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domingo, 15 de septiembre de 2019

Uriel Martínez (1950 )



Pajarito, pajarito



1.
Jueves. Me agaché a recoger un papel hecho varios dobleces; lo levanté y guardé en la bolsa. Seguí mi camino mientras imaginaba que alguien me seguía para reclamar que ese billete le pertenecía. Ocho meses atrás recogí del piso cuatro billetes de cien y veinte pesos. Supuse que alguien había tendido un "cuatro" (trampa) al azar al primer incauto, pues nunca sobran ni faltan los Uriel. En enero y agosto me sonreía la suerte. Otra sospecha: los billetes eran falsos, alguien los había tirado con la certeza de que un ingenuo los levantaría.

2.
Ese mismo jueves entré a comprar Tabcín Noche. La chica que me atendió me ofreció una tarjeta de puntos de regalo, una especie de monedero electrónico con morralla a favor del cliente, me explicó. "No vivo aquí, gracias". De dónde viene, me inquirió. "De Dogville, allá no tenemos farmacia" Nos despedimos. Salí y me encaminé a la esquina. La imaginaba que desde la puerta me llamaba: "Señor, su billete es falso". Si no se percataba ella, perdería cien pesos, la denominación del billete recogido a medio día, afuera de la Central Camionera. Pasé más tarde con la idea de que al verme me identificaría. Pasé y pasé pero no la vi en el mostrador. Ya no quise tentar mi suerte.

3.
Antes de abandonar Dogville la víspera, temprano me enteré del fallecimiento de Toni Morrison, la primera autora negra norteamericana en acceder al Premio Nóbel de Literatura. En mi biblioteca tenía tres novelas suyas. Salí de la ciudad con su novela La isla de los caballeros. Al día siguiente de mi llegada a esa ciudad vecina, cayó una fuerte tormenta cerca de media noche. Fue el siguiente sábado que encontré en la librería Ghandi Beloved, que estuvo fuera del mercado algún tiempo. La suerte me sonreía. Me propuse terminar pronto la relectura del libro que vino conmigo en la maleta.

4.
El domingo 25 atravesaba una plaza muy concurrida -un día antes del regreso a clases-, los padres buscaban la tienda con los uniformes reglamentarios del colegio; revisaban las mejores ofertas en útiles escolares; hacían fila en los helados de medio dólar; llevaban y traían a infantes en carriola o tomados de la mano. Vi al pajarero con la jaula de la suerte. Me detuve, lo pensé: me acerqué. Tarifa de treinta pesos a cambio de cuatro profecías dobladas. Emilio se llamaba el ave (Rousseau). Antes de abrirle la jaula el señot Tiresias le extendió a su ayudante una piedrita verde y él cogió otra para sí. Se tomaron de la mano y cerraron los ojos. Salió Emilio: con el pico tomó uno, otro, otro y otro papelitos con pasado, presente y futuro del narrador. Tiresias me recomendó guardarlos y leerlos en casa: me entregaba en mano mi destino, mi fortuna, mi pasado y mi porvenir. Protegido de Venus, carácter recio, viernes mi día de suerte, viviré muchos años (friso los setenta), mayo y junio meses óptimos para negocios. Temperamento melancólico; supera sensiblerías. A huevo.



(Inédito)

jueves, 1 de noviembre de 2018

Carmen Boullosa (1954 )


Darío Galicia: dos intervenciones 


1
Me escribe Juan Pascoe -el primer editor de Roberto Bolaño- que topó en la Librería Madero del centro de la Ciudad de México con Darío Galicia, el poeta, uno de los tres mosqueteros del piquete o Comité Central de los Infrarrealistas, formado también por Bolaño y Mario Santiago. Darío Galicia, un nombre con alturas míticas, que Bolaño cambió en su novela Los detectives salvajes por Piel Divina; no sé por qué. La verdad es que Darío Galicia tiene más jale que ese nombre.

Darío Galicia fue becario Salvador Novo apenas instituidas las becas para poetas jóvenes menores de 21 años, cuando acababa de morir Salvador Novo. En las primeras dos generaciones  fuimos afortunados Verónica Volkow, el dicho Galicia, Francisco Segovia y la que aquí escribe, entre otros.. Me acuerdo de Darío Galicia en la fiesta para dar la bienvenida a los nuevos becarios en el University Club de Reforma casi esquina con Insurgentes. Iba vestido con overoles de mezclilla, muy en contraste con los trajes de los organizadores y otros poetas que por lo menos llevaban saco de pana, la verdad es que yo lo encontré elegantísimo. Darío Galicia, encantador, lleno de espontaneidad y frescura, inteligente, se podría haber comido al mundo, le sobraba ingenio, chispa, energía. Además era muy buen poeta. Aunque perteneciéramos a bandos contrarios, y él fuera gay y yo una muchachita, no sé por qué me perdonó la vida. Sospecho que nos caímos bien, o si fue que él me resultó tan grato que eso bastó para repartir a los dos partes, la suya y la mía. El caso es que por él los Infras nunca me hicieron la guerra.

2
La beca Salvador Novo consistía, cuando la fundaron, en una mensualidad muy sustanciosa, quiero decir 'muy' para nuestros estándares. Esto antes de las debacles financieras del peso mexicano, cuando tenía tres ceros más que hoy, cuando la economía apuntaba a que nos íbamos a ir al cielo, cuando España era pobre y nosotros en relación a ellos un país rico. La beca Novo incluía seguro médico. En lo que a mí respecta, nunca me he sentido más rica. El seguro médico le salvó la vida a Darío Galicia: era becario cuando se le reventó un aneurisma. Tuvieron que hacerle una cirugía del cerebro, de hecho dos. Estoy hablando del año del caldo, principios de los setenta, era casi imposible salir bien librado de una cirugía del cocolín. Roberto Bolaño escribió un poema de la visita que le hizo cuando convalecía de la segunda operación en 1976. Está en su libro Los perros románticos, "Visita a un convaleciente", ahí dice que "con la trepanación" -exageración o libertad poética- a Darío Galicia se le esfumó la memoria, y que su papá opinaba que había una buena nueva en las desgracias,
había perdido su inclinación sexual. Dudo las dos cosas porque topé con él un par de años después y nos reconocimos y porque lo vi -o eso recuerdo- en un antro de los suyos, donde yo tomaba copas acompañando a algún amigo, la única mujer a la redonda. Nunca lo volví a ver. Creo haber hablado con Bolaño de él, los dos lo dábamos por muerto.

3
Pero Juan Pascoe lo vio en la Librería Madero, y no paseaba, no reconocía, no derramaba talento, chispa, ingenio, no estaba comprando libros. Era un mendigo callejero que vociferaba: "Yo soy Carlos Monsiváis" -de quien fue tan amigo-, "Yo soy Carlos Fuentes"- a quien puedo jurar que nunca conoció-.
   Me llegó su e-mail apenas llegar a casa de Madrid, donde fue a dar una conferencia y de pilón me colé a ver la adaptación teatral de la novela póstuma de Bolaño, 2666, que terminó con la proyección de una inmensa fotografía del autor a la que la butaquería llena le aplaudió a rabiar.
   Y yo, claro que al leer el e-mail de Pascoe, no pude sino comparar cómo los países tienen la facultad de ser generosos con sus talentos, o francamente ojetes. Y dejemos de lado a los talentos: no sé si el estado de salud de Darío Galicia, pero si ya no escribe más, si tiene problemas y dificultades, no hay estado que lo proteja. Y si escribe...¡pues lo dicho!
   Por mi parte, un minuto de palabras -el silencio no se me da- por Darío Galicia.



[revista "Día siete", diario El Universal, 13 de abril 2008, secc. "hasta atrás"]

domingo, 5 de febrero de 2017

Uriel Martínez (1950 )


LOS INDESEABLES



 1.
Con todos los pronósticos en contra en agosto del año 2007 se abrió la librería La Azotea, libros de altura, sin patrocinio alguno, como una acción de vida filantrópica. De todos los indeseables que se acercaron, el más enigmático de todos fue un gato callejero del que no me percaté en qué momento invadió el espacio. Una mañana, al abrir la puerta metálica de entrada, "sentí" que alguien estaba ahí. Luego de percibir la presencia de un ser real, un invasor, un precarista, vi la tierra de un tiesto revuelta, excavada y la planta panda como en la temporada de ventarrones -que en Dogville son inmisericordes-; dirigí la mirada como el paneo de una cámara de cine en una cinta de terror, inmóvil mi cuerpo, hasta que lo vi. El animal me veía, echado de perfil sobre una fila de libros en la parte superior de un librero. "Quítate de ahí", le ordené, "vas a apestar los libros". Siguió inmóvil, como si procesara la orden cortante y seca. Me acerqué a la mesa de novedades donde tengo, además, un calendario triangular por mes, una libreta de ventas, un vaso-lapicero y suplementos pendientes de revisión. Revisé el cuaderno de tareas, la bitácora del día y los libros que llevaría esa mañana para entregar. Antes de salir le advertí: "Te vas antes de mi regreso, ¿me oíste?" El forastero no parpadeaba mientras me veía y escuchaba las palabras de bienvenida.

2.
Recién abierta la librería apareció un ratón pequeño. Aparición que atribuí a que ahí cerca, recién inaugurada una fonda, se fumigó el local y el roedor salió huyendo de un exterminio seguro. La primera vez que percibí su presencia fue en la lectura de una obra de Ian McEwan, de reojo registré vagamente un desplazamiento -imaginé que era una hoja seca de árbol esa temporada de vientos incómodos-; no le di importancia. Pero días después me percaté de quien era. Consulté a un conocido antes de comprar una ratonera y un veneno encontrado en el supermercado. Cada mañana me acercaba a la trampa, ahí estaba el migajón de pan untado con la carnada mortal. La carnada disminuía sin que el mecanismo de la trampa se accionara en mi ausencia. "El ratón irá secándose por dentro", me dijo mi asesor, "no dejes de cambiarle el pan y el veneno." Hasta que un día encontré, detrás de las cajas de cartón de embalaje, el pellejo del indeseado. Pude también conseguir un gato para que con su sola presencia ahuyentara al roedor pero de sólo pensar que impregnaría el negocio de pelos y del olor característico de heces, preferí la ratonera.

