jueves, 6 de febrero de 2014

Avelina Lésper y el arte parasitario

No fueron pocos los que se identificaron, hace un par de años, con aquella mujer de la limpieza de un museo alemán tan celosa de su trabajo que se empleó a fondo para eliminar unas terribles manchas que había en una de las obras expuestas. Ni se le ocurrió sospechar que formaban parte vital de la pieza Wenn es anfängt durch die Decke zu tropen (Cuando empieza a gotear el techo) del artista Martin Kippenberger, valorada en 800.000 euros. El Museo Ostwald de Dortmund (cuyas primeras entradas en Google son sobre el suceso, superando a su web oficial), llegó a afirmar que "estamos intentando aclarar cuanto antes qué tipo de capacitación tiene el personal de la limpieza".
La crítica de arte mexicana Avelina Lésper diría que esa pobre trabajadora, además de un gran sentido de la pulcritud, tenía también un gran sentido común. Lésper, colaboradora de diferentes medios de comunicación latinoamericanos y directora del programa de televisión El Milenio visto por el Arte, es una de las voces que más suenan contrarias al arte contemporáneo, cuestionando desde los ready-made (el uso de objetos comunes como el urinario de Duchamp) a las performances efímeras.

-¿Cómo definiría el arte contemporáneo en una palabra?
-Fraude

-Explíquese…
-Carece de valores estéticos y se sustenta en irrealidades. Por un lado, pretende a través de la palabra cambiar la realidad de un objeto, lo que es imposible, otorgándoles características que son invisibles y valores que no son comprobables. Además, se supone que tenemos que aceptarlos y asimilarlos como arte. Es como un dogma religioso.

-¿Y por otro lado?
-También es un fraude porque está sostenido nada más que en el mercado, que es fluctuante y artificial en la mayoría de los casos. Se otorgan a las obras valores artificiales para que pienses: “si cuesta 90.000 euros es porque debe ser arte”. Estos precios son una burbuja, como existió la burbuja inmobiliaria.

-¿Y pinchará?
-Se tiene que pinchar. Una torre de papel sanitario de Martin Creed cuesta 90.000 euros. El objeto no es lo importante, sino lo que tú puedes demostrar económicamente a través de su compra.

-¿Y no pueden comprar Murillo o Picasso?
-No puedes especular con pintura antigua porque hay muy poca. En cambio, este tipo de obras se realizan en minutos, algunas se hacen en fábricas.

-¿No se podría especular con obra actual con valores estéticos?
-El arte toma tiempo. No hay manera de que Antonio López termine un cuadro… Por una parte, debes esperar a que el pintor o escultor haga sus obras. Por otra, el arte necesita talento, que el artista tenga algo que mostrar a través de su obra. Con el arte contemporáneo los artistas no necesitan tener nada.

-¿Puede poner algún ejemplo?
-Cuando Duchamp hizo su ready-made evitó a todos los artistas el proceso intelectual. Cualquier objeto es arte, el que sea. Bajo este punto de vista, imagínate la cantidad de obras de arte que tú tienes. Todo tu entorno es factible de convertirse en arte. No tienes que esperar que ese artista se forme, demuestre su talento y que acabe aportando algo, lo que es terriblemente difícil. Otro ejemplo es Santiago Sierra con sus ready-made. Te dice: “Esto es un contenedor de mierda de la India”. ¡Qué impresionante!

-Como mínimo piensan la definición…
-El crítico Arthur Danton dijo: “dejen que los filósofos pensemos en la obra, ustedes traigan sus objetos”. Si pones como tema el contenedor de mierda, ya llegará el curador que elabore el discurso y te hable de la miseria, de las últimas castas que recogen la mierda… hay toda una justificación social y moral. Si manifiestas que eso carece de valores estéticos, automáticamente te dicen que estás en contra del mensaje social. Es un arte chantajista, también. Utiliza este tipo de discursos para que lo aceptes como arte. Si no lo aceptas, o estás en contra de él o eres un ignorante.

-La denuncia social se ha ido haciendo a lo largo de la historia del arte…
-Se ha dado, pero no como valor de la obra. Los Fusilamientos del 3 de mayo de Goya valen por la realización artística, porque su pintura fue trascendental y profundamente moderna en su momento. Y sigue siendo moderna ahora. Por eso vale una pintura de Goya, no por el discurso.

