Después de más de dos semanas internado en el área de terapia intensiva del Hospital Mocel, el narrador Federico Campbell falleció este sábado 15 de febrero a la edad de 72 años.
Su esposa Carmen Gaitán, directora del Museo Nacional de San Carlos, dijo vía telefónica que el escritor “murió a causa de un derrame cerebral masivo”, y que se encontraba realizando los trámites respectivos para sepultarlo en el Panteón Francés de San Joaquín.
Federico Campbell fue internado el viernes 31 de enero en ese hospital privado con un cuadro de neumonía.
Después de realizarle estudios que fueron enviados a Atlanta, Georgia, Estados Unidos, se confirmó que tenía influenza AH1N1, misma que le erradicaron; sin embargo, el virus le causó una complicación renal por la que le hicieron varias diálisis, además de haber tenido una afección cardiaca.
Apenas ayer, Gaitán informó a Apro que al escritor se le realizó, por recomendaciones médicas, una traqueotomía para evitarle infecciones pues había esperanzas en su recuperación, según los doctores de la institución.
Los primeros síntomas que Campbell sufrió por la influencia aparecieron a finales del mes pasado en Tijuana, Baja California, donde ofreció una conferencia magistral sobre el escritor jalisciense Juan Rulfo, además de recibir el nombramiento de Presidente Honorario de la Feria del Libro.
Ahí comenzó a sentirse mal de salud con síntomas similares a una fuerte gripe, mismos que se agravaron a su retorno a la Ciudad de México.
Periodista, editor, ensayista, traductor y narrador, Campbell fue autor de obras como Pretexta o el cronista enmascarado (1979), Los brothers (1984), Tijuanenses (1997) y Transpeninsular (2000), por la que obtuvo el Premio de Narrativa Colima.
Además de colaborador de diarios y diversas publicaciones nacionales, fue fundador de Proceso.
Entre sus ensayos destacan La memoria de Sciascia (1989), La invención del poder (1994), Máscara negra. Crimen y poder (1995), Post scriptum triste (1994) y Periodismo escrito (2002). En 2011 obtuvo el Premio Letras de Sinaloa.
(fuente: "Proceso". )
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sábado, 15 de febrero de 2014
domingo, 7 de julio de 2013
Wynstan Hugh Auden
Los escritores
Raramente los escritores son buenos líderes. Son empleados de sí mismos y tienen escasos contactos con sus clientes. Para un escritor es fácil no ser realista. No he perdido mi interés por la política, pero he llegado a darme cuenta de que en casos de injusticia social o política solamente funcionan dos cosas: la acción política y los reportajes periodísticos creíbles acerca de los hechos. Las artes no pueden hacer nada. La historia política y social de Europa sería la misma aunque Dante, Shakespeare, Michelangelo, Mozart, etc. no hubieran vivido. Un poeta en cuanto tal tiene un solo deber político: dar un ejemplo con su escritura del uso correcto de su lengua materna, continuamente corrompida. Cuando las palabras pierden su significado, se impone la fuerza física. Es cierto que un poeta si lo desea puede escribir lo que llaman poesía engagée, pero tiene ante todo que darse cuenta de que es él mismo el que obtendrá el beneficio. Aumentará su reputación entre aquellos que piensan como él.
(cita tomada del blog "neorrabioso")
miércoles, 3 de julio de 2013
Carver, alcohol, tabaco y talento
Ahora que estamos disfrutando de las excelentes exposiciones de PhotoEspaña 2013, nos llega un libro en el que la fotografía es protagonista en creativa colaboración -como tantas veces- con la literatura. Se trata de Carver Country (Anagrama), subtitulado El mundo de Raymond Carver.
El gran cuentista americano, maestro del realismo sucio y del minimalismo, llegó a planificar con el fotógrafo Bob Adelman, apenas unos meses antes de su muerte -agosto de 1988-, un recorrido por los escenarios de su atormentada y breve vida. Murió a los 50 años, víctima de un cáncer cerebral, subsiguiente -gran fumador- a otro de pulmón. Una larga carta inédita de Carver a Adelman, recogida al principio del libro, da cuenta, con ribetes autobiográficos, de las pistas que el escritor le señala al fotógrafo para su trabajo.
El libro se construye mediante la interrelación, que supera la mera ilustración, entre fragmentos de relatos y poemas de Carver -algunos también inéditos- y las fotografías de Adelman. Aquí tenemos, como se dice ahora mucho, la cartografía del trágico universo del autor de Vidas cruzadas, tanto tiempo devastado por la pobreza, el alcohol y los infiernos familiares.
Paisajes, ciudades, amigos anónimos y menos anónimos, lugares y compañeros de trabajo, las habitaciones del escritor y los útiles de la escritura, los enclaves inspiradores, sus mujeres e hijos, la madre y otros parientes, los cigarrillos, las copas, en fin, la geografía, el decorado y el “dramatis personae” de una vida y de una gran literatura religada, durante demasiado tiempo, al dolor, se visualizan junto a los textos que hacen comprender la conexión entre lo vivido y lo escrito.
A modo de epílogo, el libro ofrece un extensísimo epílogo de la poetisa y narradora Tess Gallagher (El amante de los caballos), la mujer que amó y mantuvo sobrio al mujeriego Carver durante casi sus últimos once años. Gallagher y Maryann Burk, la primera esposa de Carver (durante dos décadas), han escrito sendos libros -editados en España por Bartleby y Circe, respectivamente- en los que dan su particular versión de sus relaciones.
Gallagher, en Carver Country, certifica y comenta las tretas y artimañas que Carver solía improvisar para “escaquearse” de algo, “pasar la pelota” de un problema o eludir airoso una situación embarazosa. Los alcohólicos están muy entrenados en las (malas) artes de la mentira.
Olivier Cohen, editor francés de Carver, escribe en el prólogo lo siguiente: “Deudo de Flaubert, de Chéjov, de Babel, Carver componía relatos elípticos en los que alentaba el soplo de un antiguo “fatum”. Nada de trucos baratos', decía. Para finalmente concluir: ´Nada de trucos'. Nada en él era trucado. (¿De dónde viene, pues, que más de una vez yo haya sospechado que hacía uso de ciertos artificios?). Gallagher reconoce que Carver utilizaba argucias en su vida cotidiana. Cohen dice que Carver rechazaba los trucos en sus escritos, aunque sospecha. Bueno, puede ser que no se viva y se escriba con arreglo a los mismos códigos morales. De todas formas, lo que más me ha gustado de las palabras de Cohen es algo que se deduce del razonamiento de Carver sobre los trucos: no hay trucos baratos y trucos a secas. Sólo hay trucos, y se entiende en consecuencia que todos los trucos son baratos. Excepto los de los magos, claro.
(reseña de Manuel Hidalgo en el sitio "el cultural".)
El gran cuentista americano, maestro del realismo sucio y del minimalismo, llegó a planificar con el fotógrafo Bob Adelman, apenas unos meses antes de su muerte -agosto de 1988-, un recorrido por los escenarios de su atormentada y breve vida. Murió a los 50 años, víctima de un cáncer cerebral, subsiguiente -gran fumador- a otro de pulmón. Una larga carta inédita de Carver a Adelman, recogida al principio del libro, da cuenta, con ribetes autobiográficos, de las pistas que el escritor le señala al fotógrafo para su trabajo.
El libro se construye mediante la interrelación, que supera la mera ilustración, entre fragmentos de relatos y poemas de Carver -algunos también inéditos- y las fotografías de Adelman. Aquí tenemos, como se dice ahora mucho, la cartografía del trágico universo del autor de Vidas cruzadas, tanto tiempo devastado por la pobreza, el alcohol y los infiernos familiares.
Paisajes, ciudades, amigos anónimos y menos anónimos, lugares y compañeros de trabajo, las habitaciones del escritor y los útiles de la escritura, los enclaves inspiradores, sus mujeres e hijos, la madre y otros parientes, los cigarrillos, las copas, en fin, la geografía, el decorado y el “dramatis personae” de una vida y de una gran literatura religada, durante demasiado tiempo, al dolor, se visualizan junto a los textos que hacen comprender la conexión entre lo vivido y lo escrito.
A modo de epílogo, el libro ofrece un extensísimo epílogo de la poetisa y narradora Tess Gallagher (El amante de los caballos), la mujer que amó y mantuvo sobrio al mujeriego Carver durante casi sus últimos once años. Gallagher y Maryann Burk, la primera esposa de Carver (durante dos décadas), han escrito sendos libros -editados en España por Bartleby y Circe, respectivamente- en los que dan su particular versión de sus relaciones.
Gallagher, en Carver Country, certifica y comenta las tretas y artimañas que Carver solía improvisar para “escaquearse” de algo, “pasar la pelota” de un problema o eludir airoso una situación embarazosa. Los alcohólicos están muy entrenados en las (malas) artes de la mentira.
Olivier Cohen, editor francés de Carver, escribe en el prólogo lo siguiente: “Deudo de Flaubert, de Chéjov, de Babel, Carver componía relatos elípticos en los que alentaba el soplo de un antiguo “fatum”. Nada de trucos baratos', decía. Para finalmente concluir: ´Nada de trucos'. Nada en él era trucado. (¿De dónde viene, pues, que más de una vez yo haya sospechado que hacía uso de ciertos artificios?). Gallagher reconoce que Carver utilizaba argucias en su vida cotidiana. Cohen dice que Carver rechazaba los trucos en sus escritos, aunque sospecha. Bueno, puede ser que no se viva y se escriba con arreglo a los mismos códigos morales. De todas formas, lo que más me ha gustado de las palabras de Cohen es algo que se deduce del razonamiento de Carver sobre los trucos: no hay trucos baratos y trucos a secas. Sólo hay trucos, y se entiende en consecuencia que todos los trucos son baratos. Excepto los de los magos, claro.
(reseña de Manuel Hidalgo en el sitio "el cultural".)
sábado, 11 de mayo de 2013
El Atlas de Bolaño
La prueba de que un escritor no tiene que estar necesariamente en el lugar de los hechos o en los pueblos de los que habla la da muy bien Roberto Bolaño en Los detectives salvajes. Este chileno enamorado de México porque aquí vivió a los 17 años (una edad crucial en la vida de todo ser humano) se pasea por el norte de Sonora como Pedro por su casa. Y habla del Sáric, Pitiquito, Tubutama, Caborca, el Sásabe, El Ati, Oquitoa, porque tiene una gran fascinación por los nombres de origen ópata o pápago.
La eufonía toponímica sonorense enloquece a Bolaño. Su flujo narrativo es como el de un río que va a dar a la mar (como todos los ríos: ¿qué tal que fuera al revés?) o que se desvanece como el río Sonora antes de llegar a la costa de Hermosillo. Se evapora, se filtra hacia el subsuelo y emerge en la imaginación narrativa del novelista chileno que hace diez años, a los 50, en algún lugar de la Costa Brava española, dejó de estar entre nosotros.
¿Cómo que un novelista no tiene que haber estado en los lugares que describe? Pues así es. Puede uno hablar de esos conejos rojos que se ven a los lados de la carretera transpeninsular bajacaliforniana. ¿Cuáles conejos rojos? Pues los que yo digo, sin dar explicaciones.
Así procede la invención literaria, con gran libertad, pero orden en la prosa, sin explicar nada.
“A los lados de la carretera veíamos a veces alzarse una pitahaya, nopales y sahuaros en medio de la reverberación del mediodía”, escribe Bolaño en Los detectives salvajes. Tal vez a un mexicano nunca se le hubiera ocurrido hablar de los nopales. Añade el personaje narrador que de Pitiquito se fueron, él y sus camaradas, a Santa Ana y al Altar. Y de Hermosillo describe el edificio de lo que fue antes la penitenciaría del Estado y ahora es oficina del Instituto nacional de Antropología e Historia (INAH): “El edifico es de piedra. Tiene tres plantas y una torre que sobresale de las demás torres de vigilancia…”. Se demora en la no improbable extinción de los pápagos que viven allí, en la Pimería Alta. “En México solo quedan unos doscientos pápagos. En efecto son muy poquitos, reconocemos. En Arizona hay unos dieciséis mil, pero
en México solo doscientos”. El capítulo se titula Los desiertos de Sonora (1976). Parece que está viendo un mapa: “Pasamos como fantasmas por Navojoa, Ciudad Obregón, Guaymas y Hermosillo”.
Pero lo más interesante es que Roberto Bolaño nunca estuvo en Sonora.
Su paisano, el arqueólogo Julio Montané, ha vivido en Hermosillo desde los primeros años del exilio chileno y ha trabajado en el INAH que tiene como sede la antigua penitenciaría del Estado. Julio —me cuenta Marina Ruiz— conocía a Roberto desde muy jovencito. Bolaño era muy amigo de uno de sus hijos, de Bruno, especialmente, que vivía en Barcelona.
Marina está convencida de que Bolaño conoció el Atlas de Julio Montané que también ha hecho otros catorce volúmenes sobre la geografía, los recursos, la historia, de Sonora, desde el precámbrico hasta el siglo XX.
“Misterio aclarado”, dice Marina Ruiz. “Bolaño recorrió Sonora sobre las carreteras de papel del Atlas que hizo Julio Montané. Bruno (posible Felipe Müller en la novela) confirma la sagaz hipótesis: sí le prestó el Atlas a Bolaño”.
En un cuento, El gusano, Bolaño vuelve a Sonora y funda la ciudad de Santa Teresa, escenario de su obra póstuma.
(nota de Federico Campbell, "Bolaño en Pitiquito", reproducida del sitio "rio doce", Culiacán.)
La eufonía toponímica sonorense enloquece a Bolaño. Su flujo narrativo es como el de un río que va a dar a la mar (como todos los ríos: ¿qué tal que fuera al revés?) o que se desvanece como el río Sonora antes de llegar a la costa de Hermosillo. Se evapora, se filtra hacia el subsuelo y emerge en la imaginación narrativa del novelista chileno que hace diez años, a los 50, en algún lugar de la Costa Brava española, dejó de estar entre nosotros.
¿Cómo que un novelista no tiene que haber estado en los lugares que describe? Pues así es. Puede uno hablar de esos conejos rojos que se ven a los lados de la carretera transpeninsular bajacaliforniana. ¿Cuáles conejos rojos? Pues los que yo digo, sin dar explicaciones.
Así procede la invención literaria, con gran libertad, pero orden en la prosa, sin explicar nada.
“A los lados de la carretera veíamos a veces alzarse una pitahaya, nopales y sahuaros en medio de la reverberación del mediodía”, escribe Bolaño en Los detectives salvajes. Tal vez a un mexicano nunca se le hubiera ocurrido hablar de los nopales. Añade el personaje narrador que de Pitiquito se fueron, él y sus camaradas, a Santa Ana y al Altar. Y de Hermosillo describe el edificio de lo que fue antes la penitenciaría del Estado y ahora es oficina del Instituto nacional de Antropología e Historia (INAH): “El edifico es de piedra. Tiene tres plantas y una torre que sobresale de las demás torres de vigilancia…”. Se demora en la no improbable extinción de los pápagos que viven allí, en la Pimería Alta. “En México solo quedan unos doscientos pápagos. En efecto son muy poquitos, reconocemos. En Arizona hay unos dieciséis mil, pero
en México solo doscientos”. El capítulo se titula Los desiertos de Sonora (1976). Parece que está viendo un mapa: “Pasamos como fantasmas por Navojoa, Ciudad Obregón, Guaymas y Hermosillo”.
Pero lo más interesante es que Roberto Bolaño nunca estuvo en Sonora.
