La noria
Llevo una semana en cama, mi organismo sólo tolera el agua, en ese lapso dejé el cigarro, el café y mis cuadernos. Es tal la desolación que atraviesa mi vida que me da miedo verme la cara en el espejo. Cuando salgo de casa para ver al médico, desvío la mirada evitando verme reflejado en los aparadores y en los ojos de los niños. En el consultorio me espera una enfermera, me pincha el brazo y me extrae sangre.Luego me coloca una cinta adhesiva antes de irme. Vuelva el lunes.
Salgo del consultorio temprano y en ayunas. Tengo siete días sin salir de casa, como es lógico, el encierro me enferma, no basta con asomar al balcón y ver la rutina de siempre: coches y camiones pasan desde temprano, más tarde oigo las campanas de una de las innumerables iglesias de este pueblo. Salgo del consultorio luego que la enfermera me da cita para el lunes. Atravieso la calle y me interno en la Alameda. Es extraño, se acerca el fin de mes y los corredores, atletas y deportistas no aparecen, se dan una tregua antes de iniciar el siguiente mes; o todos salieron ya a su pueblo. Cuando me acerco a la panadería que está de aquel lado de la calle, imagino el olor del pan a primera hora. Mi organismo sólo tolera el agua y a veces el suero oral que previene contra la deshidratación. Donde termina la Alameda sólo veo a una señora entrenarse en short y cachucha roja. Cuando paso junto a ella veo que se toca las uñas de los pies con las yemas de los dedos; observo que se alterna el juego de brazos entre una y otra extremidad. Una mujer de setenta años.
Hoy salí temprano después de un baño rápido: experimenté otra vez lo mismo: mientras me enjabono las piernas me ataca una oleada de frío y estornudos. Acelero el fin del aseo y busco procurarme calor con una y otra toallas, me apuro a colocarme la playera de algodón. Salgo al balcón. Son las 10 am. Hay un sol clemente. Me recorto las canas del bigote y regreso a vestirme. A estas horas la temperatura de adentro es más baja que a la intemperie. Salgo a la calle en cuanto puedo. Esperé bus casi por una hora. En la terminal mi camión sale en 90 minutos. Para no esperar haré un transbordo a medio viaje: los 90 minutos salvados los pierdo mientras espero el colectivo que llega a mi pueblo. Eso de ida. De regreso es igual, aunque nunca regreso de ningún lado; es un modo de darle vuelta a la noria.
[Inédito]
domingo, 30 de diciembre de 2018
jueves, 27 de diciembre de 2018
Eliseo Diego (1920/1994 )
Canción para todas las que eres
No solo el hoy fragante de tus ojos amo
sino a la niña oculta que allá dentro
mira la vastedad del mundo con redondo
[azoro, y amo a la extraña gris que me recuerda
en un rincón del tiempo que el invierno
[ampara. La multitud de ti, la fuga de tus horas,
amo tus mil imágenes en vuelo
como un bando de pájaros salvajes.
No solo tu domingo breve de delicias
sino también un viernes trágico, quien
[sabe, y un sábado de triunfos y de glorias
que no veré yo nunca, pero alabo.
Niña y muchacha y joven ya mujer,
[tu todas, colman mi corazón, y en paz las amo.
("los poetas")
No solo el hoy fragante de tus ojos amo
sino a la niña oculta que allá dentro
mira la vastedad del mundo con redondo
[azoro, y amo a la extraña gris que me recuerda
en un rincón del tiempo que el invierno
[ampara. La multitud de ti, la fuga de tus horas,
amo tus mil imágenes en vuelo
como un bando de pájaros salvajes.
No solo tu domingo breve de delicias
sino también un viernes trágico, quien
[sabe, y un sábado de triunfos y de glorias
que no veré yo nunca, pero alabo.
Niña y muchacha y joven ya mujer,
[tu todas, colman mi corazón, y en paz las amo.
("los poetas")
miércoles, 26 de diciembre de 2018
Irene Gruss (1950/2018 )
Rapsodia urbana
...Esto es lo que cae: agua helada
en las manos; lo que das lo recibo
con un espasmo.
Fría, más que helada,
es el agua. Cae de a poco.
Esto es lo que doy:
mi necesidad arde
como una rosa en sereno...
("el poeta ocasional")
...Esto es lo que cae: agua helada
en las manos; lo que das lo recibo
con un espasmo.
Fría, más que helada,
es el agua. Cae de a poco.
Esto es lo que doy:
mi necesidad arde
como una rosa en sereno...
("el poeta ocasional")
martes, 25 de diciembre de 2018
Louise Glück (1943 )
La terquedad de Penélope
Un pájaro llega a la ventana. Es un error
considerarlos solamente
pájaros, muy a menudo son
mensajeros. Por eso, una vez
se precipitan sobre el alfeizar, se quedan
perfectamente quietos, para burlarse
de la paciencia, alzando la cabeza para cantar
pobrecita, pobrecita, un aviso
de cuatro notas, para volar luego
del alfeizar al olivar como una nube oscura.
