sábado, 14 de marzo de 2015

Franco Fortini (1917/1994 )

La partida

Te reconozco, antigua mordedura, volverás
muchas veces, y luego, la última.

He recogido mi fajo de hojas,
preparado la carpeta con mis apuntes,
recordado quién no soy, quién soy,
el esquema del trabajo que no haré.
He saludado a mi mujer que respira
en el sueño siempre la vida pasada,
el dolor que apenas le he adormilado
con imperfecta, piadosa de sí, aterrada ternura.
He escrito algunas cartas a amigos
que no me perdonan y que no perdono.
Y ahora, a punto de dormir,
un dolor terrible me muerde
como hace mil años, cuando era niño
y lo llamaba Dios, y Dios es esta
aguja del mundo en mí.

Dentro de un rato, a la hora en que el aire humea
desde los patios, aún de noche, y sobre la ciudad
la brisa revuelve los plátanos, bajaré por el camino
hacia la estación de donde salen los trabajadores.
Contra ese río triste, de pechos vivo,
a través de la cambiante esperanza
que se ignora y resiste,
iré hacia mi tren.


("otra iglesia es imposible", versión de j. aulicino)

viernes, 13 de marzo de 2015

Agustín de Foxá (1906/1959 )

Poema del tedio del mundo actual



Pronto no habrá ni una ciudad Sagrada.
Ni un oasis imprevisto,
con uvas y sandías
para la sed; ni una sola isla
con espumas y sangre,
de focas y gaviotas
para un náufrago…
Ni un príncipe de luto
afilará su daga entre los velos,
el vientre y el ombligo adolescente
de alguna favorita; no habrá nada
sino máquina y número.
Número y máquina.
Número, eternamente… repetido…
Se lotearán los bosques.
Se venderán las islas.
¿Quién asfaltará Asia…?
¿Quién pondrá un puesto
de gasolina entre las campanillas
azules y sonoras
de la Pagoda del tejado verde
y puntas levantadas…?
Se ha muerto
la fantasía y el mundo… y nada.
Se ha decretado el tedio.
El hombre-infierno sin infierno o cielo,
humo en pobre chaqueta.
Naciendo y almorzando.
Reproduciéndose
entre panales de cemento…
Muriendo sin saber.
Nicho y cuna
y en medio
unas horas de cine o de teléfono.
Escuadras de ataúdes
hacia la nada…
Ni un Dios, desnudo, arriba
Incendiando los sueños.
Ni un Rey. ¿Dónde el Profeta
apoyado en el hígado
de la ballena allí profetizando
iluminando al agua…?
aeródromos, y tenis, y aeródromos
endureciendo
la bella superficie de la tierra.
Como esa carne de las cicatrices
que no toma color, y es fría y rígida

carne.


("cómo cantaba mayo en la noche")

jueves, 12 de marzo de 2015

Adalber Salas Hernández (1987 )

XXI

(Cadáveres para Nés­tor Per­longher)

Hay cadáveres con y sin ros­tro, con y sin
miem­bros, con y sin ataúd, y aunque dicen recono­cerse
como iguales, no han logrado resolver aún sus ren­cil­las,
for­mar una república inde­pen­di­ente de ultra­tumba,
ni tan siquiera sindicalizarse.

Hay cadáveres que cavan túne­les para escapar
hacia el otro lado del plan­eta, hacia
una nueva vida –o al menos una muerte más prometedora.

Hay cadáveres que sólo pueden cam­i­nar
de espal­das, con pasos tími­dos, como quien
se pone tacones por primera vez.

Hay cadáveres que, orgul­losos, siguen votando en
sus países de ori­gen; algunos incluso han lle­gado
a vestir la banda presidencial.

Hay cadáveres que fueron lan­za­dos al mar
para que sólo el agua recor­dara sus nom­bres
(pero no fue así).

Hay cadáveres que pade­cen de anorexia
porque nadie habla de ellos.

Hay cadáveres que insis­ten en grabar sus ros­tros
sobre pare­des, cortezas de árboles,
sudar­ios: self­ies milagrosos.

Hay cadáveres que pactan con los gusanos
que los devo­ran; con ellos fun­dan una nación
sub­ter­ránea, un pequeño país en descomposición.

Hay cadáveres que dejaron sus retratos
en pala­cios, min­is­te­rios y cuar­te­les, creyendo
que podrían espi­arnos desde ellos
(pero no fue así).

Hay cadáveres que lle­garon pun­tuales
al olvido, pero impun­tuales a la muerte.

Hay cadáveres que están a punto de ser echa­dos
del pan­teón nacional –hace décadas que no pagan
con haz­a­ñas la renta.

Hay cadáveres que por nada del mundo se qui­tan
el uni­forme, las insignias, las
medal­las, con­ven­ci­dos de una inmi­nente
res­ur­rec­ción de la carne (pero no es así).

