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sábado, 10 de agosto de 2013

Pedro Lemebel, cronista

Bailando con la pálida

Parece una contradicción estar tratando de escribir sobre la yerba y sin un puto pito, ni una pizca de fumo con el cual pueda empinar esta crónica verde. “En casa del herrero cuchillo de palo”, dice el dicho popular, pero tampoco es tan imprescindible, ya que existe la memoria del volado, y aunque se diga que con los años, la quemazón de pastizales en el cerebro hace estragos en las neuronas, no es para tanto, porque con todo lo que he consumido no recordaría ni siquiera mi nombre. Aunque a veces, fumando, tampoco recuerdo mi sexo, pero es solo una coquetería de género para esfumarme en la negación del yo fumón. Al parecer la memoria momentánea es dudosa con la yerba, (el típico ¿Y que hora es?, conteniendo el humo, y no ha pasado nada de tiempo) Pero en realidad, cuando escribo no fumo y hago el rito de pensarme fumando en el ayer (otra vez el ayer). Viste que esta planta es emotiva y su evocación poética te lleva de la mano flotando sobre esos prados de estrellas por siempre. Pienso que es una forma de evocación más dispersa, más evocadora; pero absolutamente más intensa en su lírica emancipada que replantea el remember con estertores de emoción.
Quizás, a falta de un pito estoy idealizando. Cuando no hay que fumar, uno se pone a hablar de los momentos mágicos de la yerba, y es como vivirlos de nuevo. Es como abrir la ventana del recuerdo, tras la cordillera, para verme años más pendejo, años más inocente, años más disipada, vacilando con unos chicos del barrio San Miguel de Buenos Aires.
Eran tres pimpollos que me habían recogido (levantado de la ruta) ofreciéndome hospedaje en su casa. Qué lindos eran, con sus ojitos llorosos al aspirar el caramelo ácido de la mari paraguaya que fumábamos en aquella placita de barrio, tan de noche, tan entusiasmados que trepamos todos juntos a un monumento altísimo de San Martín u otro prócer a caballo. Eran tres flacos bien porteños, rokerazos, fumones y vagonetas en la rua dispersa del humito azul de aquella paraguaya prensada con miel que daba un bouquet, loco, un espesor de THC, boludo, que te dejaba pegados los dedos, y era pegote compartir la tuca, de tan achocolatada de pasta, viste.
Al primer sorbo, me pegó un aletazo en la frente y quedé montado en el caballo de San Martín. Al aspirar profundamente el segundo, ya no quería más, todo giraba, las caras de los chicos se acercaban y alejaban deformes, como lisérgicas…
¡Huy! que fuerte. Hice el comentario. ¿Te parece?, es solo un fumito, ché. ¿Queres otro para quedar re loco? Andá, los chilenos son duros, fúmate otro. A mí, las palabras me rebotaban en un túnel y se desarmaban en mi cabeza. De pronto no sabía donde estaba, ni qué hacía ahí. Cómo había llegado, trataba de recordar lo que había hecho antes, y nada, todo era presente, absoluto y delirantemente presente. El pánico me empezó a subir desde los pies que colgaban a gran altura desde la estatua de San Martín. Al comienzo pensé rechazar el segundo fumo porque no sabía dónde iba a llegar, pero creí falsamente que eso era todo, total la yerba tiene techo y no podía subir más que eso. Pero me equivoqué al aceptar el segundo joint haciéndome la pantera canabis, porque seguí subiendo, como en un trip, como en ácido, así de violento y aterrante. Y cada vez estaba más arriba del suelo, volando en el corcel del prócer agarrado a su cintura. Era una pálida sin duda, una agonía tanguera esa mezcla de éxtasis, sudor helado y un terror paranoico de las reputas que lo único que deseaba era estar en mi hogar de Santiago, en mi cama, acunado por mamá. Pero eso queda muy lejos, estas en Buenos Aires, reían los chicos viéndome volar como una golondrina crespa, embarazada de pujos y estertores y escalofríos y nauseas y mareos. Entonces se asustaron un poco. Y entre todos me bajaron de la estatua y me recostaron en el pasto haciéndome friegas en los brazos.
Tampoco era para tanto, y yo fingía un poco el desmayo al escuchar que me darían respiración boca a boca. ¿Estás seguro que no es la primera vez que fumas?, me preguntó el chico más atento del grupo soplándome la cara con su aliento de canábico dulzor.
 
