Mostrando entradas con la etiqueta memorias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta memorias. Mostrar todas las entradas

sábado, 13 de junio de 2020

Carson McCullers (1917/1967 )


Ayer hubo una tormenta de nieve


Ayer hubo una tormenta de nieve. Tenía cita con el dentista en Sparkill, y estuve fuera mucho rato. En las calles, cuando pasó la tormenta, reinaba una suerte de cordialidad a lo Brueghel. Las mejillas de los niños con sus trajes de nieve eran de un vivo color carmesí. Los obreros se afanaban despejando los caminos y, en algunas esquinas, había fueguecitos en cubos de la basura. Esta mañana he vuelto a salir, muy temprano, en cuanto han abierto las tiendas, a buscar cigarrillos. La tormenta ya ha cesado y el cielo es de un delicado azul plateado. En invierno, estos cielos del norte son, en cierto modo, más hermosos que los cielos del sur.



("iluminación y fulgor nocturno, autobiografía inacabada", seix barral, trad. ana ma. moix y ana becciu, méxico, 2017)

lunes, 4 de julio de 2016

Orhan Pamuk (1952 )






Flaubert en Estambul


Aún luchando con la sífilis, que provocaría que en poco tiempo se le cayera el pelo y que su madre no lograra reconocerlo cuando por fin lo viera,  Flaubert va a un burdel en Estambul. El dragomán -intérprete, guía- que les enseñaba a todos los viajeros occidentales aquellos sitios le lleva a un lugar en Gálata tan "sucio" y en el que las mujeres son tan "repugnantes" que Flaubert quiere irse de inmediato. Pero, según lo que él mismo escribe, en ese momento la "madame" propietaria del establecimiento le ofrece  a su huésped francés su propia hija. Se trata de una muchacha de dieciséis o diecisiete años que a Flaubert le gusta mucho, pero que no quiere acostarse con él. La gente de la casa obliga a la chica -uno siente cierta curiosidad por saber qué haría el escritor mientras la convencían- y cuando por fin los dos se quedan solos ella le pide en italiano a Flaubert que le enseñe su órgano para saber si está enfermo o no. "¡Como me daba miedo que me viese el pene le dije que lo consideraba un insulto y me largué de allí!", escribe.


("estambul", ed. mondadori, méxico, 2006, trad. rafael carpintero)

martes, 31 de marzo de 2015

José Juan Tablada (1871/1945 )

El mole y la cocina mexicana

I.
La cocina de un pueblo es uno de los más poderosos factores del patriotismo. En el destierro o en la simple ausencia de la tierra natal, recordar los sabrosos manjares del terruño, es uno de los mayores tormentos... Creédmelo, la nostalgia del paladar, hace sufrir tanto como la de la naturaleza... Sólo una cosa existe en nuestra patria sobre cuya bondad todos los mexicanos estamos de acuerdo: el mole de guajolote, obra maestra de la cocina nacional...
     Por eso Maples Arce, el poeta estridentista, que cerró uno de sus ruidosos manifiestos con el inesperado grito: "¡Viva el mole de guajolote!", no arrojó los cánones estéticos a la cazuela del mole, como muchos obtusos imaginaron, sino que tocó el único punto de sensibilidad común a nuestra estirpe toda.

(La feria de la vida, Conaculta, Tercera Serie de Lecturas Mexicanas, no.22, México, 1991.)

II.
Tuve un amigo que deseaba regresar a su terruño, Veracruz, porque extrañaba las enchiladas de mole negro que le preparaba su madre.
III.
Tuve un amigo chileno que en una ocasión me invitó a un convivio en su casa. Llegué tarde y algunos invitados ya se habían retirado. Como le dije que no había comido, me informó que sólo había emparedados: me sirvió dos en un plato. Antes de probarlos le pregunté si había chiles curtidos. "Tenías que ser mexicano para pedir chile", al tiempo que me extendía una latita.
IV.
Tuve una parienta que cada vez que iba a Estados Unidos a visitar a sus hijos residentes, ella aun vivía en Dogville, en cada casa, a donde llegaba por un mes, le pedían que preparara el platillo favorito de sus hijos y nueras: chiles rellenos, enchiladas, guacamole, mole de olla, etcétera.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Diana Bellessi

