Innombrable
Ahora empiezo a mirar el amor
distinto, ahora que sé que no
estoy bajo su luz. Quiero preguntarle a mi
casi–ya–no marido cómo es esto de no
amar, pero él no quiere hablar de eso,
él quiere calma para el n de lo nuestro.
Y a veces siento como si yo, ahora,
no estuviera acá – estoy bajo su mirada
de treinta años, no bajo la mirada del amor,
siento una invisibilidad
como un neutrón en una cámara de niebla
perdido en un acelerador gigante, donde
lo que no se puede ver es inferido
a partir de lo visible.
Después de que suena la alarma,
lo acaricio, mi mano es como una cantante
que canta a lo largo de él, como si fuera
la carne de él la que canta, en todo su registro,
tenor de la vértebra más alta,
barítono, bajo, contrabajo.
Quiero decirle, ahora, ¿Cómo
era amarme –cuando me mirabas,
qué veías? Cuando él me amaba, yo miraba
hacia el mundo como desde adentro
de una profunda morada, una madriguera, o un pozo, yo miraba jo
hacia arriba, al mediodía, y veía a Orión brillando
– cuando pensaba que él me amaba, cuando pensaba
que estábamos unidos no solo por el tiempo de la respiración,
sino por la larga continuidad,
los caramelos duros del fémur y la piedra,
lo inalterable. Él no parece enojado,
yo no parezco enojada
salvo en chispazos de mal humor,
todo es cortesía y horror. Y después
cuando digo, ¿esto tiene que ver
con ella?, él dice, No, tiene que ver con
vos, no estamos hablando de ella.
("salto de ciervo", pdf, trad. patricio foglia y natalia leiderman)
lunes, 7 de noviembre de 2016
domingo, 6 de noviembre de 2016
Fabián Iriarte (1963 )
Dichtung und warheit
quise hacer una lista para el supermercado
tan lista y original como para que resultara poema
(aquel poeta lo hizo, por qué no, de cuyo nombre
no puedo acordarme) / pero
me di cuenta de que no podría
comprar esos artículos de lujo: faisán o caviar beluga
o pétalos de orquídea piel de tigre
solamente pan de nuez
quizás y almendras ahumadas y galletitas de trigo partido
y mostaza a la miel / ¿ves?
no alcanza para un poema
("marcelo leites")
sábado, 5 de noviembre de 2016
Jacqueline Goldberg (1966 )
Dublín
(Fragmento)
He comprado una guía turística de Dublín.
Habla de su centro histórico
y de sobrecogedores parajes alrededor de la bahía.
Cuenta de leyendas celtas, inviernos tranquilos,
siglos en un vistazo.
Se sabe, nunca iré a Dublín.
Tampoco habrá tiempo para volver a Viena,
al cementerio judío de Praga,
a la Villa Savoye, en Poissy.
Bram Stoker era de Dublín.
Oscar Wilde era de Dublín.
James Joyce era de Dublín.
Handel estrenó su Mesías en el Music Hall de Fishamble Street.
Samuel Beckett nació en el sur de Dublín.
Son imanes, aunque jamás comprenda Dublín.
No quedan aviones que partan desde mi cama.
La cárcel es el país.
El país lo incesante.
Llevo garganta de espinas,
manos sísmicas e incurables.
Ahora mismo escribo un libro sobre mi temblor.
La enfermedad es un género literario:
gustan tanto los padecimientos,
la transparencia de los jarabes amargos.
La guía habla de un paseo de noventa minutos
por el Dublín literario y georgiano.
Atraviesa plazas, recorre un tramo del Grand Canal.
No veo hospitales.
—Mauricio, ¿cuánto vale un pasaje a Irlanda?
—No sé, es engorroso averiguarlo hoy domingo.
—Déjalo. Nunca iré a Dublín.
No basta amanecer con un libro entre las piernas.
Mejor leerse en sólido.
El mediodía barre papeles en mi escritorio.