 
(texto reproducido del sitio "el ciudadano", Santiago de Chile)

lunes, 18 de marzo de 2013

Federico Campbell (1941 )

El profesor Zonta


Nos daba clases de educación física en la pista del que antes fuera el galgódromo de Agua Caliente. Se veía un hombre triste y muy bien parecido. Sus antepasados italianos —su padre, Celio— procedían de la región del Veneto y se instalaron en el mineral de Santa Rosalía, en Baja California Sur, donde en 1929 nació el profesor.
Era una gloria del beisbol local: tercera base o fielder de los Potros. El año: 1948. Tijuana tuvo desde entonces un nivel profesional digno de las Grandes Ligas cuando Eugenio Carrasco compró la franquicia de los Colts de Salinas, California. De ahí el nombre del equipo: los Potros, nada qué ver con la simbología tijuanense que se gestó en el hipódromo y sus personajes.
Hay una fotografía de un muchacho de unos 19 años cuyo pie, abajo a la izquierda, dice: “Raymundo Zonta, Mr. Homerun, el primer pelotero profesional de alto poder en Tijuana. 1948”. Viste el uniforme gris de los Potros, de pantalones anchotes y holgadas mangas, y sonríe bajo la visera de una cachucha guinda en la tercera base del estadio de la Puerta Blanca.
Tijuana era entonces una ciudad de jockeys y pelotaris, pues así se les llamaba a los jugadores vascos del Jai Alai. Más de un drama se llegó a conocer de aquellos jinetes chaparritos e infelices que padecían los arreglos gangsteriles del Johnny Alessio.
Nunca más en la vida volví a saber algo del profesor Zonta. Me han contado que algunos años después, antes de cumplir los cuarenta, se sacó la lotería y se compró un Cadillac Eldorado convertible rojo. Salía a pasear, dicen, por el bulevar Agua Caliente y la Vuelta, una esquina que hace virar los autos hacia la avenida Revolución. Iba con una chamaca, nunca dejó de tener suerte como galán. Hizo varios viajes, a Japón, a China. Se construyó una casa en la playa de la Paloma, frente al mar infinito y callado del Pacífico. Pero de pronto se interrumpió su vida. Su corazón se negó a seguir palpitando y Raymundo Zonta no llegó a los cuarenta años.
¿Por qué era tan triste? Su porte, su perfil griego, su musculatura, su salud, hablaban de alguien que sin duda llegaría a los noventa años. Nunca lo vimos sonreír. Porque no hablaba. Apenas pronunciaba las palabras: las indispensables para indicarnos cómo se hacía el salto triple o debían de colocarse las puntas de los pies al arrancar en las carreras de atletismo.
Uno de nosotros, Cantú, era el imbatible corredor de los 400 metros. Otro, Julián, era una liebre y antes que nadie, segundos después, ya estaba en la meta de los cien metros. El galgódromo había pertenecido al casino en los años veinte. Los tablones de las gradas ya estaban podridos y era muy peligroso subirse a caminar o sentarse en ellos. Una estudiante de la Poli había muerto ya en una caída.
Pero tal vez el profesor Zonta no era como yo digo ni como lo recordamos o lo inventamos. No fue para nosotros más que un atleta guapo y melancólico, dueño de un secreto indescifrable que se llevó a esa tumba a la que nunca le faltan flores en el cementerio de la Puerta Blanca.


(Si Daniel Sada viviese, le pediría permiso a FC para recrear esta historia verídica y muy personal. Nota tomada del sitio "río doce".)

viernes, 31 de agosto de 2012

Crónica latinoamericana, sus raíces

Una antología es esencialmente un catálogo de posibilidades; un muestrario más o menos parejo que busca estimular el interés público por un grupo de autores que se destacan en determinado género, o más bien (vale recordarlo) por los textos de esos autores. Mejor que ficción, editado por el español Jorge Carrión y Antología de crónica latinoamericana actual, editado por el colombiano Darío Jaramillo Agudelo, son dos libros que, además de compartir la fecha de publicación (apenas un mes de diferencia, marzo y abril de 2012), esperan ofrecer un compendio de lo mejor de la crónica contemporánea escrita en español. Era inevitable que tuvieran otros puntos en común: varios autores participan en ambas antologías (Pedro Lemebel, María Moreno, Leila Guerriero, Juan Villoro, Alberto Salcedo Ramos y siguen las firmas), y ambos prólogos, con mayor o menor énfasis, ubican los antecedentes del periodismo narrativo hispanoamericano actual en la crónica de Indias, en la literatura de viajes, en el Modernismo y finalmente en el llamado "nuevo periodismo norteamericano", que tuvo a Truman Capote y a Tom Wolfe en sus filas destacadas. Todo esto sin perder de vista que hay otros abrevaderos y otros antecedentes (todos múltiples, todos lícitos), y que finalmente nunca parece decirse lo suficiente cuando se quiere contar la historia de una manera de escribir.

