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domingo, 9 de septiembre de 2012

Cine: producción horizontal

El actual modelo de producción cinematográfica no se lo pone nada fácil a los jóvenes creadores. Que se lo pregunten si no, por ejemplo, a Martín Sastre. El artista y director uruguayo rodó hace dos años Miss Tacuarembó, y comprobó en carnes propias el pedregal de penurias que es necesario atravesar a pies descalzos para recaudar financiación. Aunque también extrajo conclusiones constructivas, como que la Red es un catalizador de talentos y sinergias. “Convoqué unas pruebas en Internet para encontrar a la protagonista del filme, de 8 o 9 años, que tenía que bailar, cantar y actuar”, explica.

A lo largo de 40 días recibió más de 10.000 solicitudes de América Latina, lo que le dio “la pauta de los nuevos medios aplicados a la producción audiovisual”. De ahí surgió la idea de utilizarlos como “acelerador”. El resultado se esconde tras el acrónimo L.A.L.A (Link Audiovisual Latino-Americano), una plataforma online enfocada en América Latina donde España también tiene cabida. Con esta herramienta, que funciona como una red social, los profesionales del cine -desde los autores hasta los productores, directores, intérpretes y el equipo técnico- pueden encontrar no solo financiación, sino también un punto de encuentro y de búsqueda de empleo.
Para poner el dinero, detrás de la iniciativa hay un grupo de inversores privados. No dan más de 100.000 euros por película. O sea, poco. Pero suficiente si se tiene el ingenio necesario. Para hallar ese paradigma de lo bueno, bonito y barato, “intentamos crear un método de producción L.A.L.A”, explica Sastre (Montevideo, 1976), que señala que el experimento comenzará a ponerse en práctica próximamente. El fundamento es que los miembros del equipo que vaya a realizar la película, al menos el 50% de ellos, se seleccionen a partir de votaciones emitidas en la web soylala.com, en las que pueden participar todos los trabajadores de lo audiovisual inscritos en la página. “Y los entusiastas también pueden tener un usuario para tomar decisiones, porque queremos transparencia”.

Antes, un autor, un productor y un director, que pueden ser la misma persona, habrán presentado su
proyecto fílmico, que debe incluir un plan de negocio y de producción. Las propuestas se someterán a consideración de la comunidad, lo que dará lugar a un proceso de selección en el que se tendrá en cuenta las votaciones. Los proyectos que reciban más apoyos obtendrán instrucciones del equipo de L.A.L.A sobre cambios o mejoras necesarios, y que deberán ser implementados en 40 días. Una vez cumplido el plazo, se elegirá a uno de los equipos, que rodará su película. “Somos un productor que es una comunidad, no una sola persona, lo que da lugar a un sistema limpio desde el principio”.
Las ganancias que genere el filme se repartirán, dice Sastre, “equitativamente”. “Siempre exigiremos que se respeten las tarifas de los sindicatos de cada país”, añade. Algo que no siempre ocurre con la actual forma de trabajar, “corrupta”. “Es imposible hacer cine en Hollywood sin seguir el proceso de producción, es una parte del proyecto. Nosotros intentamos encontrar un sistema que refleje un nuevo cine iberoamericano”.
Desde que soylala.com se lanzara a mediados de junio, se han inscrito más de 3.000 usuarios. “Es una respuesta buena, que habla de una necesidad”. El primer proyecto que van a producir, este año, es una película del propio Sastre, El ángel, “un homenaje” a El ángel exterminador, de Luis Buñuel. “Es la historia de un grupo de personas que se quedan encerradas en un museo”, cuenta. Se nota que se sabe aquello de que el cambio empieza por uno mismo.


