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martes, 21 de mayo de 2013

Oaxaca: justicia en manos propias

Dos presuntos ladrones perdieron la vida en la Mixteca baja, al intentar cometer un asalto a una camioneta de transportes en el paraje La Güichicata.
Al ser descubiertos por la policía, Lauro Riaño Osorio, de 22 años, y Hugo García Cruz, de 34, intentaron darse a la fuga, pero sólo este último lo logró.
Lauro, originario y vecino de Zaragoza Itundujia, fue detenido y recluido en la cárcel municipal de La Reforma. Hasta ese sitio llegaron pobladores de las comunidades Estanzuela El Grande, Llano Tigre, El Porvenir, Villanueva, Zaragoza y La Reforma quienes lo sacaron esposado, lo golpearon y lo lincharon detrás de la Iglesia.
García Cruz logró escabullirse, pero no por mucho tiempo porque la población alertó a la autoridad sobre el sitio donde se ocultó. Al ser descubierto, intentó huir, pero la policía municipal abrió fuego en su contra y lo mató.
Las diligencias ministeriales asentaron que el cuerpo del presunto asaltante se encontraba esposado con las manos hacia atrás y boca arriba, sin playera, únicamente vestía un pantalón de mezclilla azul, un vendaje en la pantorrilla derecha donde había sido lesionado, un pedazo de trapo amarrado al cuello y dos impactos de arma de fuego, uno en el abdomen y otro en la cabeza.
En la población de La Reforma permanece un grupo de 200 personas de diferentes comunidades aledañas, algunas provistas con armas de fuego y otras desarmadas, quienes aseguraron resguardar el lugar frente a un eventual ataque de los cómplices de los asaltantes masacrados.


(nota tomada del sitio "proceso".)

miércoles, 18 de enero de 2012

Estado de impunidad

Cuando se dice que en México el Estado ya no existe se está remitiendo a una metáfora y no a una nueva teoría general del Estado. No es más que una de tantas formas de decir la misma cosa: que en cierto país no impera la ley, que en efecto hay Estado en la letra (el Estado es la Constitución) pero que no existe en la práctica.

No hay Estado si la ley no se cumple. Un Estado vivo es aquel en el que se impone la ley inexorable e impersonalmente porque es igual para todos.
En Italia se acostumbra decir que el Estado ya no existe cuando no se castigan los delitos. Si “todo el mundo” se pasa la ley por el arco de triunfo (como en México) entonces se dice que no hay Estado. Es una manera de decir las cosas. A figure of speech.
La Italia civil vendría siendo lo que ahora está en las redes sociales y que podríamos reconocer, en honor de Gramsci, como sociedad civil. Por eso deberíamos hablar mejor de redes civiles cuando nos referimos al juego democrático, al intercambio de pareceres disímbolos, que todos los días nutren el debate necesario. ¿Cómo hubieran resultado las cosas en el año de 2006, cuando Felipe Calderón se robó las elecciones presidenciales, si ya hubieran estado funcionando las redes civiles? Otro gallo le hubiera cantado al Consejo Coordinador Empresarial que metió su cuchara en el proceso para, como es lógico, hacerse de más poder y ganar más dinero.
Podría dirimirse también que la ausencia del Estado es la impunidad: el no castigar los ilícitos, los robos, los hurtos, los fraudes, las malversaciones, la apropiación de caudales públicos, la expropiación de la “partida secreta” presidencial.
Tan solo en las últimas semanas el Estado no ha actuado: matan a cuatro estudiantes y a un padre de familia en las oficinas de la FEG en Guadalajara y hasta la fecha no hay nadie inculpado. Matan a otros estudiantes en una carretera de Guerrero y un mes después no hay a quién responsabilizar penalmente. Se echan la pelota entre sí, policías estatales y federales.
En Monterrey el alcalde Fernando Larrazábal no puede ser inculpado por lo de su hermanito y al lío de los casinos. A Miguel Ángel Yunes no se le puede reclamar nada de lo que se embolsó en el Issste, a pesar de que se peleó con la jefa del hampa sindical, a quien también se bendice con la impunidad sistémica del régimen actual. Al exsecretario de la Función Pública, Salvador Vega Casillas, y a su esposa no les pasa nada y a él le preparan una candidatura a senador para forrarlo de fuero, es decir, de impunidad, siendo el cemento con el cual está pegado el sistema.
¿Y Moreira qué tal? Se hizo ojo de hormiga, están dejando pasar unas semanas, para también hacerlo candidato y garantizarle la consecuente impunidad de los pillos, a cambio de que no meta Cordero de Dios en el baile. ¿Por qué hizo lo que hizo en Coahuila? Porque sabía que nadie se la iba a hacer de tos. La gente se deja. La gente no protesta.
Por qué Ulises Ruiz en Oaxaca hizo lo que hizo, le puso incluso a su esposa un hospital para mujeres de millones de dólares en el Periférico? Porque sabía, estaba seguro, de que no le iba a pasar nada. Y no le pasó: lo acabó de perdonar el siguiente gobernador que es de su misma relea. ¿Por qué no somos un país serio? Porque no hay cabeza. Porque no hay Estado.