3.
Una visita diametralmente opuesta era la perrita de mis vecinas, Luna. Observé que cada vez que me veía, soltaba un chorro de orines. Al principio sus necesidades fisiológicas las expelía a la entrada del edificio de donde ella y yo vivíamos; según la distancia, yo le llamaba por su nombre y ella arrojaba de gusto, supongo, la fuente del riñón. Hasta que una mañana apareció -el negocio nunca tuvo canceles ni muros de cristal- y expelió y expelió hasta formar un charco de orines. "Es la última vez que vienes y me haces esto", cogí una escoba y una cubeta de agua. Empecé a lavar mientras Luna veía y escuchaba mi llamada de atención. Luego apliqué un chorro de cloro y pasé el trapeador. Pero la mancha de orines no cedía. "Vete a tu casa". Con los ojos atentos detrás del greñero que los cubrían, me obedeció. Con el paso del tiempo, el sol y el viento, la marca canina se desvaneció. 

4.
Ese mismo día que apareció el gato gris de manchas negras y ojos ágata, a mi regreso al mediodía, hora de abrir, lo busqué de nuevo. Recorrí los libreros, busqué detrás de las filas de libros, me asomé al cuarto del aparato de música y a la bodega de cartón y ánforas de agua destilada, al wc. "Dónde andas", pregunté en voz alta. El invasor se hallaba detrás de un atril de madera donde exhibía libros. Me veía atentamente. Me acerqué. "Ya te dije que te vayas, no quiero animales en mi negocio". Levanté la cortina metálica principal. Era cerca del mediodía, cuando pasan colegiales de regreso a casa. Estaba sentado a la mesa de lectura y de apuntes cuando le ofrecí a una madre de familia el gato. Hizo cara de espanto, al igual que sus dos hijos uniformados, "No nos gustan los gatos". Supuse alguna alergia, como es común en aquellos que prefieren otros animales de compañía.

5.
No me di por derrotado. El último intento que hice por deshacerme del invasor, antes del oscurecer y ya bajada la cortina, fue colocar un cenicero de cristal limpio, al borde exterior de la puerta de entrada con leche y migajas de pan. "Chito, chito, chito", repetí varias veces hasta que el minino atendió la invitación -llevaba varios días sin alimento alguno, supuse. Cuando vi que empezaba a beberse la leche, cerré la puerta de acceso, eché llave y subí al tercer piso, donde vivo hace cerca de dos décadas. Antes de conciliar el sueño alcancé a escuchar los maullidos del animal que se había quedado sin techo. Una descarga eléctrica me recorrió la espina dorsal. La mañana siguiente, temprano, vi el cenicero limpio, sin migajas ni leche. El indeseable había desaparecido.

6.
Mucho tiempo después, quizá nueve años cumplidos con el negocio de libros, en una plática con una amiga, supe que son los muertos cercanos a nosotros quienes nos envían animales de compañía en un intento de comunicación y diálogo. Recordé al minino de ojos ágata primero; y luego me acordé del ratón envenenado. 

                                                                                              Dogville, febrero 2017

domingo, 22 de enero de 2017

Uriel Martínez (1950 )

ÚLTIMA HORA. CIERRA LIBRERÍA

                                                para Layo y Janial                                          

1.
Cuando estaba por concretarse el proyecto de la librería "La Azotea", se me grabó lo dicho por un editor que fue de los primeros en escuchar la buena nueva, ¿Es el mejor momento para abrirla?, supuse que nunca llegará el momento ideal para echar a andar un proyecto independiente; y menos en un país sin lectores. Así que la abrí con la intención de amarrar contratos con proveedores que desconfían de ambulantes, manteros, pregoneros y otros. La idea original era abarcar, además de la distribución de libros no comerciales, música ajena al canon impuesto por los medios y películas de cine de autor, con la desventaja de que sólo obtenía un 10 por ciento de descuento en ambos géneros. CD y DVD. Pronto me percaté que era un error no especializarme en la venta de libros de texto, de autoayuda, de best-sellers, de metafísica, de yoga, de meditación, de aromaterapia, flores de Bach y de leyendas de Dogville. Pero el terco no quería repetir catálogos del librero-empresario; y siguió montado en su pegaso.

2.
Me bastaba saber que aunque ya fallecido, contaba con la simpatía del narrador amigo Severino Salazar, de quien no se distribuían sus libros en el primer cuadro de la aldea. Así que me entregué a vestir el espacio en alquiler aquel mes de agosto del año 2007. Aquí sendos grabados de Oliverio Hinojosa y Manuel Felguérez, allá dos fotos enmarcadas, tiestos con tierra negra, carteles del pintor Rufino Tamayo, Museo del Estanquillo, de películas acerca del asesino de John Lennon. En suma, un espacio espiritual según la observación de un amigo, Tapia. Me senté a esperar clientes y a leer, a explorar la internet donde abrí dos blogs de literatura. Tarde o temprano me percaté que daba lo mismo abrir a las diez o a las 13 horas, de todos modos llegaban: 1) aquellos que solicitaban apoyo para reliquias, una intervención quirúrgica delicada, un sepelio de un familiar o la oferta de un plan funerario de usted y los suyos, un contrato de equis cablera; y 2) aquellos que habían heredado una biblioteca del abuelo y les urgía deshacerse de los libros estorbosos y pesados y pedían a gritos que les comprara la herencia jamás deseda. "Pero La Azotea no es librería de viejo", me defendía. Así pasó una década, sin percatarme de la necesidad de renovarse o morir, de reinventar el negocio o de cerrar, llanamente.

3.
Las primeras rupturas se dieron con los proveedores de música y cine. Sucedió que en una feria del libro del pueblo en el espacio de la instancia cultural del gobierno (IZC), vi que ofertaban cintas del catálogo de uno de mis proveedores, a un precio inferior al mío. Llamé. Me explicaron que a raíz de un convenio -no comunicado con La Azotea- se acordó el envío de una dotación absoluta del catálogo. Me despedí con una mentada de madre a los de la distribuidora Zafra. Algo semejante sucedió con Zima, distribuidora que inundó las cadenas de supermercados con sus títulos; y después con una microempresa de Colombia. Me concreté a la venta de libros. Los stocks se reducían y, por ende, la gama clientelar.

4.
Desde antes de instalar la librería hubo aquellos que deseaban sofocar cualquier iniciativa propia. Mientras distribuía una revista editada en la ciudad de México, "Equis", quisieron arrebatarme la representación: con una llamada, que fue grabada y que luego escuché, denunciaron que la venta de suscripciones y al menudeo tenían un costo más alto. Posteriormente, ya instalada La Azotea, negociaron con Pentagrama la presentación de novedades musicales y videos en una librería del centro histórico. Me valió madres el ensayo de boicot y proseguí mi trabajo independiente, hasta el distanciamiento definitivo con la productora, quien ya había perdido con la separación del cantante Óscar Chávez del catálogo.

5.
El año 2016 fue fatal: dispuse de mis ahorros para la vejez hasta quemar las naves. No fue la primera y espero no sea la última, ya en la Comarca Lagunera -Coahuila y Durango-, había vivido una racha parecida. Viví años y meses al día. ¿Qué más da? La Azotea, libros de altura, se metamorfosea: ya es virtual.

6. Desde aquí, deseo que empresas que ofrecen suscripciones a un vasto catálogo de películas (DVD), lleven a la quiebra a mis exproveedores -Zafra y Zima e Ilanga-, me refiero a Netflix y Claro Video más las que se acumulen en la quincena.
                                                                                           Dogville, enero 2017

domingo, 11 de diciembre de 2016

Uriel Martínez (1950 )

Cómo me hice hermafrodita

                                    

a.
Yo no sé cómo. Un día me senté a escribir tiradas de líneas separadas como mi respiración, quebradas por mis balbuceos. Cuando hube terminado vi destellos como las plumas encrespadas de los gallos de pelea, eran plumas, juraría, tornasol. No sé qué descubrí primero, si mis primerizas inquietudes sexuales -con la aparición de los tempranos pelos del pubis, en axilas o labio superior-, o esa forma elemental y primitiva de expresarme por escrito. En algún cuaderno olvidado, en algún cajón, en alguna caja de zapatos, en algún fólder  han de reposar los primeros escritos pasados por los rodillos de aquella Olivetti prestada -primero- y luego adquirida para llevar conmigo como un lunar, un tic, una posesión secreta.

b.
Uno va por la vida como quien va y vuelve por los corredores de la Preparatoria, por los callejones silenciosos de la noche, a la vera del alcohol, la mariguana, los estanques de aguas negras, el sexo inmediato y anónimo. De esos episodios semiclandestinos a veces se concretan perlas, diamantes o enfermedades de transmisión sexual (ETS) intuidas, procuradas, encontradas. Cuando agotamos la carga de diábolos, volteamos, en la feria, a ver las figuras de lámina caídas; hacemos un recuento callado de los patitos muertos: José, Juan, Ricardo, Raúl, Mauricio, fueron abatidos por la enfermedad o cualquier otra aventura procurada, asediada, hostigada, intuida. Deseada, sí, deseada.

c.
Un día me dijeron: asiste a los talleres del décimo piso de Rectoría; y fuí, en las vacaciones escolares. Hubo pruebas de fuego, vicios de escritura evidenciados, deficiencias de lenguaje, lecturas no realizadas. Ahí escuché por vez primera el nombre de un desconocido, Fernando Pessoa, luego vinieron sus heterónimos; después Huidobro, Girondo, Vallejo, los metafísicos ingleses, qué sé yo. Y volví a esos talleres una y otra vez, a los amigos, a la ciudad que me esperaba. Me inscribí en Letras Hispánicas, al tiempo que trabajaba medio día en alguna parte. En el taller de novela leí Orlando, que un día despierta trocado en el otro; descubrí la capacidad camaleónica del escritor, la voz andrógina del creador, el Cástor y el Pólux que habita en él.

d.
Ya no aspiraba a encontrar aquellas envolturas de chicles y caramelos que el niño pasaba por la flama y aparecía una leyenda, una frase, una profecía; ya no procuraría aquellos papelitos que el ave del Pajarero saca de una caja y la extiende con un destino, cualquier medio día de mercado. El "pájaro de la suerte" que ilumina la mañana por un rato. Me avoqué a la lectura de Contemporáneos. Aunque muchos años después, saqué de la cajita que me extendió la Santa Muerte plateada, una tira de papel cuidadosamente impresa: lo leí y lo guardé en la billetera.