Su paisano, el arqueólogo Julio Montané, ha vivido en Hermosillo desde los primeros años del exilio chileno y ha trabajado en el INAH que tiene como sede la antigua penitenciaría del Estado. Julio —me cuenta Marina Ruiz— conocía a Roberto desde muy jovencito. Bolaño era muy amigo de uno de sus hijos, de Bruno, especialmente, que vivía en Barcelona.
Marina está convencida de que Bolaño conoció el Atlas de Julio Montané que también ha hecho otros catorce volúmenes sobre la geografía, los recursos, la historia, de Sonora, desde el precámbrico hasta el siglo XX.
“Misterio aclarado”, dice Marina Ruiz. “Bolaño recorrió Sonora sobre las carreteras de papel del Atlas que hizo Julio Montané. Bruno (posible Felipe Müller en la novela) confirma la sagaz hipótesis: sí le prestó el Atlas a Bolaño”.
En un cuento, El gusano, Bolaño vuelve a Sonora y funda la ciudad de Santa Teresa, escenario de su obra póstuma.
(nota de Federico Campbell, "Bolaño en Pitiquito", reproducida del sitio "rio doce", Culiacán.)
viernes, 12 de abril de 2013
Faulkner y el alcohol
Es parte de la naturaleza de las adicciones que sean incomprensibles para aquellos que las contemplan desde el exterior. El mismo Faulkner no nos ayuda en este punto: no escribe sobre su adicción ni, por lo que sabemos, tampoco escribe desde el interior de ella (por lo general, estaba sobrio cuando se sentaba a su escritorio). Hasta ahora ningún biógrafo ha logrado darle sentido; pero tal vez darle sentido a una adicción, encontrar las palabras para explicarla, darle un sitio en la economía del yo, siempre será una empresa descabellada.
(trozo tomado de J.M.Coetzee, Mecanismos internos, ed. Radom House Mondadori, Bogotá, 2009. Traducción de Eduardo Hojman.)
(trozo tomado de J.M.Coetzee, Mecanismos internos, ed. Radom House Mondadori, Bogotá, 2009. Traducción de Eduardo Hojman.)
miércoles, 10 de abril de 2013
Greene, autor católico
Con frecuencia se considera a (Graham) Green como un novelista católico, que interroga la vida de sus personajes desde un punto de vista específicamente católico. No cabe duda de que él sentía que sin una conciencia religiosa, o al menos sin la conciencia de la posibilidad del pecado, el novelista no podía hacer justicia a la condición humana; esta es la esencia de sus críticas a Virginia Woolf y E.M. Foster, cuyos mundos le parecían "delgados como el papel, cerebrales".
La explicación de Greene de cómo pasó de ser católico y novelista a ser un novelista católico pertenece al último periodo de su vida y no habría que tomarla de una manera necesariamente literal. Según esta explicación, aunque se convirtió al catolicismo de joven, para él la religión siguió siendo un asunto privado entre el creyente y Dios, hasta que presenció de primera mano la persecución de la Iglesia en México y vio la forma en que la fe religiosa podía dominar y sacramentalizar la totalidad de la vida de la gente.
(trozo tomado de Mecanismos internos, J.M. Coetzee, ed. Random House Mondadori, Bogotá, 2009. Traducción de Eduardo Hojman.)
La explicación de Greene de cómo pasó de ser católico y novelista a ser un novelista católico pertenece al último periodo de su vida y no habría que tomarla de una manera necesariamente literal. Según esta explicación, aunque se convirtió al catolicismo de joven, para él la religión siguió siendo un asunto privado entre el creyente y Dios, hasta que presenció de primera mano la persecución de la Iglesia en México y vio la forma en que la fe religiosa podía dominar y sacramentalizar la totalidad de la vida de la gente.
(trozo tomado de Mecanismos internos, J.M. Coetzee, ed. Random House Mondadori, Bogotá, 2009. Traducción de Eduardo Hojman.)
viernes, 8 de marzo de 2013
Sarduy encuentra a Cristo.
Es comprensible que las pinturas de Severo Sarduy encuentren un hogar permanente en la Firestone Library. Aunque es algo poco conocido, Sarduy tenía una relación muy especial con Princeton. El escritor cubano hace un tributo a la universidad en uno de los capítulos de El Cristo de la rue Jacob (1987). El texto aparece en una parte del libro titulada “Arqueología de la piel”, que relata la historia que hay detrás de varias cicatrices de su cuerpo. Sarduy describe cómo se hizo una de sus cicatrices más visibles. “Dos dientes rotos, una puntada en el labio inferior”, que se le hicieron durante una visita a Princeton: “Todo comenzó en los Estados Unidos, en la Universidad de Princeton. Un accidente común, un resbalón en la nieve –la verdad es que no había nieve–, sólo un juego ambiguo con un estudiante no muy bien entrenado en judo. El había creído que mi alcoholismo era una simulación nocturna. Esbocé una danza karate y luego de paralizarme caí repentinamente al suelo. Después de haber pasado una noche con mi cara cubierta por el hielo, como si fuera un cadáver envasado en hielo seco, decidieron llevarme al hospital para que me pudieran hacer algunos puntos de sutura en los labios.” Después de esta apertura intrigante, Sarduy pasa a narrar el resto de su estancia en Princeton: un viaje por la mañana temprano a la sala de emergencias del hospital, seguido de una visita accidental a una Iglesia Negra donde la congregación afroamericana oró, lloró y cantó por él: “‘Sí, ¡eso es verdad!’, gritaban los protestantes. Y seguían llorando y gritando”.
La historia termina cuando Sarduy, ya de vuelta en París, sale de su oficina de Éditions du Seuil en la calle Jacob, y tropieza con una escena de lo más inusual: un camión que acaba de doblar la esquina lleva una pintura de tamaño natural de un Cristo con los brazos abiertos. El Cristo parece mirarlo. Este Cristo de la calle Jacob lo transporta a su experiencia de Princeton: “Comprendí inmediatamente que estaban tratando de decirme algo –Cristo, o mejor dicho, la pintura, que siempre ha hablado conmigo–. O tal vez, en cambio, era yo quien quería decirle algo. Sí, eso es lo que era. Yo quería decirle algo con fuerza, con aquel tono utilizado por el Ministro Negro en la Universidad de Princeton. Quería decirle algo con aquel tono, estoy seguro de eso. Pero nunca supe qué”.
(nota de Rubén Gallo en el sitio "revistañ", Clarín.)
La historia termina cuando Sarduy, ya de vuelta en París, sale de su oficina de Éditions du Seuil en la calle Jacob, y tropieza con una escena de lo más inusual: un camión que acaba de doblar la esquina lleva una pintura de tamaño natural de un Cristo con los brazos abiertos. El Cristo parece mirarlo. Este Cristo de la calle Jacob lo transporta a su experiencia de Princeton: “Comprendí inmediatamente que estaban tratando de decirme algo –Cristo, o mejor dicho, la pintura, que siempre ha hablado conmigo–. O tal vez, en cambio, era yo quien quería decirle algo. Sí, eso es lo que era. Yo quería decirle algo con fuerza, con aquel tono utilizado por el Ministro Negro en la Universidad de Princeton. Quería decirle algo con aquel tono, estoy seguro de eso. Pero nunca supe qué”.
(nota de Rubén Gallo en el sitio "revistañ", Clarín.)
miércoles, 6 de marzo de 2013
Gabo y las rosas amarillas de Chéjov
El escritor colombiano Gabriel García Márquez confesó hoy que está «muy contento» al celebrar su 86 aniversario en su casa de Ciudad de México en compañía de familiares y amigos cercanos.
Un Gabo sonriente, ataviado con traje gris, corbata de rayas y camisa rosa, salió hacia el mediodía al portón de su residencia, ubicada en el exclusivo barrio del Pedregal de San Ángel, para recibir un ramo de rosas amarillas, su color favorito.
El Nobel de Literatura saludó a los periodistas que desde temprana hora llegaron a la residencia para cubrir su cumpleaños. «¿Por qué tanto alboroto?», preguntó el novelista bromeando. De inmediato, los periodistas, acompañados por su asistente Genovevo Quirós, entonaron las tradicionales «Mañanitas». Detalle que agradeció.
Desde muy temprana hora la casa del novelista, quien nació el 6 de marzo de 1927 en Aracataca, Colombia, fue inundada de arreglos florales y globos, así como pasteles de chocolate. Un amigo del escritor, que se identificó como Sergio Gómez, llegó a la residencia con botellas de vino y varios platos de comida, entre ellos huanzontles y frijoles, que le encantan.
El novelista llegó a México en 1961 animado por el también escritor colombiano Álvaro Mutis y pensaba quedarse solo unas semanas. Sin embargo, el país acabó convenciéndole de alargar su estancia y fue inspiración para escribir «Cien años de soledad».
(nota tomada del sitio "abc".)
sábado, 26 de enero de 2013
Cormac McCarthy, autor del sur
Cormac McCarthy es el mejor novelista estadounidense desde Faulkner y Hemingway, y ha escrito libros equiparables con Moby Dick y Huckleberry Finn. Nacido en 1933, en el estado de Rhode Island, se crió en Tennessee, el sur profundo de los Estados Unidos. Sus primeras cuatro novelas se sitúan en los bosques y pueblos chicos del lugar de su niñez. Tratan de gente extremadamente grotesca que viven en un crepúsculo entre un mundo agrario, casi medieval, y el mundo venidero industrial. Al comienzo de su carrera, McCarthy fue encasillado como un "escritor sureño" y un descendiente directo de William Faulkner. Después, a partir de su obra maestra, Blood Meridian –or- The Evening Redness in The West (1985), el tema de McCarthy ha sido el far west.
Su última novela publicada, The Road (2006), es la culminación de su obra. Retrata las agonizantes andanzas de un padre y su hijo en un Estados Unidos posapocalíptico, un mundo sin árboles, sin pájaros, con un mar y un cielo color plomo, donde el hombre se ha reducido a un estado salvaje y bestial. La obra de McCarthy se destaca por una prosa bíblica, paisajes homéricos, una sensibilidad al mundo de los animales que supera ampliamente a la de Jack London, y personajes envueltos en luchas existenciales dignas de Dostoievski.
Hoy McCarthy es un best seller, un favorito de Hollywood y un autor canonizado por los académicos y críticos literarios. Pero hasta la publicación de All The Pretty Horses, en 1992, cuando McCarthy tenía 59 años, sus libros vendían alrededor de 5.000 ejemplares cada uno. Era, sin embargo, leído por una elite. Era un escritor de escritores. A los 80 años de edad, hoy McCarthy está pasando por un segunda juventud creativa. Escribe guiones originales para el cine (The Counselor, dirigida por Ridley Scott, sale este año y tendrá a Brad Pitt, Javier Bardem, Michael Fassbender, Cameron Diaz y Penélope Cruz en su elenco). Dicen que tiene dos novelas terminadas, por publicarse.
Se sabe muy poco de la vida de McCarthy. Aunque últimamente ha sido bastante abierto con la prensa (dando entrevistas muy ocasionalmente) no revela nada sobre su vida personal. La biografía de autor de The Road, que además ganó el Premio Pulitzer, solo dice: "Cormac McCarthy es el autor de nueve novelas previas. Entre sus honores están el National Book Award y el National Book Critics Circle Award". Nada más.
Para poder trabajar en plenitud y a la máxima expresión de sus talentos y ambiciones un novelista requiere, por un lado, establecer su relación con la sociedad en cual vive, y por otro lado, descubrir su gran tema. Por lo primero, queremos decir cómo se ganará la vida. En cuanto el gran tema, se puede agotarse en una sola novela, como Moby Dick, Don Quijote o En busca del tiempo perdido; o se puede extender a través de una vasta obra, como La comedia humana de Balzac o las novelas de Yoknapatawpha de William Faulkner.
Se dice que Suttree, publicada en 1979 (pero producto de 20 años de trabajo intermitente) es la novela más autobiográfica de McCarthy. En ella el protagonista, Cornelius Suttree vive en una pequeña embarcación sobre el río Tennessee, en los años 50, cerca de Knoxville. Ha abandonado una familia prominente y acomodada para compartir bizarras aventuras picarescas con los ciudadanos más lúmpenes y marginales de la sociedad.
Al principio de la novela Suttree cuenta de la última comunicación que tuvo con su familia:
En la última carta de mi padre él dijo que el mundo está manejado por los que aceptan la responsabilidad de manejarlo. Si es la vida que sientes que te estás perdiendo, yo te puedo decir donde la encontrarás. En las cortes de la ley, en el mundo de los negocios, en el gobierno. No hay nada pasando en las calles. Nada más que una pantomima compuesta por los desamparados y los impotentes.
Enfrentado con el mismo mandato, McCarthy tomó un camino en la vida parecido al de Suttree. Decidió apartarse voluntariamente "del mundo de los negocios, de la ley y del gobierno" para poder estar en paz y escribir. El costo de esto es vivir en la pobreza; la recompensa es la libertad. La primera esposa de McCarthy dijo que cuando vivían en el bosque en una casa que construyó McCarthy mismo, lavándose en el río, a veces venían profesores universitarios a ofrecerle mucho dinero para dar una charla. McCarthy solo respondía que todo lo que se podía contar de sus libros ya estaba en los mismos libros.
Suttree, además de ser un libro semi autobiográfico, marca un punto de inflexión en la carrera de McCarthy. Sus primeras tres novelas (The Orchard Keeper 1965; Outer Dark, 1968; y Child of God, 1973), estaban situadas en locaciones rurales del estado de Tennessee, como Suttree mismo. A partir de su próxima novela, Blood Meridian –or- The Evening Redness in the West (1985), McCarthy encuentra su gran tema: la historia del Oeste de los Estados Unidos. Es su Moby Dick.
Los Estados Unidos, como todas las Américas, fueron fundados sobre la exterminación sistemática de sus poblaciones nativas. Blood Meridian cuenta un episodio de ese holocausto. Para muchos lectores, incluyendo a Harold Bloom, la novela tiene una profundidad inagotable. Escondido entre su trama de sangre y violencia dantesca hay un especie de texto gnóstico secreto. Está lleno de simbolismo religioso y místico. Pero no tiene moralejas ni tampoco criticas implícitas a los mecanismos de civilización. Es una visión.
Para Harold Bloom, Blood Meridian o Meridano de Sangre, es el último western, en el sentido en que Don Quijote es la última novela caballeresca: "Culmina toda la potencialidad estética que puede tener la ficción sobre el Oeste. No creo que nadie lo pueda mejorar. Básicamente pone cierre a la tradición… No es solamente el Western supremo, sino que también es la suprema dramatización de la violencia".
En cierta manera Cormac McCarthy mismo desmiente a Bloom, ya que tras Blood Meridian escribe tres novelas, también western, denominadas The Border Trilogy (La trilogía de la frontera) compuestas por All The Pretty Horses (1992), The Crossing (1994) y Cities of the Plain (1998). De todas sus novelas, All The Pretty Horses es la más accesible. Trata de un viaje iniciático a caballo de dos primos desde un rancho en Texas hasta otro en México y el de vuelta. Está situada en 1949 y es el último suspiro de las viejas costumbres del oeste. Fácilmente podría estar en un estante con la novela que Hemingway designó como la primogénita de la literatura estadounidense, Huckleberry Finn.
En una entrevista que reunió a Werner Herzog y a Cormac McCarthy el cineasta alemán comparó a McCarthy con Herman Melville y Joseph Conrad. Alabó, con veneración, la capacidad de McCarthy de describir paisajes y caballos. Dijo que desde All The Pretty Horses no se ha hecho nada nuevo en la prosa novelística en inglés.
Esta es una biografía breve e incompleta, cuya intención es llevar al lector a la obra del escritor con una carga de entusiasmo. Sin embargo, antes de cerrar, hay que discutir una faceta más de McCarthy: su pasión por la ciencia.
