viernes, 13 de agosto de 2010

ENRIQUETA OCHOA (1928-2008)

Asaltos a la memoria

Amanece:
en las macetas de las ventanas arden los geranios.
Un vaho lechoso entra en el viento.
Corre el día hacia las dunas de la oscuridad.
Después de avanzada la noche
me desprendo;
abajo quedan mi piel, mis huesos...
Me echo en picada a las profundidades,
atravieso el infierno,
toco la incandescencia de la luz
-todos los pájaros se desatan.
De lejos llega el olor a dátiles
que espesan en los cazos de cobre
y de polvorones recién horneados.
Aroma penetrante de mi infancia que nace.


La noche de la lluvia de estrellas

Con anticipación se había anunciado un fenómeno celeste.
Cuando llegó el día señalado, salimos corriendo a contemplar
la noche. Éramos como nerviosos saltamontes brincando de
un lado a otro, para observar cómo un navío infinito de
estrellas naufragaba en el mar del cielo.

(textos tomados de Asaltos a la memoria,
Universidad Autónoma del Estado de
México, 2004)

martes, 10 de agosto de 2010

QUIZÁ PAVESE

Vendrá la noche y tendrá tus dedos
propicios para mis labios
desiertos de ti.
Queda, como una promesa a punto
de cumplirse, llegará
con ojos quietos como anestesia.
Se posará sobre los muebles
propios de las visitas
y se instalará indefinida.

Vendrá de noche y tendrá tus brazos,
tangibles como una promesa
que tarde o temprano veremos coronada.
Discreta como los grandes sucesos,
esquivará toda sospecha.
Pisará tus umbrales como un astro
sobrepuesto a otro y en el inter
intuirás una belleza insospechada.

De algún punto del universo,
cuyo epicentro aún no se adivina,
descenderá sobre tu ciudad
y por no aullar de alegría,
dirás: su cumplieron los vaticinios;
y agradecerás la profecía.

domingo, 8 de agosto de 2010

EQUINOCCIO

Pronto se cumplirán veinte años (2010) de la muerte de nuestro amigo Ricardo, que en una ocasión concibió el propósitio de enseñarte las leyes y la disciplina del ajedrez, pero no tuviste la paciencia necesaria para aprenderlo. Él fue de los contados amigos que te hablaron de la literatura de Witold Gombrowicz y su sentido del humor. En ese entonces Ricardo vivía en la colonia Juárez, creo que en un tercer piso y los terremotos recientes le habían dejado un saldo de muros fracturados. Recuerdas que corrió las puertas de los clósets para que apreciaras las grietas. Preguntaste si en la mañana o en la tarde pasaba el sol por las fisuras.

Por aquel entonces, 1985, andabas con el brete de abandonar la ciudad, por lo que no te tocó de cerca ser testigo de su enfermedad y deterioro físico, irreversible, que lo llevó a tomar medicinas "contra la muerte", que cuando no se conseguían en las farmacias privadas o del sector salud, se importaban de Cuba. Ni tampoco atestiguaste su pérdida gradual de la vista ni su vertiginosa disminución de salud y peso: me dice Fernando, mientras tomamos una infusión de yerbas en Merecumbé -para celebrar la llegada del primer frente frío de la temporada, incluso antes de la caída del otoño-, que Ricardo fue trasladado en la parte trasera de un VW de la ciudad de México al aeropuerto ("se fue haciendo chiquito", me describe), como se carga un santo de bulto ya bendecido: con respeto y cuidado pues fue su decisión esperar el desenlace en casa de sus padres, en el lejano Monterrey.

Al reflexionar ambos sobre la vida de Ricardo, antes de salir de casa al café, éste te mostró un álbum de fotos de amigos que ya felparon -te los señaló con el dedo, con vehemencia, algunos incluso desnudos-, coincidimos en que nuestro entrañable amigo nunca se privó de nada: esto es, se dio el lujo de tomar lo que la vida le puso al alcance de la vista y el placer. Fue un sibarita.

Fernando por su parte, te contó que llegó un momento en su vida que suspendió la elaboración de una lista de amigos que iban cayendo a raíz de la epidemia de sida, enfermedad que en aquel entonces era irreversible -ahora dicen los especialistas es "crónica". Así llegamos a evocar a Rolando, que se inició sexualmente en casa, con su hermano mayor, cuyo último contacto fue la noche previa a la boda de éste. Al correr del tiempo ambos murieron aún, como decía el sabio de mi pueblo, "en la flor de la edad." También de sida.

