Dos escenas
Nos vemos como en realidad nos comportamos:
Desde cada esquina nos llega una singular ofrenda.
Llega el tren con su carga de alegría;
Las chispas que despide iluminan la mesa.
El destino guía al capitán, y eso es destino.
Hacía tiempo que no escuchábamos tantas noticias, ruido tal.
Era un día cálido y placentero.
«Te vemos en tu cabellera,
Aire que reposas en la cresta de los montes.»
Una fina lluvia engrasa la maquinaría del canal.
Este es quizá un día de común honestidad
Sin precedente en la historia de este mundo
Aunque sus vahos carezcan de un sello propio
Y estén tan secos como la miseria.
Indescriptibles unidades giran sobre un anciano
A la sombra azul de unas latas de pintura
Mientras sonrientes cadetes dicen: «En el crepúsculo
Todo tiene su hora, si sabes reconocerla».
("marcelo leites", trad. jeannette l. clariond)
jueves, 7 de septiembre de 2017
miércoles, 6 de septiembre de 2017
Gonçalo M. Tavares (1970 )
El error
Yo no cometo ese tipo de errores. Cometo otro tipo de errores.
(No cometer el error en un lado es cometer el error en otro. Porque hay un equilibrio entre las cosas. Hay dos lados que tienen cosas.)
Si no has fallado busca dónde no has fallado, porque no existe el no fallar; sólo existe la mirada al sitio donde no se falla.
Mira, entonces, a otro sitio. A tu espalda.
("pájaros lanzallamas", trad. antonio sáenz delgado)
Yo no cometo ese tipo de errores. Cometo otro tipo de errores.
(No cometer el error en un lado es cometer el error en otro. Porque hay un equilibrio entre las cosas. Hay dos lados que tienen cosas.)
Si no has fallado busca dónde no has fallado, porque no existe el no fallar; sólo existe la mirada al sitio donde no se falla.
Mira, entonces, a otro sitio. A tu espalda.
("pájaros lanzallamas", trad. antonio sáenz delgado)
martes, 5 de septiembre de 2017
Enrique Molina (1910/1997 )
Mientras corren los grandes días
Arde en las cosas un terror antiguo, un profundo y secreto soplo,
un ácido orgulloso y sombrío que llena las piedras de grandes agujeros,
y torna crueles las húmedas manzanas, los árboles que el sol consagró;
las lluvias entretejidas a los largos cabellos con salvajes perfumes
y su blanda y ondeante música;
los ropajes y los vanos objetos; la tierna madera dolorosa en los tensos violines
y honrada y sumisa en la paciente mesa, en el infausto ataúd,
a cuyo alrededor los ángeles impasibles y justos se reúnen a recoger su parte de muerte;
las frutas de yeso y la íntima lámpara donde el atardecer se condensa,
y los vestidos caen como un seco follaje a los pies de la mujer desnudándose,
abriéndose en quietos círculos en torno a sus tobillos como un espeso estanque
sobre el que la noche flamea y se ahonda, recogiendo ese cuerpo melodioso,
arrastrando las sombras tras los cristales y los sueños tras los semblantes dormidos;
en tanto, junto a la tibia habitación, el desolado viento plañe bajo las hojas de la hiedra.
¡Oh Tiempo! ¡Oh, enredadera pálida! ¡Oh, sagrada fatiga de vivir...!
Oh, estéril lumbre que en mi carne luchas! Tus puras hebras trepan por mis huesos,
envolviendo mis vértebras tu espuma de suave ondular.
Y así, a través de los rostros apacibles, del invariable giro del Verano,
a través de los muebles inmóviles y mansos, de las canciones de alegre esplendor,
todo habla al absorto e indefenso testigo, a las postreras sombras trepadoras,
de su incierta partida, de las manos transformándose en la gramilla estival.
Entonces mi corazón lleno de idolatría se despierta temblando,
como el que sueña que la sombra entra en él y su adorable carne se licúa
a un son lento y dulzón, poblado de flotantes animales y neblinas,
y pasa la yema de sus dedos por sus cejas, comprueba de nuevo
sus labios y mira una vez más sus desiertas rodillas,
acariciando en torno sus riquezas, sin penetrar su secreto,
mientras corren los grandes días sobre la tierra inmutable.
