XII
Madre,
necesito hablar contigo
me urge tu respuesta
porque estoy exhausta de odios y de espantos.
Sodelba ha enfermado de muerte,
¿la llamas tú?
Te regaló doce años
cuidándote a la cabecera,
¿la necesitas?
O es ella la que no quiere escapar
de tu hipnótico vuelo.
¿Eres como un hechizo,
como un veneno?
¿Un brebaje de lluvias y de fuegos
que no conoce piedad?
Sólo la gota oscura
de tus alas
en el labio de viento,
para caer de hinojos a tu vera.
Sólo tus manos
que ya no tengo entre las mías
para morir de pena.
Aunque no me respondas,
llora tú también
por ella.
("inevitable", ed. uacm, méx., 2010)
martes, 28 de febrero de 2017
lunes, 27 de febrero de 2017
Anónimo
No más ansias
No más ansias.
En mi felicidad me escondo
como la luciérnaga
cuando se esconde
se esconde
en un rayo de luna.
("cantos de geisha", ed. uam-azc., méx., 1981, trad. jorge mouriño)
No más ansias.
En mi felicidad me escondo
como la luciérnaga
cuando se esconde
se esconde
en un rayo de luna.
("cantos de geisha", ed. uam-azc., méx., 1981, trad. jorge mouriño)
domingo, 26 de febrero de 2017
Ape Rotoma (1967 )
Renglones cortitos
Mira, Luna,
un buen poema
debe decir
muchas cosas
en reglones muy cortitos
y además debe
dejar espacio en la página
suficiente
y aun de sobra
para todas esas cosas
que no dice.
("rua das petras")
Mira, Luna,
un buen poema
debe decir
muchas cosas
en reglones muy cortitos
y además debe
dejar espacio en la página
suficiente
y aun de sobra
para todas esas cosas
que no dice.
("rua das petras")
sábado, 25 de febrero de 2017
Ernesto Cardenal (1925 )
Gethsemani, Ky
1
Como las bandadas de patos que pasan gritando,
que en las noches de otoño pasan gritando,
hacia lagunas del Sur que no han visto nunca
y no saben quién los lleva, ni hacia dónde van,
así éramos llevados hacia Ti sin saber adónde.
Y como las bandadas de patos que vienen del Sur
y pasan por Ketucky gritando de noche.
2
Hay un rumor de tractores en los prados.
Los ciruelos rosados están en flor.
Mira: están en flor los manzanos.
Amado, ésta es la estación del amor.
Los estorninos cantan en el sicomoro.
Las carreteras huelen a asfalto recién regado
y los carros pasan con risas de muchachas.
Mira: la estación del amor ha llegado.
Todo pájaro vuela perseguido por otro.
("poesía completa", tomo I, uv-xalapa, ver., méx. 2007)
1
Como las bandadas de patos que pasan gritando,
que en las noches de otoño pasan gritando,
hacia lagunas del Sur que no han visto nunca
y no saben quién los lleva, ni hacia dónde van,
así éramos llevados hacia Ti sin saber adónde.
Y como las bandadas de patos que vienen del Sur
y pasan por Ketucky gritando de noche.
2
Hay un rumor de tractores en los prados.
Los ciruelos rosados están en flor.
Mira: están en flor los manzanos.
Amado, ésta es la estación del amor.
Los estorninos cantan en el sicomoro.
Las carreteras huelen a asfalto recién regado
y los carros pasan con risas de muchachas.
Mira: la estación del amor ha llegado.
Todo pájaro vuela perseguido por otro.
("poesía completa", tomo I, uv-xalapa, ver., méx. 2007)
viernes, 24 de febrero de 2017
Coral Bracho (1951 )
Hebras de sal
Viento y piedra
se funden, agua y viento
en un reino fluido
y subterráneo. Sus corrientes se cierran
en estanques profundos. Ecos que en ellos giran
y se reflejan. Voces
que se concentran. Sobre el lecho de un tiempo dúctil
y primigenio
vuelcan un mineral de soles líquidos.
Dejan hebras
de sal.
("huellas de luz", coed. era-conaculta, méx., 2006)
Viento y piedra
se funden, agua y viento
en un reino fluido
y subterráneo. Sus corrientes se cierran
en estanques profundos. Ecos que en ellos giran
y se reflejan. Voces
que se concentran. Sobre el lecho de un tiempo dúctil
y primigenio
vuelcan un mineral de soles líquidos.
Dejan hebras
de sal.