(Sé de muchos directores novatos que apoyarán este proyecto o, en su defecto, se embarcarán en planes parecidos, aunque la experiencia de Martín Sastré es valiosa e insustituible.Nota reproducida del sitio El País.)

sábado, 2 de junio de 2012

Liz Taylor, queer

Muchas versiones hay sobre la escena del accidente, tantas como invitados hubo en aquella fiesta en casa de Elizabeth Taylor y su entonces marido, Mike Wilding, pero todas coinciden en el tramo en el que ella entra la mano en el cuerpo de su amigo y lo salva. El más creíble testigo, Kevin McCarthy, lo contó así: “Entonces volví corriendo a la casa y les pedí a Elizabeth y a Mike que llamaran a una ambulancia, el auto de Clift había dado varias vueltas, estaba envuelto en humo y mucho olor a gas, y yo no encontraba el cuerpo por ningún lado. Mike enseguida llamó a la ambulancia y ella salió corriendo hacia el auto, no pudimos detenerla, se metió por el baúl y encontró a Clift atrapado en el asiento de atrás. Lo zamarreó, le puso la cabeza sobre su falda y cuando se dio cuenta de que se estaba ahogando, metió su mano y le arrancó dos dientes que le habían quedado clavados en la garganta. Lo salvó”. Elizabeth Taylor, que además lo acompañó durante el proceso de reconstrucción estética y se encargó de que ningún fotógrafo se llevara una imagen de su amigo desfigurado, aparece fijada en esta escena como la gran liberadora de esas cosas que quedan atrapadas en la garganta hasta la muerte. De aquí en más será la amiga de los gays y con su intercambio dejará el molde público de estas relaciones en las que ninguno de los sentimientos están muy claros según los parámetros binarios en los que además de masculino y femenino, hombre y mujer, hétero y homo, habrá que agregar amor y amistad.

Para los amantes de las estadísticas: a los ocho maridos, a las decenas de operaciones, a los kilos de barbitúricos, pueden sumarse en el prontuario de Liz los nombres de Roddy McDowell, Rock Hudson, Montgomery Clift, James Dean, Michel Jackson, Andy Warhol, Tennessee Williams (ella convirtió en éxito de pantalla cuatro de sus obras teatrales) y muchos más. Homosexuales o bisexuales o “dudosos” que aparecen como amigos íntimos desde los años ’50, la misma época en que el presidente Eisenhower firmaba la Orden Ejecutiva Nº 10450 por la cual el gobierno se negaba a dar trabajo a homosexual alguno, en nombre de la seguridad nacional.
¡Queer Elizabeth! Mucho antes que Madonna con sus bailarines, que Lady Di con su Elton John y que Lady Gaga con su furia militante, mientras hacía explotar el matrimonio para toda la vida y el turismo en Puerto Vallarta, Elizabeth cultivaba lealtades que más tarde se convertirían en banderas de la agenda progresista.
En 1985, cuando Rock Hudson, acusado (falsamente) por su novio de haberle contagiado “la peste rosa”, patéticamente solo detrás de su Sarcoma de Kaposi aparece acompañado en las peores fotos por Elizabeth quien, con impasible cara de mejor amiga, toma la mano tan temida y arma una fundación que consigue sumas millonarias para luchar contra un virus entonces vergonzante y que, aunque parezca una exageración, con su presencia adquiere no sólo visibilidad sino cierto glamour.
“¿Saben cómo es cuando uno ama con locura a alguien, pero no puede explicar por qué? Bueno, así es como yo amo a Bessie Mae.” Es la famosa declaración de amor de Montgomery Clift, que como hacen los amantes de verdad, le había inventado un nombre que algunos biógrafos entendieron como señal de encubierta heterosexualidad y para otros se mantiene como un acertijo de las relaciones que son imposibles, pero que se dan. Las relaciones de Taylor con sus amigos homosexuales marcan, a su vez, un quiebre en una tradición de iconos gay signados por el sacrificio y la distancia. A esos componentes que encarna a la perfección la sufrida y talentosa Judy Garland (casada con un artista gay, Vincente Minnelli, e icono de la libertad merecida desde los tiempos en que le cantaba al arco iris en El mago de Oz), Taylor le suma algo más. Tiene todas las tragedias que se le busquen, la belleza que se le pida, pero está lista para arremangarse cuando llega la ola de mal olor. Se llame sida, acusación de pedofilia o papelón. Estaba protegida y lo sabía: “La fama es como un desodorante, ahuyenta lo peor”.
Ella se ha llevado mucho closet a la tumba. El mismo día en que ella murió, su biógrafo –que había guardado el secreto hasta ese día– no dudó en colgar confidencias en Internet: “Quise mucho a James Dean. Voy a contarte algo, pero tiene que ser off the record hasta el día de mi muerte. Cuando James tenía once años y su madre murió, comenzó a ser abusado por su tutor. Creo que eso lo torturó toda su vida. Cuando filmábamos Gigante, nos pasábamos noches enteras hablando y ésta es una de las cosas que me confesó”. Se sospecha que más objetos de insólito valor y más secretos, sobre todo de los amigos a quienes acompañó y protegió en sus closets, irán apareciendo en los próximos años.


