Sólo el poema
¿Recuerdas, después del amor? Pasabas
tu mano por mi frente exhausta
casi como la luz por el crepúsculo.
Luego tu espalda me pertenecía
estricta, despaciosamente: dádiva
era su suavidad para mi tacto.
Más tarde, entrelazados, siempre
leíamos a Celan y a Kavafis,
y bajo la música excelsa de sus versos
la noche se encogía hasta volverse
indecible.
¿Recuerdas, después del amor? Si ahora
estuvieras leyendo estas palabras,
sagaz, astuta, lejanísima,
quisiera que en ellas pudieses revivir
aquellas pocas formas sublimes, aquellas
ciegas costumbres quebradizas
en cuyo hábito aprendimos el coraje.
(muro fb de francisco álvarez velasco)
sábado, 15 de octubre de 2016
viernes, 14 de octubre de 2016
Efraín Barquero (1931 )
El primer poema
El primer poema fue una mano abriéndose a la luz
con el estremecimiento de una serpiente al reptar
de un rayo al cruzarnos el rostro.
El primer poema fue escrito de una sola manotada
y el hombre de una mano fue estampado en la piedra
con esa herramienta de minero sin casco.
El primer poema fue una mano estampada en el muro
la palma de una mano
unos dedos abiertos
aguardando el amanecer
la sombra de otro hombre
unas líneas escritas con los ojos cerrados
con el sueño más terrible o más dulce.
Y es mi mano cuando la mido con la suya
haciéndola más grande que el cuerpo de un hombre
que el cuerpo de un bisonte.
Cuando la asumo haciendo retroceder las tinieblas.
No te escucho, te veo
eres una sola palabra carnal como un hombre
eres una sola imagen palpitante
reflejada en un grano de cuarzo
donde no estás tú ni yo
sino el mundo surgiendo de la oscuridad.
No puedo pensar en ti sino al verme a mí mismo
al ver brotar mis manos en el amanecer
y preguntarme a qué pertenecen, a qué se asemejan
a qué raíz de árbol, a qué arma sagrada
a qué querella del origen, a qué unidad perdida.
El hombre se levantó y dijo algo
qué dijo
dijo algo que resonó muy lejos
y él miró en esa dirección un largo rato
qué dijo
con un suspiro ahogado con que se dicen todas las cosas
con una sonrisa con que se descubre todo lo oculto.
Porque en ese corto soplo estaba todo el hombre
que nunca estuvo en parte alguna.
Háblame
y la tierra habló al mezclarse con el agua.
Ámame
y muda la mujer se hizo amar.
Canta tú
y cantó el pez convirtiéndose en pájaro.
Llora dijo el llanto
ríe dijo la risa mordiendo una manzana escarlata.
Y los labios del hombre se abrieron
como si alguien lo llamara y no pudiera responder.
Pero todo calló al animarse su cara.
Y el silencio de la creación cupo en su boca.
Cuando aún no existía el hombre
existía un nudo en el viento
y una vaga exclamación en el espacio.
Todo era demasiado grande y tenebroso
para que existiera una sola gota a punto de caer
y dos árboles unidos por una telaraña.
Existía el tiempo sin término
pero no el hilo roto
con que tejen los pájaros su paso de la luz a la sombra.
Cada día despuntaba sin el recuerdo de la víspera.
Y el primer animal nació y murió sin salir a buscar su presa.
La tierra era como un sepulcro vacío.
La lluvia caía sobre toda la vastedad
sin distinguir una hoja de otra.
El hombre apareció
al mismo tiempo que su lámpara.
El fuego, antes de verlo arder.
El hombre midió primero el arco
midió primero el grano
y después lo que se esfuma.
Alimentó su lámpara con su doble soplo
y después con su conjuro.
Nadie recuerda ese paso que damos hacia el fuego
ese paso tan largo que borra todos los otros.
Y estalla su cáscara adentro del árbol
adentro del fuego
como una flor de piedra.
Nombrado seas tú, nombrado sea yo
porque nombrados volvemos a ser el mismo hombre.
Y somos otra vez ese puñado de ceniza
arrojado hacia arriba
buscando la ceguera deslumbrante o la ceguera ciega
esas dos llamaradas del fuego del hombre.
Haz la máscara, dijo un hombre muy viejo
palpando largamente mis manos con sus manos frías.
Hazla para que me veas un día con mis propios ojos.
La máscara fue hecha
para mirar como un halcón adentro de su presa
y en dos se partió al enterrar la primera lanza
con un grito nunca oído hasta entonces.
