Cementerio
Nadie acudirá con flores a este cementerio.
Víctimas de la vejez, del uso y de una belleza
pasada de moda,
los zapatos, finalmente, descansan.
Orgullosos, guardan el polvo de los caminos
y el humor de su señor, el pie.
Pero, ¿dónde están ahora sus dueños?
¿Recorren el mundo en otras barcas?
¿O acaso yacen también, desamparados,
en otros cementerios?
(texto tomado de Poesía portátil 1979-2006,
ed. UNAM, México, 2009)
jueves, 24 de marzo de 2011
miércoles, 23 de marzo de 2011
CRÓNICAS DE UN NÓBEL
Gabriel García Márquez, 1955
Un testigo presencial de la devastación de Hiroshima por la bomba atómica está desde ayer en Bogotá: el sacerdote jesuita Pedro Arrupe, quien el 6 de agosto de 1945 -primer día de la era atómica- desempeñaba el cargo de rector del noviciado de la compañía de Jesús en Hiroshima. Por ser español y ser España un país neutral, el padre Arrupe continuaba en territorio japonés después de que el gobierno del Mikado había dispuesto de todos los extranjeros originarios de países beligerantes. No había guerra en Hiroshima. Curiosamente, en una de las principales ciudades japonesas, con 400.000 habitantes, de los cuales 30.000 eran militares, no se habían conocido los estragos de una guerra internacional de seis años: una sola bomba había sido arrojada sobre la ciudad, y sus habitantes tenían motivos para pensar que se trató de un bombardeo accidental, sin ninguna consecuencia.
Escuelas de 2.000 niños
Sin embargo -cuenta el padre Arruple- la población civil estaba preparada para cualquier emergencia. La policía de Hiroshima tenía una organización perfecta, por medio de la cual se controlaba a una ciudad más grande y más poblada que cualquiera de las ciudades colombianas: una ciudad compuesta en general por la clase media japonesa, dedicada al comercio en pequeña escala y a la pesca fluvial. De los 100.000 habitantes 50.000 eran niños en edad escolar. Y es posible afirmar que el 6 de agosto de 1945, eso 50.000 niños estaban en la escuela, mientras sus padres se dirigían al trabajo. En el Japón la educación era obligatoria durante los 8 primeros años, y cada escuela de Hiroshima era un enorme local con capacidad para 2.000 niños.
El último minuto
Mientras Tokio, la capital, había sido devastada en gran parte por los constantes bombardeos, Hiroshima era una gigantesca ciudad intacta, con casas de madera construidas de madera liviana para disminuir el constante riesgo de los terremotos. Todos los habitantes, salvo los sacerdotes católicos y 500 japoneses, profesaban el culto Buda: había 750 templos, y apenas una pequeña parroquia católica en el centro mismo de la explosión, y una capilla en el noviciado, a 6 kilómetros de distancia.
A pesar de que nunca había padecido un bombardeo, la población de Hiroshima severamente disciplinada, se precipitaba a los refugios cada vez que sonaban las sirenas de alarma. Había numerosas sirenas distribuidas por toda la ciudad. El 6 de agosto de 1945, un poco antes de las ocho de la mañana, los ciudadanos que se dirigían a su labor, y los niños en la escuela (las clases comenzaban a las siete), oyeron sonar las sirenas y corrieron a los refugios antiaéreos. Poco después se anunció que había cesado el peligro y la ciudad reanudó su marcha normal.
¡El flash!
El padre Pedro Arrupe cuenta que en ese instante, después de la misa y el desayuno, se encontraba en su alcoba cuando sonaron las sirenas de alarma. Luego oyó la señal de que había cesado el peligro. El día comenzaba como siempre. En el noviciado, a pesar de la distancia, se advertía perfectamente el movimiento de la ciudad.
“De pronto vi un resplandor como el de la bombilla de un fotógrafo”, dice el padre Arrupe. Pero no recuerda haber escuchado la explosión. Hubo una vibración tremenda: las cosas saltaron de su escritorio y la alcoba fue invadida por una violenta tempestad de vidrios rotos, de pedazos de madera y ladrillos. Un sacerdote que avanzaba por el corredor fue arrastrado por un terrible huracán. Un segundo después surgió un silencio impenetrable, y el padre Arruple, incorporándose trabajosamente, pensó que había caído una bomba en el jardín.
¿Qué pasó?
El antiguo rector del noviciado de Hiroshima, que tiene la apariencia de ser un hombre sereno, recuerda aquel instante particularmente por el silencio. Transcurrieron más de 10 minutos después del relámpago, sin que se hubiera dado cuenta de que la ciudad estaba en llamas. Los habitantes del noviciado tuvieron tiempo de inspeccionar el jardín, antes de que el humo blanco y espeso se disipara por completo y se viera, a seis kilómetros de distancia, el gigantesco e incontenible incendio que devoraba la ciudad.
“Ahora cualquiera entiende esto”, explica el padre Arrupe. Pero aquel día nadie había oído hablar de una bomba atómica ni de la posibilidad de que alguien la fabricara y la lanzara sobre una ciudad de 400.000 habitantes. Pensaron que se trataba de un accidente local, y los funcionarios del noviciado se dirigieron a la ciudad a prestar los primeros auxilios. Fueron en bicicleta.
Recuerdo del Apocalipsis
“No hay modo de describir lo que encontramos”, cuenta el sacerdote. Y dice sencillamente que hay que imaginar el caos: donde antes había calles no había sino escombros; donde había casas solo se encontraban ruinas, y en la terrible crepitación del incendio y el humo y el polvo, era imposible ver o escuchar algo que recordara la presencia humana.
Gente humilde de las aldeas vecinas trataban de llegar al centro de la catástrofe. Pero era imposible. Las enormes llamaradas de más de un ciento de metros de altura impedían el acceso a la ciudad. Antes del medio día comenzaron a desarrollarse fantásticos fenómenos atmosféricos.
Un terremoto de laboratorio
Primero fue la lluvia. Un violento aguacero se desplomó sobre la ciudad y extinguió las llamas en menos de una hora. Después fue un tremendo huracán que condujo por el aire enorme troncos de árboles calcinados, rueda de vehículos, animales muertos y toda clase es escombros. Por encima de las cabezas de los sobrevivientes , pasaron a considerable altura, volando, impulsados por el huracán, los destrozos de la catástrofe.
En aquel instante fueron aterradores, pero en la actualidad aquellos fenómenos están perfectamente explicados: la condensación de vapor provocada por la inconcebible elevación de la temperatura -que se ha calculado en un millón de grados centígrados- fue el origen de la lluvia torrencial. El vacío, la descompensación producida por la violenta absorción, dio origen al huracán apocalíptico que contribuyó a agravar la confusión y el terror.
Las primeras víctimas
El primer contacto que tuvo el padre Arrupe con las víctimas de las catástrofe fue la visión de tres mujeres jóvenes , abrazadas, que con el cuerpo en carne viva surgieron de los escombros. Entonces comprendió que no s trataba de un incendio corriente: el cabello de las víctimas se desprendía con extrema facilidad y en pocas horas la ciudad había sido destruida por completo y sus habitantes reducidos a una confusa multitud de cadáveres y moribundos ambulantes.
Se ignoraba cuáles debían ser los primeros auxilios en aquel caso. No eran quemaduras corrientes. A un grupo de niños socorrido por el padre Arrupe, se le desprendía sin esfuerzo el cuero cabelludo. Entre piel y los huesos se encontraron pedazos de vidrios incrustados.
A salvo en el río
Hiroshima e una ciudad construida en las cinco islas formadas por el delta del río Otagawa. Cuatro brazos fluviales la atraviesan de lado a lado. Cuando estalló el caos, cuando las llamas gigantescas se levantaron en toda la ciudad, los sobrevivientes solo pensaron en correr hacia el agua. A las cinco de la tarde el padre Arrupe logró penetrar a la ciudad. Avanzó, con una multitud venida de las aldeas vecinas, por sobre escombros, y vio cuerpos destrozados, rostros de agonizantes desfigurados y los ríos densamente ocupados por una multitud caótica y delirante.
“Los niños de Hiroshima”
En la película “Los Niños de Hiroshima” -una película que el padre Arrupe no ha visto- se ha reconstruido la catástrofe, minuto a minuto. Por la descripción que hace el único testigo presencial que ha venido a Colombia, se advierte que la reconstrucción del filmes de una asombrosa fidelidad, de un milagroso realismo. La multitud se desplazó, como una gran masa flotante, hacia los diferentes brazos de los ríos. Y hubo una razón para que fueran mayores los estragos en la población infantil: a las 8:10 de la mañana, hora en que estalló la bomba, puede decirse que no había un niño en edad escolar cerca de sus padres. Todos estaban en la escuela. Cuando al atardecer empezaron a prestarse los primeros auxilios, los padres de familia estaban bajo los escombros de los hogares o los establecimientos comerciales. Y los niños, todos los de Hiroshima, confundidos, desfigurados y sin identificar; 50.000 niños estudiantes, estaban muertos, heridos o agonizando en masa, bajo los escombros de las escuelas.
20 kilos de ácido bórico
En Hiroshima había 260 médicos, 200 murieron instantáneamente a causa de la explosión. La mayoría de los restantes quedó herida. Los muy pocos sobrevivientes -entre ellos el padre Arrupe , graduado en medicina no disponía de ningún elemento para auxiliar a las víctimas. Las farmacias, los depósitos de drogas, habían desaparecido bajo los escombros. Y aun en el caso de que se hubiera dispuesto de elementos, se ignoraba por completo qué clase de tratamiento debía de aplicarse a las víctimas de aquella monstruosa explosión.
Los primeros heridos auxiliados por el padre Arrupe, sin embargo, fueron favorecidos por un acontecimiento todavía no explicado: en medio de la confusión un aldeano puso a disposición del sacerdote un saco con 20 kilos de ácido bórico. Fue el primer tratamiento que se les administró: cubrir todas las heridas con ácido bórico. En la actualidad, todos se encuentran en buen estado de salud, dice el padre Arrupe, quien todavía no puede entender qué hacía un campesino de Hiroshima con 20 kilos de ácido bórico en su casa.