-¿Se está confundiendo el arte con el mensaje?
-Ahora el arte solo es mensaje. No hay arte, solo hay panfletos. Estas obras no pueden existir sin los museos. Las obras, paradójicamente, se ven mejor en el catálogo que en vivo. Y ya no digamos con los artistas performance, que solo tienen el registro fotográfico de lo que hacen porque dicen que es efímero, aunque lo repitan 700 veces. Son obras que solo existen en los catálogos y a través de los discursos y la teoría que le ponen los comisarios y especialistas en estética. Son objetos de lujo, una nueva forma de consumo.

-A la mayoría de gente de a pie no le gusta el arte contemporáneo porque le resulta difícil de entender…
-Es que no hay nada que entender. Es un arte que te exige asimilarlo y no discutirlo, por eso también es dogmático. Te exige fe, que creas en él, no que lo comprendas, como las religiones. Quiere someter nuestro intelecto. Todo el tiempo quien se equivoca es el espectador, el artista y la obra es infalible. Si tú dices que carece de valores estéticos, de inteligencia, que no te propone ni aporta nada, entonces te dicen que eres un ignorante.

-¿Quién decide qué es arte?
-Es una decisión arbitraria que se toma entre las instituciones, los museos, las universidades… Es un arte de la academia. Eso de que es independiente y libre es mentira.

-¿Está subvencionado?
-Totalmente, no puede vivir sin las subvenciones del Estado. Es un arte parasitario. La mayoría de los artistas contemporáneos viven del Estado.

-¿El público no pinta nada?
-No. Por eso es demagogia pura que digan que este arte tiene intenciones sociales y que manifiesta intenciones morales. Rechaza a la gente, que para ellos es ignorante. Este arte no vive de la gente, vive de las instituciones y la especulación.

-¿Podríamos decir que refleja la sociedad actual?
-Es muy diferente reflejar que denunciar. Ellos parasitan la sociedad en la que viven, la refleja mejor Madoff. Ambos son parte de una misma mentira social que ha creado el capitalismo a través de la especulación económica. El arte contemporáneo es parte del fracaso capitalista.

-¿Estamos huérfanos de arte?
-Sí, porque no hay espacio para los artistas que sí están creando. ¿Qué muestra el Macba aunque esté vacío? En España hay muchos centros de arte contemporáneo que nacieron a la par que la burbuja inmobiliaria, para que te des una idea de cómo está el asunto. ¿Qué te puede aportar Jeff Koons que imita objetos de feria o cualquier ready-made? Ellos han hecho del material la obra. Ahora para decir guerra ya no tienes que pintar los fusilamientos, ahora escribes la palabra guerra en un letrero. Eso es no tener pensamiento abstracto. Jamás el arte se había despojado tanto de las metáforas… El problema es que se está acabando con una capacidad cognitiva.

-¿Nos quieren tontos?
-Exactamente. ¿Y sabes por qué? Eso tiene detrás de sí lo más pedestre que te puedas imaginar, el dinero. Por eso es también un fracaso del capitalismo. Todo lo que se ha hecho por dinero en estas dos últimas décadas ha hecho un daño enorme a la Humanidad. Por dinero se destruyó la economía de Europa, la de Estados Unidos, tenemos el narcotráfico en América Latina… y por dinero están destruyendo el arte.

-¿Alguna buena noticia vinculada al arte?
-(Ríe). Pues que nos hemos dado cuenta, no estamos ciegos ante esto. Los que pintan ahora con maestría y técnica son los contrarrevolucionarios. Y esta resistencia inteligente y creativa es la que va a alimentar el arte

-¿Estos artistas no son vendibles?
-Claro, pero las galerías necesitan que estén amparados por las instituciones. Cuando el Reina Sofía dejó de comprar a Arco, Arco se fue a la quiebra.

-El Reina Sofía dejó de comprar a Arco y empezó a exponer Picasso…
-...Y a Goya, para que la gente vaya…

-¿Esto sería el inicio del cambio?
-Exactamente. Llega un momento en que las instituciones van a tener que escuchar a la población y dejar de trabajar para los intereses privados.

