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martes, 8 de enero de 2013

Los libros de papel

Acabo de publicar un libro, pero no lo puedo leer porque, como millones de otras personas, tengo problemas en la vista. Tengo que usar una lupa, y eso resulta lento y engorroso porque el campo es muy limitado y no se puede abarcar una línea completa, mucho menos un párrafo, de una sola mirada. Lo que necesito es una edición en letra grande, que pueda leer (en la cama o en el baño, donde hago la mayor parte de la lectura) como cualquier otro libro. Algunos de mis libros anteriores existían en ediciones de letra grande, algo invalorable cuando me pedían que hiciera una lectura en público. Ahora me dicen que la versión impresa no es “necesaria”, que tenemos e-books, que nos permiten aumentar a nuestro antojo el tamaño de la letra.
Pero no quiero un Kindle, un Nook ni un iPad, cualquiera de los cuales podría caerse en el baño o romperse, y que tienen controles para los cuales necesitaría una lupa. Quiero un libro de verdad, de papel impreso, que tenga peso, que huela a libro, como los libros de los últimos 550 años, un libro que pueda guardarme en el bolsillo o poner con los demás en la biblioteca, donde pueda divisarlo en momentos inesperados.
Cuando era chico, alguno de mis familiares mayores, así como un primo que tenía problemas de vista, usaban una lupa para leer. La aparición de los libros de letra grande en la década de 1960 fue para ellos un regalo del cielo, como para todos los lectores que veían mal. Florecieron las editoriales especializadas en ediciones en letra grande para bibliotecas, escuelas y lectores, y siempre se las podía encontrar en librerías o bibliotecas.
En enero de 2006, cuando mi vista empezó a declinar, me pregunté qué podría hacer. Había audiolibros –yo mismo he grabado algunos–, pero era un lector por antonomasia, no un oyente. Soy un lector empedernido desde que tengo memoria, y con frecuencia recuerdo de forma casi automática números de página o el aspecto de párrafos y páginas. Quiero libros que me pertenezcan, libros cuya paginación íntima se me haga familiar y querida. Mi cerebro necesita lectura, y la respuesta reside, para mí y con toda claridad, en los libros de letra grande.
Pero ahora cuesta mucho encontrar en las librerías libros de calidad impresos con letra grande. Lo descubrí cuando hace poco fui a Strand, una librería famosa por sus miles de estanterías que visito desde hace cincuenta años. Sí, tenían una (pequeña) sección de letra grande, pero consistía sobre todo en novelas baratas y manuales. No había recopilaciones de poesía, teatro ni biografías. Tampoco ciencia. No estaba Dickens, ni Jane Austen, ninguno de los clásicos, nada de Bellow, Roth ni Sontag. Salí frustrado, y también furioso: ¿las editoriales pensaban que los discapacitados visuales eran también discapacitados intelectuales?
Memoria y experiencia
Leer es una tarea de gran complejidad, en la que intervienen muchas partes del cerebro, pero no es una habilidad que los seres humanos hayan ido adquiriendo en el transcurso de la evolución (a diferencia del discurso, que tiene raíces mucho más profundas).La lectura es un avance relativamente reciente, cuyos comienzos se remontan tal vez cinco mil años en el tiempo y que depende de una pequeña zona de la corteza visual del cerebro. Lo que ahora llamamos el área visual de formación de palabras (VWFA por la sigla en inglés) es parte de una zona cortical que evolucionó hasta reconocer formas básicas en la naturaleza, pero que puede reutilizarse para el reconocimiento de letras o palabras. Ese reconocimiento elemental de formas o letras es sólo el primer paso. A partir de esa área visual de formación de palabras deben hacerse conexiones de doble vía a muchas otras partes del cerebro, entre ellas las responsables de la gramática, los recuerdos, asociaciones y sentimientos, de modo tal que letras y palabras adquieran sus significados específicos. Cada uno de nosotros forma vías nerviosas únicas relacionadas con la lectura, y cada uno lleva al acto de leer una combinación única, no sólo de memoria y experiencia, sino también de modalidades sensoriales. Algunos pueden “escuchar” los sonidos de las palabras a medida que leen (a mí me pasa, pero sólo cuando leo por placer, no cuando leo con fines de información); otros pueden visualizarlas, de forma consciente o no. Algunos pueden tener una aguda conciencia de los ritmos acústicos o los énfasis de una frase; otros son más conscientes de su aspecto o su forma.
En mi libro El ojo de la mente , describo a dos pacientes, ambos escritores, que pierden la capacidad de leer como consecuencia de una lesión cerebral en la VWFA, que está cerca de la parte posterior del hemisferio izquierdo del cerebro (quienes padecen ese tipo de alexia pueden escribir, pero no leer lo que escriben). A pesar de ser editor y un amante del texto impreso, uno de ellos se volcó de inmediato a los audiolibros para “leer”, y empezó a dictar sus propios libros en lugar de escribirlos. La transición le resultó fácil; de hecho, pareció algo natural. El otro, un escritor de novelas policiales, estaba demasiado habituado a la lectura y la escritura como para abandonarlas. Siguió escribiendo (en lugar de dictar) y descubrió, o ideó, una extraordinaria nueva forma de “lectura”: su lengua empezó a copiar las palabras que tenía delante, trazándolas en la parte posterior de los dientes. Leía, en efecto, mediante el recurso de escribir con la lengua empleando las zonas táctil y motriz de la corteza. También pareció ocurrir de manera natural. Al recurrir a sus fortalezas y experiencias individuales, el cerebro de cada uno encontró la solución adecuada, la adaptación a la pérdida.


