Conocía a Marilyn Monroe mucho antes de ser Marilyn Monroe”, me dijo Sam Shaw. “Ocurrió en la filmación de Viva Zapata!”. Sam Shaw fue el fotógrafo que hizo famosa a Marilyn con una sola foto y, con ella, se hizo famoso él mismo. Sam fue un gran fotógrafo (y no sólo de estrellas), pero era mejor persona: uno de los hombres más buenos y generosos que he conocido -un verdadero Uncle Sam. Ya Marilyn Monroe había hecho Los años peligrosos (muchos lo fueron para ella) y estaba por filmar La jungla de asfalto, donde algunos la notaron más a ella que a la principal Jean Hagen. “Todos dicen que fue hecha por los estudios. Marilyn se hizo a sí misma”, me dijo Sam. “La operación plástica en su nariz fue idea suya. Ella no fue Kim Novak, inventada por la Columbia y su mandamás Harry Cohn”.
Pero The Asphalt Jungle fue producida por la Metro. Como curiosa simetría esta película fue dirigida por John Huston, quien la dirigió en su última aparición, Vidas rebeldes, cuyo título en inglés, The Misfits (Los contrahechos, en traducción literal), se podía muy bien aplicar a ella tanto como a su protagonista Montgomery Clift. Marilyn, según dijo Billy Wilder que la conocía bien, “era una original”. Lo que ella creía que lo debía a sus maestros Lee Strassberg y señora, sólo lo debía a su afán de llegar a ser una actriz seria. (¡Por favor!) “Marilyn”, según decía Billy Wilder, “era una gran comedianta pero una pobre actriz dramática”.
Esa filmación de Viva Zapata! la reunió con Sam Shaw. Sam había ido a fotografiar no sólo a Marlon Brando sino también a Anthony Quinn, que era su amigo íntimo. “Ella”, decía Sam, “resultaba un poco, cómo decirlo, desmesurada”. Para ser como había sido hasta hace poco modelo de fotografías sus tetas se salían de las blusas y su culo era enorme. Después cuando le llegó la fama lo exhibía y lo movía y lo mostraba orgullosa. Marilyn no era deforme, sino todo lo contrario: muy bien formada, pero ella creaba lo que se dice el canon de la rubia que era demasiado. Tenía razón Sam. Marilyn Monroe pronto tuvo imitadoras. La más famosa y bella y misteriosa (mientras Marilyn era toda ella evidente) fue, por supuesto, Kim Novak. Pero esa es, de veras, otra historia.
Además la forma de caminar de Marilyn como si estuviera muy segura de sus piernas pero no sabía caminar con tacones se hizo evidente en Niagara. Luego todas las actrices de Hollywood que vinieron después, rubias o no, intentarían caminar como ella. “Pero Marilyn”, decía Sam, “fue el artículo genuino”. El artículo femenino, añado yo. Su persona, en el sentido de máscara, era toda suya, hasta la voz entre susurrante y sugestiva. Además Marilyn tenía un agudo sentido del humor, demostrado aun en esa manifestación impresa de la fama, la entrevista -que ella decía odiar. Un periodista le preguntó qué se ponía para dormir y ella susurró: “La radio”. En otra ocasión le preguntaron cómo se vestía para acostarse y ella dijo: “Solamente Chanel número 5”. Su franqueza llegaba hasta la intimidad de su profesión. Durante la filmación de Bus Stop le dijeron que la llamaba a su oficina un rijoso jerarca y al acudir a la cita ella comentó a sus íntimos, “no se vayan, que vuelvo en seguida. él no dura más de cinco minutos”.
La publicidad de Niagara llegó a compararla con la famosa caída de agua: MM “era un espectáculo natural”. Sólo que Marilyn aparecía en vibrantes colores y añadía a su melena rubia un vestido tan apretado que hace falta un topólogo para describirla.