[Inédito]

martes, 9 de diciembre de 2014

LA FERIA DE VANIDADES

La fiesta de los libros

1. El jueves 4 de diciembre salí de Dogville en un guajolotero que me llevaría a la feria de vanidades (FIL) de Guadalagayra. Llegué pasado el mediodía y hasta el oscurecer entré en un cyber. Me esperaba una negra mala nueva: habían asesinado a un amigo esa misma madrugada en mi pueblo, que en el nombre lleva la cruz. Corroboré la información que me proporcionó un capitalino y la compartí en mi muro con unas frases de despedida y sepelio. A partir de ese momento el fin de semana fue largo y dilatado: me subió la presión, todo me parecía excesivo en esa quezque "fiesta de los libros", etcétera.

2. Como pude, regresé el domingo con la maleta pesada de libros. En el trayecto de aquella ciudad a Dogville hay que pasar cuatro filtros militares. En el último retén -venía semidormido- atiné a identificar mi maleta que los uniformados habían bajado del equipajero y vi a un hermoso perro entrenado para olfatear droga que avisaba que ahí había gato encerrado, como se dice. No me asusté. Hasta que uno de los militares subió al camión en que venía yo de regreso y preguntó por el dueño de la maleta, "con etiqueta terminación 666". No sé mucho de las profecías de Nostradamus más allá de lo que escuchaba de niño en Telesistema Mexicano (hoy Televisa). Me levanté del asiento y bajé.

3. Les respondí que traía libros, que la maleta no contenía medicinas, que me permitieran abrirla para la revisión obligatoria. El que esculcaba me preguntó si eran libros para mí. De algunos traía cinco y tres ejemplares. Le respondí que no, que eran pedidos de clientes específicos y que atiendo una librería en Dogville. Abrieron la bolsa con las chanclas, la bolsa con mis afeites, la bolsa con dos dulces artesanales de leche y los partieron a  la mitad. No hallaron nada sospechoso. Me dijeron que podía treparme a mi camión. No di gracias a nadie, simplemente no estaba escrito que ese lunes ocho de diciembre de este año no me tocaba que nadie me desapareciera.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Adonis García vive en Jerez

El vampiro de la colonia Roma


Este libro fue la primera obra que compré de tema gay. Lo hice un par de años antes de estudiar Letras. Allí nunca la abordé, ni los maestros lo hicieron. De los colegas homo tampoco supe que la tuvieran. "Como que era" de las obras prohibidas.
   El libro lo miré en la sección pornográfica de un estanquillo de la estación de autobuses. Lo ojeé y me atrapó. Fue por el tema: la autobiografía de Adonis García; y más por la forma novedosa del relato. En primera persona relata su vida de prostituto y presenta el lenguaje tribal: buga, hetero, homo, etc.
   El negocio lo atendía una chica que me miró raro cuando se lo puse para que lo cobrara. No actuó como hacía ante los compradores de sopa de letras y crucigramas. Antes de entregármelo, lo metió en una bolsa negra, como si fueran toallas sanitarias.
   El sistema de registro de ventas me gustó. Anotó en una libreta profesional de cuadros pequeños: "1 libro el vampiro de la colonia roma 7,000 pesos."
   En el viaje de Localia-Aguas lo comencé a leer. Recuerdo que esta vez me senté en el asiento 6. No hice anotaciones. Lugar que me gustaba, doblaba la hoja. El libro terminó doblado.
   La primera frase me marcó para siempre y me hizo ateo por un tiempo: "Y tú, ¿qué vas a hacer cuando dios muera?
   Luego de esa lectura vino En jirones. También lo leí en los autobuses. Entonces desafiaba: leo y es literatura gay.
   Hace tiempo Cristian reseñó la obra de Zapata y lo publicaron en La Gualdra. El acto me emocionó, porque la gayés abrió camino en la prensa de Localia.



(fuente: suplemento cultural "La Gualdra", no. 165, 15. IX, 2014, año 4. El autor de este texto conmemorativo firma con el seudónimo Mateo Estrada Gaviria, a quien se le pidió permiso para la reproducción en este espacio.) 

viernes, 12 de septiembre de 2014

Marco Antonio Campos (1949 )

19 de septiembre de 1985

Serge llegó por primera vez a México en el 1977; en marzo del 1979, cuando se derrumbó famosamente la Universidad Iberoamericana, supo de la salvaje intensidad telúrica  del valle de México. Pero ni compararlo con éste, comentaría luego. A las siete y diecinueve de la mañana, el mundo desconocía su centro. Los segundos corrían casi a tientas, y él y su compañera Edith miraban retorcerse los vitrales ígneos de la casa. Serge dijo: habito un castillo encantado.




(fuente: Ésos fueron los días, FCE, col. Letras mexicanas, México, 1999.)

jueves, 5 de junio de 2014

A, B, C de la Infancia


1.
Qué bonito país, asolado por la delincuencia organizada que los utiliza como pequeños sicarios, "burreros", "halcones", víctimas del comercio sexual y del tráfico de órganos. Sólo faltan los "narcorridos alterados" que alaben las hazañas de epígonos de "El Ponchis", que confesó haber intervenidos en decapitaciones y ejecuciones de sicarios.
2.
Qué lindo país, que ha prohijado curas como Marcial Maciel -que en gloria esté- y sus seguidores, multiplicados como hongos y conejos, de vocación pederasta y con la bendición de la misma institución que representan. No hay día que no trascienda a la prensa una o más notas sobre el abuso que sufren los menores, ya en colegios, ya en seminarios, ya en sacristías.
3.
Qué país de ensueño con sus grandes ferreterías, tlapalerías y gasolineras donde cualquier menor consigue solventes industriales, combustibles y pegamentos para calzado que utilizan en un trozo de estopa -llamado "muñeca"- para ofrecer sus productos: chicles, kleenex, fruta o globos de fuego a cambio de unas cuantas monedas. Inhalantes que, otras veces, les quita el hambre y los estupidiza.
4.
Qué hermoso país que no protege a los pequeños migrantes que vienen de Sudamérica con la intención de llegar al norte en busca de sus padres, que en el trayecto son interceptados por personal del Instituto Nacional de Migración (INM), el narco o los tratantes de blancas para hacerlos desistir de su infancia y su inocencia.
5.
No vivimos en Disneylandia. Despertamos del idilio hace cinco años, con el incendio de la guardería ABC, subrogada, en donde fallecieron calcinados 49 infantes -entre los cinco meses y los cinco años- sin que desde entonces nadie, ni funcionarios del gobierno de Sonora, haya recibido castigo alguno. Tragedia que dejó un saldo, además de los muertos, de 76 heridos. Sin considerar las secuelas emocionales y físicas de sobrevivientes y familiares.
6
La tarde de este jueves 5 de junio, para conmemorar uno día más de Duelo Nacional, se efectuó un acto en Dogville, en el Jardín Independencia, donde se soltaron 49 globos blancos, que simbolizaban a aquellos infantes y su deceso prematuro.

domingo, 20 de abril de 2014

EL EXILIO

Abril

¿Qué poeta dijo que abril es el mes más cruel? Durante la semana santa, en 1974, murió el escritor José Revueltas, entre los que le acompañamos al cementerio, recuerdo al amigo Guillermo Villar, al profesor Vicente Francisco Torres. Pero no recuerdo a otros. Hace de eso demasiados años.

Exilio

¿Qué es el exilio sino una situación que nos obliga a sustituir con palabras escritas la relación entre los amigos más queridos, que están lejos, ausentes, diseminados cada uno en lugares y ciudades distintas? Y, además, ¿qué relación podemos mantener con el país que hemos perdido, el país que nos han obligado a abandonar, qué otra presencia de ese lugar ausente, sino el testimonio de su existencia que nos traen las cartas (esporádicas, elusivas, triviales) que nos llegan con noticias familares?

R. Piglia


Septiembre 1985

Amaneciste ebrio. Alfredo te invitaba a abandonar el edificio de Avenida Amsterdam antes del derrumbe. "Ya va a pasar", le respondiste en lo que veías que el librero se venía abajo y escuchabas el estruendo del càntaro de barro al estrellarse contra el piso, en lo que oías como se fracturaban las costillas invisibles del departamento que habitaste siete años.

Mensaje

Mi estimado U, llegas en un momento interesante, hoy falleció García Márquez y hoy hospitalizo a mi madre. Me comunico contigo en cuanto pueda. Saludo.

