Del tedio
Escribo “leather” en el buscador de YouTube y aparecen instrucciones sobre cómo hacer un pirograbado en una billetera o en un cinturón. Afino la búsqueda, agrego “wearing” (vestir) y aparecen videos de moda, mujeres dando consejos sobre cómo vestirse de cuero. Lo que busco son videos caseros de hombres leather, solos frente a la cámara, fumando, tocándose, esquivando la censura de YouTube porque no llegan al sexo explícito. Enciendo un cigarrillo, tomo un trago de cerveza, borro la búsqueda anterior y escribo: “leather bulge” (bulto leather). Un pibe tirado en la cama con pantalones de cuero y zapatillas, el bulto en primer plano. No, no. Zapatillas, no; cama, tampoco. “Full leather men”, escribo y la cosa se pone más interesante: un flaco alto de veintipico de años vestido con camisa, pantalón y botas de cuero. Tiene cara de inocente, pero cuando se pone los anteojos oscuros y la gorra mejora. Lo que no cierra es el contexto. Está sentado en un sillón tapizado de azul eléctrico; al fondo una cortina de voile; al costado, sobre una mesita, una lámpara muy kitsch y un jarrón de cristal. Avanzo con el cursor sobre el indicador de carga para ver cuadro por cuadro si la situación cambia. Llego a una toma desde el piso, el flaco alto ahora está de pie, se ve desde abajo cómo se acaricia con los guantes puestos el bulto enfundado en cuero, asoma la cabeza y mira amenazante. Aquel flaquito vestido de cuero que parecía estar sentado en el living de la tía de pronto tiene la apariencia de un Full Leather Master. Muestra las botas, la suela. Me siento como si estuviera ahí abajo lamiéndolas. Enciendo otro cigarrillo y me sirvo más cerveza para disfrutar de los siete minutos que quedan. Pero no. Coitus interruptus. Sale a la calle y se apoya de pie contra una pared. Lo mejor pasó, vuelve a ser el mismo flaco sin actitud de antes, tiene mala postura, quiere poner cara de malo y no le sale. Cliqueo los videos que aparecen al costado, los chequeo todos, ninguno me interesa. Ahora la búsqueda es frenética, escribo en el buscador “full leather smoking” y aparece mi premio: el video de un tal GUTWOLF “Full leather & Cohiba robusto”. Por la contextura física parece un cuarentón, quizá cincuentón, la camisa de cuero ajustada enfunda una robusta panza, un cigarro en la mano izquierda enguantada, de la cara apenas se ve la barba oscura y tupida. Por un costado entra la luz del sol que ilumina las bocanadas de humo lamiendo el cuero. GUTWOLF se aleja de la cámara y se lo ve mejor, usa anteojos oscuros y gorra. Estoy de rodillas ante él, me echa el humo en la cara. Se aleja más, los pantalones ajustados destacan su gran bulto, sus piernas, su culo, su manera de pararse, con los pies separados, muy varonil. Se pone de costado y luego de frente, se acaricia, baja la cámara y deja ver sus botas. Ahora sí, muerto de sed, tan lejos y tan cerca, tan excitado, hago un fondo blanco de cerveza, miro el resto del video y lo guardo entre mis favoritos. En el vaso queda sólo la espuma.
(fuente: "soy", Página/ 12 en línea, 31.X.2014)
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viernes, 31 de octubre de 2014
lunes, 28 de enero de 2013
París a favor del gay
viernes, 18 de enero de 2013
Jodie Foster sin talento
Asombrado quedéme, este lunes a la hora del primer caviar, cuando el informativo de TVE me ofreció amplia cobertura de la entrega de un Globo de Oro a Jodie Foster, sin citar que la actriz y directora había dedicado su discurso a vindicar su lesbianismo. El parte se limitó a decir que había dedicado el premio a su familia, sin especificar, por supuesto, que su familia son dos hijos adoptados junto a su ex pareja fémina.