Un dato curricular: el sobrenombre con el que era conocido Ricardo, Lilia del Valle, surgió de una charla con Carlos Monsiváis, cuando los amigos le comentaron que aquel acababa de aterrizar del norte del país en la ciudad de México. El cronista, que de todo quería enterarse, preguntó sus datos generales. Le describen los rasgos físicos y el otro comenta: "Entonces es igualita a la actriz"; a partir de ahí se le queda el mote.

Esa tarde lluviosa, tarde en que cae sobre el país el primer frente frío de la temporada -previo incluso al equinoccio de otoño-, Fernando abre el álbum de sus amigos, algunos fotografiados con ropa y juntos, tú y él en la sala, después de preparar la comida, ven las fotos de Ricardo con el bigote tupido y negro, cruzado de brazos, con el trago, etcétera. Más adelante, ya en la calle y en dirección al Merecumbé, Fernando te confiesa haber hecho un pacto con su pareja sentimental: nunca utilizar el preservativo con sus compañeros ocasionales de alcoba.

jueves, 5 de agosto de 2010

SE LLAMABA MARIO SANTIAGO

in memoriam R.B.

No llevaba yemas en los dedos,
en los dedos llevaba filos
simulados con guantes de aceite,
con terciopelo oscuro;
En la raya central del pelo
se empeñaban rulos en bajarle
al rostro y cubrirle a medias
la mirada;
En la mirada portaba un parche
para disimular la mirada de poeta,
la caída tangencial de piedras
preciosas como espejos;
Con las falanges de sus dedos
sin yemas, separaba rulos
como separar arena, hormigas
y pensamientos;
Se llamaba josé alfredo
pero se presentaba con testigos
que le gritaban mario santiago
y era un caballero que a veces
le ganaba el frío; la noche;
la calle; el trago;
No llevaba chamarra en diciembre,
ese diciembre portaba una copa de plata,
un cáliz de rabia, una sombra de incendios.

miércoles, 4 de agosto de 2010

PLEGARIA CON PLUSVALÍA

Señor, yo no soy digno que vengas a mí, pero una palabra tuya bastará para sanar mi alma. Respóndeme: me acuso de estar siete horas continuas bajando música sin descanso de los distintos blogs: te aviso que he llenado unos tres mil cedés de Thierry Titi Robin y luego los he almacenado en formato eme pe tres. Estoy consciente que me faltarán oídos, horas, días, meses y años para disfrutar las composiciones de Mozar, Bach y Beethoven, máxime si la música sacra la almaceno para cada semana mayor, cada pascua y cada Día de Acción de Gracias. Pero no concibo la vida ni el más allá sin una música adecuada a cada instante de mi desdichada existencia, así pase las navidades sin leña en mi chimenea, sin la visita de Santaclós y sin piñata en mis cumpleaños.

Por la criatura que habita en mí y que cada noche pide tu gracia para los suyos, te ruego me digas si en unas semanas tendré que pagar por las descargas clandestinas que cada tarde y cada noche hago de música que de otro modo tendría que pagarla en Amazon con una tarjeta de crédito que no tengo, con unos ahorros que se desvanecen segundo a segundo en Banamex, Bancomer y HSBC. Señor mío y Dios mío ten piedad de los viudos, los huérfanos y los lobos que cada día aúllan de ti una respuesta y sólo escuchan el silencio dilatado de una tapia, la indiferencia de un viento que viene de lejos y la belleza de una tarde con pocas nubes y muchas dudas enquistadas quién sabe si en un fondo sin fondo.

Señor, si no tienes una respuesta por lo menos dime si el actor que hoy enviaste a mi negocio a contarme que era oriundo de Zamora y que a él y a su mujer los habían asaltado esta mañana, realmente no vino a contarme las muelas que ya no tengo; dime si hice mal en sólo extenderle una moneda de cinco pesos a cambio de una barra de chicles Canel's que me dijo tenían un valor de 25 y que se negó a entregarme. Confiesa si debí pedirle la devolución de mi donativo miserable y desinteresado, hazme saber si hice mal en maldecirlo por su propensión al melodrama.

