jueves, 27 de octubre de 2016

César Cañedo (1988 )



María y Magdalena

                               Pero mira cómo beben las vírgenes su río,

                               Pero mira cómo beben el fruto de su estío,

                               Beben y beben y vuelven a beber
                               Las vírgenes entre ellas para sentir placer.
                               Cantar de Pastor-ella.



María abrasa a Magdalena
se reconoce a sí misma
en cada espasmo,
en la perla tupida de floresta,
en el sándalo púrpura del dedo,
en la vestal concupiscencia oculta
de vírgenes ungidas de paráclito.
Vainas sagradas,
envueltas en un manto de estrellas que punzan,
rozan, amasijan, redoblan,
amamantan la tierna y blanda carne.
“Puerta del cielo eres,
Dios te salve, María”,
le dijo Magdalena
al oído, trémula, gimiendo.
“Y tú, consoladora y reina,
mi torre de marfil,
mi casa de oro, Magdalena”,
replicó la otra
entre mares de espuma suya.
Gozosas de concha nácar,
de melodías de salterio,
de ritual de palomas encontradas,
las vírgenes florecen
son lunas ascendentes de mareas
y mieles descendientes se ladean
y despiden un olor castísimo
de jazmines y flores de naranjo.
La Virgen mira al cielo
en éxtasis supremo
y se encuentra con Ése que vigila.
“No temas, María,
que serás Virgen eterna y Santa Altísima,
porque no te ha tocado Varón”.
Para un perfil de Manhunt.net



De hombre a hombre y de un lugar al tuyo,
cauce lascivo de tu áspid sigo
mas si descubro que no vales, ¡huyo!
y el ciclo de la búsqueda persigo.
Penetrar tus abismos, es, amigo,
provocación de este virtual barullo.
De la solaz chaqueta a estar contigo
lo segundo es mejor, ven, yo te instruyo.
Con frenesí tu retaguardia invoco
y entro y voy a donde diga y mande
el antifaz crecido de tu glande.
Mi humanidad entera te coloco
y para no hacerte el cuento grande
dejarás de temer hasta del coco.


("círculo de poesía" y "rostro cuir")

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