Despedida
No me has querido y huyes por tus años
hacia un país en donde yo no existo,
pero cuánto me dejas al dejarme…
Otros verán tu vida deshacerse;
yo conservaré intacta la memoria
de una frágil belleza adolescente.
Pronto no has de ser tú, aunque no mueras;
aunque no vivas, vivirás en mí.
Siempre joven serás en mi recuerdo:
fíjate cuánto gano si te pierdo.
("zenda libros")
martes, 18 de febrero de 2020
domingo, 16 de febrero de 2020
Uriel Martínez(1950 )
foto de a. ortega neri
El frente frío 45
1. Serían las 13 horas del sábado pasado que me
percaté del reloj detenido, un reloj de pulsera de cuarzo. Yo había regresado a
casa después de permanecer más de una hora en el café del centro de Dogville.
Ya en casa, emparejé la hora con las manecillas de otro reloj de pulsera de
cuarzo que tengo a la mano. Pero no caminó más; quizá la pila se había agotado,
aunque tuve un presentimiento, dije pronto voy con el relojero.
2. El domingo desperté aún oscura la madrugada.
Por costumbre, encendí la lámpara para ver la hora en el reloj que tenía en el
buró. Los números digitales habían desaparecido. Tuve otro presentimiento, la
pila se habría acabado. También por hábito, me asomé a la calle: había cesado
de llover esa madrugada, lo aprecié en el asfalto húmedo, acentuadamente
oscuro.. Hice la maleta con los accesorios faltantes. La cerré y salí. Haría un
viaje aproximado de dos horas la víspera de Nochebuena.
3 Iba en pos de conocer el destino de un hombre
hospitalizado. A mediados de esa semana me enteré del enfermo grave, aunque no
supe indagar la ciudad en donde se hallaba internado. Era un domingo
infernalmente frío, la terminal de camiones,observé, estaba
desacostumbradamente concurrida, los andenes sobre todo; los viajeros en
movimiento permanente; el sol se abría paso lento entre nubes cerradas. La
corrida que abordaría en dirección a Laguna Honda no aparecía. Después de
informarme en la oficina correspondiente, anoté el número del camión. La chica
despachadora no sabía cuál era el número. Finalmente apareció con una demora de
quince minutos. Me trepé, el conductor revisó mi boleto y procuré un asiento
del lado donde golpearía el sol. El lugar a ocupar es a discreción pues en el
boleto no aparece el número de butacas disponibles. Corrí la cortina. A mi
alrededor, pude apreciar, las pasajeras vestían prendas negras: abrigos, medias
gruesas, zapatos o botas, guantes y anteojos, como si las esperara un sepelio.
4. Por fin abandonamos la ciudad copada por el
frente frío número 45, que seguiría estacionado la mayor parte de la siguiente
semana, según los pronósticos. El sol nuevo y el baño caliente antes de
abandonar la casa, me hicieron dormitar antes de llegar a la siguiente ciudad
recientemente llovida. Así lo indicaban los charcos turbios y la tierra lodosa.
Bajaron aproximadamente doce pasajeros en ese pueblo. De la bolsa de mano saqué
una cema comprada el día anterior. Desprendí un trozo. Cuando al fin llegamos,
después del mediodía, al pueblo a donde había venido a informarme del enfermo Valente, el conductor me entregó la maleta del equipajero. No le deseé feliz
nochebuena, una convención sin sentido en este fin de mes.
