Separación
Si quitas las flores de mis poemas
Una de mis cuatro estaciones morirá
Si les quitas el viento,
Dos temporadas morirán
Si quitas el pan,
Tres temporadas van a morir
Si les quitas la libertad
Todo el año va a morir y yo también.
("periódico de poesía", trad. mohsen emadi y arturo loera)
miércoles, 14 de diciembre de 2016
martes, 13 de diciembre de 2016
Edmond Jabès (1912/1991 )
Soy un silencioso
Soy un silencioso. Me pregunto, gracias a la distancia que tomo, ahora, de mi vida, si este gusto pronunciado por el silencio no tiene su origen en la dificultad que, desde siempre, fue mía, la de sentirme de algún lugar.
Antes de conocer el desierto, sabía que era mi universo. Sólo la arena puede acompañar una palabra muda hasta el horizonte.
Escribir sobre la arena, a la escucha de una voz de otro tiempo, abolidos los límites. Voz violenta del viento o, inmóvil, del aire, esta voz le sostiene la mirada. Le anuncia lo que lo agrede o aplasta. Voz de las abisales profundidades de las que usted sólo es el ruido ininteligible; la sonora o inaudible presencia.
Si le hiciera falta una imagen a la Nada, la arena nos la procuraría.
Polvo de nuestras ataduras. Desierto de nuestros destinos.
("life vest under your seat", s/c al traductor)
Soy un silencioso. Me pregunto, gracias a la distancia que tomo, ahora, de mi vida, si este gusto pronunciado por el silencio no tiene su origen en la dificultad que, desde siempre, fue mía, la de sentirme de algún lugar.
Antes de conocer el desierto, sabía que era mi universo. Sólo la arena puede acompañar una palabra muda hasta el horizonte.
Escribir sobre la arena, a la escucha de una voz de otro tiempo, abolidos los límites. Voz violenta del viento o, inmóvil, del aire, esta voz le sostiene la mirada. Le anuncia lo que lo agrede o aplasta. Voz de las abisales profundidades de las que usted sólo es el ruido ininteligible; la sonora o inaudible presencia.
Si le hiciera falta una imagen a la Nada, la arena nos la procuraría.
Polvo de nuestras ataduras. Desierto de nuestros destinos.
("life vest under your seat", s/c al traductor)
lunes, 12 de diciembre de 2016
Andrés Eloy Blanco (1897/1955 )
Cuántas estrellas tiene el cielo?
La última noche que pasamos juntos,
lo preguntó:
-Cuántas estrellas tiene el cielo?
-Trescientas cincuenta mil.
-A que no?
-A que sí?
-Cállate. Esta noche
no quiero que preguntes esas cosas.
Esta noche, si quieres preguntar
cuántas estrellas tiene el cielo,
o cualquier otra cosa,
pregunta algo así como: me quieres?
tienes frío? quién dice que tiene hambre?
Esta noche, pregunta algo que sea
contestado en el mundo sin palabras.
Interroga con toda tu sangre
algo en que toda la vida del mundo
esté preguntando,
algo así como: quién llora?
hace falta algo?
Y verás como todo hace falta
y sabrás cuántas estrellas tiene el cielo
cuando sepas que el cielo tiene una sola estrella
para cada momento,
porque con una que se pierda
dará un paso de sombra la luz del Universo.
("rua das pretas")
La última noche que pasamos juntos,
lo preguntó:
-Cuántas estrellas tiene el cielo?
-Trescientas cincuenta mil.
-A que no?
-A que sí?
-Cállate. Esta noche
no quiero que preguntes esas cosas.
Esta noche, si quieres preguntar
cuántas estrellas tiene el cielo,
o cualquier otra cosa,
pregunta algo así como: me quieres?
tienes frío? quién dice que tiene hambre?
Esta noche, pregunta algo que sea
contestado en el mundo sin palabras.
Interroga con toda tu sangre
algo en que toda la vida del mundo
esté preguntando,
algo así como: quién llora?
hace falta algo?
Y verás como todo hace falta
y sabrás cuántas estrellas tiene el cielo
cuando sepas que el cielo tiene una sola estrella
para cada momento,
porque con una que se pierda
dará un paso de sombra la luz del Universo.
("rua das pretas")
domingo, 11 de diciembre de 2016
Uriel Martínez (1950 )
Cómo me hice hermafrodita
a.
