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lunes, 20 de octubre de 2014

Argentina: narrativa 1950

"Hágase la luz": Witold

1.
En el principio está Gombrowicz. Es imposible no visualizar al escritor polaco radicado en Argentina como un actor que da cuenta del peronismo al iluminar literariamente a los jóvenes de cabellera negra, piel aceite-ladrillo, boca color tomate y dentadura deslumbrante. En gran parte de su obra, entre la que destacan su Diario argentino o Trasatlántico, sus personajes se desplazan en vagabundeo homosexual por la estación de trenes de Retiro y sus inmediaciones, el puerto y el barrio que están colmados en ese entonces por representantes de la Argentina del “interior”, los “cabecitas negras” sobre los cuales el peronismo arbitrara su discurso redentor. Gombrowicz compara a estos jóvenes obreros con las melodías de Mozart, a los mozos de los bares porteños con Rodolfo Valentino, alaba la belleza indígena de los muchachos santiagueños y se queja extasiado de que las espaldas desnudas, la cabeza rizada, negra, la mirada y la sonrisa de los efebos argentinos son el veneno que lo intoxican. En sus caminatas nocturnas por esos caminos, Gombrowicz o sus personajes vagan para hallar a la juventud masculina, lumpen, baja y bella en la cual Jorge Luis Borges o Adolfo Bioy Casares no encuentran ningún encanto y en la que para el escritor polaco se cifra el destino de la Argentina. Y así, evocando el 17 de Octubre Borges y Bioy Casares escriben el canto del gorilaje “La fiesta del Monstruo”, con sus multitudes de seres abyectos, pies planos, basura genética a la que se recoge en un camión y se la arroja a Plaza de Mayo. Gombrowicz: una galería de varones hermosos, trabajadores o lúmpenes, caldo de cultivo de una revolución si no son captados por el fascismo.

2.
Hasta tal punto los sucesos del ’45 son cruciales para el imaginario cultural homoerótico que el que es considerado el primer cuento gay argentino, “La narración de la historia” (1959), de Carlos Correas, relata el encuentro de un joven burgués y estudiante de derecho con un lumpen, morochito, santafesino de 17 años, con quien tiene relaciones sexuales en un baldío después de conocerlo en la calle. Más tarde, a pesar del éxtasis que supuso la relación amorosa, el burgués deja plantado al morochito motivado por un prejuicio de clase. Desde entonces, estudiantes o burgueses y cabecitas negras se acoplarán eróticamente con invariable suerte en la novelística gay argentina: en La boca de la ballena (1973), de Héctor Lastra un joven aristócrata se enamora y fantasea con un villero peronista pero no concreta sus fantasías y finalmente se hace violar por un linyera; en La invasión (1967), de Ricardo Piglia, el macizo y grandote Celaya somete sexualmente a un “morochito” débil consumido en una prisión, quizá como metáfora política de la represión ejercida contra el peronismo en los años que siguieron a la autodenominada Revolución Libertadora o como metáfora de la sumisión al jefe paternalista y demagógico. También, en cierta forma, en nombre del peronismo y de las consignas peronistas se acoplan sindicalistas, las bases, la JP en esa orgía de sexo, violencia y muerte que se relata en “El fiord” (1973), de Osvaldo Lamborghini. Se define como puto y peronista el Nene Brignone, que junto con su amante el Gaucho Dorda realizan el acto épico-heroico de quemar la plata en Plata quemada (1997), de Ricardo Piglia.


(Aunque usted no lo crea, en el artículo de Adrián Melo, "Los putos en la fuente", 17.X.2014, no se cita ninguna obra de Manuel Puig, autor muy anterior a la novelística y narrativa de Piglia.)