(nota de Liliana Viola en "soy", suplemento de Página/12, diario argentino online. El glamour de ese mundo, mitad fantasía y mitad realidad, fue recreado por un talentoso Truman Capote en su maravilloso libro de relatos "Música para camaleones", que un día te regaló Pablo Ullrich.)

sábado, 24 de marzo de 2012

Cines de barrio, de ayer

Mientras The New York Times señala que la temporada 2011 culminó con la concurrencia más baja a los cines en los últimos 16 años, un grupo de vecinos de Buenos Aires impulsa una movida para que se reabran las perdidas salas del Gran Rivadavia, el Aconcagua, el Taricco, El Progreso y el Arteplex Caballito. El asunto cuenta con el apoyo de artistas, gente de la Cultura y el INCAA. El pasado viernes 9, con programación a cargo de los vecinos, se proyectaron frente a los cines cerrados “Medianeras”, “Un cuento chino” y “Juntos para siempre”, bajo el emblema “Un barrio de película”. La propuesta tiene un costado entrañable y es de un romanticismo candoroso. Como emperrarnos con que vuelvan el tranvía, los discos de vinilo y los grabadores Geloso. Pasa que los hábitos de consumo cinematográfico han cambiado. La gente ve cine por tv, en dvd o compra películas truchas. Como vecino de Caballito, concurrí en mi juventud al cine Moreno, más tarde reciclado en Lyon 1 y 2, luego Cinedúplex y finalmente Arteplex. Ahí, los asistentes nos sentíamos como miembros de un club social. Nos reconocíamos como cofrades que amaban el buen cine. Hasta que nos instalaron el Complejo Village enfrente. Algunos optimistas argumentaron que íbamos a ganar con el rebote. No fue así. El Arteplex, con su selecta programación, estaba condenado. Yo también añoro aquellas salas a las que se accedía sin subir ni bajar escaleras, con butacas tan gastadas como la chaqueta del chocolatinero, rollos que no llegaban a tiempo, proyección defectuosa y sonido más bien sucio. No vivo del pasado, pero creo que lo que de verdad extrañamos es aquello de sentirnos como en casa. Porque el cine de barrio era una prolongación del hogar y al mismo tiempo una zona sagrada. Los sueños compartidos con el de la butaca de al lado. Las salas de los Multicines están cuidaditas pero son todas iguales, impersonales, con patio de comidas adosado. Los espectadores ya no bajan la voz al entrar y siguen hablando por los celulares cuando ya se apagaron las luces.



(Mientras cursaste la Preparatoria en Durango, el miércoles era día de descuento para estudiantes. Cuando ibas en grupo a una función, no faltaba el compañero que se masturbaba mientras pasaba la película -no necesariamente de sexo o de clasificación C o para adultos-, era simplemente una forma de ser que aquél compartía con sus amigos. Eso en el cine Principal. Mientras que en el cine Durango, ahora ocupado por una oficina de Telcel, en el baño de caballeros, entre un gabinete privado y otro mediaba un cancel de madera con un hoyo, por donde veías una parte de alguien, o alguien veía una parte de ti. Comunmente uno de ellos sacaba una caja de VickVaporub e invitaba al otro. Nota tomada de Letra Ñ, diario Clarín en línea.)