Aún sentimos su mirada en nuestro cuello desnudo con un escalosfrío.
Aún nos muerde la mano cuando nos adueñamos de una vida.
Sus ojos chupan como las plantas la luz y la sombra.
Nunca está sola de ella misma
y vacía es como un cráneo mondo.
La máscara fue hecha para mirar adentro de los otros
adentro de la muerte.
Pero yo la arranqué
para ver el verdadero rostro del hombre.
Y al hacerlo se iluminaron los muros
con un destello de lámpara o de copa de piedra.
La tierra era como un sepulcro vacío.
La lluvia caía sobre toda la vastedad
sin distinguir una hoja de otra.
El hombre apareció
al mismo tiempo que su lámpara.
El fuego, antes de verlo arder.
El hombre midió primero el arco
midió primero el grano
y después lo que se esfuma.
Alimentó su lámpara con su doble soplo
y después con su conjuro.
Nadie recuerda ese paso que damos hacia el fuego
ese paso tan largo que borra todos los otros.
Y estalla su cáscara adentro del árbol
adentro del fuego
como una flor de piedra.
Nombrado seas tú, nombrado sea yo
porque nombrados volvemos a ser el mismo hombre.
Y somos otra vez ese puñado de ceniza
arrojado hacia arriba
buscando la ceguera deslumbrante o la ceguera ciega
esas dos llamaradas del fuego del hombre.
Haz la máscara, dijo un hombre muy viejo
palpando largamente mis manos con sus manos frías.
Hazla para que me veas un día con mis propios ojos.
La máscara fue hecha
para mirar como un halcón adentro de su presa
y en dos se partió al enterrar la primera lanza
con un grito nunca oído hasta entonces.
Aún sentimos su mirada en nuestro cuello desnudo con un escalosfrío.
Aún nos muerde la mano cuando nos adueñamos de una vida.
Sus ojos chupan como las plantas la luz y la sombra.
Nunca está sola de ella misma
y vacía es como un cráneo mondo.
La máscara fue hecha para mirar adentro de los otros
adentro de la muerte.
Pero yo la arranqué
para ver el verdadero rostro del hombre.
Y al hacerlo se iluminaron los muros
con un destello de lámpara o de copa de piedra.
(www.efrainbarquero.com)
El primer poema fue una mano abriéndose a la luz
con el estremecimiento de una serpiente al reptar
de un rayo al cruzarnos el rostro.
El primer poema fue escrito de una sola manotada
y el hombre de una mano fue estampado en la piedra
con esa herramienta de minero sin casco.
El primer poema fue una mano estampada en el muro
la palma de una mano
unos dedos abiertos
aguardando el amanecer
la sombra de otro hombre
unas líneas escritas con los ojos cerrados
con el sueño más terrible o más dulce.
Y es mi mano cuando la mido con la suya
haciéndola más grande que el cuerpo de un hombre
que el cuerpo de un bisonte.
Cuando la asumo haciendo retroceder las tinieblas.
No te escucho, te veo
eres una sola palabra carnal como un hombre
eres una sola imagen palpitante
reflejada en un grano de cuarzo
donde no estás tú ni yo
sino el mundo surgiendo de la oscuridad.
No puedo pensar en ti sino al verme a mí mismo
al ver brotar mis manos en el amanecer
y preguntarme a qué pertenecen, a qué se asemejan
a qué raíz de árbol, a qué arma sagrada
a qué querella del origen, a qué unidad perdida.
El hombre se levantó y dijo algo
qué dijo
dijo algo que resonó muy lejos
y él miró en esa dirección un largo rato
qué dijo
con un suspiro ahogado con que se dicen todas las cosas
con una sonrisa con que se descubre todo lo oculto.
Porque en ese corto soplo estaba todo el hombre
que nunca estuvo en parte alguna.
Háblame
y la tierra habló al mezclarse con el agua.
Ámame
y muda la mujer se hizo amar.
Canta tú
y cantó el pez convirtiéndose en pájaro.
Llora dijo el llanto
ríe dijo la risa mordiendo una manzana escarlata.
Y los labios del hombre se abrieron
como si alguien lo llamara y no pudiera responder.
Pero todo calló al animarse su cara.
Y el silencio de la creación cupo en su boca.
Cuando aún no existía el hombre
existía un nudo en el viento
y una vaga exclamación en el espacio.
Todo era demasiado grande y tenebroso
para que existiera una sola gota a punto de caer
y dos árboles unidos por una telaraña.