En mi estolidez malpensante, en principio pensé que los redactores del telediario habían sufrido un arrebato autocensor de inspiración roucovareliana. Mas no. Eso no puede ocurrir en un país del primer mundo, con billete solo de ida hacia el tercero, y de constitución aconfesional. Lo que le ocurrió a los redactores de TVE es que esa mañana se habían leído La Gaceta.
La Gaceta, para quien ande desinformado de las excelencias culturales del país, es un joven y arrogante periódico nacido en el apacible y susurrante seno informativo de Intereconomía. Aquella mañana de autos en la que Jodie Foster apareció en TVE como una niña muy familiar y escasísimamente lesbiana, La Gaceta publicaba a mucha plana una entrevista con Philippe Ariño, un chico católico vestido de lila que, desde que no folla, se dedica al pentámetro yámbico libre. O sea, al verso: “Nadie imagina lo feliz que soy desde que no practico la homosexualidad”, decía en vocingleros titulares.
Este marqués de Bradomín inverso –guapo, católico y poco sentimental– antes era profesor de español en Francia, pero ahora está de excedencia porque se dedica a dar charlas remuneradas para difundir su credo en colegios católicos y orgías de incienso y mirra: “Todo está muy claro: no estoy convencido de que la pareja homosexual sea lo mejor que le puede ocurrir a uno que se siente homosexual de forma duradera. A día de hoy, no me he topado con uniones homosexuales que de verdad sean sólidas, resplandecientes y satisfactorias a largo plazo. Por eso he elegido vivir la continencia, es decir, entregar mi homosexualidad a Jesucristo y a su Iglesia”.
Cuando Jodie Foster reconoció su más que resabida homosexualidad en los Globos de Oro, balbuceaba. Philippe Ariño, muy al contrario, gritaba desde el interior de su traje lila su católica renuncia al gusto por los varones. TVE elidió los balbuceos lésbicos de Jodie poniendo una voz en off que ensalzaba a la familia, como si la familia de la actriz fuera tradicional, católica, obámica, pepera y atendida sanitariamente por un Güemes dimitido. La Gaceta, sin embargo, dio rienda suelta al misticismo apóstata gay de Philippe Ariño. Pues yo me quedo con La Gaceta.
La manipulación es mejor informadora que el silencio. Porque el silencio no nos deja ni margen para descreer. Y estamos hablando de una televisión pública, que a mí me cuesta una pasta, no sé al lector. Que La Gaceta, con las contradicciones, o no, de su casto homosexual purpurado, me diga más verdad que el silencio de mi tele, me duele un poco por el antifonario (lo siento, pero la expresión es propia del campo semántico de este artículo).
Algunos de mis despreciables lectores (que son todos) dirán que el hecho de que Jodie Foster haya aireado su homosexualidad no es noticia. Que la noticia es el Globo de Oro. Pues no.
La noticia, creo en mi cortedad, es que una actriz del siglo XXI, nacida en la cuna de las libertades, tenga que esperar 50 años y un acto público para seguir avergonzándose de ser lesbiana. P ara balbucear “soy lesbiana” mientras recoge uno de los reconocimientos más importantes del chiringuito de su arte.
Somos australopitecos, en esto del sexo que sobrepasa la postura del misionero. Si yo, en este artículo, le llamo a alguien maricón, o lesbiana, o bisexual, o chupapollas, o bollera, me pueden demandar por muchas cosas. La libertad la tendremos cuando los verdaderos insultos, los insultos irreversibles, sean manipulador, censor o silencioso. Sobre todo silencioso, que ni te deja baza al conocimiento o a la réplica. Como esa TVE que pago, me calla cosas y no es mía.
El día en que las palabras maricón, lesbiana, chupapollas, bollera, julandrón, tortilla, gay, comecoños o puta no se consideren insultos, sino opciones orgullosas de vida, serán por fin sinónimos de la hoy casi impronunciable palabra libertad.