-¿Qué piensa de artistas españoles contemporáneos como Tàpies o Barceló?
-Barceló tiene unos dibujos y unas acuarelas sensacionales. Tàpies está sobrevalorado. Surgió porque el arte español empezó a verse huérfano de creadores y fue la oportunidad de encumbrar a un tipo como Tàpies, con un lenguaje y una creación limitadísima.

-¿Ve mal el arte español?
-Lo del arte español es un fenómeno de análisis. Fue la cúspide del arte mundial, tuvo creadores que aportaron como nadie y ahora los artistas simplemente no existen. Y la crítica española está entregada y sumisa al sistema. ¿Cuándo España se dará cuenta que ha perdido su sitio en el arte?

-No es el único sitio que ha perdido…
-Pero es un factor muy delicado. El arte no nos sacará de la crisis, pero aporta humanidad.


(fuente: "revista ñ", autora: Silvia Colomé)

Cristina Ferreiro Real (1983 )

Todo sucede...


Todo sucede nun instante:
Alguén ocupa este instante arredor da Historia,
este instante apagado
que non comprendo. Esta illa
de latitude inmensa. Esta guerra
fragmentada se non volves.

Todo sucede nun instante:
Alguén ocupa este instante que non detecto.
Inútil este silencio arredor da nada, inútil
esta pregunta anegada de ausencia.
Todo sucede calquera domingo de maio.
Todo no desamparo. Todo na carencia.




(fuente: "la mirada del lobo")

miércoles, 5 de febrero de 2014

Cecilia Romana (1975 )

Mudanza

Te dormiste boca arriba.
A las cuatro de la mañana
balbuceaste un nombre.

No me inquieta.
Tu parte oscura jamás me interesó.
Yo quería un hombre para vivir.




(fuente: "la mirada del lobo")