Por lo que podemos saber, Cormac McCarthy pasa sus días en el Santa Fe Insitute en Nuevo México. Allí tiene una oficina y es miembro honorario. Fue invitado, originalmente, por su amigo Murray Gell-Mann, físico y Premio Nobel. Es un centro de investigación que reúne a científicos de todas las disciplinas para pensar y trabajar problemas en la vanguardia de la ciencia. Allí, McCarthy asiste a seminarios, almuerza en la cafetería y fraterniza con los cientificos, su compañía predilecta.
Una última cosa se puede decir: escribió toda su obra sobre una maquina de escribir portátil de marca Olivetti.
Cormac McCarthy es de la vieja escuela.
(Según se observa, los supuestos estudiosos de la obra de McCarthy le han impuesto un corsé-cliché que le queda perfectamente a autores del sur profundo y herederos de Faulkner como la enorme Toni Morrison, que aun con un Nobel en su haber no ha perdido una pizca ni de creatividad ni de sentido común; Cormac no nació escritor por generación espontánea: antes de él escribieron Flannery O'Connor y Carson McCullers. Con estas pinceladas quieres expresar que lo aquí escrito y reproducido de la columna de Andrés Hax es puro confetti. Machaca sobre lo ya archisabido. Nota tomada del sitio "revista ñ", Clarín.)
Su última novela publicada, The Road (2006), es la culminación de su obra. Retrata las agonizantes andanzas de un padre y su hijo en un Estados Unidos posapocalíptico, un mundo sin árboles, sin pájaros, con un mar y un cielo color plomo, donde el hombre se ha reducido a un estado salvaje y bestial. La obra de McCarthy se destaca por una prosa bíblica, paisajes homéricos, una sensibilidad al mundo de los animales que supera ampliamente a la de Jack London, y personajes envueltos en luchas existenciales dignas de Dostoievski.
Hoy McCarthy es un best seller, un favorito de Hollywood y un autor canonizado por los académicos y críticos literarios. Pero hasta la publicación de All The Pretty Horses, en 1992, cuando McCarthy tenía 59 años, sus libros vendían alrededor de 5.000 ejemplares cada uno. Era, sin embargo, leído por una elite. Era un escritor de escritores. A los 80 años de edad, hoy McCarthy está pasando por un segunda juventud creativa. Escribe guiones originales para el cine (The Counselor, dirigida por Ridley Scott, sale este año y tendrá a Brad Pitt, Javier Bardem, Michael Fassbender, Cameron Diaz y Penélope Cruz en su elenco). Dicen que tiene dos novelas terminadas, por publicarse.
Se sabe muy poco de la vida de McCarthy. Aunque últimamente ha sido bastante abierto con la prensa (dando entrevistas muy ocasionalmente) no revela nada sobre su vida personal. La biografía de autor de The Road, que además ganó el Premio Pulitzer, solo dice: "Cormac McCarthy es el autor de nueve novelas previas. Entre sus honores están el National Book Award y el National Book Critics Circle Award". Nada más.
Para poder trabajar en plenitud y a la máxima expresión de sus talentos y ambiciones un novelista requiere, por un lado, establecer su relación con la sociedad en cual vive, y por otro lado, descubrir su gran tema. Por lo primero, queremos decir cómo se ganará la vida. En cuanto el gran tema, se puede agotarse en una sola novela, como Moby Dick, Don Quijote o En busca del tiempo perdido; o se puede extender a través de una vasta obra, como La comedia humana de Balzac o las novelas de Yoknapatawpha de William Faulkner.
Se dice que Suttree, publicada en 1979 (pero producto de 20 años de trabajo intermitente) es la novela más autobiográfica de McCarthy. En ella el protagonista, Cornelius Suttree vive en una pequeña embarcación sobre el río Tennessee, en los años 50, cerca de Knoxville. Ha abandonado una familia prominente y acomodada para compartir bizarras aventuras picarescas con los ciudadanos más lúmpenes y marginales de la sociedad.
Al principio de la novela Suttree cuenta de la última comunicación que tuvo con su familia:
En la última carta de mi padre él dijo que el mundo está manejado por los que aceptan la responsabilidad de manejarlo. Si es la vida que sientes que te estás perdiendo, yo te puedo decir donde la encontrarás. En las cortes de la ley, en el mundo de los negocios, en el gobierno. No hay nada pasando en las calles. Nada más que una pantomima compuesta por los desamparados y los impotentes.
Enfrentado con el mismo mandato, McCarthy tomó un camino en la vida parecido al de Suttree. Decidió apartarse voluntariamente "del mundo de los negocios, de la ley y del gobierno" para poder estar en paz y escribir. El costo de esto es vivir en la pobreza; la recompensa es la libertad. La primera esposa de McCarthy dijo que cuando vivían en el bosque en una casa que construyó McCarthy mismo, lavándose en el río, a veces venían profesores universitarios a ofrecerle mucho dinero para dar una charla. McCarthy solo respondía que todo lo que se podía contar de sus libros ya estaba en los mismos libros.
Suttree, además de ser un libro semi autobiográfico, marca un punto de inflexión en la carrera de McCarthy. Sus primeras tres novelas (The Orchard Keeper 1965; Outer Dark, 1968; y Child of God, 1973), estaban situadas en locaciones rurales del estado de Tennessee, como Suttree mismo. A partir de su próxima novela, Blood Meridian –or- The Evening Redness in the West (1985), McCarthy encuentra su gran tema: la historia del Oeste de los Estados Unidos. Es su Moby Dick.
Los Estados Unidos, como todas las Américas, fueron fundados sobre la exterminación sistemática de sus poblaciones nativas. Blood Meridian cuenta un episodio de ese holocausto. Para muchos lectores, incluyendo a Harold Bloom, la novela tiene una profundidad inagotable. Escondido entre su trama de sangre y violencia dantesca hay un especie de texto gnóstico secreto. Está lleno de simbolismo religioso y místico. Pero no tiene moralejas ni tampoco criticas implícitas a los mecanismos de civilización. Es una visión.
Para Harold Bloom, Blood Meridian o Meridano de Sangre, es el último western, en el sentido en que Don Quijote es la última novela caballeresca: "Culmina toda la potencialidad estética que puede tener la ficción sobre el Oeste. No creo que nadie lo pueda mejorar. Básicamente pone cierre a la tradición… No es solamente el Western supremo, sino que también es la suprema dramatización de la violencia".
En cierta manera Cormac McCarthy mismo desmiente a Bloom, ya que tras Blood Meridian escribe tres novelas, también western, denominadas The Border Trilogy (La trilogía de la frontera) compuestas por All The Pretty Horses (1992), The Crossing (1994) y Cities of the Plain (1998). De todas sus novelas, All The Pretty Horses es la más accesible. Trata de un viaje iniciático a caballo de dos primos desde un rancho en Texas hasta otro en México y el de vuelta. Está situada en 1949 y es el último suspiro de las viejas costumbres del oeste. Fácilmente podría estar en un estante con la novela que Hemingway designó como la primogénita de la literatura estadounidense, Huckleberry Finn.
En una entrevista que reunió a Werner Herzog y a Cormac McCarthy el cineasta alemán comparó a McCarthy con Herman Melville y Joseph Conrad. Alabó, con veneración, la capacidad de McCarthy de describir paisajes y caballos. Dijo que desde All The Pretty Horses no se ha hecho nada nuevo en la prosa novelística en inglés.
Esta es una biografía breve e incompleta, cuya intención es llevar al lector a la obra del escritor con una carga de entusiasmo. Sin embargo, antes de cerrar, hay que discutir una faceta más de McCarthy: su pasión por la ciencia.
Por lo que podemos saber, Cormac McCarthy pasa sus días en el Santa Fe Insitute en Nuevo México. Allí tiene una oficina y es miembro honorario. Fue invitado, originalmente, por su amigo Murray Gell-Mann, físico y Premio Nobel. Es un centro de investigación que reúne a científicos de todas las disciplinas para pensar y trabajar problemas en la vanguardia de la ciencia. Allí, McCarthy asiste a seminarios, almuerza en la cafetería y fraterniza con los cientificos, su compañía predilecta.
Una última cosa se puede decir: escribió toda su obra sobre una maquina de escribir portátil de marca Olivetti.
Cormac McCarthy es de la vieja escuela.
(Según se observa, los supuestos estudiosos de la obra de McCarthy le han impuesto un corsé-cliché que le queda perfectamente a autores del sur profundo y herederos de Faulkner como la enorme Toni Morrison, que aun con un Nobel en su haber no ha perdido una pizca ni de creatividad ni de sentido común; Cormac no nació escritor por generación espontánea: antes de él escribieron Flannery O'Connor y Carson McCullers. Con estas pinceladas quieres expresar que lo aquí escrito y reproducido de la columna de Andrés Hax es puro confetti. Machaca sobre lo ya archisabido. Nota tomada del sitio "revista ñ", Clarín.)
viernes, 25 de enero de 2013
Jorge Edwards y la pureza
Se desnuda y contempla desnudos Jorge Edwards (Chile, 1931, premio Cervantes de 1999) en el primer tomo de sus memorias personales, Los círculos morados (Lumen), que aparece en España. Pudor, curas, enamoramientos y sexo (imaginado o real) en una colección de recuerdos de su infancia, hasta la adolescencia. Sobre el contenido elaboramos ayer con él este diccionario.
Pudor. “Es un sentimiento muy juvenil; de viejo uno se vuelve impúdico. Es natural y preerótico. Aquí hay mucho pudor, pero lo rompí. No se pueden escribir memorias auténticas si eres demasiado púdico. O dejas a un lado el pudor o dejas de escribir. La sociedad chilena a la que pertenezco es muy cursi, muy siútica; en ella el qué dirán es paralizante, hay demasiado sentido del ridículo, demasiadas modas imperativas. Pero era también una sociedad llena de excéntricos que rompían la norma. Decía Pablo Neruda que había que guardarlos en alcanfor. En ese ambiente era difícil escribir memorias como estas, así que las he escrito de viejo, cuando ya no hay pudor. Me hizo bien escribirlas a 10.000 kilómetros de distancia, en París, donde soy embajador de mi país”.
Memoria. “Otra vez con las memorias. Las memorias tienen límites y trampas; yo invento personajes, dejo que el lector vaya para un lado cuando yo estoy ya en el otro extremo. La memoria es un invento y un arte, tienes que romperla en pedazos, porque la memoria absoluta te vuelve loco. El secreto de todo es escribir: la escritura te libra incluso de la memoria, y eso es lo que hago, escribo, aunque parezca que hago memoria. Aquí he sido capaz de contarme con mis limitaciones. Ahora por lo menos soy un personaje de mi memoria, no sé si salgo bien o mal parado. ¿Es digno mi pasado? ¿No lo es? No nos metamos en honduras”.
Edwards. “¿Que quién es este Edwards que sale en el libro? El que se ha salvado por la escritura de la memoria. La escritura te permite ir conquistando una serenidad, consigues con ella exorcizar unos defectos: he sido muy tímido, muy limitado, muy testarudo, muy obstinado. Siempre veo en los otros perfecciones de las que carezco, son mejores lectores, mejores deportistas… A veces me da rabia haber sido escritor, ¡tendría que haber sido futbolista! A veces no sé qué hago en ningún sitio”.
Curas. “Aún siento el revoloteo de sotanas de los curas jesuitas a los que me llevó mi madre después de haber hecho la primaria en un colegio mixto. En el mixto pololeaba con las chicas. En el de curas había un jesuita que tenía ojos de uva (lo llamábamos Diuva). El padre Lorenzo. Sombrío, imperaban las normas. Preguntaba: ‘¿Cómo está tu pureza?’. Uno que se llamaba Jaramillo le preguntó, a su vez: ‘¿Y la suya?”.
Sexo. “Ahí lo cuento. Un cura llamado Cádiz, al que luego sacaron de la compañía, se aficionó, me buscaba. Lo cuento porque ya está maduro para ser contado. No quería explayarme ni montar un escándalo, ni eso es tan importante en el libro, porque no lo es en mi memoria. Me quedaron algunas secuelas, miedos, angustias, incertidumbres…, pero ya no, ya pasó. Es mi prehistoria de escritor, no significa nada. Lo que sí ocurre es que me paran muchos en Santiago: ‘A mí también me pasó, a mí también me pasó…’. ¡Caramba, a cuántos les pasó!”.
Enamoramientos. “Hubo muchos, no todos están en el libro. Hubo platónicos, con amigas de mis hermanas. Hubo amores muy escondidos, con mucho miedo. En la adolescencia me atreví más, y tuve que aprender boxeo para defenderme de algunos celosos. Pero el médico me dijo que yo no debía boxear, así que paré un poco. Había un poeta inglés que decía que él había creído que el sexo acababa a los 40, luego pensó que a los 50, y así hasta los 80. ¡Y no se acaba nunca! No se acaba nunca, doy fe. Eso decía también un cura jesuita que revolucionó el colegio; era norteamericano, se bañaba con tanga, imagínate. El problema sexual, decía, no tiene cura, ni casándote, ni siendo cura, ni haciéndote maricón (marricconn, pronunciaba)… Y nos aconsejaba: ‘Tiren (follen, en el argot chileno), pero tiren con condón…’. El condón era anatema entre los curas, claro”.
Unamuno. “Lo descubrí en la adolescencia; me gustaba que estuviera en contra, que discutiera. El padre Hurtado, al que luego hicieron santo, puso el grito en el cielo: ‘¡Es un hereje!’. Lo hicieron santo a Hurtado. Un día me escribió el cura Bernardino Piñera, que tiene 96 años y es sobrino del presidente chileno. Le había interesado la figura de Hurtado en mi libro. Era un verdadero santo, me dijo, pero no tenía ningún gusto literario. No es justo: no tenía gusto, pero sabía por dónde debía ir la literatura católica. Me hizo leer a Maritain, a Claudel. También leí a Azorín, lo imitaba”.
Neruda. “Sí, se rió de mis versos. Le había gustado, dijo, un libro mío de relatos, El patio, así que un día le llevé un soneto. Se lo leí. No dijo nada, mantenía sus manos en la panza, mirándome. ‘¿Qué, Pablo, te gusta?’, le dije. ‘Eres mejor prosista’. Él estaba harto de que le leyeran versos; un tío iba a leerle poemas hasta cuando él estaba sentado en el trono del excusado”.
“Y a menudo me desencanto”. “Sí, eso digo de mí mismo en el libro. Por lo general soy de temperamento optimista, recupero la ilusión con cualquier cosa. Por ejemplo, me acaban de llamar para decirme que una mujer muy guapa quiere conocerme, y eso me ha puesto contento”.
(entrevista de Juan Cruz sustraída del sitio "el país".)
Pudor. “Es un sentimiento muy juvenil; de viejo uno se vuelve impúdico. Es natural y preerótico. Aquí hay mucho pudor, pero lo rompí. No se pueden escribir memorias auténticas si eres demasiado púdico. O dejas a un lado el pudor o dejas de escribir. La sociedad chilena a la que pertenezco es muy cursi, muy siútica; en ella el qué dirán es paralizante, hay demasiado sentido del ridículo, demasiadas modas imperativas. Pero era también una sociedad llena de excéntricos que rompían la norma. Decía Pablo Neruda que había que guardarlos en alcanfor. En ese ambiente era difícil escribir memorias como estas, así que las he escrito de viejo, cuando ya no hay pudor. Me hizo bien escribirlas a 10.000 kilómetros de distancia, en París, donde soy embajador de mi país”.