Tres causas de muerte
El antiguo rector del noviciado de Hiroshima dice que en la ciudad no hubo pánico el 6 de agosto de 1945. La población recibió la catástrofe con su indolente fatalismo oriental. Los sobrevivientes se desplazaron hacia el agua no en busca de refrigeración -que es una creencia generalizada- sino en busca de un lugar donde estuvieran a salvo de las llamas.
Resulta imposible establecer por la experiencia de Hiroshima, los verdaderos efectos de la bomba atómica. El lugar donde estalló -a 600 metros de altura, pues fue lanzada en paracaídas- era el centro geográfico y al mismo tiempo el centro comercial de la ciudad. En torno a ese centro, en una área de dos kilómetros y medio, los habitantes fueron víctimas inmediatas de la radioactividad, el calor y la explosión. En el área de dos kilómetros y medio en torno al centro de radioactividad, fueron víctimas de las reacciones térmicas y de la explosión. De allí en adelante, en un área de seis kilómetros en la cual se encontraba el noviciado de la Compañía de Jesús, las víctimas fueron ocasionadas exclusivamente por la explosión.
La huella de un hombre
El padre Arrupe opina que ninguna de las personas penetraron el área de radioactividad después de la explosión, sufrieron trastornos físicos o mentales posteriores. Él mismo penetró esa área seis horas después de la catástrofe, sin sufrir ninguna perturbación, pues el cabello que ahora le falta -aclara sonriente- se ha desprendido de su cabeza por causas diferentes a la radioactividad.
En el área de explosión hubo considerable cantidad de víctimas, ocasionadas por los escombros y los cristales esparcidos. En cambio, en el centro mismo de la explosión, en el área radioactiva, seis sacerdotes que se encontraban en la sede de la parroquia -un edificio de concreto-resultaron ilesos. Solo uno de ellos presentó más tarde trastornos físicos ocasionados por la radioactividad. En el edificio del banco de Osaka quedó estampada en la pared la silueta de un obrero que en el instante de la explosión ascendía por la escalera.
Hoy
La recuperación moral de Hiroshima fue casi inmediata. Al día siguiente de la catástrofe empezaron a recibirse auxilios de las ciudades vecinas. Durante seis días cada sobreviviente recibió una escudilla con 150 gramos de arroz. La fortaleza moral del pueblo fue superior a la bárbara y despiadada experiencia atómica. En menos de una semana se cremaron los cadáveres, se organizó a los sobrevivientes, se improvisaron los hospitales y se identificó a los millares de niños que quedaron a la deriva.
A fines de ese año la ciudad estaba rudimentaria pero totalmente reconstruida. Los escombros había sido removidos y las casas fabricadas de nuevo con latas de conserva, papel periódico y desperdicios la catástrofe. Desde el trágico 6 de agosto hasta el momento actual, ha sido reconstruida tres veces. La segunda vez fue de madera. En la actualidad, y en virtud de una ley japonesa que ordena que sea construida en concreto toda casa con más de dos plantas, la ciudad está completamente modernizada, y tiene la calle más ancha del mundo: más de cien metros. Pero para transitar por esa calle hacen falta las 240.000 personas que murieron en la explosión.
(El Espectador, diario colombiano, celebra el 124 aniversario con la reedición de algunas crónicas periodísticas del mundialmente conocido Gabo, residente hoy en la ciudad de México, aquejado de demencia senil -confiesan sus allegados. Se diría que, al paso del tiempo, la fuerza de la prosa es más concentrada e indudablemente vigente por la situación que atraviesa Japón.)
Un testigo presencial de la devastación de Hiroshima por la bomba atómica está desde ayer en Bogotá: el sacerdote jesuita Pedro Arrupe, quien el 6 de agosto de 1945 -primer día de la era atómica- desempeñaba el cargo de rector del noviciado de la compañía de Jesús en Hiroshima. Por ser español y ser España un país neutral, el padre Arrupe continuaba en territorio japonés después de que el gobierno del Mikado había dispuesto de todos los extranjeros originarios de países beligerantes. No había guerra en Hiroshima. Curiosamente, en una de las principales ciudades japonesas, con 400.000 habitantes, de los cuales 30.000 eran militares, no se habían conocido los estragos de una guerra internacional de seis años: una sola bomba había sido arrojada sobre la ciudad, y sus habitantes tenían motivos para pensar que se trató de un bombardeo accidental, sin ninguna consecuencia.
Escuelas de 2.000 niños
Sin embargo -cuenta el padre Arruple- la población civil estaba preparada para cualquier emergencia. La policía de Hiroshima tenía una organización perfecta, por medio de la cual se controlaba a una ciudad más grande y más poblada que cualquiera de las ciudades colombianas: una ciudad compuesta en general por la clase media japonesa, dedicada al comercio en pequeña escala y a la pesca fluvial. De los 100.000 habitantes 50.000 eran niños en edad escolar. Y es posible afirmar que el 6 de agosto de 1945, eso 50.000 niños estaban en la escuela, mientras sus padres se dirigían al trabajo. En el Japón la educación era obligatoria durante los 8 primeros años, y cada escuela de Hiroshima era un enorme local con capacidad para 2.000 niños.
El último minuto
Mientras Tokio, la capital, había sido devastada en gran parte por los constantes bombardeos, Hiroshima era una gigantesca ciudad intacta, con casas de madera construidas de madera liviana para disminuir el constante riesgo de los terremotos. Todos los habitantes, salvo los sacerdotes católicos y 500 japoneses, profesaban el culto Buda: había 750 templos, y apenas una pequeña parroquia católica en el centro mismo de la explosión, y una capilla en el noviciado, a 6 kilómetros de distancia.
A pesar de que nunca había padecido un bombardeo, la población de Hiroshima severamente disciplinada, se precipitaba a los refugios cada vez que sonaban las sirenas de alarma. Había numerosas sirenas distribuidas por toda la ciudad. El 6 de agosto de 1945, un poco antes de las ocho de la mañana, los ciudadanos que se dirigían a su labor, y los niños en la escuela (las clases comenzaban a las siete), oyeron sonar las sirenas y corrieron a los refugios antiaéreos. Poco después se anunció que había cesado el peligro y la ciudad reanudó su marcha normal.
¡El flash!
El padre Pedro Arrupe cuenta que en ese instante, después de la misa y el desayuno, se encontraba en su alcoba cuando sonaron las sirenas de alarma. Luego oyó la señal de que había cesado el peligro. El día comenzaba como siempre. En el noviciado, a pesar de la distancia, se advertía perfectamente el movimiento de la ciudad.
“De pronto vi un resplandor como el de la bombilla de un fotógrafo”, dice el padre Arrupe. Pero no recuerda haber escuchado la explosión. Hubo una vibración tremenda: las cosas saltaron de su escritorio y la alcoba fue invadida por una violenta tempestad de vidrios rotos, de pedazos de madera y ladrillos. Un sacerdote que avanzaba por el corredor fue arrastrado por un terrible huracán. Un segundo después surgió un silencio impenetrable, y el padre Arruple, incorporándose trabajosamente, pensó que había caído una bomba en el jardín.
¿Qué pasó?
El antiguo rector del noviciado de Hiroshima, que tiene la apariencia de ser un hombre sereno, recuerda aquel instante particularmente por el silencio. Transcurrieron más de 10 minutos después del relámpago, sin que se hubiera dado cuenta de que la ciudad estaba en llamas. Los habitantes del noviciado tuvieron tiempo de inspeccionar el jardín, antes de que el humo blanco y espeso se disipara por completo y se viera, a seis kilómetros de distancia, el gigantesco e incontenible incendio que devoraba la ciudad.
“Ahora cualquiera entiende esto”, explica el padre Arrupe. Pero aquel día nadie había oído hablar de una bomba atómica ni de la posibilidad de que alguien la fabricara y la lanzara sobre una ciudad de 400.000 habitantes. Pensaron que se trataba de un accidente local, y los funcionarios del noviciado se dirigieron a la ciudad a prestar los primeros auxilios. Fueron en bicicleta.
Recuerdo del Apocalipsis
“No hay modo de describir lo que encontramos”, cuenta el sacerdote. Y dice sencillamente que hay que imaginar el caos: donde antes había calles no había sino escombros; donde había casas solo se encontraban ruinas, y en la terrible crepitación del incendio y el humo y el polvo, era imposible ver o escuchar algo que recordara la presencia humana.
Gente humilde de las aldeas vecinas trataban de llegar al centro de la catástrofe. Pero era imposible. Las enormes llamaradas de más de un ciento de metros de altura impedían el acceso a la ciudad. Antes del medio día comenzaron a desarrollarse fantásticos fenómenos atmosféricos.
Un terremoto de laboratorio
Primero fue la lluvia. Un violento aguacero se desplomó sobre la ciudad y extinguió las llamas en menos de una hora. Después fue un tremendo huracán que condujo por el aire enorme troncos de árboles calcinados, rueda de vehículos, animales muertos y toda clase es escombros. Por encima de las cabezas de los sobrevivientes , pasaron a considerable altura, volando, impulsados por el huracán, los destrozos de la catástrofe.
En aquel instante fueron aterradores, pero en la actualidad aquellos fenómenos están perfectamente explicados: la condensación de vapor provocada por la inconcebible elevación de la temperatura -que se ha calculado en un millón de grados centígrados- fue el origen de la lluvia torrencial. El vacío, la descompensación producida por la violenta absorción, dio origen al huracán apocalíptico que contribuyó a agravar la confusión y el terror.
Las primeras víctimas
El primer contacto que tuvo el padre Arrupe con las víctimas de las catástrofe fue la visión de tres mujeres jóvenes , abrazadas, que con el cuerpo en carne viva surgieron de los escombros. Entonces comprendió que no s trataba de un incendio corriente: el cabello de las víctimas se desprendía con extrema facilidad y en pocas horas la ciudad había sido destruida por completo y sus habitantes reducidos a una confusa multitud de cadáveres y moribundos ambulantes.
Se ignoraba cuáles debían ser los primeros auxilios en aquel caso. No eran quemaduras corrientes. A un grupo de niños socorrido por el padre Arrupe, se le desprendía sin esfuerzo el cuero cabelludo. Entre piel y los huesos se encontraron pedazos de vidrios incrustados.