Nuevas formas de leer
Para alguien que nace ciego, sin imágenes en absoluto, la lectura es una experiencia esencialmente táctil, a través del relieve de la impresión en Braille. Los libros en Braille, al igual que los libros con letra grande, son cada vez menos en la actualidad, a medida que la gente recurre a los audiolibros, más baratos y abundantes, o a los programas de voz digital. Pero hay una diferencia fundamental entre leer y que nos lean. Cuando es uno el que lee, ya sea por medio de los ojos o de un dedo, es libre de avanzar o retroceder, de releer, de reflexionar o fantasear en medio de una frase: uno lee según su propio tiempo. Que nos lean, o escuchar un audiolibro, son experiencias más pasivas, sujetas a los caprichos de otra voz y que se desarrollan en el tiempo del narrador.
Si avanzada la vida nos vemos obligados a aprender nuevas formas de leer –de adaptarnos a una menor visión, por ejemplo–, cada uno debe hacerlo a su manera. Algunos podremos pasar de leer a escuchar; otros seguirán leyendo mientras les sea posible. Algunos podrán agrandar la letra en sus lectores de libros electrónicos; otros lo harán en sus computadoras. Nunca he adoptado ninguna de esas tecnologías. Por ahora, por lo menos, me atengo a la anticuada lupa (tengo una docena, de diferentes formas y potencia).
La escritura tendría que ser accesible en la mayor cantidad posible de formatos: George Bernard Shaw decía que los libros eran la memoria de la humanidad. No debería permitirse que desapareciera ningún tipo de libro, ya que todos somos individuos y tenemos necesidades y preferencias muy específicas, preferencias que llevamos grabadas en todos los planos del cerebro, en redes y configuraciones nerviosas individuales que crean una relación profundamente personal entre autor y lector.

(c) The New York Times, 2013.

Traduccion de Joaquin Ibarburu.

(Oliver Sacks es un escritor y neurólogo inglés. Profesor de neurologia clinica en la Escuela de Medicina Albert Einstein y profesor adjunto de neurología en la Universidad de Nueva York. Escribió, entre otros, “Despertares” y “Musicofilia”. Apuntes tomados del sitio "revistañ", Clarín. Cuando Alfonso se fue del país para estudiar artes plásticas a otro continente, se llevó en la maleta la primera edición de "Ómnibus de poesía mexicana", para no olvidar su idioma y tener presentes a los poetas del pasado.)

lunes, 19 de marzo de 2012

Atentado a los libros

Hacía muchos años que aquella maldita costumbre de los bárbaros (en el franquismo postrero, en los principios de la Transición) no volvía a asombrar a los que creemos que los libros son materia sagrada de lectura, de conocimiento y de concordia. Y ha vuelto a pasar.