5. Llegué a la tienda de la esquina a proveerme
de cigarrillos. Bruno, el tendero viejo conocido, trató de darme un abrazo de
pésame, según supuse. Pero le cohibió mi probable rechazo. Me informó que
Valente el hospitalizado había fallecido ese domingo, lo dedujo por las
campanadas de duelo que escuchó cuando abría su negocio de abarrotes. Me
despedí en seguida. Caminé en dirección a donde vivió y enfermó Valente. Cerca
de la entrada a casa de sus suegros vi la capilla ardiente. Como era domingo al
mediodía, había pocas visitas, apenas se estaría difundiendo la mala nueva del
pueblo. Me seguí de largo. No sabía exactamente dónde me darían posada pues el
hotel había cerrado hace tiempo por incosteable. Llegué a la casa de la cuñada
del finado, la puerta estaba entornada. Grité el quién vive: me respondió el
silencio. En la casa de al lado me dieron razón de ella. Encargué maleta y
bolsa y fui a buscarla. A la cuñada del muerto la encontré deshecha en llanto
-hay mujeres que lloran por casi nada, pensé que quizá es un alma pura o una
actriz innata. Aunque había un sol radiante el frío no amainaba. La viuda y la
hija estaban a tres pasos, cada una en su silla de ruedas. La hija tiene un
halo de retrasada mental, las manos como de goma y la baba permanente, los
dedos como quebrados o aquejados de artritis; las greñas ingobernables y
sucias. Ahí, a un lado, la capilla ardiente, los cirios de luz eléctrica roja y
los mazos de flores cuasi marchitas, como robadas del cementerio. Las
manecillas del tiempo continuaron a paso indiferente e inconmovible el
termómetro continuó su descenso. Me fui a dormir temprano, vencido por una tos
de tuberculoso del siglo XIX. Pasaría la noche en un rincón del vecino que
frisa el siglo de vida, me recomendaron me cuidara de arañas y alacranes que
abundan en las construcciones añejas. Antes de perder conciencia un coro de
grillos me arrastró a la nada, me fui al abismo sin noción alguna del tiempo ni
la hora. La tos milenaria había cesado después de echarme encima cobijas y
frazadas gruesas.
6. Como un ejército de zombis a las 2:30
del lunes por la tarde parientes, deudos, conocidos y amigos se congregaron
alrededor de la carroza que trasladaría a Valente primero a la iglesia y luego
al cementerio. Laguna Honda se había quedado sin el principal animador de las
piezas dramáticas de Aristófanes y Sófocles; de las milenarias
pastorelas. Aunque la iglesia estaba cerca, fui de los rezagados en
seguir al coro de dolientes. La viuda y la hija tullidas se quedaron fuera de
la procesión; la chica lloraba y Barbola, la viuda, tenía la mirada fría y
lejana del maniquí abandonado en el relleno sanitario del pueblo. Entré en el
templo ya iniciada la misa,donde busqué un espacio blanco entre los asistentes.
Me acomodé cerca de un anciano con andadera y dos mujeres que seguían con
atención las indicaciones del guión que dictaba el oficiante. Hubo pocos, en su
mayoría mujeres, que acudieron a recibir la comunión. Terminada la fase de
intercambio de saludos entre los asistentes y de impartir la bendición, cuatro
empleados de la funeraria, empujaron el féretro sobre un módulo metálico de
ruedas. Desde lejos observé el ataúd rodeado de máscaras típicas, no sé si del
teatro griego o de un sainete local. Apacible, la comitiva de dolientes
seguiría a la carroza fúnebre a pie. Otra vez me rezagué, yo no iría al
cementerio. A qué ir hasta el hoyo donde sería sepultado, a qué, si Valente ya
estaba frío. Regresaría al sitio donde pasé la noche y me prepararía un café.
La segunda premonición se cumplió un día antes de año nuevo: murió una conocida
de Laguna Honda, no conocida mía.
(Inédito)
sábado, 15 de febrero de 2020
Jericho Brown (1976 )
poetry foundation
Oración del abofeteado
No la palma, no la vara de madera del
Peral, no el palo de escoba,
O el cable más
Cercano, no su cinturón trenzado, pero Dios
Bendice el reverso de la mano de papá
Que, sin empuñar nada en mí contra
O estar envuelta
En cuero, eliminó el aire
Entre ella y mi mejilla.
Haz plena esta mejilla con hoyuelos
Indigna de su marca sin puño
Y perdona mi olvido
Del amor de una mano
Hambrienta de reflejo, una mano
Que no pensó en el blanco
Como el granizo que desde un cielo ciego,
Involuntario, rápido, pero brutal
Cae para amoratar. Padre, yo sostengo el puente
De lo que podría haber sido
Una nariz rota. Levanto para ti
Lo que fue un labio partido. Bendice
Al chico que cree
Que las mejores palizas carecen de
Intención, la marca de la bestia.