domingo, 9 de marzo de 2014

Ana María Moix y la literatura tangencial

Formaban una pareja encantadora. Ella, Ana María, y su hermano, Terenci Moix. Por supuesto para el hombre fue mucho más fácil que para ella. Por un lado, Terenci expresaba sus preferencias sexuales por los hombres a través de su amaneramiento explosivo, de la literatura de chismes de estrellas, de su devoción por el imaginario de Egipto y por el cine peplum, por el melodrama y por Hollywood, por las divas (¡Marilyn!), Marlon Brando, Paul Newman y James Dean.
Por el otro lado, Ana María, conocida y querida por todos como “la nena”, más silenciosa, expresaba el amor de las mujeres a través de su aspecto varonil, de sus novelas y de sus poesías que abordan el tema de la diversidad sexual o la amistad íntima entre mujeres pero de manera soslayada. No fue una autora explícitamente lesbiana, pero en su primera novela, Julia (1970), que lleva una dedicatoria a Esther Tusquets, describe una relación muy intensa entre la protagonista y Eva, una profesora de literatura en la universidad. Eva representa para Julia el modelo intelectual, la madre, la amiga y la amante, todo a la vez y nada en concreto. De esa manera construyó una imagen compleja de relaciones entre mujeres, sin recurrir a las categorías y volviéndose especialmente subversiva y cuestionadora. Eran tiempos de Franco vivo y censurando, y esta novela que hoy parece ingenua, decía lo indecible y abría una tranquera literaria. Algo debió resultar sospechoso a los tachadores, que realizó a la novela un total de cuarenta y cinco cortes. En Julia aparece un personaje homosexual, Ernesto, hermano de la protagonista y evidentemente inspirado en Terenci Moix. Julia sentó las bases para que años después aparecieran novelas claramente lésbicas, como fue El mismo mar de todos los veranos, de Esther Tusquets, en 1978. Más tarde, como editora, fue fundamental en la circulación de textos de otras poetas y autores que presentaban una sexualidad disidente en sus trabajos.
La homosexualidad como motivo simbólico que da un sentido a la existencia aparece en otras de sus novelas, como Walter, ¿por qué te fuiste? (1974). Y en 1985 en el cuento “Las virtudes peligrosas”, el amor entre dos mujeres se manifiesta en términos de lo posible. Lo único que llegan a compartir las dos amantes son sus miradas y unos lazos.
Si bien se declaró públicamente lesbiana en 1997, su aporte tuvo que ver más con sus estrategias para vivir y narrar el amor entre las mujeres a través de la elipsis, los silencios y las ausencias. Por ello, quizás, en sus funerales sonó la emblemática canción de gays y lesbianas generalmente interpretada por Concha Piquer, “La niña de la estación”, que refiere a una mujer que espera a su amante en la estación, que finalmente vive su amor solamente por tres días y que sigue cantando a gritos y a silencios su pasión hasta el final.


(fuente: "soy", Página/12, autor: Adrián Melo)

sábado, 7 de enero de 2012

Pombo, premio Nadal

Con su novela El temblor del héroe, Álvaro Pombo resultó ganador de la 68° edición del Premio Nadal de novela, el más antiguo de los que se conceden en España, dotado con 18.000 euros. La novela aborda la experiencia de un profesor universitario ya jubilado, que es testigo de un hecho que en la novela se convierte para Pombo en la oportunidad de hablar sobre la indiferencia en la sociedad. "Mi novela trata de la ética del cuidado. Hay ética del cuidado y de la responsabilidad. Yo trato la del cuidado pero al revés... son personajes que descuidan a otros", explicó al recibir el galardón. "Si no cuidamos a las personas, el mundo se viene abajo", apostó.

A los 72 años, nacido en Santander, miembro de la Real Academia española, y con el Premio Planeta 2006 en su haber, Pombo es un prolífico escritor de novelas con un interés social. Licenciado en filosofía y letras, Pombo hizo su debut con Protocolos, un libro de poesía en 1973 y un año después Variaciones, que recibió el premio El Bardo para poetas nóveles. En 1977 publicó el libro Relatos, doce cuentos poblados de personajes estrafalarios, dedicándose a partir de entonces a la novela. También ganó el premio Herralde de novela con El héroe de las mansardas de Mansard (1983), donde traza una magnífica historia de una familia de la alta burguesía de Santander, su terruño. Otras de sus obras literarias fueron Los delitos insignificantes (1986) y El metro de platino iridiado (1990).


(Cuando leíste el desenlace de Los delitos insignificantes te quedaste de una pieza por la acción contundente e inesperada. Para ti, había nacido un narrador gay posterior a la época de Francisco Franco. Nota tomada de Letra Ñ, Clarín.)