A salvo en el río
Hiroshima e una ciudad construida en las cinco islas formadas por el delta del río Otagawa. Cuatro brazos fluviales la atraviesan de lado a lado. Cuando estalló el caos, cuando las llamas gigantescas se levantaron en toda la ciudad, los sobrevivientes solo pensaron en correr hacia el agua. A las cinco de la tarde el padre Arrupe logró penetrar a la ciudad. Avanzó, con una multitud venida de las aldeas vecinas, por sobre escombros, y vio cuerpos destrozados, rostros de agonizantes desfigurados y los ríos densamente ocupados por una multitud caótica y delirante.
“Los niños de Hiroshima”
En la película “Los Niños de Hiroshima” -una película que el padre Arrupe no ha visto- se ha reconstruido la catástrofe, minuto a minuto. Por la descripción que hace el único testigo presencial que ha venido a Colombia, se advierte que la reconstrucción del filmes de una asombrosa fidelidad, de un milagroso realismo. La multitud se desplazó, como una gran masa flotante, hacia los diferentes brazos de los ríos. Y hubo una razón para que fueran mayores los estragos en la población infantil: a las 8:10 de la mañana, hora en que estalló la bomba, puede decirse que no había un niño en edad escolar cerca de sus padres. Todos estaban en la escuela. Cuando al atardecer empezaron a prestarse los primeros auxilios, los padres de familia estaban bajo los escombros de los hogares o los establecimientos comerciales. Y los niños, todos los de Hiroshima, confundidos, desfigurados y sin identificar; 50.000 niños estudiantes, estaban muertos, heridos o agonizando en masa, bajo los escombros de las escuelas.
20 kilos de ácido bórico
En Hiroshima había 260 médicos, 200 murieron instantáneamente a causa de la explosión. La mayoría de los restantes quedó herida. Los muy pocos sobrevivientes -entre ellos el padre Arrupe , graduado en medicina no disponía de ningún elemento para auxiliar a las víctimas. Las farmacias, los depósitos de drogas, habían desaparecido bajo los escombros. Y aun en el caso de que se hubiera dispuesto de elementos, se ignoraba por completo qué clase de tratamiento debía de aplicarse a las víctimas de aquella monstruosa explosión.
Los primeros heridos auxiliados por el padre Arrupe, sin embargo, fueron favorecidos por un acontecimiento todavía no explicado: en medio de la confusión un aldeano puso a disposición del sacerdote un saco con 20 kilos de ácido bórico. Fue el primer tratamiento que se les administró: cubrir todas las heridas con ácido bórico. En la actualidad, todos se encuentran en buen estado de salud, dice el padre Arrupe, quien todavía no puede entender qué hacía un campesino de Hiroshima con 20 kilos de ácido bórico en su casa.
Tres causas de muerte
El antiguo rector del noviciado de Hiroshima dice que en la ciudad no hubo pánico el 6 de agosto de 1945. La población recibió la catástrofe con su indolente fatalismo oriental. Los sobrevivientes se desplazaron hacia el agua no en busca de refrigeración -que es una creencia generalizada- sino en busca de un lugar donde estuvieran a salvo de las llamas.
Resulta imposible establecer por la experiencia de Hiroshima, los verdaderos efectos de la bomba atómica. El lugar donde estalló -a 600 metros de altura, pues fue lanzada en paracaídas- era el centro geográfico y al mismo tiempo el centro comercial de la ciudad. En torno a ese centro, en una área de dos kilómetros y medio, los habitantes fueron víctimas inmediatas de la radioactividad, el calor y la explosión. En el área de dos kilómetros y medio en torno al centro de radioactividad, fueron víctimas de las reacciones térmicas y de la explosión. De allí en adelante, en un área de seis kilómetros en la cual se encontraba el noviciado de la Compañía de Jesús, las víctimas fueron ocasionadas exclusivamente por la explosión.
La huella de un hombre
El padre Arrupe opina que ninguna de las personas penetraron el área de radioactividad después de la explosión, sufrieron trastornos físicos o mentales posteriores. Él mismo penetró esa área seis horas después de la catástrofe, sin sufrir ninguna perturbación, pues el cabello que ahora le falta -aclara sonriente- se ha desprendido de su cabeza por causas diferentes a la radioactividad.
En el área de explosión hubo considerable cantidad de víctimas, ocasionadas por los escombros y los cristales esparcidos. En cambio, en el centro mismo de la explosión, en el área radioactiva, seis sacerdotes que se encontraban en la sede de la parroquia -un edificio de concreto-resultaron ilesos. Solo uno de ellos presentó más tarde trastornos físicos ocasionados por la radioactividad. En el edificio del banco de Osaka quedó estampada en la pared la silueta de un obrero que en el instante de la explosión ascendía por la escalera.
Hoy
La recuperación moral de Hiroshima fue casi inmediata. Al día siguiente de la catástrofe empezaron a recibirse auxilios de las ciudades vecinas. Durante seis días cada sobreviviente recibió una escudilla con 150 gramos de arroz. La fortaleza moral del pueblo fue superior a la bárbara y despiadada experiencia atómica. En menos de una semana se cremaron los cadáveres, se organizó a los sobrevivientes, se improvisaron los hospitales y se identificó a los millares de niños que quedaron a la deriva.
A fines de ese año la ciudad estaba rudimentaria pero totalmente reconstruida. Los escombros había sido removidos y las casas fabricadas de nuevo con latas de conserva, papel periódico y desperdicios la catástrofe. Desde el trágico 6 de agosto hasta el momento actual, ha sido reconstruida tres veces. La segunda vez fue de madera. En la actualidad, y en virtud de una ley japonesa que ordena que sea construida en concreto toda casa con más de dos plantas, la ciudad está completamente modernizada, y tiene la calle más ancha del mundo: más de cien metros. Pero para transitar por esa calle hacen falta las 240.000 personas que murieron en la explosión.
(El Espectador, diario colombiano, celebra el 124 aniversario con la reedición de algunas crónicas periodísticas del mundialmente conocido Gabo, residente hoy en la ciudad de México, aquejado de demencia senil -confiesan sus allegados. Se diría que, al paso del tiempo, la fuerza de la prosa es más concentrada e indudablemente vigente por la situación que atraviesa Japón.)
JOHN JOE Y MURRAY
Ha ocurrido en Pensilvania (Estados Unidos). John Joe Thomas, de 28 años, ha sido detenido y acusado de la muerte de Murray Seidman, de 70 años, al que habría asesinado golpeándole con una piedras tras haberle sugerido Seidman, al parecer, mantener relaciones. Thomas, que ha admitido ser el autor de la muerte, alega que lo hizo siguiendo el mandato del Antiguo Testamento.
Ambos hombres mantenían una relación previa cuya naturaleza no está todavía clara para los investigadores. El joven Thomas pasaba días enteros en la vivienda de Seidman, y al parecer es el único beneficiario de su testamento. Thomas ha afirmado que cuando Seidman le hizo insinuaciones sexuales “recibió un mensaje” en sus oraciones indicándole que debía matarlo, en cumplimiento de lo que ordena la Biblia, que según él establece que se debe lapidar a los homosexuales hasta la muerte. Por eso utilizó al parecer un calcetín que llenó de piedras y con el que golpeó repetidamente a Seidman en la cabeza.
Thomas abandonó el apartamento y volvió varios días después (el 12 de enero), llamando en ese momento a la Policía, a la que dijo entonces que se había encontrado el cuerpo sin vida de la víctima.
Una terrible muerte cuyas motivaciones reales (avaricia, fanatismo religioso, enfermedad mental o incluso homofobia internalizada) quizá nunca se lleguen a conocer del todo.
(nota reproducida del blog 'dos manzanas'.)
Ambos hombres mantenían una relación previa cuya naturaleza no está todavía clara para los investigadores. El joven Thomas pasaba días enteros en la vivienda de Seidman, y al parecer es el único beneficiario de su testamento. Thomas ha afirmado que cuando Seidman le hizo insinuaciones sexuales “recibió un mensaje” en sus oraciones indicándole que debía matarlo, en cumplimiento de lo que ordena la Biblia, que según él establece que se debe lapidar a los homosexuales hasta la muerte. Por eso utilizó al parecer un calcetín que llenó de piedras y con el que golpeó repetidamente a Seidman en la cabeza.
Thomas abandonó el apartamento y volvió varios días después (el 12 de enero), llamando en ese momento a la Policía, a la que dijo entonces que se había encontrado el cuerpo sin vida de la víctima.
Una terrible muerte cuyas motivaciones reales (avaricia, fanatismo religioso, enfermedad mental o incluso homofobia internalizada) quizá nunca se lleguen a conocer del todo.
(nota reproducida del blog 'dos manzanas'.)
martes, 22 de marzo de 2011
LA MENDICIDAD EN MÉXICO
El problema no es solamente del gobierno, aunque le toque actuar en consecuencia junto con la Aduana Fronteriza de cuyos espacios se apoderan. Algo incumbe a las almas generosas que en aras de tranquilizar la conciencia o ser compasivas, fomentan la mendicidad, práctica en la que incurren los desacostumbrados al trabajo (recibir órdenes, sujetarse a un horario, ganar poco… ) y padres irresponsables que sin menoscabo exhiben a sus hijos y tienden la mano aunque en ello les lleve horas de asolearse, sufrir calor, aire, frío y peor, perder la dignidad al recibir insultos que no pocas veces les lanzan quienes al contrario de los altruistas los ven como estorbo o adefesio en la vía pública.
Son los pedigüeños apostados en los puentes internacionales, concretamente el de Córdova, donde hay niños lisiados sostenidos por un adulto o en silla de ruedas, con letreros que solicitan la ayuda para “mis pampers”; músicos que en otras circunstancias se escucharían mejor; ancianos desvalidos o ciegos; mujeres en estado de gravidez sujetando a un infante para quien piden ayuda. Hay también menores pidiendo para “mis útiles” y como detalle folclórico, mujeres y niñas tarahumaras a quienes antes sólo se les veía ofreciendo canastas, yerbas medicinales y pinole.