(artículo de Anibal Málvar en el sitio "Público". Tuviste un par de amigos que fueron pareja. Había noches que uno de ellos le telefoneaba a otro amigo para pedirle que lo acompañara a Emergencias de algún hospital pues había herido a su compañero. Como el hecho era frecuente y del dominio público entre los pintores -ellos se aplicaban a las artes visuales-, me dice Fernando que en una ocasión llegó a casa de los Enriques -ambos ostentaban el mismo nombre- y vio al final de una escalera a uno de ellos inconsciente: pensó lo peor, que el otro lo había ultimado. Más tarde se enteró que el Enrique inconsciente había sido presa de un coma diabético. Ambos ya murieron. No sé si felices. Pero vivieron juntos muchos años. En aquel entonces ni siquiera se soñaba que un día se legalizarían los matrimonios entre personas del mismo sexo. Y ahora, en México, se han multiplicado los predicadores del corte de Philippe Ariño que van por la radio, la tele y los parques públicos anunciando el fin del mundo -Maya-. Pero son profetas a los que todo les falla, incluso el pene.)
En mi estolidez malpensante, en principio pensé que los redactores del telediario habían sufrido un arrebato autocensor de inspiración roucovareliana. Mas no. Eso no puede ocurrir en un país del primer mundo, con billete solo de ida hacia el tercero, y de constitución aconfesional. Lo que le ocurrió a los redactores de TVE es que esa mañana se habían leído La Gaceta.
La Gaceta, para quien ande desinformado de las excelencias culturales del país, es un joven y arrogante periódico nacido en el apacible y susurrante seno informativo de Intereconomía. Aquella mañana de autos en la que Jodie Foster apareció en TVE como una niña muy familiar y escasísimamente lesbiana, La Gaceta publicaba a mucha plana una entrevista con Philippe Ariño, un chico católico vestido de lila que, desde que no folla, se dedica al pentámetro yámbico libre. O sea, al verso: “Nadie imagina lo feliz que soy desde que no practico la homosexualidad”, decía en vocingleros titulares.
Este marqués de Bradomín inverso –guapo, católico y poco sentimental– antes era profesor de español en Francia, pero ahora está de excedencia porque se dedica a dar charlas remuneradas para difundir su credo en colegios católicos y orgías de incienso y mirra: “Todo está muy claro: no estoy convencido de que la pareja homosexual sea lo mejor que le puede ocurrir a uno que se siente homosexual de forma duradera. A día de hoy, no me he topado con uniones homosexuales que de verdad sean sólidas, resplandecientes y satisfactorias a largo plazo. Por eso he elegido vivir la continencia, es decir, entregar mi homosexualidad a Jesucristo y a su Iglesia”.
Cuando Jodie Foster reconoció su más que resabida homosexualidad en los Globos de Oro, balbuceaba. Philippe Ariño, muy al contrario, gritaba desde el interior de su traje lila su católica renuncia al gusto por los varones. TVE elidió los balbuceos lésbicos de Jodie poniendo una voz en off que ensalzaba a la familia, como si la familia de la actriz fuera tradicional, católica, obámica, pepera y atendida sanitariamente por un Güemes dimitido. La Gaceta, sin embargo, dio rienda suelta al misticismo apóstata gay de Philippe Ariño. Pues yo me quedo con La Gaceta.
La manipulación es mejor informadora que el silencio. Porque el silencio no nos deja ni margen para descreer. Y estamos hablando de una televisión pública, que a mí me cuesta una pasta, no sé al lector. Que La Gaceta, con las contradicciones, o no, de su casto homosexual purpurado, me diga más verdad que el silencio de mi tele, me duele un poco por el antifonario (lo siento, pero la expresión es propia del campo semántico de este artículo).
Algunos de mis despreciables lectores (que son todos) dirán que el hecho de que Jodie Foster haya aireado su homosexualidad no es noticia. Que la noticia es el Globo de Oro. Pues no.
La noticia, creo en mi cortedad, es que una actriz del siglo XXI, nacida en la cuna de las libertades, tenga que esperar 50 años y un acto público para seguir avergonzándose de ser lesbiana. P ara balbucear “soy lesbiana” mientras recoge uno de los reconocimientos más importantes del chiringuito de su arte.