¿Pero quién enviaría a una criatura tan liviana
a juzgar mi vida? Tengo ideas profundas
y mi memoria es larga; ¿por qué iba a envidiar esa libertad
cuando tengo humanidad? Aquellos
que tienen el corazón más diminuto son dueños
de la mayor libertad.
("eterna cadencia", versión andrés catalán)
Un pájaro llega a la ventana. Es un error
considerarlos solamente
pájaros, muy a menudo son
mensajeros. Por eso, una vez
se precipitan sobre el alfeizar, se quedan
perfectamente quietos, para burlarse
de la paciencia, alzando la cabeza para cantar
pobrecita, pobrecita, un aviso
de cuatro notas, para volar luego
del alfeizar al olivar como una nube oscura.
¿Pero quién enviaría a una criatura tan liviana
a juzgar mi vida? Tengo ideas profundas
y mi memoria es larga; ¿por qué iba a envidiar esa libertad
cuando tengo humanidad? Aquellos
que tienen el corazón más diminuto son dueños
de la mayor libertad.
("eterna cadencia", versión andrés catalán)
lunes, 24 de diciembre de 2018
Louise Glück (1943 )
Caballo
¿Qué te da el caballo
que no puedo darte yo?
Te observo cuando crees estar solo,
y cabalgas en el campo, detrás de la cuadra
con tus manos hundidas
en las oscuras crines de la yegua.
Conozco entonces lo que yace detrás de tu silencio:
tu desprecio, tu odio por mí, por nuestro matrimonio.
Y aún así pides mis caricias. Lloras
como lloran las novias, pero te observo
y noto que no hay pajecitos a tu alrededor.
Entonces ¿qué hay en ti?
Nada, pienso. Sólo la prisa
por morir antes que yo.
En un sueño te he visto cabalgar
sobre los campos arrasados. Luego
desmontas; caballo y tú caminan juntos
en la oscuridad, sin sombras.
Y yo sentía las sombras venir hacia mí
—ellas, dueñas de su albedrío por la noche,
pueden ir a cualquier parte.
Mírame. ¿Crees que no lo entiendo?
¿Qué cosa es el caballo
sino un pasaje fuera de esta vida?
("el poeta ocasional", versión de jorge esquinca)
¿Qué te da el caballo
que no puedo darte yo?
Te observo cuando crees estar solo,
y cabalgas en el campo, detrás de la cuadra
con tus manos hundidas
en las oscuras crines de la yegua.
Conozco entonces lo que yace detrás de tu silencio:
tu desprecio, tu odio por mí, por nuestro matrimonio.
Y aún así pides mis caricias. Lloras
como lloran las novias, pero te observo
y noto que no hay pajecitos a tu alrededor.
Entonces ¿qué hay en ti?
Nada, pienso. Sólo la prisa
por morir antes que yo.
En un sueño te he visto cabalgar
sobre los campos arrasados. Luego
desmontas; caballo y tú caminan juntos
en la oscuridad, sin sombras.
Y yo sentía las sombras venir hacia mí
—ellas, dueñas de su albedrío por la noche,
pueden ir a cualquier parte.
Mírame. ¿Crees que no lo entiendo?
¿Qué cosa es el caballo
sino un pasaje fuera de esta vida?
("el poeta ocasional", versión de jorge esquinca)
domingo, 23 de diciembre de 2018
Clyo Mendoza (1993 )
Perro negro mira oculto una catástrofe
Escuché de los hombres que los que mueren sin paz no mueren. Los escuché decir que a veces ni siquiera basta el deseo de morir para que se muera rotundamente. Cuentan historias de gente que todavía muerta recuerda lo que amaba, lo que impulsaba sus puños o la tripa; entonces, dicen, aletean en la matriz de la muerte, contra su pared espesa.
Otros animales dicen que los difuntos sueñan la vida en la muerte, dicen que hablan, que gritan, que los escuchamos. Que su voz es como la vibración del miocardio. Su voz es un llamado gris y nada registra sus peticiones: el tiempo no reconoce la voz de esos muertos. Parecen estar condenados al mutismo en la historia del mundo, pero logran que algunas noches huelan a su sangre. Porque, dicen, la sangre de los muertos sin paz sigue oliendo y los salvajes que fuimos se despiertan. Creo que esos son los días llenos de ansia: se vuelca el rojo, la gente mata, la gente muere, los perros nos aventamos a las piernas de los corredores, los niños lloran y la violencia atraviesa con la fuerza de su hierro todas las cortezas.
Los perros y los hombres somos bestias, y esos días la estela del animal que siguen siendo, esa vena dura encallada en el silencio, vuelve a palpitar. Entonces los vivos quedamos expuestos, destrozados.