No son uno, ni dos… son muchos mezclados con vendedores de flores, churros, agua, artesanías, periódicos y demás, a su vez posesionados de los puentes, cuya osadía les permite, a veces, avanzar unos metros al lado norteamericano. El espectáculo simplemente deprime, duele y molesta, y es otra de las imágenes negativas que la ciudad proyecta.Es precisamente en esas inmediaciones por donde se pretende empezar a cambiar la imagen de Juárez, con un concierto a cargo de figuras mundiales que hasta ahora no se ha dicho si tendrán la valentía de pasar de la joroba del Puente Libre y si advertidos de nuestra circunstancia se animarán a hacer un recorrido para conocer los pocos atractivos que quedan, pregunta oficiosa dado el terror a la inseguridad y a la contaminación de nuestra idiosincrasia que despertamos en los de afuera.
Como sea, los indigentes en los puentes internacionales y en los principales cruceros citadinos, son muestra del detrimento y a su vez, parte de los agobios que se tienen encima, tantos que ya ni siquiera atención se pone en personas que sin provocar conflictos violentos (eso se cree) se suman a la cadena de males que debieran evitarse ergo demandan silenciosamente cumplimiento de los derechos constitucionales sobre alimentación, salud, trabajo, educación.
Con ellos no se tomaron la foto los actuales gobernantes y sus precedentes tampoco. Curiosamente no se les ve en los grandes mítines políticos donde las ofertas de mejoría se hacen sin distinción, aunque sí deben estar incluidos en los 43 millones de mexicanos en pobreza extrema. Los sociólogos, trabajadores sociales, derechohumanistas y quienes se desgarran las vestiduras por el prójimo no han puesto sus ojos en ellos ni se hacen portavoces de sus necesidades. Sólo los miran centenares de automovilistas que hacen su trayecto de El Paso a Juárez todos los días.
Hay aquí organizaciones altruistas para todos los males o percances que pueda sufrir y enfrentar cualquier persona: niños de la calle, con cáncer, con parálisis o alguna deformidad o simplemente desvalidos frente al abandono de quienes los procrearon; apoyos para becas así como instituciones de bienestar para los ancianos y para los indígenas. A través del redondeo en los centros comerciales se pide contribución para muchas de esas organizaciones y los juarenses responden. Contamos escuelas superiores que con frecuencia levantan encuestas y hacen estudios sobre la pobreza, pero todavía no hay alguna que haga algo en torno a pordioseros y los indague para precisar si realmente están en los extremos en que se exhiben explotando la generosidad de la gente.
Autoridades y sector privado están preocupadas por la imagen de la ciudad enturbiada por hechos de violencia y gastan millones en campañas para mejorarla; sin embargo, no hacen nada por eliminar el espectáculo de la indigencia subida de tono en espacios tan susceptibles como los puentes internacionales.
La solución no está, como seguramente piensan las autoridades, en retirarlos con la fuerza policíaca como tantas veces lo han hecho. Está en hacer algo por cada uno de ellos canalizándolos a las instituciones de beneficencia a las que más se apoyaría si realmente se viera interés en solucionar este problema social perceptible incluso al interior de centros comerciales donde también se les ve pidiendo “para comer”.
(Quizá la mendicidad sea tan ancestral como el hombre. Lo cierto es que no se necesita vivir en una urbe fronteriza como Ciudad Juárez ni industriosa como Guadalajara o Monterrey, la plaga de langostas de los pordioseros abunda a donde vayas. Desde aquél que llega con una bolsa vacía de suero para diálisis, aquella mujer que no puede pagar la estancia de un niño hospitalizado, hasta aquel que va a viajar al poblado vecino y distante una hora o la indígena que pide una moneda o un trozo de pan. ¿Falta de oportunidades para estudiar, ausencia de ofertas de empleo o simple comodidad o pura poltronería? Todo junto.Nota de Adela S. González, Diario de Juárez.)
Son los pedigüeños apostados en los puentes internacionales, concretamente el de Córdova, donde hay niños lisiados sostenidos por un adulto o en silla de ruedas, con letreros que solicitan la ayuda para “mis pampers”; músicos que en otras circunstancias se escucharían mejor; ancianos desvalidos o ciegos; mujeres en estado de gravidez sujetando a un infante para quien piden ayuda. Hay también menores pidiendo para “mis útiles” y como detalle folclórico, mujeres y niñas tarahumaras a quienes antes sólo se les veía ofreciendo canastas, yerbas medicinales y pinole.
No son uno, ni dos… son muchos mezclados con vendedores de flores, churros, agua, artesanías, periódicos y demás, a su vez posesionados de los puentes, cuya osadía les permite, a veces, avanzar unos metros al lado norteamericano. El espectáculo simplemente deprime, duele y molesta, y es otra de las imágenes negativas que la ciudad proyecta.Es precisamente en esas inmediaciones por donde se pretende empezar a cambiar la imagen de Juárez, con un concierto a cargo de figuras mundiales que hasta ahora no se ha dicho si tendrán la valentía de pasar de la joroba del Puente Libre y si advertidos de nuestra circunstancia se animarán a hacer un recorrido para conocer los pocos atractivos que quedan, pregunta oficiosa dado el terror a la inseguridad y a la contaminación de nuestra idiosincrasia que despertamos en los de afuera.
Como sea, los indigentes en los puentes internacionales y en los principales cruceros citadinos, son muestra del detrimento y a su vez, parte de los agobios que se tienen encima, tantos que ya ni siquiera atención se pone en personas que sin provocar conflictos violentos (eso se cree) se suman a la cadena de males que debieran evitarse ergo demandan silenciosamente cumplimiento de los derechos constitucionales sobre alimentación, salud, trabajo, educación.
Con ellos no se tomaron la foto los actuales gobernantes y sus precedentes tampoco. Curiosamente no se les ve en los grandes mítines políticos donde las ofertas de mejoría se hacen sin distinción, aunque sí deben estar incluidos en los 43 millones de mexicanos en pobreza extrema. Los sociólogos, trabajadores sociales, derechohumanistas y quienes se desgarran las vestiduras por el prójimo no han puesto sus ojos en ellos ni se hacen portavoces de sus necesidades. Sólo los miran centenares de automovilistas que hacen su trayecto de El Paso a Juárez todos los días.
Hay aquí organizaciones altruistas para todos los males o percances que pueda sufrir y enfrentar cualquier persona: niños de la calle, con cáncer, con parálisis o alguna deformidad o simplemente desvalidos frente al abandono de quienes los procrearon; apoyos para becas así como instituciones de bienestar para los ancianos y para los indígenas. A través del redondeo en los centros comerciales se pide contribución para muchas de esas organizaciones y los juarenses responden. Contamos escuelas superiores que con frecuencia levantan encuestas y hacen estudios sobre la pobreza, pero todavía no hay alguna que haga algo en torno a pordioseros y los indague para precisar si realmente están en los extremos en que se exhiben explotando la generosidad de la gente.
Autoridades y sector privado están preocupadas por la imagen de la ciudad enturbiada por hechos de violencia y gastan millones en campañas para mejorarla; sin embargo, no hacen nada por eliminar el espectáculo de la indigencia subida de tono en espacios tan susceptibles como los puentes internacionales.
La solución no está, como seguramente piensan las autoridades, en retirarlos con la fuerza policíaca como tantas veces lo han hecho. Está en hacer algo por cada uno de ellos canalizándolos a las instituciones de beneficencia a las que más se apoyaría si realmente se viera interés en solucionar este problema social perceptible incluso al interior de centros comerciales donde también se les ve pidiendo “para comer”.
(Quizá la mendicidad sea tan ancestral como el hombre. Lo cierto es que no se necesita vivir en una urbe fronteriza como Ciudad Juárez ni industriosa como Guadalajara o Monterrey, la plaga de langostas de los pordioseros abunda a donde vayas. Desde aquél que llega con una bolsa vacía de suero para diálisis, aquella mujer que no puede pagar la estancia de un niño hospitalizado, hasta aquel que va a viajar al poblado vecino y distante una hora o la indígena que pide una moneda o un trozo de pan. ¿Falta de oportunidades para estudiar, ausencia de ofertas de empleo o simple comodidad o pura poltronería? Todo junto.Nota de Adela S. González, Diario de Juárez.)
lunes, 21 de marzo de 2011
NAYAR RIVERA (1973)
No quiero que vengas.
Te hablé, te llamé, y ahora, por estas razones inciertas,
por estos incentivos que no ocurrirán, no te quiero aquí.
Quiero lo de siempre, otras cosas que no puedes darme, que no puedo darme.
Todas las islas, todas las tardes inmaculadas,
Arrecian los cuartos de alquiler, me llamo de mano casta,
me llamo heredero, testamentado.
El envoltorio no se rinde al placer o la ignorancia
Dentro de unos días, dentro de unas horas vendrás
hasta mi puerta laxa
con tu propia llave, con tu felpudo a cuestas, con el dedo
que señala, abunda, moja, intuye, asume, coquetea.
Por el ojo de la cerradura, por el aire cambiado por el horóscopo del día,
por la herrumbre de las tuberías, por el arroz instantáneo, por la cara larga
derramando llegadas anteriores, vendrás,
será como antes, será como nunca, un tanto malsano, un tanto suave
como la corteza de un hongo, como un comentario político,
y no sabré –y no sabrás– si hay un tesoro,
si todos estos días de pena,
si hay algo de cierto en la llegada
y las ofrendas.
(texto tomado del blog 'textos al azar', de nayar rivera.)
Te hablé, te llamé, y ahora, por estas razones inciertas,
por estos incentivos que no ocurrirán, no te quiero aquí.
Quiero lo de siempre, otras cosas que no puedes darme, que no puedo darme.
Todas las islas, todas las tardes inmaculadas,
Arrecian los cuartos de alquiler, me llamo de mano casta,
me llamo heredero, testamentado.
El envoltorio no se rinde al placer o la ignorancia
Dentro de unos días, dentro de unas horas vendrás
hasta mi puerta laxa
con tu propia llave, con tu felpudo a cuestas, con el dedo
que señala, abunda, moja, intuye, asume, coquetea.
Por el ojo de la cerradura, por el aire cambiado por el horóscopo del día,
por la herrumbre de las tuberías, por el arroz instantáneo, por la cara larga
derramando llegadas anteriores, vendrás,
será como antes, será como nunca, un tanto malsano, un tanto suave
como la corteza de un hongo, como un comentario político,
y no sabré –y no sabrás– si hay un tesoro,
si todos estos días de pena,
si hay algo de cierto en la llegada
y las ofrendas.
