jueves, 13 de agosto de 2020

Jotaele Andrade (1974 )

Contemplación ritual del día







Honda belleza de la catástrofe
y de la piel de cabra en el invierno

el fuego es un metal bueno
se parece a un niño que acaricia un gato
al que hay que vigilar

pero es bueno el corazón del fuego

y busca su belleza en las cenizas

yo haré de él una catástrofe sólo para probar su bondad

he de arrojar tus vestidos
los libros preciados
los hijos que perdimos a manos del encono o de las fieras

arrojaré mi casa y el recuerdo de mi padre

entonces verás que este hombre ha desencadenado la tragedia

que el agua es buena
y el aire

que he sacrificado una cabra en el sitio
donde
la ausencia se empiedra

que contemplo el día del mismo modo en que veo

                                        pudrirse una manzana.


("otraiglesiaesimposible")

miércoles, 12 de agosto de 2020

Antonio Gamoneda (1931 )

Hoy domingo




Hoy es domingo y me parece

que la mañana no está únicamente sobre la tierra

sino que ha entrado suavemente en mi vida.



Yo veo el río como acero oscuro

bajar entre la nieve.

Veo el espino: llamear el rojo,

agrio fruto de enero.

Y el robledal, sobre tierra quemada,

resistir en silencio.



Hoy, domingo, la tierra es semejante

a la belleza y la necesidad

de lo que yo más amo.


("sureando)

martes, 11 de agosto de 2020

Claudio Rodrìguez (1934/1999 )


zenda libros




Adiós

Cualquier cosa valiera por mi vida
esta tarde. Cualquier cosa pequeña
si alguna hay. Martirio me es el ruido
sereno, sin escrúpulos, sin vuelta
de tu zapato bajo. ¿Qué victorias
busca el que ama? ¿Por qué son tan derechas
estas calles? Ni miro atrás ni puedo
perderte ya de vista. Esta es la tierra
del escarmiento: hasta los amigos
dan mala información. Mi boca besa
lo que muere, y lo acepta. Y la piel misma
del labio es la del viento. Adiós. Es útil
norma este suceso, dicen. Queda
tú con las cosas nuestras, tú, que puedes,
que yo me iré donde la noche quiera.

Nuevo día

Después de tantos días sin camino y sin casa
y sin dolor siquiera y las campanas solas
y el viento oscuro como el del recuerdo
llega el de hoy.

Cuando ayer el aliento era misterio
y la mirada seca, sin resina,
buscaba un resplandor definitivo,
llega tan delicada y tan sencilla,
tan serena de nueva levadura
esta mañana…

Es la sorpresa de la claridad,
la inocencia de la contemplación,
el secreto que abre con moldura y asombro
la primera nevada y la primera lluvia
lavando el avellano y el olivo
ya muy cerca del mar.

Invisible quietud. Brisa oreando
la melodía que ya no esperaba.
Es la iluminación de la alegría
con el silencio que no tiene tiempo.
Grave placer el de la soledad.
Y no mires el mar porque todo lo sabe
cuando llega la hora
adonde nunca llega el pensamiento
pero sí el mar del alma,
pero sí este momento del aire entre mis manos,
de esta paz que me espera
cuando llega la hora
-dos horas antes de la media noche-
del tercer oleaje, que es el mío.



Clávame con tus ojos esa nube

Clávame con tus ojos esa nube
y esta esperanza de hombre que me queda.
¿Por dónde yo si estaba en la alameda
de tus ojos mintiendo cuando estuve?

Disciplina de todo lo que sube.
De lo que mira y ve, mientras se enreda
su triste agilidad, como en la rueda
de tus campos del cielo que no anduve.

Y es por seguir cegueras sin mancilla
por lo que tanta bruma nos separa
y hace del resplandor su maravilla,

su clavel mudo. ¡Y qué ajenos al daño
después, cuando tus ojos son la clara
locura de no verme siempre extraño!


("buscapalabra")

lunes, 10 de agosto de 2020

Uriel Martínez (1950 )

g. verdi, web





Fase 3 (parte 17)


Aria de Verdi

I.

Luego de cinco meses
enclaustrada
la loca del pueblo
salió a la calle;

como quien levanta
su lápida
con esmalte recién aplicado,
sacó un pie y luego el otro;

vio a la distancia
el paisaje a un tiempo
nuevo y el mismo,
sin sorpresa;

vio auras y zopilotes
que en lo alto
trazaban círculos concéntricos,
hermosos y perfectos;

era un día soleado
y se calzó los huaraches
de playa.