Acopio lo absurdo, lo templado, cierto ruido.
Alguien llora.
Quizá el niño con cáncer un piso más arriba.
Tal vez el pianista dos pisos más abajo.
Estamos en cautiverio,
cada quien en su naturaleza muerta.
«Todo de antes. Nada más jamás. Pero jamás tan fracasado. Peor
fracasado. Con cuidado jamás peor fracasado», escribe Samuel
Beckett en Rumbo a peor.
Detesto lo maravilloso que puede ser Beckett.
Yo merecía ser de su Dublín de castillos y faros,
pero nací en ciudad de tierra negra.
Tenue es la dicha.
Salgo, emprendo lo que puedo.
Luzco normal, tengo una muela fracturada.
Es tanto lo que no se sabe de mí.
Así los improperios.
(…)
(Fragmento)
He comprado una guía turística de Dublín.
Habla de su centro histórico
y de sobrecogedores parajes alrededor de la bahía.
Cuenta de leyendas celtas, inviernos tranquilos,
siglos en un vistazo.
Se sabe, nunca iré a Dublín.
Tampoco habrá tiempo para volver a Viena,
al cementerio judío de Praga,
a la Villa Savoye, en Poissy.
Bram Stoker era de Dublín.
Oscar Wilde era de Dublín.
James Joyce era de Dublín.
Handel estrenó su Mesías en el Music Hall de Fishamble Street.
Samuel Beckett nació en el sur de Dublín.
Son imanes, aunque jamás comprenda Dublín.
No quedan aviones que partan desde mi cama.
La cárcel es el país.
El país lo incesante.
Llevo garganta de espinas,
manos sísmicas e incurables.
Ahora mismo escribo un libro sobre mi temblor.
La enfermedad es un género literario:
gustan tanto los padecimientos,
la transparencia de los jarabes amargos.
La guía habla de un paseo de noventa minutos
por el Dublín literario y georgiano.
Atraviesa plazas, recorre un tramo del Grand Canal.
No veo hospitales.
—Mauricio, ¿cuánto vale un pasaje a Irlanda?
—No sé, es engorroso averiguarlo hoy domingo.
—Déjalo. Nunca iré a Dublín.
No basta amanecer con un libro entre las piernas.
Mejor leerse en sólido.
El mediodía barre papeles en mi escritorio.
Acopio lo absurdo, lo templado, cierto ruido.
Alguien llora.
Quizá el niño con cáncer un piso más arriba.
Tal vez el pianista dos pisos más abajo.
Estamos en cautiverio,
cada quien en su naturaleza muerta.
«Todo de antes. Nada más jamás. Pero jamás tan fracasado. Peor
fracasado. Con cuidado jamás peor fracasado», escribe Samuel
Beckett en Rumbo a peor.
Detesto lo maravilloso que puede ser Beckett.
Yo merecía ser de su Dublín de castillos y faros,
pero nací en ciudad de tierra negra.
Tenue es la dicha.
Salgo, emprendo lo que puedo.
Luzco normal, tengo una muela fracturada.
Es tanto lo que no se sabe de mí.
Así los improperios.
(…)
("otra iglesia es imposible")
viernes, 4 de noviembre de 2016
Charles Simic (1938 )
Mentes que divagan
Mi vecina me estaba contando
sobre su gato ciego
que de noche va a -
-¿A dónde va?- pregunté.
Justo en ese momento mi madre
me gritó que entrara para lavarme las manos
porque la cena ya estaba servida:
el ratoncito que el gato había atrapado.
("si le ha fallado la suerte", ed. cal y arena, méx., 2015, trad. rafael vargas)
Mi vecina me estaba contando
sobre su gato ciego
que de noche va a -
-¿A dónde va?- pregunté.
Justo en ese momento mi madre
me gritó que entrara para lavarme las manos
porque la cena ya estaba servida:
el ratoncito que el gato había atrapado.