Es precisamente en La tentación vive arriba en que Marilyn se convierte en la Monroe, diciendo cosas como aquella explicación de por qué guarda sus panties en la nevera, “es por la calor”, dice ella feminista y Jacinto Benavente le explica: “Es que el calor es masculino”. Aquí hay otras revelaciones que muestran el carácter y la compasión de Marilyn. Al salir de ver, acompañada por el triple feo de Tom Ewell, El monstruo de la Laguna Negra, se compadece de la suerte del monstruo “tan solo como está sin ninguna compañía”. (Como mi nieto Jacobito a quien le exhibí un video de King Kong y al acabar suspiró: “El pobre mono!”). Entrando en calor en la calle Marilyn tiene un encuentro memorable con el aparato de ventilación del subway, que expira un aire tibio como la noche. La Monroe lo encuentra delicioso (nosotros también) y se baña en esta invertida ducha seca, que le alza la falda para revelar sus piernas perfectas y Ewell y el espectador comprueban que ha sacado sus pantaloncitos, por lo menos, del refrigerador. Esta revelación de sus partes por el aire que sopla un Eolo subterráneo, nos convierte a todos en mirones deleitados. También muestra que Marilyn siempre está sofocada -cuando no está fogosa. Como en Luces de Candilejas que se deja llevar por el viento (bochornoso por partida doble) cantando A Tropical Heat Wave, una ola de calor tropical, y más aún: ella queda en la zona tórrida. En Cómo casarse con un millonario está más refrescada, pero todavía tiene sofocos y aunque todos la miramos, ella no nos ve. O no nos ve bien: es una cegata que, al negarse a usar gafas, comete todos los gafes -y de paso enamora a más de uno. (Entre ellos el espectador convertido en mirón). No es la pícara puritana sino la inocente que nos hace a todos culpables de escoptofilia, enfermedad muchas veces mortal -como Diana cazadora. Es la diosa a quien Norman Mailer llamó “el ángel dulce del sexo”. Pero ella es Diana convertida por sus flechazos en Cupido. La Monroe está en nuestra mitología pero es más que un mito: es un icono.
Sam Shaw fue el culpable de haber convertido a Marilyn Monroe en mito y a la vez propagador del mito en la iconografía del siglo XX. Fue Sam el creador de Marilyn como imago mundi (la imagen del mundo) o por lo menos propagó su doble. Una réplica de veinte metros de altura colgaba ese verano fogoso por encima de los paseantes en Times Square, y se veía todavía en el septiembre ardiente cuando trató de calmarse la canícula con el aire acondicionado que no todos -como se ve en La tentación vive arriba- tenían en su casa.
Hoy Marilyn Monroe está muerta y Sam Shaw también, pero siempre tendremos la imagen en que ambos coincidieron una tarde de verano en Manhattan. Lo que Marilyn ofreció fue una pose, pero Sam Shaw la hizo, con su modestia de siempre, imperecedera. Ustedes como los voiyeurs de ayer podrán verla inmarcesible. Si se mira bien se podrá discernir, entre el dulce viento y la amarga victoria del olvido, que Marilyn parece una flor exótica. Lo era cuando estaba viva, lo es todavía en su imagen: en la imagen que reveló Sam Shaw.
(nota del escritor Guillermo Cabrera Infante, 5 sept.2002, tomada de El Cultural en línea.)
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miércoles, 1 de agosto de 2012
miércoles, 1 de febrero de 2012
Herzog y McCarthy en la radio
Sin ruido ni repercusiones, el año pasado ocurrió una entrevista por radio que fue, sin exageración, uno de los grandes acontecimientos culturales del 2011. Acabamos de descubrirlo por azar. El novelista estadounidense Cormac McCarthy y el cineasta alemán Werner Herzog, increíblemente, estuvieron juntos en una estación de radio en Tempe, Arizona el 8 de abril como invitados al programa de divulgación científica Science Friday, que el periodista Ira Flato conduce en la cadena National Public Radio (NPR). También estuvo presente en la conversación un destacado físico estadounidense llamado Lawrence Krauss.
Lo que une a Herzog y McCarthy, aparte de sus vidas iconoclastas y la excelencia de sus obras, es un profundo interés por la ciencia. Como se evidenció en el programa, el interés no es un adorno burgués sino una parte central del cuestionamiento perpetuo que estos dos artistas hacen a la extraña naturaleza de la condición humana. Además se vio claramente que los artistas –un novelista y un cineasta– adoran el método científico como una forma de pensar incertidumbres de manera mucho más rigurosa de lo que suele ocurrir en la ficción y el cine.