Somos australopitecos, en esto del sexo que sobrepasa la postura del misionero. Si yo, en este artículo, le llamo a alguien maricón, o lesbiana, o bisexual, o chupapollas, o bollera, me pueden demandar por muchas cosas. La libertad la tendremos cuando los verdaderos insultos, los insultos irreversibles, sean manipulador, censor o silencioso. Sobre todo silencioso, que ni te deja baza al conocimiento o a la réplica. Como esa TVE que pago, me calla cosas y no es mía.
El día en que las palabras maricón, lesbiana, chupapollas, bollera, julandrón, tortilla, gay, comecoños o puta no se consideren insultos, sino opciones orgullosas de vida, serán por fin sinónimos de la hoy casi impronunciable palabra libertad.
(artículo de Anibal Málvar en el sitio "Público". Tuviste un par de amigos que fueron pareja. Había noches que uno de ellos le telefoneaba a otro amigo para pedirle que lo acompañara a Emergencias de algún hospital pues había herido a su compañero. Como el hecho era frecuente y del dominio público entre los pintores -ellos se aplicaban a las artes visuales-, me dice Fernando que en una ocasión llegó a casa de los Enriques -ambos ostentaban el mismo nombre- y vio al final de una escalera a uno de ellos inconsciente: pensó lo peor, que el otro lo había ultimado. Más tarde se enteró que el Enrique inconsciente había sido presa de un coma diabético. Ambos ya murieron. No sé si felices. Pero vivieron juntos muchos años. En aquel entonces ni siquiera se soñaba que un día se legalizarían los matrimonios entre personas del mismo sexo. Y ahora, en México, se han multiplicado los predicadores del corte de Philippe Ariño que van por la radio, la tele y los parques públicos anunciando el fin del mundo -Maya-. Pero son profetas a los que todo les falla, incluso el pene.)
domingo, 20 de mayo de 2012
Espacios para el diferente
“Cuando cumplí 18 años, a pesar de que ya había ‘salido del clóset’ ante mi familia y amigos, me di cuenta de que era totalmente ignorante en cuanto a la historia gay. De hecho, no sabía que existía una. Iba a bares gay en Bogotá en los que conocí a gais y lesbianas mayores que yo, pero todos éramos marginales, vivíamos una vida escondida, no había un sentido histórico de pertenencia. A ese punto nunca pensé que gais y lesbianas se pudieran organizar políticamente para luchar por sus derechos o formar su propia cultura. No había caído en cuenta de que podía ser gay más allá de la alcoba. La homosexualidad nunca se discutió en el colegio como una forma posible de vida, lo que hacía que el matoneo del que era objeto por los otros niños fuera justificado de una manera perversa. Puesto que me sentía diferente y no existían menciones de esa diferencia en libros o en mis referencias adultas, me vi obligado a buscar por mis antecesores queer* en la oscuridad. Me convertí en mi propio instructor. También me convertí en un artista”. Es la confesión del colombiano Carlos Motta en una de las conferencias que han hecho parte del proyecto académico y artístico ‘We who feel differently’ (Nosotros que sentimos diferente).
¿Realmente la comunidad LGBT quiere luchar por el matrimonio? ¿Quiere realmente un homosexual ser aceptado en el ejército? ¿Será que una pareja de lesbianas quiere tener el derecho de adoptar un hijo? El discurso tradicional, el que se oye en los pasillos, el que se debate en las políticas de los gobiernos, el que sale publicado en los medios, es el que apunta a la equidad y el que boga por la igualdad de los derechos de las minorías sexuales. Sin embargo, existe un lado B y activistas que se resisten a entrar en la norma, a entrar en el establecimiento y que no pretenden encajar dentro de una sociedad dominada por la práctica heterosexual.
Este discurso, diferente y hasta paradójico para algunos, fue el que este artista multidisciplinario plasmó en la exposición ‘We who feel differently’ inaugurada esta semana en el New Museum de Nueva York.