martes, 4 de febrero de 2014

José Emilio o el mito de Sísifo

Afirmar que en la poesía de José Emilio Pacheco el tiempo es un referente ineludible no es ninguna originalidad. Los títulos de la mayor parte de sus libros hablan solos. Sin embargo, De algún tiempo a esta parte , No me preguntes cómo pasa el tiempo , Revés del almanaque , Desde entonces , Ciudad de la memoria , Siglo pasado , Tarde o temprano , no pueden ser leídos como letreros que anunciarían la obsesión personal de un autor a lo largo de una obra, sino que más bien piden ser descifrados como mojones en ese itinerario que no hace más que confirmar que poesía y tiempo siempre están hechos de la misma materia indiferenciada. Es en este sentido que la credibilidad del hecho poético nunca depende, como en las novelas, de un viaje por el tiempo que se inaugura con el “había una vez”, sino que la poesía encuentra su garantía en la capacidad de mantener viva la presencia del tiempo dentro suyo. Por eso, a diferencia de la narrativa, donde el pretérito es el tiempo privilegiado, podemos decir que la poesía aún cuando se escriba en pasado, se escribe siempre en presente.  Es que cuando nos cuenta algo en realidad ya está al mismo tiempo dejando de contarlo. “Pensamiento de la presencia del presente”, define Alain Badiou a la poesía diferenciándola de la filosofía cuyo objeto consistiría en preguntarse cómo es posible el tiempo. Escribir poesía, entonces, podría definirse como el intento por nombrar esa presencia del presente. Y no sería desacertado decir que la vía de enunciación que da cuenta de esa presencia no es otra que la de la experiencia. Cuando el hablante en Primera condición , el primer libro de poemas de José Emilio Pacheco de 1958, anuncia: “Es medianoche a la mitad del siglo”, está poniendo en fecha un saber sobre el tiempo que empujará toda su poesía posterior. Es un saber nada teórico y cuya puesta en fecha implica un esfuerzo por atravesar el almanaque con el fin de mostrar su revés, esa cara oculta donde justamente se aloja la experiencia. Una experiencia singular pero también universal porque nos invita a todos a participar de la fecha que le da cuerda al reloj del poema. No necesitamos haber estado en esa medianoche de mitad del siglo a la que se refiere el poeta, para compartirla con él. Y después, las alusiones al siglo que persistirán en otros libros, nos reenviarán siempre a este primero, es decir, al presente. Porque pasar por el mundo pasando por el siglo requiere de un ritual poético de renovación que nos remite siempre a la fecha de hoy. Desde hoy entonces, se escribe la experiencia pachequiana y hacia hoy se dirige y nos dirige a lo largo y a lo ancho de un siglo o mejor de un ciclo que anuda, tarde o temprano, tiempo con experiencia para dar como resultado el hecho poético. Juguemos entonces un poco con el tiempo y detengámonos ahora en El siglo pasado, Un desenlace , último libro de poemas de Pacheco. En el primer poema de este libro titulado “A través de los siglos” el yo lírico se autodefine como un “atrasado”: “Todo pasó. Eres muy siglo veinte,/ me dice la muchacha del 2001.// Le contesto que no: soy el más atrasado./ En mi penoso ascenso por el correr de los años/ ya estoy deshecho y con la lengua de fuera/ y aún no he llegado al piso XIX.” El poeta no se presenta aquí como un visionario que todo lo sabe, o como el profeta que se adelanta a su tiempo y hace futurología. Muy por el contrario, estamos aquí frente a un desecho que, con la lengua fuera, vale decir, con la palabra exhibida y gastada, sin trucos lingüísticos de ningún orden, asciende hacia atrás en la historia, avanza por el revés del progreso y, desentendido de las novedades, se remonta por un tiempo que él llama “futuro pretérito”, hacia la precariedad propia de todo origen. Dice: “la moda pasa de moda/ y la desnudez sigue intacta/ como al principio del mundo”. Ahí, en ese gesto de despojamiento, en esa especie de voto de pobreza poética, la figura del hombre moderno sentado en medio de su siglo se transfigura. El eje omnipotente que aseguraba una centralidad en el tiempo se sale de la línea, se desalinea y, en oxímoron, nacimiento y muerte se saludan amparados por la misma desnudez. “Como desde el nacer le decimos adiós a todo/ una vez más y siempre me despido”, dice Pacheco en comunión con César Vallejo quien también nos obliga a leer mirando en ambas direcciones cuando dice: “Mi defunción se va parte mi cuna”. La doble lectura que nos piden estos poetas consiste en una mirada estrábica que desconozca la linealidad y, por ende, el progreso y el futuro sin pretérito. Pero cuidado, no los entendamos mal, no hay nihilismo alguno en estas propuestas. Pacheco, en su libro La arena errante , llama “Pasatiempo” (así se titula el poema) a ese pasaje nada lineal en el que debería sumergirse el tiempo para salir de su alienación. Y ese pasaje no es otra cosa que el sujeto mismo: “El tiempo hace lo que le dicta la eternidad:/ construye y destruye,/ se presenta sin avisar y se va cuando quiere./ No entiende que nada más estamos aquí:/ para que pase el tiempo/ por la oquedad, / por el vacío que somos.” Entonces, para el tiempo lineal somos un pasatiempo por el que sin embargo no logra pasar. Pero la poesía, cuando fecha el tiempo en el presente de la experiencia, es decir, del revés del calendario, lo hace pasar por ese vacío que somos como sujetos y así, agujereándolo, lo vuelve tiempo verdadero. Tal vez sea por eso que, para Badiou, la verdad es el material con el que trabaja la poesía y no así la filosofía, como se suele creer, porque la verdad es distinta del sentido, más bien,  es “un agujero en el sentido” (lo que siempre falta, no lo que sobra, la poesía justamente señala la verdad al señalar la falta). En ese aspecto la poesía sería una actividad eminentemente ética porque es la única capaz de lidiar con el vacío, o con la “oquedad”, usando la palabra que elige nuestro poeta. Entonces, cuando el tiempo atraviesa por ese vacío que somos como sujetos de la experiencia, el verdadero pasatiempo, la poesía, aparece. “El desencanto poético es una reformulación verbal, la búsqueda, otra vez, de un lenguaje temporal”, dice Julio Ortega refiriéndose a la poesía de Pacheco. Es decir, que la poesía pone al tiempo en lengua (con la lengua fuera) y así lo saca de esa linealidad que lo aliena en un pasado olvidado, en un presente inexperto o en un futuro que es pura promesa. En ese sentido queda claro que no hay nihilismo alguno en la doble vía oximorónica en la que nos instalan Vallejo y Pacheco. En el poema “Papel de trapos viejos” del libro Ciudad de la memoria el yo lírico afirma: “Un trapo viejo el cuerpo./ Si algo de él sobrevive/ será en cajón de sastre como remiendo/ de otros vestuarios./ O lo enviarán al molino / en que de trapos viejos, cartones sucios/ se hace el papel en blanco.