Luego decidió
que cantaría un aria de ópera
en la calle mayor.

2.

Llega de pronto con
una flor prendida del aire,
detenida en la sien
izquierda.

Sonríe a los teporochos
de plazas y jardines
esperando que alguno
le extienda la anforita

como se tienden
cinco dedos en señal
de reconocimiento
y confirmación de algo.

Ella se llama de un modo
y al día siguiente
porta otra identidad,
otras señas particulares.

Pero eso no importa,
importa su oficio:
aprendiz de todo
y oficial de nada.

La vida es una batea
de babas, dice dominada
por la euforia, la química
que irradia.

3.

Pasa cerca de escaparates
donde se asoman animales presos
de una rutina insomne;

al verse reflejada en los cristales
ella exhibe cara de asombro,
como quien no sale de la celda;

le da vueltas y vueltas
a la imagen impresa en las pupilas
y no halla una  razón para llevarla;

se deja entonces conducir de la sombra
que la acompaña hasta nueva orden,
como bestezuela dócil, como juguete;

hace meses que no abandonaba su encierro,
tiempo en el cual corvas, rodillas y huesos
se le atrofiaron de cuatro paredes geométricas;

sabe que todo es cuestión de entrenarse
bajo el sol, dejarse conducir por amigos
lazarillos pues ella es mascota de sí.


Anagnórisis

1.

Hace 26 semanas partí de Laguna Honda al pueblo vecino -Sin Nombre- a llevar una información que me ardía en el gaznate: las cenizas de J se habían esparcido, según su última voluntad, en el cerro más alto del pueblo. Ante la falta de transporte, esa mañana de febrero eché a andar confiando en que pasaría un taxi disponible que me diese servicio. Era una mañana fría acompañada de un chipi-chipi que por momentos disminuía, se aceleraba. Avancé cuatro kilómetros a golpe de calcetín, me detuve a tomar aliento a las orillas de un pueblo. Era la finca de un expendio de licor y cerveza abandonada. Mientras me reponía, apareció un auriga de 75 años -supuse- en su moto. Se detuvo a hurgar en su alforja un par de anteojos que lo protegiesen del viento y la lluvia. Intercambiamos saludos y nombres. Él iba al pueblo vecino y volvería pronto. Me aseguró que si me encontraba a su regreso, me encaminaría los siete kilómetros restantes para llegar a Sin Nombre. Esa mañana sólo había visto pasar un taxi  -en sentido contario- y varios vehículos en la misma dirección que yo llevaba ese domingo de febrero. "No le dé pena", me aconsejó, pida un ride, no pasa de que no lo atiendan. Nos despedimos. Me hice de sangre fría y levanté el pulgar derecho: se detuvo una Toyota, me trepé a la caja. Arrancamos y llegamos. Etcétera.

2.

Llegué al pueblo. Había festín familiar con muchas visitas de fuera. La aldea vecina de Laguna Honda tiene raíces religiosas. La lluvia había entrado en su fase de chipi-chipi, había cerveza y refrescos que estimulan caries, obesidad y diabetes mellitus a temprana edad. Ya había entregado el mensaje, ya me habían saciado el hambre, ya Ella me había preguntado por mi mujer, hijos y nietos. Me tomaba por uno de los suyos; en cambio, yo esperaba, me ofrecieran cobijo por esa noche helada y húmeda. Estaba en la sección de sobremesa cuando la matrona se acercó con bastón y, a boca de jarro, me preguntó a qué hora era mi regreso. "Ahorita mismo", respondí para evitar rodeos. Pregunté por un atajo que me llevara a la orilla del pueblo. Con suerte encontraría un taxi; con harta suerte me regresaría de ride.

3.

Cuando yo había llegado, vi pocas caras conocidas. Me decepcionó ver que el pozo de agua que  recordaba había desaparecido. Un pozo que fue durante mucho tiempo -para mí-, el pozo del poeta bucólico que en el fondo conserva una tortuga para "purificar" el agua. Era un pozo con carrillo y cubo de los tiempos de María Castaña ("¡Ay!"), un cubo de madera abrazado por un cincho de metal inoxidable. El patio de entrada se había encementado burdamente para acondicionarlo como estacionamiento de autos con placas foráneas. Salí huyendo después del convivio ofrecido y presidido por la matrona de noventa y tantos años, una versión de la Bernarda del poeta y dramaturgo granadino. Esperé a las afueras de la aldea hasta que -ya oscuro-, conseguí transporte. Me apeé en L.H. cerca de las 21 horas. Sano y Salvo. Había cerrado un ciclo en mi vida y con mi infancia.