Yo no sé cómo. Un día me senté a escribir tiradas de líneas separadas como mi respiración, quebradas por mis balbuceos. Cuando hube terminado vi destellos como las plumas encrespadas de los gallos de pelea, eran plumas, juraría, tornasol. No sé qué descubrí primero, si mis primerizas inquietudes sexuales -con la aparición de los tempranos pelos del pubis, en axilas o labio superior-, o esa forma elemental y primitiva de expresarme por escrito. En algún cuaderno olvidado, en algún cajón, en alguna caja de zapatos, en algún fólder han de reposar los primeros escritos pasados por los rodillos de aquella Olivetti prestada -primero- y luego adquirida para llevar conmigo como un lunar, un tic, una posesión secreta.
b.
Uno va por la vida como quien va y vuelve por los corredores de la Preparatoria, por los callejones silenciosos de la noche, a la vera del alcohol, la mariguana, los estanques de aguas negras, el sexo inmediato y anónimo. De esos episodios semiclandestinos a veces se concretan perlas, diamantes o enfermedades de transmisión sexual (ETS) intuidas, procuradas, encontradas. Cuando agotamos la carga de diábolos, volteamos, en la feria, a ver las figuras de lámina caídas; hacemos un recuento callado de los patitos muertos: José, Juan, Ricardo, Raúl, Mauricio, fueron abatidos por la enfermedad o cualquier otra aventura procurada, asediada, hostigada, intuida. Deseada, sí, deseada.
c.
Un día me dijeron: asiste a los talleres del décimo piso de Rectoría; y fuí, en las vacaciones escolares. Hubo pruebas de fuego, vicios de escritura evidenciados, deficiencias de lenguaje, lecturas no realizadas. Ahí escuché por vez primera el nombre de un desconocido, Fernando Pessoa, luego vinieron sus heterónimos; después Huidobro, Girondo, Vallejo, los metafísicos ingleses, qué sé yo. Y volví a esos talleres una y otra vez, a los amigos, a la ciudad que me esperaba. Me inscribí en Letras Hispánicas, al tiempo que trabajaba medio día en alguna parte. En el taller de novela leí Orlando, que un día despierta trocado en el otro; descubrí la capacidad camaleónica del escritor, la voz andrógina del creador, el Cástor y el Pólux que habita en él.
d.
Ya no aspiraba a encontrar aquellas envolturas de chicles y caramelos que el niño pasaba por la flama y aparecía una leyenda, una frase, una profecía; ya no procuraría aquellos papelitos que el ave del Pajarero saca de una caja y la extiende con un destino, cualquier medio día de mercado. El "pájaro de la suerte" que ilumina la mañana por un rato. Me avoqué a la lectura de Contemporáneos. Aunque muchos años después, saqué de la cajita que me extendió la Santa Muerte plateada, una tira de papel cuidadosamente impresa: lo leí y lo guardé en la billetera.
[Inédito]
[Inédito]
sábado, 10 de diciembre de 2016
Luis García Montero (1958 )
Canción presentimiento
Seguramente
nadie pudo decirnos
que la luz era un túnel sin salida,
que el sol era la sombra
y el mar un sentimiento de la piedra.
Seguramente nadie,
nadie quiso advertir en los periódicos
una flor que era invierno,
una ley que era espada
y esta nube, sospecha de la roca.
Así,
amaneció de negro el día blanco,
y la luna fue escombro
a las dos de la tarde,
cuando salió la víbora de los grandes desiertos
para buscar almohadas y conocer la nieve.
Y los años perdían la memoria,
y el desván se cerraba en las alas del águila,
y cada huella presentía el hielo,
y cada uno se aferró a su nombre
como a un leño en el mar,
navegando en la herida de una frase,
en las puestas de sol,
entre las cartas y los documentos.
Así, con la rutina
de las salas de urgencia,
vino el sapo viscoso de la lluvia,
y nos besó en la boca.
("life vest under your seat")
Seguramente
nadie pudo decirnos
que la luz era un túnel sin salida,
que el sol era la sombra
y el mar un sentimiento de la piedra.
Seguramente nadie,
nadie quiso advertir en los periódicos
una flor que era invierno,
una ley que era espada
y esta nube, sospecha de la roca.
Así,
amaneció de negro el día blanco,
y la luna fue escombro
a las dos de la tarde,
cuando salió la víbora de los grandes desiertos
para buscar almohadas y conocer la nieve.