Memoria. “Otra vez con las memorias. Las memorias tienen límites y trampas; yo invento personajes, dejo que el lector vaya para un lado cuando yo estoy ya en el otro extremo. La memoria es un invento y un arte, tienes que romperla en pedazos, porque la memoria absoluta te vuelve loco. El secreto de todo es escribir: la escritura te libra incluso de la memoria, y eso es lo que hago, escribo, aunque parezca que hago memoria. Aquí he sido capaz de contarme con mis limitaciones. Ahora por lo menos soy un personaje de mi memoria, no sé si salgo bien o mal parado. ¿Es digno mi pasado? ¿No lo es? No nos metamos en honduras”.
Edwards. “¿Que quién es este Edwards que sale en el libro? El que se ha salvado por la escritura de la memoria. La escritura te permite ir conquistando una serenidad, consigues con ella exorcizar unos defectos: he sido muy tímido, muy limitado, muy testarudo, muy obstinado. Siempre veo en los otros perfecciones de las que carezco, son mejores lectores, mejores deportistas… A veces me da rabia haber sido escritor, ¡tendría que haber sido futbolista! A veces no sé qué hago en ningún sitio”.
Curas. “Aún siento el revoloteo de sotanas de los curas jesuitas a los que me llevó mi madre después de haber hecho la primaria en un colegio mixto. En el mixto pololeaba con las chicas. En el de curas había un jesuita que tenía ojos de uva (lo llamábamos Diuva). El padre Lorenzo. Sombrío, imperaban las normas. Preguntaba: ‘¿Cómo está tu pureza?’. Uno que se llamaba Jaramillo le preguntó, a su vez: ‘¿Y la suya?”.
Sexo. “Ahí lo cuento. Un cura llamado Cádiz, al que luego sacaron de la compañía, se aficionó, me buscaba. Lo cuento porque ya está maduro para ser contado. No quería explayarme ni montar un escándalo, ni eso es tan importante en el libro, porque no lo es en mi memoria. Me quedaron algunas secuelas, miedos, angustias, incertidumbres…, pero ya no, ya pasó. Es mi prehistoria de escritor, no significa nada. Lo que sí ocurre es que me paran muchos en Santiago: ‘A mí también me pasó, a mí también me pasó…’. ¡Caramba, a cuántos les pasó!”.
Enamoramientos. “Hubo muchos, no todos están en el libro. Hubo platónicos, con amigas de mis hermanas. Hubo amores muy escondidos, con mucho miedo. En la adolescencia me atreví más, y tuve que aprender boxeo para defenderme de algunos celosos. Pero el médico me dijo que yo no debía boxear, así que paré un poco. Había un poeta inglés que decía que él había creído que el sexo acababa a los 40, luego pensó que a los 50, y así hasta los 80. ¡Y no se acaba nunca! No se acaba nunca, doy fe. Eso decía también un cura jesuita que revolucionó el colegio; era norteamericano, se bañaba con tanga, imagínate. El problema sexual, decía, no tiene cura, ni casándote, ni siendo cura, ni haciéndote maricón (marricconn, pronunciaba)… Y nos aconsejaba: ‘Tiren (follen, en el argot chileno), pero tiren con condón…’. El condón era anatema entre los curas, claro”.
Unamuno. “Lo descubrí en la adolescencia; me gustaba que estuviera en contra, que discutiera. El padre Hurtado, al que luego hicieron santo, puso el grito en el cielo: ‘¡Es un hereje!’. Lo hicieron santo a Hurtado. Un día me escribió el cura Bernardino Piñera, que tiene 96 años y es sobrino del presidente chileno. Le había interesado la figura de Hurtado en mi libro. Era un verdadero santo, me dijo, pero no tenía ningún gusto literario. No es justo: no tenía gusto, pero sabía por dónde debía ir la literatura católica. Me hizo leer a Maritain, a Claudel. También leí a Azorín, lo imitaba”.
Neruda. “Sí, se rió de mis versos. Le había gustado, dijo, un libro mío de relatos, El patio, así que un día le llevé un soneto. Se lo leí. No dijo nada, mantenía sus manos en la panza, mirándome. ‘¿Qué, Pablo, te gusta?’, le dije. ‘Eres mejor prosista’. Él estaba harto de que le leyeran versos; un tío iba a leerle poemas hasta cuando él estaba sentado en el trono del excusado”.
“Y a menudo me desencanto”. “Sí, eso digo de mí mismo en el libro. Por lo general soy de temperamento optimista, recupero la ilusión con cualquier cosa. Por ejemplo, me acaban de llamar para decirme que una mujer muy guapa quiere conocerme, y eso me ha puesto contento”.
(entrevista de Juan Cruz sustraída del sitio "el país".)
jueves, 13 de diciembre de 2012
Pessoa, niebla en mis manos
Fernando Pessoa (1888-1935), el poeta oficinista con aspecto de Profesor Tornasol y aire ausente, casi fantasmal, va unido al gran mito de su baúl, su legado póstumo. El enigma de 72 heterónimos exhumados y el 'work in progress' fragmentario de 'El libro del desasosiego'. La interioridad del genio en el anonimato de un café de Lisboa y un vasto edificio con tantas habitaciones, voces: Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Bernardo Soares o Ricardo Reis... poetas imaginados dentro del corpus de la gran obra en idioma portugués del siglo XX. Muchos estudiosos se han lanzado a esta vida anónima de Bartleby en sepia a explicar algo, a justificar el monstruo del baúl.
"En las biografías canónicas de Robert Bréchon, Ángel Crespo, João Gaspar Simões o Richard Zenith, la idea de Pessoa como un humano no suele tener relieve", explica el politólogo Carlos Taibo, que se mete esta vez con asuntos bio-literarios en 'Como si no pisase el suelo. Trece ensayos de Fernando Pessoa' (Trotta). "Sus libros son monografías de 500 páginas donde, si excluimos los aspectos literarios o esotéricos, la persona se nos queda en nada. Yo tiro de lo que en otras obras son sólo notas a pie de página para crear al personaje. He querido situarlo dentro de las calles donde vivió". Y añade: "Es el libro con el que más he disfrutado. No es de crítica literaria. Se trata de una biografía muy delicada. Diría que es un divertimento trabajado".
El estudio de Taibo repasa la vida familiar del literato, sus años en Durban (Sudáfrica), de niño y adolescente, su dominio del inglés, sus bebidas predilectas, o su propensión al negro en el vestir. Taibo aborda su amor platónico con Ofélia Queirós, en dos series epistolares, e intenta dilucidar si, como dice la leyenda, Pessoa murió sin 'conocer mujer'. ¡Bien pudo haberse pasado por los prostíbulos del Barrio Alto!, viene a decir el autor, poniendo pegas a la leyenda. Al fin y al cabo, sus círculos de poetas modernistas los frecuentaban (aparece mucho el maldito Mário de Sá-Carneiro). Taibo especifica su carácter, su sentido del humor, sus escándalos como crítico literario, su desdén, sus andares, su ideología, su soberbia de posteridad, su apatía, y varios pormenores de su costumbre. "Hay quien ha llegado a decir que la persona de Fernando Pessoa ni siquiera ha existido". Taibo frente al fantasma.
Un tipo despistado
"La bibliografía deja de lado muchos aspectos de su realidad personal. Sospecho que se ha creado muchos mitos en torno a su figura, "explica Taibo. En 'Como si no pisase el suelo' Pessoa aparece emparentado con Cavafis y Kafka. "Son oscuros oficinistas, autores de textos de economía o seguros, en su trabajo". Por otro lado, el enigma literario tiene sus muros. "Resulta difícil vincular a Pessoa con su tiempo histórico, con el hundimiento de la monarquía o la Guerra Mundial. Está al margen de los hechos de su tiempo, a veces es como si desapareciese". El fantasma frente a Taibo: "Es una metáfora del ser humano del siglo XX. Representa la incapacidad de comprender el mundo en el que vive".
Entre las varias exageraciones que pululan en torno a este hombre de gafas redondas que se desvanece en literatura y metáfora, Taibo destaca la fama de marginal: "Si preguntásemos a los 10 literatos más célebres en Portugal de los años 30 quién era Pessoa todos hubiesen sabido responder. Aunque es cierto que su obra se difundió en revistas literarias de eco reducido. Pero no era tan marginal".
De Campos, el heterónimo decadentista de técnica moderna, Ricardo Reis el latinista y el buen salvaje Alberto Caeiro son poetas imaginados que son también citados por Taibo. Estos y otros muchos, de la legión de fantasmas. Menta también a Soares, falso autor de 'El libro del desasosiego': "La mayor acumulación de frases geniales de Homero hasta hoy", cuenta el escrupuloso biógrafo diletante, quien separa al mamífero, bípedo, implume, racional e histórico de su cajón de espíritus. Pieza subastada, por cierto, en 2008. "Hay quien dice que estaba loco, pero su eficiente trabajo de oficinista, por un lado, y sus cartas explicativas demuestran la lucidez de su proyecto literario. Por otro lado, la locura va muchas veces unida a la obra literaria". Habrá que concederle algo al mito. Taibo toma al burgués solitario y renuncia al tentador espectro que parece no pisar el suelo y a su milagro.
(Entrevista de Álvaro Cortina/Madrid al autor de la primera biografía del autor de "Tabaquería", copiada y pegada del sitio El Mundo. Que Pessoa no conoció mujer: lo mismo se dijo del vate Ramón López Velarde, del pintor Julio Ruelas, del autor de "El libro de arena", de los poetas del grupo Contemporáneos: Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia y de la loca Salvador Novo, de Elías Nandino.)
"En las biografías canónicas de Robert Bréchon, Ángel Crespo, João Gaspar Simões o Richard Zenith, la idea de Pessoa como un humano no suele tener relieve", explica el politólogo Carlos Taibo, que se mete esta vez con asuntos bio-literarios en 'Como si no pisase el suelo. Trece ensayos de Fernando Pessoa' (Trotta). "Sus libros son monografías de 500 páginas donde, si excluimos los aspectos literarios o esotéricos, la persona se nos queda en nada. Yo tiro de lo que en otras obras son sólo notas a pie de página para crear al personaje. He querido situarlo dentro de las calles donde vivió". Y añade: "Es el libro con el que más he disfrutado. No es de crítica literaria. Se trata de una biografía muy delicada. Diría que es un divertimento trabajado".
El estudio de Taibo repasa la vida familiar del literato, sus años en Durban (Sudáfrica), de niño y adolescente, su dominio del inglés, sus bebidas predilectas, o su propensión al negro en el vestir. Taibo aborda su amor platónico con Ofélia Queirós, en dos series epistolares, e intenta dilucidar si, como dice la leyenda, Pessoa murió sin 'conocer mujer'. ¡Bien pudo haberse pasado por los prostíbulos del Barrio Alto!, viene a decir el autor, poniendo pegas a la leyenda. Al fin y al cabo, sus círculos de poetas modernistas los frecuentaban (aparece mucho el maldito Mário de Sá-Carneiro). Taibo especifica su carácter, su sentido del humor, sus escándalos como crítico literario, su desdén, sus andares, su ideología, su soberbia de posteridad, su apatía, y varios pormenores de su costumbre. "Hay quien ha llegado a decir que la persona de Fernando Pessoa ni siquiera ha existido". Taibo frente al fantasma.
Un tipo despistado
"La bibliografía deja de lado muchos aspectos de su realidad personal. Sospecho que se ha creado muchos mitos en torno a su figura, "explica Taibo. En 'Como si no pisase el suelo' Pessoa aparece emparentado con Cavafis y Kafka. "Son oscuros oficinistas, autores de textos de economía o seguros, en su trabajo". Por otro lado, el enigma literario tiene sus muros. "Resulta difícil vincular a Pessoa con su tiempo histórico, con el hundimiento de la monarquía o la Guerra Mundial. Está al margen de los hechos de su tiempo, a veces es como si desapareciese". El fantasma frente a Taibo: "Es una metáfora del ser humano del siglo XX. Representa la incapacidad de comprender el mundo en el que vive".
Entre las varias exageraciones que pululan en torno a este hombre de gafas redondas que se desvanece en literatura y metáfora, Taibo destaca la fama de marginal: "Si preguntásemos a los 10 literatos más célebres en Portugal de los años 30 quién era Pessoa todos hubiesen sabido responder. Aunque es cierto que su obra se difundió en revistas literarias de eco reducido. Pero no era tan marginal".
De Campos, el heterónimo decadentista de técnica moderna, Ricardo Reis el latinista y el buen salvaje Alberto Caeiro son poetas imaginados que son también citados por Taibo. Estos y otros muchos, de la legión de fantasmas. Menta también a Soares, falso autor de 'El libro del desasosiego': "La mayor acumulación de frases geniales de Homero hasta hoy", cuenta el escrupuloso biógrafo diletante, quien separa al mamífero, bípedo, implume, racional e histórico de su cajón de espíritus. Pieza subastada, por cierto, en 2008. "Hay quien dice que estaba loco, pero su eficiente trabajo de oficinista, por un lado, y sus cartas explicativas demuestran la lucidez de su proyecto literario. Por otro lado, la locura va muchas veces unida a la obra literaria". Habrá que concederle algo al mito. Taibo toma al burgués solitario y renuncia al tentador espectro que parece no pisar el suelo y a su milagro.
(Entrevista de Álvaro Cortina/Madrid al autor de la primera biografía del autor de "Tabaquería", copiada y pegada del sitio El Mundo. Que Pessoa no conoció mujer: lo mismo se dijo del vate Ramón López Velarde, del pintor Julio Ruelas, del autor de "El libro de arena", de los poetas del grupo Contemporáneos: Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia y de la loca Salvador Novo, de Elías Nandino.)
jueves, 22 de noviembre de 2012
Autores conservados en alcohol
Dicen las malas lenguas que sir Arthur Conan Doyle se ayudaba de la cocaína y otros narcóticos para inventar las aventuras de su personajísimo, Sherlock Holmes. William S. Burroughs, que era adicto a la heroína, publicó en 1953 una de sus obras más célebres, Yonqui, bajo el seudónimo de Bill Lee. Del autor de El libro blanco, Jean Cocteau, se dice que consumió opio durante una larga temporada.
Pero no nos engañemos; no solo de drogas duras vive la literatura. Los grandes de las letras también, y sobre todo, han salpicado sus manuscritos con gotas de bebidas alcohólicas y derramado sobre sus máquinas de escribir líquidos con alta graduación etílica (unos más que otros). El tándem de vocablos ‘escritor’ y ‘alcohol’ ha estado siempre ligado a nombres potentes de la historia de la literatura, empezando por Bukowski, Truman Capote o Dostoievski. Es evidente que no todos los escritores han sido ni son alcohólicos pero, tampoco es baladí pensar que más libros de los que imaginamos nacieron en la barra de algún bar inmundo, en alguna fiesta donde el wiski seguramente corría a borbotones o en las mentes divagadoras y enturbiadas por la resaca del domingo. El escritor Antonio Jiménez Morato publica Mezclados y agitados (Debolsillo), una animada guía de los gustos espirituosos de Roberto Bolaño a Javier Tomeo, pasando por Fernando Pessoa o Dorothy Parker, donde reúne entre copas y letras a escritores brillantes o aburridos, ebrios o abstemios, y sus cócteles favoritos o más afines. Todo ello acompañado de la receta de cada uno de los combinados con los que exceder la fiesta más allá de la lectura.
Gabriel García Márquez, por citar a alguno de los 39 literatos que incluye la publicación, era un incondicional de un combinado cuya receta exacta el Nobel nunca ha hecho pública, pero sí se sabe que incluía ron, y que le recordaba “al olor de la guayaba podrida”. Morato ha adjudicado al colombiano el Añejo highball (el pelotazo añejo, en lengua profana), que consiste básicamente en ron añejo, coraçao, zumo de lima y unas gotas de Angostura. Todo ello servido en un vaso alto con mucho hielo.