("huellas de luz", coed. era-conaculta, méx., 2006)
jueves, 23 de febrero de 2017
Sharon Olds (1942 )
Hijos grandes
Uno desde una dirección, otro
desde otra, un día vuelven, juntos,
y de pronto mi cuerpo cabe
en el aire que ocupa, y mi cerebro
entra en mi cráneo otra vez, y mi mente
en mi cerebro, y sobre los relieves anticlinales de mi
mente juega la luz. La semana anterior en la playa había visto
un ser que al principio no pude nombrar,
una criatura baja, erguida, con una cabeza
redonda y el cuerpo echado hacia atrás y unas
extremidades cortas que destellaban a los lados y debajo
como las puntas de una estrella, tanto que parecía brillar,
titilar en la arena - era un pequeño
primate, y detrás de él venía otro,
más pequeño y más primitivo,
un guiño deslumbrante, centelleante,
era un bebé. Y ahora nuestra hija
duerme en el sillón, no siete kilos
seiscientos, sino más o menos de mi tamaño,
su cara maravillosa compleja delicada,
tranquila. Y nuestro hijo, anoche, miraba de cerca
a su enamorada mientras susurraban por un instante, qué tierna,
atenta mirada tenía. Los criamos
diariamente, quiero decir cada hora - cada minuto
éramos de ellos, ninguna hora pasaba en la que no estuviéramos
criándolos - llevándolos, soportándolos, alzándolos
en brazos, por placer, y para que pudieran ver,
más allá, lejos de nosotros.
("griselda garcía", trad. inés garland e ignacio di tullio)
Uno desde una dirección, otro
desde otra, un día vuelven, juntos,
y de pronto mi cuerpo cabe
en el aire que ocupa, y mi cerebro
entra en mi cráneo otra vez, y mi mente
en mi cerebro, y sobre los relieves anticlinales de mi
mente juega la luz. La semana anterior en la playa había visto
un ser que al principio no pude nombrar,
una criatura baja, erguida, con una cabeza
redonda y el cuerpo echado hacia atrás y unas
extremidades cortas que destellaban a los lados y debajo
como las puntas de una estrella, tanto que parecía brillar,
titilar en la arena - era un pequeño
primate, y detrás de él venía otro,
más pequeño y más primitivo,
un guiño deslumbrante, centelleante,
era un bebé. Y ahora nuestra hija
duerme en el sillón, no siete kilos
seiscientos, sino más o menos de mi tamaño,
su cara maravillosa compleja delicada,
tranquila. Y nuestro hijo, anoche, miraba de cerca
a su enamorada mientras susurraban por un instante, qué tierna,
atenta mirada tenía. Los criamos
diariamente, quiero decir cada hora - cada minuto
éramos de ellos, ninguna hora pasaba en la que no estuviéramos
criándolos - llevándolos, soportándolos, alzándolos
en brazos, por placer, y para que pudieran ver,
más allá, lejos de nosotros.
("griselda garcía", trad. inés garland e ignacio di tullio)
miércoles, 22 de febrero de 2017
Claudia Masin (1972 )
La estela
Que no debía ser tan complejo, me decías. ¿Y por qué no?
¿Acaso no es complejo el sutil mecanismo
que pone en conexión al polen y la abeja, o las infinitas
transformaciones químicas que sufre un pequeñísimo
grano de arena hasta llegar a se parte, ya irreconocible,
del cuerpo del diamante? Es complejo encontrarnos
y perdernos, los que andan por el fondo de la tierra
buscando el tesoro de una cueva inexplorada lo comprenden,
no es al heroísmo ni a la astucia sino al azar o al misterio
que se debe el descubrimiento: ese cruce fatal, inevitable
entre quien busca y lo buscado, ese momento de arrebato y mutua
entrega. ¿Por qué debería ser fácil dar con aquello que esperábamos
ya de niños en el jardín del fondo de la casa,
sin saber que se trataba de una espera esa curiosidad honda
y atenta a cada ruido de la siesta, a una rama
que se agrieta en el calor, al paso de la sombra de un lagarto
en la humedad de las paredes? ¿Por qué hemos olvidado,
si lo que sí sabíamos entonces es que es difícil
cierta clase de belleza, dar con ella, no para atraparla,
sino para quedarnos a vivir en la estela que deja?
("de sibilas y pitias")
Que no debía ser tan complejo, me decías. ¿Y por qué no?
¿Acaso no es complejo el sutil mecanismo
que pone en conexión al polen y la abeja, o las infinitas
transformaciones químicas que sufre un pequeñísimo
grano de arena hasta llegar a se parte, ya irreconocible,
del cuerpo del diamante? Es complejo encontrarnos
y perdernos, los que andan por el fondo de la tierra
buscando el tesoro de una cueva inexplorada lo comprenden,
no es al heroísmo ni a la astucia sino al azar o al misterio
que se debe el descubrimiento: ese cruce fatal, inevitable
entre quien busca y lo buscado, ese momento de arrebato y mutua
entrega. ¿Por qué debería ser fácil dar con aquello que esperábamos
ya de niños en el jardín del fondo de la casa,
sin saber que se trataba de una espera esa curiosidad honda
y atenta a cada ruido de la siesta, a una rama
que se agrieta en el calor, al paso de la sombra de un lagarto
en la humedad de las paredes? ¿Por qué hemos olvidado,
si lo que sí sabíamos entonces es que es difícil
cierta clase de belleza, dar con ella, no para atraparla,
sino para quedarnos a vivir en la estela que deja?
("de sibilas y pitias")
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