Resucita al hijo
Que se glorifica en el pecado
De lo inmediato, al llamarlo amor.
Dios, salva al hombre cuyo brazo
Como el ala invisible de un ángel
Puede volar en reversa con furia
Aunque su hijo esté parado cerca.
Ayúdame a mantener en su lugar mi mandíbula ardiente
Mientras yo pienso en decir, discúlpame.
("altazor", trad. carmen cote)
viernes, 14 de febrero de 2020
Sylvia Plath (1932/1963 )
A la luz de una vela
Es invierno, es de noche, mi pequeño amor:
Una suerte de crin negra,
Una tosca y taciturna materia agreste,
Acerada con el fulgor
Que las estrellas verdes provocan en nuestra verja.
Te cojo en brazos.
Es muy tarde.
Las campanas tediosas badajean su hora.
El poder de una vela nos hace flotar en el espejo.
Es aquí. en este fluido, donde tu y yo nos conocemos,
En este halo radiante que parece respirar
Y deja que nuestras sombras se mustien
Tan sólo para avivarlas
Y agrandarlas de nuevo: violentos gigantes en la pared.
Prendo una cerilla y, de pronto, vuelve a ser real.
Al principio la vela se niega a florecer:
Recorta su brote hasta reducirlo
Casi nada, a un penoso fiasco azul.
Contengo el aliento hasta que estallas a la vida,
Mi pequeño y furioso
Erizo ovillado. El cuchillo amarillo
Crece a lo alto. Tú te aferras a tus barrotes.
Mi canción te hace rugir.
Te acuno como una barca, yendo de un lado a otro
Sobre la alfombra india, sobre el suelo helado,
Mientras el hombre de latón
Se arrodilla, encorvado, todo cuanto puede,
Alzando su pilar blanco con esa luz
Que mantiene a raya el cielo, ¡el ataque de la negrura
Que está por doquier, acercándose, acercándose!
Ese pequeño atlas cobrizo te pertenece:
Es todo cuanto tienes, tu pobre herencia. Ese titán de juguete,
Sin esposa ni hijos, con cinco balas de cañón apiladas a sus pies.
¡Cinco balas! ¡Cinco brillantes balas de latón!
Para que tú hagas malabarismos con ellas, cariño,
Cuando el cielo se derrumbe.
24 de octubre de 1962
("trianarts", trad. joán abeleira)
Es invierno, es de noche, mi pequeño amor:
Una suerte de crin negra,
Una tosca y taciturna materia agreste,
Acerada con el fulgor
Que las estrellas verdes provocan en nuestra verja.
Te cojo en brazos.
Es muy tarde.
Las campanas tediosas badajean su hora.
El poder de una vela nos hace flotar en el espejo.
Es aquí. en este fluido, donde tu y yo nos conocemos,
En este halo radiante que parece respirar
Y deja que nuestras sombras se mustien
Tan sólo para avivarlas
Y agrandarlas de nuevo: violentos gigantes en la pared.
Prendo una cerilla y, de pronto, vuelve a ser real.
Al principio la vela se niega a florecer:
Recorta su brote hasta reducirlo
Casi nada, a un penoso fiasco azul.
Contengo el aliento hasta que estallas a la vida,
Mi pequeño y furioso
Erizo ovillado. El cuchillo amarillo
Crece a lo alto. Tú te aferras a tus barrotes.
Mi canción te hace rugir.
Te acuno como una barca, yendo de un lado a otro
Sobre la alfombra india, sobre el suelo helado,
Mientras el hombre de latón
Se arrodilla, encorvado, todo cuanto puede,
Alzando su pilar blanco con esa luz
Que mantiene a raya el cielo, ¡el ataque de la negrura
Que está por doquier, acercándose, acercándose!
Ese pequeño atlas cobrizo te pertenece:
Es todo cuanto tienes, tu pobre herencia. Ese titán de juguete,
Sin esposa ni hijos, con cinco balas de cañón apiladas a sus pies.
¡Cinco balas! ¡Cinco brillantes balas de latón!