Las narraciones de John Cheever están íntimamente relacionadas con Nueva York, donde vivió el americano. “Cheever bebía casi de todo, pero sin duda el vodka, la ginebra y el wiski eran sus licores más habituales. Y el manhattan está basado en el wiski”, cuenta el autor del libro. Pero la adjudicación de este cóctel a Cheever, explica Morato, se debe sobre todo a que como él mismo explicó, “de no ser por los dos que su madre se tomó una noche durante un banquete, sus padres no le habrían concebido, ya que eran una pareja en la que el deseo había muerto hacía tiempo. […] Alguna vez Cheever dijo que el desafecto de su padre fue una de las razones que lo empujó al alcohol”.
Quien también se confesó alcohólico en sus memorias fue el realizador genial Luis Buñuel: “Toda mi vida ha habido veces en las que he bebido hasta caerme; pero casi siempre se trata de un ritual delicado que no te lleva a la auténtica borrachera, sino a una especie de beatitud, de tranquilo bienestar, acaso semejante a una droga ligera. En algo que me ayuda a vivir y trabajar”. Según el autor de Mezclados y agitados, el aragonés era un verdadero aficionado, (incluso le llega a calificar hooligan) del Martini. “Se tomaba cuatro o cinco diarios”. Y él mismo explicó cómo preparaba sus cócteles en casa. La receta, como ya se imaginarán, está en los libros. Y concretamente en este.
A lo largo de las 255 páginas del libro, Morato empareja así a cada escritor con su bebida más afín, ya sea por adicción o por uso social: Alejo Carpentier con el Daiquiri; a Marguerite Duras con el Negroni; a Julián Herbert con el Kamikaze; Tommas Mann con el Bellini; Juan Rulfo con el Margarita; William Faulkner y el Julepe de menta; Mario Vargas Llosa y el Chilcano; Julio Cortázar y el Cubalibre; Truman Capote y el Destornillador; Josefina Vicens y el tequila macho; Fernando Pessoa y el Porto flip; Jaime Gil de Biedma y el Sol y sombra; Hemingway y el Papa doble o Javier Tomeo y el café irlandés.
Es recomendable, eso sí, comer antes de leer, no vaya a ser que el calimocho de Fogwill les siente mal al estómago. Salud.
Pero no nos engañemos; no solo de drogas duras vive la literatura. Los grandes de las letras también, y sobre todo, han salpicado sus manuscritos con gotas de bebidas alcohólicas y derramado sobre sus máquinas de escribir líquidos con alta graduación etílica (unos más que otros). El tándem de vocablos ‘escritor’ y ‘alcohol’ ha estado siempre ligado a nombres potentes de la historia de la literatura, empezando por Bukowski, Truman Capote o Dostoievski. Es evidente que no todos los escritores han sido ni son alcohólicos pero, tampoco es baladí pensar que más libros de los que imaginamos nacieron en la barra de algún bar inmundo, en alguna fiesta donde el wiski seguramente corría a borbotones o en las mentes divagadoras y enturbiadas por la resaca del domingo. El escritor Antonio Jiménez Morato publica Mezclados y agitados (Debolsillo), una animada guía de los gustos espirituosos de Roberto Bolaño a Javier Tomeo, pasando por Fernando Pessoa o Dorothy Parker, donde reúne entre copas y letras a escritores brillantes o aburridos, ebrios o abstemios, y sus cócteles favoritos o más afines. Todo ello acompañado de la receta de cada uno de los combinados con los que exceder la fiesta más allá de la lectura.
Gabriel García Márquez, por citar a alguno de los 39 literatos que incluye la publicación, era un incondicional de un combinado cuya receta exacta el Nobel nunca ha hecho pública, pero sí se sabe que incluía ron, y que le recordaba “al olor de la guayaba podrida”. Morato ha adjudicado al colombiano el Añejo highball (el pelotazo añejo, en lengua profana), que consiste básicamente en ron añejo, coraçao, zumo de lima y unas gotas de Angostura. Todo ello servido en un vaso alto con mucho hielo.
Las narraciones de John Cheever están íntimamente relacionadas con Nueva York, donde vivió el americano. “Cheever bebía casi de todo, pero sin duda el vodka, la ginebra y el wiski eran sus licores más habituales. Y el manhattan está basado en el wiski”, cuenta el autor del libro. Pero la adjudicación de este cóctel a Cheever, explica Morato, se debe sobre todo a que como él mismo explicó, “de no ser por los dos que su madre se tomó una noche durante un banquete, sus padres no le habrían concebido, ya que eran una pareja en la que el deseo había muerto hacía tiempo. […] Alguna vez Cheever dijo que el desafecto de su padre fue una de las razones que lo empujó al alcohol”.
Quien también se confesó alcohólico en sus memorias fue el realizador genial Luis Buñuel: “Toda mi vida ha habido veces en las que he bebido hasta caerme; pero casi siempre se trata de un ritual delicado que no te lleva a la auténtica borrachera, sino a una especie de beatitud, de tranquilo bienestar, acaso semejante a una droga ligera. En algo que me ayuda a vivir y trabajar”. Según el autor de Mezclados y agitados, el aragonés era un verdadero aficionado, (incluso le llega a calificar hooligan) del Martini. “Se tomaba cuatro o cinco diarios”. Y él mismo explicó cómo preparaba sus cócteles en casa. La receta, como ya se imaginarán, está en los libros. Y concretamente en este.
A lo largo de las 255 páginas del libro, Morato empareja así a cada escritor con su bebida más afín, ya sea por adicción o por uso social: Alejo Carpentier con el Daiquiri; a Marguerite Duras con el Negroni; a Julián Herbert con el Kamikaze; Tommas Mann con el Bellini; Juan Rulfo con el Margarita; William Faulkner y el Julepe de menta; Mario Vargas Llosa y el Chilcano; Julio Cortázar y el Cubalibre; Truman Capote y el Destornillador; Josefina Vicens y el tequila macho; Fernando Pessoa y el Porto flip; Jaime Gil de Biedma y el Sol y sombra; Hemingway y el Papa doble o Javier Tomeo y el café irlandés.
Es recomendable, eso sí, comer antes de leer, no vaya a ser que el calimocho de Fogwill les siente mal al estómago. Salud.
(Quizá la autora de esta nota antipática, Rocío Huerta, desconoce que cada época y cada generación tienen sus propias drogas. Así, la generación de los Contemporáneos y el poeta Ramón López Velarde tuvieron además del alcohol el jengibre, sin considerar las bebidas "preparadas" que cada cantina elabora: desde una "piedra" hasta un levantacadáveres o un "curado" y un "amarguito" -hecho éste a base de mezcal y otras yerbas-; jamás podrá compararse el gusto de Proust con las bebidas de Henry Miller o Jack Kerouac. En México hay miles de escritores que consumen mariguana como tabaco, por citar dos: Daniel Sada y Salvador Elizondo. Ya no hablemos de pintores alcohólicos que combinaron y combinan drogas "duras" como el recientemente fallecido Julio Galán. Reseña clonada del sitio El País.)
jueves, 27 de septiembre de 2012
Bryce Echenique es emplazado
México.- Un grupo de académicos demandó a la directora de
Conaculta, Consuelo Sáizar, y al presidente de la Feria Internacional del Libro
de Guadalajara (FIL), Raúl Padilla, que reconsideren su decisión de otorgar el
premio FIL 2012 –antes “Juan Rulfo”–, al escritor peruano Bryce Echenique.
En una carta enviada a Sáizar y al exrector de la Universidad de Guadalajara (UdeG) el pasado jueves 20, los académicos manifiestan su indignación por el fallo del jurado compuesto por Jorge Volpi, Julio Ortega, Leila Guerriero y Mark Millington, entre otros escritores, de premiar a un autor que es acusado de plagio.
Cuestionan:
“En el 2009, el INDECOPI (Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual) del Perú, le impuso a Bryce Echenique una multa por haber plagiado 16 artículos (de 15 autores).
“¿Cómo es posible que uno de los premios más prestigiados que se otorgan en México sea concedido a un plagiario? El plagio es la apropiación indebida e ilegal del esfuerzo, del trabajo, de las ideas y de la creatividad de otros. Es por ello que consideramos que la concesión del Premio de Literatura FIL 2012 a Bryce Echenique es inaceptable y debe ser reconsiderada, tanto por el jurado mencionado”.
Dotado de 150 mil dólares, el FIL es uno de los premios mexicanos más reputados. Entre los galardonados en ediciones anteriores se cuentan Juan José Arreola, Nicanor Parra, Augusto Monterroso, Sergio Pitol, Juan Marsé, Fernando del Paso y Tomás Segovia.
Firman la carta: Alfredo Ávila, Antonio Azuela, Ariadna Acevedo, Benjamín Arditi, Blanca Heredia, Fernando Escalante, Gerardo Esquivel, Ignacio Almada Bay, José Antonio Aguilar, Mauricio Tenorio, Roberto Breña y Soledad Loaeza.
La polémica sobre la entrega del premio al escritor peruano surgió desde que se hizo el anuncio en agosto pasado; desde entonces, académicos e intelectuales manifestaron públicamente su desacuerdo.
Sin embargo, Bryce Echenique ha explicado que los supuestos plagios de los que se le acusa son falsedades que caen poco a poco, y reiteró que si asistirá a la FIL de Guadalajara para recibir la distinción.
(nota duplicada del sitio de la agencia Apro.)
En una carta enviada a Sáizar y al exrector de la Universidad de Guadalajara (UdeG) el pasado jueves 20, los académicos manifiestan su indignación por el fallo del jurado compuesto por Jorge Volpi, Julio Ortega, Leila Guerriero y Mark Millington, entre otros escritores, de premiar a un autor que es acusado de plagio.
Cuestionan:
“En el 2009, el INDECOPI (Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual) del Perú, le impuso a Bryce Echenique una multa por haber plagiado 16 artículos (de 15 autores).
“¿Cómo es posible que uno de los premios más prestigiados que se otorgan en México sea concedido a un plagiario? El plagio es la apropiación indebida e ilegal del esfuerzo, del trabajo, de las ideas y de la creatividad de otros. Es por ello que consideramos que la concesión del Premio de Literatura FIL 2012 a Bryce Echenique es inaceptable y debe ser reconsiderada, tanto por el jurado mencionado”.
Dotado de 150 mil dólares, el FIL es uno de los premios mexicanos más reputados. Entre los galardonados en ediciones anteriores se cuentan Juan José Arreola, Nicanor Parra, Augusto Monterroso, Sergio Pitol, Juan Marsé, Fernando del Paso y Tomás Segovia.
Firman la carta: Alfredo Ávila, Antonio Azuela, Ariadna Acevedo, Benjamín Arditi, Blanca Heredia, Fernando Escalante, Gerardo Esquivel, Ignacio Almada Bay, José Antonio Aguilar, Mauricio Tenorio, Roberto Breña y Soledad Loaeza.
La polémica sobre la entrega del premio al escritor peruano surgió desde que se hizo el anuncio en agosto pasado; desde entonces, académicos e intelectuales manifestaron públicamente su desacuerdo.
Sin embargo, Bryce Echenique ha explicado que los supuestos plagios de los que se le acusa son falsedades que caen poco a poco, y reiteró que si asistirá a la FIL de Guadalajara para recibir la distinción.
(nota duplicada del sitio de la agencia Apro.)
viernes, 7 de septiembre de 2012
Literatura: rudos vs técnicos
El futuro de la literatura peruana se decide en un cuadrilátero. Lunes a lunes, sentados frente a un ordenador, un jurado inclemente y un público entregado que jalea a sus favoritos, un puñado de escritores enmascarados se baten a duelo. Uno contra uno, eliminación simple. Los participantes cuentan con cinco minutos para escribir una historia en la que deben incluir tres elementos elegidos por la organización. El premio: El favor del público y un libro publicado. Los perdedores no solo quedan apeados de la carrera a la final, además perderán la máscara que los identifica en un ritual inspirado en la humillación a la que se someten los luchadores mexicanos derrotados.
El concurso se llama Lucha Libro: Campeonato de Improvisación Literaria, y su originalidad lo ha convertido en una de las mayores atracciones de la oferta cultural limeña. Desde que hace cuatro semanas comenzara su segunda temporada, unas doscientas personas se amontonan lunes sí y lunes también en el local de un conocido bar del distrito de Barranco. Un total de 32 escritores-luchadores preseleccionados por los organizadores se enfrentan entre sí a razón de ocho por jornada. El lunes pasado concluyó la primera ronda, de la que salieron los 16 escritores que lucharán en los octavos de final, y así sucesivamente, hasta alcanzar la última fecha, el día 1 de octubre, cuando tendrán lugar las semifinales y la final. Los participantes compiten, como los luchadores mexicanos, con un nombre de guerra. El ganador de la primera edición fue Francisco Hermoza, que participó con el pseudónimo Maladjusted.
Como resultado, todos los lunes acuden a La Noche alrededor de doscientas personas que, entre cervezas y pisco sours, celebran o debaten las decisiones del jurado. Algunos incluso llegan a discutir el veredicto a los organizadores. “La madre de una participante vino a reclamarme delante del jurado”, cuenta Angie. “Pero por lo general todo el mundo acepta los fallos. Incluso agradecen que el jurado lea y critique con atención su trabajo”. Parte del público no se contenta con su papel de espectador. En algunas de las mesas hay quienes compiten entre sí escribiendo historias con folios traídos de casa. “Esta es la idea, que nos divirtamos y disfrutemos con la literatura todos”, me dice Christopher, que cuenta que han realizado una fechas extraordinarias en la ciudad de Iquitos e incluso hubo una breve edición española, en Tenerife. “Queremos que la gente organice Lucha Libro por todas partes, tenemos un manual de uso a disposición de los que quieran replicar el formato en su ciudad”, explica para terminar. Así que ya sabéis, la lucha recién comienza.
(Sé de varios escritores mexicanos que les interesaría integrar un club de enmascarados para organizar una especie de Club de la Pelea, aunque quizá sus achaques ya no les permitan rendir demasiado como pugilistas ni como creadores improvisados. Nota de Diego Salazar, "Lucha libro, duelo de escritores", en Lima. Tomada de El País.)
El concurso se llama Lucha Libro: Campeonato de Improvisación Literaria, y su originalidad lo ha convertido en una de las mayores atracciones de la oferta cultural limeña. Desde que hace cuatro semanas comenzara su segunda temporada, unas doscientas personas se amontonan lunes sí y lunes también en el local de un conocido bar del distrito de Barranco. Un total de 32 escritores-luchadores preseleccionados por los organizadores se enfrentan entre sí a razón de ocho por jornada. El lunes pasado concluyó la primera ronda, de la que salieron los 16 escritores que lucharán en los octavos de final, y así sucesivamente, hasta alcanzar la última fecha, el día 1 de octubre, cuando tendrán lugar las semifinales y la final. Los participantes compiten, como los luchadores mexicanos, con un nombre de guerra. El ganador de la primera edición fue Francisco Hermoza, que participó con el pseudónimo Maladjusted.
La idea nació hace ya diez años, cuando el publicista Christopher Vásquez quiso publicar un libro de relatos. “Me puse a buscar editorial y descubrí que la mayoría no eran más que imprentas, uno pagaba y ellos imprimían”, explica. Así que decidió publicar el libro por su cuenta. Pero la experiencia lo llevó a pensar que seguramente había mucha más gente en su situación. Y pensó entonces en organizar un concurso para descubrir nuevos talentos, para ayudar a todos esos escritores inéditos con un libro escondido en el disco duro del ordenador. “Se me ocurrió el nombre de Lucha por tu Libro, luego fui acortándolo, y con el nombre llegó el formato también”. Pero la idea fue a parar a un cajón, hasta que hace dos años, su mujer, Angie Silva, le propuso retomarlo. Y los dos se pusieron manos a la obra. Consiguieron algunos auspicios, encargaron un lote de máscaras mexicanas de la casa del luchador Blue Demon, pero sobre todo consiguieron un público fiel, seducido por una apuesta novedosa.