(Tampoco se procedió contra los directamente responsables de la muerte de 52 niños en la guardería ABC de Hermosillo, Sonora, ni el gobernador Bours, ni contra la parienta de Margarita Zavala ni contra el buey que estaba en el IMSS y ahora está en el comité ejecutivo nacional del PAN, Molinar Horcasitas; y ahora todos quieren linchar a Platanito, el payaso desbozalado. Editorial de Federico Campbell, "El Estado fantasma", tomado de Río Doce on line.)

martes, 16 de agosto de 2011

ES LA INSEGURIDAD, ESTÚPIDO

Con más de 40.000 muertos en la lista de bajas de la guerra del 'narco', ¿cuántos son muchos al día? ¿Cuántos son pocos? Uno ya es demasiado, respondería cualquiera de las familias mexicanas que han perdido a los suyos entre disparos de fusiles, torturas y decapitaciones. Pero el Gobierno, que desde hace meses intenta mejorar su imagen en medio de esta sangrienta estrategia de lucha contra el crimen organizado, tiene otra forma peculiar de interpretar la estadística para colgarse una medalla.

Se lee este lunes en el blog oficial que el portavoz de Seguridad Nacional, Alejandro Poiré, escribe para desmentir 'Los 10 mitos de la lucha por la seguridad'. La 'creencia' a rechazar en esta ocasión: 'México es uno de los países más violentos del mundo'. Y para sostener justamente lo contrario y presumir de la "eficacia" del ejército y la policía mexicanos en este conflicto, recurre a las cifras de muertos de una de las ciudades más peligrosas del país, Ciudad Juárez: "Desde el inicio de este año al mes de julio, el promedio de homicidios diarios que se cometen en la localidad se ha mantenido en cinco, es decir la mitad de los que se registraban en los meses de septiembre y octubre de 2010".
Cinco asesinatos cada día, pero según su portavoz de Seguridad México no es uno de los países más violentos del mundo... Por supuesto, el texto no hace alusión alguna al total de cadáveres acumulados a lo largo de la legislatura de Felipe Calderón. Pero sí ofrece en el vídeo que acompaña al texto otros números a los que se refiere para asegurar que hay países muy cercanos con muchos más entierros por violencia que el suyo.

