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domingo, 22 de enero de 2012

Sangre queer para Cristina

Si mi sangre contribuyera en algo a su recuperación pronta, sería yo el primero en ofrecerme al picotazo de la jeringa, porque sangre sobra en la enormidad pitufa de mi cuerpo, aunque me nuble la visión verla brotar: es que así somos los fóbicos a lo cortante, por no decir que así somos los cagones. Pero tratándose de usted, quisiera llenar ya un tubo con mi sacrificio, vaya uno a saber si esa nadita de mis venas ayuda a la recuperación de un cuerpo nutricio como el suyo, una biología individual que desde que está en la Casa Rosada se ha transformado en biología comunitaria. Y usted ha enseñado que sobre el concepto de comunidad cabalga lo diverso pero sobre todo, el deseo de igualdad. Sin eso, sólo existirían la fuerza del privilegio y las imposiciones del más fuerte.

En La Cámpora (en la comunicación política, digamos) el lenguaje épico precisa de los lugares comunes, y en los últimos afiches pude leer que la consigna invocada esta vez es “la sangre por Cristina” y —a tono con los carteles de la campaña presidencial— el remate es “la fuerza de la sangre”. Dar sangre el 4 de enero es incorporarse a una gesta poética colectiva cuya metáfora originaria es el cuerpo argentino purificándose a través de una ofrenda simbólica a la Presidenta, que padece cáncer. También se escribe en esos afiches que la solidaridad “es la ternura de los pueblos”. Yo, como todos, soy solidario sólo a partir de la conciencia de mi propia vulnerabilidad. Lo demás —creo— es mera limosna que deja caer aquel que se cree invulnerable. Además, le cuento, dentro de ese todo llamado pueblo pertenezco al conjunto social arbitrariamente denominado minorías sexuales, y ya se sabe que venimos de siglos de oprobio, vidas precarizadas por la opinión mayoritaria, reflejo del supuesto saber de los que mandan. Ni mucho menos hubo ternura de los pueblos que nos arropase cuando desde el Estado nos encarcelaban por esa manía de no ser célibes, y en las escuelas unas maestras sonreían si los compañeros se burlaban de nuestras piernitas de gacela cruzadas. Ni, mucho peor, cuando al comienzo de la epidemia del VIH-sida nos recubrieron de nuevo, como en las pestes medievales, con la retórica del exterminio. Por eso mismo, señora mía, conozco mejor que otros argentinos el valor de ser solidario cuando el cuerpo del prójimo se enferma o se inscribe como abyecto en el catálogo de las ciencias morales y las médicas, que tanto se superponen. Me acuerdo de un cuento de Charles Dickens, “El amigo común”, donde en el espectáculo de su agonía el cuerpo se vuelve de pronto objeto empático incluso para quienes lo aborrecieron y condenaron a muerte. Solidaridad de último momento, para quienes ven partir una vida.
Cuando ayer fui a entregar mi sangre de rarito a la gesta colectiva (porque a pesar de tanta injuria sufrida en nombre del bien común sigo siendo un ciudadano tierno), me encontré otra vez contra el paredón de la ley: no puedo donarle sangre, Cristina, ni a usted que brilla mejor que una drag queen en la constelación de mis afectos políticos, ni a nadie. Es que, en tanto puto, soy un cuerpo riesgoso para los hematólogos de la burocracia. Dentro de la declaración jurada que no tuvo sentido completar en la sala hospitalaria, había un ítem que me condenaba: “Si usted es un hombre que tiene sexo con otros hombres”, o “parejas ocasionales en el último año” no puede donar. O sea, los usos sexuales del recto sin protección, o el afán por beberse el humor blanquecino, en varones o en mujeres, no sería para los hematólogos la causa invocada para la negativa, sino que es la homosexualidad misma (la sangre conceptual de la homosexualidad) la que transporta un veneno imposible de ser aislado. Ni siquiera se aviene a las nuevas tecnologías de testeo que han acortado a muy poco el período ventana. Así, el preservativo deja de ser una funda igualitaria y, parecen decirnos, no da lo mismo que lo utilice un heterosexual que un gay. ¿Será que nuestro semen no reconoce barreras materiales?
En fin, señora, mi intención era cumplir con aquella premisa que acredita que “dar sangre es dar vida”, pero no es mi sangre la vía autorizada. Ya encontrará usted dadores heterosexuales, de todos modos. Que los hay. Quien dice que después del matrimonio igualitario, de la ley de identidad de género, no sobrevenga además la igualdad para poder donar sangre. La sangre del pueblo es solidaria, pero también es variada. Por ahora, me quedo a la espera de tiempos mejores, sin ofrecer los brazos trémulos a las jeringas y con ganas, le cuento, de hacerme un tatuaje en la lola izquierda, pero con jena.