Eclipse

Un día antes, de madrugada, hubo un eclipse que muchos vieron, yo no. Después supe que se apreció una luna roja. Ese mismo día, ya tarde, viajaba a la ciudad de México, donde me tocaría el sismo mientras cruzaba la Alameda Central en dirección a la farmacia. Me detuvo la voz de una chica de anteojos, sentada en una piedra: "¡Está temblando!" Me detuve: vi que los árboles se movían como cuando hace mucho aire. El movimiento no terminaba. "Luego vendrán las réplicas", le dije mientras veía a la distancia esperando el momento de que se viniera abajo un edificio. Pero nunca sucedió. 

lunes, 20 de enero de 2014

Echados como canes


El mejor amigo

Rowlf está debajo de la mesa. Era una de las fantasías que me faltaba realizar, la de tener un perro esclavo lamiéndome los pies mientras trabajo o mientras chateo con mis amigos o juego a alguna boludez en la computadora. Es así, mientras uno va cumpliendo fantasías se inventa unas nuevas, más sofisticadas. Esta, en particular, pensaba que no iba a poder cumplirla, que no iba a poder escribir mientras alguien me lamía los pies debido a la excitación, pero acá estoy, escribiendo mientras siento la lengua tibia, húmeda y gruesa de Rowlf.
Hasta no hace mucho me interesaban solamente las lamidas de botas. Lo importante, en este caso, es que uno pueda sentir la lengua contra el pie a través del cuero. “No siento tu lengua, perro, lamé con más fuerza”, es una frase que repetí varias veces durante el entrenamiento de esclavos. Así lo aprendí yo de mi primer Master y es así como adoro las botas de Matute, mi Master actual, lamiendo con la suficiente presión como para que se sienta cómo el cuero cede ante la lengua. Las botas de mi Amo están ahora a un costado de mi cama, es un par que decidió dejar en mi casa para que no lo extrañe tanto y, además, por una cuestión sanitaria: el hecho de que no hayan sido usadas en la calle hace menos riesgoso para la salud el lamerlas, sobre todo lamer las suelas. El placer que se siente con la lamida de botas y la lamida de pies es muy diferente. Lamer botas implica necesariamente una actitud de sumisión, en cambio el lamer pies no necesariamente. En mi ranking de sensaciones placenteras, una buena lamida de pies mientras me cogen o cojo a mi partenaire, patitas al hombro, encabeza la lista.
En el caso de Rowlf sí se trata de sumisión. Es un excelente perro, muy sumiso y obediente. A veces se rebela y quiere dominar la situación, yo lo dejo, pero apenas le doy una orden, la cumple. Muchas veces se queda durante largos minutos mirándome fijo mientras yo hago otra cosa, entonces le pregunto qué le pasa y su respuesta es siempre la misma: “Es que me gustas mucho”. Por momentos me molesta esa mirada de perro esperando al borde de la mesa un resto de comida, o una caricia o una palabra de su Amo, con el plus de que los ojos de Rowlf son grandes y más expresivos que los de cualquier otro perro, que los de muchas personas incluso. Los perros son así, y en ese sentido mi esclavo es un perro genuino. La diferencia es que cuando un perro (un can, digo) te mira, no piensa, al menos eso creo; en cambio un perro humano, además de mirar piensa y eso por momentos me inquieta. Puedo saber cuándo Rowlf me mira con amor, con aburrimiento, con altanería, sé cuándo se siente humillado, cuándo está aprobando o desaprobando. A veces capto en su mirada una actitud desafiante. “Si seguís así me vas a ojear, perro. ¡A los pies!”, le ordeno entonces, y él siempre obedece. Hoy estoy en patas, es la primera vez que mi perro me lame los pies mientras escribo, es mejor que todos los perros del mundo. Hace un rato que no siento su lengua, miro debajo de la mesa, se quedó dormido, echado en el piso, con la cabeza apoyada en mi pie izquierdo.




(¿Qué mejor compañía del lobo estepario que una mascota? Nota de Pablo Pérez, "cuatro patas", calcada del sitio "soy", Clarín, Buenos Aires.)

domingo, 8 de diciembre de 2013

LAS CENIZAS DE SEVERINO SALAZAR

7:55 A. M.
La niebla ha cubierto la ciudad. Acampa con su vaho sinuoso y repentino como quien busca posesionarse de espejos, lagos y estanques. Detrás de los cristales sudados los cuerpos han cobrado movimiento: quieren contrarrestar las bajas temperaturas con bebidas humeantes. La maleta de viaje ha sido cerrada. Los guantes, las llaves, los obturadores, las persianas, la bufanda, la puerta, la billetera, el celular, las vitaminas, los pañuelos desechables, el cuaderno de viaje. Todo ha sido corroborado, guardado y verificado. Nos alejamos de la niebla que ha invadido la ciudad, nuestro cuerpo, la madrugada.

10:05 A. M.
Hace ocho años tus cenizas cupieron en una urna de madera fina y ahí los tuyos depositaron quejas oraciones y conjuros para demorar la partida. Conforme a tus indicaciones una parte de esos rescoldos fueron llevados al mausoleo familiar, otra al potrero en que fuiste feliz y el resto, señalaste, estaría en tu obra póstuma, que hoy conoce la luz pública. Pero he aquí que nadie te recuerda. A la cita acudieron sombras y vagas presencias.

12:45 P. M.
De pronto te percatas que has fallecido por segunda vez. Eres parte de un guión que nunca nadie leyó, un argumento del que nadie se hizo cargo. Una trama estúpida del lado que se le vea. De repente te viene a la memoria tu última etapa en hospitales, en salas de emergencia, tú en calidad de pasajero en una ambulancia cualquier tarde de domingo o día de asueto; era el compás de espera que empezaba a ahogarse pues el responsable de suministrarte la droga contra el dolor, había desaparecido. Fue entonces que alguien te extendió la piadosa bolsa de polietileno para acabar de una buena vez con ese dolor recurrente; y una y otra y otra vez dijiste "No quiero", hacías a un lado el regalo siniestro. Maldita suerte la de los creyentes, maldita religión que te condenó a beber hasta las heces tu cáliz: el libreto concebido por un imbécil. Así tenía que suceder, te dices, como  las historias dramatizadas en la radio bajo el patrocinio de jabones de tocador y la brillantina perfumada que te aplicaba el peluquero luego de cepillarte los pelos de hombros y orejas, de aplicar la dosis de alcohol en los alrededores de la nuca; antes de sacudir la manta (como quien espanta los malos espíritus).Cada cinco sábados te llevaban con Román el peluquero al corte, oficio del que aprendiste cómo se afila la navaja en el trozo de cuero de res curtido; cómo se oyen las tijeras cuando pasaban cerca de las orejas; cómo te erizaba la piel la máquina desgastada al correr por el epicentro de la nuca. Todavía tus cenizas en la urna sienten la brocha enjabonada y tibia cuando pasaba como una caricia, ahí, donde un día te sumergieron en el agua; otro día al plantarte alguien una pedrada certera; y otro día más las yemas de una mano que te atrajeron al precipicio.

16:05
Tú sabes que no volverás, sabes que los restos esparcidos un día ventoso en las veredas de infantes se perdieron entre las breñas y huizaches, en la corriente de agua que en verano bajaba de la Sierra Madre. Hace ocho años que no baja sin sangre, desde aquel entonces en que era posible caminar de madrugada en los alrededores de catedral, envuelto en gabán, o con un sarape, o una chamarra de cuello de borrega. Con lo que tuvieras a la mano. Pero aquel montón de cenizas fue volcado en tres partes; la que se esparció aquí cerca con el viento fue a dar "en casa de la chingada", abierta las 24 horas del día.

21:57
Para no perder la costumbre, te has lavado la boca con bicarbonato de sodio y gotas de limón. Los labios encallados en maldiciones no articuladas ni proferidas guardan en las comisuras el poema que nunca escribiste en endecasílabos; tu pluma en cambio alimentó el alejandrino emboscado en prosa, en largas tiradas y aliento sostenido para escribir aquella historia de los amantes secretos, llevados al fin al tribunal del Santo Oficio. Concluido el aseo vas al lecho y abres el libro de lectura suspendida la noche anterior. Lo abres y lees al tiempo que de un punto indefinido de la habitación se alza el sonido de cantos gregorianos. Es un modular Aiwa.

13:02
Al café Madoka ya no vienen ni tus amigos vivos ni tus amigos muertos. Si acaso, por las tardes de lunes a viernes ves en las mesas del fondo, en las mesas de Damas Chinas, Dominó y Serpientes y Escaleras, a un rezagado de la camada del escritor Agustín Yáñez, pero ninguno que se acerque a la generación de Fernando del Paso. Como individuo eras lúdico y mitómano, como autor expropiaste historias de otros para darles una decantada, un giro trágico, una pulida que no siempre resultó impecable. Pese a todo, esperaste el momento oportuno para elaborar la trama del panadero repartidor en bicicleta (como la película de Pedro Infante), de un pueblo a otro y casi de madrugada, quien terminaría sus días enfermo de diabetes. "El pan dulce", te sugirió alguien como título. Pero no lo concluiste. Recuerda también que, de entrada, quisiste donar tus libreros personales a una biblioteca que ya tenía catalogadas todas tus existencias. Excepto aquellos tomos adquiridos en el extranjero, mientras hacías una especialidad en literatura gaélica o mientras tomabas un año sabático. Pero esos tomos los heredaste a tus deudos.

23:24
Me dicen que tu vocación, además de la docencia y la escritura, fue la publicación en editoriales prácticamente artesanales, pequeñas, al margen de las grandes firmas trasnacionales: Katún, Leega Literaria y tres universitarias, que jamás usufructuaste una beca ni fuiste distinguido con un premio importante -de los predestinados a los elegidos-; sé también de buena fuente que en la presentación de tu obra reunida no fueron convocados algunos de aquellos que tuvieron que ver contigo en el quehacer editorial, antes y después de tu ausencia: el doctor Antonio Marquet, colega universitario, y Braulio Peralta, por cuya voluntad aparecieron dos obras tuyas en la editorial Grijalbo, "El imperio de las flores" y la segunda edición de "Donde deben estar las catedrales". Pero se desconoce el agradecimiento que le guardaste a Raúl Hernández Viveros para la inclusión de "Las aguas derramadas" en la Universidad Veracruzana (UV) y a Marco Antonio Jiménez por la publicación de "El mundo es un lugar extraño" y "Desiertos intactos"; y al editor y escritor Marcial Fernández por la primera edición de "Mecanismos de luz y otras iluminaciones", cuando ya te había "tocado" la enfermedad.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Periodismo como pulso en México