(texto tomado del blog 'textos al azar', de nayar rivera.)
MANNING, SOLDADO RASO
Bajo las condiciones actuales, además de dejarme desnudo por las noches, se me mantiene en régimen de aislamiento. Durante 23 horas al día me siento a solas en mi celda. Los guardias me controlan cada cinco minutos durante el día, preguntándome si estoy bien. Debo responder con algún gesto afirmativo. Por la noche, si los guardias no pueden verme con claridad, porque me he cubierto con una manta o estoy acurrucado contra la pared, me despiertan para asegurarse de que estoy bien. No puedo tener sábanas o almohada. No puedo tener mis enseres personales en mi celda. Solo puedo tener un libro o una revista a la vez para leer algo. El libro o la revista se me quitan por la noche, antes de dormir. Tampoco puedo hacer ejercicio en mi celda. Si intento hacer flexiones, sentadillas o cualquier otro tipo de ejercicio físico, los guardias me obligan a detenerme. Finalmente, solo puedo hacer una hora de ejercicio fuera de mi celda cada día. Ese ejercicio consiste en caminar en círculos, haciendo ochos, en una habitación vacía".
Héroe para algunos, villano para otros, en esa monotonía pasa sus días de encierro el soldado raso Bradley Manning, de 23 años, en una cárcel militar de máxima seguridad en Virginia, acusado de entregarle al portal WikiLeaks cientos de miles de informes clasificados sobre las guerras de Afganistán e Irak y cables secretos del Departamento de Estado. EL PAÍS ha obtenido una carta de 11 folios que el soldado envió el 10 de marzo al coronel Daniel J. Choike, jefe de la base de Quantico, en Virginia, donde se halla encerrado. En ella relata interminables días de soledad, confusión y desesperación.
El 18 de enero de 2011, y durante tres días, se puso a Manning en observación por riesgo de suicidio, por recomendación de un capitán y un psiquiatra. Perdió los pocos privilegios que tenía. "Se me obligó a quedarme en mi celda durante 24 horas al día. Se me quitó toda la ropa, a excepción de los calzoncillos. Se me quitaron las gafas, por lo que me tuve que quedar, básicamente, en una ceguera total".
El día anterior, unas 50 personas habían acudido a las puertas de la base militar de Quantico, a 45 kilómetros de Washington, cubiertas con máscaras que reproducían la cara del soldado y luciendo camisetas en las que se leía "Yo soy Bradley Manning". Se enfrentaron verbalmente con los guardias de seguridad, que tuvieron que pedir refuerzos. "Creo que el modo en que me trataron aquel día obedece a aquella protesta", asegura Manning. Las muestras de apoyo al soldado son ya un rito habitual, aunque meramente testimonial, en la capital norteamericana. Un simpatizante, Tighe Barry, aparece de vez en cuando ante el Departamento de Estado, ataviado solo con calzoncillos, para protestar con el mismo atuendo con el que Manning pasa sus noches en prisión preventiva.
El día después de aquella concentración en la base militar de Quantico, el Ejército tomó represalias. Sostiene Manning: "Ese día se me llevó fuera de mi celda para mi hora diaria de recreo. Cuando los guardias llegaron a mi celda, noté una diferencia respecto a su actitud habitual. En lugar de estar tranquilos y ser respetuosos, parecían nerviosos y agresivos. Además, en lugar de los habituales dos o tres guardias, había cuatro. Inmediatamente comenzaron a acosarme. El primero me dijo: 'Gírate a la izquierda'. Cuando le hice caso, el segundo me dijo: 'No gires a la izquierda'. Cuando intenté hacerle caso, el primero me repitió: 'He dicho que gires a la izquierda".
Desorientado, el soldado dejó que le pusieran los grilletes que suele llevar para ir de una celda a otra dentro de la cárcel. "Cuando me quitaron los grilletes, di un paso atrás para distanciarme de los guardias. Mi corazón latía con fuerza y me sentía mareado. Me senté para evitar caerme. Cuando lo hice, los guardias se me acercaron. Instintivamente, me alejé de ellos. En el momento en que me alejé vi en sus caras que me iban a volver a atar. Inmediatamente puse mis manos en el aire y dije que no iba a hacer nada, que solo quería cumplir órdenes".
Le dejaron en paz durante una hora. Cuando regresó a su celda, comenzó a leer un libro. Entonces le visitó brevemente el comandante James Averhart, que está al mando del calabozo en Quantico. "Me preguntó qué había pasado durante mi recreo. Mientras trataba de explicárselo, el comandante Averhart me detuvo y dijo: 'Yo soy el comandante' y 'nadie me dice lo que tengo que hacer'. Me dijo que era, a efectos prácticos, 'dios'. Yo le dije que, aun así, debía seguir las reglas del calabozo. También le dije que todos aquí tienen un jefe ante el que responder. Fue entonces cuando decidió ponerme bajo control por riesgo de suicidio".
Manning, soldado de formación, ya aislado desde julio, sabía lo que eso significaba -las dificultades para ver, la desnudez, el confinamiento absoluto- y se desesperó. Comenzó a tirarse del pelo, en un arrebato de rabia. "¿Por qué me hacéis esto? ¿Por qué me castigáis? ¡No he hecho nada malo! ¿Qué hice para merecer este tipo de trato?".
El caso del soldado Manning ha causado dos reacciones bien distintas. Para algunos, activistas cibernéticos en la era de Internet, simpatizantes anónimos del movimiento encarnado por WikiLeaks, el soldado es un héroe. Para la Casa Blanca y el Pentágono, sin embargo, Manning es un traidor que ha asistido servilmente al enemigo.
El soldado, en unas presuntas conversaciones mantenidas en mayo de 2010, a través de Internet, con el hacker norteamericano Adrian Lamo, admitió que sustrajo y entregó a WikiLeaks cientos de miles de documentos secretos, con la voluntad manifiesta de cambiar el mundo. Lamo filtró estos chats inicialmente a la revista Wired y delató a Manning ante el FBI y el Ejército. Tomó esa decisión, según dijo, por temor a que el soldado pusiera en riesgo la seguridad nacional norteamericana. Estas supuestas conversaciones son ahora un indicio que obra en manos de la fiscalía militar, que además ha seguido el rastro de Manning en los ordenadores portátiles de la base de Hammer, en Irak. El equipo de abogados de Manning no ha confirmado ni desmentido la autenticidad de esos contactos.
En esos chats, Manning se manifiesta como una persona profundamente decepcionada con su vida y con su país, alguien con ganas de cambiar el mundo y de ser reconocido por ello. "Se me crió católico, pero nunca creí una palabra de lo que me contaban. No tengo dios, creo que sigo valores humanistas. De hecho, llevo placas hechas especialmente para mí donde se lee: 'humanista", dijo. "Quiero que la gente vea la verdad, independientemente de quienes sean, porque sin información no podemos tomar decisiones serias como ciudadanos. Si hubiera sabido hace tiempo lo que sé ahora... o a lo mejor solo soy joven, inocente y estúpido".
¿Tenía la intención de ayudar al enemigo? "Si yo hubiera sido alguien más malicioso, podría haberle vendido esto a Rusia o China, y haberme hecho rico. Pero es algo que pertenece al dominio público. La información debería ser libre. Otra nación se hubiera aprovechado de la información para adquirir una ventaja. Pero si la información se expone, se convierte en un bien público".
Junto con esas ansias de cambiar el mundo, Manning demuestra una vulnerabilidad casi autodestructiva, admitida en supuestas confesiones como estas: "He estado aislado durante mucho tiempo. Solo quería ser buena gente, vivir una vida normal. Pero los eventos me obligaron a encontrar formas de sobrevivir, a ser lo suficientemente listo para darme cuenta de las cosas que pasan, pero incapaz de hacer nada al respecto. Nadie se fijaba en mí".
Alistado en el Ejército de Tierra desde 2007, formado como analista de inteligencia, Manning fue destinado en octubre de 2009 a la Segunda Brigada de Combate de la Décima División de Montaña, en la base de operaciones Hammer, al este de Bagdad. Tenía acceso a SIPRNet, una red secreta del Departamento de Defensa, y JWICS, otra red utilizada conjuntamente por Defensa y el Departamento de Estado para transmitir información clasificada. La fiscalía militar mantiene que Manning comenzó a descargarse documentos y a entregarlos a WikiLeaks un mes después de llegar a Irak.
Nacido en 1987 en Crescent, una localidad de 1.281 habitantes de Oklahoma, Manning vivió su infancia en lo que en Estados Unidos se conoce como el Cinturón de la Biblia, una franja de condados conservadores extremadamente religiosos que va de la costa atlántica a Tejas. Fue un ateo a la deriva en un océano de fe. Sus padres, que no pasaban mucho tiempo con él, se divorciaron cuando tenía 13 años. Él se mudó a Haverfordwest (Inglaterra) con su madre, que era galesa de nacimiento. Allí estudió la enseñanza secundaria y, tras terminarla, regresó a Oklahoma. Amigos suyos dicen que el padre le echó de casa a los pocos meses, vinculando ese hecho a que Bradley Manning había manifestado su homosexualidad.
Todo lo que Manning dice ser en sus supuestas conversaciones con Lamo -su inadaptación social, sus ganas de cambiar el mundo, sus ansias de aceptación- surge de aquellos oscuros años adolescentes en los que rompió lazos con su familia. Buscó algunos trabajos. Encontró empleos con pagas ínfimas. Llegó a dormir en un coche, sin hogar al que acudir. Pasó por Tulsa, luego por Chicago, y acabó en Potomac, en la zona metropolitana de Washington, la capital federal.
A los 20 años, el Ejército parecía un medio sencillo de obtener ingresos y alojamiento, además de formación. Así acabó alistándose Bradley Manning, a pesar de que entonces todavía imperaba en el Pentágono la ley que prohibía a los gais de uniforme manifestar abiertamente su sexualidad. Cuando se hallaba a la espera de ser enviado al frente de batalla, Manning conoció e inició una relación sentimental con Tyler Watkins, alguien que se definía en su blog como músico, experto en mercadotecnia y estudiante de psicología. En sus días de permiso, el soldado visitaba a su novio en Boston, donde este residía y estudiaba, en la Universidad de Brandeis. Allí conoció a su red de amigos, entre ellos un nutrido grupo de piratas informáticos, quienes le hicieron sentirse acogido, reconfortado, útil. Compartía con ellos una visión de la vida, una rebeldía contra el sistema, unas ganas de liberar a la sociedad haciendo de la información un bien público. Entonces, por primera y última vez, Bradley Manning fue feliz. Y, de repente, llegó Irak.