La transcripción de la charla está disponible en el sito de NPR y vale la pena imprimir sus 17 páginas y guardarlas. Lo mismo con el archivo de audio que corre una hora. Esto es oro. Entre los temas que se tocaron, estuvieron el futuro del hombre –ambos piensan que se extinguirá pronto, pero admiten que podrán estar equivocados–; los métodos y motivos de los pintores de las cuevas prehistóricas, sobre los que McCarthy tiene unas ideas originales que no aparecen en ningún estudio antropológico; y los últimos descubrimientos de la física –ambos McCarthy y Herzog están al tanto del tema como si fueran ellos mismos físicos de primera línea.
Lo más emotivo, sin embargo, ocurrió al final de la charla, cuando el periodista Ira Flato ya perdió control de sus entrevistados (y tuvo la sabiduría de ni intentar de controlarlos). Allí Herzog hizo una pausa y pidió rendir homenaje a su colega Cormac. Dijo que es el último escritor que ha hecho algo original con el lenguaje y con la novela. Que ha inventado paisajes. Que ha hecho descripciones de caballos que no existen en ningún otro lado. Que desde Faulkner y Melville y Joseph Conrad nadie ha escrito como éel en el idioma inglés.
Y después Herzog tomó el micrófono y se puso a leer las últimas páginas de All The Pretty Horses, una novela clásica de McCarthy publicada en el 1992.
Fue escalofriante.
(nota tomada de Revista Ñ, Clarín.)
Lo que une a Herzog y McCarthy, aparte de sus vidas iconoclastas y la excelencia de sus obras, es un profundo interés por la ciencia. Como se evidenció en el programa, el interés no es un adorno burgués sino una parte central del cuestionamiento perpetuo que estos dos artistas hacen a la extraña naturaleza de la condición humana. Además se vio claramente que los artistas –un novelista y un cineasta– adoran el método científico como una forma de pensar incertidumbres de manera mucho más rigurosa de lo que suele ocurrir en la ficción y el cine.
La transcripción de la charla está disponible en el sito de NPR y vale la pena imprimir sus 17 páginas y guardarlas. Lo mismo con el archivo de audio que corre una hora. Esto es oro. Entre los temas que se tocaron, estuvieron el futuro del hombre –ambos piensan que se extinguirá pronto, pero admiten que podrán estar equivocados–; los métodos y motivos de los pintores de las cuevas prehistóricas, sobre los que McCarthy tiene unas ideas originales que no aparecen en ningún estudio antropológico; y los últimos descubrimientos de la física –ambos McCarthy y Herzog están al tanto del tema como si fueran ellos mismos físicos de primera línea.
Lo más emotivo, sin embargo, ocurrió al final de la charla, cuando el periodista Ira Flato ya perdió control de sus entrevistados (y tuvo la sabiduría de ni intentar de controlarlos). Allí Herzog hizo una pausa y pidió rendir homenaje a su colega Cormac. Dijo que es el último escritor que ha hecho algo original con el lenguaje y con la novela. Que ha inventado paisajes. Que ha hecho descripciones de caballos que no existen en ningún otro lado. Que desde Faulkner y Melville y Joseph Conrad nadie ha escrito como éel en el idioma inglés.
Y después Herzog tomó el micrófono y se puso a leer las últimas páginas de All The Pretty Horses, una novela clásica de McCarthy publicada en el 1992.
Fue escalofriante.
(nota tomada de Revista Ñ, Clarín.)
miércoles, 11 de enero de 2012
El silencio de Marlon Brando
La carta, encontrada en 2005 y vendida recientemente en una subasta de Christie’s, acaba de ser publicada por primera vez en forma íntegra. Jack Kerouac, el escritor, símbolo de la generación Beat, quería llevar On the road (En el camino), su novela recién publicada a la pantalla grande, y protagonizar la película junto al gran actor Marlon Brando. Nunca se llegó a nada. La primera versión cinematográfica de la novela, que hoy es de culto, se conocerá este año en una película de Walter Salles, que ya dirigió Diarios de motocicleta “Estimado Marlon, te ruego que compres los derechos de On the Road y hagamos una película juntos”. Corre el año 1957 y Jack Kerouac le escribe a Brando. A pesar de su conocida timidez, el escritor revela sus ambiciones de astro cinematográfico. Kerouac al parecer quería que Brando hiciera una película basada en su novela, en la que actuarían los dos: el actor interpretaría el papel de Dean Moriarty –el personaje inspirado en su amigo Neal Cassady– y Kerouac interpretaría a Sal Paradise, el narrador y protagonista, una especie de alter ego del escritor.