("si le ha fallado la suerte", ed. cal y arena, méx., 2015, trad. rafael vargas)
jueves, 3 de noviembre de 2016
Theodore Roethke (1908/1963 )
Dolor
He conocido la inexorable tristeza de los lápices,
ordenados en sus cajas, el dolor de los blocks y los pisapapeles,
toda la miseria de las carpetas y las gomas de pegar,
la desolación en los inmaculados lugares públicos,
la solitaria sala de recepción, el baño, la caja de interruptores eléctricos,
el inalterable pathos de la palangana y la jarra,
el rito de la multicopiadora, el sujetapapeles y la coma,
una eterna duplicación de vidas y objetos.
Y he visto el polvo de las paredes de las instituciones
filtrarse, casi invisible, a través de las interminables tardes de tedio,
infinitamente más fino que la harina, vivo, más peligroso que el sílice
dejando caer una delgada capa sobre las uñas y las delicadas pestañas
barnizando el cabello claro, y los rostros duplicados, convencionales y grises.
("otra iglesia es imposible", trad. diana dunkelberger y marcelo rioseco)
He conocido la inexorable tristeza de los lápices,
ordenados en sus cajas, el dolor de los blocks y los pisapapeles,
toda la miseria de las carpetas y las gomas de pegar,
la desolación en los inmaculados lugares públicos,
la solitaria sala de recepción, el baño, la caja de interruptores eléctricos,
el inalterable pathos de la palangana y la jarra,
el rito de la multicopiadora, el sujetapapeles y la coma,
una eterna duplicación de vidas y objetos.
Y he visto el polvo de las paredes de las instituciones
filtrarse, casi invisible, a través de las interminables tardes de tedio,
infinitamente más fino que la harina, vivo, más peligroso que el sílice
dejando caer una delgada capa sobre las uñas y las delicadas pestañas
barnizando el cabello claro, y los rostros duplicados, convencionales y grises.
("otra iglesia es imposible", trad. diana dunkelberger y marcelo rioseco)
miércoles, 2 de noviembre de 2016
Eunice Odio (1919/1974 )
Posesión en el sueño
Ven
Amado
Te probaré con alegría.
Tú soñarás conmigo esta noche.
Tu cuerpo acabará
donde comience para mí
la hora de tu fertilidad y tu agonía;
y porque somos llenos de congoja
mi amor por ti ha nacido con tu pecho,
es que te amo en principio por tu boca.
Ven
Comeremos en el sitio de mi alma.
Antes que yo se te abrirá mi cuerpo
como mar despeñado y lleno
hasta el crepúsculo de peces.
Porque tú eres bello,
hermano mío,
eterno mío dulcísimo,
Tu cintura en que el día parpadea
llenando con su olor todas las cosas,
tu decisión de amar,
de súbito,
desembocando inesperado a mi alma,
Tu sexo matinal
en que descansa el borde del mundo
y se dilata.
Ven
Te probaré con alegría.
Manojo de lámparas será a mis pies tu voz.
Hablaremos de tu cuerpo
con alegría purísima,
como niños desvelados a cuyo salto
fue descubierto apenas, otro niño,
y desnudado su incipiente arribo,
y conocido en su futura edad, total, sin diámetro,
en su corriente genital más próxima,
sin cauce, en apretada soledad.
Ven
te probaré con alegría.
Tú soñarás conmigo esta noche,
y anudarán aromas caídos nuestras bocas.
Te poblaré de alondras y semanas
eternamente oscuras y desnudas.
(en muro fb hernán vargascarreño)
Ven
Amado
Te probaré con alegría.
Tú soñarás conmigo esta noche.
Tu cuerpo acabará
donde comience para mí
la hora de tu fertilidad y tu agonía;
y porque somos llenos de congoja
mi amor por ti ha nacido con tu pecho,
es que te amo en principio por tu boca.
Ven
Comeremos en el sitio de mi alma.