En el frente bélico, aislado de nuevo, Manning buscó pronto la aceptación de los demás. Desde luego, no la encontró en la disciplina castrense de los barracones en medio del desierto. Según las supuestas conversaciones con Adrian Lamo, en sus horas muertas contactó con Julian Assange, el misterioso y carismático líder de WikiLeaks, un portal de Internet que aspiraba en sí mismo a ser un movimiento de liberación cibernética.
"Entablé una relación con Assange", dijo. "No sé mucho más que lo que él me cuenta, que es muy poco. Me llevó cuatro meses confirmar que la persona con la que hablaba era, de hecho, el propio Assange". Lo que el Ejército quiere demostrar ahora es que Manning filtró los documentos. Además investiga si pudo no haber actuado solo y si sustrajo la información de las redes secretas al dictado de Assange, lo que convertiría al gestor de WikiLeaks en cómplice. Ninguna otra persona ha sido acusada hasta el momento. Assange nunca ha admitido ninguna de las acusaciones.
El 18 de febrero de 2010, WikiLeaks publicó la primera entrega de la gran saga de filtraciones, un mero prólogo a lo que había de llegar: un cable clasificado del Departamento de Estado redactado el 13 de enero de 2010 por oficiales de la embajada norteamericana en Islandia, en el que se narra una reunión con líderes locales y con un asesor del embajador británico. "Después de expresar pesimismo sobre el futuro de Islandia, los dos oficiales pidieron ayuda a Estados Unidos", decía el documento de referencia.
El 15 de marzo se publicó un informe secreto de la diplomacia estadounidense sobre WikiLeaks, y el 29 del mismo mes, una serie de perfiles críticos elaborados por la embajada en Islandia sobre políticos de aquel país. El 5 de abril se publicó en el portal de WikiLeaks un vídeo, que Assange tituló Asesinato colateral, en el que se veía la grabación editada, tomada desde un helicóptero del Ejército de EE UU, de tres ataques aéreos contra objetivos iraquíes en Bagdad en 2007. En aquella operación habían muerto 12 personas, dos de ellas periodistas de la agencia Reuters. Dos niños resultaron heridos. "Culpa suya, por traer niños al campo de batalla", se oye decir a un soldado no identificado.En julio, WikiLeaks entregó 92.000 documentos sobre la guerra de Afganistán a dos diarios, el norteamericano The New York Times y el británico The Guardian, y a la revista alemana Der Spiegel. En octubre cedió otros 400.000 documentos sobre la guerra de Irak a los mismos medios, al diario francés Le Monde y a la televisión catarí Al Yazira. Finalmente, en noviembre, cedió 250.000 cables secretos del Departamento de Estado, que dejaron a la Diplomacia norteamericana al desnudo; en este caso lo hizo a otro grupo de medios, entre ellos EL PAÍS.
Para entonces, Manning ya llevaba aislado seis meses, en la situación de detención preventiva. El Ejército de Tierra le arrestó el 29 de mayo de 2010, acusándole de dos cargos -desobediencia a la autoridad y falta de disciplina- por filtrar el vídeo del ataque a Bagdad y el cable de la embajada en Islandia y por sustraer lo que entonces se estimaba que eran 150.000 cables diplomáticos secretos. Washington intuía ya desde entonces cuál podía ser la magnitud de las filtraciones que le atribuye al soldado Manning.
El Pentágono ha presentado este mes otros 22 cargos contra el soldado. Uno de ellos es el de "asistencia al enemigo". Entienden los fiscales de Defensa que, con sus supuestas filtraciones, ha facilitado información suficiente a los talibanes y a Al Qaeda para que tomen represalias contra informantes del Ejército norteamericano. Resuena en las páginas de la denuncia contra Manning la frase pronunciada por el secretario de Defensa, Robert Gates, en el verano pasado: WikiLeaks y sus colaboradores tienen "las manos manchadas de sangre" por las venganzas rebeldes en Afganistán.
La asistencia al enemigo se castiga normalmente con la pena capital. El Pentágono ha dicho que no la solicitará en el caso de Manning, pero el equipo de ayuda jurídica al soldado ha asegurado a EL PAÍS que, en última instancia, depende del juez y no de la fiscalía decidir si aplica esa pena en un veredicto de culpabilidad.
Sin una fecha concreta para su juicio, Manning se siente, según allegados suyos, desesperado. Una vez liberado de la supervisión por riesgo de suicidio, recobró el privilegio de dormir con algo de ropa y pasar una hora al día en una celda distinta de aquella en la que vive, que es de seis metros cuadrados. Pero el 2 de marzo cometió un grave error. Tratando de que se le concediera cierta rebaja en las medidas de seguridad aplicadas, se reunió con el oficial de operaciones del calabozo. "Se le considera en riesgo de poder dañarse", le dijo este. Manning respondió, con ironía: "Si quisiera dañarme, podría hacerlo con la goma elástica de mis calzoncillos o con mis sandalias".
"Sin consultar a ningún médico psicológico del calabozo, el oficial usó mi comentario sarcástico como justificación para incrementar las restricciones que se imponían sobre mí bajo la excusa de que le preocupaba que hubiera en mí riesgo de suicidio", explica Manning en su carta. "Desde el 2 de marzo de 2011 se me quita toda mi ropa por la noche. Se me ha dicho que el comandante tiene la intención de mantenerme así de forma indefinida". Desde hace unos días se le entrega por las noches un babero con velcros para que lo use para dormir.
Aunque oficialmente Manning ya no se encuentra ahora bajo control por riesgo de suicidio, se le trata como si lo estuviera. Él mismo narra cómo se sintió el primer día de su nueva rutina: "Al principio, después de entregar mi ropa a los guardias, no tuve más opción que acostarme desnudo en mi fría celda hasta la mañana siguiente. Por la mañana, se me hizo salir de la celda para la inspección matutina del supervisor de guardia del calabozo. No se me dio la ropa de vuelta. Salí de la cama e inmediatamente comencé a sufrir temblores por el frío en mi celda. Caminé hacia la puerta de la celda con las manos cubriendo mis genitales. El guardia me dijo que me colocara en posición de firme, lo que implicaba que debía estar erguido con las manos tras la espalda. Me mantuve en firme durante tres minutos. Cuando llegó el supervisor, llamó a los demás guardias. Todos me miraron".
El Departamento de Defensa de Estados Unidos ha rechazado las acusaciones de maltrato al soldado Manning. "Las afirmaciones por parte de blogueros de izquierda, periodistas y otros de que no se le trata adecuadamente, o de que se le trata de modo distinto de los demás, o de que está aislado, no son correctas", dijo el portavoz del Pentágono, Geoff Morrell, en rueda de prensa el 26 de enero. "Está en una celda, a solas. Pero es que así es como están todos los presos que aguardan juicio en el calabozo. Ese calabozo está diseñado para que cada preso se mantenga siempre en su celda... Puede ver televisión. Puede leer periódicos. Puede hacer una hora de ejercicio".
Sin embargo, Amnistía Internacional ha denunciado que las condiciones de reclusión de Bradley Manning suponen una violación de sus derechos humanos. El representante demócrata por Ohio, Dennis Kucinich, a quien se le ha prohibido visitar al soldado en la cárcel, lo ha comparado con los abusos en la prisión iraquí de Abu Ghraib. Incluso el portavoz de Hillary Clinton en el Departamento de Estado, P. J. Crowley, dijo en una conferencia ante estudiantes el 10 de marzo que el trato del Pentágono a Manning era "ridículo, contraproducente y estúpido". Tuvo que dimitir tres días después.
(Reportaje tomado de El País, suplemento Domingo, autor: David Alandete.)
Héroe para algunos, villano para otros, en esa monotonía pasa sus días de encierro el soldado raso Bradley Manning, de 23 años, en una cárcel militar de máxima seguridad en Virginia, acusado de entregarle al portal WikiLeaks cientos de miles de informes clasificados sobre las guerras de Afganistán e Irak y cables secretos del Departamento de Estado. EL PAÍS ha obtenido una carta de 11 folios que el soldado envió el 10 de marzo al coronel Daniel J. Choike, jefe de la base de Quantico, en Virginia, donde se halla encerrado. En ella relata interminables días de soledad, confusión y desesperación.
El 18 de enero de 2011, y durante tres días, se puso a Manning en observación por riesgo de suicidio, por recomendación de un capitán y un psiquiatra. Perdió los pocos privilegios que tenía. "Se me obligó a quedarme en mi celda durante 24 horas al día. Se me quitó toda la ropa, a excepción de los calzoncillos. Se me quitaron las gafas, por lo que me tuve que quedar, básicamente, en una ceguera total".
El día anterior, unas 50 personas habían acudido a las puertas de la base militar de Quantico, a 45 kilómetros de Washington, cubiertas con máscaras que reproducían la cara del soldado y luciendo camisetas en las que se leía "Yo soy Bradley Manning". Se enfrentaron verbalmente con los guardias de seguridad, que tuvieron que pedir refuerzos. "Creo que el modo en que me trataron aquel día obedece a aquella protesta", asegura Manning. Las muestras de apoyo al soldado son ya un rito habitual, aunque meramente testimonial, en la capital norteamericana. Un simpatizante, Tighe Barry, aparece de vez en cuando ante el Departamento de Estado, ataviado solo con calzoncillos, para protestar con el mismo atuendo con el que Manning pasa sus noches en prisión preventiva.
El día después de aquella concentración en la base militar de Quantico, el Ejército tomó represalias. Sostiene Manning: "Ese día se me llevó fuera de mi celda para mi hora diaria de recreo. Cuando los guardias llegaron a mi celda, noté una diferencia respecto a su actitud habitual. En lugar de estar tranquilos y ser respetuosos, parecían nerviosos y agresivos. Además, en lugar de los habituales dos o tres guardias, había cuatro. Inmediatamente comenzaron a acosarme. El primero me dijo: 'Gírate a la izquierda'. Cuando le hice caso, el segundo me dijo: 'No gires a la izquierda'. Cuando intenté hacerle caso, el primero me repitió: 'He dicho que gires a la izquierda".