Muy temprano esta mañana un ciudadano trató de incendiar la Librería Antonio Machado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Lanzó objetos contundentes (sillas que robó del bar de al lado) contra la potente cristalera, y luego intentó incendiar el interior lanzando contra las vidrieras deterioradas por él pastillas incendiarias propias de los asados y las barbacoas.
Previamente, según me cuenta Miguel Visor, el librero, este incendiario se había sentado a leer un libro, precisamente, según registran las cámaras que grabaron el incidente. Y después se dedicó a cumplir con su oscura misión. Ahora la policía busca sospechosos y se encarga del caso. Es posible que haya sido cualquier cosa, un incendiario sin más, o un individuo que quería dañar para avisar.
Quién sabe. Lo que queda del incidente ahora es su carácter simbólico, pues en este país por desgracia se supo en los aledaños de la democracia, antes y después, cuántos entienden la existencia de los libros como un signo evidente de cultura sospechosa.
Miguel Visor me dijo que se sintió, al hacer la denuncia, como un chaval de los años 60 cuya librería principal, la Antonio Machado de la calle Fernando VI recibió la indeseable visita de los ultras. La Machado, la Alberti..., tantas librerías de Madrid, de Barcelona, de Sevilla, de tantos sitios, recibieron la maldita visita del fuego que ahora en seguida viene a nuestra memoria el dramático simbolismo de esos humos. Y se queda uno helado.


(No lo sabemos, ¿se atentó contra la memoria del hombre, o sea, contra una librería; o se atentó, en el pasado y en el presente, contra el símbolo de nombres como Antonio Machado, Rafael Alberti, como pudieron ser Federico García Lorca, Jaime Gil de Biedma o Luis Cernuda? La sola memoria de los juglares-poetas que fueron por la vida con la bandera de su pluma, su patria, su sexualidad, sí, su sexualidad, ¿sigue irritando a la derecha que avanza como metástasis sobre este mundo flagelado? Nota de Juan Cruz en El País, en línea.)

jueves, 17 de marzo de 2011

LIBROS CON DEDICATORIA

"Marginalia", la costumbre de escribir comentarios en los libros, es un pasatiempo literario muy rico. Tiene, sin embargo, un destino incierto en el mundo digitalizado. "La gente siempre encuentra la manera de hacer anotaciones electrónicamente", dijo G. Thomas Tanselle, ex vicepresidente de la Fundación John Simon Guggenheim y profesor adjunto de Lengua Inglesa en la Universidad de Columbia en Nueva York. "Pero la cuestión es cómo preservarlas. Y es el problema que enfrentan las bibliotecas de colecciones".

Asuntos de ese tipo son los que analiza el Caxton Club, un grupo literario fundado en 1895. Junto con la Biblioteca Newberry de esta ciudad, está auspiciando un simposio del 19 de marzo que presentará un nuevo volumen de ensayos sobre ejemplares asociados ­libros que pertenecieron y fueron anotados por los autores.
Los ensayos abordan trabajos como los que conectan al presidente Lincoln y a Alexander Pope; Jane Austen y William Cowper; Walt Whitman y Henry David Thoreau.
Samuel Taylor Coleridge fue un prolífico escritor de los márgenes, como lo fueron William Blake y Charles Darwin. En el siglo XX, pasó a ser considerado como graffiti: algo que la gente educada y respetuosa no hacía.
Paul F. Gehl, conservador en Newberry, culpa a generaciones de bibliotecarios y profesores "por inculcarnos la idea" de que escribir los libros los "arruina o los daña".
Cuando Nelson Mandela estuvo en la cárcel en Sudáfrica en 1977, escribió su nombre junto a un pasaje de "Julio César" que dice "Los cobardes mueren varias veces antes de sus muertes".
Es sabido que Studs Terkel, el historiador sobre tradición oral, amonestaba a los amigos que leían sus libros pero los dejaban sin marcas. Él les decía que leer un libro no debía ser algo pasivo sino un diálogo estentóreo.
Los libros con marcas son considerados cada vez más valiosos, no sólo por una conexión con algún famoso sino debido a lo que revelan sobre las personas asociadas a un trabajo, dijo Heather Jackson, profesora de Lengua en la Universidad de Toronto. Para Jackson al examinar las anotaciones en los márgenes se revela un patrón de reacciones emocionales entre los lectores cotidianos que de lo contrario podrían ser pasados por alto, incluso por profesionales literarios. "Podría ser un pastor que escribe en los márgenes sobre lo que significa un libro para él mientras está cuidando su rebaño", dijo la profesora Jackson. "Podría ser una chica de colegio que nos dice cómo se siente".
No todos valoran las notas en los márgenes, dijo Paul Ruxin, miembro del Caxton Club. "Si se piensa en la opinión tradicional de que el libro no es más que texto, es un poco tonto", dijo.
Para David Spadafora, presidente de Newberry, las notas en los márgenes enriquecen un libro ya que los lectores infieren otros significados y les dan un contexto histórico. "La revolución digital es buena para el objeto físico", dijo.
Cuanta más gente vea objetos históricos en forma electrónica "más va a querer entrar en contacto con el objeto real".


