domingo, 7 de julio de 2019

Uriel Martìnez (1950 )


El fin







Sè que no vas a creerme

cuando llegues y te diga

que no he pensado en. ti

ni en nadie.

(con todo y que hoy

me hablaron de un repentino desenlace,

de un probable manuscrito

inèdito,

de un fin cercano)



No, no he contemplado

la posibilidad de una

herencia delegada

a mis seres vivos;

de una ventana abierta,

de una puerta franca,

de una edad pòstuma.



Sè que no vas a detenerte

y preguntarte si yo a ti,

si tù a mì, si nosotros,

a dos voces decidamos

aquì y ahora un acaso,

un quizà, un mañana;



un quièn sabe.





(inèdito)

sábado, 6 de julio de 2019

Angel González (1925/2008 )

Pastor de vientos



Pastor de vientos, desde
los infinitos horizontes
acuden los rebaños a tus manos.
Seguro el porvenir, miras el ancho
paisaje de colinas, esperando
la brisa que te traiga
aquel aroma dócil a tomillo
o el hondo olor a bosque del invierno.
La lluvia viene luego, infatigable,
y se acuesta a tus pies formando charcos
que emigran hacia el cielo en el verano.
Y por el aire bajan
pájaros y perfumes, hojas secas,
mil cosas
que tú dejas o guardas con mirada profunda.
Cada día te trae una sorpresa,
y tú cantas,
pastor,
cantas o silbas

a las altas estrellas también tuyas.



Otras veces



Quisiera estar en otra parte,
mejor en otra piel,
y averiguar si desde allí la vida,
por las ventanas de otros ojos,
se ve así de grotesca algunas tardes.

Me gustaría mucho conocer
el efecto abrasivo del tiempo en otras vísceras,
comprobar si el pasado
impregna los tejidos del mismo zumo acre,
si todos los recuerdos en todas las memorias
desprenden este olor
a fruta madura mustia y a jazmín podrido.

Desearía mirarme
con las pupilas duras de aquel que más me odia,
para que así el desprecio
destruya los despojos

de todo lo que nunca enterrará el olvido.


("trianarts")


viernes, 5 de julio de 2019

Jaime Reyes. (1947/1999 )


Poblador de oscura siembra


amo pues esta casa declaradamente cierta y ciega
   miro crecer lo indestructible y amoroso
poblador de oscura siembra
y enfermas criaturas ciegas y corteses
amigablemente rasguñando ante obeliscos salinos
donde crecen -entorchado pus y savia
aún otros caminos
   en tanto persevero
hundido siempre en otro sueño



Piedra cristalina


A la orilla de tu sexo en llamas
Matorral ardiendo  iluminado ardiente
Por él iluminados

Desde tu vientre
Desde tu sexo negras abejas vuelan
Se disparan hacia la arena de tu cuerpo
Extendido
Inmóvil

Tu sexo
Transparente moneda
Agua

Piedra cristalina de bordes renacientes
Abierta en la arena de tu cuerpo
En la que todo se hunde
Sin dejar huellas


("isla de raíz amarga, insomne raíz", ediciones era, méxico, col, alacena, 1976)



jueves, 4 de julio de 2019

Ted Hughes (1930/1998 )


          Los caballos   



        Subí a través del bosque en la hora oscura antes del alba.
        Un aire amenazante, una quietud de hielo;

        ni una hoja, ni un pájaro:
        un mundo hecho de escarcha. Llegué a lo alto del bosque

        donde creaba al respirar figuras retorcidas en la luz de hierro.
        Pero drenaban ya la oscuridad los valles

        y luego –ennegreciendo los vestigios grises– en la linde
        del claro se abrió el cielo. Y vi entonces los caballos.

        Enormes en la espesa niebla –diez en total–
        quietos como menhires. Respiraban inmóviles,

        sus crines lacias, sus precisos cascos angulados,
        sin hacer ningún ruido.

        Pasé a su lado. Ninguno resopló ni giró la cabeza.
        Fragmentos grises, silenciosos

        de un silencioso mundo gris.
        Y arriba en la ladera me detuve a escuchar el vacío.

        Y el lamento de un pájaro mostró su filo en el silencio.
        De a poco era posible percibir detalles. Luego

        brotó naranja, rojo el rojo sol
        en silencio, y rompiendo desde el centro una rasgada nube,

        sacudió el fondo abierto, hizo ver el azul
        y los grandes planetas suspendidos.

        Yo volví,
        tropezando en la fiebre de mi sueño, hacia el bosque

        desde las cimas encendidas,
        a donde estaban los caballos. Ahí seguían,

        ahora humeando y brillantes en la luz,
        sus lacias crines pétreas, sus cascos delicados

        conmoviéndose en el deshielo mientras todo alrededor
        fulguraba en los fuegos de la escarcha. Pero seguían en silencio.

        Ninguno hizo un sonido,
        con sus cabezas suspendidas, sin apuro, igual que el horizonte,

        muy arriba del valle, bajo los altos rayos rojos.
        En las calles ruidosas, a través de los años, las personas,

        ojalá pueda siempre recordar este sitio solitario
        entre los rayos y las nubes rojas, donde escuché los pájaros,
        donde escuché durar los horizontes.


       ("hablar de poesia", traducciòn de alejandro crotto y diego alfaro palma)

miércoles, 3 de julio de 2019

Minerva Margarita Villarreal (1957 )

La casa



La casa que construiste fue arrasada
Vi como sucedió
como se desprendían paredes y ladrillos
El techo voló
sobre los huesos
y el paisaje entre la hierba abrió
echó raíces bajo las plantas de mis pies
Estoy anclada
y esta casa mojada por la lluvia
esta casa azotada por el viento
hecha polvo
y materia que crece
Esta casa soy yo



("arquitrave", no.67)

martes, 2 de julio de 2019

Jesùs Flores Olague (1947 )

Ceniza del alba



El recado era muy claro,
debe esperar la llamada
entre las cuatro y las cinco;
el telèfono sonò puntual
seis, siete veces,
tal vez una docena inùtilmente;
me puse a leer
y me acordè de la mañana en que supe de tus ojos,
de tus sueños, de tu nombre,
y en pos de ella se fue mi pensamiento
con alas que alguna vez fueron doradas.



En la mesa de trabajo
una hoja blanca
retiene la tibia luz,
miro en atardecer
desde este rincòn tan familiar
mientras doy unos pasos
por la alfombra
dibujando fràgiles mapas,
en mi garganta se va afinando
el grito,
el milagro.



("ceniza del alba", ed. juan pablos, mèxico, 1995)

lunes, 1 de julio de 2019

Manuel Ulacia (1953/2001 )

Fiesta en un jardín de Tánger



A medianoche,
cuando la bóveda
estaba cuajada de estrellas
y los cometas,
uno tras otro,
caían sobre el mar,
entraste en el jardín secreto
para hallar en él otro cielo:
cien tortugas llevaban
sobre el caparazón
una veladora encendida;
al caminar formaban
constelaciones imprevistas,
titilantes y luminosas rimas,
otra escritura,
por el azar creada.



("arquitrave", no. 67)