Esta muestra es sólo una tuerca del gran engranaje en el que Motta se embarcó. “Partí con la idea de construir un archivo que representara historias de la construcción y el desarrollo de los movimientos LGBT (lesbianas, gais, bisexuales y transexuales) internacionalmente”. Para ello, con fondos que el gobierno noruego le suministró, escogió cuatro países: Korea, Noruega, Colombia y Estados Unidos, donde investigó y realizó 50 entrevistas a activistas, académicos, artistas, investigadores, entre otros, que se han dedicado a difundir y debatir acerca de las políticas que se adentran en nociones de diferencia sexual, igualdad y democracia en relación con la orientación sexual y la identidad de género.
La plataforma principal del proyecto es la página de internet www.wewhofeeldifferently.info. Ahí se articulan todas las charlas, simposios y debates que se han realizado y que se siguen haciendo alrededor del trabajo, de ahí surgen las exposiciones en museos y galerías, una revista on-line que se edita regularmente para formar lo que es un proyecto en curso, que vive y que respira. De ahí también nació el libro Nosotros que sentimos diferente, publicado por Siglo del Hombre Editores en Colombia. “Mientras hacía las entrevistas me di cuenta de que no me interesaba la narrativa convencional o común de las minorías sexuales que se basa en la búsqueda de la equidad. Es un discurso muy limitado, que plantea ciertos problemas de exclusión, de discriminación y que es dominado por ciertos tipos de gais, de clase media, blancos que tienen intereses de asimilarse. Lo clave fue entender que había un discurso distinto y ese fue el que quisimos rescatar en el libro. En vez de hablar de la equidad, es hablar de la noción de la diferencia”, advierte Motta.
Carlos Motta nunca ha basado su práctica artística en la producción de objetos estéticos ni tampoco encaja en la categoría de un solo medio. El resultado de su arte siempre ha estado muy unido a la academia, a factores antropológicos y filosóficos. Según Marie Shurkus, profesora de nuevos medios de la Pomona College, su trabajo produce contra narrativas que reconocen y hasta celebran historias de comunidades, identidades e ideologías oprimidas.
Sus piezas responden a la firme creencia de que el arte puede ser un elemento pedagógico, un medio para cambiar la sociedad y una herramienta de transformación. No importa si el medio para llegar al fin es el video, la escultura, el dibujo o la instalación. Todas son plataformas válidas para llevar un mensaje. Este proyecto, ‘Nosotros que nos sentimos diferentes’, sigue un patrón de una serie de trabajos que viene haciendo desde hace cinco años en los que parte de una investigación con una metodología, generalmente basada en entrevistas.
La muestra del New Museum consta de una instalación de cinco videos, en los que se debaten varios temas como el activismo de la enfermedad del sida, el esquema de la igualdad que siempre ha sido el hito de la agenda LGBT y la pone en perspectiva, la resistencia a la asimilación, el discurso queer del arte, entre otros. Una serie de elementos gráficos, desde carteles hasta dibujos, sirven para ilustrar las ideas centrales del proyecto. Además, hay una muestra escultórica que relata la historia del triángulo rosado. Los nazis marcaban a los judíos homosexuales en los campos de concentración con un triángulo rosado. Según Motta, esta figura ha tenido varias apropiaciones. En los años 70 el movimiento gay lo tomó como un símbolo de orgullo y de liberación, y dejó de ser ese estigma. En los años 80 fue un símbolo de esperanza dentro de la epidemia del sida.
La exhibición es un documento valioso para la academia y para el público que quiera ponerse en la otra orilla y conocer de cerca la complejidad y los matices de la dinámica de las políticas sexuales y sociales. Motta se pregunta y se responde: “¿Qué puedo hacer yo de esa acción de sentirme diferente? Articular el espacio de la diferencia, de la tolerancia y el arte para construir una contra narrativa”.
* Queer no tiene traducción en ningún idioma. Se refiere a una construcción de la sexualidad y del género más amplia, plural e inclusiva que se resiste a las categorizaciones.
(Has conocido a gays de tu edad que en un inicio se creían los únicos en el mundo, que si aceptaban una relación fortuita y pasajera el otro divulgaría tu "secreto", hecho que se traduciría en violencia y humillaciones en la escuela, la familia, la calle, etc. Eso acaso te volvió hosco y desconfiado. Nota tal cual en El Espectador en línea.)