Desorientado, el soldado dejó que le pusieran los grilletes que suele llevar para ir de una celda a otra dentro de la cárcel. "Cuando me quitaron los grilletes, di un paso atrás para distanciarme de los guardias. Mi corazón latía con fuerza y me sentía mareado. Me senté para evitar caerme. Cuando lo hice, los guardias se me acercaron. Instintivamente, me alejé de ellos. En el momento en que me alejé vi en sus caras que me iban a volver a atar. Inmediatamente puse mis manos en el aire y dije que no iba a hacer nada, que solo quería cumplir órdenes".
Le dejaron en paz durante una hora. Cuando regresó a su celda, comenzó a leer un libro. Entonces le visitó brevemente el comandante James Averhart, que está al mando del calabozo en Quantico. "Me preguntó qué había pasado durante mi recreo. Mientras trataba de explicárselo, el comandante Averhart me detuvo y dijo: 'Yo soy el comandante' y 'nadie me dice lo que tengo que hacer'. Me dijo que era, a efectos prácticos, 'dios'. Yo le dije que, aun así, debía seguir las reglas del calabozo. También le dije que todos aquí tienen un jefe ante el que responder. Fue entonces cuando decidió ponerme bajo control por riesgo de suicidio".
Manning, soldado de formación, ya aislado desde julio, sabía lo que eso significaba -las dificultades para ver, la desnudez, el confinamiento absoluto- y se desesperó. Comenzó a tirarse del pelo, en un arrebato de rabia. "¿Por qué me hacéis esto? ¿Por qué me castigáis? ¡No he hecho nada malo! ¿Qué hice para merecer este tipo de trato?".
El caso del soldado Manning ha causado dos reacciones bien distintas. Para algunos, activistas cibernéticos en la era de Internet, simpatizantes anónimos del movimiento encarnado por WikiLeaks, el soldado es un héroe. Para la Casa Blanca y el Pentágono, sin embargo, Manning es un traidor que ha asistido servilmente al enemigo.
El soldado, en unas presuntas conversaciones mantenidas en mayo de 2010, a través de Internet, con el hacker norteamericano Adrian Lamo, admitió que sustrajo y entregó a WikiLeaks cientos de miles de documentos secretos, con la voluntad manifiesta de cambiar el mundo. Lamo filtró estos chats inicialmente a la revista Wired y delató a Manning ante el FBI y el Ejército. Tomó esa decisión, según dijo, por temor a que el soldado pusiera en riesgo la seguridad nacional norteamericana. Estas supuestas conversaciones son ahora un indicio que obra en manos de la fiscalía militar, que además ha seguido el rastro de Manning en los ordenadores portátiles de la base de Hammer, en Irak. El equipo de abogados de Manning no ha confirmado ni desmentido la autenticidad de esos contactos.
En esos chats, Manning se manifiesta como una persona profundamente decepcionada con su vida y con su país, alguien con ganas de cambiar el mundo y de ser reconocido por ello. "Se me crió católico, pero nunca creí una palabra de lo que me contaban. No tengo dios, creo que sigo valores humanistas. De hecho, llevo placas hechas especialmente para mí donde se lee: 'humanista", dijo. "Quiero que la gente vea la verdad, independientemente de quienes sean, porque sin información no podemos tomar decisiones serias como ciudadanos. Si hubiera sabido hace tiempo lo que sé ahora... o a lo mejor solo soy joven, inocente y estúpido".
¿Tenía la intención de ayudar al enemigo? "Si yo hubiera sido alguien más malicioso, podría haberle vendido esto a Rusia o China, y haberme hecho rico. Pero es algo que pertenece al dominio público. La información debería ser libre. Otra nación se hubiera aprovechado de la información para adquirir una ventaja. Pero si la información se expone, se convierte en un bien público".
Junto con esas ansias de cambiar el mundo, Manning demuestra una vulnerabilidad casi autodestructiva, admitida en supuestas confesiones como estas: "He estado aislado durante mucho tiempo. Solo quería ser buena gente, vivir una vida normal. Pero los eventos me obligaron a encontrar formas de sobrevivir, a ser lo suficientemente listo para darme cuenta de las cosas que pasan, pero incapaz de hacer nada al respecto. Nadie se fijaba en mí".
Alistado en el Ejército de Tierra desde 2007, formado como analista de inteligencia, Manning fue destinado en octubre de 2009 a la Segunda Brigada de Combate de la Décima División de Montaña, en la base de operaciones Hammer, al este de Bagdad. Tenía acceso a SIPRNet, una red secreta del Departamento de Defensa, y JWICS, otra red utilizada conjuntamente por Defensa y el Departamento de Estado para transmitir información clasificada. La fiscalía militar mantiene que Manning comenzó a descargarse documentos y a entregarlos a WikiLeaks un mes después de llegar a Irak.
Nacido en 1987 en Crescent, una localidad de 1.281 habitantes de Oklahoma, Manning vivió su infancia en lo que en Estados Unidos se conoce como el Cinturón de la Biblia, una franja de condados conservadores extremadamente religiosos que va de la costa atlántica a Tejas. Fue un ateo a la deriva en un océano de fe. Sus padres, que no pasaban mucho tiempo con él, se divorciaron cuando tenía 13 años. Él se mudó a Haverfordwest (Inglaterra) con su madre, que era galesa de nacimiento. Allí estudió la enseñanza secundaria y, tras terminarla, regresó a Oklahoma. Amigos suyos dicen que el padre le echó de casa a los pocos meses, vinculando ese hecho a que Bradley Manning había manifestado su homosexualidad.
Todo lo que Manning dice ser en sus supuestas conversaciones con Lamo -su inadaptación social, sus ganas de cambiar el mundo, sus ansias de aceptación- surge de aquellos oscuros años adolescentes en los que rompió lazos con su familia. Buscó algunos trabajos. Encontró empleos con pagas ínfimas. Llegó a dormir en un coche, sin hogar al que acudir. Pasó por Tulsa, luego por Chicago, y acabó en Potomac, en la zona metropolitana de Washington, la capital federal.
A los 20 años, el Ejército parecía un medio sencillo de obtener ingresos y alojamiento, además de formación. Así acabó alistándose Bradley Manning, a pesar de que entonces todavía imperaba en el Pentágono la ley que prohibía a los gais de uniforme manifestar abiertamente su sexualidad. Cuando se hallaba a la espera de ser enviado al frente de batalla, Manning conoció e inició una relación sentimental con Tyler Watkins, alguien que se definía en su blog como músico, experto en mercadotecnia y estudiante de psicología. En sus días de permiso, el soldado visitaba a su novio en Boston, donde este residía y estudiaba, en la Universidad de Brandeis. Allí conoció a su red de amigos, entre ellos un nutrido grupo de piratas informáticos, quienes le hicieron sentirse acogido, reconfortado, útil. Compartía con ellos una visión de la vida, una rebeldía contra el sistema, unas ganas de liberar a la sociedad haciendo de la información un bien público. Entonces, por primera y última vez, Bradley Manning fue feliz. Y, de repente, llegó Irak.
En el frente bélico, aislado de nuevo, Manning buscó pronto la aceptación de los demás. Desde luego, no la encontró en la disciplina castrense de los barracones en medio del desierto. Según las supuestas conversaciones con Adrian Lamo, en sus horas muertas contactó con Julian Assange, el misterioso y carismático líder de WikiLeaks, un portal de Internet que aspiraba en sí mismo a ser un movimiento de liberación cibernética.
"Entablé una relación con Assange", dijo. "No sé mucho más que lo que él me cuenta, que es muy poco. Me llevó cuatro meses confirmar que la persona con la que hablaba era, de hecho, el propio Assange". Lo que el Ejército quiere demostrar ahora es que Manning filtró los documentos. Además investiga si pudo no haber actuado solo y si sustrajo la información de las redes secretas al dictado de Assange, lo que convertiría al gestor de WikiLeaks en cómplice. Ninguna otra persona ha sido acusada hasta el momento. Assange nunca ha admitido ninguna de las acusaciones.
El 18 de febrero de 2010, WikiLeaks publicó la primera entrega de la gran saga de filtraciones, un mero prólogo a lo que había de llegar: un cable clasificado del Departamento de Estado redactado el 13 de enero de 2010 por oficiales de la embajada norteamericana en Islandia, en el que se narra una reunión con líderes locales y con un asesor del embajador británico. "Después de expresar pesimismo sobre el futuro de Islandia, los dos oficiales pidieron ayuda a Estados Unidos", decía el documento de referencia.
El 15 de marzo se publicó un informe secreto de la diplomacia estadounidense sobre WikiLeaks, y el 29 del mismo mes, una serie de perfiles críticos elaborados por la embajada en Islandia sobre políticos de aquel país. El 5 de abril se publicó en el portal de WikiLeaks un vídeo, que Assange tituló Asesinato colateral, en el que se veía la grabación editada, tomada desde un helicóptero del Ejército de EE UU, de tres ataques aéreos contra objetivos iraquíes en Bagdad en 2007. En aquella operación habían muerto 12 personas, dos de ellas periodistas de la agencia Reuters. Dos niños resultaron heridos. "Culpa suya, por traer niños al campo de batalla", se oye decir a un soldado no identificado.En julio, WikiLeaks entregó 92.000 documentos sobre la guerra de Afganistán a dos diarios, el norteamericano The New York Times y el británico The Guardian, y a la revista alemana Der Spiegel. En octubre cedió otros 400.000 documentos sobre la guerra de Irak a los mismos medios, al diario francés Le Monde y a la televisión catarí Al Yazira. Finalmente, en noviembre, cedió 250.000 cables secretos del Departamento de Estado, que dejaron a la Diplomacia norteamericana al desnudo; en este caso lo hizo a otro grupo de medios, entre ellos EL PAÍS.