Antes que yo se te abrirá mi cuerpo
como mar despeñado y lleno
hasta el crepúsculo de peces.
Porque tú eres bello,
hermano mío,
eterno mío dulcísimo,
Tu cintura en que el día parpadea
llenando con su olor todas las cosas,
tu decisión de amar,
de súbito,
desembocando inesperado a mi alma,
Tu sexo matinal
en que descansa el borde del mundo
y se dilata.
Ven
Te probaré con alegría.
Manojo de lámparas será a mis pies tu voz.
Hablaremos de tu cuerpo
con alegría purísima,
como niños desvelados a cuyo salto
fue descubierto apenas, otro niño,
y desnudado su incipiente arribo,
y conocido en su futura edad, total, sin diámetro,
en su corriente genital más próxima,
sin cauce, en apretada soledad.
Ven
te probaré con alegría.
Tú soñarás conmigo esta noche,
y anudarán aromas caídos nuestras bocas.
Te poblaré de alondras y semanas
eternamente oscuras y desnudas.
(en muro fb hernán vargascarreño)
martes, 1 de noviembre de 2016
Rodolfo Hinostroza (1941 )
Del infante difunto
La llamada de mi padre, alta como un penacho de plumas
y al tacto como la pringamosa de aquellos baños…
¿Recuerdas?
Las aguas ferrosas que calentaban tu cuerpo tenían
colores,
de serpiente plana, y la tierra se había descosido en sus
espacios,
y llevábamos nuestra infancia como un estandarte
sin sombras, entre paraísos de yeso, y ángeles larvados
y la tía apócrifa.
De ella digo, ¿qué digo?, que en sus ojos ardían
mis espadas de estaño y que se había fugado
cuando las hogueras carcomían la noche de San Juan.
Se me había advertido, se me había repetido: «Octavio,
Octavio,
una gran ola salió del río cuando tú nacías. Nos salvamos
porque las campanas sonaron a muerto
y la familia había cavilado toda esa madrugada.
Trepamos a los cerros
y durante todo un día vimos morir al pueblo.
El Huascarán
nos miraba y entonces fue que sentimos esa blancura
imperdonable».
(Nosotros tres habíamos enterrado ceremoniosamente,
en un rincón del patio, bajo la gotera,
al canario muerto entre las trenzas de mi hermana.
Las campanas del ángelus nos doblaban las rodillas
y de la muerte sabíamos que era una bella palabra.
Sí,
porque mirábamos a los púlpitos de arcilla achacosa
en donde dormitaban ángeles bonachones, y nosotros sabíamos
llevar el domingo en los hombros, como una prenda nueva.)
No volverás a aquello, ni hallarás ese patio cuadrado
con una fecha dibujada en piedras negras. Los países se encogen
como esa tía abuela que olía a alcanfor,
y los hierros de las capitales inundan esos claros espacios
donde tu corazón anclaba, como un canto rodado.
No sentirás
los pasos de tu padre midiendo las estancias
donde los retratos negreaban, como párpados muertos.
No volverás
¿Recuerdas ahora?
¿Ahora recuerdas?:
«Júrame que no dirás a nadie
que esa lechecita que tienen los mayores
entra al estómago, y después dicen que nace el hijo.
Como a la Asunción, ¿te acuerdas de su barriga?
No lo digas a nadie».
Y nosotros espiábamos, porque en el pórtico de esa casa
que olía a jazmines, las hermanas Cárdenas besaban,
y se hacían besar por los soldados.
Entonces los sudores repentinos desleían las sábanas de lino,
y yo había creído en los cuentos de la india desdentada
que vendía yerbas contra el mal de ojos, y cuando vi
esa mano huesuda en el terrado, bajo ese cielo rojo,
ella rió y lloró, cubriéndome de besos.
¡Oh, los sueños, los sueños que tomaban la forma de cestos de mimbre
donde un Niño Dios nadaba entre dos aguas!