La primera edición tuvo lugar en un pequeño café de la capital, pero el concurso consiguió atraer a un público ávido de espectáculo y literatura, y en la segunda temporada han dado el salto a La Noche, uno de los locales con mayor pedigrí de la vida nocturna limeña. Al intenso trabajo de promoción que Angie y Christopher realizan desde una activa pagina de Facebook, se ha sumado la exposición que el concurso obtuvo en la pasada Feria Internacional del Libro de Lima, donde presentaron el volumen Historias de perdedores, escrito por el ganador de la primera edición. También ayuda que diversos escritores, periodistas y artistas se han sumado a la iniciativa como jurados. Los jurados cambian fecha a fecha. Entre otros, han participado escritores y periodistas conocidos locales como Beto Ortiz, Enrique Planas, Daniel Titinger y Marco Sifuentes. “Intentamos que haya gente interesante y conocida, con oficio, para que los participantes sientan que su trabajo es valorado y analizado por profesionales”, explica Angie.
(Sé de varios escritores mexicanos que les interesaría integrar un club de enmascarados para organizar una especie de Club de la Pelea, aunque quizá sus achaques ya no les permitan rendir demasiado como pugilistas ni como creadores improvisados. Nota de Diego Salazar, "Lucha libro, duelo de escritores", en Lima. Tomada de El País.)
sábado, 9 de junio de 2012
Gabo, perdido en Macondo
Hace dos días Plinio Apuleyo Mendoza le confesó a Édgar Artunduaga que Gabriel García Márquez ya no podía reconocer a una persona por su voz. Me temo que la situación de Gabo puede ser, de hecho, peor: lean esta frase que escribió en El Tiempo en septiembre del año pasado, a propósito de los tiempos de la revista Alternativa, Enrique Santos Calderón sobre su gran amigo: “Sin temor a equivocarme -que me corrija la ‘Gaba’, que estuvo siempre al pie del cañón- puedo asegurar que esos años de alternativa fueron la etapa más politizada de la vida de García Márquez”. Tristísima la frase. O por lo menos para mí. Es una confirmación de lo que era un secreto a voces pero que, en el fondo de mi alma, esperaba que fuera una habladuría más. Al parecer no lo es: la frase, inconsciente o no, nos ratifica la noticia, no sólo de que Gabo ya no reconoce a una persona por su voz, sino de que Gabo ya no es Gabo; de que probablemente de lo único que se esté acordando ahora sea de una infancia remota que por millonésima vez es su propia imagen asándose de calor en la arena de las calles de Aracataca.
No de otro modo se explica el tratamiento de difunto que le da Santos Calderón: ¿por qué habría de corregirlo la esposa y no el propio Gabo que, por supuesto, estuvo un poco más que al pie del cañón y quien todavía vive? En general toda la crónica es así –o ya la veo así después de la frase referida-, en ese tono elegíaco, como si nuestro gran patriarca de Macondo ya no fuera de este mundo, como si su merecido otoño ya hubiese dado paso a un irreversible invierno mental, vergonzante, ya no para él, que ni siquiera lo sabría, sino para sus familiares y amigos quienes, a pesar de las jugadas del inconsciente, quisieran preservar su lejana imagen apabullante de hombre sabio; quienes quisieran que se le respetaran estos tiempos difíciles en que la literatura y la clarividencia de la vida son ahora una materia intangible para un hombre que siempre cerró su vida privada al mundo con tres aldabas, tres cerrojos, tres pestillos.
Ya Gerald Martin, su biógrafo oficial, había dado unas primeras noticias; dadas así, con cautela, como cuando le informan a alguien que un pariente muy cercano y muy querido se va a morir pronto. Esto escribió sobre Gabo en Una Vida, la biografía que sobre él hizo: “Con los apuntes adecuados era capaz de recordar la mayoría de las cosas del pasado distante –aunque no siempre los títulos de sus novelas- y entablar una conversación razonablemente normal, incluso divertida”. Terrible situación para alguien que siempre se tuvo a sí mismo como un profesional de la memoria; para alguien que en los pantanos de la vejez le debía quedar radiante, como un trofeo, el recuerdo de los numerosos escollos que tuvo que sortear durante una infancia y una juventud en las que se disputó la vida a brazo partido con la pobreza; para alguien que las bolas de candela de los extremismos políticos y los eclipses aciagos, producto del reguero de adioses finales de sus amigos del alma, lo habían curtido contra los recursos de lástima de las troneras de la memoria.
Tranquiliza, al menos, saber que no sabe que la vida sigue, aún con él a espaldas de su propio poder, de ese poder que, por otro lado, siempre persiguió: en Clinton de Estados Unidos, en Fidel de Cuba, en Torrijos de Panamá, en Mitterrand de Francia, en Felipe González de España, en López de Colombia (y en casi todos los presidentes de Colombia de los últimos 40 años, con la infame excepción de Turbay); a espaldas de sus amores furtivos y de sus amores inverosímiles de perdición; a espaldas de su fortuna personal, ahora incontable y estéril, refundida por los peores acechos de unos olvidos que lo deben tener tantaleando en las nieblas ilusorias de una vida que ya no es la suya.
Repito: es triste. Y, a pesar de que su deslumbrante edad lo dispone, me es difícil imaginarme a mi maestro cautivo de sus propios delirios en el marasmo senil de una hamaca, desprendido sin dios de una realidad con la que no necesita reconciliarse, qué vaina, y sin embargo, y aunque él se quede sin saberlo para siempre, prefiero pensarlo así, aún vivo, para poder darle, en las últimas hojas heladas de su otoño, las gracias, maestro amado, gracias por los clamores de las muchedumbres frenéticas que con la noticia de tu Premio Nobel se echaron a la calle cantando himnos de júbilo, gracias porque en la ristra de hojas amarillas de tu otoño arrastras las ilusiones de todo un pueblo que supiste descifrar con artificios de alquimista, y al que le diste instantes inasibles de felicidad, gracias por los cohetes de gozo y las campanas de gloria que a pesar de tu partida seguirán en tus libros, en tus palabras, en tu recuerdo, y nos seguirán anunciado por siempre jamás que el tiempo incontable de la eternidad para ti nunca terminará.
(Tienes un amigo que le ha tocado cuidar a su madre de un ramo precioso de achaques que vienen con la edad, entre otras virtudes la señora se sienta a platicar de la calle -ahora llamada Ramón López Velarde- en que vivió de niña con sus padres, pero trasladada a aquel pasado, como en flash back, calle que era un arroyo -como los versos del poeta jerezano, aunque a veces cargados de fango y alimañas-; le ha tocado a él comprarle y cambiarle los pañales cuando es necesario, checar la posición en la cama para que no se llague; llevarla y traerla cada tercer día del lavado intestinal y comprarle los sustitutos vitamínicos cuando no quiere comer a sus horas; etcétera. Mi amigo dice que no quiere llegar a la edad de su madre para no "despertar" lástima. Nota de Samuel Rosales en el blog "kien&ke", hecho en Colombia.)
No de otro modo se explica el tratamiento de difunto que le da Santos Calderón: ¿por qué habría de corregirlo la esposa y no el propio Gabo que, por supuesto, estuvo un poco más que al pie del cañón y quien todavía vive? En general toda la crónica es así –o ya la veo así después de la frase referida-, en ese tono elegíaco, como si nuestro gran patriarca de Macondo ya no fuera de este mundo, como si su merecido otoño ya hubiese dado paso a un irreversible invierno mental, vergonzante, ya no para él, que ni siquiera lo sabría, sino para sus familiares y amigos quienes, a pesar de las jugadas del inconsciente, quisieran preservar su lejana imagen apabullante de hombre sabio; quienes quisieran que se le respetaran estos tiempos difíciles en que la literatura y la clarividencia de la vida son ahora una materia intangible para un hombre que siempre cerró su vida privada al mundo con tres aldabas, tres cerrojos, tres pestillos.
Ya Gerald Martin, su biógrafo oficial, había dado unas primeras noticias; dadas así, con cautela, como cuando le informan a alguien que un pariente muy cercano y muy querido se va a morir pronto. Esto escribió sobre Gabo en Una Vida, la biografía que sobre él hizo: “Con los apuntes adecuados era capaz de recordar la mayoría de las cosas del pasado distante –aunque no siempre los títulos de sus novelas- y entablar una conversación razonablemente normal, incluso divertida”. Terrible situación para alguien que siempre se tuvo a sí mismo como un profesional de la memoria; para alguien que en los pantanos de la vejez le debía quedar radiante, como un trofeo, el recuerdo de los numerosos escollos que tuvo que sortear durante una infancia y una juventud en las que se disputó la vida a brazo partido con la pobreza; para alguien que las bolas de candela de los extremismos políticos y los eclipses aciagos, producto del reguero de adioses finales de sus amigos del alma, lo habían curtido contra los recursos de lástima de las troneras de la memoria.
Tranquiliza, al menos, saber que no sabe que la vida sigue, aún con él a espaldas de su propio poder, de ese poder que, por otro lado, siempre persiguió: en Clinton de Estados Unidos, en Fidel de Cuba, en Torrijos de Panamá, en Mitterrand de Francia, en Felipe González de España, en López de Colombia (y en casi todos los presidentes de Colombia de los últimos 40 años, con la infame excepción de Turbay); a espaldas de sus amores furtivos y de sus amores inverosímiles de perdición; a espaldas de su fortuna personal, ahora incontable y estéril, refundida por los peores acechos de unos olvidos que lo deben tener tantaleando en las nieblas ilusorias de una vida que ya no es la suya.
Repito: es triste. Y, a pesar de que su deslumbrante edad lo dispone, me es difícil imaginarme a mi maestro cautivo de sus propios delirios en el marasmo senil de una hamaca, desprendido sin dios de una realidad con la que no necesita reconciliarse, qué vaina, y sin embargo, y aunque él se quede sin saberlo para siempre, prefiero pensarlo así, aún vivo, para poder darle, en las últimas hojas heladas de su otoño, las gracias, maestro amado, gracias por los clamores de las muchedumbres frenéticas que con la noticia de tu Premio Nobel se echaron a la calle cantando himnos de júbilo, gracias porque en la ristra de hojas amarillas de tu otoño arrastras las ilusiones de todo un pueblo que supiste descifrar con artificios de alquimista, y al que le diste instantes inasibles de felicidad, gracias por los cohetes de gozo y las campanas de gloria que a pesar de tu partida seguirán en tus libros, en tus palabras, en tu recuerdo, y nos seguirán anunciado por siempre jamás que el tiempo incontable de la eternidad para ti nunca terminará.
(Tienes un amigo que le ha tocado cuidar a su madre de un ramo precioso de achaques que vienen con la edad, entre otras virtudes la señora se sienta a platicar de la calle -ahora llamada Ramón López Velarde- en que vivió de niña con sus padres, pero trasladada a aquel pasado, como en flash back, calle que era un arroyo -como los versos del poeta jerezano, aunque a veces cargados de fango y alimañas-; le ha tocado a él comprarle y cambiarle los pañales cuando es necesario, checar la posición en la cama para que no se llague; llevarla y traerla cada tercer día del lavado intestinal y comprarle los sustitutos vitamínicos cuando no quiere comer a sus horas; etcétera. Mi amigo dice que no quiere llegar a la edad de su madre para no "despertar" lástima. Nota de Samuel Rosales en el blog "kien&ke", hecho en Colombia.)
viernes, 8 de junio de 2012
Kafka, naturista y esotérico
Un Franz Kafka escéptico con la medicina tradicional y partidario de una filosofía naturista es el retrato que hacen del escritor checo las cartas inéditas que acaban de ser recopiladas y publicadas en un libro.
Las misivas están escritas por el médico húngaro Robert Klopstock y por el último amor de Kafka, la actriz polaca Dora Diamant, y dirigidas a la familia del autor de 'El proceso', en la época en que se encontraba ingresado en el sanatorio austríaco de Kierling y su vida estaba a punto de extinguirse por la tuberculosis.
"Estaba en contra de los medicamentos, de los rayos X, de las inyecciones. Era incluso ingenuo en cómo usaba medios humanos que no resultaban dañinos, pero que tampoco ayudaban", declaró hoy el germanista Josef Cermak, que acaba de publicar en un libro esa colección de cartas inéditas.
En esas nuevas misivas "hay ahí muchas cosas desconocidas. Se ponen de manifiesto las dos opiniones. Kafka era partidario de la medicina natural, según el principio de que lo que naturaleza estropea, puede ella misma arreglarlo", afirmó Cermak. Por su parte, "Robert Klopstock era partidario del concepto clásico de medicina, lo que significa que intentaba incesantemente aplicar la cirugía", explicó el experto.
Esta nueva correspondencia forma parte del libro 'Zivot ve stinu smrti' (Vida a la sombra de la muerte), en concreto, en una sección titulada "Cartas de Robert". Además de las casi 66 cartas ya conocidas que documentan la relación de amistad entre Klopstock y Kafka, el libro incluye otras 35 cartas nunca publicadas que Klopstock y Diamantova escribieron a la familia del escritor.
Kafka sucumbió a una tuberculosis de garganta y, según Cermak, "Robert Klopstock le sirvió mucho como médico en los últimos meses de su vida en el sanatorio austríaco de Kierling, donde Kafka murió. Se ocupó de él de forma conmovedora, junto a su novia de entonces, Dora Diamantova".
Una amistad de doctor a paciente
El literato y Klopstock habían coincidido antes en el sanatorio eslovaco de Tatranské Matliare, a los pies del macizo de los Montes Tatra, y allí llegaron a intimar, a pesar de que el húngaro era 16 años más joven que el autor de 'La Metamorfosis'.
Kafka, exceptuando a Max Brod y a ese círculo tan estrecho al que pertenecía el médico, "no se refería a la gente por su nombre, y conseguir su amistad, su verdadera amistad, no era fácil", afirma Cermak.
Tras examinar en su conjunto la correspondencia surgida de dos años de trato entre ambos, es evidente para el estudioso la amistad sincera que se profesaron y que llevó a Klopstock a posponer sus estudios por la situación turbulenta que atravesaba Kafka.
Ambos "tenían intereses comunes, que eran filosóficos y teológicos. Porque este judío húngaro tenía gran simpatía hacia el cristianismo. Y después de la muerte de Kafka, se hizo protestante", afirmó Cermak, que trata de reconstruir en el libro algunas de sus conversaciones, en el frontera entre la filosofía y religión.
Cermak ha podido realizar este trabajo gracias a que en los años 60 la familia de Kafka le encomendó publicar las cartas del escritor a su hermana Otilia. "Y esta publicación se vio frustrada por la llegada de los tanques soviéticos y la prohibición de publicar cosas de Kafka en este país", apostilló Cermak.
(Cuando crees que ya se ha escrito todo sobre el autor de "El Castillo" surgen, como en el caso de Pessoa, facetas insospechadas. Nota en Público en línea.)
Las misivas están escritas por el médico húngaro Robert Klopstock y por el último amor de Kafka, la actriz polaca Dora Diamant, y dirigidas a la familia del autor de 'El proceso', en la época en que se encontraba ingresado en el sanatorio austríaco de Kierling y su vida estaba a punto de extinguirse por la tuberculosis.
"Estaba en contra de los medicamentos, de los rayos X, de las inyecciones. Era incluso ingenuo en cómo usaba medios humanos que no resultaban dañinos, pero que tampoco ayudaban", declaró hoy el germanista Josef Cermak, que acaba de publicar en un libro esa colección de cartas inéditas.