Existía el tiempo sin término
pero no el hilo roto
con que tejen los pájaros su paso de la luz a la sombra.
Cada día despuntaba sin el recuerdo de la víspera.
Y el primer animal nació y murió sin salir a buscar su presa.
La tierra era como un sepulcro vacío.
La lluvia caía sobre toda la vastedad
sin distinguir una hoja de otra.
El hombre apareció
al mismo tiempo que su lámpara.
El fuego, antes de verlo arder.
El hombre midió primero el arco
midió primero el grano
y después lo que se esfuma.
Alimentó su lámpara con su doble soplo
y después con su conjuro.
Nadie recuerda ese paso que damos hacia el fuego
ese paso tan largo que borra todos los otros.
Y estalla su cáscara adentro del árbol
adentro del fuego
como una flor de piedra.
Nombrado seas tú, nombrado sea yo
porque nombrados volvemos a ser el mismo hombre.
Y somos otra vez ese puñado de ceniza
arrojado hacia arriba
buscando la ceguera deslumbrante o la ceguera ciega
esas dos llamaradas del fuego del hombre.
Haz la máscara, dijo un hombre muy viejo
palpando largamente mis manos con sus manos frías.
Hazla para que me veas un día con mis propios ojos.
La máscara fue hecha
para mirar como un halcón adentro de su presa
y en dos se partió al enterrar la primera lanza
con un grito nunca oído hasta entonces.
Aún sentimos su mirada en nuestro cuello desnudo con un escalosfrío.
Aún nos muerde la mano cuando nos adueñamos de una vida.
Sus ojos chupan como las plantas la luz y la sombra.
Nunca está sola de ella misma
y vacía es como un cráneo mondo.
La máscara fue hecha para mirar adentro de los otros
adentro de la muerte.
Pero yo la arranqué
para ver el verdadero rostro del hombre.
Y al hacerlo se iluminaron los muros
con un destello de lámpara o de copa de piedra.
La tierra era como un sepulcro vacío.
La lluvia caía sobre toda la vastedad
sin distinguir una hoja de otra.
El hombre apareció
al mismo tiempo que su lámpara.
El fuego, antes de verlo arder.
El hombre midió primero el arco
midió primero el grano
y después lo que se esfuma.
Alimentó su lámpara con su doble soplo
y después con su conjuro.
Nadie recuerda ese paso que damos hacia el fuego
ese paso tan largo que borra todos los otros.
Y estalla su cáscara adentro del árbol
adentro del fuego
como una flor de piedra.
Nombrado seas tú, nombrado sea yo
porque nombrados volvemos a ser el mismo hombre.
Y somos otra vez ese puñado de ceniza
arrojado hacia arriba
buscando la ceguera deslumbrante o la ceguera ciega
esas dos llamaradas del fuego del hombre.
Haz la máscara, dijo un hombre muy viejo
palpando largamente mis manos con sus manos frías.
Hazla para que me veas un día con mis propios ojos.
La máscara fue hecha
para mirar como un halcón adentro de su presa
y en dos se partió al enterrar la primera lanza
con un grito nunca oído hasta entonces.
Aún sentimos su mirada en nuestro cuello desnudo con un escalosfrío.
Aún nos muerde la mano cuando nos adueñamos de una vida.
Sus ojos chupan como las plantas la luz y la sombra.
Nunca está sola de ella misma
y vacía es como un cráneo mondo.
La máscara fue hecha para mirar adentro de los otros
adentro de la muerte.
Pero yo la arranqué
para ver el verdadero rostro del hombre.
Y al hacerlo se iluminaron los muros
con un destello de lámpara o de copa de piedra.
(www.efrainbarquero.com)
jueves, 13 de octubre de 2016
Adélia Prado (1935 )
El poder de la oración
Ciertas mañanas, desrezo:
la vida humana es demasiado miserable.
Un pequeño desajuste en los huesitos
hace doler mi espalda.
Siento ganas de vociferar a Dios.
El está escondido pero responde:
“la tela de jean no encoge”.
Y yo entiendo perfecto
el conmovedor esfuerzo de la humanidad
que se hace ropa nueva para ir a la fiesta,
el plato esmaltado donde le gusta comer,
un plato hondo verde inmenso mar lleno de historias.
La vida humana es muy venturosa.
“¿La tela de jean no encoge?”
Mi corazón tampoco.
Cuando en ciertas mañanas desrezo
es por olvido,
sólo por desatención.
Ciertas mañanas, desrezo:
la vida humana es demasiado miserable.
Un pequeño desajuste en los huesitos
hace doler mi espalda.