Medellín (Colombia), 20 nov (EFE).- El mexicano Alejandro Almazán, el peruano Esteban Félix, el brasileño Lucio Castro, la colombiana Olga Lozano y la costarricense Giannina Segnini fueron hoy galardonados con los Premios Gabriel García Márquez en la gran fiesta del periodismo iberoamericano en Medellín, Colombia.
Jaime Abello, director de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), fundada en 1995 por el autor de “Cien años de soledad” con el fin de velar por la excelencia periodística, destacó durante la ceremonia que estos premios “representan la diversidad de los procesos que vive el periodismo iberoamericano”.
En la categoría de Crónica y Reportaje fue premiado el periodista de la revista Gatopardo Alejandro Almazán por el trabajo “Carta desde la Laguna”, en el que reconstruye la guerra desatada desde 2005 entre los carteles de Sinaloa y de Los Zetas en las ciudades de Gómez Palacio, Durango y Torreón, azotadas por la violencia desde 2005.
Periodista y escritor, el mexicano ha ganado en tres ocasiones el Premio Nacional de Periodismo en su país y ha colaborado en medios como Milenio Semanal, Reforma y El Universal.
El peruano Esteban Félix fue el premiado en la categoría de Imagen por el trabajo “Azúcar amargo: la epidemia misteriosa”, una serie fotográfica que documenta las muertes en la región nicaragüense de Chichigalpa por una misteriosa epidemia que desde el año 2000 ha acabado con la vida de unas 24.000 personas en El Salvador y Nicaragua.
Félix es fotógrafo de Associated Press (AP) en Nicaragua, después de haber trabajado en Honduras para esta agencia estadounidense y para los diarios El Sol y El Comercio en su Perú natal.
Lucio Castro, periodista de ESPN en Brasil, fue el ganador en la categoría Cobertura Noticiosa por el trabajo “Memórias No Chumbo – O futebol nos tempos do Condor”, en el que investiga las relaciones entre el fútbol y las dictaduras militares de Brasil, Argentina, Chile y Uruguay en la segunda mitad del siglo XX.
El brasileño documenta cómo los gobiernos militares utilizaron el fútbol como una herramienta propagandística y mantuvieron un férreo control sobre este popular deporte.
La colombiana Olga Lucía Lozano ganó el premio a la Innovación gracias a “Proyecto Rosa”, una iniciativa periodística que hace un seguimiento profundo a la aplicación de la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras en Colombia en voz de Rosa Amelia Hernández, una líder de víctimas.
La dirección, creación y coordinación general de “Proyecto Rosa” corresponde a Lozano, quien es a su vez editora creativa del portal La Silla Vacía, mientras que la investigación y realización de las piezas periodísticas corre a cargo de Andrés Bermúdez.
El Premio a la Excelencia, la única de las cinco categorías en las que se conocía ganador, lo recogió la costarricense Giannina Segnini, editora de la unidad de investigación del diario La Nación.
Durante el acto también habló el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, en nombre de la Junta Directiva de la FNPI, de la que es miembro, quien destacó que los premios entregados hoy son a “un periodismo que tiene la valentía de investigar”.
Ramírez aseguró que durante tres días Medellín vivirá “una verdadera fiesta en torno a la libertad de expresión, también una fiesta de la imaginación” y alertó de los peligros que enfrenta el periodismo, como las amenazas a la libertad de expresión, los regímenes autoritarios y los asesinatos a manos de carteles de la drogas.
A la cita, organizada por la FNPI e inspirada en el propio Gabriel García Márquez, participaron un total de 1.379 trabajos procedentes de 30 países se han presentado a las distintas categorías.
Además de la entrega de los premios, hasta el próximo 22 de noviembre hay organizadas mesas redondas, talleres y conferencias ofrecidas por reconocidos profesionales en Medellín.


(despacho reproducido del sitio "sin embargo")

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Lemebel, "Poco hombre"

Si Lou Reed supo retratar con furia y ternura punk el lado salvaje del Nueva York setentero, Pedro Lemebel hizo exactamente lo mismo con el Chile que pasó de la transición al libre mercado. En los veinte años de crónicas condensadas en las 280 páginas de “Poco hombre” (Ediciones UDP), Lemebel explora grietas tanto personales como colectivas que, significativamente, se proponen en dos textos introductorios.
El primero, “Manifiesto (hablo por mi diferencia)” se remonta a 1986 y en sus versos más tremendos dice: “La gente comprende y dice:/ Es marica pero escribe bien/ Es marica pero es buen amigo/ Súper-buena-onda/ Yo no soy buena onda/ Yo acepto al mundo/ Sin pedirle esa buena onda/ Pero igual se ríen/ Tengo cicatrices de risas en la espalda”.
Inmediatamente después, viene “El abismo iletrado de los sonidos”, donde aborda encuentro entre el inca Atahualpa y un emisario de Pizarro en 1532. Este último le entrega una Biblia, a lo que Atahualpa la tomó y luego la tiró al suelo, provocando la cólera de los españoles. Pero Lemebel dice que no fue un desprecio ante Dios, sino que Atahualpa confundió el libro con un caracol marino y “lo puso en su oreja para escuchar la letra parlante del creador”. Y que al no escuchar ningún sonido, la tiró al suelo, frustrado.
Ambos textos, que abarcan desde la imposibilidad de conectar hasta la violencia con que la palabra escrita arrebató los sonidos arcanos de nuestro continente, determinan la estructura de los textos que vienen a continuación.
En ellos vemos un Santiago arrasado por la modernidad y donde el único triunfo que algunos tendrán en toda su vida será a través del fútbol (“La enamorada errancia del descontrol”); los apellidos recurrentes de nuestra élite (“El incesto cultural del familión chileno”); el horror puro (“Las orquídeas negras de Mariana Callejas”); la prostitución codificada (“Su ronca risa loca”) y nuestra particular historia “underground” (“El garage Matucana”, “Que será de la Janet del 777″).
Sin embargo, cuando el lector se sumerge en la prosa de Lemebel -irónica, contemplativa, reflexiva- descubrirá que tras esas capas construidas desde una primera persona juguetonamente travesti -a veces masculina, otras femenina- se esconde la melancolía risueña y recelosa de quien acepta el destino, no que pelea contra él. En eso conecta con el gran Carlos Monsiváis (1938-2010), quien lo describió como “un escritor marginal en el centro y un freak canónico, ambos hechos indisolublemente por la desolación y energía”.
O el mismo Lebemel, quien cierra el libro declarando: “Quería ser cantora, trapecista o una india pájara trinándole al ocaso. Pero la lengua se me enroscó de impotencia y en vez de claridad o emoción letrada produje una jungla de ruidos”.
 
 
(reseña calcada del sitio "letras.s5.com")

jueves, 17 de octubre de 2013

Luis Antonio de Villena (1951 )

Borges

Conocí a Borges ya viejo. Y quizá como otros tiendo a considerar
que el anciano de sonrisa perpetua, aferrado a su oscuro bastón
no debió  conocer la juventud. Es este Borges al que retratamos una
tarde de 1982. El Borges que (con su peculiar acento, su continuo
tentar la ironía) hablaba continuamente de libros y de palabras…
Recordaba un verso de Lucano, traducido por Juan de Jáuregui,
y lo repitió varias veces, una mientras yo lo conducía al lavabo:
“Muere el mar y es cristal su monumento” ¡Caramba qué verso!
volvió a reiterar el mítico ciego, acaso para ocultar lo demasiado
humano inevitable. Como algunos grandes conservadores tenía
muchas proclamaciones anarquistas. Había vivido para los libros
y en los libros. Pero ¿no hubo más? ¿Quién era María, quién su
casi infinita madre, quién aquella Estela Canto a quien dedicó
y regaló el manuscrito minucioso de “El Aleph”? Como le hubiera
gustado decir, Borges era muchos y todos misteriosos, como tú,
casi como cualquiera. Pidió, otra tarde, que le leyéramos un fragmento
de un viejo cuento suyo, que no recordaba. Lo hicimos. Y cuando
surgía la frase  carismáticamente borgeana, decía: “No está mal eso.
¿Verdad? ¡Caramba! ¿A quién se lo habré copiado yo?”. Cuando alguien
le preguntó qué pensaba de quienes decían cosas contra él, acentuó
la peculiar sonrisa indefinida: “¿Qué voy a pensar, ché? Bueno, que
tienen razón, ¿no?” Recuerdo cuando, adolescente, leí el primer poema
suyo que me fascinó, “España”. Recuerdo miles de posteriores lecturas
deslumbradas:  “¿Es posible que yo, súbdito de Yakub Almansur/
muera como tuvieron que morir las rosas y Aristóteles?” Hizo,
con daño oculto, de la ceguera un don y se esforzó en la humildad
de quien sabe con sir Thomas Browne que “el olvido es insobornable.”
Su presencia tranquilizaba, pues era igual a lo que imaginaste
y te gustaba saberlo próximo a Quevedo o a Lugones, cuando
leía con voz exacta: “Detrás de los mitos y las máscaras,/ el alma,
que está sola.”  También ante el espejo en que no podía verse,
resignándose al retrato: “La justa y vasta y necesaria muerte”
Adiós, Borges. Sin usted todos seríamos, en verdad, mucho menos…
 