("el placard")
Arde en las cosas un terror antiguo, un profundo y secreto soplo,
un ácido orgulloso y sombrío que llena las piedras de grandes agujeros,
y torna crueles las húmedas manzanas, los árboles que el sol consagró;
las lluvias entretejidas a los largos cabellos con salvajes perfumes
y su blanda y ondeante música;
los ropajes y los vanos objetos; la tierna madera dolorosa en los tensos violines
y honrada y sumisa en la paciente mesa, en el infausto ataúd,
a cuyo alrededor los ángeles impasibles y justos se reúnen a recoger su parte de muerte;
las frutas de yeso y la íntima lámpara donde el atardecer se condensa,
y los vestidos caen como un seco follaje a los pies de la mujer desnudándose,
abriéndose en quietos círculos en torno a sus tobillos como un espeso estanque
sobre el que la noche flamea y se ahonda, recogiendo ese cuerpo melodioso,
arrastrando las sombras tras los cristales y los sueños tras los semblantes dormidos;
en tanto, junto a la tibia habitación, el desolado viento plañe bajo las hojas de la hiedra.
¡Oh Tiempo! ¡Oh, enredadera pálida! ¡Oh, sagrada fatiga de vivir...!
Oh, estéril lumbre que en mi carne luchas! Tus puras hebras trepan por mis huesos,
envolviendo mis vértebras tu espuma de suave ondular.
Y así, a través de los rostros apacibles, del invariable giro del Verano,
a través de los muebles inmóviles y mansos, de las canciones de alegre esplendor,
todo habla al absorto e indefenso testigo, a las postreras sombras trepadoras,
de su incierta partida, de las manos transformándose en la gramilla estival.
Entonces mi corazón lleno de idolatría se despierta temblando,
como el que sueña que la sombra entra en él y su adorable carne se licúa
a un son lento y dulzón, poblado de flotantes animales y neblinas,
y pasa la yema de sus dedos por sus cejas, comprueba de nuevo
sus labios y mira una vez más sus desiertas rodillas,
acariciando en torno sus riquezas, sin penetrar su secreto,
mientras corren los grandes días sobre la tierra inmutable.
("el placard")
lunes, 4 de septiembre de 2017
Robert Hass (1941 )
Un cuento en torno al cuerpo
El joven compositor, huésped aquel verano en una colonia de artistas, la había estado observando toda una semana. Era japonesa, pintora, de unos sesenta años, y creyó que se había enamorado de ella. Le encantaba su trabajo, y su trabajo era la manera en que movía el cuerpo, usaba las manos, se le quedaba viendo a él directamente cuando ofrecía divertidas y consideradas respuestas a sus preguntas. Una noche, de regreso del concierto, al llegar a su puerta, ella volteó a verlo y dijo: “Creo que te gustaría poseerme. A mí me gustaría también, pero he de decirte que me han hecho una doble mastectomía” y, al ver su perplejidad, “he perdido mis dos pechos”. El esplendor que él había llevado en el vientre y en la cavidad del pecho –como la música– se marchitó muy rápidamente, e hizo un esfuerzo para mirarla a los ojos cuando dijo: “Lo siento. No me creo capaz”. Regresó caminando a su propia cabaña entre los pinos, y en la mañana halló un pequeño tazón azul en el porche, junto a su puerta. Parecía lleno de pétalos de rosa, pero se dio cuenta al levantarlo que los pétalos de rosa sólo estaban encima; el resto del tazón –seguramente ella había barrido los rincones de su estudio– estaba lleno de abejas muertas.
("pájaros lanzallamas", trad. pura lópez colomé)
El joven compositor, huésped aquel verano en una colonia de artistas, la había estado observando toda una semana. Era japonesa, pintora, de unos sesenta años, y creyó que se había enamorado de ella. Le encantaba su trabajo, y su trabajo era la manera en que movía el cuerpo, usaba las manos, se le quedaba viendo a él directamente cuando ofrecía divertidas y consideradas respuestas a sus preguntas. Una noche, de regreso del concierto, al llegar a su puerta, ella volteó a verlo y dijo: “Creo que te gustaría poseerme. A mí me gustaría también, pero he de decirte que me han hecho una doble mastectomía” y, al ver su perplejidad, “he perdido mis dos pechos”. El esplendor que él había llevado en el vientre y en la cavidad del pecho –como la música– se marchitó muy rápidamente, e hizo un esfuerzo para mirarla a los ojos cuando dijo: “Lo siento. No me creo capaz”. Regresó caminando a su propia cabaña entre los pinos, y en la mañana halló un pequeño tazón azul en el porche, junto a su puerta. Parecía lleno de pétalos de rosa, pero se dio cuenta al levantarlo que los pétalos de rosa sólo estaban encima; el resto del tazón –seguramente ella había barrido los rincones de su estudio– estaba lleno de abejas muertas.