¿Realmente la comunidad LGBT quiere luchar por el matrimonio? ¿Quiere realmente un homosexual ser aceptado en el ejército? ¿Será que una pareja de lesbianas quiere tener el derecho de adoptar un hijo? El discurso tradicional, el que se oye en los pasillos, el que se debate en las políticas de los gobiernos, el que sale publicado en los medios, es el que apunta a la equidad y el que boga por la igualdad de los derechos de las minorías sexuales. Sin embargo, existe un lado B y activistas que se resisten a entrar en la norma, a entrar en el establecimiento y que no pretenden encajar dentro de una sociedad dominada por la práctica heterosexual.
Este discurso, diferente y hasta paradójico para algunos, fue el que este artista multidisciplinario plasmó en la exposición ‘We who feel differently’ inaugurada esta semana en el New Museum de Nueva York.
Esta muestra es sólo una tuerca del gran engranaje en el que Motta se embarcó. “Partí con la idea de construir un archivo que representara historias de la construcción y el desarrollo de los movimientos LGBT (lesbianas, gais, bisexuales y transexuales) internacionalmente”. Para ello, con fondos que el gobierno noruego le suministró, escogió cuatro países: Korea, Noruega, Colombia y Estados Unidos, donde investigó y realizó 50 entrevistas a activistas, académicos, artistas, investigadores, entre otros, que se han dedicado a difundir y debatir acerca de las políticas que se adentran en nociones de diferencia sexual, igualdad y democracia en relación con la orientación sexual y la identidad de género.
La plataforma principal del proyecto es la página de internet www.wewhofeeldifferently.info. Ahí se articulan todas las charlas, simposios y debates que se han realizado y que se siguen haciendo alrededor del trabajo, de ahí surgen las exposiciones en museos y galerías, una revista on-line que se edita regularmente para formar lo que es un proyecto en curso, que vive y que respira. De ahí también nació el libro Nosotros que sentimos diferente, publicado por Siglo del Hombre Editores en Colombia. “Mientras hacía las entrevistas me di cuenta de que no me interesaba la narrativa convencional o común de las minorías sexuales que se basa en la búsqueda de la equidad. Es un discurso muy limitado, que plantea ciertos problemas de exclusión, de discriminación y que es dominado por ciertos tipos de gais, de clase media, blancos que tienen intereses de asimilarse. Lo clave fue entender que había un discurso distinto y ese fue el que quisimos rescatar en el libro. En vez de hablar de la equidad, es hablar de la noción de la diferencia”, advierte Motta.
Carlos Motta nunca ha basado su práctica artística en la producción de objetos estéticos ni tampoco encaja en la categoría de un solo medio. El resultado de su arte siempre ha estado muy unido a la academia, a factores antropológicos y filosóficos. Según Marie Shurkus, profesora de nuevos medios de la Pomona College, su trabajo produce contra narrativas que reconocen y hasta celebran historias de comunidades, identidades e ideologías oprimidas.
Sus piezas responden a la firme creencia de que el arte puede ser un elemento pedagógico, un medio para cambiar la sociedad y una herramienta de transformación. No importa si el medio para llegar al fin es el video, la escultura, el dibujo o la instalación. Todas son plataformas válidas para llevar un mensaje. Este proyecto, ‘Nosotros que nos sentimos diferentes’, sigue un patrón de una serie de trabajos que viene haciendo desde hace cinco años en los que parte de una investigación con una metodología, generalmente basada en entrevistas.
La muestra del New Museum consta de una instalación de cinco videos, en los que se debaten varios temas como el activismo de la enfermedad del sida, el esquema de la igualdad que siempre ha sido el hito de la agenda LGBT y la pone en perspectiva, la resistencia a la asimilación, el discurso queer del arte, entre otros. Una serie de elementos gráficos, desde carteles hasta dibujos, sirven para ilustrar las ideas centrales del proyecto. Además, hay una muestra escultórica que relata la historia del triángulo rosado. Los nazis marcaban a los judíos homosexuales en los campos de concentración con un triángulo rosado. Según Motta, esta figura ha tenido varias apropiaciones. En los años 70 el movimiento gay lo tomó como un símbolo de orgullo y de liberación, y dejó de ser ese estigma. En los años 80 fue un símbolo de esperanza dentro de la epidemia del sida.