En esta mutación que va del cuerpo como trapo viejo al papel en blanco se aloja, aunque parezca paradojal, una esperanza. Porque del cuerpo descompuesto es de donde sale el papel en blanco, cuya oquedad ya preanuncia un texto futuro, así como en Vallejo “un libro/ atrás un libro, arriba un libro/ retoñó del cadáver ex abrupto”.
La esperanza que se puede leer entrelíneas en los versos de estos dos poetas se aloja en el oxímoron muerte-vida o mejor –para no quedar encerrados en un nivel meramente retórico– digamos que la capacidad que tiene el trabajo poético de decir en oxímoron, coincide con su posibilidad de relacionarse con la verdad, con esa verdad que, según Badiou, sólo la poesía puede enunciar, y de ahí su carácter ético antes que estético. Porque justamente la verdad podría ser entendida como esa pulsión paradojal que descoloca cualquier dualismo. Así, por obra y gracia de la poesía, lo que supuestamente era un dato fijo e inamovible –en este caso el cuerpo como cadáver– se vuelve página blanca, y a su vez ésta, un eslabón más en  la cadena de transformaciones, se deja manchar y deviene libro. Estamos aquí ante un proceso productivo de transformaciones en oxímoron cuya clave de funcionamiento está en manos de la poesía. En esa potencia poética –curiosamente Spinoza llama ética a la potencia de la que algo es capaz– en esa capacidad de no detenerse, entonces, es donde se aloja la esperanza. No una esperanza en la vida sin muerte, como pretenden los optimistas del progreso, ni tampoco en la muerte sin vida, como pretende esa ideología nefasta cuyas banderas parecen levantar los totalitarismos (“matadero sin fin que está muriendo bajo el peso de todas sus víctimas”, dice el hablante en “Los vigesímicos” refiriéndose a la cadena de crímenes que se fueron sucediendo a lo largo del siglo XX). El mismo hablante, en el libro Miro la tierra , escrito, según el mismo Pacheco lo confiesa, bajo la impresión que le causó el terremoto de 1985 en México, declara: “con piedras de las ruinas/ vamos a hacer/ otra ciudad, otro país, otra vida./ De otra manera seguirá el derrumbe”. Entonces, si se puede leer en el subtítulo del siglo pasado un desenlace, éste consistirá en sacar vida de las piedras. “Entender qué es el arte hoy es comprender cómo el dolor de un mundo perdido puede aventurarse en un continente desnudo y desconocido para crear ser nuevo” nos dice en este mismo sentido Toni Negri refiriéndose al siglo XX. Por eso, aunque el hablante pachequiano se despida confesando que fracasó, su gran triunfo es haber intentado lo imposible. El poema que cierra Siglo pasado se titula justamente “Despedida” y dice: “Fracasé. Fue mi culpa. Lo reconozco/ Pero en manera alguna pido perdón o indulgencia/ Eso me pasa por intentar lo imposible”.  Y qué otra cosa hace la poesía que intentar lo imposible. El fracaso no le compete porque, como bien dice Jean-Claude Milner, la poesía se dedica a ignorar el punto de cese de la lengua empujándolo siempre más allá en un intento casi suicida de decir lo no decible. Y en este intento encontramos al poeta que se despide de un siglo ya pasado. No cabe que pida perdón porque justamente su oficio consiste en fracasar incesantemente. El epígrafe que precede a Tarde o temprano , la obra reunida de José Emilio Pacheco, pertenece a los cuatro cuartetos de T. S. Eliot y dice: “Sólo existe la lucha por recobrar lo perdido/ Y encontrado y perdido una y otra vez/ Y ahora en condiciones que parecen adversas/ pero quizás no hay ganancia ni pérdida/ para nosotros sólo existe el intento./ Lo demás no es asunto nuestro.” Entonces, queda claro que en poesía nunca hay ganancias ni pérdidas. Tal vez sea por eso que siempre, incesantemente, ésta le gana al tiempo. Forzándolo a instalarse en el presente de la experiencia lo desarma y, como pasatiempo, le quita su único sostén: la linealidad. El poema “Edades”, del libro La arena errante logra, tal vez mejor que ningún otro de José Emilio Pacheco, poner del revés el calendario haciendo fracasar al tiempo: “Llega un triste momento de la edad/ en que somos tan viejos como los padres./ Y entonces se descubre en un cajón olvidado/ la foto de la abuela a los catorce años.// ¿En dónde queda el tiempo, en dónde estamos?/ Esa niña/ que habita en el recuerdo como una anciana,/ muerta hace medio siglo,/ es en la foto nieta de su nieto,/ la vida no vivida, el futuro total,/ la juventud que siempre se renueva en los otros./ La historia no ha pasado por ese instante./ Aún no existen las guerras ni las catástrofes/ y la palabra muerte es impensable.// Nada se vive antes ni después./ No hay conjugación en la existencia/ más que el tiempo presente./ En él yo soy el viejo/ y mi abuela es la niña.” La existencia aquí se conjuga en presente y la poesía demuestra ser el único género literario capaz de declinar, sin declinar, el verbo de la subjetividad. La foto de la abuela pone en hora el reloj del sujeto que la mira desde la actualidad de su propia experiencia. No se trata, sin embargo, de un sujeto ficticio al modo de los personajes ni tampoco de un narrador en primera. Habría que decir que estamos aquí ante la historicidad misma que en cada corte de verso dice de una experiencia fechada, propia e intransferible. Sin embargo, si nosotros lectores nos miramos en el espejo de la abuela-niña, podremos también fechar nuestra propia experiencia en ese calendario universal. Porque, en palabras del poeta, nada se vive antes ni después, todo acontece en esa instantaneidad que empezó cuando, en su primer libro, el joven Pacheco nos entregó la primera foto de una medianoche a mitad del siglo. Después, actualizándose en sentido inverso de lo que acontece en el Facebook –donde la historia del sujeto se mide por la virtualidad de un rostro alienado en el tiempo de las abstracciones– nos va agregando tarde o temprano vueltas de una espiral de obra que siempre termina donde empezó: en el presente.