En esas nuevas misivas "hay ahí muchas cosas desconocidas. Se ponen de manifiesto las dos opiniones. Kafka era partidario de la medicina natural, según el principio de que lo que naturaleza estropea, puede ella misma arreglarlo", afirmó Cermak. Por su parte, "Robert Klopstock era partidario del concepto clásico de medicina, lo que significa que intentaba incesantemente aplicar la cirugía", explicó el experto.
Esta nueva correspondencia forma parte del libro 'Zivot ve stinu smrti' (Vida a la sombra de la muerte), en concreto, en una sección titulada "Cartas de Robert". Además de las casi 66 cartas ya conocidas que documentan la relación de amistad entre Klopstock y Kafka, el libro incluye otras 35 cartas nunca publicadas que Klopstock y Diamantova escribieron a la familia del escritor.
Kafka sucumbió a una tuberculosis de garganta y, según Cermak, "Robert Klopstock le sirvió mucho como médico en los últimos meses de su vida en el sanatorio austríaco de Kierling, donde Kafka murió. Se ocupó de él de forma conmovedora, junto a su novia de entonces, Dora Diamantova".
Una amistad de doctor a paciente
El literato y Klopstock habían coincidido antes en el sanatorio eslovaco de Tatranské Matliare, a los pies del macizo de los Montes Tatra, y allí llegaron a intimar, a pesar de que el húngaro era 16 años más joven que el autor de 'La Metamorfosis'.
Kafka, exceptuando a Max Brod y a ese círculo tan estrecho al que pertenecía el médico, "no se refería a la gente por su nombre, y conseguir su amistad, su verdadera amistad, no era fácil", afirma Cermak.
Tras examinar en su conjunto la correspondencia surgida de dos años de trato entre ambos, es evidente para el estudioso la amistad sincera que se profesaron y que llevó a Klopstock a posponer sus estudios por la situación turbulenta que atravesaba Kafka.
Ambos "tenían intereses comunes, que eran filosóficos y teológicos. Porque este judío húngaro tenía gran simpatía hacia el cristianismo. Y después de la muerte de Kafka, se hizo protestante", afirmó Cermak, que trata de reconstruir en el libro algunas de sus conversaciones, en el frontera entre la filosofía y religión.
Cermak ha podido realizar este trabajo gracias a que en los años 60 la familia de Kafka le encomendó publicar las cartas del escritor a su hermana Otilia. "Y esta publicación se vio frustrada por la llegada de los tanques soviéticos y la prohibición de publicar cosas de Kafka en este país", apostilló Cermak.
(Cuando crees que ya se ha escrito todo sobre el autor de "El Castillo" surgen, como en el caso de Pessoa, facetas insospechadas. Nota en Público en línea.)
miércoles, 23 de mayo de 2012
Pessoa al mejor postor
El abogado y escritor brasileño José Paulo Cavalcanti Filho ha comprado en subasta la máquina de escribir y la mesa de escritorio que pertenecieron a Fernando Pessoa por 80.000 euros. Durante cuatro años, el escritor luso utilizó diariamente ambos objetos cuando trabajaba en la Sociedad Portuguesa de Explosivos, en Lisboa, que no formaron parte de su espolio.
Desde entonces han pasado 80 años pero tal y como se pudo comprar en la subasta de antigüedades organizada por World Legend, en Lisboa, todo lo que fue de Fernando Pessoa sigue despertando mucho interés entre los seguidores de su obra.
En esta ocasión se trataba de una mesa de escritorio en caoba, con cuatro cajones a cada uno de los lados, el interior forrado en piel verde y con diversos compartimentos. Su precio oscila entre los diez y veinte mil euros, salió a subasta por diez mil y se adjudicó por 58.000. En lo que se refiere a la máquina de escribir, de la marca norteamericana Royal, su precio está entre los tres y cinco mil euros, se subastó por tres mil y se vendió por 22.000.
Las piezas formaban parte de la familia del propietario de la empresa para la cual Fernando Pessoa trabajó y habrán ido pasando de generación a generación. Ambos objetos integraron la exposición de los 120 años del nacimiento de Fernando Pessoa, en el 2008, organizada por la empresa de abogados ABBC y por la editorial Assírio & Alvim.
Una disputa reñida
La subasta fue anunciada hace una semana y a pesar de ser varias y muy diferentes las piezas licitadas, los objetos de Pessoa fueron los que más revuelo causaron en la sala y cerraron la puja superando las estimaciones de los organizadores. Fue una disputa reñida y el ganador, José Paulo Cavalcanti Filho, ni siquiera estaba en la sala y siguió la subasta por teléfono.
Autor de “Fernando Pessoa: casi una biografía”, el abogado y escritor brasileño ha asegurado públicamente haber leído “diez o doce veces las 30.000 páginas de Pessoa”. Hace un año que lanzó la biografía de Pessoa, considerada la reconstrucción más completa de la vida del escritor portugués en la que se abordan las angustias, los amores, los heterónimos y la genialidad del mayor poeta de la lengua portuguesa.
Sus representantes no quisieron hablar de los intereses del comprador una vez acabada la subasta pero destacaron de él que se trata “de un pessoano”. Otro de los objetos más destacados de la subasta fue un diseño a lápiz sobre papel, “Emilia” de la pintora lusa Paula Rego que salió a la plaza por 2500 euros y fue adjudicada por 5400 euros.
(Te decía un amigo que la casa donde nació Verlaine y Eluard se han acondicionado como museos para atraer turistas en su país de origen. Le dijiste que lo mismo se podría hacer con la casa donde nació o vivió Edgar Allan Poe, aunque sea una casa llena de vómitos cafés, verdes y rojos. Alcanzaste a ver su risa extrañada y amarga. Nota en Abc en línea.)
Desde entonces han pasado 80 años pero tal y como se pudo comprar en la subasta de antigüedades organizada por World Legend, en Lisboa, todo lo que fue de Fernando Pessoa sigue despertando mucho interés entre los seguidores de su obra.
En esta ocasión se trataba de una mesa de escritorio en caoba, con cuatro cajones a cada uno de los lados, el interior forrado en piel verde y con diversos compartimentos. Su precio oscila entre los diez y veinte mil euros, salió a subasta por diez mil y se adjudicó por 58.000. En lo que se refiere a la máquina de escribir, de la marca norteamericana Royal, su precio está entre los tres y cinco mil euros, se subastó por tres mil y se vendió por 22.000.
Las piezas formaban parte de la familia del propietario de la empresa para la cual Fernando Pessoa trabajó y habrán ido pasando de generación a generación. Ambos objetos integraron la exposición de los 120 años del nacimiento de Fernando Pessoa, en el 2008, organizada por la empresa de abogados ABBC y por la editorial Assírio & Alvim.
Una disputa reñida
La subasta fue anunciada hace una semana y a pesar de ser varias y muy diferentes las piezas licitadas, los objetos de Pessoa fueron los que más revuelo causaron en la sala y cerraron la puja superando las estimaciones de los organizadores. Fue una disputa reñida y el ganador, José Paulo Cavalcanti Filho, ni siquiera estaba en la sala y siguió la subasta por teléfono.
Autor de “Fernando Pessoa: casi una biografía”, el abogado y escritor brasileño ha asegurado públicamente haber leído “diez o doce veces las 30.000 páginas de Pessoa”. Hace un año que lanzó la biografía de Pessoa, considerada la reconstrucción más completa de la vida del escritor portugués en la que se abordan las angustias, los amores, los heterónimos y la genialidad del mayor poeta de la lengua portuguesa.
Sus representantes no quisieron hablar de los intereses del comprador una vez acabada la subasta pero destacaron de él que se trata “de un pessoano”. Otro de los objetos más destacados de la subasta fue un diseño a lápiz sobre papel, “Emilia” de la pintora lusa Paula Rego que salió a la plaza por 2500 euros y fue adjudicada por 5400 euros.
(Te decía un amigo que la casa donde nació Verlaine y Eluard se han acondicionado como museos para atraer turistas en su país de origen. Le dijiste que lo mismo se podría hacer con la casa donde nació o vivió Edgar Allan Poe, aunque sea una casa llena de vómitos cafés, verdes y rojos. Alcanzaste a ver su risa extrañada y amarga. Nota en Abc en línea.)
domingo, 20 de mayo de 2012
Fuentes y la ropa importada
Cuando el presidente Fox, calzando aquellas inefables botas camperas de charol hechas a la medida en su propia fábrica, ante los reyes de España y personajes de las letras mencionó al gran novelista José Luis Borgues, se le fue encima una ola de rebato intelectual. Pero nadie reparó en que Borges no tiene una sola novela. Mi conclusión fue muy poco amable con los burlones: quien no señala que no es novelista (aunque debió ser nobelista) es porque no ha leído ni a Borges ni a Borgues. Son fariseos de la cultura, iletrados que no llegan a noticia porque no son nadie (no son nadie, no somos nada, no hay ninguno: el español exige doble negación en estos casos). Pedantillos.
Como lo es, pedantillo, el joven que pregunta al candidato del PRI qué significa anomia. Es un término común para quienes hicimos la carrera de Psicología, pero no es indispensable para gobernar: ya tendrá asesores que le digan que X problema es un caso de anomia social, y expondrán el remedio, sin un ¡lero, lero, no sabe! A ver… deja pensar… ¿Cuántos decimales lleva la longitud de Planck? No vale si lo gugleas.
No está nada mal que nuestros gobernantes tengan cultura literaria, musical y, sobre todo, científica; que levanten las cejas si alguien dice que Stravinsky comenzó sus estudios con Mozart, pero si no la tienen pueden aún ser buenos gobernantes. Ya sufrimos a un presidente que era lector y hasta deseaba ser escritor y a una primera dama que “dejó su brillante carrera como concertista de piano”, dijo en un Informe López Portillo… quizá obligado a taconazos un día antes. Y fueron lo peor que le pudo haber pasado a México, excepto para quienes desean revivir aquel 1982.
El régimen de López Portillo continuó el desastre iniciado por su amigo de adolescencia Luis Echeverría. La señora hizo tirar un muro de un lujoso hotel de Acapulco para que con grúa le subieran su piano cuando no iba a permanecer más de dos días. Y en una visita oficial, llegada que fue a Salzburgo, ante el clavecín de Mozart, sentose a interpretar algo ante la mirada en pánico de las autoridades del museo. Salvador Novo tiene una obra teatral que no he visto ni leído, pero se llama La culta dama. Ante la resurrección de aquellos usos y costumbres muchos clamamos al cielo, entre olivos o sin olivos: Padre, retira de mí este cáliz: ¡Nunca más un presidente lector y una culta dama!
Y no es que la cultura estorbe y traiga en automático estatizaciones de la banca, desastres en la macroeconomía, hiperinflación, sino que no es imprescindible. Las lecturas, como los viajes, abren el panorama y pueden ser importantes en el bagaje de un presidente de México. Pero nos ha ido peor con éstos, quizá porque leen la literatura equivocada. López Portillo se declaraba admirador de Camilo José Cela… que a mí me tiene sin cuidado. Hubiera sido mejor si leyera esa maravilla de Tom Wolfe, La hoguera de las vanidades. Algo sacaría de esa fuga a tres voces o más bien a tres universos trenzados con maestría.
Era niño en Guadalajara cuando leí en el diario que recibía mi padre que Novo tenía otra pieza de teatro llamada: Yocasta o casi. Como mi padre me había regalado las obras completas en tres tomos de los tres mayores trágicos griegos, sabía que Yocasta era la madre y luego esposa de Edipo, quien al tratar de huir del oráculo consigue que se cumpla. Tardé unos 30 años y “me cayó el veinte”. Era un juego de palabras de Novo: una buena jotería. Soy lento.
Debí tener un empujón que me diera la clave: fuimos a cenar un grupo de amigos entre los que iba una atractiva mujer con dos hijos adolescentes y guapos. El menor se le recostó en un hombro, como San Juan a Cristo, o en el escote más bien, pronunciado porque fue un verano parisino con calor acapulqueño. Con sonrisa cómplice, exclamé: Ay, Yocasta. A lo que mi amiga respondió: Yo… ¿casta? Un par de años o más fueron todavía necesarios para que entendiera el título de Novo.
Carlos Fuentes. Hace ya muchos años dejé de leer a Carlos Fuentes: fui cayendo en cuenta de que sus libros no estaban escritos para mí ni para ningún mexicano. El autor tenía en mente a sus lectores en Francia, EU, Suecia o Japón. Lo sentía en las constantes “notas a pie de página” que no estaban a pie de página, sino subidas al texto, para informar al lector qué era un mariachi o que el mole lleva chocolate. Hice lo que mi amiga Ángeles Mastretta cuando se percató de que un visitante no iba a verla a ella ni se dirigía a ella: discretamente se fue a dormir. Me permito mencionarlo porque leyó la anécdota en público.
En El espejo enterrado, serie de tv que muchos nos perdimos, Carlos Fuentes atribuye a Cristóbal Colón la idea del “buen salvaje”, que muchos creíamos de Rousseau, casi 300 años posterior. Creo que puedo dejar que el espejo siga enterrado. Lo mejor es el bonito pantalón de lino que viste Fuentes en una hermosísima playa. Pero también tengo uno. Y es Zegna.
(¿recuerdas cuál fue la última novela que leíste de Carlos Fuentes? "La cabeza de la hidra", un libro solemne y mamón en que su autor hace alarde de ingenio y erudición y de aburrimiento; al cerrar la última página de propusiste no volver a leer nada. ¿recuerdas la última vez que abandonaste el teatro antes que terminara una representación? Fue en el Festival Cervantino de Guanajuato, cuando un grupo extranjero interpretaba "Orquídeas a la luz de la luna", media sala lució vacía antes de transcurrida una hora; luego te enteraste que la compañía había prohibido abandonar el teatro antes de terminar la representación pues el ruido y las deserciones en cascada perturbaban el tempo escénico. Nota "De cultas damas" de Luis González de Alba en Milenio on line.)
Como lo es, pedantillo, el joven que pregunta al candidato del PRI qué significa anomia. Es un término común para quienes hicimos la carrera de Psicología, pero no es indispensable para gobernar: ya tendrá asesores que le digan que X problema es un caso de anomia social, y expondrán el remedio, sin un ¡lero, lero, no sabe! A ver… deja pensar… ¿Cuántos decimales lleva la longitud de Planck? No vale si lo gugleas.
No está nada mal que nuestros gobernantes tengan cultura literaria, musical y, sobre todo, científica; que levanten las cejas si alguien dice que Stravinsky comenzó sus estudios con Mozart, pero si no la tienen pueden aún ser buenos gobernantes. Ya sufrimos a un presidente que era lector y hasta deseaba ser escritor y a una primera dama que “dejó su brillante carrera como concertista de piano”, dijo en un Informe López Portillo… quizá obligado a taconazos un día antes. Y fueron lo peor que le pudo haber pasado a México, excepto para quienes desean revivir aquel 1982.
El régimen de López Portillo continuó el desastre iniciado por su amigo de adolescencia Luis Echeverría. La señora hizo tirar un muro de un lujoso hotel de Acapulco para que con grúa le subieran su piano cuando no iba a permanecer más de dos días. Y en una visita oficial, llegada que fue a Salzburgo, ante el clavecín de Mozart, sentose a interpretar algo ante la mirada en pánico de las autoridades del museo. Salvador Novo tiene una obra teatral que no he visto ni leído, pero se llama La culta dama. Ante la resurrección de aquellos usos y costumbres muchos clamamos al cielo, entre olivos o sin olivos: Padre, retira de mí este cáliz: ¡Nunca más un presidente lector y una culta dama!