(Conservo un libro de poemas en que su autora estampó su huella labial roja, antes de anotar una frase; también guardo una edición de André Gide con una supuesta dedicatoria a un mexicano, que me encontré en La Lagunilla (ciudad de México); en mi librero tengo un poemario del chiapaneco Juan Bañuelos con unas palabras dirigidas a otro poeta de Chiapas, ejemplar que sustraje de un periódico de circulación nacional; en una edición de Austral de "La Dorotea", de Lope de Vega, anoté al final de cada capítulo una síntesis de lo que trata cada apartado. Guardo también una selección de poemas del lusitano Eugénio de Andrade con una dedicatoria. Pero no sé que haría si tuviese una edición electrónica de algún poeta actual... Nota tomada de la revista cultural Ñ, argentina, rescatada de The New York Times.)

martes, 2 de noviembre de 2010

LETRAS MALHABIDAS

1. Si tuvieses el coraje de regresar un libro robado, ¿qué volumen escogerías de tu librero? Seguramente devolverías un libro de Eloy Urroz, una novela de Carmen Boullosa, uno de Rodrigo Fresán o cualquiera de Sandro Cohen, Eusebio Ruvalcaba o de José Vicente Anaya.

 2. Una noche saliste de la sección de libros de Sanborn's, acompañado por dos amigos que cursaban la misma licenciatura en la UNAM y uno de ellos, Alejandro, te dijo: "aquí tienes el libro que me pediste". Era Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa, que en aquel entonces era novedad editorial. Tu amigo se lo sacó de entre el cinto y el ombligo, cubierto en parte por un suéter holgado. Cuando le otorgaron el Premio Nobel de Literatura al peruano-español, recordaste la anécdota.

3. En una ocasión el poeta Francisco Cervantes te pidió dinero para comer, en ese entonces vivía en el Hotel Cosmos, en pleno eje central. A cambio te propuso dejarte en prenda una edición de la Oda marítima, que él había traducido al español, le dijiste que no era necesario pues confiabas en su palabra. Pasó el tiempo y un día le dijiste que te devolviera el préstamo pues tenías necesidades: airado te reclamó pues la edición entregada en garantía tenía un valor superior a la cantidad facilitada.

4. Cuando la librería El Sótano se localizaba precisamente en la planta baja de un hotel, frente a la Alameda,
sustrajiste un ejemplar de Desnudo en el tejado, de Antonio Skármeta, en edición de Casa de las Américas, Cuba. Cuando te disponías a salir un empleado, de unos cincuenta años y de anteojos, te exigió que devolvieras el libro y pagaras el doble del precio rotulado. Como no te alcanzaba te entregó a dos policías que esperaban afuera del negocio en una patrulla, que te dejaron el equivalente del pasaje para tu traslado a la Ciudad Universitaria.

5. De los libros que tienes en casa, ¿cuál volverías a leer con gusto? Además de "La montaña mágica", leería también "La regenta", "Madame Bovary", "El libro del desasosiego", "Nocturno de Chile", "Los detectives salvajes" y "Amuleto". ¿Cuáles no reelerías? Definitivamente: "Una novelita lumpen", "2666", ni tampoco volvería ni a hojear "Apocalipsis cum figuris", "La vorágine", "Yo el supremo", "Redoble por Rancas" ni ninguno de Elena Poniatowska.

6. Si alguien desea leer una nota breve sobre la práctica del robo o sustracción de libros, se recomienda la siguiente nota, aparecida en el diario chileno La Tercera.

