En Caleta
Cuando yo era niño,
en la playa de Caleta,
en Acapulco,
el agua me llegaba al cuello.
Un agua transparente y clara,
como la nada,
y veía yo pasar,
entre mis piernas,
miríadas de peces amarillos,
como si fueran bandadas
de aves doradas
retratadas en esa agua,
en esa nada.
Hoy, muchos años más tarde,
o quizá s sería mejor decir: muchos
años más noche,
sólo veo pasar a mis muertos
entre dos aguas.
Llamemos a una de esas dos aguas recuerdo,
y a la otra olvido.
Y a la suma de las dos, nada.
Hoy, que de nuevo me llega al cuello
el agua.
Reflejos que de estrellas son la cuna,
olas que son columpio de la luna,
en tus aguas, espejo y tembladero,
el cielo se cayó de cuerpo entero.
("de aquí, allá y acullá", ed. asoc. nal. del libro, méx., 2016)
lunes, 8 de mayo de 2017
domingo, 7 de mayo de 2017
Uriel Martínez (1950 )
Ted, el sombrío
En aquel entonces nadie podía amar a Ted Hughes, a donde iba arrastraba tras de sí una pila de huesos femeninos: fémures, costillas, calcañares de alguien que había ofrendado la vida a cambio de una celebración póstuma, de un lugar alejado del daño que había experimentado con el padre primero, los médicos, las descargas eléctricas, los baños de agua helada y la soledad de todos los inviernos.
Yo lo conocí en un encuentro de poetas en Morelia. Muchos índices lo señalaban como el asesino, el homicida, la bestia negra. Hoy quizá cuatro décadas después, al releer sus poemas encuentro una voz sombría, una voz maldita, un ser quizá incomprendido, un ser acogido con dilación, un talento al que le negué el reconocimiento, la identificación con un hombre atormentado. Como ha habido tantos en la historia, la dramaturgia, en la calle de todos los días, en la misma lírica.
En su momento yo también me acogí a la celebración de su víctima más citada, más celebrada, más llevada y traída en pendones y estandartes; hasta que poco a poco fui olvidándola, como a cualquier ser querido que uno termina por sepultar.
[Inédito]
En aquel entonces nadie podía amar a Ted Hughes, a donde iba arrastraba tras de sí una pila de huesos femeninos: fémures, costillas, calcañares de alguien que había ofrendado la vida a cambio de una celebración póstuma, de un lugar alejado del daño que había experimentado con el padre primero, los médicos, las descargas eléctricas, los baños de agua helada y la soledad de todos los inviernos.
Yo lo conocí en un encuentro de poetas en Morelia. Muchos índices lo señalaban como el asesino, el homicida, la bestia negra. Hoy quizá cuatro décadas después, al releer sus poemas encuentro una voz sombría, una voz maldita, un ser quizá incomprendido, un ser acogido con dilación, un talento al que le negué el reconocimiento, la identificación con un hombre atormentado. Como ha habido tantos en la historia, la dramaturgia, en la calle de todos los días, en la misma lírica.
En su momento yo también me acogí a la celebración de su víctima más citada, más celebrada, más llevada y traída en pendones y estandartes; hasta que poco a poco fui olvidándola, como a cualquier ser querido que uno termina por sepultar.
[Inédito]
sábado, 6 de mayo de 2017
Manuel Ponce (1913/1994 )
Responde Eurídice eterna
Déjame en la penumbra de mi cielo,
en mi dichoso olvido inacabable,
navegar a merced de lo improbable
en tanto boga mi bajel desvelo.
No quieras, no, romper el duro hielo
que suspendió mi sangre transitable,
ni el lirio de la muerte inmarchitable
quieras plantar en imposible suelo.
Déjame, en fin, seguir mi muerte oscura,
para extraer de tu inefable canto
la vida que me niega la ventura.
Y no alteres la ley de mi quebranto,
porque siendo razón de tu amargura,
yo viviré mientras te dure el llanto.
("el jardín increíble", ed. jus, méx., 1999)
Déjame en la penumbra de mi cielo,
en mi dichoso olvido inacabable,
navegar a merced de lo improbable
en tanto boga mi bajel desvelo.
No quieras, no, romper el duro hielo
que suspendió mi sangre transitable,
ni el lirio de la muerte inmarchitable
quieras plantar en imposible suelo.
Déjame, en fin, seguir mi muerte oscura,
para extraer de tu inefable canto
la vida que me niega la ventura.
Y no alteres la ley de mi quebranto,
porque siendo razón de tu amargura,
yo viviré mientras te dure el llanto.
("el jardín increíble", ed. jus, méx., 1999)
viernes, 5 de mayo de 2017
Margarita Carrera (1929 )
Nueva York
La ciudad estaba allí
monstruosa y gigante,
desnuda en su piedra fría.
Toqué con mis lirios
su insondable aliento.
Nada. Nadie.
Volaban las almas
en su torbellino de dólares
y el tiempo
-centavo descalzo-
se desgranaba
en sangre suicida.
Nueva York distante y dura.
Central Park
rascacielos
y profunda soledad.
(muro fb de daniel montoly)
La ciudad estaba allí
monstruosa y gigante,
desnuda en su piedra fría.
Toqué con mis lirios
su insondable aliento.
Nada. Nadie.
Volaban las almas
en su torbellino de dólares
y el tiempo
-centavo descalzo-
se desgranaba
en sangre suicida.
Nueva York distante y dura.
Central Park
rascacielos
y profunda soledad.
(muro fb de daniel montoly)
jueves, 4 de mayo de 2017
Estela Figueroa (1946 )
Pronto
Pronto van a ser
tres años de tu muerte
y todavía no la acepto.
Quise colgar tu retrato en la pared
y no pude.
Volví a guardarlo.
El clavo quedó allí
sosteniendo tu ausencia.
("el infinito viajar")
Pronto van a ser
tres años de tu muerte
y todavía no la acepto.
Quise colgar tu retrato en la pared
y no pude.
Volví a guardarlo.
El clavo quedó allí
sosteniendo tu ausencia.
("el infinito viajar")
miércoles, 3 de mayo de 2017
Anónimo
Qué enemiga y odiosa
Qué enemiga y odiosa
es la palabra que ahora
has pronunciado.
Somos dos mariposas
atadas en sueño.
Desde ahora seremos pareja
hasta el fin
de los finales.
("cantos de geisha", ed. uam-azc,, méx., 1981, trad. jorge mouriño)
Qué enemiga y odiosa
es la palabra que ahora
has pronunciado.
Somos dos mariposas
atadas en sueño.
Desde ahora seremos pareja
hasta el fin
de los finales.
("cantos de geisha", ed. uam-azc,, méx., 1981, trad. jorge mouriño)
martes, 2 de mayo de 2017
Anónimo
La neblina
La neblina esconde a la luna
que no quiere ser límpida.
El corazón se cierra
que no quiere estar contento.
Quien sabe qué debo hacer...
Pero ya qué importa.
¡Tráeme el sake!
("cantos de geisha", ed. uam-azc., méx, 1981, trad. jorge mouriño)
La neblina esconde a la luna
que no quiere ser límpida.
El corazón se cierra
que no quiere estar contento.
Quien sabe qué debo hacer...
Pero ya qué importa.
¡Tráeme el sake!
("cantos de geisha", ed. uam-azc., méx, 1981, trad. jorge mouriño)
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