Cadáveres silenciosos

 Hacia 1977, en plena dictadura militar, los argentinos parecíamos habernos quedado mudos.O muertos. Desaparecieron los cuerpos de los torturados y desaparecieron las voces de los que sobrevivíamos y nos sentíamos amenazados día a día. La censura se hacía evidente en todo lugar público. En la casa de los amigos o en tu propia casa se bajaba la voz y con un hilo nos pasábamos las noticias que corrían de boca en boca. El otro en la calle, el ciudadano común que pasaba a tu lado, aparecía siempre como sospechoso, como enemigo mortal que iba a escucharte y denunciarte, o aún más, como servicio encubierto que te llevaría a los golpes de inmediato. Así se fue la voz de nuestras bocas, y por supuesto, se fueron los versos. Que volvieran, como el agua fresca, lo logró el ansia de sentir y de decir nuevamente. Por ese entonces vivía en una isla del delta del Paraná, donde algunos contaban haber visto pasar cadáveres por los ríos cuando subía la marea del Plata. Esa misma marea reabrió mis labios y mi mirada, y un día me vi escribiendo otra vez, el lapicito sobre el cuaderno vacío, de unas antiguas mujeres chinas que vivían junto al agua… Había que irse muy lejos para alcanzar el eco de una voz, muy lejos o muy cerca, con el primer plano de un árbol en rojo otoñal sobre las aguas amarronadas que hacían su interminable duelo en mí. No hubo juicios ni cárceles, hubo mataderos. Así nació Tributo del mudo, el mudo era yo, y era mi amigo Ramón, que hablaba con sus manos como los ángeles.

(texto tomado de "revista ñ")

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Sándor Márai (1900/1989 )

Demasiadas balas



Hace dos semanas fui a una tienda del otro extremo de la ciudad para comprarme un arma de fuego, pero el formulario de la policía no había llegado hasta ahora. Ahora vuelvo y el vendedor me  entrega la pistola, empaquetada con esmero, además de cincuenta balas. Cuando le advierto que no voy a necesitar tanta munición, él se encoge de hombros y contesta con indiferencia que eso nunca se sabe. En el establecimiento se exponen toda clase de armas de fuego, escopetas de caza, fusiles ametralladores. Los pocos compradores, la mayoría chicos con cazadoras de cuero, deambulan mirando las armas. En América todos los ciudadanos tienen derecho a ir armados. Vuelvo a casa en taxi;  el chófer me pregunta qué he comprado y asiente al saber que se trata de un revólver. "Siempre viene bien", me dice. Es la primera vez desde hace meses que siento algo parecido a la tranquilidad. No tengo planes de suicidio, pero si el envejecimiento, la debilitación, la pérdida de mis capacidades avanzan al mismo ritmo, es bueno saber que podré acabar con ese humillante deterioro en cualquier momento, y no tendré que temer lo peor: terminar en uno de esos vertederos institucionales, en un hospital o en una residencia de ancianos. Sin embargo, hay que tener suerte incluso para eso, porque la apoplejía puede impedir la huida.


(texto tomado de Diarios 1984-1989, ed. Salamandra, col. Narrativa, Barcelona, 2008. Traducción del húngaro de Eva Cserhati y A. M. Fuentes Gaviño.)

martes, 15 de noviembre de 2011

Günter Grass (1927)

Adolescentes fascistas

Una vez, cuando estábamos cocinando en la playa -se podía conseguir pescado barato-, nos asustó un grupo de jóvenes fascistas con un saludo que seguía estando dedicado a Mussolini, su Duce. Los chicos, con camisa de uniforme negra, reunieron para nosotros leña traída por las olas. Eran tan incorregibles como lo había sido yo en otro tiempo, con la camisa parda de las Juventudes Hitlerianas; como la hierba de San Andrés crece esa mala hierba, siempre vuelve a florecer, se extiende y no sólo Italia ofrece un clima favorable a su proliferación.


(troz tomado de Pelando la cebolla, ed. Alfaguara, México, 2007. Traducción de Miguel Sáenz con la colaboración de Grita Loebsack.)