Hay cadáveres que regre­san porque la inmor­tal­i­dad
que imag­i­namos para ellos está mal amoblada, las
lám­paras no encien­den y siem­pre se cae la señal del wi-fi.

Hay cadáveres que no pueden hablar de estadís­ti­cas,
números, desapari­ciones, porque se les traba
la lengua. Aún esperan la opor­tu­nidad
de tes­ti­ficar con­tra los vivos.


("crítica")

miércoles, 11 de marzo de 2015

Raúl Artola (1947 )

Un cuadro


Dao rojo fuego

Uno mira el cuadro
se conmueve, lo comenta
y dice: esta mujer es feliz
no pueden faltarle hombre,
mujer, vecinos, hijos
que la amen.
Uno mira el cuadro
y le dan ganas de llorar
por uno mismo.
Después nos enteramos
que la autora ha pasado
malos tiempos:
estuvo internada
toma barbitúricos

y nadie la cuida.


("otra iglesia es imposible")

martes, 10 de marzo de 2015

María Teresa Andruetto (1954 )

Autorretrato ante el caballete


1.
Esto es lo que queda
de un hombre que se muere:
un pincel y la mano agrietada
que sostiene el pardo, el rojo,
el amarillo... la mano que va,
que se desvela, desde el charco
de luz hacia la tela.

2.
Lenta la pincelada oscura,
el hijo del molinero
tantea con ojos ciegos
la espesura
hasta dar con la luz.

3.
Este rostro ya estaba
debajo de la tela, estaba y carcomía
con su podredumbre el retrato del joven
con gorguera. Bajo las arrugas y los ojos
desteñidos están los ojos arrogantes
de otro tiempo, pero ni el otro ni éste
son grandes, a todos los ha herido
esta luz: ya nada es menos,
hasta lo más miserable
tiene su destello.

4.
No es la pieza oscura donde pinta,
ni la pobreza que trajo la desnuda forma.
ni la luz que cae sobre la gorra,
ni el pelo desprolijo, ni la barba,
tampoco el cuerpo vencido,
ni el olor rancio del encierro.
Son los ojos que no encuentran
a Saskia, a Hendrickje, al bienamado Tito;
los ojos que se han vuelto
hacia un lugar de nada,
hacia el vacío.

5.
Otros buscarán la nota pura,
la imagen que persiste, la tersura,
como buscan sus ojos en la tela

(es la mirada lo que abruma,
lo que desvela)

6.
También yo persigo una palabra
oscura en los retratos de Saskia,
en la ternura de Hendrickje, en la viva
luz de Tito, y el aire de bondad,
la carnadura de un hombre

que se deshizo.


("otra iglesia es imposible")

lunes, 9 de marzo de 2015

Héctor Carreto (1953 )

La catedral

En la Catedral de México
cada Cristo , cada mártir
aferrado a su altar observa,
en silencio, la caída de la noche,
marinero hincado
sobre la cubierta
de su navío perdido.

Y se hunde el arca
preñada de coronas, cruces,
la custodia, un ca´liz
y la espada encendida de San Miguel
en las entrañas paganas.

Y las pálidas vírgenes se contorsionan
mirando hacia las cúpulas
mientras la cera resbala
por el manto de reflejos.

Y la respiración se dificulta,
la respiración se atrofia
en los tubos de plata,
en los corredores de los órganos.

Y qué remedio,
la Catedral se hunde
llevándose a la Ciudad de Dios
a un país sin estrellas.


("poesía portátil 1979-2006", unam, 2009)

domingo, 8 de marzo de 2015

Enrique Solinas (1969 )

Río de la memoria


Con el padre íbamos a pescar al rio,
eran tiempos lejanos y violentos,
como ya sabrás.
Los peces desaparecían y nadie
era capaz de preguntar por ellos.
Yo prefería bañarme en el rio,
que el rio me abrace, me atraviese,
entrar en su cuerpo, con la certeza
de que nadie se baña dos veces
en las mismas aguas.
El padre pescaba y luego,
devolvía al rio sus peces.
“Cada cosa en su lugar”,
decía el padre,
“lo que viene del agua,
al agua debe ir”.
Con el padre íbamos a pescar al rio,
había peces de colores diversos,
como ya sabrás.
Yo tenía siete años y me creía pez,
compartía con ellos
un ritual incomprensible.
Había uno que siempre aparecía
y tenía el color de la esperanza.
Había uno que siempre se mostraba
y de repente desapareció.
Lo buscamos por toda la eternidad,
lo buscamos, lo buscamos
a lo largo y a lo ancho del río.
Nadie quiso decir en dónde estaba.
Nadie pudo explicar
adónde van
los peces cuando mueren.
Y todavía hoy,
que ha pasado el tiempo,
cierro los ojos y recuerdo,
y me sumerjo en las aguas,
otra vez.
Viene hacia mí de nuevo
el pez de la esperanza.
Voy de nuevo hacia él,
como la única verdad posible.


("el poeta ocasional")