Siento ganas de vociferar a Dios.
El está escondido pero responde:
“la tela de jean no encoge”.
Y yo entiendo perfecto
el conmovedor esfuerzo de la humanidad
que se hace ropa nueva para ir a la fiesta,
el plato esmaltado donde le gusta comer,
un plato hondo verde inmenso mar lleno de historias.
La vida humana es muy venturosa.
“¿La tela de jean no encoge?”
Mi corazón tampoco.
Cuando en ciertas mañanas desrezo
es por olvido,
sólo por desatención.
("el poeta ocasional", s/c al traductor)
Fotografía
Cuando mi madre posó
para éste que fue su único retrato,
apenas consintió en tener las sienes curvas.
De todos modos, hay un deseo de belleza en su rostro
que una doctrina dura ha contenido.
La boca es conspicua,
pero las orejas se muestran.
El vestido es negro y cerrado.
El temor de Dios circunda su semblante,
como una cadena. Luminosa. Pero cadena.
Sería un retrato triste
si no viese en sus ojos un jardín.
No de aquí. Pero jardín.
("la biblioteca de marcelo leites", trad. claudia schvartz y fernando noy)
Fotografía
Cuando mi madre posó
para éste que fue su único retrato,
apenas consintió en tener las sienes curvas.
De todos modos, hay un deseo de belleza en su rostro
que una doctrina dura ha contenido.
La boca es conspicua,
pero las orejas se muestran.
El vestido es negro y cerrado.
El temor de Dios circunda su semblante,
como una cadena. Luminosa. Pero cadena.
Sería un retrato triste
si no viese en sus ojos un jardín.
No de aquí. Pero jardín.
("la biblioteca de marcelo leites", trad. claudia schvartz y fernando noy)
miércoles, 12 de octubre de 2016
Anne Sexton (1928/1974 )
Sólo una vez
Sólo una vez supe para qué servía la vida.
En Boston, de repente, lo entendí;
caminé junto al río Charles,
observé las luces mimetizándose,
todas de neón, luces estroboscópicas, abriendo
sus bocas como cantantes de ópera;
conté las estrellas, mis pequeñas defensoras,
mis cicatrices de margarita, y comprendí que paseaba mi amor
por la orilla verde noche y lloré
vaciando mi corazón hacia los coches del este y lloré
vaciando mi corazón hacia los coches del oeste y llevé
mi verdad sobre un pequeño puente encorvado
y apresuré mi verdad, su encanto, hacia casa
y atesoré estas constantes hasta el amanecer
sólo para descubrir que se habían ido.
("cómo cantaba mayo en la noche", trad. ben clark)
Sólo una vez supe para qué servía la vida.
En Boston, de repente, lo entendí;
caminé junto al río Charles,
observé las luces mimetizándose,
todas de neón, luces estroboscópicas, abriendo
sus bocas como cantantes de ópera;
conté las estrellas, mis pequeñas defensoras,
mis cicatrices de margarita, y comprendí que paseaba mi amor
por la orilla verde noche y lloré
vaciando mi corazón hacia los coches del este y lloré
vaciando mi corazón hacia los coches del oeste y llevé
mi verdad sobre un pequeño puente encorvado
y apresuré mi verdad, su encanto, hacia casa
y atesoré estas constantes hasta el amanecer
sólo para descubrir que se habían ido.
("cómo cantaba mayo en la noche", trad. ben clark)
martes, 11 de octubre de 2016
Lêdo Ivo (1924/2012 )
Mi patria
Mi patria no es la lengua portuguesa.
Ninguna lengua es una patria.
Mi patria es la tierra tierna y untuosa donde nací
y el viento que sopla en Maceió.
Son los cangrejos que corren en el lodo de los manglares
y el océano cuyas olas continúan mojando mis pies cuando sueño.
Mi patria son los murciélagos colgados de la techumbre de las iglesias carcomidas,
los locos que danzan al atardecer en el hospicio junto al mar,
y el cielo encorvado por las constelaciones.
Mi patria son las bocinas de los navíos
y el faro en lo alto de la colina.
Mi patria es la mano del mendigo en la mañana radiante.
Son los astilleros podridos
y los cementerios marinos donde mis ancestros tuberculosos y palúdicos no paran de toser y temblar en las noches frías
y la fragancia del azúcar en los almacenes portuarios
y las tencas que se debaten en las redes de los pescadores
y las ristras de cebolla enroscadas en la tiniebla
y la lluvia que cae sobre los corrales de peces.
