuados, ya que la principal veta va por abajo del antiguo poblado; construcción de la carretera a Ciudad Madera y apoyo a las pequeñas empresas de los ejidatarios para que funjan como proveedoras de bienes y servicios de la minera. La compañía canadiense no tuvo recursos suficientes para cumplir las exigencias pero sí para dividir a la comunidad y cooptar a un grupo disidente, que luego se apoderó de la directiva.
Los resultados: se han arrasado cientos de hectáreas de bosque; al abrirse grietas en la piscina de lixiviación, se generaron fugas de cianuro de sodio e hipocloritos que contaminan las fuentes del río Yaqui, suelo y bosques. Las descargas de los drenajes de los campamentos de trabajadores contaminan también arroyos y manantiales. Ha habido despojo de tierras al ejido. Para que todo esto se invisibilice se censura a los medios de comunicación locales y se hostiga a quienes se atreven a denunciar, como ha sucedido al profesor Dante Valdez.
Así sucede por donde las mineras han venido a sentar sus reales: tan sólo en Chihuahua hay 109 proyectos mineros y 2.7 millones de hectáreas concesionadas a un puñado de compañías extranjeras, el 10.7 por ciento del total concesionado a nivel nacional y el 11por ciento de la superficie toda de la entidad más extensa de México. El auge minero se explica porque el precio del oro se ha disparado en los últimos cinco años desde 600 dólares la onza a mil 643 en estos días. Y las utilidades de las empresas en México se fueron de 207 millones de dólares en 2002 a tres mil 133 en el 2010.
La yerba es otra de las riquezas escrituradas por el diablo a la sierra de Chihuahua. A pesar de la guerra calderoniana contra el narcotráfico el cultivo de mariguana y amapola se ha expandido. Parte de los incendios forestales de la primavera pasada fue provocada, no por la sequía, sino por los narcosembradores que quemaban el bosque para abrir nuevas tierras al cultivo. Al concentrarse la actividad policiaco-militar en el combate a los cárteles en las ciudades se ha relajado la vigilancia sobre el cultivo de enervantes. Así, la erradicación de plantíos durante los cuatro primeros años de Calderón se redujo en un 44 por ciento y a febrero de 2009, se hablaba de que la superficie cultivada de los mismos había ascendido en un 200 por ciento.
Todo esto tiene un doble significado para las comunidades serranas: para algunas familias representa la única oportunidad de hacerse de un ingreso, para otras, la amenaza continua sobre sus vidas, sus tierras y sus magras pertenencias. Aunque durante el tiempo de cultivo reina una calma chicha en cuanto empiezan la cosecha y la venta, la violencia y la disputa del territorio entre los cárteles se intensifican. En el microcosmos de la Sierra de Chihuahua, el Estado, como dice Jean Robert, se ha divorciado de la ética, lo que imposibilita la distinción entre la economía lega y la economía del crimen. Ni evita el despojo, ni modera la riqueza ni es eficaz para reducir el sufrimiento de la gente. ¿Se requieren más signos de decadencia para convencernos que urge refundar el Estado, pero desde abajo?
(nota editorial tomada del Diario de Chihuahua, de Víctor M. Quintana S.)
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miércoles, 10 de agosto de 2011
martes, 8 de febrero de 2011
TEPEHUANOS INVISIBLES
Llegan arrasando con todo. Unos y otros. Primero vinieron por las cosechas, luego por las mujeres jóvenes, algunas todavía niñas; después por los campesinos y sus líderes. Se apoderan de sus tierras, ranchos y casas. Hasta que hay alguien que les planta cara.
Estaban cansados de la extorsión constante. Celebraron la Navidad con una temperatura bajo cero. Era 26 de diciembre y un comando de 10 hombres con ropa militar y encapuchados llegó al poblado Tierras Coloradas en el municipio de El Mezquital a unas doce horas de camino a la ciudad de Durango. No era la primera vez que los hombres del Chapo Guzmán se acercaban para amenazar a sus pobladores.
Esta vez el líder de la comunidad tepehuana, Vicente Cabada Chamorro les hizo frente. No se lo esperaban. Corrieron cuando Vicente les empezó a disparar. Creyeron que se sometería. Lo pagó caro. Murió en el ataque, pero antes alcanzo a matar a uno de ellos.
Los indígenas sabían que los hombres del Cártel de Sinaloa volverían a vengar a su hombre. Se pusieron de acuerdo y alrededor de 50 familias se fueron al monte. La zona boscosa de la Sierra de Durango ha sido su casa por generaciones, así que decidieron irse con lo puesto, dejando a alguno para vigilar sus pertenencias. Hicieron bien. Dos días después la gente del Chapo volvió. Esta vez eran entre 60 y 70 hombres que predieron fuego a 37 casas y 27 vehículos. Arrasaron con todo: clínica, escuela, tienda Conasupo...