Dogville, agosto 2020                                                                                                        (Inédito)  


domingo, 9 de agosto de 2020

Concha Méndez (1898/1986 )

Los brazos que te han llevado...

Los brazos que te han llevado,
no te dejan escapar
para volver a mi lado.

Nos separa un ancho mar
de difíciles tormentas,
y náufrago has de llegar,
si es que vuelves a mi puerta,
para quererte salvar.

Brazos que te sujetaron
para alejarte de mí,
¡a mí sí que me salvaron!…

Cuando ya no sepa de ti
¡qué bien estaré en la vida!,
cuando ya no sepa de ti.

Cuando no vuelvas a verme
y mis horas sean mías
y yo vuelva a ser quien era
lejos de tu compañía:

Cuando no te vean mis ojos,
¡qué bien me sabrá la vida!

No faltará quien se alegre…
Unos, porque no me quieran,
y alguna porque me quiere…

Tan sola no me has dejado,
que estoy conmigo y me basta
-igual que siempre lo he estado…

("trianarts")

sábado, 8 de agosto de 2020

W.H. Auden (1907/1973 )

Asilo de ancianos




Todos poseen un límite: cada uno
Tiene un matiz de daño muy distinto. La élite
Es capaz de arreglarse por sí misma,
Caminar apoyada en un bastón,
Leer completo un libro, interpretar
Movimientos de fáciles sonatas.
(Pero acaso la libertad carnal
Es el veneno del espíritu:
Conscientes de lo que ha sucedido y el porqué
Abominan su tristeza sin lágrimas.)
Luego vienen los de silla de ruedas, el promedio
Que soporta la tele
Y guiado por amables terapeutas
Canta en comunidad.
Después los solitarios que musitan
Palabras en el limbo, y al final
Los que ya son del todo incompetentes
Y como una parodia de las plantas
(Ellas pueden sudar sin ensuciarse).
No obstante, hay algo que los une:
Todos aparecieron cuando el mundo,
A pesar de sus males,
Era más habitable y más vistoso
Y los viejos tenían auditorio
Y un lugar en la tierra.
(El niño reprendido por su madre
Podía refugiarse con la abuela para ser consolado
Y escuchar algún cuento.)
Hoy ya todos sabemos qué esperar,
Mas su generación es la primera
Que se ha desvanecido de este modo:
No en casa sino asignada a un pabellón, arrojada
Como se arrumban fardos indeseables.

Mientras voy en el Metro para estar
Media hora con una del asilo,
Recuerdo quién fue ella en su esplendor.
Entonces visitarla era un orgullo
Y no una caridad.
¿Seré tan frío como para esperar
Un somnífero rápido, indoloro;
O bien para rogar, como ella ruega,
Que Dios o la naturaleza precipiten
Su función terrenal?

("trianarts", trad. j. e. pacheco)

viernes, 7 de agosto de 2020

Rosabetty Muñoz (1960 )

Oveja anciana


Puedo decir
que he gozado mis días largamente.
He comido, bebido y bailado
sin desperdiciar minuto.
Estaré lista cuando llegue el día.
Fui feliz.
Eso es todo.
No importa que nadie lo recuerde.
La gloria también cae a la tierra
y los implacables gusanos de la muerte
no obedecen ni a los pastores siquiera.


Hay ovejas y ovejas


Las que comen de cualquir pastizal
y duermen con una sonrisa de satisfacción
en los potreros.
Las que caminan ciegamente
por los caminos acostumbrados.
Las que beben despreocupadas
en los arroyos.
Las que no trepan por pendientes peligrosas.
Esas van a dar lana abundante
en las esquilas
y serán sabrosas invitadas
en las fiestas de fin de año.
Hay también
las que tuercen las patas
buscando campos de margaritas
y se quedan horas y horas
contemplando los barrancos.
Esas balan toda la gran noche de su vida
encogidas de miedo.
Y hay, por fin,
las malas ovejas descarriadas.
Para ellas y por ellas
son las escondidas raíces
y los mejores y más deliciosos pastos.

("revistaaltazor")