("pájaros lanzallamas", trad. pura lópez colomé)
domingo, 3 de septiembre de 2017
Uriel Martínez (1950 )
Pensé...
Pensé leer los restos del café, pero te vi en el fondo negro; y tuve miedo de ti y de mí.
+++
Los miércoles me encomiendo a san Juan de la Cruz para escribir poemas de pelos.
(muro fb del autor)
Pensé leer los restos del café, pero te vi en el fondo negro; y tuve miedo de ti y de mí.
+++
Los miércoles me encomiendo a san Juan de la Cruz para escribir poemas de pelos.
(muro fb del autor)
sábado, 2 de septiembre de 2017
Miyó Vestrini (1938/1991 )
Los paredones de primavera
No enseñaré a mi hijo a trabajar la tierra
ni a oler la espiga
ni a cantar himnos.
Sabrá que no hay arroyos cristalinos
ni agua clara que beber.
Su mundo será de aguaceros infernales
y planicies oscuras.
De gritos y gemidos.
De sequedad en los ojos y la garganta.
De martirizados cuerpos que ya no podrán verlo ni oírlo.
Sabrá que no es bueno oír las voces de quienes exaltan el color del cielo.
Lo llevaré a Hiroshima. A Seveso. A Dachau.
Su piel caerá pedazo a pedazo frente al horror
y escuchará con pena el pájaro que canta,
la risa de los soldados
los escuadrones de la muerte
los paredones en primavera.
Tendrá la memoria que no tuvimos
y creerá en la violencia
de los que no creen en nada.
("pájaros lanzallamas")
No enseñaré a mi hijo a trabajar la tierra
ni a oler la espiga
ni a cantar himnos.
Sabrá que no hay arroyos cristalinos
ni agua clara que beber.
Su mundo será de aguaceros infernales
y planicies oscuras.
De gritos y gemidos.
De sequedad en los ojos y la garganta.
De martirizados cuerpos que ya no podrán verlo ni oírlo.
Sabrá que no es bueno oír las voces de quienes exaltan el color del cielo.
Lo llevaré a Hiroshima. A Seveso. A Dachau.
Su piel caerá pedazo a pedazo frente al horror
y escuchará con pena el pájaro que canta,
la risa de los soldados
los escuadrones de la muerte
los paredones en primavera.
Tendrá la memoria que no tuvimos
y creerá en la violencia
de los que no creen en nada.
("pájaros lanzallamas")
viernes, 1 de septiembre de 2017
Luis Alberto de Cuenca (1950 )
Cómo te defendías de mí
Cómo te defiendes de mí.
Cómo resistes,
desde la torre de la ausencia,
agitando el pañuelo para siempre,
sin forma ni color,
humo tan sólo,
aérea y rígida en tu nube,
diciendo adiós al mundo y a mis brazos,
muerta y levísima.
Cómo te defiendes de mí.
Cómo, al fin, me derrotas
y me sepultas, también a mí,
en la tumba sin flores del olvido,
donde mis huesos no conozcan
la senda de tu cobardía.
("rua das pretas")
Cómo te defiendes de mí.
Cómo resistes,
desde la torre de la ausencia,
agitando el pañuelo para siempre,
sin forma ni color,
humo tan sólo,
aérea y rígida en tu nube,
diciendo adiós al mundo y a mis brazos,
muerta y levísima.
Cómo te defiendes de mí.
Cómo, al fin, me derrotas
y me sepultas, también a mí,
en la tumba sin flores del olvido,
donde mis huesos no conozcan
la senda de tu cobardía.
("rua das pretas")
Suscribirse a:
Entradas (Atom)