Dime, mudo poderoso, si más tarde hiciste llegar a la librería empolvada que atiendo de lunes a sábado al señor Misael que se llevó en un pago al contado la filmografía del pachuco Tin-Tán, los dos cedés de música Tex-Mex y las cartas de Malcolm Lowry, aquél borrachín iluminado que vivió una temporada en Cuernavaca. Dime señor algo, no te concretes a mostarme tus llagas que cada semana mayor se vuelven parte de los atractivos turísticos de este pueblo olvidado de tu gracia, de esta tierra de bastardos con cara de yo no fuí.

martes, 3 de agosto de 2010

LA ENFERMEDAD

uno.
Hace cuatro meses me ausenté de la ciudad para ir al pueblo donde viven dos amigos, uno de ellos en tratamiento y al que le entregarían los enésimos análisis en que le diagnosticaron
una fibromialgia, trastorno de origen nervioso, según wikipedia; hasta ese entonces le habían tomado 280 radiografías y prescrito decenas de medicamentos que iba desechando conforme cada médico nuevo le daba un diagnóstico y un tratamiento distinto; cada vez que un profesional le proponía una intervención quirúrgica. El hecho que me obligó a viajar de nuevo a aquel lugar fue un mensaje que me envió la última semana de julio: su enfermedad se llama espondilitis anquilosante.

dos.
Luego de mes y medio de tratamiento de esta enfermedad autoinmune, he mejorado poco a poco; ya no necesito que me vistan o me sequen después de la regadera; ni que me ayuden a levantarme de la silla o el wc; y además ya puedo limpiarme el ano yo solo. Ahora son las manos las que me duelen, están agarrotadas, sobre todo en la mañana; no puedo doblar los dedos pero estoy un poco mejor. Llevo una dieta con la menor cantidad posible de almidones y he perdido doce kilos.

tres.
La tarde del sábado acompañé al paciente a una calle peatonal, a donde me invitó, antes de una tormenta probable. Ahí sentados, mientras iban o venían los paseantes, los conocidos que lo saludaban al pasar, le pregunté si seguía pintando, ahora que había disminuido la inflamación de la mano derecha y había cobrado más movimiento. "Para qué, me dijo, eso es ilusión; sobre todo la pintura." Había comercios que aún no abrían pese a que ya pasaba de las 20 horas aunque el cielo aún mostraba claridad diurna y los faroles seguían apagados. Cuando nos levantamos me propuso entrar a un café italiano, pero las mesas estaban ocupadas. Caminamos a la esquina de calle Negrete cuando empezó un viento fuerte y una ligera llovizna. "Ya no tarda la tormenta", le dije mientras las nubes cargadas de negrura avanzaban hacia nosotros. Luego me señaló la conveniencia de tomar un taxi, le dije que se fuera, que yo me guarecía del agua en Sanborn's, a una cuadra.

cuatro.
Ya había encontrado información sobre la enfermedad en general en internet. Incluso un amigo me remitió un escrito que, al día siguiente, encontré en una librería del centro del pueblo, un día antes de mi regreso. Ahí el autor habla de que el único deseo del que va a morir es coger, de los que están en hospitales y cárceles, los castrados, los heridos graves, los suicidas y los seguidores de Heidegger. "Follar cuando no se tienen fuerzas para follar puede ser hermoso y hasta épico," escribió el narrador chileno Roberto Bolaño, acaso cuando sabía que ya no había marcha atrás.

cinco.
Ya para concluir la narración "Literatura + enfermedad= enfermedad" (*), su autor describe cómo una doctora le pide que ponga las palmas de las manos al frente y en alto, que se vea el envés, las uñas y los nudillos. "Qué demonios significa el test", le pregunta el paciente a la especialista; si su enfermedad estuviera avanzada, usted doblaría los dedos hacia mí. A partir de entonces el escritor siguió haciendo el ritual para comprobar el avance del mal. Por su parte, mi amigo me contó que, al principio, con el dolor de las articulaciones de pies, ingles, rodillas y manos, no podía hacer este movimiento: se acerca las yemas de los dedos a la altura de las clavículas, pero no alcanza a tocarlas,como ahora.

(*) narración incluida en El gaucho insufrible, Anagrama, 2003.

domingo, 1 de agosto de 2010

EL REGRESO

Regresas a casa como se llega
a ciudad Cementerio: despacio
callado, con los cirios elocuentes
desbordados.

Vuelves a tu feudo donde
nadie habita: los libros sellados,
las puertas empolvadas,
la tarde cargada de presagios.

Escuchas las campanadas inexorables
como plazos marcados hace siglos
por un dios obstinado, sordo
y ciego a todo.

Cuando cruzan las ambulancias
con el hombre decapitado
y sin entrañas: sabes que es otra
premonición que nadie advierte.