Menos que otros países
"Como país, a pesar del aumento registrado en los últimos años, mantenemos una tasa de homicidios significativamente menor que la de varios países de la región latinoamericana. Aún frente a aquellas experiencias reconocidas en el ámbito internacional por hacer frente a la criminalidad en beneficio de sus comunidades, como es el caso de Colombia (38,8 por cada 100.000 habitantes), México tiene una tasa de homicidio claramente inferior (22). Incluso Brasil tiene una tasa de homicidios similar a la de nuestro país (22)", asegura Poiré.
Hasta hace muy poco, Brasil siempre figuraba en los discursos oficiales sobre el tema como ejemplo de un país con mejor imagen que México, pero mucha más violencia. Ahora la comparación ya no sirve. Y no hay que olvidar que la estadística criminal se aplica sobre una de las mayores poblaciones del planeta: unos 112 millones de habitantes tiene este país. Si se hace por ciudades, en muchos casos se dispara la proporción de muertos.
De hecho, ante una realidad que cada día se llena de noticias sobre 'ejecuciones' y atentados, Poiré reconoce "los desafíos que viven algunas zonas del país como Tamaulipas, Chihuahua y Sinaloa que a lo largo de los últimos años han focalizado la violencia asociada a la competencia criminal, y que en 2010 concentraron el 50% de los fallecimientos".
El mismo vídeo, no el texto, asegura que siete de cada 10 crímenes cometidos en 2010 (fueron en total más de 11.000) se localizaron en algún lugar de los citados estados o en Guerrero, Durango, Estado de México y Nuevo León. Después se pueden observar las estadísticas en distintas ciudades de EEUU, pero con datos de otro año en este caso, de 2009.
"Mientra hablo, sé que alguien está siendo asesinado, secuestrado o mutilado", se lamentaba este domingo Julián LeBarón, uno de los reconocidos activistas de la organización del poeta Javier Sicilia que se moviliza desde hace meses contra la violencia en México. Y tenía razón: sólo entre el sábado y el domingo al menos 35 personas han sido asesinadas en este país, que según el discurso del Gobierno no es de los más violentos del mundo.
Y hay otra consigna que se repite en cada manifestación del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad: 'No son números'.


(se desconocen las cifras alegres que manejará el residente de Los Pinos el uno de septiembre, el penúltimo de un gobierno que hace años se fue al traste y que será de triste memoria para las generaciones futuras.Nota tomada del diario El Mundo.)



miércoles, 13 de abril de 2011

JÓVENES A LA DERIVA

EN EL ZÓCALO DE CUERNAVACA




 Los espantosos asesinatos de mi hijo Juan Francisco Sicilia Ortega, de Luis Antonio y Julio César Romero Jaime, y de Gabriel Alejo Escalera, han llenado de indignación y de dolor a la ciudadanía de Morelos y de la nación entera. Sus nombres, sus historias y sus sueños destrozados, que el amor de la ciudadanía sacó a la luz pública, ha hecho posible que se pusiera también nombre, historias y sueños a otros miles de muchachos asesinados y criminalizados por la violencia que se ha apoderado del país, de sus instituciones y de la imaginación del narcotráfico y de esa mal llamada clase política. Hasta antes de ellos, con algunas excepciones, esos muertos eran, como lo dije delante de las casa del ejército y de la justicia, simples cifras, simples abstracciones, bajas colaterales o criminales, “escorias”, como estúpidamente se les ha llamado. A partir de ellos, esas cifras son lo que siempre han sido y siempre deberán ser: vidas humanas cegadas y familias destrozadas, dolor que día tras día se ha ido acumulando en los corazones de todos los ciudadanos de este país. Juan Francisco Sicilia Ortega, Luis Antonio y Julio César Romero Jaime, Gabriel Alejo Escalera, no sólo son desde que los encontraron asesinados el nombre de todos esos muertos anónimos cuyos casos se encuentran en los archivos de las procuradurías y del ejército y en la desmemoria de nuestros gobernantes, son también el nombre de nuestros muchachos vivos, de nuestra juventud que corre el mismo peligro y a quienes no estamos dándole la vida que merecen. Porque mientras los pocos muchachos –cada vez menos– que pueden alcanzar un alto nivel educativo, carecen de empleo, son subcontratados o subpagados y están en peligro de ser asesinados como fueron asesinados nuestros hijos, los muchos otros que no pueden siquiera acceder a la educación y a la cultura, ni siquiera a un empleo subpagado, se encuentran a la deriva, con el horizonte roto, seres humanos que están o pueden ser reclutados por el crimen organizado para matar y terminar también asesinados.