 
(texto tomado del sitio "alpialdelapalabra")

sábado, 5 de octubre de 2013

Rubem Fonseca, ensayista

Bebiendo con Dylan Thomas en Nueva York


En el aeropuerto del Galeón, esperando abordar el moderno Constellation que me llevaría a Nueva York en más o menos veinte horas, un sujeto me preguntó por qué no iba, como él, a Europa, a París, en vez de perder mi tiempo en Estados Unidos. Había desdén en su voz. Los connaisseurs de nuestra burguesía aún no habían descubierto Manhattan. Era 1953, septiembre.
"Times Square es igualita a la Rúa Larga" (Río de Janeiro) dijo convencido. Y tal vez tuviera alguna razón; ambas eran sucias y pobladas por una plebe de tontos y gente muy pobre; en Río, miran las armas en los aparadores de las tiendas de caza y pesca, y en Manhattan los letreros luminosos de los cines y teatros. En las mañanas de los días hábiles, cientos de individuos de dientes cariados y ropa: descolorida ocupaban las banquetas de la Rúa Larga, caminando en el sentido de la avenida Río Branco "como una enorme oruga". En Times Square era por la noche cuando provincianos y burgueses y delincuentes se mezclaban en un ambiente rufianesco de quimera y violencia. Dos calles amenazadoras.
Al llegar a Nueva York, me fui a vivir al Hotel Albert, que tenía la veleidad de llamarse The Albert. Estaba en una calle, University Place, cercana a Greenwich Village. Fue allí donde treinta años antes residió y escribió uno de sus libros Thomas Wolfe, adonde llegó venido de Harvard para enseñar en la Universidad de Nueva York.
The Albert era un hotel en ruinas que todavía ostentaba algo de su antiguo esplendor. Las lámparas de cristal cortado hacían brillar los pasamanos de metal de sus escaleras, y los rojos tapetes agujerados le daban un aire decadente, pero grandioso y digno. Pasadas algunas noches, sin embargo, The Albert comenzó a parecerme siniestro. Las luces de mi enorme habitación eran débiles y, en la penumbra amarillenta, las cortinas y los muebles oscuros me entristecían. En aquel cuarto leí a Wolfe por primera vez. Uno de los porteros del hotel, un negro de cabellos blancos y una inofensiva afición a mentir, me aseguró que yo estaba en el mismo cuarto de Wolfe, y que él había visto al escritor trabajando -esto es, rasgando los papeles que escribía. "Writers are crazy people", dijo. El libro que Wolfe escribió en ese entonces fue "Of Time and the River". Es la historia de un joven que sale de casa para estudiar en una universidad distante, esperando huir de los recuerdos de su infancia y convertirse en un gran escritor; sufre decepciones amorosas, viaja al extranjero y entonces esos recuerdos, que él pensaba haber borrado de su memoria, vuelven todos -nombres de ríos y accidentes geográficos, colores, olores y sabores, los rostros de su familia. Movido por la nostalgia y reconciliado consigo mismo, el joven vuelve a casa.
En The Albert sufrí de insomnio, lo que me llevó varias veces a salir por las calles, casi siempre rumbo a Washington Square, que quedaba cerca del hotel. Cubierto con un abrigo grueso, negro, que había comprado tan pronto como llegué, me acostaba en el círculo de cemento del centro del parque, con la cabeza apoyada en el borde que lo circunda, y me quedaba viendo al cielo, mirando el día rayar y al sol hacer refulgir las alamedas cubiertas de rojizas hojas otoñales, mientras unos vagabundos, hombres y mujeres, me pedían cigarros y me contaban sus desgracias, siempre con un hondo aliento de alcohol que ni el frío húmedo conseguía disipar.
Antes de septiembre terminé mudándome y me fui a vivir, la primera de muchas veces, al Chelsea. El Hotel Chelsea estaba en la Calle 23, entre la Séptima y la Octava avenidas. Alguien lo tildó de "anomalía gótica victoriana", debido tal vez al tejado de pizarra, a las torres y balcones de hierro forjado. Construido en 1884, fue, desde aquella época, residencia de artistas y escritores. Fueron huéspedes permanentes Mark Twain, William Dean Howells, O. Henry, Edgard Lee Masters, James T. Farrel, Mary McCarthy, Virgil Thomson (el compositor), Brendam Benham, Nelson Algren, William Burroughs, Vladimir Nabokob, Gregory Corso, Arthur Miller, Julius Lester y otros, inclusive Wolfe, huésped en 1937 y 1938, probablemente evadido, como yo, delAlbert. En el Chelsea, Wolfe terminó sus dos últimos libros,antes de viajar para Baltimore. Seguramente no existió hotel en este planeta donde hubieran residido tantos escritores importantes. Una investigación en los libros de registro del Chelsea revelaría aún a varios otros, no sólo americanos y europeos, sino también de otras partes del mundo. El edificio se consideraba monumento histórico de la ciudad, y su fachada ostentaba una placa de bronce con el nombre de algunos de sus ilustres ocupantes.
Pasé a frecuentar el bar del Chelsea. (Después transformado en un restaurante español llamado Don Quijote, donde, por lo menos hasta 1977, se bebía buen vino y se comía una paella mediocre). El bar estaba lleno de escritores y artistas, principalmente de teatro y de las artes visuales. Entre ellos se destacaba Dylan Thomas, tenido por uno de los más importantes poetas de su generación. Oriundo de gales, publicó su primer libro, "Eighteen poems", a los veinte años, y le fue reconocido enseguida como un trabajo de fuerte originalidad y talento. Dylan Thomas realizaba su cuarta tournée por Estados Unidos, y tenía una vez más un gran éxito, principalmente en Nueva York, por la manera violentamente emotiva con que leía sus poemas, y por la percepción penetrante con que trataba los temas del nacimiento y la muerte, la alegría, el dolor y la belleza. También era famoso por sus borracheras y groserías, que se perdonaban por ser él, como dijo uno de sus cronistas, John Brinnin, "el más puro poeta lírico del siglo veinte".
Un día estaba él recargado sobre la barra del bar y coincidió que quedáramos uno junto al otro. Dylan bebía cerveza y whisky, alternados. No me acuerdo de qué conversamos. Recuerdo sus ojos ligeramente desencajados, inteligentes, con la luz que sólo existe en la mirada de los poetas que se despiden de la vida. A lo blanco de la esclerótica lo cruzaban finas venas rojizas que parecían cambiar el color del iris. Su rostro era rollizo y vulnerable como un globo sin forma. La voz era levemente gutural, pero sin aristas, velada, aunque mostraba todas las tensiones de su mente. Los escritores alcohólicos son cosa común. Las conversaciones de borrachos no son para tomarse en serio. No le di importancia. Es así como los poetas más jóvenes tratan a los más viejos.

  Pero al llegar a mi cuarto, antes de dormir, escribí, en una carta:
El bar era oscuro y encerrado; Dylan bebía encogido, parecía temer que le pisaran los pies, que se rieran de él, sintiéndose viejo e hinchado: esas pequeñas cosas horribles que nos suceden a todos borrachos, cansados y tristes. ¿Dónde estaría la furia? ¿Dónde, la ira contra la luz que se oscurecía en este bar del hotel de la Calle 23? A su lado sentí el aliento del animal finalmente domesticado: parecía dispuesto a entrar en la noche plena y misericordiosa de la que habla en su poesía.
 Durante la madrugada de ese día, una ambulancia vino a recoger a Dylan Thomas y lo llevó para morir en el hospital Saint Vicent. Era noviembre. Pronto llegó la nieve y no tardó mucho la ciudad en olvidar al poeta.
 
(texto tomado íntegro del sitio "proyecto patrimonio", traducción de Lourdes Hernández F.)

lunes, 16 de septiembre de 2013

Pedro Lemebel, cronista

Chile patrio

La cueca es una danza que escenifica la conquista española del huaso amariconado en su trajecito flamenco. Un traje de dos piezas lleno de botones que hace juego con las botas de flecos y taco mariposa. Me refiero al huaso de latifundio que se pituca coqueto con su chaqueta a la cintura para mostrar el culito. Un quinchero que corretea a la china hasta el gallinero.

(trozo tomado de La esquina es mi corazòn, ed. Seix Barral, Mèxico, 2013.)

lunes, 29 de abril de 2013

EL ENMASCARADO

para Carmen

 uno.

Mientras me desayunaba un huevo duro con galletas saladas, me llegó la noticia de que murió Manuel López Gallo, fundador de la cadena de librerías El Sótano, a los 83 años. De inmediato recordé que, allá por la década de 1970, mientras me acercaba a pagar un libro en caja vi formadita con dos libros para llevar a la actriz Ofelia Medina. Creo que en ese entonces todavía no aparecía el concepto novedoso de librerías Gandhi. También por ese entonces, la única librería que yo visitaba era la que estaba en avenida Juárez, en los bajos de un hotel que luego desaparecería con los terremotos de 1985. Justamente en ese local, hacía la licenciatura en Letras Españolas, una tarde quise expropiar un libro de relatos de Antonio Skármeta, "Desnudo en el tejado". Ya para cruzar el umbral de salida se me atravesaron dos empleados, ignoro si uno de ellos era el propio López Gallo, que me pidieron pagar o devolver los libros que llevaba entre el cinto del pantalón y el ombligo. Luego de sacarlos y entregarlos me informaron que si no cubría el doble del precio de su valor etiquetado, me entregarían a una patrulla policiaca, que ya me esperaba a la salida. Evidentemente me pusieron en manos de los cuicos de uniforme azul. Después me cayó el veinte, como se dice, que era la primera librería con circuito cerrado de vigilancia.

dos.

Me subí a la parte posterior del vehículo oficial, acompañado de uno de dos gendarmes. Respondía a sus preguntas: estudiaba en ciudad universitaria (CU) y trabajaba medio día en una revista con oficinas en Amberes, colonia Juárez. Con mi chamba me pagaba los estudios y era amigo de los Infrarrealistas, cada que se podía, enviaba fondos a casa, en Durango. Por supuesto, el salario percibido por el trabajo de medio tiempo era insuficiente para cubrir vivienda en casa de huéspedes -en ese entonces en san Miguel Chapultepec-, inscripciones, pasajes, alimentos y ropa. Como no había alcanzado a pagar la mercancía de la que quise apropiarme, los polis me dijeron que les entregara lo que trajese en efectivo. Les pedí que sólo me dejaran los sesenta centavos, creo, que en aquel entonces cobraban los camiones hasta CU. Así lo hicieron antes de permitirme descender del vehículo de torretas y recomendarme que no le hiciera al enmascarado.

tres.