La exhibición es un documento valioso para la academia y para el público que quiera ponerse en la otra orilla y conocer de cerca la complejidad y los matices de la dinámica de las políticas sexuales y sociales. Motta se pregunta y se responde: “¿Qué puedo hacer yo de esa acción de sentirme diferente? Articular el espacio de la diferencia, de la tolerancia y el arte para construir una contra narrativa”.
* Queer no tiene traducción en ningún idioma. Se refiere a una construcción de la sexualidad y del género más amplia, plural e inclusiva que se resiste a las categorizaciones.
(Has conocido a gays de tu edad que en un inicio se creían los únicos en el mundo, que si aceptaban una relación fortuita y pasajera el otro divulgaría tu "secreto", hecho que se traduciría en violencia y humillaciones en la escuela, la familia, la calle, etc. Eso acaso te volvió hosco y desconfiado. Nota tal cual en El Espectador en línea.)
sábado, 19 de mayo de 2012
Un libro sobre los Raros
En su anterior libro, Siútico, el periodista Oscar Contardo demostró talento a la hora de revelar actitudes, comportamientos y paradigmas ocultos de la sociabilidad chilena; al mismo tiempo, hizo ver que la suya era una pluma cargada de mordacidad, inteligencia y humor. En Raro, cuyo subtítulo reza "una historia gay de Chile", Contardo evita los toques irónicos, y esto, evidentemente, se debe a que el tema de su investigación -cómo se ha percibido y tratado al homosexual en este país desde tiempos coloniales hasta nuestros días- dista de tener ribetes cómicos.
Raro es un libro metódico, bien documentado y repleto de datos llamativos. Más que cronista u observador, en esta ocasión Contardo ha tomado el rol del historiador: maneja fuentes variopintas (informes policiales, monografías anglosajonas, testimonios personales, textos olvidados, anécdotas picantes), permite que el relato avance en niveles paralelos, relaciona hechos aparentemente descoyuntados por el paso de los siglos y casi nunca opina, sino que más bien concluye. Astutamente, el escritor captó que al mismo tiempo que le hincaba el diente al flanco criollo de su historia, era necesario facilitar las comparaciones extendiendo el rango de la investigación hacia un contexto occidental más amplio.
Ordenado en forma cronológica, el relato de Raro se inicia con una mirada a la Edad Media y un vistazo a la Antigüedad, para luego concentrarse en la Colonia y en cómo juzgaron los españoles ciertas costumbres de los nativos que les parecieron propias de bujarrones o invertidos. Seguidamente, la recapitulación se centra en el Chile republicano, aunque, como ya se ha dicho, nunca quedan fuera del horizonte del lector las experiencias coetáneas que enfrentaron los homosexuales ingleses, franceses o estadounidenses.
Contardo se arriesga con apreciaciones curiosas: "En definitiva, operaban sobre Jorge Alessandri las mismas presiones sociales que llevaron a perder el poder a Enrique IV de Castilla, el hermanastro de Isabel la Católica" (en referencia a la antigua costumbre de acusar públicamente a alguien de homosexual sin tener demasiadas pruebas). En otras ocasiones, el autor entrega datos que aun hoy, sabiendo lo que todos sabemos bien, no dejan de sorprender: "Se pudo constatar que una de las preocupaciones más acuciantes para el Santo Oficio de Lima, tanto como la herejía, era la abundancia del delito de 'solicitación' -lo que actualmente se entiende como abuso sexual- cometido por sacerdotes durante el sacramento de la confesión".
Igual de sorprendente es la homofobia maníaca de la que hicieron gala el Partido Comunista chileno y el gobierno de la Unidad Popular. Por el bando contrario, uno de los datos más escabrosos del libro apunta a que "el general Manuel Contreras, jefe de la Dina, guardaba un detallado informe sobre el entonces abogado gremialista Jaime Guzmán, que incluía una carpeta con el rótulo 'homosexualismo'".