No hablo de una fatalidad. Es lo que hemos construido con la corrupción de las instituciones, con el desgarramiento del tejido social, con la mezquindad de los pleitos y los intereses políticos que sólo buscan enriquecerse con la desgracia, el temor y la simulación; eso es lo que hemos construido cuando decidimos desalojar las virtudes de la educación y decidimos que sólo el dinero, la producción desmesurada, la competencia y el consumo sin límites serían nuestros dioses; eso es lo que hemos construido cuando hicimos del egoísmo y del enriquecimiento una virtud y arrojamos las riquezas de la cultura, de la educación, de la amistad, de la convivencia y de la solidaridad al terreno de las cosas inútiles.

Cuando los seres humanos tienen que levantarse día con día para hacer vivir a sus hijos con salarios miserables y saber que quizá no regresarán porque nuestras autoridades no están haciendo lo correcto; cuando los criminales, a fuerza de impunidad, han perdido sus códigos de honor; cuando, por lo mismo, deben vivir de lo que los católicos llamamos la esperanza en Dios, porque los gobernantes y los empresarios no pueden darle ya a sus compatriotas una esperanza humana, que es la sombra de la esperanza de Dios, cuando esto sucede, y es lo que está sucediendo, es señal de que empezamos ya a habitar en el infierno.

Desde que mi hijo Juan Francisco y Luis y Julio y Gabo fueron asesinados, sentí a cada uno de los muchachos y muchachas, y a cada niño y niña de esta nación como miembros de una misma familia –mi familia, mis hijos– que debemos cuidar para que sus sueños no se conviertan en la pesadillas que desde hace tiempo ha comenzado a invadirlos. No podemos permitir más que un muchacho, una muchacha, un niño o una niña sean asesinados. A ellos, los jóvenes de esta nación, que saben usar las redes sociales del espacio cibernético, le pedimos que se convoquen, que se unan, que salgan a las calles y que recuerden que desde siempre las juventudes han movido montañas y le han devuelto la esperanza a la humanidad, como lo vemos hoy en otras latitudes. Aduéñense del presente y decidan el destino y la nación que ustedes quieren.

Cuando sucedió esta desgracia yo no me encontraba en el país y ustedes, que están aquí y a los cuales les agradecemos infinitamente, tomaron, como hermanos, mi causa que es la de todos. Ustedes también tomaron por mí y por los demás padres de familia que estaban sin voz la responsabilidad de exigirle al gobierno de Marco Antonio Adame –un gobierno hasta ahora omiso– el esclarecimiento de los crímenes que debe darse a conocer hoy.

Hasta el momento sólo se nos ha informado que se han identificado a dos de los asesinos, que se han girado las órdenes de aprensión para ellos, pero que los asesinos aún permanecen libres y que se desconocen los móviles de este asesinato irracional. Eso no nos basta. Por ello he decidido quedarme aquí en un plantón en esta plaza, delante de las ofrendas que han levantado por nuestros hijos, junto con todos aquellos que quieran acompañarme, y en oración, hasta el miércoles 13 de abril. Es el último plazo que le damos al gobierno de Marco Antonio Adame y de Felipe Calderón para que frente a nosotros, frente al pueblo de Morelos y el país entero, presente ante la justicia a los asesinos de nuestros hijos y a sus cómplices. Durante este plantón haremos lo que el gobierno y las mafias no hacen: escuchar a la inmensa mayoría de la gente. Para ello crearemos en ese mismo plantón un espacio de diálogo ciudadano donde debatir la manera para detener esta absurda guerra en la que la inmensa mayoría de los muertos los ha puesta la sociedad civil y para idear las acciones que construyan la paz con justicia en nuestra nación. Queremos que sea la opinión y la reflexión colectiva de toda la sociedad civil mexicana la que diga cuál será el próximo paso en esta lucha. Por ello invitamos a todo el pueblo de todas las edades y condiciones sociales a expresarse en el plantón y a través de un twitter llamado “@mxhastalamadre”. El miércoles 13 de abril, plazo que le hemos dado al gobierno estatal y federal para presentar a los asesinos, anunciaremos, en un acto público, las acciones que la sociedad civil propone. Los gobernantes deben de entender que son nuestros representantes, nuestros servidores, y que si son inútiles e ineficientes deben irse sean del partido que sean y de la ideología que sea. Un gobierno, como nos lo enseñó Gandhi, sólo existe porque lo aceptamos. Si les retiramos nuestro apoyo ¿qué queda de él?