Nunca he dejado de ser cliente de la cadena librera El Sótano, aunque en un tiempo me resistí a frecuentarlos pues tardé en superar el trago amargo aquí expuesto. Me reacerqué no hace mucho tiempo: cuando supe que con mi credencial del Inapam -algo así como una membresía para adultos en plenitud, ¡bolas!- me concedían un descuento del 15 por ciento, no sólo en libros sobre geriatría, autoayuda, marcianos, best-sellers, profecías de Nostradamus, Feng Shui, etcétera, sino también en literatura nacional y de importación. Excepto en dvd y cd. Qué tal.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Jesucrista reparte carrujos


No fue hace tanto que el museo Malva de Buenos Aires me invitó a dar una conferencia. Y partimos con mi agente amiga, Jovana Skármera, que por entonces no tomaba ni agua, pero yo iba con la furia etílica viva. Y llegando a la gran metrópolis, los encargados del Malva nos recibieron como reinas alojándonos en el hotel Design, muy de moda por esto del diseño feng shui, a toda estética japonesa, con unas cañas de bambú por aquí, unas piedras de río por acá, todo minimal, todo simplificado por murallas de vidrio y cemento crudo. Así era aquel moderno hall donde una niña flaca como tallo de papiro instalaba unas ramas de una piscina. Mientras le damos su ubicación, esperen aquí, nos dijo amable el bombón recepcionista, indicándonos unos sillones de acrílico y aluminio, pero no quisimos sentarnos, aterrados de que esas cosas se desarmaran y nos fuéramos de hocico a la pileta.
La decoración debe tener cierta seguridad de uso, le dije a Jovana mientras subíamos por el ascensor hasta el piso entero que nos había reservado el museo frente a la avenida Santa Fe. Afuera llovía leve, con una humedad de 40 grados; por lo tanto, nos quedamos fresquitas gozando del aire acondicionado de la regia suite. Estamos a todo rock star, nena. Y cómo no, suspiré, Jovana, si nos invita el museo de los Costantini, una fortuna importante en Argentina, nena. Entonces, les pediré que me contraten un amante para matar en chuncho y no seguirme quejando de que aquí no te pican ni los zancudos. Así lo hice, y pedí un acompañante para todo servicio. El nene se llamaba Gastón y era de Tucumán, con un cantito adorable cuando nos contaba su vida de taxi boy provinciano llegado a la urbe. Y estábamos en esa conversa con Jovana y el chico, cuando apareció el tornado fulgurante de Fernando Noy, la poetisa performera de las cloacas porteñas, la reina under de los ochenta, la amiga de todas, como ella se dice con dorado pudor: íntima de la Sosa, de la Cantilo, la Bemberg, la Monica Vitti, que me regaló esta campera, y también de la Pizarnik, que vivía frente a esta plaza, dijo Noy con sus ojos verdosos nublados por la nostalgia. Me conseguí su teléfono y ella me recibió con unos jeans de cuero azul igual a Brian Jones, el más bello de los Rolling, que también se mató, tú sabes, Pedro, mi amapola real, mi lujuria plumosa, qué felicidad tenerla por aquí. Mirá dónde aparecí hoy, dijo indiferente, pasándome una revista en la que salía retratado como un ave del paraíso junto a Fito Páez y todas sus mujeres. Traje algo para el espíritu, agregó con malicia sacando un pedazo de chocolate paraguayo. Y comenzó a fabricar pitillos y a repartirlos con su mano de calamar generoso. Tú eres igual a Shelley Winters treinta años atrás, le gritó a Jovana con el humo en la comisura. Sabes que al encontrarme con ella en Río... la Noy hablaba sin parar mientras sacaba joyas y abalorios que los iba ensartando en mis dedos y muñecas. Es maravillosa mi amiga Noy, le comenté a Gastón, que la miraba con asombro. Sí, lo conozco, lo he visto en los diarios, dijo el chico con respeto. Al segundo fumo yo estaba tan volada que traté de sentarme en el sillón futurista que se cerró bruscamente y quedé atrapada como un sánguche de jamón y queso. Todos se reían tratando de sacarme del emplasto. La decoración debe ser práctica más que estética, concluí, hablando en esa media lengua al borde de la pálida. Pero, Pedro, tienes que dar la conferencia, ordenó Jovana preocupada. Ahí voy a estar, aseguré mirando al chico cafiolo. Y tú también estás invitado, Gastón, dije con mariguaneado desparpajo.
Y luego, como siempre, algún cristal me levanta y alguna nieve se encarga de borrarme las ojeras del whisky, y partimos en taxi al Malva. La lluvia seguía zigzagueando en el parabrisas y Buenos Aires se reconciliaba conmigo de un viejo rencor. La maravillosa Noy les cantaba algún cuplé de arrabal a los obreros en la ruta, y el chofer lo reconocía de algún artículo trolo que habían publicado las revistas. Ir con Noy por Buenos Aires chispeando era una película, los parques se prolongaban en su mirar de tigresa eslovena. Jovana, a mi lado, sólo fumaba nerviosa. Y el chico había desaparecido en los trámites del traslado. Y bueno, exclamé, nada es perfecto, ya estamos aquí, vamos con el show. De entrada, los hermanos Costantini me recibieron con rosas lacre. No me mires así, le dije al Costantini menor, porque te puedo robar la Frida Kahlo de la colección. Es encantador Pedro, escuché que el guapo heredero le decía a Jovana mientras yo entraba al salón de la performance literaria. Un whisky fue lo primero que pedí antes. El nene Costantini corrió con el vaso entre sus pálidas manos. Qué diferentes son estos chicos a los ordinarios platudos chilenos, le comenté a Jovi, tiritona de neura. En el público, la Noy repartía saludos a diestra y siniestra. La Noy es la estrella referencial del instante urbano. La ciudad es generosa con la diva y siempre la lluvia porteña le maquilla de acrílico rubor. Y entonces vino la presentación, las crónicas, la música, los llantos, las emociones. Al final yo conté el pedido del taxi boy que le había hecho al Malva y todos rieron aplaudiendo, festejando el circo pobre de mi lunático cronicar. De ahí al camarín, donde me esperaba el resto del whisky; entonces veo al chico tucumano con sus ojos rasgados de ternura. Pedro, casi levanto la mano para decir que era yo, me dice el lindo, y nos fundimos en un abrazo que me soltó media lágrima, lo juro. Bueno, vamos al hotel Design dice Noy con un arrebato de impaciencia. Y cuando subimos al taxi, la lluvia seguía espejando el asfalto vidriado de las calles. ¿Te sientes bien?, me dijo Gastón al oído. Y yo, como respuesta, anudé su cintura con mi brazo. De ahí, poco recuerdo con los tragos y fumos que Noy repartía cual Jesucrista hasta quedar borrada en el inmenso lecho de la recámara. A mi lado, Gastón, pilucho, desnudo, algo murmuraba: Pedro, tengo que cogerte, Malva me está pagando. Abrí un ojo y lo vi tan polluelo tratando de excitarse. No importa, mi niño, murmuré al vacío. Cómo te vas a coger a esta vieja fea y calva. No hables así de ti. Tú vales mucho, me repetía mordiendo mi oreja. Y eso fue todo, ahí morí acunado por su tibio aliento, susurrando palabras de alquilar amor. Más lejos, en la sala, la Noy reía contándole a Jovana su elección de Miss Bahía en el Carnaval de Brasil. La voz relampagueante de Noy leyendo sus poesías eran ecos luminosos de la tormenta eléctrica que vaciaba el cielo de la gran capital.
En la mañana, la lluvia seguía inmutable cuando abrí los ojos y el chico ya no estaba. Jovana dormía como una nena en la sala y sobre la mesa, una carta de Noy junto a la pulsera de strass que la diosa me dejó en la despedida. A esa hora, Gastón estaría con otro cliente, otro viejo marica roncando cerdamente a su lado. Pude imaginar su mirada soñadora en el cristal llovido de la ventana, pude verlo aspirar lento un cigarrillo. Tal vez sumando los dólares del Malva para volver a su lejano Tucumán.


(crónica de Pedro Lemebel, cedida por el autor al sitio "soy", llamada "La Noy, Buenos Aires y el Malva".)

lunes, 30 de abril de 2012

Peripecias de la tercera edad

Uriel Martínez


uno

Por indicaciones de mi chamán, aquel lejano martes 13 de marzo fuí al Instituto de la Tercera Edad (Inapam) a solicitar mi credencial de ingreso, documento que me haría acreedor a descuentos en cada compra que hiciera en Wal-Mart, Ópticas Devlin y al momento de pagar mis recibos por consumo de agua. Aunque solicité en la institución una lista de negocios que hacen este tipo de descuentos, en ese momento no la tenían e incluso llamaron a otra oficina para preguntar para cuándo, pero no hubo respuesta a la secretaria ni de ésta a mí. Cuando llegué a la caja de Wal-Mart la empleada desconocía si tenían descuento a mayores de sesenta años con acreditación. Llamó al jefe de cajas y éste vino a cancelar mi compra porque el descuento era sólo en medicamentos, de 5%, que equivalía a 2.50 —pues el precio sin descuento era de 65 pesos y 50 centavos—, es decir, no me alcanzaba ni para medio pasaje. Igual desconocimiento exhiben las cajeras de Soriana, detalle que refleja cuán ajena tienen presente los comerciantes la condición de la ancianidad, que en Zacatecas exhibe índices cada vez más altos. Basta asomarse a las miserias que las autoridades federales y estatales muestran ante los exbraceros, que van y vienen a mítines, plantones y bloqueos en sillas de ruedas y con botellas de suero insertas en las venas. Mi chamán, sin yo darme cuenta, me había llevado de la mano para que yo entrara a otro mundo de marginados: los ancianos, como Luis Buñuel me mostró, en su momento, ese mismo rostros en Los olvidados.


dos

Traté de no desalentarme pues todavía tengo arrestos para el trabajo y para vivir en un edificio de alquiler. Máxime si recién había vivido una amarga experiencia con Telmex. Llevaba más de tres semanas sin servicio telefónico en casa y, por ende, sin internet. La última vez que reporté la falla acababa de comprar cien pesos de tiempo-aire (era viernes) con un extra de veinte pesos por la compra. Llegué al departamento y, luego de corroborar que no tenía ambos servicios, marqué el 018001230000, “atención a clients”, en mi celular, para volver a externar mi queja. Pasaron más de ocho minutos para que me atendiera una operadora en “vivo” pues de entrada hay una serie de grabaciones que me informan: Si desea tal servicio marque uno, si desea tal otro marque dos, si desea expresar una queja marque tres. Luego de seguir los pasos sigue otra grabación con la misma voz que parte, otra vez, en números ordinarios y ascendentes. “Espere a ser atendido por una operadora”. Luego de que le expresé la anomalía, colgamos. Verifiqué el tiempo-aire en el celular y de 120 pesos adquiridos minutos antes, el móvil me marcó un saldo de 47 pesos, es decir, la empresa de Carlos Slim me había esquilmado, pues marqué un LADA 800 por cobrar: 73 pesos esfumados, lo que explica su predominio en el mundo de Forbes, seguido muy de cerca por el Chapo Guzmán. Episodio que no se lo he narrado a nadie.