Yo no conocía el mar
y todo era sólido al tacto, como aquella familia
que se había procreado entre cerros y estrellas
en tiempos tan lejanos como la lengua que hablaban los sirvientes.
Pedro Granados me cargaba conmovido:
Sus más jóvenes hijos eran muertos en un aluvión de piedra y lodo
y yo había oído que en ciertos días perdía la memoria.
Oh, y la hermosa caligrafía de tu madre, y sus manos que dibujaban
catedrales de barro cocido, y los prohibidos baúles de cuero,
donde los libros se agitaban como peces asustados.
De qué se llora, di de qué se llora
cuando se tiene padres sólidos, y la saliva invade la boca,
y se ha recibido una vieja cuchara de plata,
y se pasea, a la luz de la luna, por un bosque de cedros
conteniendo las ganas de orinar. De qué se llora entonces
cuando en las tardes de yodo hemos prendido velas
a los Santos Patronos, cuando nada ha caído, salvo, tal vez,
el nido de ese pájaro en un charco. De qué se llora
cuando los días se cierran como un aro y El Mundo
es una palabra que salta y produce escozor en nuestras lenguas?
Recuerdas, exiliado por tu brutal sonambulismo, recuerdas
las alcantarillas de tu ciudad que nutrieron al río de oro,
¿Recuerdas el abrevadero, junto a la alameda de los muertos
marcada con enormes piedras blancas como el llanto de un dios,
donde se encontraban los talismanes y los palos torcidos
que inundaban de majestad tu frente?
(Seres, nombres de seres.
Deslumbramiento de monos habladores bajo el cielo feriado,
tambores de piel de chivo alejando cosas y cosas de bronce
hacia las capitales escarlata, mientras mi madre,
partícipe de mi sueño, aguardaba por unas bellas frutas que yo había visto
en el mercado, al fondo, junto a las ollas pintadas.)
De este destino diré hoy que lo vi crecer
como el arco de yeso de la casa, cuando mi sombra huía
como una llama muerta. Y del llanto que pendió
de los dedos monótonos, digo que puede ser ternísimo
cuando se tiene una espada de lata
y las estrellas llegan a abrevar sus distancias
en la mirada parda.
Porque yo recuerdo
que tuve todo eso, y que vi reposar a un burro blanco
en el sol de Enero y que oí comentar a los mayores
las noticias de cierta lejana guerra. Y el movimiento del caballo
y ese rey perezoso me retuvieron horas y horas
en el perfume de la media mañana
esperando la brillante jugada de mi padre.
("vallejo & co.")
La llamada de mi padre, alta como un penacho de plumas
y al tacto como la pringamosa de aquellos baños…
¿Recuerdas?
Las aguas ferrosas que calentaban tu cuerpo tenían
colores,
de serpiente plana, y la tierra se había descosido en sus
espacios,
y llevábamos nuestra infancia como un estandarte
sin sombras, entre paraísos de yeso, y ángeles larvados
y la tía apócrifa.
De ella digo, ¿qué digo?, que en sus ojos ardían
mis espadas de estaño y que se había fugado
cuando las hogueras carcomían la noche de San Juan.
Se me había advertido, se me había repetido: «Octavio,
Octavio,
una gran ola salió del río cuando tú nacías. Nos salvamos
porque las campanas sonaron a muerto
y la familia había cavilado toda esa madrugada.
Trepamos a los cerros
y durante todo un día vimos morir al pueblo.
El Huascarán
nos miraba y entonces fue que sentimos esa blancura
imperdonable».
(Nosotros tres habíamos enterrado ceremoniosamente,
en un rincón del patio, bajo la gotera,
al canario muerto entre las trenzas de mi hermana.
Las campanas del ángelus nos doblaban las rodillas
y de la muerte sabíamos que era una bella palabra.
Sí,
porque mirábamos a los púlpitos de arcilla achacosa
en donde dormitaban ángeles bonachones, y nosotros sabíamos
llevar el domingo en los hombros, como una prenda nueva.)