“Ya me imagino las tomas excelentes que se podrían hacer con la cámara en el asiento delantero del auto, mostrando la ruta, de día y de noche, a medida que va deslizándose delante del parabrisas, mientras Sal y Dean charlan”, escribe Kerouac. El escritor tiene verdadera fe en el proyecto, quiere discutirlo con Brando, lo invita a reunirse para verlo juntos, en Florida, donde está él, o en Nueva York.
“Podría salir algo grandioso”, arriesga el escritor, aunque el factor económico no es menor: “Lo único que quiero es poder arreglar mi vida y la de mi madre, así tendré la libertad de irme de viaje por el mundo a escribir desde Japón, India, Francia, etc.”.
El tono es apremiante, confidencial, abierto: Kerouac habla del cine americano; desearía que fuera más espontáneo que el francés, al que considera superior porque deja más libertad a los actores. Y después el ruego final: “Vamos Marlon, no te quedes de brazos cruzados y respondéme”.
El pedido de Kerouac no es atendido: Brando, que unos años antes había ganado el Oscar por Nido de ratas no compró los derechos. Podría haber nacido una obra maestra quizá, pero no se hizo nada.
En el Camino llegará al cine este año, con dirección de Salles, que ya llevó a la pantalla grande otro gran viaje: Los diarios de motocicleta del Che.
(Seguramente las súplicas de Kerouac le dieron mala espina a Marlon Brando, cuando a éste le sonreía ya la buena fortuna con "Nido de ratas" y "Un tranvía llamado Deseo"; o simplemente no llegaba aún el mejor momento para el compañero de ruta de Allen Ginsberg y otros desharrapados de su grupo, herederos directos del padre de la poesía estadunidense, Walt Whitman. Nota tomada de revista Ñ, Clarín, argentino.)
“Ya me imagino las tomas excelentes que se podrían hacer con la cámara en el asiento delantero del auto, mostrando la ruta, de día y de noche, a medida que va deslizándose delante del parabrisas, mientras Sal y Dean charlan”, escribe Kerouac. El escritor tiene verdadera fe en el proyecto, quiere discutirlo con Brando, lo invita a reunirse para verlo juntos, en Florida, donde está él, o en Nueva York.
“Podría salir algo grandioso”, arriesga el escritor, aunque el factor económico no es menor: “Lo único que quiero es poder arreglar mi vida y la de mi madre, así tendré la libertad de irme de viaje por el mundo a escribir desde Japón, India, Francia, etc.”.
El tono es apremiante, confidencial, abierto: Kerouac habla del cine americano; desearía que fuera más espontáneo que el francés, al que considera superior porque deja más libertad a los actores. Y después el ruego final: “Vamos Marlon, no te quedes de brazos cruzados y respondéme”.
El pedido de Kerouac no es atendido: Brando, que unos años antes había ganado el Oscar por Nido de ratas no compró los derechos. Podría haber nacido una obra maestra quizá, pero no se hizo nada.
En el Camino llegará al cine este año, con dirección de Salles, que ya llevó a la pantalla grande otro gran viaje: Los diarios de motocicleta del Che.
(Seguramente las súplicas de Kerouac le dieron mala espina a Marlon Brando, cuando a éste le sonreía ya la buena fortuna con "Nido de ratas" y "Un tranvía llamado Deseo"; o simplemente no llegaba aún el mejor momento para el compañero de ruta de Allen Ginsberg y otros desharrapados de su grupo, herederos directos del padre de la poesía estadunidense, Walt Whitman. Nota tomada de revista Ñ, Clarín, argentino.)
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