Y no es que la cultura estorbe y traiga en automático estatizaciones de la banca, desastres en la macroeconomía, hiperinflación, sino que no es imprescindible. Las lecturas, como los viajes, abren el panorama y pueden ser importantes en el bagaje de un presidente de México. Pero nos ha ido peor con éstos, quizá porque leen la literatura equivocada. López Portillo se declaraba admirador de Camilo José Cela… que a mí me tiene sin cuidado. Hubiera sido mejor si leyera esa maravilla de Tom Wolfe, La hoguera de las vanidades. Algo sacaría de esa fuga a tres voces o más bien a tres universos trenzados con maestría.
Era niño en Guadalajara cuando leí en el diario que recibía mi padre que Novo tenía otra pieza de teatro llamada: Yocasta o casi. Como mi padre me había regalado las obras completas en tres tomos de los tres mayores trágicos griegos, sabía que Yocasta era la madre y luego esposa de Edipo, quien al tratar de huir del oráculo consigue que se cumpla. Tardé unos 30 años y “me cayó el veinte”. Era un juego de palabras de Novo: una buena jotería. Soy lento.
Debí tener un empujón que me diera la clave: fuimos a cenar un grupo de amigos entre los que iba una atractiva mujer con dos hijos adolescentes y guapos. El menor se le recostó en un hombro, como San Juan a Cristo, o en el escote más bien, pronunciado porque fue un verano parisino con calor acapulqueño. Con sonrisa cómplice, exclamé: Ay, Yocasta. A lo que mi amiga respondió: Yo… ¿casta? Un par de años o más fueron todavía necesarios para que entendiera el título de Novo.
Carlos Fuentes. Hace ya muchos años dejé de leer a Carlos Fuentes: fui cayendo en cuenta de que sus libros no estaban escritos para mí ni para ningún mexicano. El autor tenía en mente a sus lectores en Francia, EU, Suecia o Japón. Lo sentía en las constantes “notas a pie de página” que no estaban a pie de página, sino subidas al texto, para informar al lector qué era un mariachi o que el mole lleva chocolate. Hice lo que mi amiga Ángeles Mastretta cuando se percató de que un visitante no iba a verla a ella ni se dirigía a ella: discretamente se fue a dormir. Me permito mencionarlo porque leyó la anécdota en público.
En El espejo enterrado, serie de tv que muchos nos perdimos, Carlos Fuentes atribuye a Cristóbal Colón la idea del “buen salvaje”, que muchos creíamos de Rousseau, casi 300 años posterior. Creo que puedo dejar que el espejo siga enterrado. Lo mejor es el bonito pantalón de lino que viste Fuentes en una hermosísima playa. Pero también tengo uno. Y es Zegna.
(¿recuerdas cuál fue la última novela que leíste de Carlos Fuentes? "La cabeza de la hidra", un libro solemne y mamón en que su autor hace alarde de ingenio y erudición y de aburrimiento; al cerrar la última página de propusiste no volver a leer nada. ¿recuerdas la última vez que abandonaste el teatro antes que terminara una representación? Fue en el Festival Cervantino de Guanajuato, cuando un grupo extranjero interpretaba "Orquídeas a la luz de la luna", media sala lució vacía antes de transcurrida una hora; luego te enteraste que la compañía había prohibido abandonar el teatro antes de terminar la representación pues el ruido y las deserciones en cascada perturbaban el tempo escénico. Nota "De cultas damas" de Luis González de Alba en Milenio on line.)
martes, 15 de mayo de 2012
Murió Carlos Fuentes (1928)
El escritor mexicano Carlos Fuentes falleció hoy en el sur de la capital mexicana tras ser hospitalizado de manera repentina por sufrir una "hemorragia masiva", según fuentes médicas y de su casa editorial.
Esta mañana, Fuentes, de 83 años, se encontraba en su casa, ubicada en el barrio de San Jerónimo, en el sur de la capital, pero se sintió indispuesto y fue trasladado a un hospital del sur de la capital, donde fue estabilizado, pero posteriormente falleció, han confirmado fuentes de la editorial Alfaguara.
El médico Arturo Ballesteros, quien atendió al novelista en su casa, dijo que a las cinco de la madrugada la esposa del autor, Silvia Lemus, se dio cuenta de su estado, pero cuando su médico acudió a su domicilio ya había entrado en estado de shock. "Lo trasladamos inmediatamente al Hospital Ángeles, desafortunadamente, a pesar de todas las maniobras que se hicieron, falleció a las 12.15" horas, ha precisado el médico a la emisora Radio Centro.
Fuentes de Alfagura han dicho que el novelista se encontraba bien de salud en los últimos días, tanto "que se echó un viaje de más de un mes a Estados Unidos, a Brasil, a la Feria del Libro de Buenos Aires y a Chile" hace poco.
Cosmopolita que guió la literatura de su país hacia la modernidad, Fuentes tenía incluso tenía previsto ofrecer en los próximos días algunas entrevistas con motivo de su próxima novela.
El autor de obras como Terra Nostra , cuya muerte ha sido llorada por autoridades, escritores y artistas, obtuvo el Premio Cervantes en 1987 y el Premio Príncipe de Asturias en 1994. Ayer mismo, había sido nombrado ayer doctor honoris causa por la Universidad de las Islas Baleares (UIB) a propuesta del departamento de Filología Española, Moderna y Clásica de la universidad balear.
Fuentes está considerado como uno de los escritores más brillantes de las letras hispanas, entre cuyos galardones figura el premio de la Real Academia Española en 2004. Además de la UIB, también fue honoris causa de otras universidades españolas, como la UNED (2000), la Universidad de Cantabria (2001) y la Universidad de Castilla-La Mancha (2005).
Crítico del nacionalismo oficial mexicano, cosmopolita, Fuentes (nacido en Panamá, de padres mexicanos) ejerció una notable crítica contra su país, en particular invocando una y otra vez su incapacidad para convertirse en una sociedad moderna y empeñado en desvelar los misterios del alma mexicana. Desde la literatura encaminó a la narrativa en lengua española hacia la modernidad.
Amante del idioma en que escribía, llegó a decir que su lucha por conservar el español duró toda su niñez, pues estuvo "a punto de perder su idioma nativo cada veinticuatro horas". "El idioma quería decir para mí nacionalidad: era un conjunto opresivo de significados sujetos siempre a lucha, a reconquista", afirmó Fuentes, considerado el fundador de la novela modernista en México.
(nota en Público en línea.)
Esta mañana, Fuentes, de 83 años, se encontraba en su casa, ubicada en el barrio de San Jerónimo, en el sur de la capital, pero se sintió indispuesto y fue trasladado a un hospital del sur de la capital, donde fue estabilizado, pero posteriormente falleció, han confirmado fuentes de la editorial Alfaguara.
El médico Arturo Ballesteros, quien atendió al novelista en su casa, dijo que a las cinco de la madrugada la esposa del autor, Silvia Lemus, se dio cuenta de su estado, pero cuando su médico acudió a su domicilio ya había entrado en estado de shock. "Lo trasladamos inmediatamente al Hospital Ángeles, desafortunadamente, a pesar de todas las maniobras que se hicieron, falleció a las 12.15" horas, ha precisado el médico a la emisora Radio Centro.
Fuentes de Alfagura han dicho que el novelista se encontraba bien de salud en los últimos días, tanto "que se echó un viaje de más de un mes a Estados Unidos, a Brasil, a la Feria del Libro de Buenos Aires y a Chile" hace poco.
Cosmopolita que guió la literatura de su país hacia la modernidad, Fuentes tenía incluso tenía previsto ofrecer en los próximos días algunas entrevistas con motivo de su próxima novela.
El autor de obras como Terra Nostra , cuya muerte ha sido llorada por autoridades, escritores y artistas, obtuvo el Premio Cervantes en 1987 y el Premio Príncipe de Asturias en 1994. Ayer mismo, había sido nombrado ayer doctor honoris causa por la Universidad de las Islas Baleares (UIB) a propuesta del departamento de Filología Española, Moderna y Clásica de la universidad balear.
Fuentes está considerado como uno de los escritores más brillantes de las letras hispanas, entre cuyos galardones figura el premio de la Real Academia Española en 2004. Además de la UIB, también fue honoris causa de otras universidades españolas, como la UNED (2000), la Universidad de Cantabria (2001) y la Universidad de Castilla-La Mancha (2005).
Crítico del nacionalismo oficial mexicano, cosmopolita, Fuentes (nacido en Panamá, de padres mexicanos) ejerció una notable crítica contra su país, en particular invocando una y otra vez su incapacidad para convertirse en una sociedad moderna y empeñado en desvelar los misterios del alma mexicana. Desde la literatura encaminó a la narrativa en lengua española hacia la modernidad.
Amante del idioma en que escribía, llegó a decir que su lucha por conservar el español duró toda su niñez, pues estuvo "a punto de perder su idioma nativo cada veinticuatro horas". "El idioma quería decir para mí nacionalidad: era un conjunto opresivo de significados sujetos siempre a lucha, a reconquista", afirmó Fuentes, considerado el fundador de la novela modernista en México.
(nota en Público en línea.)
lunes, 23 de enero de 2012
Un cementerio cibernético
Mi máquina de escribir se convirtió en una nave espacial
De otra manera no hubiera conocido a George López, Bryan Ferry, Francesco De Gregori, Gerald Edelman, Eric Kandel, Bill Maher, Oliver Sacks, Nicholas Carr, Jon KabatZinn, porque a través de YouTube he podido asomarme al pasado y ver también una película de 1926: Berlin, sinfonía de una gran ciudad, de Max Rutman. Todo está en Internet si uno saber preguntar.
Tampoco hubiera escuchado la filarmónica de Berlín ni a mis dos adoradas pianistas: MitsukoUshida y María Joao Pires.
Yo andaba a principios de los 90 atreviéndome a usar mi primera computadora: una que tenía letras amarillas sobre pantalla negra y me encantó sacar de allí mi libro sobre Leonardo Sciascia y luego mi novela Transpeninsular (http://elimperiodeladios.blogspot.com/), pero luego me puse a cavilar: ¿qué es eso de pasarse a Macintoch? ¿Será una traición? Nadie me lo podía explicar.
—Tienes que sentirlo —me decía Marta Lule—. No se te puede explicar, como no se puede explicar el jazz, el orgasmo, la experiencia de la lectura profunda.
Me puse entonces a hacer una pequeña encuesta y resultó que no pocos escritores escribían en Mac: Gabriel García Márquez, Juan Villoro, Adolfo Aguilar Zínser, Juan Marsé, Fernando Vallejo, David Huerta, Jorge Castañeda (y no Carlos Fuentes que todavía escribe en una Smith Corona de 1954), Jorge Aguilar Mora. Total que lo único que yo quería era una máquina de escribir, no una nave espacial. Porque una vez con al armatoste electrónico en el escritorio uno se conecta con todo el mundo y con lo que se alcanza a ver desde este mundo: puede uno ubicarse al frente de una nave que mandó la NASA a Marte hace unos años y ver (cuando hay luz) lo que va apareciendo por delante. Total que ahí vamos en la nave espacial Tierra, según decía BuckministerFuller, y yo lo único que quería era una máquina de escribir, como la Olivetti portátil que me regaló una profesora de Tijuana en 1967.
Pero esto de andar navegando por el ciberespacio no era la idea. Ya de mío era yo muy disperso. Mi problema siempre ha sido la impotencia para concentrarme por periodos superiores a los diez minutos seguidos. Total, si antes no podía escribir porque se me iba el santo al cielo, ahora menos: me llovió sobre mojado y entré en la maravillosa máquina de la dispersión (somos los pioneros de una nueva época). Pero también en la red he podido encontrar un programa para escritores dispersos, de esos que ya no escriben porque no se concentran. Allí te dicen que procures meditar, que oigas las conferencias de Jon KabatZinn porque, como él dice, en nuestro tiempo todos padecemos de déficit de atención. Palabras clave: attention, concentration y focus. Todos, niños y adultos, debido a que el contacto con Internet nos ha dividido la atención: ha transformado nuestra forma de leer y de pensar… y de escribir.
Además hay un cementerio cibernético, donde quedan todos los blogs de las personas muertas. El blog del poeta Alejandro Aura se puede visitar y, como en los libros, el lector puede conversar con él. Tenía razón Quevedo: vivo en conversación con mis difuntos.
(Un viaje raudo al pasado, pudo ser el título de esta nota entrañable del escritor Federico Campbell, tomada del diario en línea Río Doce.)
De otra manera no hubiera conocido a George López, Bryan Ferry, Francesco De Gregori, Gerald Edelman, Eric Kandel, Bill Maher, Oliver Sacks, Nicholas Carr, Jon KabatZinn, porque a través de YouTube he podido asomarme al pasado y ver también una película de 1926: Berlin, sinfonía de una gran ciudad, de Max Rutman. Todo está en Internet si uno saber preguntar.
Tampoco hubiera escuchado la filarmónica de Berlín ni a mis dos adoradas pianistas: MitsukoUshida y María Joao Pires.
Yo andaba a principios de los 90 atreviéndome a usar mi primera computadora: una que tenía letras amarillas sobre pantalla negra y me encantó sacar de allí mi libro sobre Leonardo Sciascia y luego mi novela Transpeninsular (http://elimperiodeladios.blogspot.com/), pero luego me puse a cavilar: ¿qué es eso de pasarse a Macintoch? ¿Será una traición? Nadie me lo podía explicar.
—Tienes que sentirlo —me decía Marta Lule—. No se te puede explicar, como no se puede explicar el jazz, el orgasmo, la experiencia de la lectura profunda.
Me puse entonces a hacer una pequeña encuesta y resultó que no pocos escritores escribían en Mac: Gabriel García Márquez, Juan Villoro, Adolfo Aguilar Zínser, Juan Marsé, Fernando Vallejo, David Huerta, Jorge Castañeda (y no Carlos Fuentes que todavía escribe en una Smith Corona de 1954), Jorge Aguilar Mora. Total que lo único que yo quería era una máquina de escribir, no una nave espacial. Porque una vez con al armatoste electrónico en el escritorio uno se conecta con todo el mundo y con lo que se alcanza a ver desde este mundo: puede uno ubicarse al frente de una nave que mandó la NASA a Marte hace unos años y ver (cuando hay luz) lo que va apareciendo por delante. Total que ahí vamos en la nave espacial Tierra, según decía BuckministerFuller, y yo lo único que quería era una máquina de escribir, como la Olivetti portátil que me regaló una profesora de Tijuana en 1967.
Pero esto de andar navegando por el ciberespacio no era la idea. Ya de mío era yo muy disperso. Mi problema siempre ha sido la impotencia para concentrarme por periodos superiores a los diez minutos seguidos. Total, si antes no podía escribir porque se me iba el santo al cielo, ahora menos: me llovió sobre mojado y entré en la maravillosa máquina de la dispersión (somos los pioneros de una nueva época). Pero también en la red he podido encontrar un programa para escritores dispersos, de esos que ya no escriben porque no se concentran. Allí te dicen que procures meditar, que oigas las conferencias de Jon KabatZinn porque, como él dice, en nuestro tiempo todos padecemos de déficit de atención. Palabras clave: attention, concentration y focus. Todos, niños y adultos, debido a que el contacto con Internet nos ha dividido la atención: ha transformado nuestra forma de leer y de pensar… y de escribir.
Además hay un cementerio cibernético, donde quedan todos los blogs de las personas muertas. El blog del poeta Alejandro Aura se puede visitar y, como en los libros, el lector puede conversar con él. Tenía razón Quevedo: vivo en conversación con mis difuntos.
(Un viaje raudo al pasado, pudo ser el título de esta nota entrañable del escritor Federico Campbell, tomada del diario en línea Río Doce.)
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