Estuvieron vagando por la Sierra, luego acordaron irse rumbo a la capital. Llegaron el 6 de enero y contaron su historia a las autoridades. El gobierno dijo que era un problema entre cárteles rivales, ya que los campesinos habían vendido droga a los Zetas y por eso los del Cártel del Golfo se vengaron.
En esta zona, como en muchas otras de México son los cárteles los que colocan a las autoridades. Los capos ponen y quitan alcaldes, gobernadores, directores de penales, jefes de policía, mandos militares... el dinero de la droga compra voluntades.
La Fiscalía de Durango reconoció finalmente la agresión el 12 de enero y desde entonces prometieron ayudar a los indígenas. Han pasado varias semanas desde entonces y nada se ha hecho. No han cumplido. Los indígenas mexicanos (el 12 por ciento de la población) son invisibles, no están representados en las instituciones y el racismo lo padecen de muchas formas.
Impasibles, indolentes, las autoridades observan como los tepehuanos deambulan en la capital del Estado sin tener a dónde ir. La mayoría no habla español. Otros en cambio, decidieron volver a la Sierra: “Están debajo de los pinos, por ahí en las cuevas, por allá a la intemperie pues”, dice Alejandro Aguilar, quien sustituyó a Vicente.
Lo perdieron todo. Su pueblo se reduce ahora a un montón de escombros y se añade a la larga lista de pueblos fantasmas.
(El blog 'agresiones cotidianas', de Sanjuana Martínez, se publica en el diario El País, donde da cuenta de la violencia de cada día contra las mujeres, los niños y los indígenas, en este caso contra los índigenas diseminados en distintos puntos de la sierra de Durango, que desde tiempos inmemoriales han sufrido despojo por parte de los mestizos, criollos y ahora los distintos grupos del cártel de las drogas, también distribuídos en el territorio mexicano y con la complicidad y complacencia de políticos de distintas siglas.)
Estaban cansados de la extorsión constante. Celebraron la Navidad con una temperatura bajo cero. Era 26 de diciembre y un comando de 10 hombres con ropa militar y encapuchados llegó al poblado Tierras Coloradas en el municipio de El Mezquital a unas doce horas de camino a la ciudad de Durango. No era la primera vez que los hombres del Chapo Guzmán se acercaban para amenazar a sus pobladores.
Esta vez el líder de la comunidad tepehuana, Vicente Cabada Chamorro les hizo frente. No se lo esperaban. Corrieron cuando Vicente les empezó a disparar. Creyeron que se sometería. Lo pagó caro. Murió en el ataque, pero antes alcanzo a matar a uno de ellos.
Los indígenas sabían que los hombres del Cártel de Sinaloa volverían a vengar a su hombre. Se pusieron de acuerdo y alrededor de 50 familias se fueron al monte. La zona boscosa de la Sierra de Durango ha sido su casa por generaciones, así que decidieron irse con lo puesto, dejando a alguno para vigilar sus pertenencias. Hicieron bien. Dos días después la gente del Chapo volvió. Esta vez eran entre 60 y 70 hombres que predieron fuego a 37 casas y 27 vehículos. Arrasaron con todo: clínica, escuela, tienda Conasupo...
Estuvieron vagando por la Sierra, luego acordaron irse rumbo a la capital. Llegaron el 6 de enero y contaron su historia a las autoridades. El gobierno dijo que era un problema entre cárteles rivales, ya que los campesinos habían vendido droga a los Zetas y por eso los del Cártel del Golfo se vengaron.
En esta zona, como en muchas otras de México son los cárteles los que colocan a las autoridades. Los capos ponen y quitan alcaldes, gobernadores, directores de penales, jefes de policía, mandos militares... el dinero de la droga compra voluntades.
La Fiscalía de Durango reconoció finalmente la agresión el 12 de enero y desde entonces prometieron ayudar a los indígenas. Han pasado varias semanas desde entonces y nada se ha hecho. No han cumplido. Los indígenas mexicanos (el 12 por ciento de la población) son invisibles, no están representados en las instituciones y el racismo lo padecen de muchas formas.
Impasibles, indolentes, las autoridades observan como los tepehuanos deambulan en la capital del Estado sin tener a dónde ir. La mayoría no habla español. Otros en cambio, decidieron volver a la Sierra: “Están debajo de los pinos, por ahí en las cuevas, por allá a la intemperie pues”, dice Alejandro Aguilar, quien sustituyó a Vicente.
Lo perdieron todo. Su pueblo se reduce ahora a un montón de escombros y se añade a la larga lista de pueblos fantasmas.
(El blog 'agresiones cotidianas', de Sanjuana Martínez, se publica en el diario El País, donde da cuenta de la violencia de cada día contra las mujeres, los niños y los indígenas, en este caso contra los índigenas diseminados en distintos puntos de la sierra de Durango, que desde tiempos inmemoriales han sufrido despojo por parte de los mestizos, criollos y ahora los distintos grupos del cártel de las drogas, también distribuídos en el territorio mexicano y con la complicidad y complacencia de políticos de distintas siglas.)
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