Sin jamás proponer la victimización como arma argumental, y centrándose en el caso a caso, que aquí va desde capitán a paje, Contardo expone las infamias y abusos de siglos en contra de la población homosexual. A la vez, el autor informa, con especial dedicación, cómo fue que en Chile, país de un retorcimiento reconocido y propio, se desarrolló y se sigue desarrollando una fuerza homofóbica que, no obstante, se encuentra hoy en día debilitada en comparación a la que prevalecía hace pocos, muy pocos años atrás.
(En México al bujarrón le llaman joto (a), puto, perra, mariquita sin calzones, choto, (re)torcida, cacha-granizo; le gusta el arroz con popote, la cocacola-hervida, jugar a la cebollita, sol, muxe y mil etcéteras. Nota de Juan Manuel Vial en La tercera, diario chileno en línea.)
Raro es un libro metódico, bien documentado y repleto de datos llamativos. Más que cronista u observador, en esta ocasión Contardo ha tomado el rol del historiador: maneja fuentes variopintas (informes policiales, monografías anglosajonas, testimonios personales, textos olvidados, anécdotas picantes), permite que el relato avance en niveles paralelos, relaciona hechos aparentemente descoyuntados por el paso de los siglos y casi nunca opina, sino que más bien concluye. Astutamente, el escritor captó que al mismo tiempo que le hincaba el diente al flanco criollo de su historia, era necesario facilitar las comparaciones extendiendo el rango de la investigación hacia un contexto occidental más amplio.
Ordenado en forma cronológica, el relato de Raro se inicia con una mirada a la Edad Media y un vistazo a la Antigüedad, para luego concentrarse en la Colonia y en cómo juzgaron los españoles ciertas costumbres de los nativos que les parecieron propias de bujarrones o invertidos. Seguidamente, la recapitulación se centra en el Chile republicano, aunque, como ya se ha dicho, nunca quedan fuera del horizonte del lector las experiencias coetáneas que enfrentaron los homosexuales ingleses, franceses o estadounidenses.
Contardo se arriesga con apreciaciones curiosas: "En definitiva, operaban sobre Jorge Alessandri las mismas presiones sociales que llevaron a perder el poder a Enrique IV de Castilla, el hermanastro de Isabel la Católica" (en referencia a la antigua costumbre de acusar públicamente a alguien de homosexual sin tener demasiadas pruebas). En otras ocasiones, el autor entrega datos que aun hoy, sabiendo lo que todos sabemos bien, no dejan de sorprender: "Se pudo constatar que una de las preocupaciones más acuciantes para el Santo Oficio de Lima, tanto como la herejía, era la abundancia del delito de 'solicitación' -lo que actualmente se entiende como abuso sexual- cometido por sacerdotes durante el sacramento de la confesión".
Igual de sorprendente es la homofobia maníaca de la que hicieron gala el Partido Comunista chileno y el gobierno de la Unidad Popular. Por el bando contrario, uno de los datos más escabrosos del libro apunta a que "el general Manuel Contreras, jefe de la Dina, guardaba un detallado informe sobre el entonces abogado gremialista Jaime Guzmán, que incluía una carpeta con el rótulo 'homosexualismo'".
Sin jamás proponer la victimización como arma argumental, y centrándose en el caso a caso, que aquí va desde capitán a paje, Contardo expone las infamias y abusos de siglos en contra de la población homosexual. A la vez, el autor informa, con especial dedicación, cómo fue que en Chile, país de un retorcimiento reconocido y propio, se desarrolló y se sigue desarrollando una fuerza homofóbica que, no obstante, se encuentra hoy en día debilitada en comparación a la que prevalecía hace pocos, muy pocos años atrás.
(En México al bujarrón le llaman joto (a), puto, perra, mariquita sin calzones, choto, (re)torcida, cacha-granizo; le gusta el arroz con popote, la cocacola-hervida, jugar a la cebollita, sol, muxe y mil etcéteras. Nota de Juan Manuel Vial en La tercera, diario chileno en línea.)
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