sábado, 15 de mayo de 2010

EL ETCÉTERA FATIGADO

Por cuarto año consecutivo asisto, en un viaje relámpago, a la Feria Internacional del Libro que se celebra en un pueblo cercano. Y por vez primera asisto a las horas postreras del suceso cultural, esta vez dedicado a Italia como país invitado. Cuando llego a la Expo ya se agotaron los ejemplares de 2666, obra póstuma del chileno Roberto Bolaño; ya no alcanzo a conocer a António Lobo Antunes de Portugal, ni a García Márquez el colombiano, ni a Carlos Fuentes de México. Tampoco alcanzo ejemplares de Le Clézio, de los que un amigo me encargó "lo que sea"; en cambio adquiero un estudio de Guillermo del Toro sobre la obra de Alfred Hitchcock, que me pidió un vecino. En el pabellón del país invitado, me niego a comprar un best-seller de un italiano que ha escrito sobre la Mafia (¡¡Oooooootro!!) y que su traslado al lenguaje cinematográfico disparó las ventas y, por ende, los precios.
Como sólo dispongo de día y medio para recorrer las instalaciones del lugar donde esta vez alberga a más de mil 600 editoriales y donde, según cálculos de la prensa y los organizadores, asisten 600 mil almas, la mía entre ellas, el primer día adquiero, sin pensarlo demasiado, los Diarios, de Kafka, una novela de Richard Ford, otra de Álvaro Pombo, dos de Rubem Fonseca, una selección de poemas, "los últimos", de Raymond Carver, pero cometo la torpeza de retrasar la adquisición de Nocturno de Chile, de Bolaño, pues me distraje en la búsqueda de la extensa 2666 en edición de bolsillo.
Como es lógico, el segundo día mi búsqueda se vuelve frenética -me he impuesto el propósito de regresar al mediodía a mi pueblo-, lo mismo que se incrementa mi pulsión de comprador. Aunque me fatigo buscando un libro de César Moro que nunca encontré, adquirí una antología del poeta Eugenio Montale, otra de Olga Orozco, una recopilación de ensayos sobre Borges y un poemario de Oliverio Girondo, Noche tótem, que ni siquiera sabía de su existencia; y todos en el mismo stand con ejemplares llegado de las pampas. Sin embargo esa mañana no localicé una edición que seguiré buscando de Visor, una editorial española, que reúne material del propio Girondo. Como mis compras son contra reloj, encargué dos bolsas de libros con mis amigos de la Universidad Veracruzana, el día anterior, así puedo desplazarme con cierta libertad y facilidad, lo que me hace seleccionar un lote de cine de arte para amigos muy queridos: Kieslovsky, Egoyan, Lynch, Cronenberg, Rossellini, Leone y dos etcétera fatigados.
Antes de mi viaje aquí sintetizado apretadamente, avisé a ciertas personas, con tiempo, que lo haría,lo que dio pie a una serie de peticiones que nada tienen que ver con un festival mundial de libros, pues no faltaron los encargos de bandas sonoras sobre Neruda, Fellini o la música de Morricone, Preisner, Lester. En fin.
Ya en el autobús que me llevará de regreso a mi pueblo, al fin, ese mediodía, se hará necesaria la intervención del operador para que los pasajeros, en su mayoría, ocupen los asientos que les fueron asignados en taquilla. Frecuentemente el viajante ignora la numeración, lo que desata una serie de reclamos en cascada de aquellos que buscan su número de butaca y los encuentran invadidos por los que llegaron primero. Es hasta que llegamos al siguiente pueblo que me percato de un factor que provoca una ristra de equívocos: es una mujer, acaso perturbada de sus facultades mentales y de vestimenta paupérrima, reñida con el aseo, que aborda la unidad en que viajo. Dama que ha ocupado uno de los asientos postreros, a la que el chofer reubica en los escalones próximos a la entrada, amiga del conductor evidentemente por la familiaridad en el trato; medida que termina con los malentendidos en serie de aquellos que no encontraban acomodo según la numeración destinada. Esta numeración es tan importante que, como lo relata José Revueltas después que salió de Lecumberri, en el centro de la ciudad escuchó que alguien le gritaba no por su nombre sino por el número que tuvo en su estancia durante el encierro; el escritor volteó a atender el llamado pues, inconscientemente, guardaba en el cerebro ese número extenso que sustituyó al nombre de Pepe, como le llamaban sus amigos.
En este momento recuerdo una creencia popular en algunos países, creencia que aún subsiste: el respeto que se guarda a los perturbados, alucinados, dementes y locos por la suposición de que son individuos "tocados" por la divinidad y capaces de predecir grandes catástrofes. Total, que nunca me percaté en qué parte del trayecto, el operador dejó a la mujer que le pidió un "aventón" y a quien de seguro ya le ha hecho ese favor: de llevarla o traerla al santuario de su devoción.