(Yo ni loca daría mi sangre para el cáncer que padecería FCH, AMLO ni mucho menos para Amalia García Medina, exgobernadora de Zacatecas, lo juro con mi lola izquierda sobre la Biblia. Nota "Si mi sangre marica...",tomada tal cual del suplemento ´soy´ de Página/12, autor, Alejandro Modarelli.)

sábado, 10 de septiembre de 2011

CERTIFICADO MÉDICO PARA VIH

Hace un mes decidí retomar la actividad física para bajar unos kilos, sobre todo lo que todavía no sé si es una panza cervecera o una panza por efecto de las lipodistrofias. En uno de los gimnasios, no el más económico pero el más cercano y con pileta de natación, me ofrecieron un pase libre por una semana, para lo cual debía presentar un certificado médico. Me dieron dos opciones: llevar uno por mi cuenta o hacerlo en el consultorio del gimnasio por la suma 80 pesos. Para ahorrar, esperé unos días y fui al hospital a pedírselo a mi médico. Cumplimentado el requisito, aproveché el pase libre y evalué las instalaciones, sobre todo la pileta de natación. Esa semana fui a nadar tres veces. El gimnasio me gustó y me inscribí con la modalidad, más económica, de engancharme por 12 meses que serían debitados automáticamente de la tarjeta de crédito: no había vuelta atrás.

Dos días después de la inscripción recibí un llamado telefónico de la empleada del gimnasio con la que había realizado el trámite. “Buen día, Pablo. Tengo una noticia mala y una buena. La mala es que perdimos el certificado médico que nos trajiste; la buena es que te ofrecemos que hagas uno acá, sin cargo.” Entré en un delirio paranoico, pensé que me habían investigado y que habían dado con estas columnas del Soy, donde abiertamente digo que soy portador de VIH y de hepatitis B y C. Ofuscado, busqué mi grabador de periodista para registrar la consulta médica y presentarme con la eventual prueba de discriminación en el Inadi.
“¿Estás tomando alguna medicación?”En estas situaciones no sé mentir, nunca sé cuáles son los alcances del secreto médico, ni si tal secreto me exime de contestar al pie de la letra. “Tomo medicación antirretroviral, soy portador de VIH.” “Entonces te voy a pedir que me traigas los últimos análisis de sangre. ¿Recordás cuál es tu carga viral?” “¿Y qué tiene que ver la carga viral?”, pregunté. “Es que si te lastimaras...” En ese momento me di cuenta de que me había olvidado de encender el grabador. Me levanté, lo busqué y lo encendí, pensando que el médico podía suponer que se trataba de un teléfono celular. No obstante, la maniobra fue evidente. “No, no me acuerdo”, le dije. Antes de irme, mientras me vestía le pregunté si les pedía análisis de sangre a todos . “Por supuesto –dijo–. Te doy un ‘apto físico’ condicional, hasta que me traigas los análisis de sangre.” Enseguida noté en su cara que se había arrepentido: “Pero si me traés el certificado de tu médico, que ya te conoce, con eso alcanza”.


(crónica de Pablo Pérez tomada del suplemento ´Soy´ del diario argentino Página 12.)

viernes, 15 de abril de 2011

HOSTIA BLANCA, CONDÓN ROJO

"Que no te den una hostia, ponte condón" o "Bendito condón que quitas el sida del mundo". Estas expresiones, utilizadas en una campaña procondón, podrían acarrear una condena a las Juventudes Socialistas de Andalucía por un presunto delito contra los sentimientos religiosos.

Un juzgado de Sevilla ha abierto diligencias por una campaña a favor del preservativo -lanzada el 1 de diciembre con motivo del Día Mundial de la lucha contra el SIDA- en la que se utilizó a un sacerdote y se hizo un paralelismo entre la comunión y el condón. En la campaña, lanzada a través de las redes sociales y basaba en imágenes y un vídeo, se mostraba a un sacerdote sustituyendo la comunión por un preservativo.
"Quisimos vincular la campaña a las palabras del Papa en contra del uso del preservativo", explica Juan Carlos Ruiz, secretario general de la Juventudes Socialistas de Andalucía. "El ánimo era el de llamar la atención a los jóvenes, como cualquier campaña dirigida a este colectivo, con un tono más "transgresor", continúa. En su opinión, la alusión a la Iglesia no ofende "para nada" la sensibilidad religiosa. Además, recuerda que para ellos es igual de importante la lucha contra el SIDA como para los católicos las "cosas sagradas".


(noa tomada del diario Público on line.)