Si no los presentan convocaremos a una marcha nacional en la Ciudad de México exigiendo la renuncia del propio gobernador y el alto impostergable a esta absurda guerra, en donde la inmensa mayoría de los muertos los ha puesto la sociedad civil. En el antiguo derecho romano existía una figura: el homo sacher (el hombre sagrado) cuyos crímenes el Estado no podía castigar, pero a quien cualquiera podía matar y quedar impune; un ser que al mismo tiempo que estaba excluido de todos sus derechos civiles era sagrado en un sentido negativo. Hoy en México todos somos de muchas maneras hombres sagrados, es decir, seres desnudos, carentes de protección política y susceptibles de ser asesinados por cualquiera. Hoy también, los ciudadanos que estemos en plantón en esta plaza somos más que nunca –como lo fueron mi Juanelo, Luis, Julio, Gabo, la noche en que los asesinaron, como lo fueron también los niños de la guardería ABC, los hijos de las madres de Salvarcar, que hoy nos acompañan, de Martí, de la señora Wallace, de Gallo, de Nelson Vargas, de tantos muchachos anónimos con la vida cegada y de los casi 40,000 asesinados de este país– hombres sagrados y desnudos. Lo somos porque las autoridades del Estado así lo han decidido con su ineficiencia y porque ante sus omisiones quedamos expuestos a la irracionalidad de los criminales que han perdido cualquier proporción y límite. Si alguien puede protegernos y custodiarnos en estos momentos son millones de conciencias que, gracias a los medios, están atentas a lo que pueda sucedernos.

Hace unos días –y estoy por terminar– leí en esta misma plaza el último poema que escribiré (dedicado a mi Juanelo) hasta que el cuerpo de este México desgarrado en sus inocentes resucite. Ese silencio poético no es, como muchos lo han interpretado, una claudicación, sino un grito. Hay silencios más profundos y significativos que la palabra que viene de él y en él se recoge.

Desde ese silencio poético donde la palabra aguarda hacemos un llamado a las autoridades del país, al Presidente de la República, al Congreso de la Unión, al poder judicial, a los Congresos locales, a los Gobernadores, a los Presidentes Municipales, a los líderes de los partidos políticos, a sus miembros, a los llamados poderes fácticos, a los sindicatos, a los jerarcas de las Iglesias, a los empresarios, a los capos y a las mafias de toda laya para que escuchen. Este silencio doloroso y terrible está gritando cuatro hermosas y profundas palabras: dignidad, paz, justicia y concordia. Ese es el grito que está en el latido de nuestro amado México, el grito de nuestros hijos a quienes la inmisericorde violencia les asfixió la palabra en los pulmones y el de los que estamos aquí, de pie, sembrando nuestra esperanza y gritando por ellos.

Silencio de 5 minutos

Además opino que hay que devolverle la dignidad a esta nación y combatir la violencia con la poesía. Ni un joven ni un niño más asesinados.


(Texto de Javier Sicilia, poeta y periodista, leído el 6 de abril en la ciudad de Cuernavaca, Morelos.)