No volverás a aquello, ni hallarás ese patio cuadrado
con una fecha dibujada en piedras negras. Los países se encogen
como esa tía abuela que olía a alcanfor,
y los hierros de las capitales inundan esos claros espacios
donde tu corazón anclaba, como un canto rodado.
No sentirás
los pasos de tu padre midiendo las estancias
donde los retratos negreaban, como párpados muertos.
No volverás
¿Recuerdas ahora?
¿Ahora recuerdas?:
«Júrame que no dirás a nadie
que esa lechecita que tienen los mayores
entra al estómago, y después dicen que nace el hijo.
Como a la Asunción, ¿te acuerdas de su barriga?
No lo digas a nadie».
Y nosotros espiábamos, porque en el pórtico de esa casa
que olía a jazmines, las hermanas Cárdenas besaban,
y se hacían besar por los soldados.
Entonces los sudores repentinos desleían las sábanas de lino,
y yo había creído en los cuentos de la india desdentada
que vendía yerbas contra el mal de ojos, y cuando vi
esa mano huesuda en el terrado, bajo ese cielo rojo,
ella rió y lloró, cubriéndome de besos.
¡Oh, los sueños, los sueños que tomaban la forma de cestos de mimbre
donde un Niño Dios nadaba entre dos aguas!
Yo no conocía el mar
y todo era sólido al tacto, como aquella familia
que se había procreado entre cerros y estrellas
en tiempos tan lejanos como la lengua que hablaban los sirvientes.
Pedro Granados me cargaba conmovido:
Sus más jóvenes hijos eran muertos en un aluvión de piedra y lodo
y yo había oído que en ciertos días perdía la memoria.
Oh, y la hermosa caligrafía de tu madre, y sus manos que dibujaban
catedrales de barro cocido, y los prohibidos baúles de cuero,
donde los libros se agitaban como peces asustados.
De qué se llora, di de qué se llora
cuando se tiene padres sólidos, y la saliva invade la boca,
y se ha recibido una vieja cuchara de plata,
y se pasea, a la luz de la luna, por un bosque de cedros
conteniendo las ganas de orinar. De qué se llora entonces
cuando en las tardes de yodo hemos prendido velas
a los Santos Patronos, cuando nada ha caído, salvo, tal vez,
el nido de ese pájaro en un charco. De qué se llora
cuando los días se cierran como un aro y El Mundo
es una palabra que salta y produce escozor en nuestras lenguas?
Recuerdas, exiliado por tu brutal sonambulismo, recuerdas
las alcantarillas de tu ciudad que nutrieron al río de oro,
¿Recuerdas el abrevadero, junto a la alameda de los muertos
marcada con enormes piedras blancas como el llanto de un dios,
donde se encontraban los talismanes y los palos torcidos
que inundaban de majestad tu frente?
(Seres, nombres de seres.
Deslumbramiento de monos habladores bajo el cielo feriado,
tambores de piel de chivo alejando cosas y cosas de bronce
hacia las capitales escarlata, mientras mi madre,
partícipe de mi sueño, aguardaba por unas bellas frutas que yo había visto
en el mercado, al fondo, junto a las ollas pintadas.)
De este destino diré hoy que lo vi crecer
como el arco de yeso de la casa, cuando mi sombra huía
como una llama muerta. Y del llanto que pendió
de los dedos monótonos, digo que puede ser ternísimo
cuando se tiene una espada de lata
y las estrellas llegan a abrevar sus distancias
en la mirada parda.
Porque yo recuerdo
que tuve todo eso, y que vi reposar a un burro blanco
en el sol de Enero y que oí comentar a los mayores
las noticias de cierta lejana guerra. Y el movimiento del caballo
y ese rey perezoso me retuvieron horas y horas
en el perfume de la media mañana
esperando la brillante jugada de mi padre.
("vallejo & co.")
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