martes, 7 de julio de 2015

Domingo Alfonso (1935 )

Alguien enciende un Hi Fi


He retirado poco a poco mis dedos
de la selva amarilla que preside tu frente.
Así, tendida de espaldas,
se acodan en el pasado tus ojos
y vuelves a pertenecer a los hombres que me precedieron.
Prefiero entonces contemplar a la noche;
interpretar de la gran página abierta en su negrura,
los muchos enigmas que olvidé con el tiempo,
verdades ocultas que no pude aprender.
Ahora alguien, como siempre a esta hora,
enciende un hi-fi y coloca el mismo concierto
–precisamente el mismo concierto–
con sus dos manos que deben parecerse a las mías.
Tal vez luego beba un vaso de vino,
se asome a una ventana, mire la noche despacio
mientras tiene a sus espaldas una mujer que sueña con otro.


("el poeta ocasional")

lunes, 6 de julio de 2015

David Huerta (1949 )

Eres un ciervo...


Eres un ciervo de oro entre la neblina, y bailas
con esa gracia y esa extrañeza ante mis ojos de náufrago.
Has estado en otros países, en otros territorios. Y
has llegado, brillando, serena y clara; y bailas,
ante mis ojos desasistidos. Tus pies y tu torso
se mueven con una gracia de ángeles en medio
de la esmaltada paz de estos lugares. Has llegado,
cegadora, y este amor te refleja como un destino,
como una alucinación. He de tocar tus manos cuando,
fatigada, te acerques a mí para pedirme agua. Y
he de tocar tus labios bajo esta luna purificada. Y
he de sentir en el pecho el amor por tu gracia y
por las indelebles visiones que has dejado en mi cuerpo.


("espejo de la danza", unam, méxico, mcmlxxx)

domingo, 5 de julio de 2015

Uriel Martínez (1950 )

El amado

Señor, no espero abundancia,
deseo el silencio y la tinta;

no deseo el deseo ni el lujo,
espero la paciente espera;

no aspiro paraísos, busco
cada noche la droga del sueño;

no tengo planes futuros
ni proyectos pasados,

simplemente pasar como el medio
día, el cenit, el sosegado ocaso;

quiero adormecerme con tu
indiferencia, con tu rostro de perfil,

suponer que no escuchas, que no
respiras, que no vives,

pero así, sin ti a mi lado,
deseo, espera, sueños, noches mueren.

sábado, 4 de julio de 2015

María Auxiliadora Álvarez (1956 )

Poema


usted nunca ha parido

no conoce

el filo de los machetes

no ha sentido

las culebras del río

nunca ha bailado

en un charco de sangre querida

doctor

no meta la mano tan adentro

que ahí tengo los machetes

que tengo una niña dormida



y usted nunca ha pasado

una noche en la culebra


usted no conoce el río


("la tribu de frida")

viernes, 3 de julio de 2015

Alfredo R. Placencia (1875/1930 )

Mi Cristo de cobre


Quiero un lecho raído, burdo, austero
del hospital más pobre; quiero una
alondra que me cante en el alero;
y si es tal mi fortuna
que sea noche lunar la en que me muero,
entonces, oid bien qué es lo que quiero:
quiero un rayo de luna
pálido, sutilísimo, ligero...
De esta luz quiero yo; de otra, ninguna.

Como el último pobre vergonzante,
quiero un lecho raído
en algún hospital desconocido,
y algún Cristo de cobre, agonizante,
y una tremenda inmensidad de olvido
que, al tiempo de sentir que me he partido,
cojan la luz y vayan por delante.
Con eso soy feliz, nada más pido.

¿Para qué más fortuna
que mi lecho de pobre,
y mi rayo de luna,
y mi alondra y mi alero,
y mi Cristo de cobre,
que ha de ser lo primero...?
Con toda esa fortuna
y con mi atroz inmensidad de olvido,
contento moriré; nada más pido.


("el libro de dios", ed. conaculta, tercera serie lecturas mexicanas, no.9, 1990)

jueves, 2 de julio de 2015

Eugenio Montejo (1938/2008 )

Cementerio de Vaugirard

A Teófilo Tortolero


Los muertos que conmigo se fueron a París
vivían en el cementerio Vaugirard.
En el recodo de los fríos castaños
donde la nieve recoge las cartas
que el invierno ha lacrado,
recto lugar, gélidas tumbas, nadie, nadie
sabrá nunca leer sus epitafios.

Un alba en escarchas de mármol
y el helado aguaviento
soplando sobre amargas ráfagas,
Alba de Vaugirard, rincón donde la muerte
es una explosión interminable. Piedras, huesos, retama.
¿Quién oía el tintinear de sus pailas
a la sagrada hora del café
cuando son interminables sus chácharas?
¿Qué silencio tan hondo allí suplía
el cantar de uno solo de sus gallos?

Muertos de sol, de espacios, de sábanas,
muertos de estrellas, de pastos, de vacadas,
muertos bajo tierra a caballo.

Los muertos que conmigo se fueron a París
vivían en el cementerio Vaugirard,
estéril pabellón de graníticas tapias.
¿Qué queda allí de esa memoria
ahora que la última luz se ha embalsamado?
¿Qué recordarán sus camaradas
de sus voces, de sus humildes hábitos?

Alba de Vaugirard, niebla compacta,
amistad con que la luna clavetea las lápidas,
¿qué quedó allí de aquellos huéspedes
agradecidos de tanta posada?
¿Qué noticias envían ahora lejanos
a los caídos, a los vencidos, a los suicidas olvidados?

Un alba en escarchas de mármol
y el helado aguaviento
soplando sobre amargas ráfagas.
Oscuro lugar donde la muerte
es una explosión interminable
sobre recuerdos, átomos, retama.
¿Qué permanece de tanta memoria?
¿Quién llega ahora a oír sus chácharas
cuando la nieve recoge las cartas
que el invierno ha lacrado? Nadie, nadie
sabrá nunca leer sus epitafios.


("ars scribendi")

miércoles, 1 de julio de 2015

Lêdo Ivo (1924/2012 )

No todos

No todos dejan la marca de su paso por la tierra
o son sorprendidos por el pavo real que atraviesa el bosque
y abre su cola en el silencio del mundo.
No todos murmuran palabras de amor al caer la noche
y se refugian en tiendas blancas levantadas junto al océano
o esperan que los navíos confiados a la sabiduría de los astilleros comiencen a silbar.
No todos vieron la muerte en el rostro bien amado
o sufrieron hambre, desolación y frío.
No todos encontraron la llave perdida durante el temporal
o copularon al atardecer en grandes moteles abanderados situados a la orilla del mar.
Hay también quienes sienten una cierta aflicción cuando los trenes llegan a los viaductos
y quienes escalan las montañas durante el invierno y resbalan en el hielo.
Y no todos conocen el camino de la floresta y escucharon lo súbito
y se detuvieron ante el musgo que reverdece los grandes árboles
y hay incluso quienes son indiferentes a los vuelos de los pájaros
y a las sirenas de las ambulancias en las autopistas congestionadas.
No todos contemplaron a la muchacha suicida en la camilla del depósito de cadáveres
y notaron que sus manos estaban colocadas como si estuviera rezando.
No todos vieron al pavo real. No todos escucharon los silbidos del navío.
Y esta es la suprema diferencia que divide a los hombres cuando el día nace.


("la mirada del lobo", tr. martín lópez-vega)