Y los años perdían la memoria,
y el desván se cerraba en las alas del águila,
y cada huella presentía el hielo,
y cada uno se aferró a su nombre
como a un leño en el mar,
navegando en la herida de una frase,
en las puestas de sol,
entre las cartas y los documentos.
Así, con la rutina
de las salas de urgencia,
vino el sapo viscoso de la lluvia,
y nos besó en la boca.
("life vest under your seat")
viernes, 9 de diciembre de 2016
José Hierro (1922/2002 )
El muerto
Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría
no podrá morir nunca.
Yo lo veo muy claro en mi noche completa.
Me costó muchos siglos de muerte poder comprenderlo,
muchos siglos de olvido y de sombra constante,
muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido
a la hierba que encima de mí balancea su fresca verdura.
Ahora el aire, allá arriba, más alto que el suelo que pisan los vivos,
será azul. Temblará estremecido, rompiéndose,
desgarrado su vidrio oloroso por claras campanas,
por el curvo volar de los gorriones,
por las flores doradas y blancas de esencias frutales.
(Yo una vez hice un ramo con ellas.
Puede ser que después arrojara las flores al agua,
puede ser que le diera las flores a un niño pequeño,
que llenara de flores alguna cabeza que ya no recuerdo,
que a mi madre llevara las flores:
yo quería poner primavera en sus manos.)
¡Será ya primavera allá arriba!
Pero yo que he sentido una vez en mis manos temblar la alegría
no podré morir nunca.
Pero yo que he tocado una vez las agudas agujas del pino
no podré morir nunca.
Morirán los que nunca jamás sorprendieron
aquel vago pasar de la loca alegría.
Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos
no podré morir nunca.
Aunque muera mi cuerpo, y no quede memoria de mí.
("ni un día sin poesía")
Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría
no podrá morir nunca.
Yo lo veo muy claro en mi noche completa.
Me costó muchos siglos de muerte poder comprenderlo,
muchos siglos de olvido y de sombra constante,
muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido
a la hierba que encima de mí balancea su fresca verdura.
Ahora el aire, allá arriba, más alto que el suelo que pisan los vivos,
será azul. Temblará estremecido, rompiéndose,
desgarrado su vidrio oloroso por claras campanas,
por el curvo volar de los gorriones,
por las flores doradas y blancas de esencias frutales.
(Yo una vez hice un ramo con ellas.
Puede ser que después arrojara las flores al agua,
puede ser que le diera las flores a un niño pequeño,
que llenara de flores alguna cabeza que ya no recuerdo,
que a mi madre llevara las flores:
yo quería poner primavera en sus manos.)
¡Será ya primavera allá arriba!
Pero yo que he sentido una vez en mis manos temblar la alegría
no podré morir nunca.
Pero yo que he tocado una vez las agudas agujas del pino
no podré morir nunca.
Morirán los que nunca jamás sorprendieron
aquel vago pasar de la loca alegría.
Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos
no podré morir nunca.
Aunque muera mi cuerpo, y no quede memoria de mí.
("ni un día sin poesía")
jueves, 8 de diciembre de 2016
Fabio Morábito (1955 )
Miro a esos dos...
Miro a esos dos de la mesa del fondo
y aunque no oigo lo que dicen,
por las caras que ponen,
por sus gestos,
por cómo cada uno escucha al otro
y asiente convencido
o lo interrumpe,
los envidio.
Quisiera unirme a ese fervor
que apenas necesita de palabras,
gesticular con ellos
sin el volumen de la voz,
como los veo de mi lugar;
dejar al fin brillar los labios,
comunicarnos con la sola mímica
y acalorarnos con el puro cuerpo.
("alguien de lava", conaculta-era, méx., 2002)
Miro a esos dos de la mesa del fondo
y aunque no oigo lo que dicen,
por las caras que ponen,
por sus gestos,
por cómo cada uno escucha al otro
y asiente convencido
o lo interrumpe,
los envidio.
Quisiera unirme a ese fervor
que apenas necesita de palabras,
gesticular con ellos
sin el volumen de la voz,
como los veo de mi lugar;
dejar al fin brillar los labios,
comunicarnos con la sola mímica
y acalorarnos con el puro cuerpo.
("alguien de lava", conaculta-era, méx., 2002)
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