La lengua de que me valgo no es ni nunca ha sido mi patria.
Ninguna lengua engañosa es una patria.
Tan sólo sirve para que celebre mi gran y pobre patria muda,
mi patria disentérica y desdentada, sin gramática y sin diccionario,
mi patria sin lengua y sin palabras.
Mi patria no es la lengua portuguesa.
Ninguna lengua es una patria.
Mi patria es la tierra tierna y untuosa donde nací
y el viento que sopla en Maceió.
Son los cangrejos que corren en el lodo de los manglares
y el océano cuyas olas continúan mojando mis pies cuando sueño.
Mi patria son los murciélagos colgados de la techumbre de las iglesias carcomidas,
los locos que danzan al atardecer en el hospicio junto al mar,
y el cielo encorvado por las constelaciones.
Mi patria son las bocinas de los navíos
y el faro en lo alto de la colina.
Mi patria es la mano del mendigo en la mañana radiante.
Son los astilleros podridos
y los cementerios marinos donde mis ancestros tuberculosos y palúdicos no paran de toser y temblar en las noches frías
y la fragancia del azúcar en los almacenes portuarios
y las tencas que se debaten en las redes de los pescadores
y las ristras de cebolla enroscadas en la tiniebla
y la lluvia que cae sobre los corrales de peces.
La lengua de que me valgo no es ni nunca ha sido mi patria.
Ninguna lengua engañosa es una patria.
Tan sólo sirve para que celebre mi gran y pobre patria muda,
mi patria disentérica y desdentada, sin gramática y sin diccionario,
mi patria sin lengua y sin palabras.
("neorrabioso", trad. guadalupe grande y juan carlos mestre)
lunes, 10 de octubre de 2016
Piedad Bonnett (1951 )
Tu boca viene a mí
Tu boca viene a mí, sólo tu boca.
Viene volando,
libélula de sangre, llamarada
que enciende ésta mi noche de ceniza.
Toda la sal del mar habita en ella,
todo el rumor del mar,
toda la espuma.
Boca para los besos dibujada,
donde duerme tu lengua tentadora.
Todo el vino del mundo está en tu boca,
todo el pecado
y la inocencia toda.
Boca que calla y cuando dice, oculta.
Capaz de toda la verdad tu boca,
de toda la verdad y la mentira.
Ríe tu boca y se despierta el día.
(Relámpagos de nieve hay en tu risa).
Como un tropel de potros me atropellan
los besos de tu boca deliciosa;
tu boca, mariposa equivocada,
tu boca ajena que se desdibuja
en mi noche de círculo y ceniza.
("life vest under your seat)
Tu boca viene a mí, sólo tu boca.
Viene volando,
libélula de sangre, llamarada
que enciende ésta mi noche de ceniza.
Toda la sal del mar habita en ella,
todo el rumor del mar,
toda la espuma.
Boca para los besos dibujada,
donde duerme tu lengua tentadora.
Todo el vino del mundo está en tu boca,
todo el pecado
y la inocencia toda.
Boca que calla y cuando dice, oculta.
Capaz de toda la verdad tu boca,
de toda la verdad y la mentira.
Ríe tu boca y se despierta el día.
(Relámpagos de nieve hay en tu risa).
Como un tropel de potros me atropellan
los besos de tu boca deliciosa;
tu boca, mariposa equivocada,
tu boca ajena que se desdibuja
en mi noche de círculo y ceniza.
("life vest under your seat)
domingo, 9 de octubre de 2016
Eduardo Chirinos (1960/2016 )
Nunca te lo dije
Nunca te lo dije. Después de
tantos años lo confieso: soy la morsa.
De noche, mientras duermes, viajo
aguas arriba. Mis colmillos rompen
el hielo azul del ártico, mis bigotes
anuncian la dirección del viento,
el lugar exacto de mi presa:
un pulpo,
un cardumen asustado, un narval viejo.
Mañana, cuando despiertes,
me hallarás tendido bajo el sol.
Los ojos abiertos, comidos por los pájaros.
("life vest under your seat")
Nunca te lo dije. Después de
tantos años lo confieso: soy la morsa.
De noche, mientras duermes, viajo
aguas arriba. Mis colmillos rompen
el hielo azul del ártico, mis bigotes
anuncian la dirección del viento,
el lugar exacto de mi presa:
un pulpo,
un cardumen asustado, un narval viejo.
Mañana, cuando despiertes,
me hallarás tendido bajo el sol.
Los ojos abiertos, comidos por los pájaros.
("life vest under your seat")
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