Para entonces, Manning ya llevaba aislado seis meses, en la situación de detención preventiva. El Ejército de Tierra le arrestó el 29 de mayo de 2010, acusándole de dos cargos -desobediencia a la autoridad y falta de disciplina- por filtrar el vídeo del ataque a Bagdad y el cable de la embajada en Islandia y por sustraer lo que entonces se estimaba que eran 150.000 cables diplomáticos secretos. Washington intuía ya desde entonces cuál podía ser la magnitud de las filtraciones que le atribuye al soldado Manning.
El Pentágono ha presentado este mes otros 22 cargos contra el soldado. Uno de ellos es el de "asistencia al enemigo". Entienden los fiscales de Defensa que, con sus supuestas filtraciones, ha facilitado información suficiente a los talibanes y a Al Qaeda para que tomen represalias contra informantes del Ejército norteamericano. Resuena en las páginas de la denuncia contra Manning la frase pronunciada por el secretario de Defensa, Robert Gates, en el verano pasado: WikiLeaks y sus colaboradores tienen "las manos manchadas de sangre" por las venganzas rebeldes en Afganistán.
La asistencia al enemigo se castiga normalmente con la pena capital. El Pentágono ha dicho que no la solicitará en el caso de Manning, pero el equipo de ayuda jurídica al soldado ha asegurado a EL PAÍS que, en última instancia, depende del juez y no de la fiscalía decidir si aplica esa pena en un veredicto de culpabilidad.
Sin una fecha concreta para su juicio, Manning se siente, según allegados suyos, desesperado. Una vez liberado de la supervisión por riesgo de suicidio, recobró el privilegio de dormir con algo de ropa y pasar una hora al día en una celda distinta de aquella en la que vive, que es de seis metros cuadrados. Pero el 2 de marzo cometió un grave error. Tratando de que se le concediera cierta rebaja en las medidas de seguridad aplicadas, se reunió con el oficial de operaciones del calabozo. "Se le considera en riesgo de poder dañarse", le dijo este. Manning respondió, con ironía: "Si quisiera dañarme, podría hacerlo con la goma elástica de mis calzoncillos o con mis sandalias".
"Sin consultar a ningún médico psicológico del calabozo, el oficial usó mi comentario sarcástico como justificación para incrementar las restricciones que se imponían sobre mí bajo la excusa de que le preocupaba que hubiera en mí riesgo de suicidio", explica Manning en su carta. "Desde el 2 de marzo de 2011 se me quita toda mi ropa por la noche. Se me ha dicho que el comandante tiene la intención de mantenerme así de forma indefinida". Desde hace unos días se le entrega por las noches un babero con velcros para que lo use para dormir.
Aunque oficialmente Manning ya no se encuentra ahora bajo control por riesgo de suicidio, se le trata como si lo estuviera. Él mismo narra cómo se sintió el primer día de su nueva rutina: "Al principio, después de entregar mi ropa a los guardias, no tuve más opción que acostarme desnudo en mi fría celda hasta la mañana siguiente. Por la mañana, se me hizo salir de la celda para la inspección matutina del supervisor de guardia del calabozo. No se me dio la ropa de vuelta. Salí de la cama e inmediatamente comencé a sufrir temblores por el frío en mi celda. Caminé hacia la puerta de la celda con las manos cubriendo mis genitales. El guardia me dijo que me colocara en posición de firme, lo que implicaba que debía estar erguido con las manos tras la espalda. Me mantuve en firme durante tres minutos. Cuando llegó el supervisor, llamó a los demás guardias. Todos me miraron".
El Departamento de Defensa de Estados Unidos ha rechazado las acusaciones de maltrato al soldado Manning. "Las afirmaciones por parte de blogueros de izquierda, periodistas y otros de que no se le trata adecuadamente, o de que se le trata de modo distinto de los demás, o de que está aislado, no son correctas", dijo el portavoz del Pentágono, Geoff Morrell, en rueda de prensa el 26 de enero. "Está en una celda, a solas. Pero es que así es como están todos los presos que aguardan juicio en el calabozo. Ese calabozo está diseñado para que cada preso se mantenga siempre en su celda... Puede ver televisión. Puede leer periódicos. Puede hacer una hora de ejercicio".
Sin embargo, Amnistía Internacional ha denunciado que las condiciones de reclusión de Bradley Manning suponen una violación de sus derechos humanos. El representante demócrata por Ohio, Dennis Kucinich, a quien se le ha prohibido visitar al soldado en la cárcel, lo ha comparado con los abusos en la prisión iraquí de Abu Ghraib. Incluso el portavoz de Hillary Clinton en el Departamento de Estado, P. J. Crowley, dijo en una conferencia ante estudiantes el 10 de marzo que el trato del Pentágono a Manning era "ridículo, contraproducente y estúpido". Tuvo que dimitir tres días después.
(Reportaje tomado de El País, suplemento Domingo, autor: David Alandete.)
domingo, 20 de marzo de 2011
CARLOS PASCUAL RIP
El embajador de Estados Unidos en México, Carlos Pascual, renunció ayer después de intentar sin éxito restablecer las relaciones con el presidente de la República, Felipe Calderón, rotas desde la publicación por EL PAÍS, el 2 de diciembre pasado, de una serie de despachos filtrados por Wikileaks. En ellos, Pascual ponía en duda la capacidad del Ejército mexicano para luchar contra el narcotráfico por su "lentitud y aversión al riesgo". Ayer por la tarde, primeras horas de la madrugada en España, la oficina de la secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton, emitió un documento en el que señala que, "con gran pesar", el presidente Barack Obama aceptó la renuncia de su embajador en México.
Desde hace varias semanas, por los ambientes periodísticos y diplomáticos de México corría el rumor de que el presidente Calderón y el embajador Pascual ni siquiera se hablaban. El desencuentro se inició a raíz de la publicación de los papeles del departamento de Estado filtrados por Wikileaks. En concreto, del cable 240473, escrito por el embajador norteamericano el 17 de diciembre de 2009 -solo unas horas después de la caída del narcotraficante Arturo Beltrán Leyva- y publicado por este periódico el 2 de diciembre de 2010. "Nuestros servicios", escribió Pascual, "transmitieron la información originalmente al SEDENA [Ejército], que se negó a actuar con rapidez y reflejó una aversión al riesgo que ha costado a la institución una victoria principal contra el narcotráfico". Ese párrafo enfadó sobremanera al presidente Calderón, quien, hace dos semanas, durante una visita a Washington, trató el asunto con Obama.
De la reunión no trascendió nada, pero sí de un encuentro anterior que el presidente mexicano había mantenido con periodistas y editores de The Washington Post, durante la cual volvió a expresar su malestar. Según publicó el propio diario en su web, Calderón se refirió al cable donde Pascual acusa al Ejército de ser lentos, estar mal preparados y sufrir aversión al riesgo: "Es difícil cuando ves el coraje del Ejército. Por ejemplo, ellos han perdido probablemente 300 soldados... y de pronto alguien en la embajada americana dice que no son lo suficientemente valientes".
Ya un encuentro anterior con el periódico mexicano El Universal, el presidente Felipe Calderón se refirió al embajador en términos muy duros: "Yo al embajador estadounidense no tengo por que decirle cuántas veces me reúno con el gabinete de seguridad ni qué digo; la verdad es que no es un asunto de su incumbencia. No acepto ni tolero ningún tipo de intervención. Pero la ignorancia del señor se traduce en una distorsión de lo que ocurre en México y se cae en una afectación y una molestia en nuestro propio equipo".
(Los documentos de WikiLeaks han resultado disparos de Julian Assange con varias carambolas: en este caso han redundado en la sospecha de que los militares mexicanos protegen a una facción del crimen organizado; en una desidia por enfrentar la fuerza asesina del narco -pues los soldados no están entrenados para combatirlo-; y en decenas de bajas "colaterales" de civiles que ni la debían ni la temían. Se espera que estos disparos, abiertos en distintos frentes, sigan dando en el blanco. Nota tomada del diario El País.)
Desde hace varias semanas, por los ambientes periodísticos y diplomáticos de México corría el rumor de que el presidente Calderón y el embajador Pascual ni siquiera se hablaban. El desencuentro se inició a raíz de la publicación de los papeles del departamento de Estado filtrados por Wikileaks. En concreto, del cable 240473, escrito por el embajador norteamericano el 17 de diciembre de 2009 -solo unas horas después de la caída del narcotraficante Arturo Beltrán Leyva- y publicado por este periódico el 2 de diciembre de 2010. "Nuestros servicios", escribió Pascual, "transmitieron la información originalmente al SEDENA [Ejército], que se negó a actuar con rapidez y reflejó una aversión al riesgo que ha costado a la institución una victoria principal contra el narcotráfico". Ese párrafo enfadó sobremanera al presidente Calderón, quien, hace dos semanas, durante una visita a Washington, trató el asunto con Obama.
De la reunión no trascendió nada, pero sí de un encuentro anterior que el presidente mexicano había mantenido con periodistas y editores de The Washington Post, durante la cual volvió a expresar su malestar. Según publicó el propio diario en su web, Calderón se refirió al cable donde Pascual acusa al Ejército de ser lentos, estar mal preparados y sufrir aversión al riesgo: "Es difícil cuando ves el coraje del Ejército. Por ejemplo, ellos han perdido probablemente 300 soldados... y de pronto alguien en la embajada americana dice que no son lo suficientemente valientes".
Ya un encuentro anterior con el periódico mexicano El Universal, el presidente Felipe Calderón se refirió al embajador en términos muy duros: "Yo al embajador estadounidense no tengo por que decirle cuántas veces me reúno con el gabinete de seguridad ni qué digo; la verdad es que no es un asunto de su incumbencia. No acepto ni tolero ningún tipo de intervención. Pero la ignorancia del señor se traduce en una distorsión de lo que ocurre en México y se cae en una afectación y una molestia en nuestro propio equipo".
(Los documentos de WikiLeaks han resultado disparos de Julian Assange con varias carambolas: en este caso han redundado en la sospecha de que los militares mexicanos protegen a una facción del crimen organizado; en una desidia por enfrentar la fuerza asesina del narco -pues los soldados no están entrenados para combatirlo-; y en decenas de bajas "colaterales" de civiles que ni la debían ni la temían. Se espera que estos disparos, abiertos en distintos frentes, sigan dando en el blanco. Nota tomada del diario El País.)
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