Para que tú hagas malabarismos con ellas, cariño,
Cuando el cielo se derrumbe.
24 de octubre de 1962
("trianarts", trad. joán abeleira)
jueves, 13 de febrero de 2020
Jesús López Pacheco (1930/1997 )
Poeta
Poeta es el que asume seriamente
algún dolor de todos.
El que hace de dolor y vida
belleza nueva
para que sirva de esperanza a los mejores.
Poeta es el que puede alegremente
hacer de la verdad belleza necesaria.
("voar fora asa")
Poeta es el que asume seriamente
algún dolor de todos.
El que hace de dolor y vida
belleza nueva
para que sirva de esperanza a los mejores.
Poeta es el que puede alegremente
hacer de la verdad belleza necesaria.
("voar fora asa")
miércoles, 12 de febrero de 2020
Ocean Vuong (1988 )
foto hampster
DetoNación
Hay un chiste que termina en — ah?
Es la bomba diciendo aquí está tu padre
Ahora aquí está tu padre dentro
de tus pulmones. Mira cuán liviana
es la tierra después.
Tan solo escribir la palabra padre
es tallar una porción del día
de una página con el brillo de una bomba
Hay suficiente luz para ahogarse
pero nunca para entrar en los huesos
y permanecer. No te quedes aquí, dijo, mi muchacho
roto por los nombres de las flores. No llores
nunca más. Entonces corrí dentro de la noche.
La noche: mi sombra crece
hacia mi padre.
Umbral
En el cuerpo, donde todo tiene un precio,
yo era un mendigo. Arrodillado,
miraba por la cerradura, no
al hombre duchándose, sino a la lluvia
que lo cubría: cuerdas de guitarra cortándose
sobre sus hombros redondos
Estaba cantando, es por eso
que lo recuerdo. Su voz—
me llenaba profundamente
como un esqueleto. Incluso mi nombre
arrodillado dentro de mí, pedía
absolución.
Estaba cantando. Es todo lo que recuerdo.
Pues en el cuerpo, donde todo tiene un precio,
yo estaba vivo, no conocía
una razón mejor.
Esa mañana, mi padre se detuvo
—un potro negro inmóvil en el aguacero—
buscaba mi respiración apretada
trás la puerta. Yo no sabía que el costo
de entrar a una canción – era perder
el camino de vuelta
Así que entré. Así que perdí.
Perdí todo con mis ojos
bien abiertos.
("jamster", traducción francisco cardemil
lunes, 10 de febrero de 2020
Juan Tovar (1941/2020 )
ilustración j. mortiz
Epílogo: Ismael
II
Madrigada sucia. Mujeres en las ventanas
y congregados enfrente aguardan la voz de la diosa,
pero esos labios duros hace mucho que no se abren
y también su canto propio han olvidado.
Erecto junto a la puerta vi a mi príncipe salvaje
y su piel brillaba como la plata.
No me reconoció. Hablamos en falso
y cuando dije el vocablo de barbarie que lo llama
disolvió su sangre, se escondió en mi sueño
y fue toda forma que jamás me recordó la suya
en los años que tuvimos de no vernos
pero ninguna más cierta, y al fin
tornó pesaroso, lepra su blancura:
no sé de qué me conozcas, soy lo que ves aquí.
Y en el mesón donde comimos caldo de almeja
hallé arponeros de pulso tembloroso;
las lámparas soltaban humo negro,
no la fragancia de aceite de esperma.
Qué cantáis en lo alto de los mástiles,
qué recuento de aventuras desentume en vuestra boca el
aguardiente.
¿Es vuestra única vida saquear el amor del fuego?
Decid, marinos, ¿conocéis el mar?
Los perros lamieron la sangre y se echaron junto al surco
y ahora, hermano, nos ven transcurrir:
mírame, me conoces, somos los ahogados en la línea
ecuatrorial,
los que hacia el vórtice descendimos
siguiendo a nuestro señor -
menguó la luz cintilante
y todo se fue quedando quieto
y mucho tiempo después tocamos fondo.
Y no moriríamos.
("el lugar del corazón", editorial joaquín mortiz, méxico, 1974)
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