Yo, Perro, que no lloro ni canto, sólo pienso: el amor es la verdadera resistencia, pero está presto siempre a la avería. Yo, que soy sólo un perro y miro desde aquí a las aves, a los árboles, las madres, los niños y a otros muertos, sólo sé que compartiré lo que hay entre el cielo y la tierra, compartiré con ellos mi tumba.
("periódico de poesía")
Escuché de los hombres que los que mueren sin paz no mueren. Los escuché decir que a veces ni siquiera basta el deseo de morir para que se muera rotundamente. Cuentan historias de gente que todavía muerta recuerda lo que amaba, lo que impulsaba sus puños o la tripa; entonces, dicen, aletean en la matriz de la muerte, contra su pared espesa.
Otros animales dicen que los difuntos sueñan la vida en la muerte, dicen que hablan, que gritan, que los escuchamos. Que su voz es como la vibración del miocardio. Su voz es un llamado gris y nada registra sus peticiones: el tiempo no reconoce la voz de esos muertos. Parecen estar condenados al mutismo en la historia del mundo, pero logran que algunas noches huelan a su sangre. Porque, dicen, la sangre de los muertos sin paz sigue oliendo y los salvajes que fuimos se despiertan. Creo que esos son los días llenos de ansia: se vuelca el rojo, la gente mata, la gente muere, los perros nos aventamos a las piernas de los corredores, los niños lloran y la violencia atraviesa con la fuerza de su hierro todas las cortezas.
Los perros y los hombres somos bestias, y esos días la estela del animal que siguen siendo, esa vena dura encallada en el silencio, vuelve a palpitar. Entonces los vivos quedamos expuestos, destrozados.
Yo, Perro, que no lloro ni canto, sólo pienso: el amor es la verdadera resistencia, pero está presto siempre a la avería. Yo, que soy sólo un perro y miro desde aquí a las aves, a los árboles, las madres, los niños y a otros muertos, sólo sé que compartiré lo que hay entre el cielo y la tierra, compartiré con ellos mi tumba.
("periódico de poesía")
sábado, 22 de diciembre de 2018
Miyó Vestrini (1938/1991 )
Valiente ciudadano
a maría inmaculada barrios
Morid con el pensamiento cada mañana y ya no temeréis morir.
(Tratado Hagakuse)
Dame, señor,
una muerte que enfurezca.
Una muerte tan ofensiva
como a los que ofendí.
Una muerte que soporte la lluvia
de Santiago de Compostela,
y de paso,
mate a los que me ofendieron.
Dame, señor,
esa muerte de la intemperie
que sorprende y tranquiliza.
Haz que esté largando mocos y lágrimas,
suplicando piedad
y deseando muerte ajena.
Haz, señor,
que aquel hombre con piel inédita
reconozca en mí al animal de los olivares.
Que su cuerpo pese sobre el mío
y haga dulce
la entrada al fuego.
Te prometo haberlo visto todo.
La misma culpa con la que nací,
el mismo furor.
Haz, señor,
que esté escuchando a Vinicio de Moraes
y a María Betania
y prometiendo que mañana,
lunes,
me inscribiré en un curso para aprender brasileño.
Que venga la muerte
cuando descubras en mí
alguna oculta intención de poder
y cuando sepas,
por tus informantes,
de mis maniobras para pasar la historia.
Cuando te digan, señor,
que he agotado todos los recursos de la fatiga
sin pedir clemencia,
entonces, señor,
dame duro.
Haz que este golpe que tengo en la frente
por abrir puertas a cabezazos
se ponga
rojo,
latiente,
doloroso.
Supongamos, señor,
que eres el big-bang.
Que ningún territorio escapa a tu vigilancia.
Que los hot-dogs son tema de tu predilección.
Que tu deseo de mí es parte obscena
de tu personalidad.
Entonces, señor,
examina mi estómago abultado
por los espaguetis de Portofino
por las favadas del Guernica
por los pasteles de coliflor de mi madre
por los largos tragos de cerveza y ron.
Espía, señor, los rostros de mi espejo en el espejo,
yo, la pusilánime astuciosa
la del dedo en el aire
abanicando a la aburrida concurrencia.
Podrías venir al cine, señor.
Veríamos Brazil,
La vaquilla,
Un día de campo,
El cartero y Gatsby.
Me escucharías
sacudida por la risa
y el temor.
Permíteme, señor,
contemplarme como soy:
el rifle en la mano
la granada en la boca
destripando a la gente que amo.
Acuéstate conmigo en la madrugada, señor,
cuando mi respiración es un golpe de piedras
en la corriente del río.
Y verás cómo nada,
ni siquiera la leche de tus cantares,
puede darme una muerte que me enfurezca.
("periódico de poesía")
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