Pareciera también que nunca termina de zanjarse el asunto de qué es una crónica. En una antología de cuentos, difícilmente el compilador explique qué es un cuento o qué es un cuentista. Las colecciones de crónicas, en cambio, siempre entran en el terreno de las definiciones. En Mejor que ficción, Jorge Carrión sostiene que la crónica no es un género, sino un debate: "las palabras nos hacen un poco más libres, por eso tantos cronistas han inventado las suyas para definir su trabajo". La crónica, en efecto, es posiblemente el género (o debate) más sobredefinido de los últimos tiempos: cada (buen) cronista ha hecho su propia interpretación de los modos subjetivos de contar la realidad, sin traicionarla. Quizá la crónica escape tanto al cajón estanco de los conceptos porque los hechos reales son complejos y movedizos, y porque los modos de abordarlos son tan infinitos como de subjetividades está poblado el mundo. Pero esto también puede decirse de la ficción.

Será, tal vez, que frente al imperio del periodismo digerido y veloz, la crónica, que tiene espacios acotados de publicación, busca siempre afianzarse; demostrar que es un lugar para comprender la realidad, elaborado con el favor del tiempo, con la inmersión en el entorno, con la investigación responsable y un buen dominio de la escritura.

Pero idealizar no suma nada: no toda crónica es buena ni todo artículo periodístico breve e impersonal es malo. Ningún género per se engendra genialidades ni monstruos.

Siempre en el terreno de la buena crónica, para Jaramillo Agudelo se trata de "la prosa narrativa de más apasionante lectura y mejor escrita hoy en día en Latinoamérica", y la describe como una "obra de arte" que no puede darse el privilegio de aburrir, que conoce la eficacia de las técnicas narrativas y que tiene, sobre todo, una voluntad de estilo.
Esa voluntad de estilo ha guiado en buena medida la selección de ambos editores (quienes, a su vez, son escritores): la mirada personal, la prosa precisa, rítmica y, si se quiere, bella (el pacto obligatorio con la realidad se da por sentado). La selección de Carrión inicia con el cambio de siglo e incluye a veintiún autores, de los cuales solo dos son españoles: Jordi Costa y Guillem Martínez. La de Jaramillo Agudelo empieza en la década de los `90 y reúne a cuarenta y seis cronistas. La aparición simultánea de ambas antologías, los autores que las componen y las publicaciones de las que fueron tomados la mayoría de los textos (Gatopardo, Soho, Etiqueta Negra, El Malpensante, Lamujerdemivida) dicen algo acerca de la crónica periodística contemporánea en español; como mínimo, que la voluntad de escribirla está hoy, sobre todo, en América Latina.

En cuanto a los temas, los dos editores coinciden en cierta tendencia recurrente. "El periodista narrativo es proclive a buscar lo estrambótico, lo periférico, lo extraño", escribe Carrión. Jaramillo Agudelo, por su parte, considera que "a la crónica le fascina la víctima. Y el espacio prohibido, gueto o secta, cárcel o frontera caliente. El momento del despelote, por terremoto o lluvia, por represión o mera y patética violencia para poder sobrevivir".

Las dos antologías, sin embargo, expanden los temas hacia los deportes, los viajes, el sexo, la literatura, el cine, el relato autobiográfico. Carrión incluyó, además, un "Diccionario abreviado de cronistas hispanoamericanos": una guía de autores y de títulos para que el lector interesado busque por su cuenta. Jaramillo Agudelo también alienta la búsqueda de cronistas fuera de su selección, pero espera que, por lo pronto, Antología de crónica latinoamericana actual sea el libro ideal para llevar a una isla desierta.


(El siglo XIX mexicano fue pródigo en cronistas que se expresaron en los diarios capitalinos, los hubo costumbristas como Artemio de Valle-Arizpe o aquellos que satirizaban la vida social, la moda de damas y varones, los gustos, las carpas y los teatros. Hubo aquellos que describieron la llegada del cinematógrafo como el surgimiento de una expresión cultural y social de las clases media y baja. Pero también floreció el corrido como aquella expresión que cronicaba hechos violentos, trágicos o heroicos. Para estudiosos como José Emilio Pacheco la verdadera literatura decimonónica se dio en el periodismo. Reseña de Ana Prieto tomada íntegra de "revistañ", Clarín, Buenos Aires.)