(fuente: "revista ñ" en línea, autora: Tamara Kamenszain)

lunes, 3 de febrero de 2014

Joan Margarit (1938 )

Celebración

 Saliste una noche y me quedé con los niños.
Empezó a nevar y regresaste tarde.
Hoy que hace años que vivimos solos,
de madrugada me levanto y nieva,
igual que aquella noche.
Sin avisarte, me he vestido y salgo,
arranco el coche, pongo música,
suena a todo volumen Bach al piano
mientras el limpia-parabrisas barre
copos de nieve. Entro en la autopista.
Hay poco tráfico y voy cantando
a gritos esta música imposible de cantar.
Un viejo que conduce en la nevada
persiguiendo a su amor a través de la noche.




(fuente: "la mirada del lobo", sin crédito al traductor/a)

domingo, 2 de febrero de 2014

Eugenio Montale (1896 / 1981 )

La casa de los aduaneros

Tú no recuerdas la casa de los aduaneros
sobre la elevación inclinada sobre la escollera:
desolada te espera desde la noche
en que entró en ella el enjambre de tus pensamientos
y se detuvo inquieto.

La marejada azota hace años la vieja muralla
y el sonido de tu risa ya no es alegre:
la brújula gira loca a la ventura
y el cálculo de los dados no regresa.
Tú no recuerdas; otro tiempo trastorna
tu memoria; un hilo se devana.

Tengo todavía la punta; pero se aleja
la casa y sobre el techo la ennegrecida
veleta gira sin piedad.
Tengo la punta; pero tú estás sola
casi ni respiras en la oscuridad.

Oh el horizonte en fuga donde se enciende
rara la luz del petrolero.
¿Es este el paso? (Pulula todavía el oleaje
sobre el acantilado que se desploma).
Tú no recuerdas la casa de esta
noche mía. Y yo no sé quién va y quién queda.





(fuente: "otra iglesia es imposible.blogspot" versión J. Aulicino)

sábado, 1 de febrero de 2014

Gloria Trinidad (1968 )

La casa
 
No tener nada en propiedad
no deber nada.
En tiempo de desolación
hacer mudanza.
No poseerla
para que nada me poseyese.
Poder empezar
en cualquier otro sitio
poder vivir
bajo los párpados
de un dios
menos severo que mi infancia.
Por eso vendí la casa.
 
 
(fuente: e-review 'arquitrave')