tres

Llegó el lunes y la línea seguía muerta. LLamé a la Profeco para preguntar qué documentos necesitaba para enderezar una querella contra Telemex: el último recibo y una copia de la credencial de elector. Llegué, me registré, me coloqué el gafete de visitante, me senté a esperar. Expuse mi caso. La chica que me atendió habló con Sandoval, abogado de la empresa líder en quejas junto con la CFE, IMSS, ISSSTE y las gaseras, entre decenas más. Ella le explicó el episodio del viernes por la noche con mi llamada por lada por cobrar (01-800) y él replicó que debí dirigirme a la oficina del centro de la ciudad para utilizar una línea de Telmex, no de mi celular. (Como si los bueyes trabajasen las 24 horas del día con atención personalizada.) El representante de Telmex me garantizó que por la tarde, después de las 17 horas, un técnico pasaría a revisar la línea, que llegó puntual: me dijo que había un “falso contacto” fuera de mi departamento, que seguramente obedecía a los ventarrones desatados en enero-febrero-marzo. Localizó la falla, cambió un cable que iba de la calle a la azotea y listo. Pero mi nuevo recibo llegó por 389 pesos, es decir, como si Telmex me hubiese atendido durante todo el mes y con un servicio óptimo. Y otra vez a la Profeco. De nuevo la promesa de Sandoval que revisaría mi récord de llamadas en el mes para deducir los días con el servicio suspendido. Ese mediodía me avisó que sólo pagaría 322 pesos y 25 centavos. Esto es, el descuento equivalía a casi lo que la propia empresa de clase mundial, Telmex, me esquilmó con mi llamada del móvil al LADA 800 para externar mi último reporte de fallas en la línea y el servicio de internet.

cuatro

Pero la sombra de Telmex, me dijo el chamán, te persigue como maldición. En agosto del año pasado, 2011, luego de ponerme “hasta la madre” —como dice el poeta Javier Sicilia—, expuse por escrito otra querella en la Condusef, pero contra Bancomer. Ya llevaba cerca de noventa días de soportar llamadas a todas horas del día y de la noche a causa de un desconocido que mantenía una deuda con el banco a raíz de una tarjeta de crédito no cubierta. Ya había acudido con el gerente de la institución con sede en el centro histórico; el culero gerente me negó los datos del fulano que les había mentido con mi número telefónico, me alegó que eran “datos confidenciales”. En realidad, me dijeron en la Condusef, Bancomer quiere chingarle a usted sus ahorros. “Pero no tengo cuenta con ellos”. Total, tenía que esperar veinte días hábiles —tres semanas— para recibir una respuesta ambigua y estúpida: necesito exponer mi querella en el mismo Bancomer y con datos que no tengo al alcance pues son los del fulano al que ni de chingadera conozco. Pero la respuesta de Condusef no llegó transcurridas las tres semanas, sino hasta fines de diciembre del mismo año. Por supuesto que no regresé a Condusef, aunque las llamadas a casa se espaciaron, de todos modos prosiguen de modo intermitente hasta hoy en día.

cinco

Aquí no pasa nada, me señaló mi chamán, cerca del pabellón de la oreja, ve a darte de alta al Seguro Popular antes de que sea demasiado tarde. El lunes me regresaron a casa porque no alcancé ficha, el martes la conseguí antes de las ocho; de la fila primera me pasé a la cola para la entrega de documentos; antes de que me tocara me di cuenta de que necesitaba una fotocopia de uno de los originales; me brinqué a la fila de los duplicados. Regresé a donde había encargado mi lugar. Adelante de mí estaba una mujer joven que no se podía mantener de pie, contraía el vientre como si cargara con una especie de Alien, el octavo pasajero. Se sentaba en el suelo o en una silla mientras íbamos formaditos como en el kinder. Adelante de ella otra mujer joven y con el rostro ajado no sé si de hambre, sol, polvo, de parir criaturas, de amanecer madrugadas con la pareja que no llega —que otra vez no llegó—, de malpasadas como decían en mi pueblo, del ya manido “no me dieron trabajo”, o lo que sea, contestaba el cuestionario de la secre con su comprobante de alta todavía sin llenar:
—¿En dónde vive?, ¿en qué colonia?, ¿tiene refrigerador, teléfono, estufa, es de renta o es casa propia, tiene coche?
—La colonia no tiene nombre, no hay nombre de la calle, ni drenaje, ni postes de luz ni de teléfono.
—Si no sabe entre cuáles calles está su casa, ¿qué hay por ahí cerca?
—Enfrente está el taller mecánico del Chino y en la esquina la panadería en que trabajo —responde la señora con arrugas tempranas y el pelo opaco—. Se llama Árbol de la Esperanza porque cuando todavíano fincaban ahí encontraron a una mujer semienterrada del mismo nombre, cuando aquello era una barranca, un muladar o un lugar ideal para abrir narcofosas.
La secre todo anota con una expresión diría yo impersonal, según se lo dice la mamá de ene número de niños en edad de guardería y primaria.
—Señor —me dice cuando termino de contestarle las preguntas y ella de entregarme los originales de mi acta de nacimiento, mi credencial de elector vigente, mi comprobante de domicilio, etcetera—, señor, tiene que ir a que le tomen las huellas dactilares y a que le tomen la presión. ¿Anda en ayunas? Viene luego por su Carta de Derechos y Obligaciones de los Afiliados y por su Póliza de Afiliación.
—Ahorita regresamos —le dice mi chamán mientras me extiende el bastón con una mano y con la otra sostiene el litro de suero que me acompaña como mi escapulario. Me regreso a casa a las once, rememoro la observación del joven que me pinchó el índice con la aguja de extraer sangre:
—Necesita hacerse la prueba de la diabetes, trae el colesterol muy alto y está excedido de peso.
Le resto importancia a su aserto: desde la primera vez, hace no sé cuántos años, me dijeron lo mismo: toma mucha coca-cola, pan de dulce, galletas betunadas, comida grasosa y pocos vegetales y verduras. No come a sus horas. Hijos de su pinche madre, dice el chamán, ya en confianza, todavía tenemos que ir al plantón de la una al Palacio de Gobierno.

seis

Cada mes el hombre más rico del mundo viene a casa a tocarme en la ventana con sus nudillos seguros y varoniles, son tres golpes discretos pero firmes como corresponden a su importancia de clase mundial. Cuando me asomo para corroborar su presencia esperada, él ya se ha ido aunque lo adivino por la estela que deja su loción inconfundible y la cantidad a pagar por el contrato que firmamos por el servicio telefónico y de internet con tarifa fija y número de llamadas preestablecidas.
Aunque invariablemente el recibo expira los días 25 de cada mes, el exitoso hombre de negocios me entrega el documento que avala nuestro convenio a principios de mayo, en este caso, o en junio, el mes entrante y así sucesivamente. Él quiere asegurarse de que jamás será desplazado del primer puesto a escala mundial ni por el mítico Tío Rico Mac Pato ni por Bill Gates ni por cualquier otro potentado de primer mundo y de riqueza dudosa.
 Gracias al contrato que mantengo con él, he recibido llamadas de mujeres vencidas por la soledad y el alcohol a altas horas de la madrugada a quienes he aclarado que marcaron un número equivocado, que no son horas de equivocarse sino de retomar el sueño, antes de colgar y encender luego la luz roja de la contestadora, donde se grabará un discurso incoherente y cargado de reproches a un presunto amante que las mandó al carajo.
Reconozco que mi contrato incluye el privilegio de charlar con desconocidos que usualmente marcan en las tardes para preguntarme por la familia y los parientes extraviados en la distancia de otros países, enclavados al norte de mis ventanas. Antes de que prosigan con su interrogatorio indirecto y no siempre sutil me les adelanto para aclararles que no tengo familia y es el momento en que cuelgan, con la certeza de que marcaron a un sitio equivocado, a casa de alguien acaso no susceptible de extorsión.
También gracias a este documento mantengo y alimento el privilegio de que se ocupen de mí desconocidos candidatos a puestos de elección popular que saben que existo y que mi voto cuenta. De antemano saben que si son agraciados con mi decisión de apoyarlos, para el entrante otoño podrán incrementarme impuestos, alcabalas y se olvidarán, mareados por el poder de la democracia y las urnas, de promesas y campañas. Me mandarán al cabrón en suma.
Admito que merced a mi contrato, ventajoso para el Tío Rico del siglo XXI, colaboro en el mantenimiento del estatus de privilegios para unos cuantos, producto del capitalismo salvaje que mantiene en la jodidez a millones como yo y otros que siguen este discurso de fuerza dudosa y credibilidad ídem. Reconozco que estoy al tanto de que sus tarifas telefónicas y de servicio de internet son de las más altas del mundo, pero ni modo: me gusta ser cumplido con mis compromisos y para ello me sobo el lomo.
Cada treinta días tocan a mi puerta, luego que se ha despedido de mí el hombre más rico de este país, el casero, el repartidor de gas y el de pizzas, el chofer del camión de la basura, el de los refrescos, el de la tierra para macetas, el vendedor de seguros, el del plan funerario Hernández, el predicador del Apocalipsis, la señora que hará una reliquia a San Juditas y otra al Vaquerito de Plateros, el encargado de revender celulares extraviados, la chica del INEGI, el padrote de la esquina, el de los quesos, las gorditas, las jaulas para los niños, el de los cachitos de la Lotería, el cartero, el que entrega los recibos de JIAPAZ, de la CFE, la cartomanciana y la vecina que si tengo cambio de un billete de quinientos o una taza de azúcar. Y así cada ratito hasta que opto por cambiar de domicilio, identidad y estatus. ®

Inapam: Instituto nacional de las personas adultas mayores.
Condusef: Comisión nacional para la protección y defensa de los usuarios de servicios financieros.


(crónica clonada de Replicante en línea, abril 2012.)